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La señora del Metro

Lo que tantas veces contaban, y no se cansaban de repetir, que en el Metro, con habilidad y sabiendo buscar se ligaba a las mil maravillas, siempre me había parecido una gran exageración, una mentira, ganas de presumir ante amigos y conocidos de ser irresistibles y saber cómo llegarles a las mujeres. Yo, que nunca lo había intentado, por temor y parecerme un tanto ruin, comencé a fijarme, a observar actitudes masculinas y las correspondientes respuestas femeninas. Si la aglomeración de viajeros así lo permitía, había algunos hombres que apretaban su entrepierna con discreta firmeza contra el culo femenino que tuviesen más próximo. Nunca observé respuestas favorables, todo lo contrario, la separación o cambio de sitio de la fémina afectada era instantánea.

Cierto domingo, tras no conseguir entradas para la sesión de las siete en los cines de la Gran Vía madrileña, me dirigía en Metro hacia la zona del teatro María Guerrero, por si los hados me fuesen propicios.  El subterráneo iba de bote en bote. A mí me lanzaron contra una señora gordita, de unos treinta y tantos años, que ocupaba el estrecho rincón que había junto a la cabina del conductor. El Metro era así en los años cincuenta.

Sentí que nuestras entrepiernas se juntaban, lo que, a mis veintidós años, solía emocionarme muchísimo, tanto, que, aunque intentaba evitarlo pensando en otra cosa, empecé a tener una erección. La señora me miró a los ojos. No había enfado en ellos. De cualquier modo, como no deseaba que me lo censurase, haciendo fuerza con los brazos intenté apartarme. Vano intento, en la siguiente estación entró más gente y el apretón fue mayor.

La aproximación de nuestras entrepiernas era tan fuerte que no pude contener una tremenda erección. Ella la sintió por completo y…..¡no se apartó!. Yo, algo aliviado al sentir que no rechazaba  mi proximidad, me animé a dirigirme a ella. Lo hice en voz baja, hablándola al oído, rozando ligerísimamente su oreja con mis labios. Tampoco rehuía este nuevo contacto.

Mire, señora, le pido perdón. Le aseguro que intento apartarme, pero aprietan tanto que no me puedo separar. Y claro, al estar tan cerquita de vd……Le prometo que no lo hago a propósito, incluso procuro pensar en otra cosa, pero es vd. una mujer tan agradable…tan guapa….que…. no me es posible  evitarlo, por mucho que lo intente. Perdóneme, señora.

Me habló también  al oído y sus labios rozaron también mi oreja.

No te apures, que no me molesta que aprieten tantísimo. Tampoco que la proximidad te ….. emocione. Si tú estás bien y no sientes……no sé….rechazo, pues…..siéntelo, deja que todo sea natural. ¿Te puedo preguntar una cosa algo íntima?.

Sí, señora, lo que vd. quiera. Con toda confianza.

A esas alturas de la conversación, yo tenía la polla como un garrote y la apretaba contra su bajo vientre, cuyo calor notaba y me excitaba todavía más. No estaba seguro, pero creí notar que hacía lo que yo: empujar el culo hacia delante. Incluso me parecía que había entreabierto un poco las piernas.

No me llames de vd.

Como tú quieras.

Así siento más confianza para preguntarte: ¿te pasa siempre esto……esta excitación que tienes?…..¿Te ocurre con todas las mujeres en el Metro?.

Le juro que sólo me ha ocurrido con vd. Contigo.

¿Por qué conmigo es diferente?…..¿Es que…yo……..te gusto un poquito?.

Mucho, me gusta vd. mucho. Tú .Eres una mujer preciosa, la más bonita que he conocido.

Me alegro mucho, cielo Yo también quiero decirte que es la primera vez que me ocurre una cosa así. No te apartes de mí y siénteme. ¿Te gusta sentirme?.

Con locura.

¿Sólo así o… o quieres sentirme todavía más?.

Más, mucho más.

Su lengua rozó mi oreja. Al sentir la caricia, creí que iba a romper el pantalón de cómo se me había puesto la polla. Di un apretoncito y su respuesta me elevó a las nubes: además de retorcerse discretamente, de restregar su bajo vientre contra mí polla, sus manos acariciaron uno de mis muslos. Yo, que casi no podía respirar, la imité, procurando que nadie lo observase, y, más encendido que ella, acaricié, con etérea levedad, con infinita suavidad, su caliente entrepierna. Creí que me moría de gusto.

¿Has quedado con alguien, cielo?. ¿Te espera alguna mujer?.

