La competencia

Le iba a curar todos los vicios a esa pendeja. Todo el día me estuvo buscando, la muy puta. Tenía un cuerpo infernal y dieciséis años. Los tipos la miraban y se babeaban. A mí casi no me daban bola. A mí, que en todo el viaje hasta esa estancia se me habían estado tirando encima.
Ahora se pajeaban por la pendeja., que andaba por ahí mostrando el culo, embutido en la pollerita berreta de las sirvientas de ese antro. Tengo veintiocho años y me hacian sentir como una vieja.

¡Un día de campo perfecto, el mío!, con una perra puta que me desafiaba.
Era la hora de la siesta y no había un alma levantado. Solo yo estaba bajo una sombrilla al lado de la pileta.
Llamé a la pendejita y le pedí una bebida. Tardó en traerla y me la sirvió de mala manera.

No me gusta que una turrita provinciana se quiera pasar de viva conmigo.
– Nenita, ¿Por qué no atendés bien a la gente, en vez de andar mostrando el culo, eh?
– Yo muestro el culo y muestro las tetas porque a mí se me canta y porque tengo para mostrar.
– ¡No me faltés el respeto, borrega, porque…!
– ¿Querés comparar?
– ¿Qué?
– ¿Queres ver quien tiene mejor culo y mejor tetas?
Me tomó por sorpresa y no supe que decir. Ella continuó.
– Hay un lugar donde no molesta nadie a esta hora.

Sin una palabra, me levanté de mi reposera. Ella echó a andar y yo la seguí hasta un sulky. Enganchó el caballo y subimos.

Condujo hasta un galpón que quedaba como a dos kilómetros de la casa principal. Parece que ahí guardaban forraje. El piso estaba cubierto de pasto seco. El techo era de chapa y hacía un terrible calor.
– Bueno, – Dijo la putita. – acá no molesta nadie. ¿Te muestro las tetas?
– Si querés pasar mucha vergüenza…
– Vergüenza vas a pasar vos….
Se sacó la remera y exhibió un par de tetas tremendas. Eran llenas, firmes, redondeabas y estaban bien paradas. La piel le brillaba por el calor y no se veía una marca, una imperfección. Los pezones eran grandes, rosados y puntiagudos. Mis tetas se pusieron bien duras y me saqué la blusa en un movimiento. Lo mío es también de la mejor calidad. A mí me han chupado las tetas hasta ahogarse y ahí están, tan fuertes y paradas como las de una pendeja, y me he agarrado de los pelos con las mejores perras para defender lo mío. Hice aullar de dolor a unas cuantas que me provocaron.

Ella se acarició los pechos, exhibiéndolos con deleite. Eran instrumentos mortíferos y de una belleza insultante. Una belleza que había que curar a cachetazos, si era necesario.

– Para ser una vieja están pasables. – Me dijo, pero se le notaba la envidia.
– Dentro de un par de años, cuando estés gorda como una vaca, no vas a tener tetas, vas a tener ubres.
– Dentro de unos años yo voy a estar más fuerte y a vos ya te habrá comido la celulitis.
– En tu culo tendrás celulitis.
– ¿Querés ver?
– Vos vas ver un culo…
La idea de andar exhibiéndome y compitiendo con esa atorranta me calentaba tremendamente. Quería arañarle las tetas. Nos sacamos el resto de la ropa mientras nos cruzábamos miradas filosas como cuchillos y calientes como carbón al rojo. Nos mostramos culos, piernas y cinturas. Aún desnuda, tenía muchísimo calor.

– ¿Querés ver quien tiene tetas más duras? – Me preguntó
– Dale.
Nada mejor me podía pedir. Tenía ganas de darle una buena refregada. La putita se acercó y se me puso tetas contra tetas. Era un poco más baja que yo, pero se paró en punta de pies para que nuestros pezones hicieran contacto. Fue como recibir una dulce descarga que, desde las tetas, inundó todo mi cuerpo. Quedamos así mirándonos fijamente, sin pestañear casi. El sudor me bajaba por el cuello, seguía entre las tetas y se me escurría hasta los muslos. Mi concha era un horno. La pendeja olía dulce y salvaje. Un animalito que me provocaba. Luego yo puse las manos a ambos lados de su cadera. Ella me imitó. Empezamos a refregarnos los pechos, pinchándonos con los pezones, probándonos. ¡Que hermoso!. Primero nos frotamos lenta y sensualmente, pero luego fuimos haciéndolo cada vez más rápido hasta que, en vez de acariciarnos, nos raspábamos y así seguimos hasta que empezamos a darnos tetazos. Eran fuertes topetazos, hembra caliente contra hembra caliente, mientras nos clavábamos las uñas en la espalda. Excitada y furiosa, la agarré de los pelos y la tiré al piso.

Ahí empezó la batalla.

Nos revolcamos, hechas un amasijo frenético de carne caliente y transpirada. Me quiso morder una teta y le di una cachetada para que supiera quien era yo. Ella me la devolvió y eso me puso loca. Soy más mujer que cualquiera. A mí no hay pendeja que me pegue. Nos sacudimos a golpes y mordidas, gritando y puteando.

La atorrantita tenía un cuerpo fuerte y peleaba como una gata. Quería domarla y hacerla comer de mi mano y que me chupara la concha y me pidiera perdón y me volviera a lamer la concha con dulzura y adoración. Quería que admitiera que era una pendejita ignorante de mierda y que yo era más hembra y más hermosa que ella y que me suplicara que le comiera las tetas. Quería que llorara de deseo y que se comiera los mocos y que me regalara la conchita para que yo hiciera allí mi voluntad. Quería que se me entregara para siempre.

