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Maravillas en el país de la delicia / Capítulo 3

Maravillas buscaba el jardín, buscaba la puerta que la llevaría fuera de aquel aire caliente y aquel bullicio de mujeres interminables. Por el camino no hizo caso a nada. Si alguien le habló puso su cara más amable y pasó pidiendo perdón.

Cuando llegó al jardín y se perdió entre la noche de las palmeras, sudaba. Su ropa ya no parecía suya, quizá de una mujer más grande. Quizá la excitación la había hecho encoger. Quizá era un efecto secundario maligno que ejercía en ella el sexo. Pero, en ese caso, ¡ella nunca podría llegar a practicar el sexo con su pareja! ¡Iría menguando y menguando, y con el paso del tiempo llegaría a desaparecer! ¡Sería una mujer sin sexo para toda la vida!

– Pero qué chorradas estás pensando, Maravillas… Céntrate, es sólo toda esta locura de fiesta…

Apoyada contra la palmera, cerró los ojos y respiró profundamente.
Ni siquiera en aquel rincón oscuro podía descansar, huir. Junto al pequeño jardín de palmeras estaba la enorme piscina que irradiaba luz. Un par de chicas en bikini pasaron corriendo y riendo frente a ella. Una llevaba la parte de arriba de un bikini en la mano. La otra la perseguía por todo el jardín.

– ¡Ven aquí, cabrona! ¡Te voy a matar! -reía.

Sus pechos botaban libres con la carrera.
Maravillas miró para otro lado.
Se perdió entre las sombras de las palmeras. Necesitaba andar un rato, estar sola. Caminó hasta que se alejó el bullicio, hasta que su respiración se calmó, paró de sudar y las cosas raras dejaron de pasar por su cabeza.

Estaba pensando en irse de aquella fiesta disparatada sin encontrar a su prima, cuando oyó una voz junto a ella, en la oscuridad.

– Hola. ¿Paseando sola?

Se le acercó en silencio una mujer de unos cuarenta años. Sus ojos azules parecían iluminar las palmeras. Quizá era la luz de la piscina cercana. Llevaba las manos en los bolsillos y una camisa roja.

– Sí. Estaba relajándome un poco.
– Eso está bien. Yo lo hago también en las fiestas. A veces tanta gente agobia, ¿verdad?

Maravillas sonrió.

– Sí.
– ¿Estás bien?
– ¡Sí, claro! Es que… Estaba pensando en irme.
– ¿En irte de la fiesta? ¿Y eso por qué?
– No lo sé.
– Pues si no los sabes, no lo hagas.
– Parece lo lógico, ¿verdad?

Se hizo un corto silencio.

– ¿Sabes? -dijo la mujer- Quizá te parezca una locura, pero te he estado siguiendo.
– ¿Cómo? ¿A mí? -quizá era hora de empezar a alarmarse un poco.
– Sí, pero te ruego que no te preocupes. Es sólo… Bueno, te he seguido hasta aquí para decirte una cosa.
– ¿Qué cosa?
– Pues… Te he estado observando y… Quería decirte que estoy enamorada de tí.

Maravillas quedó cortocircuitada y luego rió.

– ¡Ya, sí! Parece que eso les pasa a muchas esta noche, porque si yo le contara…
– No te lo crees…
– Mire, estoy un poco confusa…
– ¿Cómo no voy a enamorarme? ¿Te has visto bien?

Maravillas se miró las manos, como si aquella mujer se refiriese a ellas, como si allí estuviera la belleza que la había enamorado.
– Eres… Vas dejando detrás tuya un rastro de sensualidad y calma. Quizá otras no lo vean, pero yo sí. Si pudieras verte como te veo ahora mismo… seguramente te enamorarías.

Maravillas calló. Aquello era lo más bonito que le habían dicho nunca, aunque quizá ya lo había oído antes en otra parte, por ejemplo en una película.

– Gracias. Nunca me lo había dicho.

Se acercó y besó en la mejilla a su enamorada.

– Ahora me siento bastante mejor. Muuucho mejor…
– Me preguntaba si lo que queda de esta noche tan extraña, podríamos pasarla juntas, conociéndonos un poco, dándonos una oportunidad… Pero todavía no me crees, ¿verdad?

– ¡No! -dijo Maravillas, alejándose entre las palmeras- Pero muchas gracias. Ha sido precioso. Ahora me siento especial. ¡Chao y suerte!
La mujer quedó sola en la oscuridad de las palmeras. A los pocos segundos oyó un tintineo que se acercaba. Una chica vagaba sola. De una larga y fina trenza le colgaba un cascabel.