¿Vienes de estar con alguna y por eso estás tan….excitado?.

No, no me espera nadie, no he quedado con nadie. Y no vengo de estar con ninguna mujer. Es que vd….tú..me gustas mucho.

¿Quieres que merendemos en mi casa?.

¿Y tu familia?.

No tengo, soy viuda. ¿Quieres venir?…

Estoy deseándolo. ¿Cómo te llamas?.

Emilia.¿Y tú?.

Yo me llamo Juancho.

Su lengua lamió mi oreja y su mano me acarició con más fuerza la polla y toda la entrepierna. Yo, que es taba ya sin vista, calentísimo, deseándola con pasión, también acentué la presión de mis caricias. Sentí los labios de su coño y……..¡creí que me moría!.

En un susurro, introduciendo más su lengua en mi oreja, me dijo:

Juancho……..¡Qué nombre tan bonito!……… ¡Me gustas con locura, Juancho!. Estoy deseando que lleguemos a mi casa.

Seguimos con nuestras caricias. Mi excitación era tal que, echando una ojeada alrededor en busca de observadores, acerqué mis labios a los suyos y la besé con suave brevedad. Su lengua se introdujo en mi boca durante un delicioso segundo. Se separó y me dijo:

En la próxima estación nos bajamos. Tengo ganas de que estemos solos.

Yo también. No puedo más.

Enseguida nos vamos a querer con locura, mi amor.

El poco recorrido que quedaba se me hizo interminable. También inacabable me pareció el corto recorrido hasta su casa. Iba cogida de mi brazo, haciéndome sentir la delicia de su pecho. Era alta, como yo o un poco menos, tenía buenos pechos, grandes y duros, tal como sentía mi brazo. Me miraba con innegable deseo y sus ojos, grandes y negros, me parecieron muy bellos. Su cara era guapa, muy agradable,  sus gordos labios me lanzaban algún que otro disimulado beso. Me detuve y separándome un poco, la dije:

Quiero ver cómo eres, ¿te importa?.

Sin dudarlo un momento, se desabrochó  y abrió la gabardina. Pude ver un cuerpo de mujer plena, llena, de unos  treinta años o un poco menos. Sus caderas eran amplias y su pecho muy generoso, sus piernas gruesas y bien  torneadas y una gran melena morena.

¿Qué tal?, ¿ te gusto, cariño?.

Muchísimo, Emilia, estoy deseando abrazarte.

En casa podrás hacerme todo lo que quieras, cariño. Hoy y siempre que quieras, amorcito.

Todos los días, cielo.

Cuando echó el cerrojo a la puerta de su casa, Emilia empezó a quitarse ropa. Yo, ansioso como estaba, no acertaba a desabrochar los botones. Con su ayuda pude hacerlo.  Al  quedarnos desnudos, mi mirada recorrió avarienta su desnudez. ¡Era preciosa, qué pedazo mujer!. Tenía tanto pelo que casi no permitía que se la viese el coño; sus mulos, gruesos, asombrosamente macizos, apretados en la entrepierna, provocaron mi primera reacción: me puse de rodillas y me abracé a aquella gloria de muslos. Los besé con ansía, lamiéndolos con fruición, ¡qué rico me sabían!. Emilia, hizo que me levantase y nos abrazamos. Caímos en la cama y con sus besos, recorrió mi pecho y vientre, llegó a la polla y, con infinita suavidad, besó mi glande y lo lamió unos pocos segundos. ¡Creí que me moría en ese preciso instante!. Notándome excitadísimo, ansioso de su coño, se convirtió en una deseable amazona y me cabalgó. Sentí que su coño, mojado, humedecido por el deseo,  me quemaba la polla, y entraba suave y hasta el fondo de su vagina. Gimió al sentirlo y, casi sin voz, ronca, sin fuerza, me dijo:

¡Ay, amor mío, cómo te siento!……¿Me sientes tú, mi vida?.

¡Estoy que me muero, cariño!, ¡me muero del gusto que me das!.

¡No te corras todavía, no te corras todavía, mi vida!.

Obediente, me puse a pensar en otra cosa. Conseguí aguantar

mientras Emilia se corría entre gritos, jadeos y frases de amor que nunca había oído y que me parecieron maravillosas.

Tras su segunda corrida, más brava e intensa que la anterior, sentí mi vientre empapado por sus jugos y no pude aguantar más: grité entrecortadamente, sin aliento casi:

¡Me corro, amor mío, me corro!, ¡no puedo aguantar más, me corro!.

