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Homenaje a Lidia

a verdad es que Betty ya me tiene harto. Bueno, más que harto, me tiene frustrado rozando la desesperación. Betty es mi mujer, llevamos diez años casados y, últimamente, cuando hacemos el amor, se comporta como si fuera una virgen forzada contra su voluntad. No lo entiendo, ella no era virgen, ni mucho menos.
Nos casamos, después de dos años de noviazgo, cuando ella tenía veinticuatro y yo treinta años. Betty había tenido varios novios y, desde que tenia dieciocho años, se había acostado con un buen numero de voluntarios, así que no venia al matrimonio siendo precisamente una ignorante en materias sexuales. Betty sin ser una gran belleza es muy resultona; es alta, como su madre, morena como su padre, de ojos castaños, nariz fina y labios sensuales. No es que tenga pechos como la Moria, pero tampoco esta plana ni mucho menos, fina cintura, buen trasero y piernas bonitas de fino tobillo, como su madre.
Los primeros años de casados fueron bien, sin ningún exceso sexual, pero sin mayores problemas. Lo único que noté era que ella no aceptaba el sexo oral, ni dado ni recibido y del negro… ¡Ni mencionarlo! pero por lo demás, hacíamos el amor una o dos veces por semana, sin grandes aspavientos, pero sin grandes problemas. Betty ya me había avisado antes de casarnos que no quería tener hijos. Así que ella tomaba la píldora y hacíamos el amor sin preocuparnos de calendarios. De vez en cuando, yo mencionaba algo de sexo anal; Betty se ponía hecha una furia, gritaba, me llamaba de todo: cerdo, animal, degenerado… yo me batía en discreta retirada y hasta la próxima. Aunque nunca había dado señales de ser muy religiosa, empezó a insistir que teníamos que ir a misa todos los domingos y ella empezó a ir a la iglesia entre semana.
De esta forma pasamos ocho años y varios cuartos de baño, así que no era lógico decir que no. Además, Betty dijo que su madre vendería la casa y se ofrecía para contribuir con una cantidad mensual, equivalente a los gastos del apartamento, a nuestro presupuesto familiar. No es que nos faltase el dinero, pero tampoco estábamos como para despreciarlo. Así es que mi suegra se vino a vivir con nosotros.
Lidia es más bien seca, sin mucho sentido del humor, cuando vino a vivir con nosotros tenia cuarenta y nueve años, pero para su edad estaba bien conservada. Es alta, uno setenta y siete, rubia (teñida), agradable de cara, un poco entrada en carnes y, aunque no es fácil de adivinar pues viste siempre de forma muy recatada y severa, tiene buenos pechos, un trasero pronunciado, como la mayoría de las mujeres de su edad, y piernas bien torneadas de finos tobillos que se encarga de lucir llevando siempre zapatos de tacó muy alto.
Al principio todo fue bien. Lidia estaba retraída, mas seria de lo habitual, casi hosca, pero lo atribuí a su tristeza y soledad tras la muerte del marido y a que ella quizás trataba de no interferir en nuestra vida cotidiana. Pasados tres o cuatro meses, empezó a participar más en nuestra vida; cocinaba a menudo e intervenía en nuestras conversaciones, se la veía un poco menos retraída, aunque seguía vistiendo de un luto riguroso y austero. Cuando ya llevaba más de medio año con nosotros y tenia más confianza, empecé a notar que cuando intervenía en nuestras conversaciones, a menudo hacia pequeños comentarios bastante sarcásticos y derogatorios hacia los hombres. Nada terrible, cosas como – que torpes que son los hombres; esa cocina nada más la puede haber diseñado un hombre; los hombres nunca piden direcciones…- . Pero con el tiempo, los comentarios se fueron haciendo más frecuentes.
– Como Ariel nunca ayuda en la cocina…
– Ariel, podías ocuparte un poco más de Betty…
– Ariel, manejas como un loco.
Esto ya me empezó a mosquear un poco, pero pensé que si no me daba por aludido, y no respondía, Lidia dejaría de hacerlo. Evidentemente me equivoqué, porque de forma paulatina pero continua, ella incrementó la mordacidad de sus críticas, que pasaron a convertirse en ataques personales. No solo eso, sino que claramente estableció que su difunto marido, Toto, fue un inútil, bestia, desagradable y que yo era, por lo menos, tan despreciable como él y probablemente aun peor: – Ariel, Eres igual de bruto que Toto.
– Eres igual de egoísta que Toto ¡Nada más piensan en ustedes mismos! – Como sos Ariel, ni el animal de mi marido hubiera dicho algo así.
