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El desván / Día 1

Las dos primas subieron corriendo las escaleras al desván. Virginia abrió la ventana y ambas se asomaron. Con la mejor de sus sonrisas dijeron adiós con la mano a los padres de Virginia, tíos de Estela a su vez.

Todas las instrucciones estaban dadas, todos los consejos, lo que debían y no debían hacer, cómo sobrevivir al hambre aquellos tres días, cuándo y cómo abrir y cerrar el gas, el agua, las puertas, los cerrojos, las ventanas, cómo mantener la casa en orden y limpia.

Todos los besos de despedida estaban dados, todos los consejos, todos los números de teléfono a los que debían llamar en caso de emergencia, pues, exageración paternal o no, nunca se puede dejar a dos chicas tan jóvenes solas en una casa y quedarse uno tranquilo…

Sólo faltaba que aquel coche desapareciera de su vista, a lo lejos, con sus padres dentro, dispuestos a divertirse y, quizá a cerrar algún trato en casa del jefe de su padre, sólo un segundo interminable, en el que el último ser adulto desapareciera de su campo de percepción, sólo eso y estarían por fin solas.

El coche desapareció en el horizonte.

Virginia escuchó atenta, hasta que el sonido del motor se extinguió a lo lejos. Instantáneamente, arrinconó a su prima contra un viejo armario y comenzó a besarla en la boca con un ímpetu casi violento. Su rubia prima se revolvía contra ella, pero sorprendida, no disgustada.

– No esperaba que te lo tomaras tan a pecho… -dijo como pudo, hablando entre los labios de su prima.
Virginia habló sin prisa, intercalando las palabras susurradas con suaves besos.

– ¿Te das cuenta… de lo mucho… que te he echado de menos… las noches que me he puesto cachonda pensando… en ti…

– ¡Cachonda! -se carcajeó Estela.

– … La de sueños húmedos que he… tenido… las horas que he pasado… recordando nuestros besos… lo mucho que te he echado… de menos estos cinco meses…?

Tras el último beso, ambas se separaron y se miraron a los ojos, llenas de ternura y deseo tácito.

– Pues entonces -dijo Estela-, aprovecha que por fin me tienes aquí.

– ¡Amén! -dijo Virginia.

Y volvieron a besarse, esta vez con más dulzura y menos prisa.

Besar los labios de su prima Virginia era un verdadero privilegio. Era una suerte que, entre todas las bocas bonitas que podía haberse encontrado en la vida, le hubiera tocado la más hermosa de todas. Ya antes de su primer encuentro, aquel breve jugueteo, más allá del simple cariño familiar, había admirado siempre la perfección de aquellos labios. No parecían reales, unos labios carnosos y suaves, que describían un círculo casi perfecto. Eran de un rosa oscuro tan intenso que le había prohibido expresamente que, sólo por ella, no se los pintara nunca, aunque a los diecisiete años su madre de todas formas no le daba muchas ocasiones para maquillarse siquiera un poco.

Los labios de Virginia pedían ser tratados con mimo. A veces abandonaba su lado impetuoso y dominante y se quedaba muy quieta, con los ojos cerrados y la cabeza inclinada hacia atrás, para dejarse hacer dulcemente. Entonces a Estela le gustaba jugar con ellos. Les daba pequeños mordiscos, los acariciaba con la lengua, los ensalivaba un poco y los miraba resplandecer, tan hermosos. Los delineaba con un dedo. Los rozaba con los suyos, los besaba con toda la delicadeza de que era posible…

Pero su prima nunca aguantaba tanta delicadeza demasiado tiempo y enseguida volvía a comerle la boca, al forcejeo de lenguas, a profundizar todo lo que podía, a los mordiscos salvajes.

Besándose, Virginia y Estela eran el Yin y el Yang, uno de diecisiete y dieciocho años. Pero quizá no sólo en sus besos: sobre todo en su carácter y en su físico.

