Crea tu cuenta gratis y disfruta de una semana de videos de primera calidad en PornHub Premiun

Despertar sexual

La primera sensación de mi despertar sexual se produjo cuando tenía doce años. Recuerdo que tomando un baño de inmersión acaricié con la esponja el clítoris y experimenté una sensación de placer como jamás me había sucedido. La vulva comenzaba a rodearse de un vello suave y cada vez más tupido a la semana de haber tenido mi primera menstruación. Mi tía me había explicado lo que sucedería al iniciarme en la pubertad, y la transformación que sufriría a partir de la menarca. De allí en más tendría que cuidarme de no tener relaciones sexuales pues podría quedar embarazada si me dejaba seducir por un hombre. Eso quedó en mi conciencia y a partir de ese instante me hice confidente de mi tía que quedó como interlocutora de mis dudas y experiencias en todo lo referente al sexo, ya que mis padres no abordaban el tema debido a su formación religiosa y pacata, según me confiaron años más tarde.

Había encontrado la forma de satisfacer mis instintos. Me encerraba en el baño, y sentada en el bidet o duchándome me masturbaba con un cepillo de cerdas suaves estimulando el clítoris que terminaba enrojecido por la caricia. Al principio no me atreví a introducir el mango en la vagina como si fuese un pene, pues temía romper el himen, aunque a veces la excitación y la calentura juvenil me incitaban a atravesarlo y desflorarme. El sentido pecaminoso en mi formación de no llegar virgen al matrimonio que me inculcaron mis padres en esa época, fueron decisivos en esos tiempos.

Me miraba al espejo luego de esas sesiones y me parecía que se darían cuenta de lo sucedido por lo arrebolado que terminaba mi rostro, pero al comprobar que nadie me prestaba atención, me tranquilicé y continué con las sesiones que se repetían asiduamente. Mi cuerpo se transformaba día a día. Los senos adquirían más volumen y mi cintura se estrechaba. Siempre había tenido buenas piernas y la cola se endurecía por el básquet que practicaba en un club del barrio, despertaba más de una mirada intencionada en los jóvenes de mi edad.

Paradójicamente fue una compañera del club la que se acercó a y me provocó mi primera experiencia sexual. Me invitó al cine a ver una película romántica en una sala del barrio. En medio de la misma me tomó la mano, creándose una corriente entre las dos que no podría explicar, y coincidiendo con una escena del film beso mi mejilla y luego buscó mis labios remedando a los actores. Quedé atónita y confundida, pero cuando repitió el beso no me aparté y recuerdo que tímidamente entreabrí mis labios y le respondí torpemente.

Estaba asustada y confundida. Esa noche me costo conciliar el sueño pensando en lo sucedido, pero reconozco que me había dado placer. Mi compañera era dos años mayor que yo y poseía una personalidad avasallante y algo masculina, propias de una mujer dominante, por ello decidí decirle a mis padres que no quería ir más a jugar al básquetbol pues temía enamorarme de ella.

Continué masturbándome, pero siempre tenía en mi mente aquel episodio del cine, que en el fondo añoraba.

Mi prima Liliana era una hermosa joven menor que yo pero mucho más expresiva y proclive a mostrar sus sentimientos y contar sus vivencias. Fue así que me confesó que gozaba masturbándose e imaginando escenas eróticas, y me preguntó si me pasaba lo mismo, entonces sí, me sinceré y le conté mis experiencias.

Nos reuníamos a la tarde en su casa para leer novelas románticas hasta que cayó en nuestras manos una de contenido erótico que nos puso en trance. Mientras recorríamos el escrito, instintivamente llevé mi mano a la entrepierna y acaricié mi vulva humedecida por la calentura juvenil. Liliana me pidió que continuara con la lectura. La miré y observé que cerraba sus ojos y levantaba su falda, corrió la tanga y descubrió su vulva casi lampiña. Sus dedos se movían alrededor del clítoris y comenzó a gemir de placer. Instintivamente me acerqué y la besé. Nos arrodillamos en la cama, donde estábamos echadas y nos abrazamos tiernamente. Los besos y las lenguas se entrecruzaron en un beso sensual. Liliana desprendió mi blusa y se apoderó de mis senos mordiendo los pezones con fruición. Gemí de dolor y placer ante tanta vehemencia. Rápidamente nos desnudamos y le saqué la diminuta tanga para poseer su vulva con mi boca y mi lengua. Ella abriendo sus piernas me ofreció su sexo y me rogó que no le abriese el himen pues quería llegar virgen al casamiento. Los jadeos y los gemidos me demostraron el goce que la embargaba y yo sentía un infinito placer en saborear ese manjar que eran los jugos tan sabrosos que fluían de sus entrañas.

Luego en posición invertida ambas nos prodigamos una caricia tan intensa que concluyó en orgasmos repetidos y ruidosos. Cansadas y sudorosas nos bañamos y nos besamos prometiéndonos repetir esa hermosa experiencia, que recreamos en varias ocasiones en su casa o en la mía, aprovechando la ausencia de nuestros padres.

Buscábamos libros que nos pudiesen excitar y nos vestíamos con lencería erótica para fantasear con mujeres de vida ligera que estimularan la libido. Liliana era un genio para imaginar situaciones y yo la seguía gozando con la situación. Pero lo que no pudimos fue conservar el himen intacto pues la euforia juvenil hizo que primero ella y luego yo, al conseguir un consolador nos urgiésemos a ser penetradas como si lo hiciese un hombre. Aprendimos a darnos placer hasta más adelante en que conocí al hombre que me desvirgó y me introdujo en la vida heterosexual. Jamás renegué de mi experiencia homosexual en mi juventud, es más creo que hoy lo disfruto al recordarlo. Seré bisexual?

Marta.

Munjol (Marta y Hugo)

Mejora la calidad y duracion de tus erecciones con Vigrax


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*