Yo soy de natural apacible y no me gusta meterme en peleas, así que decidí callar pensando que tener una bronca con su madre no ayudaría a mis relaciones con Betty. Así que callé y aguanté mecha. Probablemente hubiera sido mejor que le hubiera parado los pies a Lidia hace tres años, pero a toro pasado… ¡todos somos grandes toreros! Lo que estaba claro es que Lidia tenia problemas en lo se refería a relacionarse con hombres y estaba mas que contenta descargando sus frustraciones sobre mí.
Pero bueno, volviendo a Betty y a mí, como ya he dicho, sin poner poder una fecha concreta al cambio, lo que estaba claro es que Betty demostraba cada día que pasaba menos y menos interés en actividades sexuales. A menudo me tocaba escuchar: – No cariño, por favor. Hoy no que tengo una jaqueca horrible.
– Ariel perdona, pero es que hoy estoy tan cansada…
– Me vas a perdonar, pero se ve que la cena no me cayó bien y me molesta…
Claro esta que la primera vez que pasó esto, no le di ninguna importancia, ni la segunda ni la tercera. Pero, ahora pensándolo bien, me doy cuenta que de hacer el amor una o dos veces por semana, pasamos a una sola vez por semana, una cada quince días, una al mes y, echando cálculos, me doy cuenta de que hace tres meses que no hacemos el amor. Claro, que quizás no estoy en el mejor momento de ecuanimidad, con la tremenda frustración que tengo es posible que distorsione algo las cosas y que no este mirando a Betty y a su madre desde el mejor ángulo posible, pero, se mire como se mire nuestra vida matrimonial, o al menos la mía, no ha mejorado con la adición de Lidia. Además de tener que aguantar las frecuentes puyas de Lidia y sus comentarios derogatorios, tengo que sufrir la falta de interés de Betty. Pero no solo la abstinencia, en los últimos meses, hemos tenido varias broncas. Todas han empezado debido a sus negativas.
Todo esto me lo estaba diciendo a mí mismo mientras rumiaba mis pensamientos camino de casa. Con lo embelesado y enojado que estaba en la conversación conmigo mismo ¡ya seria un milagro si no tenía un accidente en la autopista! La causa de mi enojo la tenia nuestra conversación ¡Qué mierda conversación, nuestra pelea! de esta mañana. Me había despertado antes de lo habitual y me desperté pegado a la espalda de Betty, con mi mano derecha, abrazándola y asida a uno de sus magníficos y duros pechos.
Mi cuerpo totalmente pegado al suyo y mi pija, dura como un canto, pegada a su trasero, acomodada en el glorioso valle entre sus nalgas. Sin pensarlo, de forma automática, giré a Betty, me puse encima de ella, entre sus piernas y la penetré. ¡Mierda que ganas tenia yo! ¡Que acogedora su conchita! Cuando empezaba a acomodarme, entre las vueltas y la penetración, Betty se despegó.
1) Me hizo ver las estrellas.
2) Sacó mi pija de su acogedor estuche.
3) Me tiró al suelo.
4) Me dolió muchísimo.
5) Mi pene que estaba duro como un canto inmediatamente pasó a estar triste y alicaído.
Mientras yo estaba en el suelo, sujetándome los huevos, retorciéndome de dolor, sorprendido y confuso por su reacción, ella chillaba, recriminaba y acusaba de tal modo que parecía un híbrido de basilisco, dragón y furia.
– Ariel, ya sabía que sos un cerdo y una bestia, pero no sabía que fueras tan degenerado. Ya sé que odias a las mujeres, ya sé que nos crees inferiores, pero no te creí capaz de violar a tu propia esposa. ¡Tú propia esposa! Eso es lo que sos un libertino, un degenerado y un violador.
Todo esto lo decía con grandes aspavientos, apuntado un dedo acusador, mesándose los pelos… no le faltó más que rasgarse las vestiduras, algo que no podía hacer, porque estaba en bolas. Cuando, por fin, paró en sus denuestos – supongo que para tomar aire- traté de participar en el intercambio.
– Betty, ¿Te volviste loca? Ni te estaba tratando de violar, ni mierda. Trataba de echar un polvito mañanero, como hicimos muchas veces.
– El que hayas abusado de mí en el pasado no te da derecho a seguir abusando de mí.
– Betty, vos te golpeaste. ¿De que abusos estas hablando? – De tus abusos sexuales; de que voy a estar hablando, siempre queriéndote aparear como un cerdo, siempre alzado, siempre dominándome, nada mas te faltaba hacer lo que trataste de hacer hoy ¡violarme! – Betty, llevas un año que no decís más que bobadas, antes no eras así. ¿Quién te puso esas ideas en la cabeza? – Vos llamas bobadas a todo lo que es diferente de lo que vos pensas. No quiero ser tratada como un animal, ni usada como un objeto.
– Betty ¿Quien te esta diciendo esas estupideces? ¿Tu madre? – Pues claro esta que mi madre piensa como yo. Pero no le eches la culpa a ella por abrirme los ojos.
