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Maravillas en el país de la delicia / Capítulo 5: La tarta

La primera mitad de este capítulo lo escribí mientras escuchaba “Metrópolis”, de Blind Guardian, por raro que parezca. En la segunda mitad estaba escuchando “Schizoid Dimension. A tribute to King Crimson”. Lo digo sólo como curiosidad para los o las lectores o lectoras.

Maravillas tenía ahora dos opciones. En realidad tenía una tercera, que era mandarlo todo a la mierda y salir de aquella casa ya mismo. Sin embargo, las otras dos eran bastante más sensatas. Una era buscar a su prima, que sería para ella como un flotador salvavidas en medio de un mar de mujeres desconocidas abiertamente sexuales. La otra opción, la cual le inquietaba bastante, era la de buscar a alguien (probablemente mujer, como todas las demás invitadas a la fiesta) que rondaba por ahí en posesión de una foto de ella besando a otra mujer. ¿Qué tenía de importante aquella foto? ¿Qué mal podía hacerle en manos de alguien que no le conocía ni importaba en absoluto? ¿Acaso la podría utilizar para hacerle chantaje? ¿Acaso era Maravillas tan importante, acaso tenía algo que le pudieran pedir a cambio? Ignoró el sudor frío que le bajaba por la columna vertebral al imaginar aquella foto rodando de mano en mano, y decidió que era su última oportunidad para encontrar a Conchi. Si su siguiente búsqueda la obligaba a tener que relacionarse con más de dos mujeres (probablemente locas y pervertidas) abandonaría la búsqueda y se marcharía de la enorme casa sin despedirse de nadie, echando rayos y centellas de furia por las orejas.

Bajó todas las escaleras que había subido anteriormente para contemplar una sesión privada de abusos hacia una adolescente con antenas de abeja. Su supuesto “premio”. Oyó música. Le resultaba familiar. Era un blues de ritmo profundo y repetitivo. No el blues recargado y transformado de los blancos. Aunque la voz masculina era muy suave y aguda, seguramente la de un blanco, tenía aquel ritmo insistente, como el traqueteo de un tren cargado de esclavos negros. El bajo retumbaba por todo el pasillo. Una armónica introducía algunas notas de vez en cuando. ¿Cómo se llamaba aquella canción? Buscando en su memoria el título y el nombre del cantante, Maravillas se olvidó unos instantes de la impactante escena que había visto anteriormente.

¿Era “In the Road Again”? You know, the first time I travel… in the rain storm, in the rain storm… Donde hay música, hay fiesta, montones de personas hablando, cantando, flirteando, bebiendo y fumando. De hecho, eso se oía conforme se acercaba por el pasillo, así que se encaminó decidida. Aquel sería su último intento. El salón parecía el lugar espacioso y acogedor apropiado de la casa para pasar largos ratos sin hacer nada importante, sobre todo en invierno, junto a la chimenea, oyendo música en un enorme equipo, viendo la tele, leyendo lo que fuera, durmiendo la siesta en uno de aquellos largos sofás que parecían tan mullidos. Quizá era dos o tres veces mayor que el salón de su casa. También era el lugar adecuado para una buena fiesta. Efectivamente, el salón estaba atestado de mujeres, apoyadas contra la pared, sosteniendo o bebiendo una copa, charlando con un entusiasmo propio del momento avanzado de la noche.En el centro del salón, una chica bailaba a solas al ritmo hipnótico del blues. Sus ojos estaban cerrados, su vestido negro brillante se retorcía sobre su cuerpo con cada movimiento. Era una isla bailando en un mar de mujeres. So mama please, don´t you cry no more, don´t you cry no more… Maravillas paseó por el salón, echando un vistazo, haciendo todo lo posible por pasar inadvertida. – ¡”I´m sorry”! -exclamó con voz aguda una chica rubia de nariz afilada, situada junto al equipo de música. Y efectivamente, comenzó a sonar aquella canción. Maravillas la conocía bastante bien. Hubo una época de su adolescencia, la que tienen todas las buenas canciones, en que la oía todos los días varias veces. No recordaba el nombre de la canción, pero sí que cuando la grabó, en la época de la gomina, las diademas y los babana split, la chica no tenía más de dieciséis años. Era, pues una canción interpretada por una voz de candidez extrema, que pedía perdón no sabía todavía a quién.

I´m sorry… so sorry… please accept my apologies… ¿Cómo negárselo? Aquella canción parecía ser allí un clásico o algo parecido, porque cuando empezó a sonar, se armó un alboroto y todas las mujeres se apresuraron a buscar una pareja para bailar bien agarradas. La escena era propia del baile de fin de curso de uno de esos institutos de las teleseries. De fin de año o de primavera, da igual. “Oh-oh, pensó Maravillas, este es el momento en que empiezan a pasar cosas raras y a mi me pillan en medio. Yo me largo”.