La inocente y tranquila Estela, la que ahora estaba aprisionada contra el viejo armario de madera, clavándose en la espalda un duro picaporte de cristal, tenía una larga cabellera rubia que casi le llegaba al trasero, el ideal de toda madre para sus hijas. Era lisa y dorada y a su amante le encantaba peinarlo con sus dedos y dejarlo caer en meliflua cascada perfecta. Su piel era dorada y oscura, a veces de tacto algo extraño, como si un constante repelús la recorriera y le pusiera la piel de gallina. Sus ojos eran inocentes y azules. Sus labios, claros y finos.

Su contrapartida, su prima Virginia, era la oscuridad en persona, empezando por sus ojos, siempre inquietantes y amenazadores, bajo la arcada de dos finísimas cejas, perfectas sin la necesidad aun de la depilación. Su pelo apenas llegaba hasta un poco por encima de sus delicados hombros. Era totalmente negro y casi nunca lo soltaba de un pequeño moño. Sus pequeños y redondos labios ya han sido descritos. El punto blanco en su negro Yang era su piel, pálida y hermosa, tan lisa que daban ganas de ponerse unos patines de hielo y deslizarse sobre su cuerpo. Unas pocas pecas salpicaban sus mejillas.

Yin y Yang anduvieron morreándose un largo rato, disfrutando de la tranquilidad, la privacidad, la eternidad que por fin se les presentaba. Comparados con aquella simple tarde en que por accidente sus cuerpos se conocieron por primera vez, los tres días que ahora tenían para ellas solas eran inacabables.
Y Virginia tenía planes muy concretos sobre cómo debían transcurrir.

Se dieron un último beso y se abrazaron fuertemente. Estela aprovechó para separarse con un quejido del pomo que la había estado torturando.

– ¡Ay…! – ¿Qué te pasa? – Uf, me he estado clavando esto… ¡Cómo eres tan bruta! – ¿He hecho daño a mi niña? A ver…

Virginia frotó suavemente la zona dañada con su mano para aliviarla. Estela le regaló una luminosa sonrisa.

– Primita… -le dijo en tono sincero- No quiero que este fin de semana acabe nunca.

– ¿Te das cuenta -susurró Virginia- de que no vamos a tener interrupciones, nervios, mirones, padres, tíos, reglas…? ¿Te das cuenta de que podemos hacer lo que queramos? – Mmmh… -sonrió maliciosa Estela- Tú y yo solas, suena bien… ¿Y has pensado en algo concreto, primita? – Puede ser… Ya lo verás.
Virginia rompió el abrazo y comenzó a pasear distraída por el desván. Aquí y allá se amontonaban aparatos viejos, juguetes y juegos abandonados, muebles rotos, demasiado horteras para el siglo actual o que simplemente ya no se usaban, sillas, enormes cojines polvorientos, armarios y espejos, cajas de cartón con revistas, discos de vinilo, ropa vieja o disfraces…

– Este sitio es la leche, ¿sabes? -dijo Estela.

Sacó una pamela de una caja y se la puso, atándose la cinta bajo la barbilla.

– ¿Qué tal me sienta? – Lo que mejor te sienta es el polvo que te está cayendo y las telarañas que se te están pegando en el pelo…

Estela dio un alarido y lanzando la pamela lejos de un manotazo, comenzó a sacudirse la melena, llena de asco, hasta dejársela totalmente arremolinada, como si hubiera pasado unos minutos en el ojo de un tornado. Virginia no paraba de reír con maldad.

– ¡Ahora sí que estás guapa!

Y abrazándola por detrás, la besó. Atrapó sus labios entre los dientes y los tuvo así un rato, en tensión, obligando a su prima a no cambiar aquella complicada postura. Cuando los soltó y pasó a besar su cuello, Estela se escurrió.

– Tengo un hambre que me muero -dijo, bajando ya por la escalera de madera-. Vamos a comer algo, anda.
Virginia se quedó sola en el desván. Miró a su alrededor.