Nos dábamos sin asco, calientes, mojadas y enfurecidas. Dos cuerpos deliciosos e igualmente potentes, que explotaban y se repelían y se atraían.

Me le puse encima, sentada en su concha, le agarré los brazos y empece a morderle esas soberbias tetas de hembra joven. Ella se debatía y gemía y eso me calentaba más y más. La carita se le contraía en muecas de furia salvaje.

Creí que ya la tenía pero me confié demasiado y ella aprovechó para soltarse, tirarme de espaldas y retorcerme la teta izquierda con una mano y hurgarme salvajemente la concha con la otra.

– ¿Te gusta, vieja puta? – Me dijo.
– ¡ Soltame, puta!
– Tené, tené…
– ¡Aaaahhhh!
– ¡Aaaauuuuuyyy!

Había conseguido agarrarla del pelo y por eso la perra gritaba como loca. Le tiré del pelo hasta que me soltó. Entonces la dejé y me arrodillé. Ella hizo lo mismo. Quedamos frente a frente jadeando. Ella lucía salvaje y enrojecida.

– ¿Más teta? – Le dije.
Por respuesta, se puso en pie. Yo la imité y nos abrazamos y empezamos a tetearnos violentamente. Nos agarramos los pelos a la altura de la nuca y seguimos chocándonos las tetas. Finalmente, nos trabamos en un fuerte abrazo que nos dejo pegadas. Le metí mi muslo en su entrepierna y ella me devolvió la atención. Seguíamos tirándonos los pelos.

– Aahh, puta, que buenooo…
– Si, siii…
– Te doy, te doyyy…
– Aaaahhh aaaaaahhhh…
– Siiiii….
– Aaaaahhhh…
– Teneee…
– Vooos, vos…
– Guachaaa…
– Noo, aaaahhhh…
– ¡Soltameeee…!

Nos soltamos solo para volvernos a tirar una contra a otra y caer al pasto.

Desparramadas en el piso, cambiamos golpes, arañazos y patadas.
– Teneeé…
– Aaaaayyyy…
– ¡El pelo nooo…!
– ¿Ah, no?
– Aaaauuuuhhhh…
– ¿Ah, no?…
– Turraaa…
– Putademierda…
– Forraputaaaa….

Era algo salvaje y excitante el probarse con una hembra tan joven. Le agarré la concha húmeda y me tragué una de sus tetas. La nenita abrió bien grande las patitas y mi mano se enterró en su agujero. Le solté la teta y me fui de cara a su cachucha sin sacarle la mano. Le chupé el clítoris y ella me respondió aferrándose de mi cabello. Era una chiquita muy desobediente. Saqué los dedos de ese agujero y se los metí en el otro. Me tironéo más fuerte. Forcejamos un rato y nos soltamos.

De vuelta nos arrodillamos frente a frente, midiéndonos y lamiéndonos las heridas. La bebita se veía deliciosa, con la carita enrojecida, el pelo enmarañado y el cuerpo todo bañado en transpiración. Le chorreaba el flujo. Estaba a punto. No podía esperar más. Tenía que comérmela.

– Dame la concha, guachita, dámela. – Le dije.
– No…
– Dámela…es mía
– No…
– Dámela…la quiero ya.
– ¿Y vos que me vas a dar?
– Toda mi concha es para vos.
– ¿Toda?
– Toda.
– ¿Te la voy a poder chupar?
– Claro…toda me la vas a poder chupar. Pero me tenés que dar la tuya.
– Te quiero chupar las tetas….
– Si, mi nena si…
– No soy tu nena…
– Si, bebe, sos mi nena. Mirá como me pongo por vos. mirá que mojada que tengo la cachuchita. Mirá como tengo paradas las tetitas…¿Sabés como te voy a dar con mi lengüita?
– ¿Estás muy mojada?
– Si, mi chiquitita. Mirá, mirá mi juguito. ¿Ves como lo saco de la conchita?. Mirá como me lo refrego por las tetas. Vení, entrégame todo…
– Yo también estoy muy caliente…mirá…
– Vení…
– ¿Y me vas a chupar toda?
– Toda…
– ¿Me vas a sacar las ganas?
– Todas…te voy a dejar como a una nena buena con ganas de dormir.
– ¿A ver como me lo vas a hacer?
– Siii…

La nena vino a mi encuentro, muy obediente y llena de deseo. Por fin se me entregaba esa cosita deliciosa. Nos abrazamos y nuestras lenguas se encontraron en un chupón deliciosamente largo y profundo. Nos acostamos y recorrimos nuestros cuerpos con adorable lentitud. La chupé y acaricié toda y la recorrí y la comí y la tuve toda, toda, nada más que para mí. Nos dimos los más exquisitos placeres. Nos tuvimos y nos penetramos una y otra vez.
– Mi amor…
– Sí, siiii…
– Dale, asiiiií….
– Como me gusta, aaaaahhhh…
– Aaaaaahhhhhh……
– Aaaaaaahhhhhh….

No hay mejor final para una lucha de hembras, que un empate con premio.

(c) Tauro, 2000

Si querés decirme algo, mandame un mail: tauro_ar_2000@yahoo.com

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