Y se escabulló disimiladamente para buscar en otro lugar su última ocasión de encontrar a su prima.

Así que no sabremos lo que pasó en aquel baile, en aquel salón. Sí puedo decir, por ejemplo, que más de una pareja acabó besándose o palpándose el culo, alguien se subió a una mesa y enseñó una teta a la concurrencia, cosechando risas y ovaciones, una mujer pidió en matrimonio a otra, la cual aceptó, y que alguien vomitó tras un jarrón, y hubo quien opinó, para asombro de las demás, que hecho de forma estética, resultaba excitante ver vomitar a una chica. Baste con este pequeño resumen de todas las cosas que pasaron allí hasta que acabó la fiesta. Maravillas atravesó un pasillo de aspecto relativamente silencioso y normal. Relativamente silencioso porque en aquella mansión la música, los golpes, el arrastrar de muebles, las conversaciones y otros sonidos producidos por la voz en dudosas situaciones, todo aquello se filtraba por cada rendija de su estructura, como el moho. Y relativamente normal por los cuadros que adornaban cada lado del pasillo. En todos ellos, versiones de obras famosas, las cabezas de las personas habían sido sustituidas por las de ratones. La Mona Lisa, La Odalisca, las Meninas, la Maja Desnuda, Jesús y sus apóstoles en la última cena, tenían ojillos redondos, nariz inquieta y bigotes. Maravillas no quería imaginar qué tipo de pervertida era la dueña de aquella casa que coleccionaba semejante material. ¿Coleccionar? Quizá incluso lo pintaba ella todo, lo cual era peor. Llegó a una cocina. Le era familiar. Se dio cuenta de que un par de horas antes ya había pasado por allí, aunque habría llegado desde otro pasillo. Ya no estaban la chica que dormía sobre la mesa y la que bebía leche, la del gracioso bigote blanco.

En su lugar había tres mujeres sentadas ante la mesa de madera. Si el programa “Caiga Quien Caiga” se hubiese vuelto a emitir y esta vez las presentadoras fueran mujeres, habrían tenido aquel aspecto: camisas blancas, trajes negros impecables y corbatas también negras. Una de ellas, de pelo negro recogido en un moño, tenía el cuello de la camisa levantado, dándole un aspecto rebelde o trasnochado. Otra llevaba gafas negras, a pesar de la poca luz que había en la cocina.

Las tres estaban muy serias. Maravillas pasó ante ellas sin mirarlas, intentando no desbocar una extraña cadena de escenas sexuales. Pero las tres la siguieron con la mirada. – ¡Eh! -dijo la única rubia de los tres. Tenía la melena desbaratada y era realmente guapa. Y Maravillas se detuvo. – ¿Sí…? -respondió dubitativa.

– ¿Puedes acercarte?

– ¿Porqué? Estoy un poco ocupada.

– No tienes tanta pinta de ocupada -dijo la del cuello alzado.

– ¿Puedes acercarte por favor?

– Depende para qué…

– Acércate, no puedo levantar mucho la voz. Además, sólo es un momento. Maravillas se acercó y apoyó las manos en la mesa. Sacó de donde pudo su aspecto de mujer cansada y segura de sí misma. – ¿Síiii? -dijo, alargando el sonido de la “i” de modo sarcástico.

– Estamos buscando a alguien que…

– … Que quiera hacer un trato -completó la frase la del cuello alzado. La chica de las gafas parecía más amiga de mirar que de hablar.

– Sí, es más bien un trato, ¿no?

– Claro.

– Mira, yo… -quería decir Maravillas- La verdad es que no sé qué tipo de tratos se hacen en esta fiesta, pero prefiero irme, lo siento.

– ¡Es un trato con dinero, ¿eh?! -se apresuró a señalar la rubia- Vamos, te damos dinero si haces algo.

– Una cosa muy sencilla -dijo la del cuello alzado. Maravillas torció la boca. Al menos, si era lista, podría salir de aquella locura con algo de dinero. – ¿Cuánto?

– ¿No quieres saber primero qué vas a hacer? -dijo la del cuello.

– ¡Calla! Muy bien, quiere saber cuánto dinero… A ver… -intercambiaron miradas- Cuatrocientos.

– ¿Cuatrocientos? ¡¿Euros?! -exclamó Maravillas.

– ¿Euros? ¡Claro que euros! ¿Qué van a ser, piedrólares?

– ¿Qué son piedrólares?

– La moneda de los picapiedra -murmuró la chica de las gafas negras-. En realidad eran conchas.

– ¿Bueno, te parece bastante?

– Depende.