¡Si, mi vida, mi amor, córrete conmigo, que te quiero mi cielo!.

¡Qué gustazo, Juancho!, ¡es el tercer polvo, me muero por ti!.

¡Yo……también….me corro, te quiero!…..¡te quiero, Emilia!.

¡Te quiero, Juancho, amor mío!…..Me corro otra vez, otra vez, qué locura, vida mía!.

¡Qué bárbaro, qué mujer tan caliente!. Mientras yo me corría una vez, ella enlazó dos carreras impresionantes…….¡hasta en el culo sentí su leche!. Pusimos la cama perdida. Emilia me descabalgó, se apretó contra mía y sentí su humedad y el calor de su coño, que parecía un alto horno. Estaba empapada y habíamos puesto las sábanas perdidas. Cuando se lo hice notar, me dio un ardiente beso, metiendo ansiosa su lengua en mi boca y tras un minuto largo de lametones, me dijo con voz de cansancio:

Ahora las quito. Mañana me voy a sentir feliz lavando las sábanas que hemos manchado con nuestro cariño, mi vida.

Tú y yo, amorcito, no manchamos las sábanas, las mojamos.

¿De qué las empapamos, amor mío?, ¿sabes tú de que las empapamos, mi cielo?.

Claro que sí, cariño.

¡Ay!, pues dímelo, amorcito, que estoy deseando escucharlo.

Nuestros labios se unieron en un beso interminable y enroscamos las lenguas. Aquel beso parecía no acabarse nunca.

Cuando tomamos aire, Emilia, cariñosa, con voz tierna, de mujer enamorada, me susurró al oído:

¡Anda, dímelo, cariño, ¿de qué empapamos las sábanas?.

De nuestros jugos, amorcito.

¡Anda, no seas soso, amor mío, dímelo mas íntimo!.

Bueno, cielo. Las empapamos con nuestra leche.

Sí, amor mío, con tu leche y con mi leche, que se juntan porque nos queremos. ¿Me quieres tú, Juancho?.

Mucho. ¿Sabes que es la primera vez que…….lo hago?

¡Ay, dímelo otra vez, amor de mi vida!…..¿Soy yo la primera?.

Sí, cariño, tú eres la primera. Y me alegro mucho de que haya sido contigo, aquí, en tu casa, donde nos vamos a ver muchas veces.

¿De verdad, mi amor?, ¿te ha gustado?…¿vas a volver alguna vez?.

Todos los días vendré a ver a mi queridísima novia. Si quieres seguir siendo mi novia.

¡Te quiero, amor mío, te quiero con toda mi alma!.

Volvimos a los besos, las caricias, las frases enamoradas y…mi polla, que ya había recobrado su vigor, volvió a empinarse con toda la altivez que le confería su juventud y busqué ansioso el coño de mi cachondísima novia, cuyas piernas se abrieron para recibirme. Al sentirme sobre ella, su temperamento se volvió a disparar y con sus frases cachondas  provocó de nuevo nuestra locuacidad sexual, tan grata a los oídos y el corazón de los amantes.

¡Ay, Emilia, cuánto me gusta sentir tu coño en carne viva!.

¡Sí, háblame así, vida mía ,que me pones loca perdida!,¡apriétame más la polla, mi amor, dámela entera, que sea sólo mía!….¡Dame tu leche, mi amor, que me voy a correr enseguida!.

¡Sí, empápame con tu leche, cachonda mía, empápame!.

¡Me corro, Juancho, me corro!.

¡Cómo siento tu leche, Emilia!, ¡Qué bien nos jodemos!.

¡Sí, amor mío, novio mío, me corro!…..¡Siénteme en carne viva, jódeme con locura, mi vida, que yo me he quedado vacía para mojarte la polla!.

¡Me la has empapado, cariño!…. ¡Me corro, no te resisto, novia, no te resisto, me corro!. ¡Toma toda mi leche, toma, toma!.

¡Ay, que bien te has corrido, mi vida!. ¡Ay, novio¡, que bien nos jodemos, ¿verdad?.

Si cariño, nos jodemos como nadie, en carne viva, inundándonos!.

Si, del todo. Te quiero. Vamos a lavarnos, amor mío.

Hasta el momento de marcharme, y pese a mis protestas de que no tenía que darme explicación alguna, Emilia insistió en asegurarme que nunca le había ocurrido lo de hoy y que desde que se había quedado viuda, hacía ya tres años, no había tenido relación con ningún hombre. No dejó de insistir hasta que la aseguré que la creía.

