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Maravillas en el país de la delicia / Capítulo 6: Polaroid

Maravillas se despertó con aquella frase flotando por su cabeza: “Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”. Su columna vertebral era una palanca apaleada y adormecida que intentaba levantar todo un mundo que era su cuerpo. Cuando estuvo lo suficientemente despierta, se le ocurrió apoyarse en las manos. Así, a duras penas, se sentó en la cama. Una cama amplia, con las sábanas totalmente revueltas, como si todo un grupo de niños hiperactivos hubiera estado jugando en ella como terapia.

Todas las entradas de su cuerpo le dolían, y eso muy pero que muy preocupante. Le dolía la mandíbula, igual que cuando reía con ganas durante un buen rato. Tenía la garganta irritada. No tenía nada que decir, sola en aquel cuarto, así que no dijo nada, y no sabía si podría hablar con aquel dolor. Lo más alarmante era el dolor de culo. No los glúteos, sino el ano, el conducto anal.

Y no recordaba nada. Su cabeza aun estaba espesa como una sopa abandonada sin comer.

Su ropa estaba retorcida, tuvo que ajustársela hasta estar cómoda. Su ropa interior estaba revuelta, como puesta a prisa y de malas maneras.

Estaba en un enorme cuarto muy bien decorado, de colores tostados, una pequeña lámpara iluminaba desde el suelo, en un rincón. ¿Pero dónde estaba?

Vio una corbata en el suelo. Era una corbata normal: azul con rayas verdes. Entonces su cabecita empezó a recordar. Le dolió hasta la raíz de cada pelo.

Había ido a una fiesta. Su prima Conchi la había convencido, había insistido en que tenía que ir, porque nunca había estado en una fiesta así, y quizá nunca podría volver a estar. Fue a la casa y buscó a su prima para no sentirse sola. No conocía a nadie. Todas eran mujeres. Y por lo visto todas locas. Una, muy guapa, le suplicó que montara sobre ella como un caballo. Después estuvo en un cuarto de baño que se convirtió de pronto en el lugar más interesante de la fiesta, y se atestó de gente. Otra mujer le declaró que estaba enamorada de ella. Luego participó en un concurso de besos y ganó, pero… Sí, aquel flash.

Alguien le echó una foto justo cuando besaba a la chica. Quería buscar a aquella persona, pero dos chicas muy amables, que ya no recordaba muy bien, la llevaron al piso de arriba para darle un premio. Su premio era ver como le hacían todo tipo de perversiones a una adolescente atada a una mesa, y hacerle lo que quisiera, pero ella no quiso participar. Vio cómo una se orinó en la cara de la chica. Después se encontró con tres tías vestidas de traje y corbata, que le pagaron dinero por comerse una sospechosa tarta. Se palpó el bolsillo trasero de los pantalones: el dinero seguía allí. No le apetecía contarlo.
¿Qué pasaba después? Después de la tarta todo se vuelve muy borroso. No había encontrado a su prima. Estaba en la cocina y entonces…

Aquel flash otra vez…

Sí, ve aquel flash de una cámara de fotos brillando al final de un pasillo, y se encamina hacia allí. Por el camino, empieza a flotar. Se toca la cara y se pregunta porqué tiene esa sonrisa de idiota. Supone que es feliz. ¿Por qué no va a ser feliz? Al fin y al cabo se siente muy bien. Se siente de puta madre.
Sigue andando por el pasillo hacia las voces, y cada uno de sus pasos parece una nube. Una de sus rodillas cruje. Una vez oyó que las articulaciones de las rodillas están rellenas de líquido o algo así. ¿Cómo va a ser posible eso? Es más… ¿Qué coño importa ahora eso?

Llega a una puerta de cristal entreabierta. Da a un pequeño jardín interior. Ve plantas, y flores, y macetas, y mujeres que se mueven y cuchichean y ríen sus bromas privadas.

Allí está el flash, estallando una y otra vez.

Entra en el jardín.

Dos chicas comparten posturas muy sensuales, y otra, de espaldas a ella, las fotografía. Es una chica muy alta, hermosa. A Maravillas le recuerda a algún animal salvaje africano, quizá una mezcla paradójica entre antílope y pantera. La chica parece mestiza, tiene una preciosa piel color caramelo tostado, limpia y brillante. Sus piernas parecen no acabar nunca, suaves. Las puede ver perfectamente porque la chica lleva una falda cortísima. Arriba lleva una camiseta de tejido plástico y brillante, color rojo oscuro. Está embebida por su trabajo. Cada vez que pulsa el disparador, de la cámara sale una tarjeta blanca. Es una cámara Polaroid.

Las dos chicas se abrazan, se miran, se tocan y se besan para la cámara. Se nota que se quieren de verdad. O al menos se desean de verdad. Una mira a la otra a los ojos, le acaricia la cabellera rubia, hunde su cara en ella y muerde su cuello suavemente con los labios. Miran a la cámara. Cada movimiento está muy calculado, y a la misma vez es improvisado sobre la marcha del juego. Las chicas se tocan con la punta de la lengua. Aguantan la posición para otra foto más.

