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Maravillas en el país de la delicia / Capítulo 2

Lunes, diciembre 6th, 2010

12 de abril de 2002

Ameno intermezzo, algo extraño y con cierta reminiscencia cinematográfica

En el camino de búsqueda de su prima por la casa, por las manos de Maravillas fueron pasando gran cantidad y variedad de vasos y bebidas. Ya que estaba en una fiesta donde todas parecían pasárselo bien, al menos debía beber todo lo que le pidiera el cuerpo. Aunque sólo fuera eso. Ya había tenido bastante ración de emociones con Pony Girl y su paseo.

Sin embargo no podía engañarse a sí misma. El encuentro la había dejado muy excitada. Ahora todo su cuerpo estaba a una temperatura superior a la que tenía cuando había llegado. Había dado placer, había satisfecho la fantasía de una chica, muy hermosa, por cierto, pero ella no había sido satisfecha. ¿Qué pasaba con ella? ¿Debía seguir así toda la vida, siendo tan educada, manteniéndose en esa impecable actitud de princesa tímida y llena de secretos, mirando cómo los demás disfrutaban abiertamente del sexo simple y sincero?

En esos pensamientos estaba cuando se bebió de un sólo trago un cubata que alguien le ofreció al pasar por un corredor lleno de chicas bailando. Ni siquiera vio la cara de quién la invitaba. De pronto decidió que un cubata de un sólo trago y sin miramientos era algo alarmante, y que debía calmarse un poco. Su cerebro mareado decía lo mismo. También decía “¡Que paren el barco, que me bajo!”.

Debía buscar a su prima. No quería estar sola allí. Todo era muy agradable, una casa llena de mujeres dispuestas a cualquier cosa, desde una charla sobre pintura hasta una sesión de besos tras una palmera en el jardín. Gente parecida a ella, sólo que sin complejos. Pero nunca le había gustado estar sola. Debía encontrar a Conchi, entonces se sentiría más cómoda.

Llegó a una cocina, una enorme. Todas las habitaciones de aquella casa, fuera quien fuera el propietario, parecían enormes. Sorprendentemente, estaba casi deshabitada. Sentada en una silla, una chica dormitaba con la cara entre los brazos y apoyada en una mesa de madera envejecida. Tenía el pelo revuelto y -aun sin verle la cara- aspecto de haberse divertido más de lo que su cuerpo pudo aguantar.

Y eso que la noche acababa de empezar.

De espaldas a Maravillas, otra chica con minifalda de cuadros escoceses buscaba en la nevera una botella de leche para tomar un vaso.

— Perdona… —dijo Maravillas— Estoy buscando a alguien. A lo mejor tú puedes ayudarme.

La chica se dio la vuelta. Tenía un gracioso bigote blanco de leche, y no parecía saberlo.

— ¡Ah, hola! Perdón… —tragó y se relamió. El bigote blanco seguía estando allí- Perdona, estaba bebiendo. —la chica era deliciosamente risueña—

Dime… Oh, pero, ¿quieres un poco? —dijo, ofreciéndole la botella blanca.

— No, muchas gracias. Estoy buscando a mi prima Conchi. Me ha invitado a esta fiesta, pero no sé dónde está ella.

— ¿Conchi? Mmmmh… —meditó, bebiendo.

— Sí, creo… Creo que es amiga de la dueña de esta casa. Se conocieron por un amigo común, un arquitecto, un tal Ventura. Un tío insoportable, dice ella -Maravillas rió al recordarlo- pero buena persona. Bueno, no sé si tú…

La chica del bigote meditó.

— Mmmh. Sí, puede que conozca a la hermana de ese arquitecto. Se llama Alba. ¿La conoces?

— No. Creo que no.

— Pues quizá ella sepa dónde está tu prima. Suele saber dónde está todo el mundo. Es, ya sabes, una controladora. Y además es muy amiga también de la dueña. Casi se puede decir que han organizado la fiesta entre ellas.

— Gracias. Si me dijeras dónde está…

— Claro, mujer. Mira, ¿siguiendo este pasillo? Pues tuerces a la izquierda. Por esa zona encontrarás un cuarto de baño. Por ahí la dejaron hace un rato, creo.

— ¿Le pasa algo?

— No bueno, está un poco pedo, ya me entiendes. Hay gente que no sabe lo que bebe.

— Por el pasillo a la izquierda, vale, muchas gracias. Por cierto -dijo, cuando ya estaba a punto de dejar la cocina- ¿Quién es la dueña de esta casa?

La chica tomó otro trago de leche.

— La verdad… no tengo ni idea.

Por el pasillo y luego a la izquierda se iba siguiendo el reguero de una música débil, como salida de una radio. Un tango, o quizá otra cosa. Maravillas no era muy buena catalogando aquel tipo de música.

La música salía de detrás de la puerta de madera del cuarto de baño. Un letrero decía “Señoras”. Se cansó de llamar con los nudillos sin que le respondieran, así que entró.

Dos chicas, sentada una sobre otra en el retrete, se exploraban mutuamente. Le dedicaron una mirada desconfiada a Maravillas al entrar, como de perras guardianes, pero parece que la aceptaron como una molestia inofensiva. Volvieron a los besos y las caricias bajo la tela. Para ellas parecía que aquella era la última noche del mundo.

En la bañera, había otra chica en plan zombie, agarrada a una botella. Una zombie muy linda, pero una zombie beoda en toda regla. Tenía los ojos entornados, parecía pensar en algo muy trascendente para la humanidad, o quizá sólo en si valdría la pena el gran esfuerzo de llevarse la botella a los labios para dar otro trago.

No había nadie más allí.

— Ejem… —titubeó Maravillas— ¿Está por aquí una tal Alba?

La chica de la bañera no reconoció su nombre hasta que lo pronunciaron por tercera vez.

— ¡Yo! —exclamó de pronto, levantando la mano— ¡Yo! ¡Yo me llamo Alba!

— Estoy buscando a…

— ¡¿Qué?!

— Todavía no he dicho nada… joder… -borracha o no, Maravillas no se atrevió a decir esto último sino por lo bajo. Ella era así.- Digo que estoy buscando a alguien. Se llama Conchi. Es mi prima. Me han dicho que tú la conocías…

— Bueno, sí, oye… ayúdame primero a levantarme, ¿quieres, guapísima?

Dejó la botella en la bañera y le tendió la mano. Maravillas la ayudó a incorporarse fuera de la bañera, pero no fue tarea fácil. Aquella chica se resbalaba e inclinaba todo el tiempo como si lo hiciera aposta. Una vez de pie se abalanzó a abrazarse a Maravillas, buscando un apoyo. Parecía que estaba muy a gusto de aquella manera, incluso Maravillas estuvo a punto de preguntarle si se había dormido.

La zombie la miró a los ojos. Verdaderamente era una mujer hermosa. Ridícula en su borrachera, pero hermosa. Sus ojos rasgados rebosaban amabilidad y deseo. Su nariz también. pequeña, muy fina.

La cogió de la mano y la cintura.

— ¿Quieres que bailemos…? -le preguntó. Las eses silbaban entre su dentadura y sus labios cuando las pronunciaba, sonaba como una serpiente.

— Yo, la verdad es que no venía aquí a eso.

— Vale, vamos a bailar.

Comenzó a moverse lentamente, llevando a Maravillas al ritmo de la vieja música de la radio, quizá un bolero. La abrazaba fuerte contra ella. Maravillas descubrió unos pechos muy pequeños aplastados contra los suyos, bastante más voluminosos. Aquella era el tipo de mujer hermosa pero delgadísima con apenas un pecho de niño, ni siquiera de niña. Era el prototipo de bailarina. Y la verdad es que bailando perdía toda su ridiculez y torpeza etílica. Se sentía bastante a gusto entre sus brazos, incluso caliente y acogida, sin necesidad de tener que aprender a bailar, cosa que en realidad no hacía muy bien.

— Mmmmh… ¿qué me querías preguntar?

— Estaba buscando a Conchi.

— Mmmmh, sí… Habrase visto par de guarras. Míralas, ahí, dándose lengua y metiéndose mano hasta en el carné del paro. Sí, vaya par de… Así no hay quien pueda meditar tranquila… Bailas muy bien, ¿sabes?

— Pues qué gracia, porque en realidad no sé bailar muy bien.

— Chorradas. Bailas de miedo.

Siguieron bailando.

La chica le echó una mano al culo. No era la mano que el chico llevaba disimuladamente, milímetro a milímetro, al trasero de su chica en el baile del instituto. Le cogió descaradamente un cachete y se lo apretó.

— ¡Oye! —rió Maravillas, por no llorar— ¿Qué confianzas son esas?

— Mmmmh… —gimió ella— ¿El qué? ¿Qué pasa?

Bajó la otra mano y le cogió el segundo cachete. Rió como una sinvergüenza.

— ¿Es que hago algo malo?

— Te pasas un poco, ¿no crees?

La puerta del baño se abrió. Entró una chica con mucha prisa, abriendo su bolso. Cerró tras de sí.

— ¡Nada, nada, seguid con lo vuestro, como si no estuviera! Es que la puta lentilla se me ha vuelto del revés, y necesito… Aaaaaah…

Fue ante el espejo y comenzó a hurgarse en el ojo enrojecido y lacrimoso. No parecía dar con el artilugio.
Siguieron bailando. Maravillas sintió su respiración en el cuello. Los vellos se le pusieron de punta, un estremecimiento recorrió su cuerpo. Luego sintió unos labios que sólo parecían querer regalarle besos suaves, nada más.

En aquel preciso momento, Maravillas comenzó a pensar que nunca encontraría a su prima.

La puerta se abrió. Entraron dos chicas jovencísimas, Maravillas les echaba no más de diecisiete. Sus ropas de mujer provocativa y abiertamente sexual no la engañaban. Reían y decían tonterías sin parar.

— ¡Eh, qué buena idea! —dijo una de ellas — Vamos a bailar, ¿te parece?

— Venga. Pero una tiene que hacer de hombre, ¿no?

— Tú me llevas que eres más alta.

Y las dos chiquillas se unieron al salón de baile, agarradas la una a la otra, muy acarameladas.

— ¿Te imaginas? Dentro de un tiempo oiremos esta canción y diremos: “¿Oyes? Está sonando nuestra canción…”.

— Sí…

Mientras tanto, la chica de la lentilla tenía el ojo aun más rojo y la paciencia aun más alterada; las chicas del retrete no se daban ni un respiro. Los sonidos de sus succiones y lametones se oían mezclados con la música.

Otras tres mujeres se asomaron al baño y decidieron entrar. Rondaban la treintena. Iban en busca desesperada de bebida, y encontraron la botella en la bañera. Ni siquiera pensaron que alguien podía haberla estado chupeteando y babeando. Comenzaron a llenar sus copas y a brindar, entrelazando sus brazos.

El cuarto estaba abarrotado. No era precisamente un lugar amplio. Maravillas y su nueva amiga —que le amasaba el culo ya como si hiciera pan— bailaban entre la bañera y una mesilla con estanterías y toallas, rozándose con la chica de la lentilla. Cuando alguien más entró en el baño, todas se tuvieron que apretar. Maravillas y la bailarina sintieron sus cuerpos más juntos que nunca.
Se miraron a los ojos.

La chica recién llegada levantó exclamaciones y silbidos. Por todo atuendo llevaba una mini-cazadora de cuero negro que seguramente le habría robado a su hermana de diez años, una rocker precoz. En su cabeza, una gorra negra de motorista, también de cuero. Unas botas negras altísimas, con tacón metálico, unas medias y un tanga. Un ejemplar increíble.

Traía un pequeño radiocasette.

— ¡Mariola! —comenzó a llamar— ¿Alguna de vosotras es Mariola?

— ¿Qué? ¡Yo! —exclamó la chica de la lentilla. Al volverse mostró un ojo rojo que lloraba como el de una Magdalena— ¿Qué pasa?

La chica nueva se abrió paso como pudo hasta llegar a ella.

— Hola cariño. Soy tu streaper. Esto es un regalo de cierta persona que te quiere mucho. Lo ha pagado todo, así que tú solo mira y disfruta… Y si eres buena, puede que incluso te deje tocar un poco.

— Ooooh, mierda, precisamente ahora tengo el ojo así. Me voy a perder el cincuenta por ciento… ¿De verdad te han pagado para que bailes para mí?

— Eso es, cariño. Sólo para ti.

La motorista puso en marcha el radiocassette. Amablemente, alguien había apagado previamente la radio.

La nueva música era muy sensual y potente, un soul lo suficientemente lento como para que algunas pudieran seguir bailando, mientras otras dejaban sus brindis para gritar cosas como “¡Eso es, mueve el culo!”, “¡Vaya cuerpazo! ¡A ver si lo manejas igual de bien fuera del trabajo!” o “Bombonazo, eso es carne y no lo que me dan en la charcutería!”. Todo ello bastante facilitado por el estado de embriaguez que allí cundía.

El cuerpo de la chica en movimiento era un espectáculo para los ojos y las hormonas. Era toda una profesional. Bailaba, se retorcía, acariciaba su cuerpo de curvas perfectas, se inclinaba hacia adelante, y cuando la chica del ojo rojo hacía además de tocarla, se retiraba y la castigaba con la mirada. Se contoneaba ante ella al ritmo negro del soul. Sus enormes pechos temblaban insoportablemente a cada paso. Su preciosa cara destilaba malicia y saber hacer.

Maravillas sintió una mano entres sus muslos, tanteando sus bragas. Miró hacia atrás: la chica sentada en el retrete la acariciaba, sin dejar por ello de besar a su novia. Le guiñó un ojo.

— ¡Será posible! ¡Nunca he visto cosa igual…!

Una rubia salida de la nada, se les acercó.

— ¿Os importa que baile con vosotras…?

Con una mirada de la bailarina, como si ella fuera su propietaria, la compartieron. Ahora Maravillas era la pareja de baile de ambas. Aquella mano seguía bajo sus muslos, y no podía alejarse de ella. Apenas tenía espacio para bailar…

La recién llegada no dejaba de mirarla. Habría visto algo especial en ella. Maravillas se sentía halagada, pero no se atrevió a devolverle la mirada. Se sonrojó, en parte también por el calor que hacía en aquel cuartucho.

Una mano sobre su pecho. Su nueva pareja la acariciaba. La miraba como esperando una reacción. No podía estar en todo: intentaba evitar aquella mano que le bajaba las bragas para acariciarla por debajo, incluso la reprendió, pero en aquel bullicio nadie le hizo caso.
Sus compañeras de baile estaban prendadas cada una de uno de sus pechos. ¿Qué tendría ella que atraía a tantas chicas? ¿Le habían colgado en la espalda algún cartel de “Estoy cachonda, lo hago gratis”?.

La streaper cogió la cara de la chica de la lentilla y la insertó entre sus enormes pechos, restregándola contra ellos, dejándola que disfrutara unos segundos de algo que no iba a probar más que en sueños, horas más tarde, quizá.

“Me encanta mi trabajo”, decían sus ojos.

En plan exhibicionista, entró una mujer muy elegante con un dogo enorme sujeto de una correa. Todas estallaron en monerías, caricias y mimos para el enorme animal.

El cuarto estaba a reventar.

Ahora eran las dos chicas del retrete las que intentaba alcanzar su vagina, mientras sus compañeras de baile le propinaban mordiscos en las tetas por encima de la ropa. Maravillas estaba algo angustiada: tener tantos cuerpos humanos pendientes de ti, sobándote, comprimiéndote, manejándote. Aquellas manos habían alcanzado su vagina, ya húmeda. Estaba muy agobiada, incluso asustada, y aun así húmeda. Increíble. Una buscaba su clítoris en vano, mientras la otra jugueteaba con sus labios.

Intentó quejarse, por algún motivo, pero no lo hizo.

Entraron tres mujeres más, armando jaleo. Una de ella, entre gritos, agitó una botella de cava. El tapón salió volando y cayó sobre todas ellas una lluvia de espuma blanca. Unas aplaudieron y otras se cagaron en su madre por mancharle el traje.

Mientras la chica de la lentilla lamía la línea del culo de la streaper, mientras alguien le acariciaba los labios vaginales, mientras un par de jovencitas al fondo bailaban y se besaban enamoradas, mientras una boca le besaba el pecho izquierdo y otra le mordía el derecho, mientras un montón de manos acariciaban el pelaje corto del dogo, mientras la streaper le dedicaba una mirada disimulada de vampiresa, mientras un dedo torpe rondaba su clítoris sin encontrarlo nunca, mientras le era acariciado el culo, y la espalda, y besado el cuello y los hombros por un montón de bocas y manos que ya no sabía de dónde habían salido, mientras sonaba la música soul… Mientras todo eso ocurría, Maravillas creyó tener el primer orgasmo compartido de su vida. Ni siquiera la habían penetrado, pero con todo aquello lo sintió. Al menos eso creía. Fue una sacudida que le subió de la cintura hasta el cuero cabelludo, un calor que venía en ráfagas y más ráfagas, que iba y volvía, que se apagó como el último rescoldo de la chimenea en invierno. Esperaba que hubiera habido algo penetrándola, o al menos lamiendo, esperaba un chorro enorme de algún líquido saliendo de su vagina, quizá por algún concepto erróneo sacado de alguna película o alguna ilustración de cómic japonés. Nada de eso sucedió. Y no podía comparar con ningún otro orgasmo provocado por otra persona (por todo un tropel de personas), pero estaba casi segura de que lo fue.