A partir de ese día nos vimos casi a diario y no sólo en su casa: salíamos al cine o al teatro, de excursión, de veraneo…..

En fin, como cualquier enamorada pareja de novios.. Ïbamos ya por el segundo año de feliz noviazgo cuando pasó algo muy importante, definitivo.

Cierta tarde, después de las seis, Emilia me llamó a casa, pidiéndome que me acercase a la suya urgentemente. Así lo hice y, nada más llegar, me lo soltó de sopetón:

Juancho: Ha ocurrido algo muy importante , que a mí me hace completamente feliz. A ti, no lo sé, Juancho. Yo espero que no te vayas a enfadar conmigo, que me eches a mí la culpa de lo que pasa.

¿Qué es ello, cariño?. Me estás asustando.

Estoy embarazada, ya es la segunda falta.

¿Qué dices, te has vuelto loca?. Esas bromas son de mal gusto.

No es broma, Juancho, estoy de dos meses. Y muy contenta, porque tener un hijo….o una hija, ha sido lo que más he deseado en este mundo.¿Qué te parece ser papá, Juancho?.

Oye……., ya vale de bromitas de mal gusto. ¿Para esto me has hecho venir?. Ya sabes que estoy de exámenes y….

No es broma, es la verdad, vamos a ser papás. Y yo estoy feliz, muy feliz.

Casi desfallecido, busqué el auxilio de una silla, en la que me derrumbé asustado.

¿Es en serio?.

Nunca he hablado más en serio en mi vida, Juancho, estoy embarazada de dos meses. Y tú eres el padre.

¡Qué disparate!…..¿Pero cómo ha sido posible?.

Soltó una carcajada y se sentó frente a mí.

Pues…como ocurren estas cosas: un hombre y una mujer se acuestan juntos, se ponen a joder sin tomar precauciones y…pasa lo normal: la mujer se queda embarazada. ¿De qué te extrañas, Juancho?, ¿tan raro te parece?.¿No nos hemos comportado como un matrimonio?. Pues nos ha pasado lo que les ocurre a los matrimonios.

Es que nunca hablaste de que…..pudiese existir ese peligro, Emilia.

Nunca me lo preguntaste, nunca te preocupó esa posibilidad.

Pero tú me dijiste……

Ya lo sé, que en siete  años de matrimonio…..no hubo nada de nada; pero…contigo…..Contigo ha sido distinto: te quiero como nunca quise a mi marido, contigo he sentido….lo que nunca sentí  y claro…….Es natural, Juancho: otro hombre, otro cariño, mucho amor…..Estoy muy contenta.

Oye…yo….Hay medios para…..En Inglaterra, según dicen…….

Mira, Juancho, esta niña, la voy a tener, aunque a ti no te guste que la tenga, que la tengamos, porque es tan tuya como mía, cariño mío. Toda mi vida lo he deseado, por lo tanto, eso de abortar…..¡ni se te pase por la imaginación!.

Y yo, ¿ que…?

Tú, Juancho, tendrás que cumplir con tus obligaciones de padre. Yo no te voy a pedir que te cases conmigo, tranquilo, pero sí que cumplas con las obligaciones de un papá cariñoso.

¿Serás muy cariñoso con la niña, verdad?. ¿A que la vas a querer mucho, mi amor?.

Se inclinó y tomó mis manos con cariño. Se acercó más y me dio un beso en la boca.

Será muy guapa, preciosa, ya verás. Y estaremos muy orgullosos de ser sus papás. Yo te quiero mucho y, desde que me has dejado embarazada, muchísimo más, te lo juro. Espero que tú no dejes de quererme, amor mío, porque esto que nos pasa es lo que suele ocurrir cuado un hombre y una mujer se quieren y se acuestan juntos. ¿Vas a enfadarte conmigo por eso?, ¿vas a dejar de quererme, de ser mi novio?…. Ahora tenemos un motivo muy bonito para estar más unidos que nunca, amor mío?. ¿Ya no me quieres, cielo mío?.

Claro que te quiero, cielo. Es que……..la noticia…..No sé.

Entiéndelo, es…….¡menuda sorpresa!.

Pero tú sabías que yo soy joven y que yo podía ser fértil, que tengo menstruación y…..Ha habido muchas veces en que has venido a hacer el amor conmigo, con tu novia según decías, y no se podía porque estaba con la regla. No ha habido desconocimiento, ha habido exceso de confianza, por parte de los dos,  y ha pasado lo que ha pasado. Yo me alegro mucho. Tú, no sé, supongo que cuando veas a la criatura sentirás….lo que debas sentir. Eres una buena persona y no vas a negar sus derechos a tu propia sangre.