– Joder, vaya colección estoy haciendo gracias a vosotras, nenas -dice la fotógrafa-. Esta la voy a mirar y volver a mirar un millón de veces, os lo aseguro.

Ellas ríen. Una se levanta y se quita los pantalones. Se sitúa de espaldas a la cámara. La otra sujeta sus bragas blancas y tira de ellas fuerte hacia arriba, las estira al máximo haciendo que se ajusten en sus ingles, se claven en su carne. Ella pone cara de sufrimiento. Maravillas puede ver la forma apretada de una vulva.

– Quiero mi foto -dice Maravillas. Su voz le suena extraña, como si perteneciera a una mujer desconocida, más grande, más importante.

Las presentes la miran. La fotógrafa con anatomía africana se vuelve y por fin puede ver su rostro. Se había equivocado: no es africana, sino más bien hindú, o una mezcla entre hindú y árabe. Un precioso rostro ovalado sin defecto alguno. Unos ojos negros almendrados que dan ganas de echarse a dormir cuando te miran, una piel tostada, unos labios gruesos pintados de rojo oscuro, satinados. Unas orejas pequeñas, un pelo negro como el carbón, muy corto y engominado. Todo eso mirándola desde lo alto de un cuello esbelto como el brazo de una niña, adornado con algunos colgantes y finas cadenas de oro.

– ¿Perdona? -dice ella, agitando dos o tres polaroid en su mano para que acaben de revelarse.

Las chicas que posaban para la sesión de fotos, sonríen maliciosamente.

– Quiero mi foto. Ya sabes la que digo. Me hiciste antes una, cuando estaba con una chica.

– Sí, es cierto. Cuando estabas dándole un morreo bestial a una tía.

– Quiero que me la devuelvas.

Mientras habla, siente cómo el suelo se inclina hacia un lado y otro. Sus piernas intentan compensar la inclinación.

– Oh. Qué pena. Lo siento, no la tengo yo.

– Sí que la tienes. Tú me la hiciste. Sabes a qué foto me refiero, así que fuiste tú…

– Muy lista…

– Quiero que me la devuelvas. No quiero que nadie vea esa foto.

– ¿Ah, no? ¿Qué tiene de malo? ¿Acaso no te gustó besar a esa chica? ¿O es que insinúas que es malo que las mujeres se besen? Te da vergüenza lo que puedan pensar otros al verla, ¿Verdad?

– Prefiero guardármela yo.

– Ya veo… Pero, en serio, no la tengo yo.

– ¿Entonces…?

Antes de que acabe la frase, otra chica aparece tras una columna del patio. Es una copia exacta de la fotógrafa. Mismo cuerpo, mismos pechos haciendo esa preciosa curva bajo su ropa, mismas piernas larguísimas, misma sonrisa rojo oscuro y marfil, mismos ojos negros y misma piel tostada.

Entre sus dedos, de uñas pintadas de negro, agita una polaroid. Maravillas adivina perfectamente la imagen que aparece en ella. Se acerca a su gemela, con sus finos tacones resonando en las baldosas, y entonces, junto a ella, ya no son original y copia, sino la misma cosa.

– Esta chica quiere su foto.

– Mmmmh… No. Creo que me gusta mucho. Quiero quedármela.

– Por favor. Devuélvemela.

– ¿Tú que piensas?

– Mmmmh… Sigo pensando que no. Es una foto bastante buena, ¿sabes? Quedará muy bien en nuestra colección de besos.

– Yo estaba pensando lo mismo.

– ¡Por favor, os lo pido muy en serio! -la cabeza de Maravillas empieza a dar vueltas, siguiendo el ritmo de la estructura de la casa, que de pronto parece construida sobre la cubierta de un barco que surca las olas en alta mar- Está bien, ya veo. Vamos a negociar, ¿de acuerdo? ¿Queréis dinero? Podemos llegar a un precio razonable.

– Dinero… Mmmmmh… No.

– ¡Poned un precio, al menos! Quizá lo pueda pagar.

– No, no nos interesa el dinero.

Maravillas siente como se avecina otra extraña situación. Lo puede sentir en cada palabra y en cada movimiento.

– ¿Entonces? ¿Hay algo que pueda hacer para que me deis esa foto?

Las gemelas se miran. Durante unos momentos comparten algún pensamiento. Y no parece muy bueno.

– Puede que lo haya -dice una de ellas.

– ¿Qué?

– Ven con nosotras.

Diciendo esto, la chica desaparece por otra puerta de cristal, al fondo del patio. Maravillas se rinde y sus pies la siguen. De repente, se da cuenta de que su sentido del peligro y su sensatez ya no están. Deben haberse tirado juntos, cogidos de la mano, por la borda del barco. Ya no recuerda por qué está pensando en un barco.

Tras ellas, la chica de la cámara se despide de sus modelos con un beso en los labios.

– Gracias, chicas. Habéis sido muy buenas. Tenemos que volver a contactar.