Me parece que ahí perdí la compostura y solté una ristra de juramentos e insultos hacia mi suegra como no recordaba haber hecho nunca contra otra persona. ¡Era la leche! A la hija de puta no le había bastado con venir a vivir con nosotros, con cobijarse bajo mi techo, con compartir pan y vino conmigo y con insultarme de forma continua. ¡Encima le hacia un lavado de cerebro a Betty y la ponía contra mí! Cuando conseguí controlarme un poco y dejar de jurar, perjurar y maldecir, dije:
– Betty, ahora me tengo que ir al trabajo, pero esta tarde vamos a hablar. Le puedes ir diciendo a la puta de tu madre que o deja de hincharte la cabeza con boludeces, o la saco de esta casa a patadas en el culo. Y vos preparate, porque esta noche con o sin jaqueca, con o sin dolor de panza, cansada, sedienta, hambrienta o con fiebre, esta noche, estés como estés ¡vos y yo cogemos!¡Mierda! así se hace Ariel, ya era hora de poner los huevos sobre la mesa (figurativamente hablando, porque en aquel momento los tenia bien espachurrados y no estaban para ponerlos en ningún lado) Me duché rápidamente, me vestí, y con mucha dignidad (y con mayor dolor de huevos) salí de la casa.
Claro esta que me pasé todo el día en trabajo rumiando lo que había pasado y con ganas de agarrar a puta de mi suegra y cantarle las cuarenta. Me parecía increíble que la hija de puta suegra pudiera hacer algo así. Pues se había equivocado de cabo a rabo, yo soy más bien pacifico y, en general, prefiero aguantar mecha a tener un enfrentamiento, pero no soy idiota. Se iba a enterar Lidia de lo vale un peine. La verdad es que en vez de enfriarme durante el trabajo me pasó lo contrario, me calenté más y más pensando en todo lo que había pasado. Como la cerda de mi suegra me saliera respondona, le iba a dar un par de sopapos de los que nada más entran seis en la docena. Para que aprenda quien lleva los pantalones de una puta vez. Y Betty, Betty se iba a enterar también ¡que puta ya está bien! No es que fuéramos a hacer el amor esta noche, no. Esta noche la iba a coger como dios manda. No solamente coger.
– ¡Bettyyyyyyyyy, Bettyyy! – Betty no está en casa, ¿Qué pasa? ¿Por qué gritas así? Era Lidia, la lava-cerebros, la jode matrimonios, la odiadora de hombres. Como siempre fría, como siempre seria, como siempre vestida con traje negro, de cuello cerrado, manga y falda larga, como siempre displicente y como siempre, con voz y gesto, implicando censura y desaprobación.
– Grito así por que me da la gana, que estoy en mi casa y no le tengo que dar explicaciones a nadie ¿Sabes?
Lidia puso cara de gran sorpresa, parecía que quería decir algo medio tartamudeando, pero antes de que pudiera decir nada, la espeté yo: – ¿No te dijo nada Betty? – No la vi esta mañana, se fue antes de que me levantara yo. Dejo una nota diciendo que no la esperemos para cenar. Insisto en que no me parece bien la forma en que me hablas.
– ¿Que no te parece bien? Pues mira puta suegra, a mi no me parece bien que llenes la cabeza de tu hija con tu odio hacia los hombres. A mi no me parece bien que te pases el tiempo criticándome, censurándome e insultándome. Me parece tan mal lo que estas haciendo, que si lo volves a hacer, una sola vez más, te echo de esta casa a patadas.
Lidia primero puso cara de asombro, después de enfado, irguió aun más su largo cuerpo, puso aire de superioridad y dijo: – Ariel, no consiento que nadie me hable así, y menos un maricón como vos.
¡Madre bendita! Ya dije que soy de natural apacible y aguanto bastante, pero aquella zorra sabía como tocar mis resortes. Sin pensarlo, sin darme cuenta de que hacia, poseído por la ira, como un relámpago, le di dos sopapos de campeonato. Resonaron como pistoletazos, tan fuertes fueron que la tiraron al suelo y Lidia no esta delgada precisamente, así que con su metro setenta y siete de carne sólida no es ninguna pluma. Cuando la vi sentada en el suelo, con las manos en las mejillas, me di cuenta de lo bestia que estaba siendo, después de todo Lidia era mujer y catorce años mayor que yo. Me incliné sobre ella para ayudarla a levantarse y estaba a punto de pedir perdón por lo que había hecho, cuando Lidia con los dientes apretados, rezumando odio dijo con palabras que sonaban como latigazos:
– ¡Además de imbécil y maricón, burro! Cómo todos los incompetentes, cuando no sabes ni que hacer, ni que decir, pegas ¡Cómo los animales! ¡Qué mierda eres! ¡Pegarle a la madre de tu mujer! ¡Puto! ¡Maricón, eso es lo que sos un maricón!