– Hola -dijo ella.
– Hola… ¿Paseando sola?
– Ya ves.
– Oye, perdona que te diga esto. Quizá te parezca una locura, pero…

Sin duda lo que fallaba era la táctica. Llevaba toda la noche buscando a Conchi y no había encontrado más que un montón de pistas que sólo la conducían a participar en delirantes escenas. Seguro que si dejaba de proponerse encontrar a su prima, ¡puf!, aparecería ella sola de detrás de un arbusto, o de un par de chicas besándose. Así que a partir de entonces, nada de buscar. Se dejaría llevar.
En el jardín, multitud de mujeres conversaban y disfrutaban de unas copas. Maravillas pasó junto a dos mujeres de aspecto elegante.

– Claro que soy anti-globalización. Tú ya sabes que yo siempre he estado a la última…

“¡Por Dios…!” pensó Maravillas, sufriendo lo equivalente a una arcada mental.
Otro grupo de chicas en bikini. Alrededor, un corro de espectadoras riendo y gritando consejos. Jugaban a un famoso juego: el Twister. Debían estar jugando a eso, porque sobre el césped estaba la típica ruleta de colores. Sin embargo no había tapete. Maravillas tuvo que reir ante la genial idea que alguien había tenido de pintar los círculos de colores en distintas partes del cuerpo de las chicas.
Mano derecha al verde, pie izquierdo al amarillo…

– ¡Maravillas!

Tardó poco en reconocer la cara de la chica junto a ella que la saludaba: se habían conocido al principio de la fiesta, en el abarrotado recibidor de la casa, yendo en direcciones contrarias. Recordó también como un detello la mano apoyándose en su hombro para no perder el equilibrio.

– ¡Ah, hola!
– ¡Qué bien, veo que ya empiezas a pasártelo bien!
Debía haber visto la sonrisa en su rostro. Seguramente ésta creció unos centímetros más.
– Sí, bueno. Pero, oye, ¿cómo sabes mi nombre?
– Pues, me lo han dicho. ¡Qué divertido es esto! ¿A quién se le habrá ocurrido? -señalaba a las jugadoras de Twister, partiéndose la cintura de risa. Dos chicas caían al suelo: era imposible tener cada una el pie en el ombligo de la otra mucho rato.
– ¡Pero ¿quién te lo ha dicho?! -tenía que hablar muy alto, las demás chillaban y jaleaban.
– ¡Pues gente! ¡Qué más da!

La chica del pasillo seguía tronchándose de risa. La gente comenzó a vitorear. Una de las participantes, una escultural rubia, tenía sus pechos (uno rojo y otro verde) ocupados ya por cinco manos distintas, y alzaba los brazos, orgullosa.

– Oye, ¿quieres ver otra cosa también muy divertida? -le susurró al oído.
– Bueno, intento divertirme un poco, así que…
– ¡Ven!

La tomó de la mano y la llevó lejos, a un porche trasero de la mansión. Aquel lugar estaba bastante oscuro. Subieron un par de escalones y entraron por una puerta. Antes de entrar, le dio tiempo de ver a dos chicas en el porche. Una sentada en una silla y la otra arrodillada frente a ella.

– ¿Esa le estaba haciendo a la otra… lo que yo creo que le estaba haciendo?
– ¿Quién sabe? Tendrás que fiarte de tu imaginación. ¡Venga!

Su nueva amiga la arrastró de la mano al interior.
El silencio en aquella parte de la mansión resultaba extraño, como si fuera un mundo aparte dentro de la ruidosa fiesta, una burbuja. Sin embargo, unas risas se oían más adelante.

– Te voy a llevar con unas amigas. Hemos organizado un concurso…

Entraron en una habitación y cerraron la puerta tras ellas. Era un cuarto de aspecto anticuado, decorado con cuadros rancios y alicatado en madera. Parecía un lugar destinado a coleccionar mesillas antiguas, y sobre ellas, jarrones antiguos, y junto a ellas, sillones y divanes antiguos. En una estantería, un reloj dorado de péndulo, también antiguo.
Todas las presentes callaron al entrar ellas.
En el centro, una joven sentada en un reposapies, con los ojos vendados.

– ¿Quién ha entrado? ¡Decídmelo! -dijo, pero no obtuvo respuesta de ninguna de las presentes.

La chica del pasillo le pidió a Maravillas silencio con gesto.

– ¿Qué tipo de concurso es? -le preguntó al oído.
– Un concurso de besos -le contestó ella, con una sonrisa interesante, y le indicó atención.

Después de haber examinado a Maravillas de arriba a abajo, las mujeres siguieron con el juego.

– Bueno, Teresa, tú relájate -dijo una de ellas-. Ahora va el siguiente beso. El número… ¿qué numero tocaba?
– El ocho -le apuntaron.
– Allá va -dijo ella-. El número ocho. ¡Fíjate bien, que no se te olvide…!