Una de las gemelas se llama Imán. La otra se llama Myra. Es casi imposible saber cuál es cuál, sobre todo cuando tu cabeza se empeña en olvidarse de lo que estabas pensando hace un segundo, en cambiar los muebles de la habitación de ubicación, y en decir que sí a todo lo que te proponen.

Maravillas dice que sí a todo. Tan sólo quiere hacer lo que tenga que hacer para que le den esa maldita foto… ¿Qué tenía esa foto? ¿Por qué es tan importante? Ah, sí, ya recuerda, se supone que en ella sale morreándose con otra chica, o algo así.

Es una habitación muy acogedora, iluminada tenuemente, toda de tonos tostados. En un lateral hay una puerta cerrada. Una de las gemelas cierra la puerta tras ellas. Maravillas oye como echa el pestillo. Dejan caer un macuto negro junto a la cama.

– Te vamos a devolver la foto -dice la voz de una de las gemelas-, cuando acabemos de representar algo.

– Una fantasía, digamos.

– Sí. No te pienses que somos unas cualquiera. Tenemos nuestro gusto.

– No me digas… -dice Maravillas, burlona, que ya cree haber escuchado algo parecido hace poco.

– Llevamos tiempo pensándola hacer, ¿verdad?

– Sí, y ¿sabes qué? Por fin hemos encontrado a la chica apropiada: tú.

– Y si no quieres, ya sabes… Internet es una herramienta muy interesante hoy en día. Los besos entre chicas son un material muy apreciado.

– Es muy fácil. Tú déjanos guiarte…

Se aproximan a ella, una por delante y otra por detrás. Sus cuerpos se mueven tan suave y elegantemente que casi no puede oírlos, oír el roce de sus ropas, sus pasos en el suelo.

Maravillas se deja llevar.

¿Por qué está haciendo esto? Había un motivo, algo relacionado con una foto, o una carta…

La desnudan con dedicación, como si estuvieran preparando a la novia para la boda. Una le saca la camiseta, el pelo se le queda revuelto y vuelve a ponérselo bien. La otra le desabrocha el pantalón. Ponen cuidado en cada movimiento, parecen no tener prisa, disfrutar el momento.

Su pantalón está en el suelo, levanta un pie, y luego otro, para que se lo saquen. Siente una mano en su espalda. No está fría. Es muy suave y cálida. La mano manipula su sujetador, hasta que siente cómo se abre el broche. Se resiste a que se lo quiten, pero la otra chica le abre los brazos para que no se cubra los pechos. Ambas se sitúan ante ella, con una extraña sonrisa, y observan sus pechos. Imán y Myra están muy juntas. Mientras disfrutan la visión de sus pechos desnudos, se abrazan un momento.

Luego le toca a las bragas. Unos dedos finos sujetan el elástico y comienzan a desplazarlo hacia abajo. Durante todo el recorrido, puede sentir el dorso de esos dedos acariciando suavemente la piel de sus piernas, desde sus caderas, pasando por sus muslos y rodillas, hasta la dureza de hueso de sus tobillos.
Le quitan los zapatos y los calcetines.

Una de ellas se va para abrir un armario empotrado y comienza a remover y sacar ropa, mientras la otra se queda observando de arriba a abajo su cuerpo totalmente desnudo, riéndose. Maravillas también sonríe, pero por seguir la corriente, porque no sabe qué tiene de gracioso como para reírse. Debe ser algo que está pensando.

La visten de hombre. Ese debía ser su plan, la escenificación de la que hablaban.

Le han puesto unos slips muy ajustados. Pero no se quedan muy ajustados en el cuerpo de una mujer. Por detrás le quedan bien, se adaptan a su culo, le quedan interesantes. Pero por delante le queda un hueco colgando. Le meten un calcetín enrollado y se lo retocan hasta que parece un auténtico paquete.

Está cálido y apretado. Maravillas se pregunta cómo será llevar eso todos los días ahí. Quizá lo pruebe alguna vez, después de todo esto.
Le han vendado los pechos con un pareo. Se los han apretado mucho, para que no se noten. Los nota comprimidos contra la tela sedosa, asfixiantes en cada inspiración.

Un pantalón negro con cinturón, una camisa blanca, una corbata negra, unos calcetines de ejecutivo, unos zapatos de piel y un grueso reloj de pulsera. Le recogen el pelo en un moño.

La puerta lateral resulta ser un cuarto de baño, blanco, pulcro, enorme. La llevan ante un espejo y las tres miran el resultado. Si no fuera por su cara, se diría que es un hombre, un hombre de vestir elegante, quizá algo anticuado.

– Pero mira que barba tienes… -dice Myra, o Imán, sujetando su barbilla- Vamos a tener que afeitarte.

Mientras una la afeita, la otra se marcha de vuelta al cuarto. No puede ver qué hace, pero al rato oye el correr de una cremallera.

Su hermana le afloja el cuello de la camisa y la corbata.