Estuvo a punto de caer al suelo, pero un montón de manos lo impidieron.

Asustada, desorientada, se libró a la fuerza de aquellas manos y bocas. Le costó un gran esfuerzo, pero se libró, y se abrió paso hasta salir por la puerta del cuarto de baño. Al volver su vista atrás, no vio un vacío donde ella había estado. Vio chicas besándose y queriéndose, vio cava y fiesta. Incluso vio algo extraño: un perro que si se pusiera de pie sería más alto que una persona. ¿Qué hacía allí?

Maravillas se marchó.

Sentía que aquel era un momento para estar sola.

Continuará…

19 de abril de 2002

eslavoragine@hotmail.com

Maravillas en el país de la delicia

Lunes, diciembre 6th, 2010

INTRODUCCIÓN. EXTRAMURO

— ¿Cómo has dicho que te llamas? —repitió la voz del interfono. En medio de éste, el cristal cóncavo de una cámara la observaba inexpresivo. Odiaba aquellos interfonos con cámaras incorporadas. Tenías que hablar ante ellos como una estúpida mientras, al otro lado, te observaban como querían.

— Maravillas —repitió a su pesar.

De nuevo silencio. Al otro lado de la línea creyó oír risas. Tenía un montón de anécdotas estúpidas que contar con el tema de su nombre. Estaba acostumbrada. Esperó. Además de risas, oyó algunas notas de música a todo volumen.

Miró a su alrededor. Fuera de la casa, a un lado y a otro, la carretera, tragada ambos extremos por la oscuridad absoluta de la noche. No se sentía cómoda en aquella situación. La gente y el ruido allí dentro y ella allí fuera, sola.

— ¿Qué nombre es ese? —dijo la chica del interfono, riendo— Nunca lo había oído. ¿Es sudamericano? — No lo sé, pero soy española. Oye, ¿puedes abrirme, por favor? — Está bien. ¿De parte de quién dices que vienes? — De Conchi. Es mi prima.

— Tu prima, claro —volvió a reír, acompañada por las risas de otras chicas.
No comprendió exactamente dónde estaba el chiste—. Venga, pasa, Maravillas. Que te lo pases bien…

— Gracias.

Un chirrido eléctrico y la puerta metálica chasqueó. Maravillas la empujó y entró. Alguien había escrito en un folio con rotulador y lo había pegado allí con adhesivo, más a modo de broma que como advertencia seria, seguramente…

PERMITIDO SÓLO CHICAS

Y Maravillas entró en la fiesta…

CAPÍTULO I. PONY GIRL

Concha no le había explicado exactamente a qué tipo de fiesta la había invitado, pero comenzó a hacerse una idea.
Un camino débilmente iluminado llevaba hasta la casa, hacia la luz, la música, las siluetas danzantes tras las cortinas, en las ventanas.
Se asustó. De un rincón oscuro, tras un todo-terreno, salieron dos chicas, como de la nada. Iban tomadas de la mano. Sonrieron avergonzadas y bajaron la vista al pasar ante Maravillas, como si las hubieran pillado haciendo algo indecente. Seguramente emigrarían a lugares más cálidos, o tranquilos.

— Pero… ¿adónde he venido yo a parar? —pensó Maravillas en voz alta.

Demasiado. Sacudió la cabeza y siguió andando.

El camino llevaba hacia la parte delantera de la casa. Llegó al bullicio.

Ante la casa había una enorme piscina con la forma curvilínea de una habichuela. Dentro de ella, y alrededor de ella, multitud de chicas. Chicas en bañador, chicas en bikini, chicas en vestido vaporoso. Una chica saltando del trampolín, clavándose como una lanza en el agua fosforescente. Una chica subiendo las escaleras, colocándose el bañador de una pieza, desplazado hacia abajo por efecto del agua al salir. Tres chicas sentadas al borde, riendo sin parar, chapoteando con los pies en el agua, levantando tremendo bullir. Dos chicas en un rincón, sobre toallas, una caracoleando con el pelo de la otra en sus dedos, la otra haciéndose la interesante. Chicas paseando, chicas tomando una copa, chicas recién llegadas que saludaban con un par de besos y chicas que presentaban chicas a otras chicas. Chicas en ropa de baño, chicas elegantes, chicas informales…

Maravillas se mordió el labio, rabiosa. Si aquello era una prueba de su prima, se iba a enterar. Llenó sus ojos todo lo que pudo y luego se obligó a tomar una decisión. Estaba perdida. Debía encontrar alguna cara conocida.
Buscaría a su prima, pero ¿dónde?

Subió unos amplios escalones, y cruzó el porche en dirección a la puerta principal de la casa. De camino, una chica le sonrió de una forma que no pudo interpretar. La verdad, era una chica muy guapa, tenía unos ojos de impresión.
En el jardín era parloteo. En el interior de la casa era la música a todo volumen. Blues y jazz con unos bajos que le hacían temblar el vientre.
La casa era enorme y sin embargo, estaba abarrotada. El recibidor parecía por alguna razón el lugar preferido de reunión. Unas se apoyaban en la pared y otras simplemente se quedaban en medio del pasillo, estorbando de vez en cuando, entre música, conversaciones, copas y risas.

Maravillas se abrió paso entre un pasillo humano. Tuvo que apretarse un poco entre los brazos, las caderas y los muslos. Sintió el tacto suave de varias telas diferentes en sus brazos desnudos, pues llevaba puesta una camiseta blanca de manga corta. Sintió varios aromas, todos ellos femeninos, todos ellos dulces y suaves. Sintió también algunas miradas al pasar, miradas curiosas, quizá, hacia la intrusa, o quizá sólo hacia su minúscula falda, casi de uniforme de colegiala.

Otra chica quería cruzar también el pasillo, pero en dirección contraria, para salir por la puerta. Maravillas y ella se encontraron y tuvieron que hacer equilibrios para poder pasar. Una mano se apoyó en su hombro, y recibió una amable sonrisa.

— Perdona, lo siento…

— No pasa nada…

— ¡Hasta luego!

Llegó hasta un salón atestado de gente. Cada habitación parecía mayor que la anterior. Sobre una mesa de madera de aspecto caro habían montones de botellas a medio vaciar de cerveza, champaña y otros licores que no pudo identificar… Copas, vasos de usar y tirar, canapés, patatas fritas, servilletas de papel arrugadas. Chicas de pie, chicas sentadas en el sofá, apretadas unas contra otras para caber, chicas bailando, chicas hablando, chicas riendo, chicas mirando por la ventana, solitarias…

Por algún sitio debía empezar a buscar a su prima.

Se fijó en una mujer alta, con un elegante vestido negro, brillante, rodeada de otras muchas mujeres que la escuchaban hablar. Tenía aspecto de importante.

— Perdona —le dijo, tocándola suavemente en el hombro. La mujer brillante se volvió.

— ¿Sí? — Perdona que interrumpa. Estoy buscando a Conchi, mi prima. Ella me ha invitado a esta fiesta, y quería saber si alguien de por aquí la conocía, o me podía decir dónde está…

La mujer brillante sonrió.

— Supongo que me has visto aspecto de anfitriona, ¿no?

Una chica muy joven y pecosa rió como una ardilla. En su mano se tambaleaba un vaso con líquido oscuro.

— No es eso, es que…

— La casa no es mía, ¿sabes? Sólo soy otra invitada… ¿Conchi, has dicho? — Sí.

Examinó de arriba a abajo a Maravillas.

— Llamad a Pony Girl. Seguro que ella la conoce.

La mujer brillante y la chica pecosa compartieron una mirada maliciosa. Una chica se alejó llamando a una tal Pony Girl.

— Ella conoce a mucha gente aquí, ¿sabes? —le explicó la mujer con aspecto de anfitriona.

A los pocos instantes llegó una chica. Sus pasos eran casi un trote enérgico sobre aquellas largas piernas, brillantes y suaves, descubiertas por un vaquero cortado sobre sus muslos. Traía una melena rubia revuelta y una carita interrogante.

— Pony, mira a ver si puedes ayudar a esta chica.

— Cómo no. ¡Ven conmigo!

Se fue por un pasillo y Maravillas la siguió. Tras ella, en el último momento, otra mirada cómplice de la mujer brillante y su chica pecosa, por encima del borde de sus vasos.
Siguió a Pony Girl por un concurrido pasillo, atravesaron una cocina…

— ¿A quién has dicho que buscas? — Se llama Conchi, es mi prima.

— Es… ¿Cómo es? — Pues… Creo que lleva un vestido negro, guantes largos… No se parece en nada a mí, ella es de un castaño muy claro, y es de piel mucho más clara.

Creo que me dijo que es amiga de la dueña de la casa. Se conocen por un amigo arquitecto, o algo así.

— Conchi… Conchi… Puede que conozca a alguien por aquí. Desde luego me suena.

— Esta casa parece que no se acaba nunca.

— Es enorme, ¿eh? Me encantaría tener una así yo, en el futuro.

— Toma, y a mí…

— Espera un segundo…

Al pasar por otro salón, hizo que alguien le diera una mochila de plástico amarillo y se la echó al hombro. Maravillas no preguntó.
Siguieron internándose en las tripas de la casa. Llegaron ante una puerta doble, de madera muy decorada. Pony le hizo una seña con la mano para que pasara. Entraron a un despacho en penumbra, con una mesa de trabajo y muchas estanterías. El sonido de sus pasos era atenuado sobre un suelo enmoquetado. Pony cerró la puerta tras de sí y la música pasó a ser un murmullo retumbante. Dejó la mochila sobre la mesa. El plástico crujía.

— Oye, ¿por qué te llaman Pony Girl? — Ya sabes, es divertido. Mis amigas ya me llaman así, y me gusta. Es como un nick.

— ¿Un qué? — Eso, un mote, en inglés. ¿Es que no te gusta? — ¡Sí, claro, es muy gracioso!

Pony Girl le sonrió, agradecida.

— No quiero parecer pesada, pero ¿sabes dónde está mi prima o no? — Mira…
Pony Girl se dirigió a una puerta que había en un costado del despacho. Con extremo cuidado, giró el picaporte y entreabrió la puerta. La luz de alguna lámpara iluminó el despacho. Maravillas oyó algo extraño en la habitación de al lado, como un roce de telas y un suspiro.

— ¿Está ahí? — Ssshhh… —Pony le pidió silencio con un dedo sobre sus labios—. No estoy segura. Tú dirás si es ella o no…

Maravillas se asomó por la rendija de la puerta. Efectivamente, en aquel cuarto, sobre una cama de matrimonio, había tumbada una chica que coincidía con la descripción de su prima que había dado: pelo castaño claro, vestido negro y guantes largos. Pero no era ella. La última vez que la vio, no recordaba que tuviera la cabeza de otra chica entre sus muslos. Una cabeza de melena muy corta, que hacía movimientos obsesivos, haciéndola retorcerse de gozo. La chica que no era su prima gemía muy suavemente, su boca abierta en una mueca de dolor delicioso, sus dedos retorcían las sábanas.

— Así, así, cariño… —susurraba a la chica obediente entre sus piernas— Me encanta, eres una delicia… Nadie me lo había comido nunca tan bien… Mmmh, vas a hacer que me… que me corra… oooommmh…

Los lametones se aceleraron. La que no era su prima cogió a la otra del pelo con mucha fuerza, casi se diría que le iba a hacer daño. Por fin, su cuerpo dijo a gritos que había llegado al orgasmo, una vez, y otra, y otra, y otra… Como en oleadas que parecían alejarse y luego volvían, cada vez más tenues, hasta que se relajó por completo sobre la cama, respirando como un animal herido.
Maravillas notó los brazos de Pony Girl, que la abrazaba desde atrás, mientras ejercían de voyeurs. Sintió el calor, el finísimo cuerpo, suave y perfecto al tacto. La carne generosa de los pechos contra su espalda.
Maravillas siguió espiando.

Las chicas se incorporaron en la cama, comenzaron a besarse. Ahora que la veía bien, sin convulsiones de placer, estaba claro que no era su prima.

— Cariño, vas a ser mi chica de los sábados… Me ha encantado. Ahora me toca a mí. Te voy a hacer una paja como nunca has recibido…

— ¿Sí? — Sí —corroboró la chica que no era su prima, con otro beso en los labios—.
Te voy a lamer el coño, y cuando te hayas corrido, te meteré un dedito, y luego otro y otro y otro… —mientras hablaban, no dejaban de luchar con sus labios y lenguas- … y te voy a penetrar hasta que te meta toda la mano, y te folle con mi puño…

— ¿Sí? — Sí… —y firmó su promesa con un profundo beso que intentó llegar a lo más profundo de su interior.

Volvieron a tumbarse sobre la cama, esta vez era la chica parecida a Conchi la que se situaba encima.

Las manos de Pony Girl habían comenzado a acariciarla. Tan suave, que casi no lo había notado, embelesada como estaba en el espectáculo secreto. Cuando una mano subió hasta uno de sus pezones, se dio la vuelta.

— Oye, oye… —dijo Maravillas, con la respiración acelerada— Quiero que sepas que no quiero… No quiero rollos raros. Yo sólo quiero encontrar a mi prima, y esa no es. Lo siento. No quiero molestar. Yo… Puedo buscarla yo sola si quieres…
Fue a liberarse del abrazo, pero algo la detuvo. Quizá fuera aquella mirada dulce de Pony Girl, aquellos ojos azules mirándola con comprensión. Ya no parecía simplemente la chica inquieta de hacía unos minutos. La chica desconocida, quizá la chica atolondrada y facilona, la chica tonta.

— Entiendo… —dijo en voz muy queda, casi susurrando— Oye, no tienes porqué negar que te gustan las chicas. Si no, ¿por qué habrías venido? ¿Por qué te habrían invitado? — Me ha invitado mi prima. Vengo porque ella viene.

— Pero no creo que hayas venido solo para charlar con tu prima. Tú no eres tonta… No tengas miedo. Todas aquí somos iguales, no hay nada que ocultar. Sólo una fiesta para pasarlo bien. ¿Entiendes?
Maravillas asintió con la cabeza. Realmente, aquella Pony sabía calmar a la gente. Habría tranquilizado a un soldado lleno de metralla y chorreando sangre por todos lados en medio del campo de batalla, sólo hablándole, prometiéndole que todo iba a salir bien, que la ayuda estaba en camino, que su madre tardaría poco en llegar y todo tendría un final feliz de película de Hollywood.

— Entonces… ¿Tienes miedo de algo?
Maravillas negó con la cabeza. Por el momento ya no quería librarse de aquel abrazo.

— No hay nada que ocultar. Lo entiendes, ¿verdad?
Maravillas asintió.

Los labios de Pony se fueron acercando y ella no los rehuyó. ¿Cuántas ocasiones volvería a tener en su vida de estar con una chica tan hermosa como aquella? La besó suavemente, apenas tocándose sus labios.

— Pues yo me he puesto muy caliente viendo a esas dos… —dijo Pony— Y cuando me pongo caliente, sólo sé hacer una cosa…
La volvió a besar, esta vez con más morbosidad. Estrenaron sus lenguas.
Maravillas se dejaba llevar: allí la que tenía la imaginación era Pony.

— ¿Y qué es eso? —le preguntó.

— ¿Quieres saber lo que hago yo cuando me pongo cachonda? Ven, cariño…

La tomó de la mano y cerró la puerta tras la que espiaban. Cesaron los susurros de las sábanas, los jadeos y las palabras calenturientas en voz baja.
La llevó hasta la mesa del despacho, y sobre esta apoyó su trasero. Apoyó sus manos en la mesa y le dirigió una mirada inocente, casi auténtica.

— Desnúdame…

Maravillas le desabrochó la blusa, botón a botón, y se la quitó. Un sujetador blanco contenía dos pechos grandes y bellos, dignos de una estrella de las revistas o de internet. De pronto sintió que no podía esperar a probarlos.

Le desabrochó el breve pantalón vaquero y cayó al suelo. Pony se quitó las botas de cuero, dignas de una auténtica vaquera tejana. Los deditos de sus pies se agitaron sobre la moqueta. Pony observó la mirada dubitativa que Maravillas le estaba echando a sus bragas.

— ¿A qué esperas? Quítamelas, no seas tonta… Estoy deseándolo…

Tomó las gomas de los costados y tiró de ellas hacia abajo, dejándolas también caer al suelo también. Descubrió un pubis suave, de vello rubio, cuidadosamente recortado en un rectángulo estrecho. Era algo precioso, daban ganas de guardarlo en una cajita de madera y conservarlo para siempre junto a los buenos recuerdos.