– No escaparás tan fácilmente la próxima vez… -murmuró para sí, en tono sombrío, y bajó por las escaleras.

Después de comer unos huevos fritos con patatas que prepararon entre las dos, se acomodaron en el sofá. Para sorpresa de Virginia, Estela se puso las gafas, sacó “Cien Años de Soledad”, se apoyó contra el brazo del sofá y comenzó a leer. Virginia la miró de arriba a abajo, sin dar crédito a sus ojos.
Pero no se iba a rendir tan pronto.

– Esas gafas te hacen muy sexy, ¿sabes? -le dijo.

– ¡Ah, sí! -sonrió Estela- Parece que tengo una prima fetichista, ¿no? – No, en serio. Son finas y doraditas. Le sientan muy bien a tu cara, y te hacen aun más guapa.

– Gracias… -dijo Estela, dejando silbar la última letra de la palabra.

Virginia le quitó las zapatillas y dejó sus delicados pies desnudos. Estela la miró suspicaz por encima de sus gafas.

– ¿Qué haces? – ¿Tú no estabas leyendo? ¡Pues hala, hala!

Se puso de rodillas en el suelo y apoyó su barbilla en el sofá para mirar los pies de su prima. Pequeños, de diminutos dedos y uñas para nada asquerosas, como algunas que había visto por ahí. Posó sus labios sobre ellos en un tierno beso. Los pies se alborotaron con la risa de su dueña. El siguiente beso fue un poco más húmedo. La punta de su lengua asomó un poco entre sus labios. Al no encontrar oposición, dio un suave toque sobre cada uno de los pequeños dedos. No se movían, pero oía por lo bajo la risa de Estela. Los recorrió con su lengua del primero al último, y del último al primero, desde un pie hasta el otro, dejándolos cubiertos de brillante saliva.

Dejó los dedos y volvió a contemplar los dos pies en su totalidad. En concreto el pie derecho, que era el que se ofrecía al exterior. Con veneración, lo sostuvo entre sus manos, por los dedos con una mano y el talón con la otra. Besó el tobillo. Fue un beso cargado de erotismo que realmente hizo a Estela estremecerse. Los labios se posaron sobre la piel del pie y se fueron cerrando lentamente, muy lentamente, hasta encontrarse en el duro montículo del tobillo, cuyo centro fue acariciado por la húmeda punta de la lengua.

– No me creo que estés haciendo esto… -murmuró Estela, con un hilo de voz.

– Pues dime si te gusta esto… -dijo Virginia, en un tono que habría usado una gatita en celo, de haber tenido aparato vocalizador.

Su boca volvió a los dedos. Separó un dedo gordo de los demás y se lo llevó a los labios. Lentamente se lo fue introduciendo, hasta que desapareció totalmente dentro de su boca. Allí lo dejó un rato, atrapado tan solo por los labios, sin contacto con nada más, hasta que por fin se lanzaron sobre él sus dientes y su lengua, comenzando a chupar el dedo con avidez, como si de una rica felación se tratase. Introdujo también el otro en su boca y los chupó a la vez, absorbiendo con fuerza.

– ¡Joder, Virgi, así no puedo leer!

Diciendo esto, Estela se incorporó en el sofá. Los dedos gordos salieron de su boca produciendo una especie de chapoteo. Amenazó a su prima con la mirada, hasta que la dejó en paz. Se volvió a acomodar en el sofá y a leer.
Con el ceño fruncido, Virginia se alejó.

Estela no volvió a saber de ella hasta que, al cabo de unos quince minutos, oyó su voz desde el pie de la escalera que subía al desván.

– Estela.

– ¿Sí? -respondió, sin despegar los ojos del libro.

– Ven conmigo.

– ¿Para qué? – Ven conmigo al desván, anda…

– Estoy leyendo. ¿Qué quieres? – ¡Joder, nena! ¡Tú quieres que estemos juntas o no!
Estela la miró desde el sofá, detectando la seriedad en su actitud.

– Bueno, voy.