Con agua caliente, humeante, le humedece toda la cara. Luego se llena la mano de espuma de un spray, y se la va repartiendo: las mejillas, bajo la nariz, la barbilla, el cuello… La sensación es muy agradable. Maravillas nunca se ha afeitado ninguna parte del cuerpo, la espuma casi le produce calor sobre la piel, siente su peso ligero, esa masa blanca de millones de diminutas burbujas sobre su cutis.

Comienza a afeitarla con una maquinilla de plástico azul. Pero no la afeita de verdad, sino con el dorso de la maquinilla. Maravillas da gracias en su interior, porque después de esto, le podrían salir unos pelos negros y gruesos como púas de cepillo.

Franja a franja, la espuma va desapareciendo de su rostro gracias a las manos atentas de la chica de piel color café.

Parece como si el calor extraño que la espuma produce en su cara se fuera contagiando por su cabeza, por todo su cuerpo, hasta sus muslos. Imagina sus muslos poniéndose poco a poco de color rojo, como los de una niña a la que han dado una azotaina por portarse mal.

Siente una mano apoyada en su cintura, entre su espalda y su trasero, mientras la afeitan.

Las hermanas se intercambian. Una se va y la otra vuelve. La que acaba de volver no ha cambiado en nada aparentemente. No se puede saber qué ha estado haciendo a sus espaldas. Acaba el afeitado: con cuidado va pasando bajo su nariz y su mandíbula, hasta que no queda nada de espuma. Después le aclara los restos de jabón con agua muy caliente, le seca la cara con una pequeña toalla blanca. La sensación de presión de la espuma en su cara ha desaparecido. Sacude una botella sobre su mano: el líquido azulado huele a alcohol. Lo reparte por su cara afeitada. Los dedos finos y frescos masajean su cutis un buen rato.

Una mano aprieta su blando paquete. La otra hermana ha vuelvo. Lo aprieta y masajea. Siente la barbilla aguda sobre su hombro, su aliento cerca de su oreja. Tiene a las dos hermanas muy pegadas a su cuerpo. La examinan de arriba a abajo. Su calcetín es insensible, pero no sus ingles, que siguen subiendo de temperatura con las caricias y apretones.

– Mmmh, qué guapo.

– Bien afeitadito, así sí que estás bien.

Le ajustan de nuevo el cuello de la camisa y la corbata. Otra mano se posa sobre su vientre. Siente algo duro contra su muslo, por detrás. No puede identificar qué es.

– Y ahora…

– Ahora te vamos a tratar como te mereces…

El tono en que lo dice no inspira mucha confianza.

– Te vamos a tratar como os merecéis todos los tíos que os traten.

– Eres como los demás, ¿verdad? -la mano aprieta fuerte su calcetín, haciéndola mover el culo hacia atrás, contra su acosadora- Eres como todos. Un maldito obseso, siempre buscando sexo…

– Y siempre buscando satisfacerte a ti mismo.

– Te encanta follar, pero nunca piensas en qué sentimos nosotras, ¿verdad?

– No te molestas en hacernos gozar ¿verdad? Eres de esos, claro que sí…

– Te encanta que te masturben, ¿eh? Que te hagan una buena paja… -y la mano comienza a subir y bajar sobre su falso pene.

– Te gusta ir al grano, que te hagan una paja, rápido y fuerte, con toda la mano, mientras ponemos esa cara, como si nuestra vida dependiera de que te corras o no…

La chica se arrodilla. Abre su bragueta y mete una mano. Masturba su falso pene rápida y furiosa, mirándola a los ojos, los dientes apretados tras sus labios abiertos.

– Así, ¿verdad? -dice una voz a su oído- A todos os gusta lo mismo. Pues esta vez no va a ser así. Esta vez vas a ser tú el que recibas. Vas a saber cómo se siente una pobre chica cuando se cruza con un salvaje de tu especie…

La masturbación cesa bruscamente. Las dos chicas se separan de ella. Levantan el borde de sus minifaldas. De una especie de tanga de cuero negro sale un pene de goma, también negro. Si no fuera por las falsas venas que recorren su superficie, casi no le darían asco. Ambas acarician sus penes. La miran a los ojos, observando su reacción.

– ¡Al suelo, cerdo!

De un empujón en el hombro, la obligan a arrodillarse. Ahora son ellas las que se masturban a escasos centímetros de su cara. Observa con curiosidad los falos de goma. Sabía que existían, que los venden en ciertas tiendas, pero nunca había visto uno en directo. Se da cuenta de que su yo de antes (de un antes bastante reciente, adivina) seguramente habría sentido asco y rechazo al ver algo así, quizá miedo también.

– ¿Te gusta que te la chupen? ¿Eh? Sí, te gusta que te la chupen. Que te hagan una mamada larga, húmeda y profunda… ¡Pues ahora vas a mamar tú!

La sujeta por la cabeza y ella intuye lo que debe hacer. Sobre todo porque ve el falo acercarse hacia su boca. Abre sus labios y siente entrar en ella la goma tibia.