Cuando ya estaba lanzada a desabrocharle el sujetador, Pony dijo “Espera…”, y tomando sus manos entre las suyas, guió sus movimientos para que bajara las copas del sujetador, pero no le permitió tocar el broche. Maravillas contempló el par de tetas más apetecibles que había visto nunca.
“Aunque la verdad es que aun he conocido pocas…”, pensó. Dos pechos grandes, redondos, autosuficientes, de piel aparentemente suave como el melocotón, con pezones de aureolas pequeñas.

— Que bonitas… —dijo Maravillas.

— Mmmh… Dos buenas ubres, ¿verdad? — ¿Ubres? —rió Maravillas.

— Sí, yo las llamo así. Como las de las hembras. Me encantan. Me encanta mirarlas horas y horas, y acariciarlas, y cuidarlas… ¿Y a ti? — Me encantaría mimarlas, sí.

— Pero, todavía no… Todavía no… Espera que lo prepare todo.

Y Maravillas detectó que Pony Girl hacía un enorme esfuerzo en retrasar su excitación con tal de realizar su ritual tal y como debía ser: perfecto.
Vestida sólo con un sujetador, que ya no cubría nada, Pony abrió la cremallera de su mochila de plástico amarillo. Dentro, un montón de cosas desconocidas entrechocaron y tintinearon. Maravillas volvió a dudar. No era aun una aventurera del mundo lésbico. Quería experimentar el amor, pero rehuiría de cualquier cosa desviada o dañina, sin importar lo amable que hubieran sido con ella.
Contempló las cosas que salieron de la mochila, incrédula.

— Ahora vas a saber de verdad por qué me llaman Pony Girl…
Primero, extrajo un sombrero de vaquero y lo colocó sobre la cabeza de maravillas. Estaba un poco arrugado al haber estado estrujado dentro de la bolsa. Después, con una perversa sonrisa, le puso una fusta en la mano. Pony Girl acarició unos instantes el adorado objeto y luego siguió sacando los aperos.

— Quiero que me montes… —dijo con el aliento temblando, mientras sacaba un cojín enfundado en cuero negro y se lo ajustaba a la espalda. La hebilla metálica de la correa, prieta bajo sus pechos, debía hacerle cierto daño.
Ahora Pony estaba ensillada.

— ¿Cómo has dicho? —dijo Maravillas.

— ¡Necesito que me montes, cariño! ¡Por favor, de verdad que lo necesito! —siguió extrayendo aperos de monta: un artilugio que se colocaba sobre la cabeza de los caballos para impedir que vieran hacia los lados y un mordiente con riendas— ¡Cuando me excito, ya no puedo parar! ¡Necesito ser tu montura, cariño! ¡Quiero que me montes! ¡Te llevaré donde quieras, pero por favor, móntame, es la única manera que conozco! ¡Móntame, sé mi amazona!

Las miradas de desespero y la respiración contra su boca no dejaban lugar a Maravillas para pensar. Pony la besó suplicante, como una niña que adula a su papá como modo de convencerle de que le compre el último capricho.

— ¿Lo harás? ¿Sí? — Yo… Madre mía. Será lo más raro que haga en toda mi vida, pero…

Maravillas examinó la fusta. La golpeó suavemente contra su mano, comprobando su dureza. Las miradas mutuas cerraron el acuerdo.
Lentamente, como en un ritual estudiado, Pony Girl se puso a cuatro patas.

Sus pechos colgantes parecieron aun más grandes en aquella postura. Dejó de mirarla a los ojos. Ahora ya no era una guía, ni una desconocida, ni una seductora. Ahora era su yegua de crines rubias. Se puso el mordiente entre los dientes, ya no podría hablar sino con gran dificultad.
Se sentó sobre el cojín de su espalda. Tenía miedo de apoyar todo su peso, pero no tuvo más remedio. Además, parecía que ese era su deleite: sentirla toda sobre su columna. Tomó las riendas de cuero. Todo accesorio era de cuero. Parecía formar parte de aquel ritual, el único que aquella pobre chica parecía conocer para satisfacer su ardor, no se sabía por qué extraños avatares de la vida.
“Aquí estoy, montando una chica, pensó Maravillas. Dios, qué hermosa es…
¿Y ahora qué hago? Veamos, supongo que debería tratarla como a un caballo.
Yo soy su amazona y ella es mi yegua. Está bien, allá vamos. Hagamos locuras. Demos un buen paseo…”.

— ¡Arre! —dijo, agitando un poco las riendas.

La montura comenzó a caminar por el despacho, al paso. Maravillas no pudo evitar reír. Si bien era la situación más excitante que había vivido nunca, también era bastante ridícula para ella.

Pasaron tras la mesa y el enorme sillón del despacho. Sintió el típico balanceo del cuerpo al montar. Levantó las piernas para que no arrastraran por el suelo. De ese modo, el equilibrio era algo inestable, todo dependía de la fidelidad de su querida yegua, de que no se volviera loca de repente y echara a galopar.

Sobre los movimientos sinuosos de Pony Girl, el despacho se convirtió en un paisaje sin fin, una pradera. Pasearon hacia la lejana puesta de un sol enorme y rojo, tras las nubes púrpuras y las montañas erosionadas con forma de mujer tumbada de costado. Cada paso de la yegua era transmitido al movimiento del cuerpo de su amazona. Las dos fueron una, se acompasaron los ritmos, se unieron las conciencias y se convirtieron en la mítica figura del centauro, esta vez mitad caballo y mitad mujer. Poderoso, imponente, sabio, tranquilo, salvaje y libre.

La piel de Pony Girl se veía preciosa bajo la débil luz del lugar. No pudo evitar acariciarla. Acarició su grupa. Sintió el fino pelaje, los músculos en movimiento, el sudor. Las caricias excitaban al animal. Acarició sus cuartos traseros, fuertes, compactos, amplios. Les dio un par de cachetadas, flojito.
Con cuidado de no soltar las riendas, una mano fue bajando hacia sus pechos, los amasó. Verdaderamente, eran algo totalmente distinto al tacto cuando colgaban hacia abajo en el aire, libres, maleables por la gravedad, algo puntiagudos ahora. El pezón ya estaba erecto y duro. Apenas un toque de sus dedos hacía temblar a la yegua. Podía oírse su respiración nerviosa, sus bufidos a través del mordiente. Cesó de caminar.

— ¿Porqué te paras ahora? ¡Habrase visto animal insolente! ¡Vamos, el paseo aun no ha acabado! ¡Hiá!
Y la golpeó con los talones en las ingles. Ella echó a trotar como loca por la pradera.
Maravillas estaba a cada momento a punto de caer al suelo.

— ¡So! ¡Sooooo!
Tiró de las riendas con fuerza, pero ella inclinaba la cabeza hacia atrás y seguía trotando y bufando.

— ¡So! ¡Sooooo! ¿No me oyes, bestia?
Siguió tirando de las riendas, pero más fuerte tiraba, más rápido trotaba ella y más fuerte resoplaba contra el hierro del mordiente.
Maravillas cayó de su montura. Se golpeó en la cabeza con la gruesa y retorcida pata de una mesa. El sombrero se aboyó y calló al suelo.

— ¡Auuh!

Pony se detuvo. Inmóvil, miró a su dueña. La imagen fue impactante para Maravillas. De sus labios caía un larguísimo reguero de baba blanca. Sus ojos azules miraban con temor al castigo.

— Será posible… Será posible, yegua estúpida… ¡Me has hecho daño! ¡Lo vas a lamentar, ya lo creo! —-dijo, totalmente entregada y divertida con su papel.

La tomó de las riendas y las ató al picaporte de un armario. Arregló el sombrero y se lo volvió a colocar. Tomó la fusta, contempló el trasero, dudó un momento… Y azotó.

Pony Girl se estremeció. Después del primero vino otro, y después otro, y todo un rosario de azotes en sus cuartos traseros. Se lo merecía. Había hecho daño a su ama, había sido una yegua mala, una pony mala, y debía ser castigada.

Usando sus propias manos se abrió las nalgas todo lo que pudo. Maravillas comprendió el gesto y comenzó a azotarla allí, primero en el ano y sus delicados alrededores, luego bajando, hasta que acabó golpeándola directamente sobre los labios mayores, ya abiertos, ya rezumantes y brillantes como los de una buena hembra en celo.

Nunca había hecho daño a nadie, ni quería hacerlo, pero como parecía que aquello era lo que quería su amante, aprovechó y descargó toda su rabia acumulada de años.

Con cada azote, los gemidos de Pony subían y subían de volumen, hasta que acabó gritando, aun con los dientes mordiendo el hierro, con los hilillos de saliva saltando y cayendo por su barbilla, con el orgasmo atravesando como mil agujas su columna vertebral, con el flujo saliendo a ráfagas de su coño y manchando la moqueta.

Pony Girl se dejó caer al suelo, exhausta, resoplando. También a Maravillas le costaba respirar con normalidad. Examinó la fusta de nuevo, ahora salpicada de flujos. Se atrevió a olerlos un poco, sin acercarse demasiado. Percibió cierto aroma a hembra, parecido al que ella misma sabía que producía por sus masturbaciones solitarias. Guardó el aparato en la mochila.

Le quitó el mordiente y le aflojó la correa, para que no la molestaran más.

La cubrió con la camisa y le dio un beso en la mejilla.

— Adiós, Pony. Has sido un cielo. Ahora me tengo que ir.

Pony Girl no respondió, ni si quiera se movió.
Maravillas se marchó del despacho, cerrando bien la puerta. Debía encontrar a su prima, y Pony Girl no parecía en condiciones de ayudarla mucho. Eso sí, había sido muy dulce, acompañándola en la experiencia sexual más atrevida y alocada de su vida, de su vida de chica desorientada y de su vida de chica que había descubierto, para mayor confusión, que le gustaban otras chicas.

La búsqueda acababa de comenzar, al igual que aquella extraña fiesta de extrañas invitadas.

Continuará…

eslavoragine@hotmail.com

Corto privado

Lunes, diciembre 6th, 2010

Escenario

Interior, día. Un amplio salón en un apartamento, espacioso, blanco, iluminado. La luz suave entra por un balcón, tras las cortinas blancas, que flotan ocasionalmente con una suave brisa.

En el centro del salón, un largo sofá, también blanco, mullido, sin brazos, sencillo, limpio.
En un rincón, al salón se une un pequeño minibar, con un par de taburetes altos y un frigorífico que contiene bebidas.

Personajes

Romina es la que ahora se sienta en el sofá, la más joven, la del rostro de indígena enfurruñada y misteriosa. Su pelo es negro y corto. Su piel oscura, suave. Sus labios gruesos, siempre como a punto del disgusto. Sobre su escaso bikini amarillo sólo la cubre una camisa blanca de algodón. Romina mira siempre a su alrededor, esperando, analizando, buscando, sopesando.

Ana tiene unos enormes ojos asombrados, una cabellera larga color castaño rojizo, que se empeña en no peinar y dejar salvaje. Sus mejillas siempre ligeramente sonrojadas, sus labios siempre fruncidos como al borde de un suave soplido. Viste una camisa blanca que no le llega al ombligo y unos shorts azules muy ajustados, de aspecto plástico, que apenas le cubren las nalgas.

Ana es la que se acerca al sofá donde está Romina sentada. Se miran. Ana se queda de pie y mira a Lidia.

Lidia es la que lo está grabando todo con su cámara de video. Su pelo es largo y dorado y su expresión divertida, se nota que disfruta como cineasta. Tiene los ojos azules. Viste una camiseta ombliguera y unos pantalones largos ajustados, acabados en campana. Se empeña en llevar esos zapatos negros de tacón incluso en casa. Aunque no puede verse por ahora, tiene un puñal tatuado en el gemelo derecho.
Romina y Ana atienden a Lidia.

- Muy bien. Acércate a ella. Miráos a los ojos.

Ellas obedecen. Se miran. Lidia desearía que su mirada fuera más pasional, más divertida. Sin embargo, no se puede negar que se están transmitiendo deseo. Un deseo refrenado.

- Dale la espalda a Romina, sitúate ante ella… un poco más cerca.

Lidia se mueve para captar la escena desde un nuevo ángulo, más cerca. El trasero de Ana está ahora frente a la mirada de Romina. Ella pregunta con la mirada.

La directora pone a trabajar la imaginación. Observa la escena, todos los elementos disponibles para hacer lo que quiera con ellos, examina a las chicas…

- Muy bien. Ya está. Vamos a hacer algo muy sensual. Acércate un poco más a ella. Ahora frótate así…

Lidia la guía para que comprenda. Quiere que Ana frote su culo contra el pecho de Romina. Pronto comprende y no le hace falta ayuda. Sube y baja muy lentamente, frotándose contra la camisa blanca. A Ana siempre le ha gustado hacer las cosas así: largas y lentas.
Romina permanece pasiva.

Sin despegar la vista de la pantalla digital, la directora sonríe satisfecha: sus actrices comprenden lo que quiere.
Se puede oír perfectamente el sonido de las nalgas deslizándose sobre el algodón, piel embutida en ropa contra piel embutida en ropa. Romina se arquea, sus pechos sobresalen aun más.

En el encuadre aparece la mano de Lidia, ayudando. Agarra uno de los pechos de Romina para facilitar la tarea. Sus pechos son grandes, angulosos y fuertes. Unas tetas perfectas, ha pensado siempre Lidia, y vuelve a pensarlo ahora que las aprieta entre sus dedos.
Las nalgas se deslizan sobre ese pecho. El pezón acaba por ponerse claramente duro, sobresaliente de la tela.
Perversa, Lidia sitúa el pecho de tal forma que Ana, en una de sus bajadas y en su consiguiente subida, frota su brecha cuan larga es contra el pezón erecto. El resultado es un gemido.

Romina mira a su directora a los ojos. Siempre esa mirada intraducible, de dureza, inacabable.

- Oh, chicas, qué bien lo hacéis. Sois muy buenas en esto. Va a quedar maravilloso. Dios, lo voy a ver una y mil veces…

La camisa de Romina se transparenta: debajo, una de las piezas del bikini ha quedado fuera de su sitio. El pezón se hiergue descarado contra la tela.
El frotamiento ha caldeado el ambiente. Esto sólo acaba de empezar.

- Quítale el pantalón… Pero muy lentamente…

Romina coje entre sus dedos la tela del minúsculo short. Algunos de sus dedos se introducen entre la tela y la piel del trasero, suave. Tira de la prenda hasta dejarla a la altura de las rodillas.

Ana no lleva bragas. Desde lo alto, mira la escena que se desarrolla tras sus propias nalgas, sin perder detalle sus enormes ojos.
Un trasero redondo, oscuro. Romina examina la piel con atención. Nunca había tenido la ocasión de hacerlo con tranquilidad.
Las tres miran el mismo punto.
Una mancha de nacimiento oscura en la nalga derecha, lo único que podría hacer imperfecto su trasero y, a la misma vez, tan hermoso y único.

- Lámeselo. Imagina que tiene sabor…

Sale la lenguecita de Romina y acaricia la mancha color chocolate. Acaricia todo su contorno y luego su centro, intentando encontrar, imaginar el sabor. Lidia oye el raspar de las papilas contra los poros de la piel, y se le erizan los pelos de la nuca. De pronto se da cuenta de que está excitada, mucho más de lo que imaginó en los preparativos que llegaría a estar, y tan sólo es el comienzo. Contiene el impulso urgente de acariciarse alguna parte del cuerpo, cualquiera que sea. Tiene que seguir sujetando la cámara, grabar, observar, dirigir.
Sujeta por atrás la cabecita de Romina para hacer que lama toda la nalga, desde arriba, donde la espalda pierde su nombre, hasta abajo, en el pliegue donde comienza el muslo.

Mientras observa, le gustaría tanto acariciarlas, tomar partido, disfrutar con ellas, están tan hermosas, más hermosas y sensuales que nunca antes. La duda la atribula. No había pensado hasta dónde tendría que mantener su papel de directora, no lo habían discutido, tanta fue la prisa por poner en práctica la fantasía de las tres.

Romina acaba lamiendo ambas nalgas por igual. Empiezan a tener el brillo y olor de la deliciosa saliva de Romina. Los ojos cerrados.
Ana no la va a dejar escapar. Sujeta su cabeza con una mano mientras sus nalgas comienzan a moverse con vida propia.

- Ahora pon la lengua dura -ordena Lidia.

La lengua de Romina da puntadas aquí y allá, hasta que atina a introducirse en la brecha entre las nalgas. Ahí los movimientos de Ana toman más conciencia, más profunidad.