Dejó una señal en el libro y fue a subir tras ella al desván. Una vez arriba, Virginia se paseaba entre los cachivaches, como hechizada.

– Oye, perdona -dijo Estela, buscándola entre el laberinto de bultos-. No quiero que te aburras sola, lo siento. Oye, ¿qué has estado haciendo mientras yo leía? – Preparativos -dijo enigmática Virginia.

– ¿Preparativos para qué? – Ven -le indicó-, siéntate en esta silla.

– ¿Para? – ¡Tú siéntate, preguntona!

Estela se sentó en una sencilla silla de madera con reposabrazos. Virginia se paró ante ella, las piernas un poco abiertas y las manos a la espalda. La miró fijamente a los ojos y luego acercó su rostro para besarla. Sus lenguas no se tocaron. Era un beso sencillo, un beso cariñoso. Estela sujetó su cabeza por detrás. Sus dedos apresaron su pequeño moño entre ellos.

– Te quiero, ¿sabes? -dijo Virginia.

– Yo también. Te quiero mucho.

– Más que eso. Me… me…

– Me pones a cien, Virgi…

– Eso. Me pones a cien.

Y volvieron a besarse con cariño.

– ¿Quieres que juguemos? -dijo Virgi.

– ¿Cómo? -Estela se esperaba cualquier cosa menos aquella pregunta.

– He estado pensando tanto en ti, en qué haría cuando te volviera a ver… He pensado tanto en lo que me gustaría hacer contigo que…

– ¿Sí? – Bueno, que no podría hacerlo contigo de una forma normal, como todo el mundo.

– ¿Quieres decir, hacer…? – Sí. No puedo, Estela, no puedo hacerte… hacerte el amor como todo el mundo. Necesito que hagamos algo especial.

– Dios, Virgi, me pones nerviosa.

– Tranquila, mujer. Verás, he pensado que tenemos todo un fin de semana para hacer todo lo que queramos a solas, sin límites. Si quisiéramos, podríamos hacer realidad ya mismo todas nuestras fantasías. Porque tú tendrás alguna fantasía, algo que te gustaría hacer con tu primita… ¿no? – Puede… -dijo Estela, con una sonrisa misteriosa.

– Entonces… ¿Quieres?

Estela dudó.

– Pues… No sé… Depende.

Virgi se acercó a su oído y susurró.

– Entonces empezaré yo. Es sólo un juego cortito. Seguro que te gusta. Pon los brazos sobre la silla.

Estela apoyó los brazos en los reposabrazos, lentamente, casi con miedo.

– Ahora, cariño, déjame que te ate…

La miró a los ojos esperando su reacción, una reacción que tardó en llegar. Una mirada cómplice de sus ojos azules, una vergonzosa sonrisa y unos dientes mordiendo el labio inferior fue todo lo que necesitó.
Sacó las cuerdas que ocultaba a su espalda, unas cuerdas blancas, suaves pero gruesas, de nylon. Con parsimonia, ató un brazo a la silla, no tan fuerte como para hacerle daño, pero con un nudo seguro. Luego ató el otro brazo. Se miraron a los ojos.

– Ya verás que bien lo vamos a pasar, Estela… -dijo Virginia, con una sonrisa malvada.

Con otra cuerda ató bien cada pierna a una pata de la silla. Tiró de los extremos, comprobando que la cautiva no pudiera escapar.
Ahora sus piernas estaban indecentemente separadas. Arrodillada en el suelo, Virginia se asomó entre ellas y pudo ver unas blancas braguitas en la cueva oscura que formaba su minifalda. De aquella guisa, podría hacer con ella lo que deseara, pero no tenía prisa.
Estela tironeó de sus ataduras, llegando a hacer verdadero esfuerzo en liberarse, pero fue en vano.

– Me tienes bien atrapada, prima -dijo- ¿Y ahora? – Ahora puedo hacer contigo lo que me dé la gana. Pero primero vas a estar aquí un ratito, esperando como una niña buena.