– Chupa, vamos… Chúpame el capullo…

La frase, dicha por una boca femenina, resulta muy extraña.

Sus labios se cierran alrededor de lo que simula ser el glande. Es como una bola dentro de su boca.

– Venga, saboréala. ¿Es que no te gusta? Si te gusta que te lo hagan, tienes que estar dispuesto a hacerlo tú… Cabronazo.

– Venga, saboréaselo bien… Con la lengua.

La bola de goma entra y sale en su boca. La saborea con la superficie de su lengua, pero todo lo que encuentra es un neutro sabor a látex.

Las gemelas saben cómo convertirlo en una felación auténtica. Mueven mágicamente sus caderas y manejan la cabeza del chico, oyendo el chup chup de su pene entrando y saliendo. Le obligan a masturbar el otro pene mientras su boca está ocupada.

– Ahora la mía, venga… chupa, cerdo…

La boca cambia de pene, y es el otro el masturbado. Su mano resbala sobre una película de saliva.

– Te gusta cuando te pasan la lengüecita por toda la punta, y cuando te acarician el capullo, ¿eh? Vamos, quiero que me lo hagas ahora a mí…

Maravillas obedece. Extrae el pene de su boca y pasa la lengua alrededor del glande. Mira a la chica a los ojos, para saber si lo está haciendo bien. Parece que sí, bastante bien. Acaricia la punta con rápidos toques, y se la vuelven a meter de golpe en la boca.

El cuello empieza a dolerle, porque la obligan a mover la cabeza cada vez más rápido. Intenta descansar un momento para estirar el cuello, pero no dejan su boca escapar, y vuelven a meterle una polla.

– …Te gusta que la chica se la meta entera en la boca, que se la coma entera, por grande que sea, que se la meta hasta la garganta por larga y gorda que sea, ¿verdad? Eso te excita, aunque para ella sea desagradable, aunque se esté ahogando… Pues ahora vas a saber lo que es eso.

Entonces Maravillas siente el miedo, pero lejano y acolchado, como el calcetín bajo sus slips.

Nuevamente cambian de pene, el otro entra en su boca. Su cabeza es sujetada por cuatro manos. El pene en su boca profundiza más y más. Se desliza sobre su lengua peligrosamente hacia el final de su boca, hacia el precipicio de su garganta. Se asusta. El extremo del pene roza el fondo de su paladar. Intenta sacársela de la boca pero las manos no la dejan retroceder.

– Ah, no, ahora vas a pagar todas esas veces que te has empeñado en meterle a la chica la polla hasta la garganta…

– Tú sólo abre la garganta todo lo que puedas. Relájate, eso es… Relaja tu lengua y abre la garganta. Imagina que estás tragando un sabroso trozo de carne… Respira por la nariz… Muy bien…

Las instrucciones entran por sus oídos, recorren su cerebro y de ahí se transmiten perfectamente a su cuerpo, llegando a hacer algo que jamás creería que llegaría a hacer. Aunque siente los temblores de las náuseas, deja el pene resbalar por su lengua y entrar en su garganta. Abre un poco los ojos para ver. Tiene toda la polla metida dentro, hasta la base. Sus labios están besando el tanga negro.

La chica mueve un poco la polla dentro de su garganta, disfruta con el jugueteo perverso, incluso se ríe. Por fin la saca y la dejan respirar un momento. Toma aire desesperadamente.

– Ahora me toca a mí… ¿Es que me vas a olvidar?

Mientras aun dura en su garganta la sensación que le ha dejado, su hermana le mete la suya. Lentamente, repite la operación hasta metérsela entera. Siente el falo de látex taponando su garganta. La sujeta por el pelo y le hace el amor como se lo haría por la vagina.

Dejan respirar unos momentos al muchacho y lo llevan de la mano de nuevo al interior del cuarto, hasta la cama. De repente es consciente otra vez de su pecho. Su respiración se ha acelerado y sus pechos se comprimen agobiantemente contra la tela.

La empujan sobre la cama. La besan con lujuria, buscando su lengua, mojando sus labios. Maravillas sólo abre la boca y se deja hacer. Si tiran de su lengua con los dientes, ella colabora y la saca, si la succionan desde otra boca, ella no se resiste. Si le muerden los labios, ella se queda quieta.

Las dos hermanas se la reparten, la pasan de una boca a otra, hasta que ya no sabe de quién es la saliva caliente que corre por sus mejillas. Al mismo tiempo, siente cuatro manos acariciándola, ayudándola a aceptar el hecho de que, a pesar de todos los abusos, se está excitando.

Definitivamente, ha olvidado el motivo por el que está haciendo esto. Ya sólo recuerda manos acariciándola, desabrochando botones, bocas besándola, buscándola.

Unas manos se deslizan bajo la camisa. La mano está caliente, pero su vientre lo está mucho más, y la diferencia de temperatura la hace estremecerse.

Otra mano acaricia su pene. Cada apretón, cada dedo que lo recorre desde la base hasta la punta la excitan tanto, que juraría que está empezando a sentir que tiene uno de verdad.