Todo esto lo decía sin haber soltado una lágrima, sin lloriquear, con una mala leche, un desprecio y una firmeza. Sus palabras, su desprecio y su arrogancia fueron la gota de agua que colma el vaso. Perdida toda cordura o control, la agarré por sus pelos rubios (teñidos) y la arrastré hasta el sofá. Me senté, doblé su cuerpo sobre mi rodilla izquierda, cerré mis piernas sujetando las suyas, levante su pollera y empecé a azotar su culo. ¡Como se lo azoté!, con todas mis fuerzas, con toda mi saña, pegué, pegué y pegué, cegado por la ira, como bestia descontrolada pegué, pegué y pegué. No sé cuanto tiempo pegué. Lo único que sé es que la bestia que todos llevamos dentro, a mí me había salido fuera. Pegué hasta que la mano me dolía y mi brazo no se podía mover más. Hice una pausa y noté varias cosas.
1) Mi suegra, a pesar de su severo luto, llevaba unas diminutas y coquetas tanguita de encaje granate que dejaban al aire la mayoría de su espléndido culazo.
2) El culazo de Lidia no solo era de buen tamaño, pero de carnes duras y, aun estando rojo debido a la azotaina, o quizás por lo rojo de mis azotes, era de lo más incitante y atractivo.
3) Yo tenía una erección de campeonato. Tan dura la tenia, que era casi dolorosa.
La verdad es que me dio cierta vergüenza, una cosa era que mi suegra me hubiera enojado, desafiado y, provocado tanto como para haber respondido dándole una paliza. Pero otra cosa es que me calentara con el culo de mi suegra. Creo que hasta me estaba sonrojando cuando Lidia, al notar la pausa en mis azotes, levantó la cabeza y mirándome a los ojos dijo: – Sos tan cruel y bestia como mi marido y como él pegas sin piedad.
Varias cosas me dejaron boquiabierto:1) Grandes lagrimones corrían por las mejillas de Lidia, pero su voz no temblaba y no estaba llorando, simplemente le caían las lágrimas.
2) La voz de Lidia no era la de la arpía desafiante de hacia unos minutos sino sumisa y casi, casi dulce.
3) Por lo visto mi suegro la había zurrado en más de una ocasión.
Yo me quedé alucinado, no sabía que decir ni que hacer, medio tartamudeando dije: – ¿Toto te pegaba? – Puta, que si me pegaba. El animal me pegó más que a una estera. En cuanto lo enojaba por cualquier cosa, ya estaba: ¡paliza! La de palizas que me dio el maricón. Con la mano, con la correa, con la regla, con el bastón… pero lo que más le gustaba, es lo que hiciste vos. Me ponía sobre su regazo y se inflaba de darme azotes con las manos ¡No veas lo que le gustaba mi culo! Yo creo que casi pegaba más fuerte que vos. Claro que es difícil de decir, porque él me quitaba las bombacha antes y, el mamón de él, siempre acababa igual. Después de la azotaina me enculaba. ¡Que bestia! ¡Que enculadas me daba! – Pero Lidia ¿tú entregas el culo? – Ariel, así en tiempo presente: no, que ya hace tres años que no lo pruebo; pero en tiempo pasado… puta que si he cogido.
Si hasta entonces la erección que tenia, casi, casi me dolía, ahora se puso tan dura que empezó a doler de verdad. Otra vez perdí todo el control. Puse a Lidia de pie y sin ningún miramiento desgarré su vestido y lo tiré al suelo. Me quedé casi sin respiración al verla, Lidia nada más llevaba un pequeño sujetador de encaje granate (haciendo juego con la tanga), medias negras enfundando sus largas y bien torneadas piernas y zapatos negros de taco alto.
¡Que buena estaba! Las tetas eran aún más grandes que las de Betty, la cintura se mantenía estrecha, un poco de barriguita en su bajo vientre era la única concesión a la edad, las caderas anchas, de suave y graciosa curva, caderas de Venus madura, de Venus en su plenitud, en su perfección, los muslazos, los muslazos eran la leche. Sólidos, un poco macizos, pero duros. No me entretuve en más contemplaciones, de un tirón…
– Ariel ¿qué estas haciendo? – ¿Que estoy haciendo? No sé que estoy haciendo, pero lo que sí sé es que te voy a dar por el culo.
Supongo que hubiera sido lógico esperar que Lidia protestara, chillara, huyera…Pues no, con toda la calma del mundo (y mucho estilo) se quitó la tanga, se frotó las doloridas nalgas y se limitó a preguntar: – ¿A culiar? Ahora si, ahora si que su voz sonaba dulce y sumisa.
– En el sofá, arrodíllate en el sofá y pone el culo en pompa, aguanta todo lo que quiera hacerte y como no hagas lo que te digo… te mato a palos.