- ¿Alguna vez te has comido un culo? -pregunta Lidia.
- Claro que sí -contesta Romina con su mirada dura.
- Pues vamos…

Primer plano de las manos morenas separando las nalgas, descubriendo el estriado orificio. Mirada de lava de Romina a la cámara. La lengua que comienza a lamer, a humedecer, los delgados dedos que ayudan a abrir paso, la punta de la lengua que cada vez se introduce un poco más, en una progresión casi imperceptible. Hasta que el ano de Ana acoge ya en su interior más de media lengua, serpenteando y chapoteando. Ana gimotea.
Rápido, primer plano del rostro de Ana, retorcido de placer, de esos labios que pone ella cuando algo le gusta, como si fuera a decir “uuuuh”.
Con la mano libre -la otra aun sujeta la cabeza de Romina, y la empuja cada vez más fuerte dentro de su culo- Ana se masturba, busca el clítoris entre sus labios rezumantes y se da frotamientos y golpes secos que la hacen temblar.
Finalmente, se corre, gruñendo.
Romina extrae su lengua con un sonido viscoso deliciosamente sucio.

- ¿Qué tal va la película? -pregunta Ana.
- Está quedando genial. Me alegro de que al fin nos decidiéramos. Creo que me voy a correr con sólo ver esta escena. Y todo gracias a vosotras, chicas.

Sois unas actrices estupendas.

- Yo no estoy actuando -dice Romina.
- Pues sigue así, cariño.

Ana y Romina son ahora madre e hija en el sofá. Romina la mira mientras se quita la camiseta. Los enormes pechos caen libres. Son mayores pero, secretamente, Lidia prefiere los de Romina.

Ana acoge a su hija en su regazo. Se miran con ternura. Le acaricia el pelo. Le besa la frente. La acuna entre sus brazos. Se coge un pecho y le pone el pezón en la boca. La hija lo coge entero dentro de su boca y comienza a mamar. Succiona con calma. De vez en cuando el pezón sale de su boca y la mamá tiene que volver a metérselo para que pueda seguir chupando.

Miran a la cámara. Ana con su niña en brazos. Romina con el pecho en la boca. La cámara de Lidia se calienta en sus manos.
Necesita tocarse pero, por absurdo que parezca, no está seguro de que deba hacerlo delante de sus amigas.

- ¡Ay! ¡No muerdas, niña mala…!

- Allá voy, mamita…

La idea de llamarla mamá ha sido de Lidia. Lo convierte en un incesto en toda regla.
Romina cruza la habitación. Zoom al largo falo de látex transparente, sujeto al arnés, zarandeándose en el aire, arriba y abajo, con el caminar de Romina.

Su mamá la espera sumisa, con el vientre apoyado en uno de los taburetes altos, ofreciendo su trasero desnudo, con sus ojazos expectantes.
Antes que nada disfruta acariciando su piel. La toca entre las piernas. Ya está mojada. Su mamá no puede esperar más.
Se agarra el pene y lo sitúa en la entrada. La penetra poco a poco, aprovechando la ayuda de cada resbaladizo flujo que sale de sus labios, hasta metérsela entera. La sujeta de las nalgas para follársela mejor.

- Así… -dice Lidia, tras su cámara- Despacio, sin prisa, cada vez más rápido, poco a poco, cada vez más rápido…

Romina es obediente. Aprieta los dientes mientras se folla a su madre, mientras empuja alante y atrás las caderas. El ritmo de las acometidas se acelera. La hace levantarse del taburete para cojerla de los pechos. Los agarra fuerte, estrujándose, se ancla en ellos para penetrarla aun más profundo y rápido.

- Oooh, sí mi vida… Síiii… cariño mío, así…

Son las últimas palabras de Ana.

Vistas desde atrás, Ana y Romina salen juntas del salón, se dirijen al cuarto del fondo. Caminan tomadas de la mano. Romina no se ha quitado el pene. Parece hacerla sentir bien.

En la cama blanca, sobre montañas de cojines igualmente blancos, se miran, se abrazan y al fin se besan con ternura. La cámara capta el sonido débil de los besos. Ana atrapa los labios de Romina entre los suyos, los estira sin apretar ni hacer el más mínimo esfuerzo, estira hasta que escapan y vuelven a su lugar. Salen a la luz las lenguas, que se acarician bien para que la cámara las vea, humedeciéndose mútuamente, lamiéndose, girando una en torno a otra.

Lidia oye también el chapoteo de las dos lenguas, y arde en deseos de hacer algo, de intervenir de una vez, de meter su lengua entre esas dos bocas, besarlas hasta saciarse, satisfacerse ya de algún modo, pero sigue dudando y se mantiene en su papel.
Pasan a los besos profundos. Es la escena preferida de Lidia: dos hermosas mujeres totalmente volcadas en el momento de obtener placer, con sus bocas hundidas una en la otra, como desesperadas.
Ana tumba a Romina bocarriba. Empieza a lamer sus gruesos labios mientras masturba lentamente el pene. Mira cómplice a la cámara mientras lame. Lidia tiembla. Romina se retuerce entre cojines, como si de verdad sintiera las caricias en su masculinidad.

- Volved a besaros… Quiero que os beséis lo más profundamente que podáis, que intentéis meter la lengua más profundo que la habéis metido nunca…

Lo hacen, se comprimen una contra otra, esforzándose por llegar más profundo de lo que nunca han llegado en otra mujer. Se oyen gorgoteos salir de sus gargantas.

Y Lidia no puede más, comienza a acariciarse la entrepierna. Le molesta la tela de los pantalones, se abre la cremallera y se toca sobre las bragas. Ahí es cuando el encuadre de la película empieza a tambalearse.
Ana y Romina se chupan las lenguas y se rebañan las bocas. Miran a Lidia, masturbándose ante ellas, cámara en mano.

- ¿Y ahora? ¿Qué más se te ocurre? -dice Ana, mientras vuelve a pajear a Romina.

Ana debe resistir la humillación.
Romina le da un beso. Luego le quita la camiseta. La directora ha decidido volver a ponérsela para hacer esta escena. Le encanta ver como desnudan a una chica, casi tanto como ver como se la follan.

Romina le reparte suaves besos por toda la superficie de los pechos, hasta tenerla retorciéndose de anhelo. Se detiene, la abandona y la mira. Acaricia los pechos con el dorso de sus dedos, describiendo amplias curvas que de vez en cuando cruzan sus pezones, amplios y suaves círculos oscuros.
La tortura. La besa y acaricia y la abandona cuando ve que la ha excitado, hasta que se vuelve a enfriar. La escena se alarga hasta unos buenos cinco minutos. Ana aguanta.

Romina coge bien los pezones, entre pulgar y corazón, y tira. La piel se estira hasta límites imposibles. Ana se muerde el labio. Los suelta y vuelven de golpe a su lugar. Repite la operación, los aprieta, estira y estira, los retuerce hasta arrancarle un gemido de dolor. Los suelta y se repliegan de un bote.
Romina araña los pechos. Clava las uñas en la abundante carne y baja dejando surcos blancos.
Muerde los pezones. Tira en todas direcciones, manejando como quiere a Ana, guiada por el dolor, con la boca abierta, callando una queja.
Aparece una nueva escena.

Romina se pone en pie. El falo vuelve a surgir ante la cara de Ana. Romina se masturba. Se agarra el pene y la golpea en la boca. Ana sigue sin resistirse. En lugar de eso, la mira desde abajo, con admiración. Romina se masturba y, en sus idas y venidas, de vez en cuando golpea la cara de Ana. Sus labios, que rebotan breve, deliciosamente, con el golpe. Sus mejillas, su barbilla. Restriega su polla desde la frente hasta debajo de la barbilla, humillándola.
Una sustancia blanca y espesa salpica la frente de Ana. Otra más. El yogur se estrella contra sus mejillas, chorrea hasta el cuello. Salpica sobre su boca, abierta a medias.
Lo mejor de esta escena es que Ana no cierra los ojos, lo recibe todo en su cara sin casi pestañear.
De pie, se abrazan con cariño, se besan.
Primer plano de los labios femeninos devorándose. El yogur lo embadurna todo.
La imagen tiembla.
Lidia se acaricia el clítoris.
Ana y Romina la miran.

- Bueno… ¿Y tú no vas a participar?
- ¿Es que no hay nada que no quieras hacer?

Primer plano de Lidia. Mira fijamente a cámara. Sus ojos azul claro son perturbadores. Por fin está ante la cámara, y no tras ella.

- ¿Estás preparada? -pregunta una voz.

Romina lleva ahora la cámara.

- Hacedlo antes de que me arrepienta.

Vuelven a estar en la cama. Lidia, de rodillas, agarrada a los barrotes de la cabecera. Ana le baja la cremallera y le quita los pantalones. Consigue sacárselos sin quitarle los zapatos de tacón. Lidia ha insistido en ello. Queda a la vista un precioso culito, blanco, como el resto de su piel. Ana toquetea un momento las bragas y luego se las quita. Se va y vuelve en un momento. Quita el tapón de un tubo de vaselina. Aprieta el contenido sobre su mano. Lo esparce a base de caricias por la vulva de Lidia. La cámara se acerca. La vagina de Lidia está bien brillante y lubricada. Lo poco que quedaba en el tubo se ha gastado. Ana abre otro nuevo y lo vacía un buen chorro sobre el trasero. Extrae prácticamente todo el contenido. Se recrea embarrando las nalgas, los pliegues vaginales, los muslos y, más arriba, los alrededores del ano. Finalmente, el ano mismo queda totalmente lubricado con una enorme cantidad de vaselina.

- ¿Empezamos?- pregunta Ana.
- No me preguntéis más, o puedo arrepentirme. Venga, empezad de una vez…

La fantasía de la directora comienza.
Ana le acaricia los labios vaginales. Le introduce un dedo y la masturba.

- ¿Otro?
- Sí…

Le mete otro dedo. Entran y salen. Lidia gime.

- ¿Otro más?
- Sí, vengaaa…

Ya son tres dedos los que follan lentamente a Lidia.

- ¿Te duele?
- Todavía no…

La cámara se acerca aun más a la escena de la vagina de Lidia penetrada por tres dedos. Aparece la mano de Romina, que acaricia su clítoris.

- ¿Quieres? -le pregunta.

Lidia gime por respuesta.
Le inserta un cuarto dedo. Lidia gruñe. Los dedos de Ana y los de Romina entran y salen a distintos ritmos.

- Otro…
- ¿Otro más…?
- A-há…

Lo intenta pero es difícil, cuatro dedos entrando y saliendo ya son muchos dedos. Se empeña hasta conseguir que el dedo se deslice entre los pliegues viscosos. La vaselina es una gran ayuda. El coño aparece enormemente dilatado.
Lidia grita con los dientes apretados. Tiembla agarrada con fuerza a los barrotes.

- ¿Pasamos a…?
- Oooooooh…
- ¿Sí o no?
- ¡Sí! ¡Venga!

Un dedo de Ana masajea el ano. Comienza a introducirse poco a poco, barrenando. Ana lo hace con delicadeza, hasta ensartárselo entero. Lo mete y lo saca.

- ¿Otro dedo?
- ¡Sí!

Masajea el esfínter hasta hacer sitio al segundo. Exploran el entorno, palpando la carne.

- Métele otro… -susurra Romina.

El tercero cuesta más, pero acaba por penetrar en sus entrañas. La penetración se hace más rápida y dura. La cabecera de la cama golpea la pared con cada sacudida.
Romina no puede usar la mano de la cámara, usa el pulgar de la otra mano.
Cuatro dedos dentro del coño y cuatro dentro del culo. Lidia aúlla.

La última escena es puro experimento. Lidia está agotada. Romina la obliga a levantar de nuevo el trasero, así que Ana debe estar grabando.
Romina saca un consolador, abre la funda de un preservativo y se lo pone. Lo embadurna de vaselina.

- No, por favor… No puedo más, dejadme descansar un poco… -gimotea Lidia contra los almohadones.

Romina por fin está sonriendo: le ensarta el consolador en el culo. Un primer plano demuestra lo dilatado que ha quedado. Se lo mete hasta el fondo y allí lo deja. Coge un segundo consolador, bastante más grueso, y lo embadurna de vaselina.
Asombrosamente, el segundo consolador acaba por caber en sus entrañas.
Romina los agarra y los mueve. Lidia se retuerce de dolor.

- ¡Ya vale! ¡Ya vale! ¡Está bien! ¡Corten!

¿Tienes algo que decir? No dudes en escribirme: eslavoragine@hotmail.com

Gracias a mi ex-novio

Lunes, diciembre 6th, 2010

¡Hola! Me llamo Carolina, soy ingeniera químico, tengo 29 años, vivo en Venezuela y estoy casada con un hombre que también es bisexual. Soy una trigueña bonita, sin llegar a ser una bomba sexy, aunque siempre he atraído a muchísimos hombres y mujeres. La historia que les voy a contar es la de mi primera experiencia con una mujer, lo que ocurrió hace 9 años mientras era estudiante de ingeniería en la universidad. Para ese entonces tenía un novio al que le debo el haber podido realizar mi mayor fantasía y decidirme a ser bisexual.

Recuerdo que cuando era adolescente tuve un sueño con Norma, mi amiga de la secundaria con quien después, en una ocasión mientras estábamos estudiando en su casa, me besé en la boca… Todo ocurrió sin mediar palabra. Ella acercó su cara a la mía y sin darme cuanta nos estábamos besando a boca llena. Para ese momento yo tenía 16 años y esa situación me asustó muchísimo. Recuerdo que cuando reaccioné me separé de ella, recogí mis cosas y me fui muy asustada a mi casa, pensando en lo que había pasado. Me di cuenta que me había excitado muchísimo y que en realidad me gustaba Norma, y por eso es que me sentía tan bien con ella y éramos tan buenas amigas. Pensaba en que lo que había ocurrido era un error y debía alejarme de ella… Me aterraba la idea de ser lesbiana o bisexual, porque pensaba en lo que iban a decir mis padres, mis familiares y mis amigos. También tengo que decir que estaba muy confundida, porque también me sentía atraída por los hombres.

Después de unas semanas de evitar a Norma, ella y yo nos reunimos para hablar. Me confesó que era bisexual y que se sentía atraída por mí. Me contó que ya había tenido relaciones sexuales con su novio y con otras mujeres, mientras que yo le confesé que aún era virgen y que no sabía que hacer ante lo que había ocurrido. Después de eso seguimos siendo amigas, nos graduamos de bachilleres y cada una inició una carrera en la universidad, y mantuvimos el contacto como buenas amigas que éramos, pero sin que nada volviera a ocurrir.

Pues sí, nada volvió a ocurrir durante cuatro años, aunque en ese tiempo nunca pude evitar tener fantasías en las que siempre estaba con Norma. Nada ocurrió hasta el año 1994 (yo tenía 21 años), en el que era novia de un hombre que significó mucho en mi vida, ya que fue el que me hizo ver al sexo como algo bello, que todos deberíamos disfrutar sin tabúes ni temores. JL (como voy a llamar a mi ex-novio) es heterosexual, pero de mente muy abierta. Un día, después de haber tenido relaciones en un salón de clases (me gustaba mucho quedarme totalmente desnuda en un salón de clases y que él me lamiera los pies, me chupara los pezones y me lamiera y chupara el clítoris, y después yo darle una buena mamada) él me volvió a preguntar por mi mayor fantasía sexual. Yo había rehuido el tema en varias ocasiones, pero ese día, desnuda y excitada como aún me encontraba, le confesé que quería saber qué se sentía tener relaciones con otra mujer. Le conté lo que me había ocurrido con Norma y mis fantasías con ella. Debo confesar que durante los cuatro años que pasaron desde lo ocurrido con Norma hasta ese día, y pese a mis fantasías, me había considerado totalmente heterosexual, pero en ese momento comencé a pensar en la posibilidad de ser bisexual. JL no pudo evitar asombrarse, aunque su cara me revelaba la complacencia que sentía ante mi revelación. Me dijo que a él también le gustaría verme con otra mujer y que si quería hacerlo pronto, a lo cual no contesté porque aún me asustaba un poco la situación. Después de varios meses en los que siempre, después de tener relaciones, hablábamos de mi fantasía, él me pidió y me sugirió no darle más largas al asunto y nos decidimos a cumplir mis sueños. Por supuesto, pensé en la reacción de mis padres y mis amigos si llegaban a enterarse de todo, pero la verdad es que en ese momento ya casi no me importaba.

Nos pusimos en contacto con Norma y salimos con ella a tomar café en varias ocasiones previas, para que ella y JL se conocieran y para ir creando un cierto ambiente que me diera confianza para dar ese gran paso. Por fin el gran día llegó. Fue el 25 de marzo de 1994, durante un bello día en la ciudad de San Antonio de Los Altos. Aprovechamos que la madre de Norma trabajaba en la ciudad de Caracas, y pasaba todo el día allí. El departamento en el que vivían quedaba a nuestra absoluta disposición.