Las caricias y los besos cesan. Las gemelas color café contemplan al muchacho: excitado, desconcertado, expectante.

La hacen rodar sobre la cama hasta ponerlo bocabajo.

– Apuesto a que hay otra cosa que te excita…

Elevan su trasero. Desabrochan el cinturón y los pantalones y se los bajan. Siente que se avecina algo peor que una felación profunda.

– … Seguro que te encanta metérsela a las chicas por el culo. Hasta más que por el coño, ¿eh?

– Seguro que te encanta sentir como tu polla se va metiendo en ese agujero tan estrecho, mientras ella se resiste o te pide que seas suave, que le duele…

– … Y tú se la metes hasta el fondo, hasta que tus huevos golpean con su culo. Y te la follas como un bestia, sin pensar en ella…

– Y seguro que ni siquiera le acaricias el coño mientras lo haces. Te corres tú solo como un egoísta de mierda. ¿Crees que a todas las tías les encanta que se la metan por ahí? ¿Crees que todas se corren como tú?

– … Culo, ano, esfínter, orificio trasero, intestinos, agujero…

– Ahora vas a saber lo que es eso, cerdo…

Imán (que quizá es Myra) abre la cremallera del macuto y extrae un tubo. Está mirándola, intrigada, cuando siente algo húmedo caracoleando en su ano. La otra gemela se lo está lamiendo. Embadurna bien el orificio y alrededores. Maravillas intenta darse la vuelta, pero la otra chica la sujeta y la obliga a volver a su posición. La lengua parece blanca en esos labios oscuros, en ese rostro color tostado. La tarea sigue y sigue hasta que la lengua está prácticamente chapoteando en saliva. Parece que no le da asco hacerlo.

Entonces es el turno de su hermana. Desenrosca el tapón del tubo y aprieta: un gel semitransparente cae sobre sus dedos. Le embadurna el ano.

– Ufff…

La vaselina se siente bastante fría. Le aplica dos o tres veces más. Luego se embadurna el dedo índice.

Lo primero que siente es la uña, bastante larga. Tras la uña se va abriendo paso el dedo.

– No te esfuerces en cerrarlo o te dolerá… -dice una voz tras ella.

Intenta relajarse y lo consigue en gran medida. El dedo sigue abriéndose paso poco a poco. No le hace daño, pero se siente extraña, como si de repente tuviera diez dientes más en la boca, o dos corazones. Se concentra aun más en la relajación y siente como el dedo resbala dentro de ella mucho más fácilmente.

Un poco más…

Se lo ha metido hasta el nudillo. Siente cómo comienza a moverse en su interior, dilatando la entrada poco a poco. No le duele pero es algo violento. Se queja, pero ellas parecen no oírla.

El dedo entra y sale. Empieza a pensar que podría acostumbrarse a la sensación. Entonces siente una segunda uña hurgando su entrada, un segundo dedo penetrándola. Cuesta bastante más. Tiene que hacerlo despacio para que los músculos se vayan acostumbrando. Finalmente, también consigue meterlo entero. Comienza ahora una lenta penetración. Son increíblemente largos y delgados, llegan muy lejos dentro de ella. Pone todo su empeño en relajarse, en abrir la entrada todo lo que puede, pero tiene miedo de hacer demasiado esfuerzo, podría escapársele un pedo o algo peor.

Los dedos giran en su interior.

– ¡Ay…!

– ¿Duele?

– Pues sólo son dos dedos, imagínate cuando le metes tu polla a esas pobres chicas…

– En realidad no tienes que imaginártelo. Vas a saber lo que se siente ahora mismo…

– ¿Ya?

– Ya…

La chica se sitúa detrás de ella, de rodillas. Los dedos entran y salen un par de veces más y luego desaparecen. Entonces llega el pene. Siente el glande, la bola de goma que antes tuvo en su boca, apretarse contra la entrada. Seguro que es bastante más gruesa que dos dedos femeninos. Respira hondo y le ordena a su ano abrirse al máximo. No es suficiente: cuando el pene empieza a resbalar en su interior, siente dolor. La vaselina lo hace todo un poco más fácil.

Después de entrar y salir un par de veces, su ano está acostumbrado… Y comienza a follarla. La sujeta por los hombros y la embiste una y otra vez. Se queja, grita, no le importa que la estén oyendo en toda la casa. Ojalá alguien la esté oyendo y acuda en su ayuda. Sus exclamaciones son cortadas por una boca que de pronto cubre por completo la suya. Unos labios gruesos y calientes le roban el aliento, una lengua repta dentro de su boca, buscando su propia lengua, obligándola a unirse al baile. Se sujetan por las puntas y comienzan una danza sin orden.

Oye tras ella los gruñidos animales de su amante. Su cuerpo es sacudido hacia adelante con cada penetración. Gruñe dentro de la boca de la hermana.
Cuando parecen cansadas, se intercambian los papeles. Siente su ano frio de repente, lo imagina abierto, redondo y reluciente de vaselina. Escuece.