Lidia se acercó a mí, desabrochó mi cinturón, abrió la bragueta, dejo caer mis pantalones y bajando mis calzoncillos asió mi pene.
– ¡Dios mío! Dijo.
– Toto que en paz descanse, tenia buen instrumento, pero vos Ariel ¡pedazo de pija tenes! Sin decir mas, se inclinó y dio una dulce chupadita a mi glande, luego restregó sus enormes tetas contra mi pecho, me dio un beso en la boca metiendo la lengua hasta lo más profundo, giró y contoneando sus poderosas caderas se dirigió al sofá. Se arrodilló sobre él ofreciendo sus gloriosas nalgas, con sendas manos las separó descubriendo el orificio de mis ensueños poniéndolo como en bandeja para mí. Sin timidez alguna me animó:
– Dale Ariel, méteme ese trancón en el culo. Hace tres años que nadie me lo rompe y no veas las ganas que tengo. Metemela hasta el corvejón, partime en dos, no tengas piedad de mi culo; no hagas caso si grito; vos dame pija Ariel, dámela con furia, con rabia, metemela hasta hacerme daño, acaba en mi culo, déjamelo hecho polvo, hecho jalea, dame por el culo hasta que lo derritas; No veas, Ariel, no veas la falta que me hace tener, sentir, gozar de una pija en mi culo ¡Tres años, tres sin catar pija! Dame ya mamón, dame, dame de una vez.
– Espera Lidia que voy a agarrar un poco de aceite.
– ¡Que mierda aceite! Después de la zurra que me diste y de verte ese pedazo tengo el culo rezumando jugos. Conmigo no hacen falta ni aceite ni mierda, que me lubrico yo sola.
¡Qué hembra! Yo, desencapullé mi instrumento, apoyé la desnuda punta en el mismísimo ojete y lentamente empuje.¡Que gustazo! La muy puta apretaba todos los músculos y yo notaba como estrujaba mi pene, pero la muy cerda estaba tan bien lubricada que mi verga entraba y entraba.
– No te dé miedo, maricón. Métela bien metida, fuerte mamón ¡dame fuerte! Ahhh, que gusto, que falta me hacia, me derrite las entrañas. Ahora, ahora, mete y saca a lo bruto, como una fiera, sácamela por la boca, dame palo, dame gusto.
¡Que bestia Lidia! Con lo modosita y mosquita muerta que parecía, toda vestida de negro y como cogía por el culo. Aquello no era coger por el culo, la yegua estaba devorando mi pija con su culo. Parecía que me la quería arrancar, apretaba el esfínter, estrujaba mi pija y como una loca se empalaba y desempalaba. Casi no hacia falta que yo me moviera, ella sola se estaba fifando el culo con mi tranca. Gritaba, chillaba, reía como una posesa, pero a mí me estaba volviendo loco de placer.
Yo le daba azotes en las poderosas nalgas y ella al recibirlos aullaba y se empalaba aun más recio. Yo desenfrenado, me incline sobre ella y asi sus pechazos con ambas manos y tirando de las poderosas ubres me la empalaba hasta lo más profundo.
– Sí Ariel, sí. No tengas piedad de mi, no tengas piedad de mi pobre culo vos metemela, destrózame, mamón. Ay ¡Que falta me hacia una enculada!
Yo nunca había estado con una hembra tan fogosa y desenfrenada y resulta que la hembra mas caliente con que había fifado jamás ¡era mi suegra! Ni en mis más calenturientas fantasías había soñado yo encontrar a una cogedora como Lidia ¡Que suerte la mía! Tener en casa una mujer tan imponente como Lidia y encima cogedora insaciable.
– Lidia ¡Qué buena estas! ¡Que cuerpazo más bueno tenes! ¡Que bien garchas! ¡Cuánto me gusta darte por el culo! – Goza Ariel, goza de este culazo hambriento de pija.
– Lidia ¡me voy! – Dame toda tu leche mamón. Lléname las tripas con tu lechaza, dámela toda, no te guardes nada.
Mientras así decía Lidia movía su culazo y sus caderas con aun más energía empalándose en mi verga como una bestia. Yo con un aullido de lobo, tuve la acabada más intensa de mi vida. La zorra de Lidia al notarlo, continuo metiéndose y sacándose mi verga y al mismo tiempo contraía y relajaba su esfínter, ordeñándome la pija, dándome mas placer del que yo creía era posible. Exhausto, caí derrengado sobre su espalda y mientras besuqueaba su cuello, con mis manos estrujaba sus generosos pechos. Resoplando y tratando de recobrar la respiración dije:
– Lidia, no había tenido un orgasmo así en mi vida. Que gustazo me diste.
– ¿Te gusta el culazo de la puta de tu suegra, eh mamón? – Como no me va a gustar si es el mejor culo que vi en mi vida.