– Depende, claro. Ahí está el quid de la cuestión. Verás como es mucho dinero por una tontería. De una encimera tras ellas, la mujer rubia sacó una tarta y la colocó sobre la mesa. Una típica tarta americana, seguramente de frambuesa. La chica de las gafas gimió débilmente. En realidad las tres parecieron inquietarse con aquello sobre la mesa. Cuando la rubia la llevaba en sus manos, parecía manejar un diamante recién pulido, o una cabeza nuclear. – ¿Qué? -preguntó Maravillas, audaz.

– Te damos cuatrocientos euros si te comes la tarta delante de nosotras -dijo la rubia. Maravillas no sabía lo chistosa que era la cara que puso. Quizá si hubiese tenido un espejo delante, habría salido corriendo y riendo.

Un puñado de billetes nuevecitos salió del bolsillo de la chica del cuello alzado, revoloteó un poco en el aire y volvió a esconderse. – Si me como la…

– Sí, pero… -la chica del cuello alzado dudaba al intervenir- No te la comas así, a lo tonto. Verás, somos una especie de… de…

– Fetichistas -dijo la señorita gafas negras.

– Sí, algo así. Queremos que te la comas… Con esmero, disfrutando de cada bocado.

– Queremos ver como te la comes poco a poco y… de forma sexy -dijo la rubia. Conforme hablaban, podía ver como se inquietaban en sus taburetes, como se les hacía la boca agua. De repente parecía que no cabían en sus ropas.

– Sí, imagina que es un… bueno, una… Bueno, lo que tú quieras.

– No, qué hostias -dijo la rubia, tajante-. Imagina que es un coño. Un coño limpito, jugoso y blandito. Ya me entiendes… Venga, tienes pinta de chica que sabe ser muy sexy cuando quiere. ¿A que no me equivoco? Maravillas se relamió, pensando. – Un momento. Claro. ¿No llevará una droga o algo de eso?

– Joder, claro que no. No se trata de eso.

– Si noto que lleva algo raro… Os lo aviso: aquí hay un montón de gente, saldré corriendo y pidiendo socorro… Las tenía a las tres pendientes, mirándola a ella y a la tarta. Por extraño que pareciese, estaban excitadas. – Que sean quinientos. Todavía no he tenido uno de esos.

– ¿Quinientos…?

– Sí, sí, los tenemos, lo que sea, venga…

– Empieza con los dedos… Cuando Maravillas hundió los dedos índice y corazón en el centro de la tarta, se hizo un gran silencio. Sólo se oyó el constante runrún de la fiesta, roce de ropas, la viscosidad de la tarta, un triple suspiro. Se llevó los dedos a la boca y probó. Sabía a frambuesa. Las tres no le quitaban el ojo de encima en cada movimiento. Pensó que daba igual. Se comería lo que fuese, cojería el dinero y después se iría de aquella fiesta de ex-internas del psiquiátrico, se daría una ducha en su casa y mandaría a la mierda todo lo que había visto aquella noche. Chupó toda la frambuesa en sus dedos. No notó ningún sabor extraño. Lo comprobó introduciendo de nuevo los dedos, llevándose un trozo del pastel. No sabía identificar el sabor de un somnífero o algo parecido, pero allí no había nada raro. De hecho, estaba buena, incluso un poco caliente todavía.

Sin dejar de observar el espectáculo, las tres chicas se aproximaron entre ellas. Ya no parecían siniestras ni charlatanas. La chica rubia echó sus brazos sobre los hombros de sus amigas. Era divertido. Comprobó que cuando metía un dedo en la tarta y removía un poco el interior, las hacía retorcerse en los taburetes, apretarse más unas con otras, incluso gemir. Arrancó un buen trozo con los dedos y se lo metió en la boca. Lo masticó. La masa también estaba muy buena.
La chica del cuello alzado hundió su cara en la melena rubia de su compañera, para besar su cuello, y ella se dejaba hacer. La rubia apretó contra ella a la chica de las gafas negras.

Sintiéndose malvada, Maravillas pensó qué podía excitarlas aun más, cuál era el gesto erótico más típico que podía hacer con una tarta. Recogió un pegote de relleno de frambuesa con el dedo y se lo metió en la boca. Lo saboreó. Comenzó lentamente a meter y sacar el dedo entre sus labios.

Surtió efecto. La rubia parecía mandar allí, parecía acostumbrada a reclamar atención. Apretaba a las chicas contra ella. La del cuello alzado recorría húmedamente todo su cuello con los labios, la de las gafas se abrazaba fuerte a ella. Su mano subía por su vientre, acercándose a uno de sus pechos. Era una extraña modalidad de danza sincronizada, con una directora de orquesta que comía tarta. La chica del cuello desabrochó los botones de la chaqueta de la rubia, para que la otra chica pudiera acariciarla por encima de la camisa. Acarició su vientre, y subió poco a poco de nuevo hasta su pecho. Maravillas no sabía cuánto quería ver de aquello, pero decidió probar sus límites. Cuando se hiciera desagradable, pediría su dinero y se marcharía.