Y sin más, Virginia se marchó escaleras abajo. En la soledad del desván, Estela esperó confundida, sin saber por dónde iba a salir la broma. Pasó un largo rato, no pudo saber cuánto pues no tenía reloj, pero se diría que unos diez minutos bien largos. Cuando Virginia subió de nuevo las escaleras, Estela protestó, nerviosa.

– ¡Me has tenido aquí una eternidad! ¿Se puede saber a qué viene todo este juego?

Estela dejó de protestar para contemplar a su prima. Se había cambiado de ropa. Ahora llevaba un precioso vestido negro de finos tirantes que le llegaba hasta la mitad de los muslos. En lugar de zapatillas deportivas ahora llevaba unos elegantes zapatos de largo tacón metálico. Se había puesto un poco de colorete y sombra de ojos morada.

– Joder, parece que vayas a una fiesta… -dijo Estela, impresionada.

– ¿Has visto? -dijo Virginia, exhibiendo su cuerpo ante su prima- Así es como voy a las fiestas del instituto, a las cenas con mis padres… todo eso.

– Estás preciosa, Virgi.

– Gracias.

Virginia encendió con una cerilla el cigarrillo que sostenía entre sus dedos. Sus padres la matarían si alguna vez encontrase entre sus cosas un mechero propio, así que tenía que estar constantemente mangando cerillas de la cocina.
Estela torció la boca con disgusto.

– ¿Desde cuándo fumas?

Virginia dio una larga calada al cigarrillo y expulsó suavemente el humo por el aire del desván.

– Empecé pocos días después de que nos despidiéramos, en casa de una amiga. ¿Por qué? ¿Te molesta? -sus labios dieron otra calada.

– No… Supongo que te da un aspecto más sexy, de mujer. Aunque es muy pronto para empezar, ¿no? – Qué va.

Virginia comenzó a pasear en torno a su prima atada. Pronto los rayos de sol que entraban por las rendijas del desván delataron las espirales de humo azulado, que flotaban en el ambiente como adornos naturales del aire, como si siempre hubieran formado parte del escenario.

Virginia se situó detrás de Estela, fuera de su vista.

– Bueno, ¿qué…? -dijo Estela, algo nerviosa- …¿qué piensas hacer conmigo? – Pues… puede que empiece por comerme tu orejita… Así…

Mordisqueó el lóbulo de Estela, lamió el pequeño colgante de carne, lo estiró un poco con los dientes, y luego fue subiendo por el pabellón auricular, acariciándolo todo con sus labios, lamiéndolo. Su respiración resonaba amplificada en el oído de Estela como el bramido de un animal furioso, como el viento que zumba en tus orejas cuando vas cuesta abajo en la montaña rusa.
Estela se retorció excitada, tanto como le permitían sus ataduras. Sus manos y sus pies se retorcían inquietos bajo las cuerdas.
Una vez probada toda la oreja, Virginia pasó a la otra, dándole el mismo tratamiento, dejándola igual de húmeda.

– ¿Te gusta? – Me… Me excitas… -gimió Estela.

– Y ahora… Puede que bese tus hombros, así…

Le besó los hombros, desde la base del cuello hasta el extremo. Besos carnosos y a veces húmedos, algún que otro mordisco cerca del cuello y en el precioso montículo bronceado del hombro propiamente dicho.

Estela ya estaba perdida, dispuesta a cualquier idea de su prima.

Virginia buscó un viejo cenicero y dejó allí el cigarrillo para prestarle toda su atención a su prima. Mientras le besaba la nuca, sus dos manos se posaron sobre sus pechos. Comenzó a magrearlos muy suavemente por encima de la camisa.

Virginia le dio un mordisco a su preciosa nuca rubia.

– ¡Aafh! Virgi… Qué bien lo haces… Me estoy derritiendo…

– Dime, cariño… ¿Te gusta estar atada?