Entonces la penetran de nuevo, esta vez la sujetan fuerte de las caderas. La otra se dedica a masturbar su pene negro ante su cara. Parece que lo hace con furia, con rabia, como si la odiara por estar mirando, como si ella fuera la culpable de algo. Masturba el pene resbaladizo ante su cara, golpea con él su boca, sus labios, lo pasa por su nariz, por sus mejillas, su frente, dejando un rastro de caracol, como si quisiera humillarla.

– ¿Te gusta, cabrón? Ahora sabes lo que se siente, ¿eh? ¿Te gusta que te traten así? ¿Que te den por el culito? Seguro que hasta te está gustando…

– ¿Te has corrido? -le dice una hermana a otra. La sesión anal ya ha acabado. La miran, tirada en la cama, expectante.

– No. Todavía no.

– Yo tampoco. Pues no hay un buen polvo sin una buena corrida…

– Ya se sabe que en cuanto los tíos sueltan su estúpida leche, se acaba todo, ¿verdad?

Se quitan los penes protésicos. Los envuelven en una tela y los guardan en el macuto. Sacan un par de otros instrumentos. No puede ver lo que son: se los colocan de espaldas a ella. Sólo puede ver cómo se ponen un par de tangas de plástico rosa.

Cuando se dan la vuelta, sigue sin comprender exactamente qué son. Son también falsos penes, esta vez de color rosa. En la mano llevan algo en forma de pera de goma, conectada a los penes con un delgado tubo transparente.

– ¿Sabes qué es lo malo de los tíos? -dice una, mientras se acercan de nuevo a la cama- Precisamente eso. Que sólo se corren una vez y se quedan hechos polvo, ya no pueden seguir… hasta después de un rato. Se corren una vez y ya está…

– Me dan pena…

– No como nosotras. ¡Multiorgásmicas! Dios hizo algo bueno por una vez.

La sientan al borde de la cama. Se masturban ante su cara.

Está cansada. Deja que sus ojos se cierren. No quiere ver nada más. La respiración le pesa.

La primera impacta en su cuello. El líquido viscoso baja por su piel, internándose bajo su camisa. Está frío.

La segunda impacta en su mejilla, un chorro fuerte que baña su cara. Los finos surcos bajan hasta su barbilla.

La tercera en la frente. La sujeta por la barbilla y apunta bien: se corre en su frente. Un chorro abundante de líquido frió, blanco y espeso. Siente como baja por la sien. Un hilillo resbala por su nariz.

La cuarta le cubre la otra mejilla. Ahora siente las dos húmedas, pastosas.

La quinta le salpica la barbilla. La mayor parte cae al suelo. De su barbilla queda colgando un hilo espeso.

La sexta baña su boca, sus labios cerrados.

La hacen abrir bien la boca.

La séptima, la octava, la novena, la décima… le inundan la boca a pesar de su resistencia, con disparos furiosos. Le cierran la boca y la mayor parte del líquido rebosa fuera por sus labios.

– Traga… -le dicen, y no le dejan opción, le mantienen la boca bien cerrada- No es nada químico, es todo natural. Trágatelo todo…

Tiene un sabor neutro, nada especial, quizá algo dulce, pero espeso y frío. Le abren la boca, comprueban que está vacía.

– Te lo has tragado todo…

– Buen chico…

Sus ojos siguen cerrados. Siente el cerebro espeso como plomo fundido.

Por fin, no hay manos que la retengan ni la manejen. Se desploma sobre la cama. Su mente entra a ciento veinte por hora en un negro túnel. Antes de dormir, aun puede oír voces.

– ¿Qué le pasa a esta? Se ha quedado roque por fin.

– Debe haber tomado algo fuerte en la fiesta.

Pasos por la habitación. Unas cortinas se descorren.

– ¿Qué? ¿Te lo has pasado bien?

– ¿Lo has visto todo?

– Todo. Sois la leche -una voz de chico.

– Bueno, Shoon. Ahora ya sabes. A partir de hoy nos debes un favor.

– Contad conmigo para lo que queráis.

– Ya se nos ocurrirá algo.

– Estaremos en contacto.

El sonido de una puerta que se cierra, y Maravillas cae en un profundo sueño sin sueños.

…….

Finale presto con tutto
Bueno, sí. Todo eso. Podía ser.

Pero…

¿Todo eso pasó? ¿Pasó de verdad? Más bien tenía toda la pinta de un sueño o una alucinación. ¿De verdad se dejó abusar por dos gemelas por una foto?
Fue hacia las cortinas del cuarto y las descorrió de golpe. No había nadie. Tras la persiana vio la luz de un amanecer incipiente.

Se palpó el trasero: en el bolsillo derecho había algo duro. Era una foto polaroid. Se reconoció a sí misma y a la chica con los ojos vendados a la que besaba.

Aquella parte sí era real, al menos. Pero, ¿y lo demás? ¿No lo habría soñado? ¿Habría tomado, inocentemente, alguna droga en la fiesta, algo alucinógeno, y ahora no lo recordaba?

