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Dama de compañía

Me había separado y decidí contratar una mujer para los quehaceres domésticos y que además me hiciese compañía en mi soledad.

Puse un aviso en el diario y recibí a varias postulantes. La quería sin compromiso y con cama adentro. La paga era buena y en realidad el trabajo era llevadero. Yo estaba ocho horas en la oficina y disponía de todo el tiempo para mantener la casa limpia y cocinar a mi regreso. Dos mujeres solas y ordenada como era yo no le proporcionaba mayor trabajo.

Me decidí por una morocha de pelo renegrido, ojos oscuros de mirada chispeante, y cuerpo armonioso. Me pareció inteligente y de muy buen humor. Me gustó de entrada y había algo en ella que me atraía. Tenía una voz sensual y me insinuó que era experta en masajes de distintos tipos y si quería podía comprobarlo. Había sido masajista en su ciudad natal en Santiago del Estero, hasta que decidió trasladarse a Buenos Aires a probar fortuna. Todo su cuerpo irradiaba sensualidad. Me explicó que mi propuesta le convenía pues tendría albergue y si no me oponía sin descuidar sus obligaciones podría tomar algunas clientas para redondear su mensualidad. Me pareció correcto y acepté, no sin hacerle saber que primero estaban sus obligaciones y mis órdenes.

Con una sonrisa me dijo que le encantaría ser sometida a mis deseos por más caprichosos que fueran. Sus palabras me intrigaron y sin saber porqué me excitaron.

Ya instalada en casa, la relación entre las dos marchó sobre rieles. Estaba atenta a todas las cosas de la casa. Me preparaba el baño para cuando llegaba del trabajo. La comida estaba lista y cuidaba de mi dieta. No tenía quejas. Pasamos a ser compinches y confidentes. Veía a Lucía, más como una amiga que como a una empleada a pesar de que conservaba su lugar y me esperaba con el uniforme impecable para disponerse a complacerme y atenderme como una geisha.

Me sentía contenida y sentí que la relación se hacía cada día más placentera e intensa, mucho más que la que viví con mi ex esposo. Me comprendía y me prodigaba ternura en cada uno de sus actos. Me planteé cual era mi sentimiento hacia ella. ¿Era normal, y echaba por tierra mis prejuicios sobre el amor por una mujer?. No me atrevía a expresárselo hasta que Lucía allanó mis dudas y pensamientos.

Una noche mientras tomaba un baño de inmersión, y con los ojos cerrados fantaseaba con una relación sexual acariciándome la vulva, Lucía se acercó por detrás sin que me percatase de su presencia y sin decir una palabra, comenzó a masajear mi cuello y mis hombros. Dí un respingo, y cuando me iba a incorporar, llevó el dedo índice a su boca y me pidió que continuase. “Es normal”. “Disfruta y goza”. “Me deseas igual que yo a ti”.

Me deje llevar por su voz y mis instintos. Estaba hermosa con su lencería erótica que resaltaba sus formas firmes y generosas. Sus manos se posaron en mis senos voluminosos y besó mis pezones oscuros y lánguidos que se endurecieron a medida que los lamía y mordisqueaba. Me incorporé y en la medida que descubría sus tétas, le susurré que era la primera vez que amaba a una mujer. La llené de besos y caricias. Su piel tersa y suave me fascinaba. Le pedí que me enseñara a darle placer. “Ya me lo estás dando”. “Marta, yo también te amo y te deseo”, me dijo en un hilo de voz. “Aprenderemos juntas”.

Me secó con una delicadeza única y luego tomadas de la mano nos dirigimos al dormitorio. Todo era sensualidad y erotismo.

Lucía se desnudó totalmente mientras yo dejé caer la salida de baño al suelo. Nos abrazamos y sentí la calidez de su cuerpo que se apretó al mío. Jugamos con nuestros senos acariciándonos con nuestros pezones que descargaron sobre mi cuerpo oleadas de electricidad que me sumieron en un estado de excitación inimaginable. Nuestras lenguas se fundieron en un intercambio de saliva proponiendo más. Nos dejamos caer en la cama y mis manos no dejaron de acariciarla y explorar sus zonas erógenas. Lucía hizo lo mismo conmigo. Su boca se ocupó de mis senos y mientras yo cerré mis ojos en un estado de éxtasis y me dejé llevar aflojando mi cuerpo, Lucía deslizó su boca y su lengua hasta detenerse en mi ombligo. De allí continuó bajando. Abrí mis piernas invitándola a ocuparse de mi vulva sedienta de amor. Fue su lengua cálida que me embriagó e hizo que fluyeran de mi interior oleadas de pringosos jugos que se ocupó de sorber. Mi clítoris recibió un sabio tratamiento con las chupadas y mordisco de Lucía hasta que un espasmo de mi vientre y un endurecimiento de mis piernas preanunciaron un orgasmo maravilloso. Fue fantástico, había gozado como nunca antes. Una experiencia diferente que me iniciaba en una vida sexual que por lo placentera nunca imaginé.

No me quedé allí y entonces fui yo la que me ocupé de Lucía. Repetí una a una las caricias y los besos que ella me había proporcionado. Las expresiones de placer, los jadeos y gemidos me demostraron que Lucía gozaba intensamente y el advenimiento de su orgasmo, al observar fluir sus jugos de su concha abierta y enrojecida por las caricias, me pusieron a mil. Luego nos pusimos en 69 besando nuestras vulvas y sorbiendo nuestros jugos hasta la última gota. Era maravilloso escuchar las expresiones de amor y la entrega total de esa mujer madura sedienta de placer. Yo no quería ser menos, me ofrecía y le daba lo mejor de mí.

Luego nos ingeniamos entrelazando las piernas para poner nuestras vulvas en contacto y comenzar con un juego de vaivén que culminó con un orgasmo conjunto ruidoso entre expresiones de amor y placer. Tenía a mi alcance sus pies y los dedos y sin saber porque no pude evitar la tentación de besarlos y chuparlos uno por uno. Lucía se revolvió de placer al sentir la caricia y con un hilo de voz me expresó. “Como sabías que me enloquece sentir esta cosquilla, soy tu esclava para siempre”. Terminamos abrazadas prometiéndonos vivir y gozar juntas ya que ningún hombre podía separarnos ni darnos el placer que habíamos disfrutado en esa noche inolvidable.

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