Lidia con cuidado sacó mi verga de su culo, y se dio la vuelta. Ahora sin tanta prisa pude contemplar sus magníficos pechos. ¡Carajo que pechos!. Grandes, blancos, con oscuras areolas y unos pezonazos como pitorros de botijo ¿Cómo podía una hembra de cincuenta y dos años tener unas tetas tan buenas?
– Parece que también te gustan mis tetas.
– Como no me van a gustar. Es que tenes un cuerpazo de campeonato Lidia y las carnes perfectas, ni duras ni blandas, suaves, acogedoras.
– Uy que galante. Gracias papo. Mira, para pagarte el cumplido te voy a hacer algo que a mi marido le volvía loco. ¡Ponete de pie!Me puse de pie y ella se sentó y acomodo de modo que yo quedaba entre sus piernas. Daba gusto verla moviéndose con aquellos globos lechosos, moviéndose tremolosos.
– Déjame que te limpie la pija, que ¡hay que ver como la tenes!Tenia razón Lidia, tenia una mezcla de mi leche, su lubricante y sus heces que se estaba empezando a secar. Lidia sin ningún reparo, se metió mi verga en su boca y empezó a chupar. Me dejo de estuco.
– ¡He… Lidia! ¿No te da asco? – Que me va a dar asco bebe. Me encanta tener una pijla en la boca, me calienta chupar pija.
Naturalmente que con su intensa chupada, mi verga, no solo quedó como los chorros del oro, si no que recupero su orgullo y se puso más dura que un ajo.
– Cómo gozo con una pija en la boca y si encima es un vergón como el tuyo… ¡Pura gloria! Me dan ganas de morderla. Chupar pija es lo mejor del mundo, bueno no sé si lo mejor… pero es muy bueno, a mí me encanta. Mira, ahora que la tenes bien tiesa te voy a hacer la mejor rusa de tu vida.
Con el mayor cuidado escupió entre sus pechos y sujetándolos con las manos los puso rodeando mi verga.
– Ariel, con mis tetas, mi lengua sabia y este vergón que te han dado…¡Te voy a hacer una rusa, que no veas!
No exageraba Lidia ¡Ni mucho menos! Con sus inmensos globos arropados en torno a mi pija, los subía, los bajaba, apretaba mas, apretaba menos; cuando la punta del capullo asomaba entre las opulentas tetas, ella la chupaba con mimo. A veces paraba y metía la punta de la lengua en el mismísimo agujero de mi picha ¡Nadie me había hecho eso antes! Después volvía escupir entre los pechos y ¡dale y, dale! ¡Que artista! ¡Que maña! ¡Que tetas! – Lidia, que bien lo haces, que buena sos.
– Para buena tu pija, que la tenes… es que tener una pija en la boca me encanta. No hay nada como mamar.
– Lidia que me acabo otra vez.
– Pues claro papi, claro que te vas a acabar. Dale, dame toda tu leche en mi boca ¡dámela!
Dejó de jugar con sus pechos, introdujo mi verga en su boca y chupó como un aspirador ¡Qué bárbara! Yo noté un orgasmo intenso recorriéndome todo el cuerpo y empecé a eyacular. No sé cuanto eyaculé, pero fuera la cantidad que fuera Lidia, glotona, se la tomó toda sin desperdiciar ni una gota ¡Qué hembra!Yo agotado, exhausto, y sin respiración me deje caer en el suelo.
– Lidia, estos dos palos han sido los mejores de mi vida. Te juro que nunca había fifado así y nunca me había acabado así ¡Gracias!
– Uy no bebe, las gracias te las doy yo, porque no veas ¡tenia un hambre de pija…! Tres años a dieta, son muchos años.
– Perdona que te haya pegado antes, pero es que me tenias muy enojado.
– ¡Menos mal que por fin te calentaste! Si a mí me encanta que me azoten y me peguen, que me tiren de los pelos, me insulten. Me gusta mucho que me humillen y después se me fifen bien fifada y si además me dan por el culo con una tranca como la tuya, pues miel sobre hojuelas. ¡Me gusta tanto una buena sarta de azotes…! es que me pone el culo a punto, ardiendo, y sentir el culo así aumenta el gusto y la gracia de la enculada.
Mira, me gusta tanto que me azoten, que a mi marido a veces lo calentaba adrede para que me diera una buena tunda y después me enculara a lo bestia, con rabia. Pobre Toto ¡que zurras y que enculadas tan buenas que me dio! ¿Porque crees vos que yo llevo dos años tratando de calentarte? Pues para que de una puta vez me inflaras a palos y después me encularas. Pero, anda nene ¡aguantas demasiado! yo ya no sabia que hacer pensaba que tenias sangre de horchata
– Lidia, si querías fifar no tenias nada mas que decirlo.