¿Y qué tendría aquel maldito pastel?

Pensó la posibilidad de poner un poco de orden en el cuarto y hacer la cama. Pero, qué coño, ya había tenido bastante. Que la hiciera otra. Ella tenía su foto y se largaba de allí. Estaría fuera antes de que amaneciera.

Abrió la puerta, y allí estaba ella: una cara familiar. Le costó unas largas décimas de segundo recordar a Pony Girl.

– La he encontrado. Tu prima.

Cogida de la mano, la llevó en volandas, atravesó toda la casa en una frenética carrera. Los pies de Maravillas tenían problemas para conservar el contacto con el suelo.

Maravillas viajó a través de ciertos paisajes familiares.

Vio unas puertas que ya conocía, cerradas, tras las que se habían llevado a cabo extrañas reuniones. Galopando, bajaron unas largas y anchas escaleras. Cruzaron un largo pasillo decorado con inquietantes cuadros protagonizados por ratones o hamsters, pasaron ante un cuarto de baño, a través de cuya puerta abierta tuvo la extraña visión de una mujer usando de pie el retrete, mientras alguien roncaba en la bañera. Cruzaron una cocina, donde una chica que también conocía sacaba una botella de leche de un frigorífico, como desayuno, y atravesaron un enorme salón de estar donde ya tan sólo quedaban dos chicas muy jóvenes bailando, inundadas de amor. Siguieron viajando por pasillos y habitaciones, hasta llegar al exterior por una puerta, al jardín.

Por todas partes vio los restos de la fiesta, poco antes del amanecer. Chicas dormidas al borde de la piscina, sin bikini, mujeres que hablaban entre ellas en voz baja, para no despertar a las dormidas, una mujer paseando y tomando una copa en soledad, conversaciones y caricias tras los setos, copas y botellas por el suelo, prendas de ropa olvidadas en la rama de un limonero o sobre una mesita de jardín, un perro, largo como un tren, buscando a su dueña.

– Es ella, ¿verdad? -dijo Pony Girl, muy satisfecha.

Conchi se estaba atando el zapato. Apoyaba el pie en un balancín, el mismo en el que una pelirroja gordita muy linda dormía a pierna suelta.

La tocó en el brazo y se volvió.

– ¡Mara! ¡Ya era hora! -dijo con una enorme sonrisa. La abrazó y la besó- Mira, ¿te gusta? Me la han regalado.

Sobre el vestido negro largo llevaba una camiseta blanca con el conejito de Playboy estampado.

– Oye, vámonos, ¿quieres?

– Claro que sí. Ya me estaba preparando para irme. Como no te encontraba…

Los nervios casi la hacen olvidar a Pony Girl. Le dio dos besos. En realidad tenía cara de buena persona. Y unos pechos… Eso sí podía recordarlo. Se acercó a su oído y le susurró.

– Espero que pronto encuentres a alguien que te ayude a liberarte.

– Lo intentaré… -respondió.

Conchi y Maravillas se marcharon tomadas del brazo. Conchi miraba al suelo, meditando sus cosas.

– ¿La conoces? -dijo.

– Sí. No es mala chica.

– ¡Bueno, bueno! Al final viniste a la fiesta. ¿Cómo es que no nos hemos encontrado en toooda la noche?

– ¡Te he estado buscando todo el tiempo!

– ¿En serio? Bueno, pues tiempo habrás tenido para divertirte, digo yo.

– Bueno, es posible.

– ¿Es posible?

– Sí. Puede ser. No sé. Creo que lo entenderé mejor si se lo cuento a otra persona.

– Pues ya sabes…

Aquella sonrisa le hizo sentirse afortunada de que Conchi fuera su prima, igual que cuando eran niñas.

– ¿Quieres que te lo cuente?

– Claro. Cuéntame todo lo que has hecho esta noche, por Dios. Del principio al final.

Llegaron a la muralla de la parcela. Pulsaron un botón y la puerta metálica comenzó a abrirse.

FIN… ¡POR FIN!

EPÍLOGO

Dios mío, por fin se acabó. Me ha costado mucho tiempo y esfuerzo acabar el último episodio de esta serie, pues últimamente tengo poco acceso al ordenador. No obstante, aquí lo tenéis: el final. Espero que lo hayáis disfrutado. A mí me cuesta creer que la serie haya tenido un final de verdad. Además, es mi primera serie larga de relatos eróticos.

Quiero dar las gracias a todas las personas que me han escrito por correo electrónico para animarme, opinar, adularme, criticarme, hacer sugerencias y peticiones. Por favor, seguid escribiéndome, sobre todo ahora que la serie acabó, para decirme qué os ha parecido. Me hace muy feliz leer vuestras palabras.

Solo unas últimas palabras para alguien llamado DJ Shoon: ¿Has visto? Creías que me había olvidado, ¿eh?

Muchas gracias a todos y todas.

¿Algo que decir? eslavoragine@hotmail.com

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