Al principio los tres nos pusimos a hablar y a tomarnos unas cervezas. JL y yo estábamos muy cohibidos, hasta que Norma nos dijo que nos relajáramos y disfrutáramos el momento, a lo que JL reaccionó besándome y acariciándome. Luego comenzó a desabotonarme el sweter que llevaba puesto mientras me besaba y mordisqueaba el cuello. Después me quitó las sandalias y me besó y lamió los pies, mientras Norma nos observaba con cara que reflejaba el placer y la excitación que iba experimentando. Era la primera vez que otra persona me observaba en esa situación, y la sensación era muy rica y excitante. De pronto Norma se acercó y comenzó a acariciarme las manos y a darme dulces y suaves besos en las mejillas, en el cuello, la frente, la nariz y las orejas. Justo cuando empezaba a sentirme perdida sus labios se posaron en los míos y después me besó de una forma tan dulce y apasionada que aún hoy me excita bastante. Sentir su lengua con la mía ha sido una de las experiencias más divinas que he vivido. Cuando abrí los ojos, JL nos observaba con la cara más tierna que he visto en un hombre…

Ambos se apoderaron de mí. Norma me desabrochaba el pantalón, mientras que JL me quitaba la camisa y metía su mano por debajo de mi brasier, apoderándose de mis más que erectos y endurecidos pezones. Justo cuando Norma me quitó el pantalón JL me dejó a merced de ella, y fue cuando me terminé de abandonar y a entregar al placer. JL se sentó para observarnos. Norma seguía besándome y acariciándome mientras me encontraba en ropa interior, y cuando menos lo esperaba ella me quitó el brasier y comenzó a besarme los senos muy suavemente. Estaba tan fuera de mí, que no recuerdo cuando fue que JL se desnudó, pero lo cierto es que así estaba y había comenzado a desnudar a Norma, mientras ella me mordisqueaba y chupaba los pezones. En menos de lo que creí ya me encontraba totalmente mojada y fue cuando ella me dejó completamente desnudita. JL la terminó de desnudar delante de mí, y cuando los tres estuvimos totalmente como Dios nos mandó al mundo fue que en realidad se inició mi fantasía.

Norma me dejó sentada en el sofá, y se puso de rodillas frente a mí. Me volvió a chupar los senos, pero en esta ocasión con mucha más fuerza que antes. Me volvía loca verla y sentirla, pero de pronto paró y me dijo “ahora vas a sentir el verdadero placer”, y fue cuando separó mis piernas y sus dedos se apoderaron de mi almeja. Ella empezó a entrar y salir, a lo cual respondí con movimientos que eran casi inconscientes e involuntarios. De repente vi que se inclinaba más y empecé a sentir su lengua lamiéndome de una forma muy deliciosa y especial. Su lengua subía, bajaba, entraba y salía, y yo lo único que podía hacer era gemir y temblar, mientras JL nos observaba con mucha excitación. Él decidió participar de la fiesta y empezó a chuparme los senos. En ese momento sentí que terminaba de perder el control de mí misma y me volvía loca de placer. Norma se hizo de mi clítoris y comenzó a lamerlo y a chuparlo, lo que hizo que tuviera un orgasmo y me corriera en su cara. Se levantó y me besó mientras sus dedos volvían a entrar y salir de mi concha.

El sabor y el olor de mis propios jugos no hicieron más que excitarme muchísimo más y fue cuando decidí que ya era hora de pasar yo a la acción. Los senos de Norma eran como los míos: pequeños, redondos y paraditos… En pocas palabras me parecían bellos y muy provocativos. Empecé besándolos, pero (tal vez por mi falta de experiencia en ese entonces) comencé a comérmelos y a chuparlos con un gran frenesí que parecía una loca. Nunca imaginé que se sintiera tan delicioso tener en la boca el pezón erecto y duro de otra mujer y sentirlo con la lengua. Mientras, JL me observaba muy de cerca, para no perderse de ningún detalle (como me confesó después). Su cara había perdido los rastros de ternura, y ahora reflejaban puro placer y excitación.

Habría podido pasar toda la vida así, pero Norma me pidió a gritos algo que en realidad me daba temor y había creído que no iba a hacer… Norma me pedía a gritos que le comiera su almeja, que me la cogiera toda. Al principio dudé un poco en hacerlo, pero en medio del placer me atreví. Me agaché, pero lo primero que hice fue besarle las piernas (que es algo que me gusta que me hagan a mí). Ella volvió a pedirme que me la comiera, por lo que acerqué mi cara a su concha, aparté los bellos y la besé como si besara los labios de su boca. Al principio sentí un poco de nauseas, pero el olor a sexo húmedo me hizo reponer y me volvió a excitar. Además JL había comenzado a comerme mi concha de la forma en que me gustaba que él lo hiciera. Eso fue lo que me ayudó a animarme y cuando menos lo pensaba mi lengua estaba lamiendo la cuquita húmeda y roja de otra mujer. Fue en ese momento que completé mi viaje hacia la total bisexualidad. Había tenido fantasías con Norma, pero en ellas solo estábamos juntas, besándonos y acariciándonos. Jamás imaginé en forma realmente seria que llegaría a comer del manjar de otra mujer. Y debo decirles que es lo más delicioso que he probado en mi vida.

Con mi lengua seguía lamiendo el sexo de Norma, mientras JL se levantó y nuevamente se puso a observarme detalladamente. Después decidí experimentar otras cosas, como penetrarla con mi lengua y chupar y lamer su clítoris. Cuando empecé a chuparle el clítoris noté que ella comenzaba a temblar y a moverse y sus gemidos aumentaban, por lo cual empecé a hacerlo más fuerte y seguido hasta que después de un rato ella se corrió. El beber sus jugos fue algo extraordinario y sentí como que saciaba mi sed.

Ambas nos incorporamos y ella me pidió que le diera una mamada a JL, lo cuál hice inmediatamente. Él estaba muy excitado y estaba a punto de reventar. Comencé besándole el pene y luego me lo metí en la boca. JL empezó a gemir cuando yo empecé a darle una mamada que creo que jamás se la había dado así. Era como una especie de recompensa (según sus propias palabras) por haberme permitido cumplir mi fantasía. Para sorpresa mía, Norma se había puesto de rodillas y estaba chupándome la cuquita y el culo. De repente sentí como sus dedos me penetraban por el culo de una manera firme. Eso hizo que me excitara mucho más, lo que a su vez hizo que acelerara mis movimientos de boca y mano en el pene de JL. Después de un rato, cuando ya ninguno aguantaba más tanta excitación, él vació su leche en mi boca y en mi cara. Jamás había disfrutado tanto mamarle el pene a un hombre, como en esa ocasión mientras Norma me cogía por el culo con sus dedos. Ella se incorporó y empezó a lamer de mi cara toda la leche de JL mientras nos besábamos.

Así estuvimos muchas horas los tres juntos, haciendo el amor entre los tres. Mientras estábamos descansando (totalmente desnudos) nos pusimos a hablar y Norma preguntó si alguna vez me habían penetrado de manera doble, por delante y por detrás al mismo tiempo, a lo cuál contesté que no. Ella sugirió que lo hiciéramos y nos mostró un pene artificial con correas, como el que usan las lesbianas. Debo confesar que al principio me horroricé por el tamaño de aquella cosa y me negué a hacerlo, aunque en realidad mi negativa no fue muy contundente y convincente. Les dije que nunca había tenido sexo anal y que no me parecía, pero una vez más JL fue muy convincente y persuasivo y me animó a hacerlo. Llegamos al acuerdo de que primero yo me cogería a Norma y luego (si yo lo consideraba apropiado) ella me lo haría a mí.

Me puse el aparato y Norma se arrodilló frente a mí para chuparlo. El estar en esa posición, dominante, y ver una mamada desde la perspectiva de un hombre, fue algo muy divertido e interesante. Ella le pidió a JL que se recostara en el sillón y se puso de rodillas frente a él. Lugo levantó el culito y me dijo “¡penétrame, cógeme que soy toda tuya!”. La verdad es que no sabía que hacer, así que empecé a meterle el aparato suavemente, pero para sorpresa mía entraba muy bien en aquel hueco que ya había sido explorado. Mientras tanto ella le mamaba el pene a JL, quién no tardó en apartarla y levantarse para poder ver como me la cogía. Yo me movía igual a como lo hacía JL conmigo cuando él me cogía por delante, y a la vez metí mis dedos en la cuquita de Norma, que gemía y gritaba de placer. Así estuvimos un buen rato hasta que JL me dijo: “Caro es tu turno”…

Norma se incorporó y me quitó el pene de plástico, se lo puso y me dijo que me sentara sobre ella mirándola de frente. Me metió el pene en mi cuquita y empezó a cogerme suavemente, mientras JL me lamía los senos. Yo empecé a gemir mientras empezaba a subir y bajar al ritmo de las embestidas de Norma. Fue algo maravilloso. Me cogió duro durante bastante rato, lo cual me tenía al borde de un estallido. Hubo un momento en el que pensé en todo lo que había pasado y estaba pasando, en mis padres, mis amigos y amigas, en lo que dirían si me vieran, y hasta me dije: “Dios mío ¿qué estoy haciendo?. ¡Carolina te volviste loca!”, pero la excitación y el placer eran tantos que me respondí: “¡Nada!, esto te está gustando muchísimo y nada más”. Norma paró y me pidió que me pusiera boca abajo y levantara la colita, lo que hice de forma inmediata, pues quería experimentar que se sentía. Ella también me metió su pene de plástico muy suavemente, ya que todavía era virgen por el culo. Al principio me dolió mucho y grité de dolor. Se me salieron las lágrimas y le pedí que parara que ya no quería, pero ella (gracias a Dios) no me hizo caso y siguió. Ya cuando estaba totalmente dentro de mí, empezó a moverse y comencé a sentir una mezcla de placer y dolor, que hacían que cada vez me excitara más. Tengo que confesar que, aunque siempre disfruté que JL me cogiera, el nunca me había cogido tan duro y sabroso como lo estaba haciendo Norma en ese momento. Lo hizo durante un largo rato, hasta que dijo: “Ahora te lo vamos a hacer JL y yo al mismo tiempo”…

Estaba tan fuera de mí, que no protesté ni me negué, si no que me entregué al placer. Ella me pidió que me pusiera frente a JL y este me empezó a coger por mi cuquita. De pronto otra vez sentí el pene de Norma en mi culo, pero esta vez había entrado con mucha más fuerza y violencia, por lo que grité. Sin darme cuenta en realidad, me había convertido en el objeto de placer de esos dos seres: un hombre y una mujer… Ambos se estaban moviendo al mismo ritmo. Entraban y salían de mí al mismo ritmo, mientras que yo también había empezado a moverme de manera totalmente involuntaria… Jamás me había sentido así. Creí que iba a morir de placer. Empecé a gemir muy fuerte, y de repente me di cuenta que estaba gritándoles que me cogieran, que me cogieran fuerte y duro.

Luego descansamos. Norma y yo hicimos el sesenta y nueve, le comí la cuquita y le chupé las tetas varias veces en la tarde. Los tres hicimos el amor hasta la tarde, antes de que llegara la madre de Norma. Nunca en mi vida había tenido una experiencia tan fantástica como esa y creo que jamás se va a repetir, porque esa fue mi primera vez con otra mujer y la atesoro como unos de los momentos más felices de mi vida. Los tres volvimos a estar juntos al día siguiente y en muchísimas otras ocasiones. También Norma y yo lo hicimos muchas veces las dos solas y otras tantas ella, su novio y yo. Aunque JL y yo terminamos hace varios años, le estoy muy agradecida por haberme enseñado tanto y haber hecho que asumiera y aceptara mi bisexualidad. Gracias a él no soy una mujer frustrada. Gracias a él soy una mujer bisexual feliz.

Como les dije al principio, estoy felizmente casada con un hombre (lo llamaré JF) que también es bisexual. Nos conocimos en la universidad porque estudiábamos juntos. También tengo una pareja femenina (Gladys), con quién llevo una relación maravillosa. Con ella y mi marido he seguido compartiendo grandes momentos con mis amigas y también con él y sus amigos (créanme que es sabroso y excitante hacerlo con dos hombres, y ver como se cogen a tu marido). Por supuesto Norma también sigue siendo partícipe de esos momentos. Ella y yo sí seguimos en contacto y aunque ya no es mi pareja femenina, aún (de vez en cuando) hacemos el amor…

mujik_manriq@yahoo.com

Fantasías sexuales con Beatriz

Lunes, diciembre 6th, 2010

- Te estoy diciendo que no me gusta Beatriz. ¿Estas loco?
- Ah vamos, sería interesante.
- No inventes ¿te parecería interesante que . . . no sé, Alejandro, digamos, llegara y te dijera “Eduardo me fascinas y me excita imaginarte enseñándome las nalgas”?
- (Risas) No, pero no es lo mismo.
- Ay claro que es lo mismo, ya déjame en paz.
- Entonces no te vayas con ella . . .

Así hablábamos mi mejor amigo y yo; una mujer que tenía fantasías sexuales con Beatriz, así de simple. Todo porque nunca podría olvidar ese momento: un instante en una clase de matemáticas se agachó hacia adelante, con las nalgas levantadas para recoger su bolsa y a mí me encantó verla así. Todavía recuerdo hasta los pantalones que ella traía puestos.

Tenía razón Eduardo. De alguna manera las circunstancias me habían puesto en las manos la oportunidad de mi vida de ir a trabajar a Madrid y especializarme en administración de recursos humanos . . . y para colmo, Beatriz iría conmigo. Quería salir de viaje al extranjero pero sus padres nunca se lo habían permitido, a mí me conocían de la universidad y con la excusa de una excelente educación en Madrid, Beatriz convenció a sus padres y me dijo feliz un día que iría conmigo. A final de cuentas nos fuimos a Madrid, solas, un año. Yo me olvidé instantáneamente de todos los reclamos de Eduardo.

Beatriz era lo que se conoce como una “niña bien”. Vestía a la última moda, conocía a toda la gente de “sociedad”, hablaba mucho (y muy rápido), cuidaba su figura y su largo cabello para tenerlos siempre a la perfección, no tomaba, no fumaba, había tenido el mismo novio desde el liceo y era obvio que se casaría con él pero jamás en los cinco años que llevaban de novios, jamás habían pasado de darse un beso. A mí me parecía indeciblemente hermosa y nunca me pareció tonta, como otras niñas de su clase.

Nos llevábamos bien y nos acoplamos perfectamente a la nueva vida en Madrid. Yo estudiaba y le pasaba las notas, ella conocía la ciudad y me llevaba a los mejores lugares de paseo, yo cuidaba el departamento y hacía de comer, ella conocía gente y conseguía invitaciones a las fiestas de los chicos más populares.

Yo la acompañaba a estas fiestas pero me parecían aburridas, prefería a la gente de otro tipo, los escritores, los músicos, la gente de conversaciones de café, libros, cigarros y buen vino. Aprendí a fumar desde los 14 años y a tomar desde los 15 y con mi novio tenía sexo increíble. Casi el completo opuesto de Beatriz pero nos llevábamos bien.

Mi novio me llamaba todos los viernes en la noche. Yo me encerraba en mi habitación para hablar con él. La mayoría de las veces terminábamos cogiendo por el teléfono, excitándonos con las palabras y la imaginación. Sería el tercer o cuarto fin de semana que pasábamos allá, precisamente en uno de estos viernes, cuando Beatriz irrumpió en mi cuarto sin tocar siquiera y me encontró tirada en la cama, sosteniendo el teléfono con una mano y con la otra en mi entrepierna a punto de provocarme un orgasmo delicioso. Se quedó parada en la puerta un instante mientras acomodaba sus ideas, yo estaba desnuda y sólo me quedé mirándola mientras me despedía por el teléfono. Beatriz salió calladamente y cerró la puerta. Unos minutos después salí en bata y me metí en la cocina, ella me siguió.

- Perdóname, no pensé que . . . ¿te estabas masturbando verdad?

A mí me chocó el tono de reproche con que lo dijo, y le contesté bruscamente mientras salía…

- Si, y deberías intentarlo a ver si se te quita lo pendeja.

No nos hablamos en una semana.

El siguiente viernes me invitó a una fiesta un grupo de amigos míos de la Universidad. Quería hacer las pases con Beatriz así que la invité a venir pero le advertí que esta no sería una fiesta del todo parecida a las que ella acostumbraba. Beatriz contestó emocionada que iría, que quería aprender cosas nuevas y ver gente diferente. Yo me sentí como espécimen raro cuando dijo eso y me volví a enojar, decidí dejarla sola en la fiesta, al fin y al cabo ella era excelente haciendo amistades.

Nuestra aportación a la fiesta madrileña fueron dos botellas de excelente tequila alegremente aceptadas por la concurrencia en general. El vino fluyó como en las mejores fiestas y Beatriz por no quedarse atrás empezó a tomar. Yo no la perdía de vista, tanto por miedo a que se le subieran las copas como porque me moría de risa escuchando cómo se escandalizaba por palabras que en nuestro país no es usan con tanta naturalidad como en España. Alrededor de las dos de la mañana perdí a Beatriz entre la gente. Una de las muchachas me dijo que había ido al baño porque se sentía mal. Efectivamente, estaba en el baño . . . con un tipo amasándole los pechos como si pensara que eran naranjas a las que había que exprimir. Beatriz estaba completamente ebria y el hombre este también así que no me fue tan difícil quitárselo de encima. Entre una amiga y yo la llevamos a la casa, la metimos a la regadera y Lucía (así se llamaba mi amiga) se marchó.