De eso puedes estar segura, Emilia.

¿Me sigues queriendo o…me odias, Juancho?.

No digas tonterías, cariño. Te quiero, sólo que estoy algo desconcertado. ¿Lo comprendes, verdad?.

Claro que sí. ¿Tienes mucho susto, amorcito?.

Me cago de miedo, cariño. Y menos mal que, dentro de unos meses, si no suspendo, acabo la carrera y empezaré a ganar dinero. Un hijo trae muchos gastos.

Verás como todo sale bien, mi amor.¿Te tienes que marchar?.

Sí, pero, me gustaría sentirme dentro de ti. ¿Será malo para el niño?.

No, no hay peligro. Y será una niña, seguro.

Se colgó de mi brazo y nos encaminamos hacia la habitación. Por el camino, mientras nos besábamos, se fue despojando de la ropa. Estaba tan guapa como siempre. La quería, nos queríamos y volvimos a jodernos con locura, en carne viva, sintiendo la humedad de nuestros jugos. Emilia, como siempre hacía, me empapó el bajo vientre, la polla…¡hasta el culo me mojó!. ¡Qué cantidad echaba!…¡Y cómo me gustaba sentir que se corría, que se volvía loca conmigo!. Decididamente, el embarazo no había influido en nada: seguíamos queriéndonos con verdadera pasión y nos corríamos con locura, con un gusto que nadie, ninguna mujer (ya había probado a otras) me dio jamás.

Después de lavarnos, Emilia tomó mi mano y se la colocó sobre el vientre. Dándome un beso muy apasionado me dijo:

Yo, ya noto cositas. No son pataditas, no es….no es nada; pero siento que hay …..una vida que crece dentro de mí. En un  par de meses, cuando me toques el vientre, tú también sentirás algo.

¿Tan pronto juegan al balón estos futbolistas, cariño?.

Muy pronto, amor mío. ¿Te estás acostumbrando a la idea?.

Mira, sí, ¿para qué voy a decir otra cosa?. Y me gusta, quiero que sepas que me gusta que vayamos a ser papás de un niño.

De nuevo buscó mi boca y me la lamió por dentro, a la vez que me acariciaba la entrepierna. Volví a excitarme y la conduje a la cama. Adopté postura de sesenta y nueve y pregunté, ligeramente preocupado:

Oye, cariño, ¿le sentarán mal al niño estas cosas?.

No, vida mía, en absoluto. Si lo deseas podemos querernos como siempre, mi amor.

Claro que lo deseo.

Yo también. ¡Ah!, y nada de niño, será una niña preciosa, estoy segura.

¿Cómo lo sabes?.

Estamos empezando a hablar. Es muy charlatana, como son las niñas. Es una bromita mía, maridito, pero es que me has hecho la mujer más feliz del mundo al hacerme mamá. Te quiero con toda mi alma.

Y yo a ti, mujercita mía. Pero ahora…….ahora te voy a comer este chochito tan rico.

Mi boca se posó en su delicioso coño, el que más me gustaba del mundo, el único que me gustaba de verdad. Mis labios, separando los de su vagina, se hundieron en su bulba y chuparon con ansia. Al momento, mi querida novia respondió. Siempre lo hacía así, con rapidez, con…..entusiasmo. Sentí cómo me mojaba más la boca y se retorcía con pasión. Su boca se tragaba mi polla y subía y bajaba, succionaba, lamía…..me volvía loco .

No pudimos resistirlo y…

Amor mío….me corro. No te resisto, marido. Te quiero, cómete mi leche. Toma, te la doy toda, marido mío.

Dámela, esposa mía y cómete la mía, que te ha hecho mamá.

Si, mi amor, marido, tu leche….Vamos a ser papás…..Te quiero…..¡Ay…..me voy…, vente conmigo, marido!.

¡¡¡Menudo carrerón!!!…..Parece mentira que, después de habernos corrido con tantas ganas, nos volviese a salir del cuerpo tanta leche, parecíamos dos surtidores. ¡Claro, echándola tanta en su adorable coño, tenía que haberse quedado embarazada!.

Descansamos, volvimos a lavarnos y, tras hablarlo largamente ese día y otros sucesivos, llegamos a la conclusión de que debía preparar a mis padres e ir a verles los dos. Emilia, mi queridísima y generosa novia, me dijo que, si hacía falta y aunque no la hiciese, su casa era la mía y podíamos vivir juntos con nuestros niños. Se quedó parada y me miró intensamente.

