Una “femme” en verdad “fatal”

Esto sucedió hace algunos años cuando me anoté por primera vez en un gimnasio. Yo no tenía un mal cuerpo, pero quería modelarlo mejor, motivado por las vacaciones que todos los años pasaba con mis amigos en la playa.
Fue en ese lugar donde conocí a la mujer que haría cambiar mi opinión sobre el “sexo débil”.
Recuerdo que la veía con frecuencia haciendo algún ejercicio, pero no me llamaba la atención. Vestida siempre con un jogging holgado y un amplio buzo, era para mí una chica más. Pero esa imagen que tenía de ella cambió para siempre desde el día en que conocí su particular habilidad.
Una tarde cualquiera, cuando llegué al gimnasio a la hora acostumbrada, me sorprendió que no hubiera nadie haciendo ejercicios, aunque se escuchaba, sin embargo, un fuerte griterío que venía desde la cancha de basquet. Fuí entonces hacia allá para investigar lo que pasaba y, grande fué mi sorpresa al ver la escena que se presentaba ante mis ojos,
En el centro de la cancha, rodeados por un círculo de gente que gritaba y alentaba, había un hombre peleando con una mujer. Al principio no la reconocí, pero al acercarme más, ví que era ella. Llevaba puesta una ajustada bikini, que dejaba ver plenamente su espléndido cuerpo. Sus piernas eran gruesas y fuertes, de muslos bien torneados y poderosos. Tenía una cintura perfecta, con un abdomen liso y duro como una roca, que hacía exquisito contraste con sus grandes pechos, firmes y redondos, que se alzaban desafiantes en el amplio tórax. Sus brazos mostraban cada uno de los músculos, y estaban coronados por redondos y prominentes hombros. Su cuerpo era en verdad intimidante, y expresaba de una forma casi agresiva su fuerza y solidez, pero sin dejar por eso de ser claramente femenino.
Pero toda esa masa de músculos no era puramente estética. Usados con destreza y precisión, formaban un poderoso instrumento de castigo, como lo estaba comprobando el pobre sujeto que a ella se enfrentaba.
Tirado en el piso boca arriba, tenía alrededor de su cabeza las piernas de la mujer que, sentada sobre su pecho, la oprimía ferozmente. El hombre, cuyo sufrimiento era evidente, suplicaba que se detuviera pero ella, mostrando una sonrisa maliciosa, aflojaba la presión levemente hasta que el infeliz pensara que el tormento había terminado, y en ese momento, volvía a apretar con renovada fuerza.
Repitió este castigo varias veces hasta que se aburrió. Puso entonces al hombre boca abajo, se sentó sobre su espalda y, tomándolo por la barbilla, comenzó a doblar su cuerpo hacia atrás, en una posición por demas forzada y dolorosa. Lo mantuvo varios minutos sometido a esa agonía, mientras escuchaba complacida las súplicas del hombre, que no sabía como quitarse de encima a esa mujer que parecía querer quebrarle la columna. Pero ella dominaba totalmente la situación, así que lo soltó cuando estuvo hastiada de sus lamentos; y viendo que lo había dejado casi rendido, decidió finalizar el combate. Pero quería hacerlo de una forma espectacular, de modo que, parándose, se alejó unos metros hacia atrás del hombre y esperó a que tratara de incorporarse. Cuando éste, medio aturdido, comenzó a despegar su pecho del piso, la mujer saltó y, dando una voltereta en el aire, cayó sentada sobre la nuca del infeliz, que dió con su cara contra el suelo y quedó tirado allí, inconsciente.
Todos aplaudían y gritaban, menos yo, que estaba como atontado. Me sorprendió ver tal potencia y destreza, especialmente en una mujer, pero lo que más me impresionó, fué la excitación que me había producido la forma evidente en que ella disfrutaba dándole al hombre semejante castigo. Me encontraba transpirado, un leve temblor recorría todo mi cuerpo y mi miembro estaba indisimulablemente duro. Quizá fué esto lo que hizo que ella reparara en mí, porque cuando se iba, noté que me miraba de reojo y me sonreía pícaramente.
A partir de ese momento, empecé a ir al gimnasio en los días y horarios en que podría encontrarla. La veía haciendo sus rutinas o charlando con otras personas, y a veces nos cruzábamos en los pasillos, pero nunca reparaba en mí ni me daba oportunidad de hablarle. Pasó el tiempo y comencé a pensar que me había equivocado, cuando un día sucedió lo inesperado.
Era casi la hora de cierre y ya no quedaba nadie. Yo estaba terminando mi rutina de pectorales, recostado boca arriba en el banco cuando, al dejar la barra en el soporte posterior, la ví junto a mí. No sé como llegó, pero cuando me dí cuenta ya estaba encima mío. Parada, con una pierna a cada lado de mi cuerpo, se había puesto a la altura de mi pecho y me miraba con toda tranquilidad. Mi cara estaba a diez centímetros de su pelvis y, si bien no me estaba tocando, me sentía como debajo de una montaña. Estuvo así mirándome unos segundos hasta que, sin darse vuelta y sin dejar de mirarme fijamente, extendió uno de sus brazos hacia atrás y metiendo su mano por debajo de mi pantalón, tomó con firmeza mi miembro, que estaba ya duro, y lo retorció fuertemente como si se tratara de una rama que quisiera partir. Quise gritar por el dolor, pero me contuve, y entonces me dijo:
ñMe parece que te gustan las mujeres fuertes.
ñNo lo sé -le respondí- pero vos me volvés loco.
ñ¿Te gustaría tener un encuentro conmigo? -me preguntó
ñCreo que sí, pero no se nada de lucha y no quiero salir lastimado. Vi lo que le hiciste a ese tipo el otro día.
ñNo te preocupes, -dijo-, ese era un idiota con el que tenía un asunto que arreglar. Yo nunca lastimo a mis hombres, sinó después, no me sirven más. Si te animás, te esperro.
Me dió entonces un papel con su dirección y, tan rápido como vino, desapareció.