Efectivamente la chica de gafas atrapó el pecho. Entre sus dedos pareció crecer, de pronto parecía grande y blando, todo un placer al tacto. Lo masajeaba y estrujaba con delicadeza, mientras su dueña arqueaba su cuerpo en el taburete. La chica del cuello alzado le lamió el cuello. Su mano bajó hasta los pliegues de la camisa que quedaban sobre su vientre. Y nunca, nunca, dejaban de observar cómo ella se comía la tarta. Con cada nuevo gesto, con cada nuevo bocado que tomaba, gozaban y se encendían aun más, compartiendo una excitación encadenada que no dejó indiferente a Maravillas. Al menos no dejó indiferente a los mecanismos involuntarios de su cuerpo. Maravillas acercó su cara para dar un bocado directamente del recipiente. Eso las encendió al máximo. Verla sumergirse en el relleno, chapotear con su boca, resbalar la frambuesa por las comisuras de sus labios, por su barbilla… La mano que acariciaba el vientre pasó directamente a estrujar el muslo, y de ahí a la entrepierna. Uno de los dedos frotaba con especial ahinco la apretada ranura que se había formado en los pantalones allí. La chica de gafas desabrochó la camisa con impaciencia. Se enfadó con los tozudos botones. Sacó el pecho de la copa del sujetador. Lo trataba con admiración, como a un ídolo. Era pálido, de buen tamaño, parecía mullido y suave. La aureola estaba ya hinchada, pero el propio pezón no estaba erecto aun. La chica se encargó de acariciarlo y pellizcarlo hasta ponerlo en posición de firmes, mirando hacia Maravillas. Se sintió un poco rara. La chica de las gafas lo atrapó fuertemente entre sus dedos y se lo llevó a la boca. Lo atrapó y chupó con fuerza. La mano de la otra chica le bajó la cremallera y se introdujo bajo la tela entre sus muslos. La mirada de la chica de melena rubia revuelta decía “¿Has visto lo que tengo? ¿Has visto lo que puedo hacer?”.

Maravillas acabó comiéndose sola la tarta, sin que nadie la mirase. Las chicas se habían abandonado al sexo. Cada una le comía golosa un pecho a la rubia y le acariciaba bajo la tela del pantalón. Ya tenía los ojos cerrados y sólo gozaba entre sus manos. Cuando podía las besaba con verdadero cariño, como agradecimiento, y las dejaba volver al trabajo. Su camisa y su traje estaban totalmente abiertos, tan sólo estaba la corbata negra encima de un cuerpo bonito, no falto de carne, una piel pálida, suave, brillante y limpia cubriendo unos músculos que se contraían y retorcían bajo las frenéticas caricias de las manos de sus amigas y amantes. Hacia el final, dejaron la delicadeza a un lado y la masturbaron ferozmente, haciéndola contener sus gritos y levantarse en el taburete. Maravillas las miraba desde el otro extremo de la cocina. Más bien las miraba de reojo. Mientras tanto, rebañaba el último resto de tarta.

Las chicas de negro se recomponían la ropa y se besaban tiernamente en un triángulo vicioso, cuando Maravillas arrojó la bandeja de la tarta sobre la mesa, haciendo un ruido metálico. – ¿Qué? Casi no me he dado ni cuenta… -decían, confusas.

– Lo has hecho muy bien. Muy sexy, con buen gusto. Cómo una verdadera especialista. “¿Habrá especialistas que se dediquen a esto?”, se preguntó Maravillas. – Quinientos euros -pidió, extendiendo la mano sobre la mesa.

– ¿No habíamos dicho cuatrocientos?

– Estoy muy cansada. Por favor, no me apetece mucho discutir.

– Vale, vale… -de mala gana, la chica del cuello de camisa alzado buscó, y reunió quinientos entre los dos bolsillos- Toma. Lo siento, no es un billete -dijo con una sonrisa sarcástica.

– Da igual. Ya los cambiaré en un banco. Bueno, ¿me los he ganado, o no me los he…? La cortó el brillo de un flash, más allá, al final del otro pasillo que daba a la cocina. Recordó su foto besando a otra chica, y se fue a paso ligero hacia allí, con quinientos euros en el bolsillo. – ¿Qué pasa? -preguntó la rubia, cuando se quedaron solas en la cocina- ¿No le habéis puesto “eso” a la tarta?

– Claro que se lo he puesto. Ya debería estar drogada.

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Continuará… ¡En el último capítulo de la serie! ¿Te ha gustado?

No dudes en escribirme tu opinión: eslavoragine@hotmail.com

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