– Si, que querías que, delante de mi hija, dijera: Che yerno, me pica mucho el trasero, cuando tengas un rato ven me das una azotaina y después por el culo. No se me ocurrió otra cosa que calentarte hasta que decidieras darme palo. Pegas bien, ¿eh? Pero fifar tampoco lo haces mal. Ariel, tenes un instrumento que es una joya ¿Te has quedado a gusto? – Te lo juro Lidia, nunca he fifado con la intensidad con que hemos fifado hoy y dos orgasmazos, seguidos, como hoy no los he tenido nunca ¿Y vos, te quedaste satisfecha? – Uy, me gusto mucho Ariel, mucho, mucho. Tienes una tranca fenomenal, pero, la verdad es que, un poco más de faena, no me vendría mal.
– Lidia ¡Que calentona que sos! Estas buenísima y me encantaría fifarte otra vez. Pero a mi edad con dos orgasmazos tan seguidos, no se me va a levantar otra vez ni con grúa. Ni tus tetas imperiales van a poder hacer que se levante.
– Bueno, si no… te da asco hay algo que me hacia mi marido que a mí me daba mucho gusto.
– Lidia, te juro que con tu cuerpazo de ensueño, no hay nada que me dé asco.
– Pues ¿me podrías meter unos dedos en el culo y darme gusto? – Claro que sí.
– Déjame que me ponga bien.
Lidia agarró un par de almohadones del sofá y los puso sobre la alfombra. Se echó sobre ellos, acomodándolos bajo su vientre, quedando con el culo un poco elevado. La verdad es que era un placer ver aquel cuerpazo moviéndose, las tetas bamboleándose primero y luego, oprimidas contra la alfombra, derramándose a los lados de Lidia. ¡Que suerte la mía tener un cuerpo así a mi disposición! ¡Que estupidez la mía no haberlo apreciado durante tantos años!
– Ahora, hijo, ahora.
– ¿Quieres que ponga un poco de aceite o algo? – ¡Que pesado! No hijo, no. Mi culo me lo “engraso” yo sola. De solo pensar lo que me vas a meter por ahí tengo el culo chorreando de gusto. Dale, méteme unos dedos.
¡Que mujer! No exageraba, con una mano separe una de las nalgas dejando el ojete expuesto. Empecé a empujar con mi dedo índice y tan pronto como entró la punta, noté como se humedecía, lo saqué un poquito y con el moquillo que ella producía humedecí el orificio. Metía y sacaba el índice sin ningún problema.
– Dale Ariel, pone otro dedito que después de tu tranca un dedo ni se nota.
Así lo hice solamente para escuchar enseguida.
– Ariel, mete otro más.
– ¡Lidia! Tres dedos ¿te vas a tragar tres dedos? – Callate y mete Ariel, callate y mete.
Así lo hice, solamente para oír poco después: – Mira Ariel, de perdidos al río. Méteme la mano entera.
– ¡La mano entera! Lidia ¿vos crees que te cabe? – Uy, pues claro. Mi marido me metió el puño muchas veces. Al principio mete la mano haciéndola tan pequeña como puedas, sin formar un puño. No me hagas caso si grito. Al principio duele un poco, vos segui y cuando tengas toda la mano dentro del todo, para un momento.
Así lo hice. A pesar de mi cuidado, según metía la mano, Lidia chilló, imploró, lloraba con respiración entrecortada, pero siguiendo sus instrucciones yo empuje y empuje hasta que mi mano entera entró dentro de su macizo culazo. ¡Qué visión! Mi brazo como amputado, devorado por las poderosas nalgazas, terminando en mi muñeca que dilataba su vicioso ojete. Yo no entendía como Lidia podía “tragar” todo aquello. Pero tomaba todo como una mujer hecha y derecha; había chillado, gimoteado y suplicado mientras entraba mi mano, pero no había apartado su culazo ni un momento, al contrario, mientras se quejaba, culeaba y empujaba contra mi mano para acelerar la
entrada. ¡Qué hembra! Hice la pausa que ella había pedido. Lidia respiró profundamente dos o tres veces y con voz todavía un poco entrecortada dijo:
– ¡Carajo Ariel! Tres años son muchos años, ya no tengo el culo tan acostumbrado como lo tenía. Dolió un poco al principio, pero hijo ¡Que bueno lo que viene ahora! Mira, empuja con tu mano hacia delante, como si quisieras tocar el suelo… si, si así ¿Notas mi matriz? – Si, si que noto algo duro.
– Pues ahora, haz como que acaricias la punta. Siii, No veas el gusto que me estas dando. Acaríciala, sóbala, ¡Ay que gusto, ay que gustazo! Seguí, seguí, no pares ahora. Ariel, Arielito, lo haces muy bien seguí hijo, seguí que acabo ¡Aahhh!