Esa noche fuí a su casa. Cuando llegué, me hizo pasar al living para tomar unas copas. Llevaba puesto un vestido negro ajustado, que mostraba las curvas de su firme y hermoso cuerpo. El pelo moreno, largo hasta los hombros, enmarcaba su bello rostro, de serenos ojos claros y labios sensuales.
Sentados en un sofá, charlamos de cualquier cosa y escuchamos algo de música. Debo confesar que yo estaba un poco confundió, porque esto parecía una cita común y corriente y, no sé por que, esperaba otra cosa. Pero de pronto, y sin ningún motivo aparente, se levantó y yendo hasta un mueble cercano, sacó una ajustada malla de hombre y me la dió. No dijo nada, pero su gesto fue elocuente. Me dirigió una sonrisa cómplice y, con un leve movimiento de la cabeza me señaló la escalera que había en aquella habitación, por la que subió rápidamente y desapareció. A los pocos minutos, cuando estaba terminando de cambiarme, oí su voz desde el piso superior que me decía: -¿Y, vas a venir o tengo que bajar a buscarte?.
Excitado, no me hice rogar y subí. Al llegar arriba vi que había, al fondo de un pasillo, una habitación iluminada. Me dirigí hacia ella y encontré, con gran sorpresa, un lugar perfectamente equipado para lo que iba a suceder. Tendría el cuarto unos 6 metros de lado, y su piso estaba recubierto totalmente por una gruesa colchoneta. A unos 50 centímetros de las paredes, había en todo el perímetro unas cuerdas de ring, sujetas a cada una de las esquinas, con el evidente propósito de evitar cualquier golpe contra los muros, y algunos espejos, hábilmente ubicados, reflejaban toda el área de lucha.
Estaba mirando todo esto cuando de repente me encontré tirado boca arriba en el suelo. Mara -ése era su nombre-, se había acercado por detrás mío, me había hecho una rápida zancadilla y tenía ahora un pié sobre mi cuello, mientras me retorcía el brazo y me decía:
ñ¿Qué te parece?, preparate porque esto recién empieza.
Se había puesto la misma bikini que llevaba aquel día en el gimnasio, y pude ver entonces de cerca cada músculo de ese formidable cuerpo que, ahora sobre mí, me tenía inmóvil.
Luego de unos instantes me soltó y dejó que me parara. Alejados unos pasos nos miramos y ella, con una leve sonrisa de superioridad, saltó rápidamente tomando mi cuello entre sus tobillos en una llave voladora que me dejó nuevamente tendido en el suelo. Algo mareado, traté de incorporarme lentamente, pero apenas pude poderme de rodillas, porque vino por detrás y tomando mi cuello bajo su axila me aplicó un asfixiante y mortal candado. Con mi cara aplastada contra su pecho, apenas veía sus ojos encendidos y una perversa sonrisa de placer. Si hubiera apretado un poco mas, me habría ahogado inevitablemente bajo su poderoso brazo, pero estaba claro que había muchas otras cosas que quería hacer conmigo, y no podía acabarme tan rápido. Así que al poco tiempo me soltó y, cuando logré recuperar el aire, me enfrenté a ella y traté de voltearla varias veces, pero sin éxito. Entonces, se alejó de mí y, dando un salto ágil y flexible, quedó sentada sobre mis hombros, con mi cara contra su abdomen. Como yo seguía de pié, se tiró hacia atrás, apretando con fuerza mi cabeza entre sus piernas y, pasando bajo las mías dimos una voltereta de increíbles resultados: yo quedé en el suelo boca arriba y ella sentada sobre mi cuello, sosteniendo mis piernas bajo sus axilas y aplastando mis brazos con sus rodillas. Sumergido así debajo de su entrepierna, apenas podía respirar, y me encontraba atrapado y torcido de tal forma que no tenía ningún movimiento posible, salvo el de mi cabeza, que estiraba como una tortuga tratando de tomar una bocanada de aire entre toda esa masa muscular que me lo impedía.
