Una buena paja

A los hombres les gusta, y me consta porque muchas veces me lo han pedido, que las mujeres nos hagamos la paja frente a ellos.

A mí, personalmente, no me interesa mucho ver a un tipo “jalarse el cable”, aunque reconozco que depende del tipo. Sin embargo, no me parece sexy, a menos que me imagine que hace eso todos los días de su vida pensando en mí.

Casi siempre que me han pedido que me pajee, lo he hecho, claro, porque me gusta, pero lo que me pasó hace poco me molestó hasta el punto de que no he podido quitármelo de la cabeza.

Estábamos juntos besándonos y tocándonos, y mi novio me pidió que me pajeara para él. Yo me paré frente a su cama y empecé a pajearme, pero algo evidentemente no le cuadraba, así que me dijo: “Métete más el dedo”.

¿Por qué? ¿Acaso yo le digo a qué velocidad debe mover su mano? Pues no. La noche terminó bien, después de todo, porque yo le dije que tal vez sería mejor que fuera él quien me pajeara y lo llevé por todo el proceso, pero gracias a ese momento descubrí que la paja es una operación privada de autosatisfacción que no debe existir en público.

Puede que suene un poco retrógrado y ya me imagino que pensarán que volví a mi colegio católico, pero es cierto.

Llevo muchos, muchos años haciéndome la paja. A veces por las noches, a veces en la ducha por las mañanas, a ratos cuando escribo esta columna, cuando veo una película porno o cuando conozco a alguien que me gusta.

Y durante todos esos años de búsqueda he aprendido a conocer mi cuerpo, a tocarme justo donde me gusta, y obviamente a comunicarlo. Porque gracias a la paja es que he podido decirles a los hombres con los que he estado cómo prefiero que me toquen.

Lo que yo hago en esos momentos es darme placer a mí, no darle placer a alguien que me mira. Si el tipo me está mirando ya deja de ser una paja y se convierte en un teatro erótico, y ahí sí valdría darle placer metiéndome más el dedo o chupándome las manos para pasármelas por los pezones.

Mientras tanto, en privado, paja es paja. Hay quienes se la hacen con los pantalones a medio bajar, o con un trozo de pizza helada en la mesa de noche, o con un jabón chiquito en el baño de un hotel de tierra caliente, y eso es válido, porque no se trata de posar para nadie ni de excitar a nadie ni de complacer a nadie diferente de uno mismo. Un amigo me dijo que “hacerse la paja es más rico, pero tirando se conoce más gente”, lo que es cierto. Nadie en el mundo me toca como me puedo tocar yo misma. Nadie me conoce así. Y debo reconocer que no siempre fue tan evidente.

Al comienzo, todavía muy inexperta en eso, intentaba hacer lo que veía que me hacían los hombres. Meterme el dedo a las profundidades abismales de mi cuerpo buscando el evasivo clítoris.

Luego, con el tiempo, la experiencia y la ayuda de un espejo (para conocer mejor qué era lo que pasaba), comprendí lo que debía hacer y empecé a aplicarlo también cuando estaba acompañada.

No sé las demás mujeres, porque cada una es diferente, pero a mí me gusta mucho que metan el dedo poquito. No hasta el fondo, ni dos o tres dedos al tiempo como muchos maniflacos creen que compensan, sino uno solito, el índice de preferencia, que es el que tiene más movilidad, siempre con la yema hacia arriba, y masajeando suavecito.

La paja es para mí una manera fantástica de venirme, y es igualmente buena si es un hombre el que me la hace. Lo que sí no puedo soportar es que me digan cómo es que debo hacerla, no para darme más placer a mí sino para complacer a los demás, y no por egoísta, que no lo soy, sino porque para complacer a alguien hay que complacerse a uno mismo también.

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