Aquella leona viciosa se estremeció con oleadas de placer recorriendo su cuerpo, mientras ella culeaba contra mi mano. Cuando dejó de estremecerse, la insaciable viuda me pidió: – Ahora Ariel haz un puño con tu mano dentro de mi culo y subí y baja, subí y baja como si me fifaras con tu brazo. Si, si así, sos buen estudiante, lo haces muy bien. Seguí, seguí, un poco más rápido, si así. Uy Ariel, me matas, me estas matando, me rompes las entrañas, pero que gustazo me estas dando. Más, más dame más. ¡Me muero, me muero! Como gozo, esto es lo mejor del mundo. ¡Ahh!
La yegua de mi suegra se volvía loca de placer, culeaba como una bestia contra mi brazo, yo lo metía y sacaba con tal fuerza y rapidez que parecía la biela de un tren. El cuerpazo de Lidia estaba continuamente sacudido por espasmos de placer, no se cuantos orgasmos tuvo, o si simplemente fue un orgasmo largísimo. Durante varios minutos perdió todo el control, chillaba, lloraba se estremecía, azotaba su propio culazo, se estrujaba las tetas, se tiraba de los pelos, se meó sobre los almohadones… Por fin tras varios minutos de total descontrol, dijo: – Para Ariel, para. No puedo más, no puedo más. Saca la mano despacito, despacito. Ay que bien. No sabes cuanto gusto me diste y cuanto bien me hiciste. Tres años de hambre, tres años sin una buena enculada son demasiados Ariel, demasiados.
Con cuidado saqué m mano de aquel culo glotón. No mentía Lidia, se lubricaba el culo de maravilla, tenia el brazo hasta el codo empapado con sus jugos. Al retirar la mano, por completo, me quedé asombrado de lo tremendamente dilatado y enrojecido que estaba el agujero del culo. Conseguí apartar mi vista de aquella visión y mirando mi mano, fui al cuarto de baño a lavarme. Traje una toalla húmeda para limpiarle el culo a Lidia, que aún seguía, desmadejada, exhausta, encima de los almohadones húmedos de su orina. Al terminar de limpiar su culo con la toalla, no me pude contener y le propineé otra sarta de palos. Lidia no protestó, siguió desmadejada, completamente relajada sobre los almohadones. Por fin dijo con voz calma y relajada:
– ¿Por que me pegas ahora? – Porque me gusta tu culazo Lidia, porque gozo pegándote y porque me da la gana.
-Te gusta mi culo, ¡eh maricón! – Me gustas toda vos Lidia, te quiero fifar a lo animal. Ya vas a ver, o se me desgasta la pija o dentro de un mes estás hecha flecos.
– Oíme, esto de que me metan el puño en el culo me encanta. Da una sensación tan intensa, relaja y estimula a la vez, no se como describirlo. También me gusta mucho que me metan el puño en la concha y me soben y acaricien la matriz. ¿A vos te metieron el puño en el culo alguna vez? – No, que boludeces decís Lidia, te crees que soy marica?.
¡Ya están los hombres con sus estupideces! En cuanto alguien les dice algo del culo, tienen un miedo de ser marica. Mira mi marido no era marica, pero cuando le metía el puño en el culo y le daba un masaje de próstata, se acababa como una bestia ¡Le gustaba más! Mira mañana me pegas lo que quieras y me fifas como quieras, luego quiero que me metas el puño en la conchita y después yo te meto mi brazo en tu culo y te doy masaje en la próstata ¡Vas a ver vos lo que es bueno! Te voy a enviciar en tres días.
– Lidia, hay algo que no entiendo Lidia.
– ¿Qué es lo no entendes? – Como siendo vos tan puta y viciosa, Betty es tan frígida. Hablando de Betty ¿cómo nos vamos arreglar para coger sin que ella se entere?.
No te preocupes Ariel. Mira yo hasta que no tuve treinta y ocho años también era una mojigata, mea-pilas como Betty. Pero tuve una “aventurilla” que me despertó y desde entonces fifo a pierna suelta. No te preocupes, ya has oído el refrán -De tal palo, tal astilla- Betty salió de este palo. Dijo señalando al frondoso bosque de su concha.
– Entre vos y yo la vamos a emputecer. Ya vas a ver vos, en tres meses tenes a dos zorras viciosas en tu casa. Te lo vas a pasar… no vas a dar abasto, vas a tener la pija en carne viva de tanto frotarla y refrotarla con tus dos putas particulares. Ya podes empezar a comer bien e ir a un gimnasio, porque te van a hacer falta todas las energías que podes tener.
Así ha sido. Entre Lidia y yo emputecimos a Betty, ahora Betty es aún más viciosa que su madre. Yo le agarre gusto a lo de pegar y de vez en cuando les doy unas zurras las dos que las dejo destrozadas. El único problema es que son tan viciosas las dos, que no doy abasto. Nada más tengo un problema.
Las dos están tan buenas y son tan viciosas que hay veces que no sé a cual fifarme, si al palo o a la astilla ¡Peores problemas podría tener!

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