Una mano se internó entre los botones de la camisa y tantearon el sujetador, acariciando directamente la carne. Los pechos de Estela eran bastante grandes para sus diecisiete años. Eran dos preciosos pomelos blanditos que no necesitaban de la ley de la gravedad.

– Yo… Mh… No sé…

– Pues a mí me encanta verte así, atada. Me pone súper cachonda. ¿No dirás que mi fantasía no mola, eh? Mmmh, nada más mirarte, me entran ganas de…

La mano por debajo de la camisa tanteaba el terreno. Bajó una de la copa del sujetador y encontró el suave círculo del pezón, de un gran diámetro. El dedo corazón comenzó a acariciarlo, hasta que se empezó a endurecer. Lo atrapó entre el pulgar y el índice y lo apretó como una pequeña uva.

– ¡Uuuf! ¿Sí? – Ganas de…

– ¿Sí…? – De follarte, Estela. Quiero follarte como una puta.

Estela se asustó. Nunca había oído ni imaginado tales palabras en la boca de su prima. No obstante, confiaba en ella hasta el final.
Virginia se situó ante ella. Su expresión era de furia. De un tirón le abrió de par en par la camisa. Un botó nacarado rodó por el suelo. Liberó ambos pechos del sujetador y los atrapó con sus manos. Los apretó hasta que la blanda carne se escurría entre los huecos de sus dedos. Lamió aquellos pedacitos de carne, los mordió.

– ¡Aaah! ¡Cuidado, bestia! -gritó Estela, cuando sintió un mordisco más fuerte de lo soportable.

Haciendo caso omiso, Virginia ignoró los favores que su boca podía darles a tanta carne y pasó a chupar directamente los pezones, ya turgentes. Atrapaba uno en su boca y aspiraba con fuerza. Estela tenía arqueaba su cuerpo y se dejaba arrastrar hacia ella, ya que sentía que de ninguna forma la iba a soltar.
Virginia abría la boca y la dejaba caer de golpe a la silla. Atrapaba otro pezón entre sus dientes, lo torturaba un poco y volvía a tirar, hasta que tenía el cuerpo de su prima en el aire, arqueado de nuevo hacia ella, presa del placer. De nuevo abría la boca y la dejaba caer a la silla, extenuada.

– Mmmh, me encantan tus pechos, son tan grandes y redondos… Son perfectos, y huelen de maravilla… No como los míos, son una birria.

– No digas eso, Virgi… -dijo Estela entre jadeos.

Virginia miró a su prima con malicia.

– ¿Has oído eso de que algunas mujeres pueden llegar al orgasmo sólo con la estimulación de sus pechos? -dijo.

El resultado fue el que esperaba. Estela, jadeando, sudorosa, con las piernas abiertas y los pechos desnudos, la miraba con cara de “Pues a qué estás esperando, remátame de una vez…”.

– ¿Te gustaría llegar al orgasmo? – Llevo deseándolo cinco meses -contestó Estela.

Virginia puso un pie sobre la silla, entre sus piernas. Subió poco a poco el borde de su vestido hasta mostrar que no llevaba bragas. Su pubis apenas estaba todavía salpicado por los primeros pelitos adolescentes.
La crueldad invadió el libidinoso rostro de Virginia.

– Pues te vas a aguantar, porque ahora me voy a hacer un dedo en tu cara y voy a ser yo la que me corra…

Efectivamente, Virginia comenzó a masturbarse. Acarició su joven pubis hasta que notó sus labios entreabiertos. Inclinó su pelvis hacia adelante para que su prima viera bien toda la maniobra, sin permitirle en ningún momento tomar parte ni obtener placer alguno.

Se acarició los labios hasta que estuvieron abiertos en flor y húmedos. Se autopenetró con un dedo. Lo dejó allí dentro unos instantes, sintiéndolo, disfrutando de la sensación, del inicio de la excitación previa al acto sexual, de su cuerpo ardiendo y la sangre bombeando. Le gustaba pararse a sentir cómo empezaba todo.