Pero ella no se conformaba con tenerme así inmovilizado. No le interesaba vencer por puntos o por cansancio. Comprendí entonces que lo que la excitaba verdaderamente era el pánico y el dolor que provocaba a su víctima. Por eso, se fue inclinando hacia adelante lentamente para aplicar la máxima tensión a mi cuerpo, que se retorcía cada vez mas, mientras ella jadeaba de gozo. Me tubo así un rato largo, disfrutando con cada gesto de mi rostro, que reflejaba el padecimiento al que estaba sometido, hasta que, de repente, me soltó. Quedé entonces tirado en el piso y mirando el techo, con todo el cuerpo dolorido. En esa condición, no pude reaccionar ante lo que estaba preparando para mí. Era una máquina incansable, y no me daba ningún respiro.
Echando mis ojos un poco hacia atrás, la ví parada sobre las cuerdas más altas en una de las esquinas del ring. Apenas tuve tiempo para darme cuenta de su intención cuando, como una ágil pantera, saltó sobre mí. Me es difícil describir todo lo que sentí en ese breve instante, que duró para mí más que un siglo. Vi a esa mujer volando por el aire con las piernas abiertas y los brazos extendidos. Ví como su cuerpo se acercaba rápidamente, agrandándose a cada instante y llenando todo mi campo visual con su tremanda masa muscular. Impotente, ví su entrepierna que venía directo hacia mi cara, tomando proporciones descomunales y sumerjiéndome en una creciene oscuridad hasta que, súbitamente, sentí el terrible impacto. El peso de su cuerpo, aumentado por la inercia del salto, me aplastó completamente y repercutió con violencia en cada uno de mis huesos.
Noté entonces que todo mi cuerpo estaba atrapado debajo del de ella, salvo mi cabeza, que quedó entre sus gruesos muslos, como encerrada entre dos altos acantilados. Yo apenas podía ver desde allí sus redondos y firmes gluteos, que se elevaban macizos frente a mis ojos, mientras esperaba aturdido que saliera de encima mío y me dejara levantar, porque pensaba ingenuamente que ese salto brutal había sido el castigo máximo.
¡Que equivocado que estaba! Descubrí allí que el verdadero castigo consistía en no darme respiro, sometiéndome incesantemente a variados y salvajes tormentos. Sentí entonces que con sus manos apretaba firmemente mis tobillos contra el suelo. Mirando luego de reojo sobre su hombro, calculó la posición exacta de mi cabeza y, sin perder un instante, cerró sus piernas musculosas y la sujetó firmemente. En ese momento comprendí su intención, pero ya era demasiado tarde. Sin escapatoria, solo podía prepararme para resistir el terrible castigo que se avecinaba. Así, lenta pero crecientemente, fué haciendo una presión sobre mi cabeza que pronto se volvió intolerable. Desesperado, yo trataba inutilmente de separar con mis manos sus implacables muslos, mientras escuchaba su excitada respiración y las exclamaciones de gozo que le provocaba mi padecimiento. Con horror, creí entonces que seguiría apretando despiadadamente mi cráneo hasta hacerlo estallar como una nuez. Pero ella sabía muy bien lo que estaba haciendo. Como pude comprobar después, ésta era una de sus prácticas preferidas y conocía perfectamente su poder y como llevar a su oponente hasta el límite. Me tuvo así un largo tiempo, y al igual que aquel día en el gimnasio, iba graduando el tormento para hacerlo mas duradero. Aflojaba cada tanto para darme algún respiro, pero volvía enseguida a apretar con mas fuerza, mientras disfrutaba mirando por sobre su hombro mi expresión de angustia, que la hacía gritar ¡¡¡Ssi, ssi, sssiiii!!! en un profundo éxtasis.
Cuando decidió que era suficiente me soltó y se fue a un rincón a descansar. Yo había quedado casi inconsciente pero podía verla sentada sobre las cuerdas, excitada y jadeante.