¿Querrás que tengamos otro bebé, maridito?.

Déjame respirar, ¿no?, acabo de asimilar mi primera paternidad y ya estás pensando que tengamos más. ¿Es que quieres un equipo de fútbol?.

No me importaría, mi amor.

Estas loca, mujercita. Anda, dame un beso y me voy. Ya veré a ver cómo se lo digo a los viejos. Bueno…… a lo mejor hasta les gusta, ¡vete a saber!.

Seguro que no les disgusta, mi amor. Lo que hace falta es que me acepten a mí

Sin duda. Y si no…..no importa, me vengo a vivir contigo. Tendrás que alimentarme y vestirme hasta que acabe la carrera.

Para eso tengo yo mi gran cafetería arrendada, para que a ti, marido mío, no te falte de nada.

Eres muy buena Me voy, cielo. Mañana vengo y hablaremos de cómo se lo digo a mis padres. En fin…..Un beso, mujercita mía, mamá.

Gracias, marido. Te quiero. ¿Ya no estás preocupado por ser papá?

Muerto de miedo, pero…….creo que contento.

Mientras me encaminaba al Metro, mi cabeza no paraba de darle vueltas a la noticia. Yo, que estaba enamorado de Emilia hasta los tuétanos, aceptaba gustoso lo ocurrido. De tener un hijo……

quería que fuese con Emilia. Un hijo, no, una hija. ¡Qué cosas decía!……¡Hablar con la niña, qué ocurrencia!……El problema era cómo se lo decía a mis padres. Después de hablarlo muchas veces Emilia y yo, al cabo de mes y medio, cuando estaba ya de cuatro meses, se lo dije a mis padres. Después de tanto pensar en cómo, se lo solté sin previo aviso. Se quedaron mudos. Al cabo de un rato, mi madre, uno de mis dos amores, se acercó a mí, me dio un beso y las gracias por hacerla abuela. Su reacción condicionó la de mi padre, que me dio un abrazo que casi me asfixia. Quedamos en que al día siguiente traería a casa a mi novia. Les previne de la diferencia de años, ocho, y les pareció bien, que no éramos los primeros, ni seríamos los últimos.

Llegamos a la hora de comer. ¡Qué padres tenía!, ¡cómo me querían!. Acogieron a Emilia con enorme afecto, como a una hija y mi madre, que se sentó con ella al fondo del salón, la cosió a preguntas. En un momento dado, mientras las servía un refresco, comenté que Emilia tenía mucha fantasía, que aseguraba tener largas conversaciones con la niña. Mi madre saltó como una escopetilla:

Pero claro, hijo, es lo natural, yo hablaba mucho contigo cuando estabas en mi vientre. ¿Hablas mucho con la niña, hija mía?.

Mucho, es muy charlatana. Por eso sé que es una niña.

Hice un comentario jocoso y mi madre me mandó callar.

Cuéntame, hija, cuéntame. ¿os entendéis bien?, ¿se da cuenta de que la queréis mucho, que estáis deseando darla muchos besitos?. Cuéntame, Emilia, cuéntame, hija, ¿es una niña, estás segura?. Yo siempre quise tener una. Y me nació este bruto. No les hagas caso, los hombres no comprenden estas cosas. La nena tiene que saber que sus abuelos la van a querer con locura. ¿Se lo vas a decir, verdad?.

Emilia estaba feliz por la acogida de mis padres. Se entendieron desde el primer momento y siempre se quisieron. A los postres, la gran sorpresa me la dio mi madre:

Oye, hijo, tu no permitirás que mi nietecita, que va a ser preciosa como su mamá, cuando sea inscrita en el Registro Civil, no tenga libro de familia, ¿verdad?.

Total y para no hacer fatigosa la peripecia familiar, les diré que:

Nos casamos un mes después; la niña nació preciosa; yo concluí la carrera con buenas notas; la cafetería, ubicada en una de las calles más comerciales de Madrid, pasó a ser explotada por nosotros y tuvimos dos hijos más: otra niña y un chavalote. Jamás me arrepentí de mi boda con Emilia. Fuimos muy felices.

Mis padres estaban locos con Emilia, a la consideraban una hija,

y fueron unos abuelos de los que se les caía la baba con los tres nietos.

Gracias por publicar este elato. Gracias por leerlo. Adiós.

JUANCHO.

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Un comentario en “La señora del Metro

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