Comenzó a bombear con el dedo, bien profundo, sin delicadezas ya, penetrándose todo lo dentro que la postura le permitía. Con la otra mano buscó su pequeño botón. Tanteó hasta encontrar la capuchita de piel, la descubrió para acariciarse el clítoris, ya bastante gordito. Se lo acarició en círculos, lo pellizcó, lo arañó suavemente, lo abandonaba para sentir la penetración, y luego volvía a él.

Un par de ocasiones acercaba el pubis a la cara de Estela, incitándola a participar con su boca, y otras tantas se burló cruelmente de ella, alejándose para disfrutarse sola. Estela comenzaba a sentirse ridícula, utilizada. El juego de su prima empezaba a no tener gracia.
Virginia se penetraba ahora con dos dedos, y los frotamientos sobre su clítoris eran ya frenéticos. Su cuerpo subía y bajaba presa del orgasmo inminente.

– ¡Mmmmh! ¡Venga, Estela, acerca tu boca! ¡Uuh! ¡No voy a ser mala esta vez, te lo prometo! ¡Dame ya tu boca ya, coñooo!
Estela confió una vez más. Pero cuando fue dispuesta a acercar su boca a la rajita de su prima, esta se corrió con un grito desgarrado, salpicando su boca de un abundante chorro de flujo vaginal, sólo uno, sin que la que la hubiera dejado llegar a tocarla. Estela no tuvo más remedio que saborear los jugos íntimos: pegajosos, salados, aromáticos en realidad. Pensó que era como beber un trago de sudor.

Virginia se quedó un rato como de piedra en aquella posición, con una pierna aun sobre la silla, boqueando. Cuando se relajó por fin, se separó de ella y la miró tiernamente. Parecía muy divertida con todo aquello.

Caracoleó con un dedo por la barbilla de Estela, bañada de flujo.

– Mmmh… ¿Te lo puedes creer? Jamás hubiese pensado que me podía correr de esta forma, soltando tanto jugo, y con tanta fuerza… ¿Sabes que tu carita está preciosa, salpicada…? – ¿Así que esa era tu fantasía, guarra? ¡Esa era tu idea, correrte en mi cara y cachondearte de mí!

Virginia la miró con cara de inocente. A Estela no le fue muy difícil perdonarla. Su prima se acercó y le dio el más dulce de los besos. Comenzó a desatar los nudos.

– Pues sí, esa era mi fantasía -iba diciendo mientras tanto-, y gracias a ti, mi amor, la he visto hecha realidad. La verdad, creí que sería una de esas cosas que luego nunca haces en la vida.

Estela fue por fin desatada y se levantó de la silla. Se arregló el pelo y abrochó la camisa.

– Y como agradecimiento -siguió diciendo Virginia-, yo cumpliré mi parte. Puedes escoger una fantasía y hacerla realidad conmigo.

– ¿La fantasía que yo quiera? – Piénsalo bien, rebusca en tu interior y escoge la fantasía más fuerte que hayas imaginado. Luego puedes hacer conmigo lo que quieras.

Estela se mordisqueó un dedo, pensativa, con expresión pícara.

– ¿Puedo hacerte lo que quiera? ¿Y luego no te enfadarás conmigo?

Virginia la abrazó fuerte. Acarició su suave y largo cabello rubio mientras la miraba a los ojos.

– Mira que eres tonta… -dijo- ¿Cómo me voy a enfadar con algo que tú hagas? Si eres la cosa más dulce y buena del mundo.

Y las dos primas se besaron. Al principio era cariño, luego fue pasión, intensidad. Por primera vez desde su primer encuentro íntimo, intentaron profundizar al máximo en sus besos, llevando su lengua a explorar por toda la boca y muy adentro, como si cada una quisiera acariciar todo el interior del cuerpo ajeno.

Pasaron largo rato dedicándose sólo al placer de besarse, hasta que atardeció. La luz desaparecía del desván. Las espirales de humo desaparecían en la nada, camino al techo.

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