A los pocos minutos, hechándome un balde de agua sobre la cara me reanimó y me dijo:
-¿Te animás al segundo round?.
Yo lo dudé un poco, porque había recibido un castigo sin igual y estaba todo dolorido, pero sin embargo sentía un extraño placer que me excitaba y además, debía dejar limpio mi honor. Me paré entonces y le hice frente, esperando tener esta vez mejor suerte.
Pero éste no era un asunto de suerte sinó de experiencia, y yo no la tenía.
Con dos rápidos saltos se puso a mi espalda y, tomándome por la cintura me levantó del piso para apretarme entre sus brazos de acero, oprimiendo todas mis costillas y dejándome sin aire; pero pronto me soltó y caí parado otra vez. Saltó entonces ágilmente sobre mis hombros con un impulso tal que me hizo caer de boca contra el piso, con ella sentada en mi cabeza y aplastando mi cara en la lona. Se quedó un rato así, haciendo presión con todo su cuerpo sobre mi cráneo, como queriendo triturarlo contra el suelo. Oprimido por esos gluteos de acero, yo sentía mi cabeza a punto de reventar, pero cuando estaba ya casi por desmayarme, Mara se levantó y, rápidamente, se arrodilló sobre mis tobillos, me tomó de las muñecas y se hechó hacia atrás todo lo que pudo, doblando mi espalda como una banana y estirando hasta la última fibra de mi cuerpo. Cuando comprobó que me había llevado al máximo límite de tensión, se mantuvo así por un tiempo hasta que repentinamente me soltó, con lo que, reaccionando como un resorte, dí de bruces otra vez contra la lona.
En esa posición, traté de incorporarme, pero ella, rápida e implacable, cayó con una rodilla sobre mi nuca y tomando uno de mis brazos por la muñeca, lo llevó hacia atrás retorciéndolo como a un trapo mojado. Se paró luego ágilmente, y sin soltarme la muñeca me dió un fuerte tirón que me dejó sentado en el piso como un niño, totalmente desorientado.
Sus gruesas piernas musculosas, combinadas con sus fuertes brazos, podían formar una potente máquina letal, como comprobé en ese momento, porque decidió usarla en contra mio. Sentándose entonces en el piso a mi espalda, me rodeó la cintura con sus muslos y, pasando sus brazos por debajo de los míos unió sus manos en mi nuca, dejándome totalmente inmovilizado. Y sujetándome así firmemente, comenzó a comprimir todo mi cuerpo con cada uno de sus músculos, como una poderosa serpiente que rodeándome por completo quisiera romper todos mis huesos.
Yo sentía en mi cintura la brutal presión de sus piernas, que la ceñían despiadadamente en una mortal tijera, mientras el candado de acero que sujetaba mi torso me mantenía impotente e inmóvil. Mara dominaba totalmente la situación, jugando conmigo como si fuera un simple muñeco.
A veces se echaba de espaldas contra el suelo, con lo que mi cuerpo quedaba en el aire doblado como un arco y con mi cintura a punto de partirse entre sus poderosas piernas, y a veces, girando ágilmente, se colocaba encima mío, aplastándome bajo todo el peso de su macizo cuerpo, oprimiendo mi cara firmemente contra el suelo y estrechabando incansablemente la feroz tijera con la que estrujaba mi cintura.
Me sofocaba así casi hasta la asfixia o sentía que se me iba a partir la cintura; quedaba encima de ella, moviéndome ridículamente en el aire, o quedaba debajo, aplastado como un felpudo.
Mara parecía disfrutar enormemente sometiéndome a este castigo, que duró un tiempo para mí interminable durante el cual solo se oía el sonido angustioso de mi respiración, mezclado con las exclamaciones de ella, que gemía, gritaba o me decía, con voz entrecortada por la excitación y el esfuerzo: ¿Que te parece si aprieto un poco mas y te parto como a una rama?, ¿Te rendís o querés que siga hasta aplastarte? o me amenazaba: ¡Te voy a exprimir como a un limón! ¡Te voy a dejar hecho una bolsa de huesos rotos!