Yo estaba enfadadísima conmigo misma por haber dejado a Beatriz sola en la fiesta y entre reproches que me hacía a mi misma no me daba cuenta que había comenzado a quitarle la ropa a Beatriz para meterla al agua. La apoyé contra la pared, de espaldas a mí para comenzar a desabrochar su blusa y quitar sus pantalones, los zapatos los había dejado en la entrada. Abrí la llave de la ducha mientras metía mi mano entre sus pantalones y su blusa para empezar a quitarla, Beatriz usaba la ropa extremadamente apretada y no podía quitarle los pantalones. Comencé a reírme al darme cuenta de lo imposible de la situación y la risa me hizo darme cuenta que estaba en la ducha con una mujer que me excitaba, que me fascinaba y empecé a ponerme nerviosa. Decidí que iba a tener que mojarme yo también si iba a quitarle la ropa, Beatriz no daba indicios de despertar por más helada que estuviera el agua, la senté en el piso y comencé a sacar sus pantalones como mejor pude. La piel de sus piernas era mil veces más suave y yo quedé jadeando sólo de imaginar que tras esa espalda estaban aquellos pechos deliciosos. Puse mis manos en sus caderas y ella se apoyó en la pared, metí mis dedos entre su piel y su party y comencé a deslizarla, de nuevo la piel de sus piernas, suave, blanquísima y yo imaginando lo que habría del otro lado. Rápidamente puse la bata sobre sus hombros y la arropé, le dije al oído “ven, vamos a que te acuestes”, ella se terminó de tapar y se tiró en la cama, hecha un ovillo, temblando. Yo me dirigía al baño a terminar de ducharme cuando escuché que me dijo “gracias”.

Me duché pensando en Beatriz y burlándome de mí misma por haberme excitado así, estaba mojada, y no por el agua de la ducha. Salí de la regadera y me fui a leer un rato a la sala, no tenía mucho sueño. Una hora después entré a ver si Beatriz necesitaba algo, me quedé clavada en la puerta, sin poder moverme. Beatriz estaba dormida, boca arriba, se había estado moviendo y su bata se había abierto dejando fuera uno de sus pechos. La luz de luna que entraba por la ventana la iluminaba, iluminaba su pecho, su rostro blanco, sus labios semiabiertos y parte de su muslo que también había quedado afuera. Suspiré, tenía ganas de acariciarla, de sentir su piel suave en la palma de mis manos, en los dedos, en mis labios, apretar esas piernas suaves, chupar suavemente esos pezones. Me acerqué lentamente, en silencio, tratando de no despertarla para seguir admirándola. Parecía una perfecta estatua de mármol, me hinqué a lado de la cama, sin esperanzas, exhausta, recargué mi cabeza en su mano, besé su palma y…

- ¿Ángela?
- ¿Te sientes mejor Beatriz? – Le pregunté mientras me acercaba de nuevo. Beatriz volteó la cara hacia la ventana, a mí me llamó la atención que no hubiera intentado tapar su cuerpo.
- Quiero pedirte algo pero me da pena. Enséñame a tocarme como lo hacías ese día, cuando estabas desnuda en tu cama, quiero sentir algo así. – Yo no pude contener una risa nerviosa.
- Estas borracha todavía Beatriz
- Si, lo se, todavía estoy un poco borracha, de otra manera no me hubiera atrevido a pedírtelo, por favor, enséñame. – Tomó mi mano y la dirigió hacia sus piernas; yo la quité rápidamente.
- Beatriz, tengo que decirte algo. Beatriz me gustas, me atraes como mujer, me atraes sexualmente me… me… me excitas, me fascina verte en este momento, desnuda. Me… me encantaría tocarte pero no así, no como tu quieres. Déjame darte placer Beatriz, déjame amarte.

Beatriz sonrió, abrió su bata y cerró los ojos. Me senté a su lado en la cama. No lo podía creer, había fantaseado tantas veces sobre ese momento que estaba en blanco, no sabía que hacer, nunca había tocado a una mujer, nunca había acariciado una piel suave, unos pechos, unas piernas y Beatriz era hermosa. Acerqué mi cara a su cuello, cerré mis ojos y respiré su aroma. Era dulce. Comencé a tocar su piel con mis labios, sus hombros, no me atrevía a tocarla con mis manos todavía. El primer beso que le di fue entre sus pechos, la besé tiernamente mientras sentía que rozaban mis mejillas y que Beatriz suspiraba. Me separé, con ternura tomé sus pechos entre mis manos, moviendo mis pulgares comencé a acariciarla un poco pero ya no resistía la tentación, tenía que sentir esos pezones en mi boca. Me acerqué, poniendo mis labios alrededor de su pezón derecho, sin cerrarlos, quería disfrutar el momento, acerqué mi lengua lentamente y lo besé. Fue una sensación deliciosa, empecé a respirar rápidamente y tenía sus pechos en mi mano, todo a un tiempo metí una de mis manos entre sus piernas, pellizqué su pezón con mis dedos y penetré su ombligo con mi lengua. Beatriz gimió, yo sentí como si hubiera tenido un orgasmo, mi cuerpo tembló y me sentía excesivamente excitada. “¿Qué vas a hacer?” Me pregunto Beatriz. Acariciando hacia adentro de sus piernas lentamente me acerqué a su oído y le dije “No voy a hacer nada que tu no quieras Beatriz, así que me vas a tener que decir si te gusta lo que voy a hacer” Beatriz abrió los ojos asustada, pero sonrió y dejó que me subiera en ella. Terminé de abrir sus piernas con mis caderas, bajando sobre ella y lamiendo sus pechos de nuevo, con una de mis manos empecé a acariciar sus piernas, volví a besar entre sus pechos y de ahí a bajar de nuevo. Dejé que mis pechos tocaran sus piernas, y seguí bajando. Llegué a sus caderas y comencé a besarlas, Beatriz respiraba rápidamente pero no decía nada “¿No te gusta Beatriz?” Sonreí maliciosamente mientras la veía asentir rápidamente y empecé a hacer rápidos círculos, ella empezó a gemir como una loca, de su vagina empezaron a brotar abundantes líquidos conforme yo seguía chupando, ahora usaba mis labios también, acerqué mi dedo corazón y lo empecé a introducir lentamente en su vagina, moviéndolo al ritmo de mi lengua en su clítoris ella arqueó su espalda retirándose de mi boca un momento y alcancé a ver cómo llevaba sus manos hacia sus pechos para acariciarse sola. “Sigue por favor no pares”, baje mi boca hacia ella de nuevo y pasé mi lengua dura desde el principio de su vagina hasta llegar a su clítoris en donde empecé a dar pequeños golpecitos con la punta de mi lengua, volví a meter mi dedo cuando la oí gemir y seguí haciendo círculos hasta que sentí su orgasmo en mi dedo, su vagina contraccionándose violentamente y Beatriz jadeando. Cuando se tranquilizó se quedó dormida.

Yo no lo podía creer. Mi mayor fantasía se había hecho realidad. Estuve masturbándome pensando en lo que había sucedido hasta que terminó la noche pocas horas después, no sabía cómo iba a reaccionar Beatriz a la mañana siguiente entre la cruda del alcohol y la cruda moral que probablemente le daría. Me levanté desde temprano y me metí en la cocina, mientras cerraba la puerta del refrigerador sentí una mano en mi hombro, era Beatriz, me dio la vuela y me besó en la boca. “Gracias”

El día que decidí seducir a…….

Domingo, diciembre 5th, 2010

Hola amigas (os), mi nombre es Fernando y les voy a contar el día que decidí seducir a mi amigo Gabriel.

Gabriel y yo, estudiábamos juntos en una escuela Comercial, en el centro de la ciudad de México, y nuestro horario era nocturno, Gabriel no era un chico nada excepcional, moreno claro, no muy alto, (1.70) de complexión media y trabajaba con su tío en una farmacia, tenía un departamento cerca de su trabajo el cuál yo conocía porque en alguna ocasión entré con él, yo pensaba que no era gay aunque era bastante finito.

El día que decidí seducirlo fue un viernes, ese día llegué a su trabajo argumentando que no me sentía bien, fingí un dolor de cabeza terrible, el me dio unas pastillas (las cuales no tomé), y me ofreció que me fuera a su casa para que pudiera descansar, y se me quitara el dolor de cabeza, yo le agradecí el detalle y con sus llaves en la mano me fui a su casa.

Al llegar lo primero que hice fue darme un baño y prepararme para recibirlo, me afeité todo el cuerpo dejando solo una pequeña parte de vello en mi pubis, me puse crema para el cuerpo y para la cara, porque me había dicho que me iba a ir a ver en cuanto cerraran la farmacia, y eso sería como a las nueve de la noche.

Llevaba en un pequeño bolso mi ropa de mujer, que consistía en una tanga negra que me ocultaba muy bien mi pene, y un brasiere a juego con la tanga, ya les he contado que con un poco de hormonas me hice de unos pequeños pero bien formados pechitos, mismos que oculto siempre al llevar ropa de hombre bastante holgada, me puse unas medias negras caladas de las que no necesitan liguero, unas zapatillas negras cerradas, una faldita muy corta tipo escocesa a cuadros rojos,  una playera sin mangas negra que me ajustaba bastante y me hacia ver muy sexy,  como tengo el pelo ligeramente largo me lo alise dejando un pequeño fleco, me puse un poco de maquillaje, me pinte los ojos en tonos claros, los labios los pinté de rojo al igual que mis uñas tanto de las manos como de los pies, me puse un poco de perfume y me senté a esperar que llegara Gabriel.

No tuve que esperan mucho, antes de las nueve tocó la puerta, (yo tenía sus llaves), fui a abrir y al verme me dijo “órale, pues que no estabas enfermo?” enferma querrás decir, entró se me quedó mirando y me dijo “te ves increíble, a ver date la vuelta”  daba la impresión que no encontraba palabras para continuar, lo tomé de la mano y lo llevé hasta el sofá, no sentamos y le pregunté, ¿te gusto?, se quedó mirando y me dijo si, te ves muy guapa, ya tenía preparados unos tragos para cuando llegara, le ofrecí uno y brindamos con ron, tenía música suave para bailar y lo invité a hacerlo, nos paramos y por un poco era yo mas grande que él, me pasó la mano por la cintura y comenzamos a bailar, yo me le acerqué bastante para sentir si había alguna reacción en él, y comencé a sentir como se le iba parando su verga, le acerque mis labios y comenzamos a besarnos, al principio estaba un poco tenso pero se fue relajando al tiempo que terminaba su trago, bajó su mano hasta sentir mis nalgas y puso la otra mano en uno de mis pechos, yo tomé su verga por encima del pantalón y se la fui sobando hasta que se le paró por completo, en ese momento me hinqué frente a él y le fui desabrochando su cinturón al tiempo que le bajaba el pantalón, saltando frente a mí una hermosa verga como de unos 18cms no muy gruesa, lo cual me decepcionó un poco, pero ya estaba ahí y no me iba a hacer para atrás, comencé a darle una buena mamada, empezando por el glande y llegando hasta sus huevos, el me decía “que rico mamas, pareces una putita”, el hecho de que me tratara de mujer me excitó  bastante, me levanté y lo llevé hasta su recámara, ahí le quite toda la ropa y lo tumbé encima de la cama boca arriba, me subí encima de el y continué mamando su verga al tiempo que me iba quitando la ropa, solo me dejé las medias y la tanga, su reacción fue tocarme los pechos y me decía, “donde los tenías guardados, mamacita”, comenzó a chuparme los pechos y a tocarme las nalgas, me dio la vuelta y me acostó boca a bajo, me besaba las piernas, me lamía las nalgas, me apretaba los pechos, y entonces le pedí que me cogiera, “cógeme Gabriel, cógeme por favor que ya no aguanto méteme la verga, te lo suplico”, me levantó de las caderas y me puso en cuatro, bajó mi tanga y me lamió el culo, sentí como apuntaba su verga hacia mi ano y comenzó a metérmelo, como no la tenía muy gruesa, no costo mucho trabajo que me  entrara, la metía y la sacaba primero rápido y después despacio, llevándola hasta el fondo, eso me calentó tanto que ni siquiera tuve que mastúrbame, me vine con solo tocarme, en ese momento sentí como me llenaba el culo con su lechita, y me escurría entre las piernas, me volteé y se la chupé hasta que terminara nuevamente en mi boca, se la chupe hasta dejársela completamente limpia.

En eso momento sonó el timbre y nos quedamos mirando sin saber que hacer, el salió a ver y era un amigo de Gabriel de nombre Arturo, yo conocía a Arturo, pero no sabía que entre ellos había una relación, Arturo era bajito (1.55) de complexión delgado, usaba lentes los cuales lo hacían ver algo intelectual, Gabriel le dijo que tenía una sorpresa que ni se imaginaba, yo me había vuelto a vestir con la ropa de mujer que llevaba, ya que la mía de hombre estaba en el baño, y salí a la sala, Arturo al verme no lo podía creer, se nos quedó viendo y se sonrió con malicia, al tiempo que le decía a Gabriel, “desde cuando lo hacen”, Gabriel le explicó que no era lo que el estaba pensando, que yo lo había seducido, pero que eso no se interponía entre ellos.

Arturo se acercó a mí y me abrazó al tiempo que le decía a Gabriel, ven, vamos todos a darnos un abrazo, al estar todos abrazados sentí como Arturo ponía su mano en mi trasero y en el trasero de Gabriel, Gabriel a su vez, le comenzó a sobar el pene a Arturo, y se agachó a darle una mamada,  Arturo me empezó a besar en la boca y a sobarme los pechos, y en menos que se los cuento los tres estábamos desnudos y tirados sobre la cama, comenzamos a darnos una mamada unos a otros, como en circulo, Arturo se sentó apoyándose en la cabecera de la cama, mientras Gabriel le mamaba la verga, Arturo me hizo la seña de que me cogiera a Gabriel, ya que estaba en cuatro patas, me acerqué por detrás de Gabriel y le comencé a lamer el culo, cosa que le agradó bastante, y me decía, ahora te toca a ti, cógeme, métemela toda, no tardamos mucho en venirnos, y en cambiar de lugar, a veces yo le mamaba a Gabriel su verga mientras que Arturo me la metía, otras Gabriel se cogía a Arturo mientras que Arturo me la mamaba, así estuvimos un buen rato, cuando me dí cuenta eran la cinco de la mañana, me levanté aprovechando que estaban dormidos los dos, me vestí con mi ropa de hombre y me fui a mi casa.

Al otro día me levante como a las diez de la mañana, con el culo y la cara llenos de satisfacción, y bueno, ya les contaré alguna otra de mis travesuras, ciao, besos.

Fernando-Fernanda.

Fiesta de disfraces

Sábado, diciembre 4th, 2010

Hola chicos y chicas, mi nombre es Fernando y esta historia me sucedió  hace. Ya  algunos años, en ese entonces tenía como 16 años y fuimos invitados a una fiesta de disfraces, éramos muchos amigos y amigas y uno de los chicos sugirió que alguno de nosotros se vistiera de mujer, jugamos una ruleta y me toco perder, yo me opuse desde luego aunque por dentro lo deseaba,   una de mis amigas, a la que llamaré, Rocío me dijo que me iba a ayudar con el disfraz, ella tenía una hermana mayor y fuimos a su casa, ahí me prestó un vestido tipo camisero, que me quedaba a la rodilla, al verme me dijo que tenia que depilarme las piernas entonces trajo una maquinilla de rasurar y me dejó totalmente lisas las piernas, y todo el cuerpo claro que también me prestó ropa interior, nada del otro mundo pero me sentía bastante sexy, me arregló el cabello sin problema ya  que yo lo usaba hasta los hombros, me pintó los ojos me puso un poco de rubor,  bileé, me prestó unas zapatillas de tacón que aunque me apretaban un poco, podía  caminar bastante bien, cuando terminó, me vi al espejo y no podía creer lo que veía, parecía una chica muy guapa y sexy.

Nos fuimos a la fiesta y como era en una unidad multifamiliar, la habían hecho en los patios, comenzamos a bailar y yo bailaba con mi amiga Rocío, en cierto momento se acercaron dos chicos y nos dijeron que si cambiábamos pareja, nos quedamos viendo una a la otra y sin decir nada aceptamos, el chico que me tocó era bastante alto, 1.85 yo mido 1.65, me dijo que se llamaba Miguel, tenía el pelo claro y ojos azules, antes que nada sucediera, le dije que estaba disfrazado y que me llamaba Fernando, se me quedó viendo y sonrió, me dijo que ya lo sabía, pero que le había gustado mucho como me veía de mujer, comenzamos a bailar y cada vez se me acercaba mas, yo estaba bastante nerviosa, el lo notó y me dijo que si quería fuéramos a su casa para que descansáramos.  Nos fugamos sin que nadie nos viera y llegamos a su departamento, ahí me invitó a sentarme mientras sacaba unas cervezas del refrigerador., me dio una y puso un poco de música suave, me dijo que si quería quitarme los zapatos lo hiciera y así me sentí muy cómoda.

