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La travesía

Necesitaban un médico y un ayudante para embarcarse en un buque carguero que llevada mercadería a China. La duración del viaje, era de un mes. La paga era muy buena y la fecha coincidía con mi período de vacaciones. Como mujer tenía pocas expectativas, pero de todas maneras me inscribí.

Para mi sorpresa recibí una respuesta afirmativa. No debían tener otros postulantes, pues cuando me presenté a la entrevista me sugirieron que yo buscara un ayudante de mi confianza, y desde ya lo aceptaban.

Se presentaba una magnífica oportunidad de conocer el Oriente, pues de otra manera no sabía si alguna vez podría llegar a esas tierras tan lejanas. Me llevaron a ver el barco fondeado en la Dársena Norte y conocer el camarote y la sala de enfermería que dicho sea de paso estaba bastante bien equipada para una emergencia, y me solicitaron que les hiciese el pedido de lo que faltaba.

El camarote era amplio y confortable con una cama grande y otra más pequeña, un escritorio y una computadora. Poseía aire acondicionado y un baño completo, todo muy bien decorado. Me encantó y entusiasmada como estaba, luego de consultarlo con el capitán, que me alentó, la llamé a mi amiga a Entre Ríos. Según ël era mejor que una mujer me hiciese compañía, y no fuera la única a bordo.

Maruja era profesora en su ciudad, gozaba de prestigio y llevaba una vida rutinaria y solo yo conocía sus preferencias adormecidas por un matrimonio que no le brindaba la posibilidad de satisfacer sus deseos. Le produjo una gran alegría mi propuesta para conocer esos países exóticos, pero me pidió dos días para convencer a su familia y responderme.

Estuve ansiosa esperando su respuesta, y cuando lo hizo afirmativamente me llenó de alegría. Tendríamos un mes juntas para gozar de nuestra intimidad y revelarnos nuestros secretos y fantasías que compartíamos desde hacía tiempo a través del correo electrónico.

Nuestras familias nos fueron a despedir, deseándonos una travesía sin inconvenientes y la hija de Maruja nos regalo una cámara fotográfica digital para “inmortalizar”, nuestro viaje. La despedida fue emotiva y nos prometimos comunicarnos cada vez que pudiésemos.

El capitán nos presentó a la tripulación compuesta por 20 hombres en total y finalmente nos instalamos en el camarote que me habían asignado. Decidimos dormir juntas pues disponíamos de comodidades y la cama era lo suficientemente amplia como para compartirla. Las dos estábamos nerviosas, era como una luna de miel y según me confesó la había soñado y fantaseado desde el primer día en que nos comunicamos. Luego de acomodar nuestros equipajes, por primera vez nos besamos. Fue un beso dulce y profundo intercambiando caricias y cuando se desvistió para bañarse la observé desnuda por primera vez. Su piel blanca y su cuerpo maduro y armonioso la hacían aún deseable para cualquier hombre o mujer. El pelo rubio recogido y sus ojos almendrados, despertaron en mi una excitación creciente y sin poderme contener me desvestí y comencé a disfrutarla. Maruja me pidió que la esperase en la cama y luego de una ducha ligera, apareció desnuda. Todo su cuerpo irradiaba sensualidad. De pie, abierta de piernas, con las manos en jarra en una actitud entre desafiante y sumisa, era una invitación a poseerla. La deseaba

Poseía un par de tetas grandes rematadas por pezones oscuros y lánguidos que ante mis besos y mordiscos suaves se endurecieron revelando su calentura creciente. Nuestros senos se frotaban, arrancando expresiones de placer. Su boca hizo de las suyas con mis tétas, hasta que luego de cerrar con llave el camarote nos dejamos caer en la cama. Maruja se recostó de espaldas y yo, de rodillas entre sus piernas, besé su ombligo y descendí por la pelvis acariciando con mi lengua su pelvis plana y sus rizos rubios cuidadosamente depilados. Finalmente abrió sus piernas invitándome a darle placer y gozar de su generosa vulva. El clítoris endurecido a medida que mi lengua y mis dientes se ocupaban de él, semejaba un pene, y cuando mis dedos separaron los labios, pude ver el lechoso jugo que lubricaba la entrada de la vagina. Sus jadeos y los gemidos contenidos eran la expresión incontenible de su placer al recibir las caricias, que culminó en un orgasmo ruidoso, cuando me apretó con sus piernas y tomó mi cabeza proyectándola contra su concha como instigándome a comérsela.

Luego fue mi turno. //Que lujuria, que placer//. Repitió paso a paso todas y cada una de las caricias que le había prodigado, incluso lamiendo no solo mi concha sino dilatándome el ano con sabiduría. El orgasmo fue múltiple y fenomenal. Gocé como hacía mucho no me sucedía. Finalmente nos cogimos utilizando consoladores que había llevado en mi equipaje previendo lo que sucedería y contemplando las fantasías de Maruja que deseaba una orgía donde varios hombres la cogieran a la vez.

Nos dormimos abrazadas entre el ruido de las máquinas del barco y el suave movimiento del carguero al mecerse sobre las aguas del océano.

Munjol hjlmmo@ubbi.com

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