Y seguimos luchando así toda la noche. Yo había aprendido ya algunas cosas y a veces le oponía resistencia, pero solo lograba recibir palizas mayores.
Me sometió a todo tipo de llaves y tomas, saltó sobre mí como si fuera una colchoneta y me apretó y estrujó cuanto quiso. Pero debo decir que sabía lo que hacía porque nunca me lastimó. Quedé dolorido y lleno de moretones, pero a los pocos días estaba listo para repetir de nuevo la experiencia, porque lo cierto es que, si bién había llevado las de perder, por alguna extraña razón yo también lo había disfrutado.

Epílogo

Esa noche, cuando terminamos (quizás sea mas preciso decir cuando ella terminó conmigo) me dijo, con un pie puesto sobre mi pecho:
-Te portaste bien, no pensé que ibas a soportar tanto.
Yo, tirado en el piso y convertido casi en un despojo, le respondí con un hilo de voz:
-Apenas me levante, te voy a hacer carne picada.
Ella se rió con ganas y, agachándose un poco me dijo:
-Creo que te merecés un premio.
Tomándome entonces por la cintura, me puso sobre su hombro y me llevó hasta su habitación, donde me arrojó de espaldas sobre una amplia cama. Se subió luego sobre mí y comenzó así otro round, pero en esta ocasión, de naturaleza muy distinta.
No sé de donde saqué las fuerzas, pero me alegra decir que finalmente pude lucir mis habilidades hasta que, totalmente exhaustos y llenos de un indescriptible placer, nos sorprendió la mañana.

Muchas veces repetimos después nuestros encuentros. Ella me enseño lo que sabía y yo pude enfrentarla mejor, aunque terminaban casi siempre con una aplastante victoria de esa mujer de incomparable fuerza y destreza.
Pero debo abandonar aquí mi relato porque, sigilosamente y por sorpresa, mi bella dama acaba de aplicarme una llave en el cuello que me está sofocando. Creo que está por comenzar un nuevo
combate, y no me lo quiero perder….

Lumix

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