Se sentó junto a mí y pasó su brazo por mi espalda, yo sentí que el estomago me brincaba, y me volví hacia él en el momento que me daba un beso,  me levanté del sillón y fui hacia la salida, me alcanzó y me pregunto que si él no me gustaba, me quedé callada y en ese instante me tomó por la cintura y el cuello y me besó con un largísimo y delicioso beso, yo la verdad, me abandoné a ese beso y le respondí abrazándolo por el cuello y permitiendo que metiera su lengua en la boca, entonces comenzó a acariciarme la espalda y también las nalgas cosa que me puso a mil, pasé mi mano a su entrepierna y pude sentir su verga en toda su magnitud, comencé a sobarlo por encima del pantalón mientras que miguel desabrochaba mi vestido, yo comencé a desabrochar su camisa y la deslice por sus hombros, créanme chicos (as) esta fue la primera vez que yo sentí verdadera atracción por un hombre, tenía los hombros anchísimos y un estomago de lavadero, estaba todo depilado cosa que me hizo sentir calientísima, comencé a besarle las tetillas y a lamer su abdomen y poco a poco fui bajando hasta su cinturón lo desabroche y baje su pantalón junto con su bikini hasta dejar a la vista su preciosa verga, comencé a besarla y a lamerla hasta que  la introduje toda en mi boca, en ese momento Miguel se agacho por encima de mí y comenzó a tocarme la espalda y el culo, introduciendo dos de sus dedos y luego fueron tres , me levanto y me volteó dándole yo la espalda, me puso inclinada sobre la mesa y comenzó a lamerme el culo metiendo su lengua en mi ano, yo me moría de ganas de que me la metiera y se lo dije, me contesto que la iba a meter cuando él quisiera, yo gemía y gemía, y entonces sentí que apoyaba su verga en mi culito y la iba metiendo poco a poco, le dije que la quería toda dentro de mi, me dijo que era una verdadera putita y que de ahora en adelante me iba a llamar Fernanda. De un solo golpe la metió hasta el fondo cosa que me sacó un grito de placer, siguió metiendo y sacando su verga algo así como diez minutos, y comencé a sentir como me inundaba con su lechita el culo, esperé a que se detuviera y entonces me volví hacia el y comencé a mamarle la verga con toda la calentura que sentía, no tardó mucho en venirse nuevamente en mi boca, yo trague toda su leche hasta exprimirle la última gota, me levante y con esa gota le dí un prolongado beso que me hizo sentir muy bien.

Le pregunte si podía pasar a su baño, me contestó que si, y que si quería, podía tomar una ducha, lo hice y me sentí muy bien, al terminar me puse un poco de crema que había en el baño, me recogí el pelo en una coleta, me envolví en la toalla al estilo mujer, o sea bajo la axilas tapando el pecho.  Y salí, cual no sería mi sorpresa que en la sala estaba Rocío con el chico que la sacó a bailar, Rocío era una chica bastante atractiva, no muy alta pero delgada y con buenos pechos y lindo culito,  nos miramos e intercambiamos un gesto de complicidad, ella se acercó a Miguel y se comenzaron a besar, al tiempo que Carlos se acercaba a mí, y me decía “que escondido te lo tenías, te ves muy bonita con tus piernas depiladas y tu lindo culito” me encanto que me tratara de mujer, Carlos era como de mi misma estatura, moreno delgado, y bastante bien parecido,

Comenzó a tocarme los brazos y a acariciarme las piernas, me dijo que me veía muy bonita envuelta en la toalla, me la quitó y me abrazo al tiempo que me besaba y tocaba mis nalgas, yo le respondí colocando mis brazos en su cuello, se acerco y sentí un bulto bastante grande en su entrepierna, lo acaricié al tiempo que me hizo hincarme frente a el y saco su verga para que se la mamara, no había comenzado a hacerlo cuando vi. que Rocío se había   desnudado toda y se había subido en el  sillón en el que estaba sentado Miguel, parada frente a el y dejando que éste le chupara el coño, entonces Miguel me pidió que le mamara la verga,   yo accedí y   me puse a hacerlo, como estaba hincado en cuatro patas, sentí que Carlos se acercaba por detrás de mi y lamia mis nalgas y mi culito, en un momento dado, Rocío comenzó a dar grititos de placer, y a pedirle a Miguel que se la cogiera, Rocío despego su coño de la boca de miguel, y se hincó en el sillón para que miguel pudiera meter su verga en su coño, entonces  me dijo  que se la metiera por detrás, yo me acerque a Rocío y comencé a meterle la verga por el culo al tiempo que Carlos lo hacia conmigo, era  una escena digna de una película porno, al principio nos costó un poco de trabajo encontrar el ritmo pero después, que rico,  no pasó mucho tiempo cuando comencé a sentir que Carlos se venia dentro de mí inundando mi culo de leche, al mismo tiempo que yo me venia dentro del culo de Rocío, ella daba gritos de placer y pronto Miguel se vino también,   después todos quedamos regados por el piso de la sala,  Rocío se incorporo y en voz baja me dijo que nos fuéramos, ya que Carlos se había ido al baño y Miguel se estaba quedando dormido,  nos vestimos de prisa, arreglamos un poco nuestros cabellos y salimos de ahí, nos fuimos a casa de Rocío a cambiarme de ropa, y quedar convertido en un jovencito de nuevo.

Después de esa experiencia comencé a travestirme de mujer con más frecuencia, ya les contaré lo que me sucedió en una de esas transformaciones.  Besos.

Fernando-Fernanda.

Mi amigo de la farmacia….

Viernes, diciembre 3rd, 2010

Hola chicos y chicas, mi nombre es Fernando y esta historia me sucedió  hace varios  años cuando tenía 12 años. Entonces me encontraba en la secundaria.

La primera vez que me vestí de niña fue a instancias de mi madre, no piensen mal, ella arreglaba ropa de sus hermanas y sobrinas, y a mi me tomaba como maniquí, fue una tarde en que tenía que arreglar la bastilla de un vestido y me dijo que me lo pusiera, pero cual seria mi sorpresa que al verme vestido de niña hasta mi madre dijo que tenia un cuerpo muy bonito y hasta algo femenino, esto me excitó bastante. Y me animó a hacer lo siguiente:

Vivíamos en una colonia del sur de la ciudad de México, en la esquina de la calle había una farmacia en la cual el encargado era un poco afeminado, y siempre me decía que yo le gustaba mucho, entonces me animé a llamarlo por teléfono fingiéndome enfermo para que fuera a mi casa, ya que mis padres habían salido al cine e iban a tardar bastante.

Roberto (así lo llamaré) llegó en poco tiempo, mismo que me tomé para ponerme un vestido y arreglarme un poco, tomé del ropero de mi madre una pantaleta y un brasiere, además de un liguero y unas medias, claro que no eran muy sexys pero me veía bastante femenina, me puse  un poco de maquillaje, rimel, cubrí mis labios con bileé, y arregle mi cabello que entonces lo llevaba casi hasta los hombros.

En ese momento llamó a la puerta Roberto, yo estaba muy nerviosa y le pedí que cerrara los ojos para dejarlo entrar, lo hizo a ciegas, lo llevé hasta un sillón, prendí el estéreo con música suave y le dije que ya podía abrir los ojos, me vio y se quedo pasmado, me dijo “que te hiciste, estas preciosa” yo me dí una vueltecita para que me viera completa, y le dije que ya no era Fernando que ahora era Fernanda, se paró del sillón y se acerco a mi me tomó por la cintura al tiempo que yo le ponía mis brazos en el cuello, comenzamos a bailar y sin pensarlo mucho nos comenzamos a besar, bajó sus manos y empezó a acariciarme las nalgas, mientras que yo sentía como iba creciendo su pene que lo estaba tallando contra mi, subió poco a poco mi falda y comenzó a tocarme el ano, al tiempo que tomaba una de mis manos y se la llevaba a la entrepierna, esto no era nuevo para mi, recuerden a mi compañero de camión,  metí la mano en su bragueta y comencé a sobar su pene que por cierto era bastante grande, me dijo que me volteara contra la pared, lo hice y levanto mi falda hasta la cintura me inclinó y comenzó a besarme las nalgas así como a meter su lengua en mi ano, en ese momento yo sentía la gloria y el estómago me daba brincos, sentí como pegaba su pene contra mi ano y comenzó a empujar, le dije que fuera delicado conmigo porque era la primera vez, me introdujo la punta y sentí que me partía el culo, me dijo que aguantara un poco para que mi ano se acostumbrara a su verga.  Después de unos instantes sentí como que ya no dolía tanto, y comenzó a meter y sacar su verga yo me  jalé las nalgas para sentirla toda dentro de mí, y antes de que se viniera me la sacó y me dijo que me arrodillara para que se la mamara, lo hice y entonces se vino en mi boca, no era un sabor raro para mi, ya que yo había probado mi propio semen,  me trague todo su semen al tiempo que le metía mis dedos en el culo, cosa que le pareció grandiosa,  y me dijo que era una verdadera putita, eso me agradó mucho, así que quedamos de vernos otro día porque no podía tardarse mucho en las visitas a domicilio  nos besamos y nos despedimos yo me metí a la tina y me dí un gran baño de agua caliente, mientras me volvía a masturbar.  Besos

Fernando-Fernanda.

Historia de dos amigas

Viernes, diciembre 3rd, 2010

No sé cómo sucedieron las cosas, pues la verdad nunca pensé que eso llegaría a pasar. La conocía hacía apenas dos semanas y no me había parecido más que una chica bonita y nada más. Pero tuvimos que hacer un viaje de estudio juntas, y empezamos a entablar una amistad femenina nada fuera de lo normal. Me cayó bien, especialmente porque teníamos ideas parecidas en varias cosas, por ejemplo en el sexo y en el amor. Ella vivía su vida con una libertad envidiable, claro, madre soltera, podía hacer lo que se le viniera en gana. En mi caso, un matrimonio de siete años me colmaba de esa felicidad tranquila y relajada que muchas mujeres de mi edad envidian.

Nos contamos algunas intimidades: cómo ella perdió a su esposo y yo en retribución, le comenté sobre cierta relación extraña y enfermiza que aún mantenía con un antiguo amor al que quería ponerle punto final, pues él siempre se había portado de manera muy egoísta conmigo y yo no me había querido dar cuenta. Mis recuerdos sobre esta relación nos acercaron aún más, pues ella vivía algo similar con un viejo amante.

Una noche, en que andábamos buscando un lugar donde dormir que no fuera muy caro, me acordé de un amigo que vivía de cantar en los bares y que me había ofrecido su casa amablemente. Lo contacté y quedamos que nos prestaría su departamento. Esa noche fuimos a verlo tocar al bar y después de algunas copas regresamos al depto., donde mi amigo abrió una botella de vino más. Allí comenzó una discusión que verdaderamente yo no pensaba llevar a ninguna parte. Empecé a hablar sobre mi particular forma de ver el sexo, materia harto conocida por mi amigo que también había sido mi amante. Él me preguntó si yo había estado con alguien de mi mismo sexo, le contesté que no, pero que no me cerraba a esa posibilidad. La noche terminó con la última gota de la botella y ella y yo nos dispusimos a dormir.

Las dos llevábamos ropas adecuadas para el calor de la noche. Prendas delgadas de algodón, consistentes en camisas finas y panties frescas. Nos acostamos una junto a la otra y comenzamos a platicar sobre nuestras respectivas experiencias sexuales, con quien nos gustaba más, quién de nuestros amantes cogía mejor… no recuerdo cómo (todavía sentía el calor de las copas en la sangre) nos quedamos calladas y nuestros pies, las puntas de nuestros dedos se tocaron. No recuerdo si fui yo o ella la que comenzó la caricia. Nuestros pies y piernas comenzaron a frotarse suavemente, ella se hallaba a espaldas de mi y era fácil realizar esa actividad. Me empecé a calentar de manera muy extraña. Poco a poco nuestros movimientos se hicieron más rápidos, más frenéticos y entonces pensé que podía tocar sus pechos, los cuales siempre me habían fascinado de alguna manera, con esa cierta envidia con la que quienes no los tenemos tan abundantes, miramos a las que sí. No me abalancé a ellos directamente, sino que toqué primero su cintura y su vientre, aún temiendo su reacción. Me encantó comprobar que ella también estaba calientísima… Por fin me animé a tocar sus montículos suaves y acolchados. Sus pezones duros me invitaron a dejar mis dedos recorrerlos con curiosidad. La sensación era tan distinta a cualquier otra que hubiera experimentado antes. Ella se volteó hacia mí y empezó a besarme. Sus labios pequeños y armoniosos se hundieron en mi boca en un beso femenino inolvidable.

Nuestras lenguas se encontraron tímidamente, pero pronto empezaron a explorarse, mientras las manos hacían lo mismo con nuestros cuerpos. Sus dedos largos se detuvieron también largo rato en mis pezones grandes y erectos, ella los manipuló de manera deliciosa, con la habilidad de quien se conoce perfectamente a sí misma. Por fin le quité la blusa y me encontré de cara con sus apetitosas redondeces. Casi con incredulidad deposité mi lengua sobre sus senos, ella se estremeció con un suspiro y comenzó a moverse suavemente debajo de mi boca curiosa y ávida. Recorrí sus pechos con mis manos y jugué con sus pezones entre mis dientes. Ella hundía sus manos en mi cabello ensortijado, mientras balanceaba el cuerpo para disfrutar y hacer más intensa las caricias de mi boca. Luego ella hizo lo mismo, se metió uno de mis pezones a su boca y comenzó a tocarlo con la lengua. Qué sensación aquella tan extraña: era como sentir una caricia tan extraordinariamente suave, que no existiera, y sin embargo su legua seguía allí, pequeña y golosa, chupando, succionando, lamiendo, exprimiendo. “Estás riquísima”, “Tienes unos pezones deliciosos” me decía entre jadeos, mientras se montaba encima mío y ponía a la disposición de mi boca _ la única vía de exploración que nos permitía nuestra nula experiencia en las artes de Lesbos_ nuevamente la textura de sus pechos. “No te vas a sacar de onda, ¿verdad?” me preguntó pícaramente… “no, no” le contesté apresurada, excitada, muy caliente…

Reanudamos los besos y mis manos se bajaron a sus nalgas, las que se empezaron a mover a un ritmo sensual, delicioso… “Estás deliciosa” le dije, “buenísima”… y era cierto. Su figura voluptuosa se movía encima mío enloqueciéndome de pasión, sus pechos se bamboleaban felices en mi cara, mientras yo turnaba mi boca en cada uno, o los sostenía con ambas manos mientras me hundía entre sus labios.