Una de las chicas se acercó y se arrodilló ante la vendada. En su andar podían oírse los tambores de los salvajes que van a cazar antílopes.
Más que un beso fue una lamida. Lamió en toda su extensión los labios de la chica ciega, lentamente, empapándolos. Maravillas casi pudo oír el raspar de los poros de la lengua contra las grietas de la piel de los labios. El corro femenino vitoreó y silbó el caliente beso. La chica vendada rió y saboreó.

– Prefiero guardarme mi opinión para el final… -dijo con una sonrisa misteriosa-. ¡Siguiente…!
– ¡Vaya, ahora los pides y todo! ¿Eh?

Otra chica se arrodilló frente a ella.

– ¡El número nueve! -dijo alguien.

Este fue un beso mucho más suave. Un beso clásico atrapando los labios. Sin embargo, al final el labio inferior fue succionado y estirado sin piedad, hasta ser devuelto a su posición con un húmedo ¡plop!
La chica vendada se erizó. Le costó sonreir. Era evidente en su cuerpo que estaba muy excitada.

– Vaya, vaya… -fue todo lo que dijo- ¿Siguiente?

Todas confabularon con miradas y empujones para que se acercara Maravillas.
Ella nunca había besado a una chica. Una vez besó a un chico, pero no le gustó. Cuando se dio cuenta, había algo húmedo serpenteando dentro de su boca. Recordaba la sensación de intrusión, pero también el apagón en su mente y casi en su cuerpo, una sensación como ninguna otra anterior, y una pequeña humedad descarada que crecía entre sus piernas.
Recordó. Pensó en todo aquello cuando tenía el rostro de la chica vendada ante ella, su boca esperando…

– El número diez… -murmuraron.

Pensó en aquello, en cómo sería para ella el beso perfecto. Pensó en ello y se dijo:

<<¡¿Qué coño…?!>>

Y la besó.

Esta vez era ella quien besaba, quien elegía cómo se hacían las cosas. Esta vez sí le gustó.
Se oyeron en la sala aplausos, quedos pero sinceros, y algún gemido.
Justo en el momento del beso, el flash de una cámara de fotos inundó la estancia. Se oyó la puerta abrirse y cerrarse de nuevo.
La chica vendada no dijo nada, pero su sonrisa decía algo bueno. “Miraba” al suelo, como pensativa. Maravillas la vio pasarse la punta de la lengua por los labios.

– ¡Bueno,tía, esto ya está! -dijo una- El trato eran diez besos. ¡No quieras abusar!
– Eso. Ahora tienes que dar el veredicto.

Maravillas buscaba a su alrededor alguna pista de quién había sido la fotógrafa furtiva, pero era evidente que ya había desaparecido.
La venda le fue retirada a la chica de los besos. Todas en corro a su alrededor esperaban un número de sus labios. Maravillas temblaba pensando en la foto. Tenía que irse de allí enseguida.

– Bueno… -dijo la chica de la venda- La verdad es que es muy difícil, como siempre se dice en estos casos. Todos los besos han sido muy buenos, y algunos hasta me han puesto cachonda…
Las mujeres jalearon. Alguna atrevida incluso la llamó “guarra”.
– … Pero si tengo que elegir uno, creo que ya lo he decidido. El que más me ha gustado, por su sencillez, por su ternura… en fin, por lo que me ha hecho sentir, es el número…

Imitaron un redoble de tambor, taconearon y golpearon una mesilla con los nudillos.

– ¡Diez!

No sabía por qué, pero se lo imaginaba. Aquella noche todas las cosas raras parecían tenerla como centro geométrico.
Todas vitorearon y aplaudieron. La abrazaban, le daban la enhorabuena, y se daban codazos entre sí, insinuando quién sabe qué, quizá que algo podía ocurrir más adelante entre besadora y besada.

Como pudo, Maravillas se fue despidiendo de todas. Salió de la habitación para buscar a la fotógrafa.
La chica de los besos y su amiga del pasillo aparecieron por detrás, agarrándose una a cada brazo. Parecían muy interesadas en profundizar aquella amistad.

– ¿A dónde vas? -dijo la chica de los besos- Eres la ganadora, ¿es que no lo sabes?
– Sí, pero, en serio, tengo que irme. Tengo…
– No te puedes ir ahora, muchacha -dijo la chica del pasillo-. Como ganadora, tienes derecho a participar en algo muy especial.
– Algo privado. Sólo para amigas.
– Es un secreto… -susurró.
– Seguro que es muy interesante, pero lo siento mucho, me ha surgido algo que debo arreglar enseguida…
– Claro -dijo la chica de los besos-. Tranquila. Yo sé lo que sucede.
– Ah, ¿sí? -dijo Maravillas. Y pensó <<Permíteme que lo dude>>.
– Claro. No hay prisa. Te vamos a ayudar. Síguenos.

Y las tres, cogidas del brazo, subieron unas anchas escaleras. En el piso de arriba esperaba un premio privado.

20/9/02

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