En un movimiento apasionado quedamos de costado, frente a frente. Así, con timidez deslicé mi mano hasta su sexo, pequeño y de vello escaso. Sus gemidos me hicieron saber que mi caricia era bienvenida, así que con delicadeza empecé a introducir mis manos en su rajita húmeda. Estaba tan mojada que la baba se escurría entre sus piernas. Casi al mismo tiempo ella hizo lo mismo conmigo. Sus dedos largos, hermosos, exploraron el interior de mi sexo con tanta familiaridad como si me tocara yo misma. Pronto empezamos a hundirlos una y otra vez mientras nos fundíamos en besos apasionados y húmedos. Ella localizó mi clítoris y comenzó a jugar con él, las dos nos tocamos mientras apretábamos nuestros cuerpos y los lamíamos con avidez. Ella volvió a montarse encima mío y sus labios recorrieron mi cuello, bajaron por mis senos, se detuvieron en mi vientre y bajaron poco a poco a mi sexo abierto y húmedo. Me sorprendió su voracidad y al mismo tiempo la delicadeza con la que empezó a comerme, su lengua penetró con curiosidad casi infantil en mi vulva. Mientras tanto, yo la miraba desde arriba, semi recostada en los almohadones de la cama, su abundante cabellera lacia le caía de lado mientras se afanaba en darme placer con su lengua, para entonces ávida exploradora de las profundidades de mi sexo que se extendía a lo largo de mi raja y por momentos se detenía nerviosamente en mi clítoris hinchado. No pude más y le dije: “ven, ven aquí, dame la tuya”… Ella obedeció al instante y puso su sexo a merced de mi lengua ávida, volátil. Sus gemidos se hicieron intensos, mientras mis manos apretaban sus nalgas hermosas y firmes y se deslizaban por sus muslos fríos y redondos. “Qué sabor el tuyo” le dije a media voz… “y el tuyo, rica, es de lo mejor” me contestó cachondísima…

Después de disfrutar las mieles de nuestros cuerpos en ese estupendo sesenta y nueve, ella se incorporó y se sentó en mis piernas, poniendo nuevamente sus pechos a mi disposición, yo mordía con ansias locas, chupaba, lamía, tocaba, masajeaba sus tetas grandiosas, mientras le clavaba mis dedos una y otra vez, disfrutando del calor de sus jugos. Cuando más excitadas estábamos, comencé a mover mis dedos con más prisa, mientras ella se babomboleaba de adelante hacia atrás, aún sentada sobre mis piernas. Se corrió dos veces en medio de suspiros y gemidos sensuales y cayó exhausta encima mío. Yo le acaricié su cabellera y lamí cariñosamente sus pezones. Se recuperó rápidamente y me dijo “ahora te toca a ti, querida”. Se montó encima mío y comenzó a morderme los pezones… “están duritos y hermosos” me decía coqueta, “eres de lo más bonita, estás cachondísima” susurraba a mi oído. Jugó con mis senos y mi sexo a la par, metía y sacaba sus dedos, jugueteaba con mi clítoris, besaba mi cuello y se fundía con mi boca… “muerde más” le suplicaba y ella obediente lo hacía… Pronto encontró el ritmo apropiado con el que frotar mi chocho, lo hizo maravillosamente bien, mientras con la otra mano oprimía con cierta fuerza mi pezón derecho. Yo apretaba las piernas para conseguir un orgasmo intenso y cuando éste empezó a llegar, ella comenzó a jalar mi pezón con fuerza a uno y a otro lado, de manera que el estímulo que me producía mi seno bamboleante, se juntara con la sensación que me produjo ese orgasmo inolvidable. Cuando exhalé el último gemido de placer, ella se incrustó en mi boca y nos besamos largamente, moviendo suavemente nuestras lenguas, tocándonos el cabello, acariciando nuestros rostros, besándonos las mejillas y el cuello. Nos arropamos un poco, pues ya era de madrugada y la brisa entraba por la ventana. Comentamos qué rica estaba la noche y qué rico lo que había pasado entre nosotras. Acordamos que éste sería un secreto entre las dos. Hasta hoy nadie, sólo ella y yo, sabemos lo que pasa entre nostras. Nuestras vidas continúan normales, y somos amigas más allá del sexo. Ella me cuenta sus aventuras y desventuras amorosas con los hombres, los problemas con sus hijas, hablamos del trabajo, a veces de otras personas (ya saben al fin mujeres), viajamos juntas en plan de madres de familia, organizamos fiestas familiares, hacemos proyectos juntas y si… algunas veces, también nos damos un tiempo entre nuestras actividades, para tocarnos, besarnos y jugar maravillosamente con nuestros cuerpos, encontrando aquello que sólo nosotras podemos darnos.

Marraquesh

Viernes, diciembre 3rd, 2010

Cuando desperté, no recordaba nada, ni donde estaba ni como había llegado hasta allí. Tenía una extraña sensación de paz, de descanso.

Abrí lentamente los ojos y me dejé sorprender: desconocía aquel sitio, no había estado jamás en lugar semejante. Veía enormes lienzos de vivos colores por todas partes, incluido el techo y las paredes. Colgaban caprichosamente, haciendo insinuantes pliegues, algunos brillaban y otros eran de un textura aparentemente suave. Era un tanto extraño, pero original. El suelo estaba plagado de cojines de todas las formas y tamaños. A pesar del exceso de tejidos, el cuarto era muy alto, y daba la sensación de estar en un mar de colorido, aunque nada era blanco.

Alguien apareció en la estancia. No se veían puertas ni ventanas, pero allí estaba. Sentí su presencia antes de poder verla. Era una mujer muy bella, esbelta, de enormes ojos oscuros perfilados de dorado, como las esfinges egipcias. Vestía ropas arabescas, semitransparentes, superpuestas: unos pantalones largos de gasa negra, con ribetes dorados en la cintura, y una casaca roja corta, ceñida al pecho y al talle. Sus sandalias eran de un tejido brillante, como el que había visto en algunos lienzos. Mientras se acercaba a mí, una cascada de pelo se ondulaba al compás de sus pasos. Ella no sonreía, pero extrañamente, no sentí temor.

El tono oscuro de sus labios, el lunar ladeado sobre una de sus cejas, la joya de su ombligo… ¿quién era ella?. Se paró frente a mí en silencio. Yo quise preguntarle, pero no acertaba en las palabras, me sentía muy extraña. Ella sonrió suavemente y me observó. Fue entonces cuando me percaté de que yo estaba vestida de forma similar a la suya, con un chal negro de tul y unos minúsculos pantalones de raso azul oscuro, sin embargo, estaba descalza. Percibí un olor en el aire a almizcle, y a alguna esencia desconocida para mí, penetrante como el incienso.

Sacó algo del lateral de su cintura y lo elevó con su brazo derecho, mientras no dejaba de mirarme. Me fijé que tenía un objeto pequeño y alargado, puntiagudo. Me alarmé interiormente, y me sobresaltó la idea de que fuera a asesinarme con aquella extraña arma. Pero la llevó hacia su cabeza, mientras sostenía el grueso de sus cabellos con la otra mano. Con un certero giro de muñeca, clavó la horquilla en el pelo y lo dejó graciosamente recogido. Mientras me tranquilizaba, acerté a preguntarle: “¿quién eres y por qué estoy aquí?”-”eso son dos preguntas”-dijo sonriendo. Me quedé un tanto confusa, esperando una respuesta más exacta. -”relájate”- sólo repuso, mientras giraba en torno mía. “No entiendo nada…”-”déjate llevar y no preguntes. Cuando llegue el momento, sabrás lo que necesites. Ahora relájate”- “ya estoy demasiado relajada, ¿me habéis drogado? No puedo reaccionar como debería ¿qué vais a hacerme?”-”no te angusties con esos temores. Te he dado un sedante natural, para que puedas abrir tu mente. De otro modo, tú misma te lo impedirías. Pero tranquila, no es droga ni tiene más efecto que el bienestar. Confía en mí”.
Y sin más, me tomó de la mano y me atrajo hacia ella. Volví a alarmarme, pero no hice nada. Estaba como aletargada. Pude oír una música sinuosa, rítmica y cadente, con muchos sonidos instrumentales diferentes: repiqueteos, tintineos, timbales, campanillas… Invitaba a dejarse llevar por ella. Mi curiosa compañera bailaba cerca mía, acompasando sus caderas a la música. Cuando me quise dar cuenta, yo misma estaba bailando. Siempre me habían gustado esos ritmos, mezcla del lujo árabe, la danza marroquí, el fuego africano. Y me vi embargada por una sensación de placer, de mero disfrute con lo que estaba sucediendo. Estaba en el ambiente y la situación más adecuada. Su casaca roja se abría cuando levantaba los brazos, y dejaba entrever una cadena dorada, que serpenteaba entre su piel morena. Se había quitado las sandalias y ambas danzábamos sobre los cojines, entre los lienzos, llevadas por aquel olor y aquella melodía. Estuvimos un tiempo, que a mí me pareció breve, moviéndonos al son de la música, … hasta que nos rendimos al súbito palpitar de nuestros corazones acelerados.

Tras un momento de recuperación, ella tomó un velo y me lo ató sobre los ojos, dejando que siguiera bailando. Aquello era fascinante, y sólo quería que siguiese. La sentía a mi alrededor, bailando conmigo, deslizándome mechones pelo, acariciándome con el tejido de sus pantalones. Pensé que aquello era una locura, pero ese momento de lucidez pasó fugaz, pues al rato, estaba dejándome abrir el chal que me cubría, y sintiendo un gozo exultante en mi interior, mientras me rozaba el cuerpo.
La suavidad del raso de mis ropas, me hacía desear tocarlas. De repente, supe que ella se me acercaba, y tenía la casaca también abierta. Noté entonces aquella cadena, que tenía algo esférico colgando, y resbalaba por mi pecho, al compás de su dueña. Era delicioso. La firmeza de su piel era excitante, y la turgencia de sus senos tentadora. Quise tocarla, pero tenía las muñecas unidas por otro velo. Se descolgó de mis hombros el chal, dejándome completamente al descubierto. Sólo mis cabellos me protegían de la desnudez, y aquellos pantaloncillos tan ajustados y suaves. Ya no podía ver los colores, pero los recordaba una y otra vez. Era como si aquello me atrajese de forma ineludible, y pudiese fundirme con aquel azul profundo, y su delicado tacto. Ella seguía junto a mí, podía sentir su calor, y también el mío. Me acarició la espalda con su pecho, firme, exquisito. Una vez más, intenté tocarla en vano. Aquella musa me estaba haciendo enloquecer. Continuó con sus caricias, ahora por mi vientre y mis piernas. ¡Jamás me habían seducido de aquel modo!…
Me olvidé de la música por completo. Mis movimientos eran más por placer que por aficción a la danza. Quería verla, necesitaba tocarla y deslizarme por su cuerpo. Me envolvía una ola de calor y de pasión. No sé con certeza si giraba, si reía o si gemía. Me dejé acariciar adivinando por el tacto de qué se trataba; un velo en mi rostro, un brazo en mis muslos, unos labios en la espalda, una lengua en el ombligo, y placer en todo mi cuerpo.

Me dejé llevar sobre los cojines, hasta una superficie de textura uniforme, muy sedosa, donde nos recostamos. Acercó con sigilo su boca a la mía, y dejó algo en ella. Era un objeto desconocido para mí, con una forma ovalada y pequeña, de aroma afrutado. Jugueteé con él un tiempo, y descubrí que tenía pequeños pelillos en un extremo, por lo que supuse era un fruto. Lo metí completamente en la boca e intenté morderlo. Primero sólo un poco, para comprobar su dureza. Cedía a la presión, pero no se abría. Probé un poco más fuerte y enseguida se derramó el jugo en mi boca. Era dulce, pero levemente agrio, algo parecido a un níspero o algún tipo de ciruela. Tenía una pepita central de la que se desprendía limpiamente la carne de la fruta. Estaba deliciosa, y sonreí pidiendo más. Ella seguía con sus caricias, y para aquel entonces, el fuerte olor almizclado no era tan intenso, y podía detectar con más precisión el perfume de la fruta y la fragancia de su cuerpo.
Me sentía más despierta y mi corazón volvía a latir presuroso. Invadió con su lengua el cielo de mi paladar, y buscó luego la pepita, con la que estuvo jugando un rato, hasta que la recogió y la sacó. Inmediatamente me envolvió una sensación física de viento, y después una cascada de cabello inundó mi cuerpo. Lo deslizaba una y otra vez por mi pecho, por mi vientre y mis piernas. Dejó de nuevo un fruto en mi boca, mientras continuaba su sinfonía de sutiles y excitantes caricias con su pelo. La mezcla de aquella sensación de placer táctil, con el dulzor levemente agrio, y el fragante olor del aire, me hacían desvanecer por momentos. Fueron instantes de infinito placer, de éxtasis mantenido. Comencé a sentir un balanceo en las piernas, hasta que me di cuenta que me estaba besando, acariciando, degustando, los dedos de mis pies.

Con suma delicadeza y lentitud, iba, uno a uno, introduciéndolos en su boca, y palpándolos con la lengua, suavemente, sin prisa. Cuando llegó al pulgar, se detuvo más tiempo, jugueteando sus labios con la base del dedo, deslizando su lengua desde la raíz del dedo hasta la uña, mientras dejaba que el resto del pie tocase su cuerpo. Ambos pies fueron víctimas gozosas de semejante ritual, y después las manos, desde las ceñidas muñecas, hasta el último rincón de los dedos. Era tan incitante, como si me estuviese hundiendo en un lecho de miel, como si me sumergiese en una cascada que me hubiese atrapado en su hechizo. No podía dejar de gemir, de sobrecogerme y convulsionarme.

En aquel momento, soltó mis manos y retiró dulcemente el velo de mis ojos.
Aunque el estallido de colores a mi alrededor volvió a hacerse real, sólo hubo un centro de atención. Su cuerpo desnudo brillaba ante mí, y su belleza era absolutamente conmovedora, perfecta. Emanaba erotismo, y fluía por la estancia de forma natural y abundante, como lo hace la luz que atraviesa las ventanas en las mañanas luminosas de verano. Sólo había que recogerlo y disfrutarlo, dejar que me invadiera y me llenase.
En lugar de abalanzarme sobre ella, me seguí dejando hacer, pues estaba claro quién era la maestra y quién la aprendiz. Ahora podía ver con claridad el colgante de su cadena. Era una gema rojo carmín, perfectamente pulida y engastada en una pequeña arandela con forma de amantes unidos por la cintura. Permanecí echada, mientras ella presionaba y giraba suavemente la gema sobre mis pezones, que se abrían y se arrugaban, que emanaban calor y deseo, que deseaban más.
Si alguna vez temí enloquecer, fue allí, con su saliva resbalando por mis senos, endurecidos por el deseo, y aquella insignificante piedra rozando todas aquellas zonas sensibles que yo ignoraba. Repasó mis antebrazos, desde la axila hasta los codos, mientras el resto de su cuerpo me abrasaba. Bajó hasta mi ombligo, apoyándose con fuerza sobre el colgante, dejándolo recorrer mis caderas, hasta mis muslos. Lo hizo rodar hasta las plantas de mis pies, donde lo hundió repetidas veces entre los dedos. Aquella sensación me hacía sollozar y retorcerme, era un masaje altamente erótico. Ella regresó al centro de mi cuerpo, y mientras sus senos rebotaban sensualmente sobre mis piernas, presionó y giró la piedra sobre mi sexo, concentrándose en el clítoris, donde las cataratas habían vuelto a invadirlo todo.
No pude entender, pero tampoco quería, cuando teniéndola perfectamente ubicada en mi bajo vientre, comencé a experimentar una lujuriosa alucinación de masaje en mis pechos. Pero alguien estaba besándomelos con fruición, y masajeándolos con aceite. No quise abrir los ojos, porque el placer era tal, que no hubiese podido ver nada. Sólo me dejé colmar, arqueando mi espalda y cerrando mis muslos, mientras me mecían en el paraíso del éxtasis. Aún no comprendo cómo no alcancé el éxtasis en aquel mismo instante.

Alguien degustaba con avidez mis pezones, y con ello desplazaba mis pechos hacia arriba y luego los dejaba caer, provocándome una sensación de movimiento, de vaivén, que yo recordaba muy bien. Mientras tanto, me besaban las ingles, el ombligo, los muslos entreabiertos, rezumando calor. Me fueron girando sobre mí misma, hasta dejarme boca abajo, y comenzaron a acariciar la espalda, el cuello, los lóbulos de las orejas… y por supuesto mis glúteos, que jamás habían recibido tantas atenciones. Entre masajes y pequeños mordiscos, gemía apasionadamente, lo cual me excitaba aún más. Moría de placer, ardía todo mi interior. Introdujeron entonces algo anillado y largo en mi vagina, haciéndolo girar y salir al tiempo. Sentía moverse mis senos al compás del rebote, mientras desde abajo, alguien lambía mis pezones colgantes. Aquel falo era enorme, tanto en longitud como en diámetro, y me llenaba por completo cuando entraba en mí, suavemente, lentamente. Rozaba además el clítoris, haciéndome estremecer. Y mientras tanto, seguían masajeándome y acariciándome. Sentía el pelo de ella sobre mi espalda, y el contacto de su cuerpo frotando mis muslos y arañándolo todo. Temblé de placer y tuve mi primer clímax, en medio de un grito ahogado.

Aunque el ritmo de las caricias descendió en intensidad, continuaban colmándome y besándome por todas partes. Ahora yacía boca arriba, sostenidas las piernas por su cuerpo, y estirados los brazos. Estaba totalmente relajada, y completamente feliz. Una lengua inquieta seguía jugueteando en mi clítoris, dulcemente, sin prisa, impidiendo que se olvidase por completo del reciente orgasmo. Abrí entonces los ojos, y vi a otras muchachas conmigo, todas ellas hermosas, que se ocupaban diligentemente de mi cuerpo, de mi placer. Cada una atareada en lo suyo, una me acariciaba las piernas con su cuerpo, otra besaba y masajeaba mis pechos y mi ombligo. Y ella, la mujer del colgante, me besaba voluptuosamente en el cuello, en la cara interior de los antebrazos, en los labios, en el interior de mi boca. Era maravilloso, y me encantaban todas aquellas ceremonias tras mi momento culminante. Me dieron de beber un zumo fresco y dulce, cuyo sabor no conocía. Pero me refrescó y me despertó del leve sopor que me había producido todo aquel ritual erótico.

Me sorprendí al ver a aquellas tres mujeres, comenzando a besarse y desnudarse entre ellas, pero comprendí que era un nuevo juego, y por supuesto que quería participar. Durante unos instantes, dejé que se excitaran con sus caricias, y me limité a observar la escena. Era sobrecogedor admirar a aquellas tres bellezas, en una danza tierna …

Maria

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