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Angeles caídos

I

La casa estaba a oscuras, con el jardín lleno de malezas y señales de abandono. Era un enorme chalet ubicado en la calle Olleros, en Belgrano. Para llegar a la puerta de entrada había que subir por una corta escalera de piedra.

Las chicas bajaron del taxi y se dirigieron a la casa. Era una fría medianoche de invierno y ellas se abrigaban con largos tapados. Romina, la rubia, tenía las llaves. Después de todo, era una de las casas de su familia. Verónica, la pelirroja, la seguía a dos pasos.

Las dos estaban muy serias para sus quince años.

Romina abrió la puerta, agarró un candelabro del suelo, encendió la vela y le hizo seña a la otra para que pasara. Luego cerró la puerta y se dirigió a la cocina, dejando a su compañera en la oscuridad del pasillo. En la cocina estaba la llave principal de la luz. Cuando la pulsó, la habitación se iluminó, pero el pasillo siguió igual.

Romina salió de la cocina y le hizo un gesto a Verónica para que la siguiera. Llegaron a una habitación vacía e iluminada, que olía a encierro y humedad. Además de una gruesa alfombra, un montón de frazadas tapizaba el piso. La habitación no tenía ventanas y quedaba en el medio de la casa.

Las chicas se quedaron frente a frente un instante.

Romina tenía ojos celestes, nariz pequeña y hoyuelos en las mejillas que le daban un aire de nena. De nena terriblemente seria.

Verónica deslumbraba con sus ojos verde esmeralda. También parecía una bebita enojada.

Se midieron con miradas de odio.

Después Romina se quitó el tapado y lo tiró a un costado. Verónica hizo lo mismo. Ambas llevaban vestidos de noche, muy escotados y cortos. Tenían cuerpos soberbios. Las tetas de ambas parecían de mujeres de veintitantos.

Se desnudaron rápidamente, a los tirones.

Esa carne joven, fresca, perfecta, ahora se mostraba en todo su formidable esplendor. Sin una palabra, fueron en busca de la otra y se abrazaron por el cuello con una mano y forcejearon en silencio y atacaron las tetas contrarias con la otra mano y así terminaron cayendo al piso.

Se revolcaron como animales, gimiendo y sacándose la furia acumulada por meses. Se golpearon los rostros tan salvajemente que terminaron soltándose y rodando cada una para el lado contrario. A las dos les habían saltado las lagrimas y lloraban en silencio, con las caritas enrojecidas y contraidas por el dolor.

No pasó mucho para que, a cuatro patas, como perras furiosas, se buscaran. Se agarraron de los pelos y ahora, llorando a los gritos, rodaron por el cuarto, brutalmente enzarzadas.

¿Qué feroz locura hacía que estas bellísimas bebitas de piel suave se estuvieran atacando sin piedad? ¿Qué asunto había entre ellas, que cuestión debían dirimir, para tener que golpearse, arañarse y morderse de esa manera?
II

Lo cierto es que se odiaron desde el primer día.

Romina venía de otro colegio y, cuando la vio, Verónica supo que era su rival.

Hasta ese momento, Verónica había sido la mejor en esa escuela: la más inteligente, la más estudiosa y, sobretodo, la más hermosa. Era la nena mimada de papá y mamá y de todos los que la conocían. Los pibes del secundario se babeaban por ella y eso la hacía sentirse muy bien. Todavía no había debutado, pero ella sentía que, con las miradas afiebradas, ya se la voltearon mil veces.

Cuidaba su virginidad de un modo perverso: Fantaseaba con coger pero no quería perder su virgo. Era algo suyo y el día que lo perdiera, ella sentía que iba a convertirse en una más del montón.

Cuando Romina apareció, todas las miradas fueron para ella. Inmediatamente las compararon.

Romina tampoco había entregado su sexo y consideraba que eso la hacía superior a las otras que, por una momentánea calentura, perdían su “marca”. Gozaba enloqueciendo a los chicos. Se los imaginaba pajeándose por ella, mientras Ella se paseaba por entre la fila de masturbadores, como si fuera una Reina Virgen.

Las dos tenían carácter fuerte. Eran nenas caprichosas, de familias con muchísimo dinero y estaban acostumbradas a ser consentidas por sus padres y por todo el mundo. No soportaban compartir ningún privilegio. Nunca habían perdido a nada y no estaban dispuestas a empezar ahora.

Un día se cruzaron insultos en el baño de la escuela, solo porque las dos quisieron usar la misma canilla. Estuvieron a punto de golpearse, pero otras chicas las separaron. Fue la primera de una larga serie de mutuas provocaciones.

Por teléfono solían amenazarse y prometerse palizas y terribles humillaciones.
Al final, una noche de furia se desafiaron telefónicamente para encontrarse en una esquina, en pleno Barrio Norte. Ahí acordaron arreglar sus asuntos esa misma noche, a solas. Lo harían en una casa desocupada de la familia de Romina.
III

Luego de un violento intercambio de cachetazos, las dos gatas se abrazaron y libraron un feroz duelo a tetazos. Aferradas a más no poder, terminaron cayendo otra vez al piso. Allí comenzó una silenciosa batalla plena de forcejeos y llaves, donde las jóvenes hembras tensaban al máximo sus músculos para tratar de dominarse. En un momento, una lograba ponerse encima de la otra y al instante las posiciones se invertían. A veces quedaban de costado y parecía que ninguna podría prevalecer.

En un supremo esfuerzo, y aprovechando un momentáneo aflojamiento de su adversaria, Romina agarró fieramente del pelo a Verónica y la puso de espaldas. Sorprendida por el intenso dolor, Verónica soltó a su rival. Romina no perdió la oportunidad y se le sentó encima. Luego le pegó un par de cachetazos y le tiró del pelo hasta que la otra pidió que parara.

Romina la soltó y fue gateando hasta un rincón de la habitación y se quedó allí, sentada en el piso y apoyada contra la pared. Estaba cansada y dolorida.

Verónica se repuso bastante rápidamente y también se arrastró hasta un rincón opuesto.

Durante unos minutos, solo se escuchó el jadeo entrecortado de las dos niñas. Estaban bañadas en sudor, a pesar del frío, con el maquillaje todo chorreado por las lagrimas y el pelo revuelto.

De pronto se encontraron mirándose fijamente. Instintivamente adoptaron una pose cada vez más desafiante.

Querían más. No estaba dicha la última palabra. No se habían dado todo lo que se tenían que dar.

Gateando, se buscaron y la lucha se retomó a zarpazos hasta terminar nuevamente abrazadas y rodar en un lento y excitante combate, lleno de fricción. Gemían de dolor y frustración por las llaves que se aplicaban. Pugnaban por vencer y demostrar quien era la mejor hembra. El sudor fluía de esos hermosos cuerpos que se refregaban furiosos. Cada hembra era inundada por el fuerte e inquietante olor de la otra. Por momentos, las piernas se destrababan y entonces pataleaban en el aire hasta volver a enredarse. Mejilla a mejilla se soltaban sucios insultos.

Romina había confiado demasiado en su superioridad. Creía que la primera vez había demostrado que era más que Verónica. Pensaba que la otra estaba más cansada que ella. Sin embargo, Verónica logró zafar un brazo y poner a su enemiga de espaldas. Salvajemente disputaron a manotazos por el control de la situación, hasta que finalmente Verónica logró imponerse y le retorció las tetas a su oponente hasta que está reconoció la derrota.

La nueva ganadora abandonó a su víctima y se fue a un rincón a descansar.

Verónica tenía una sorpresa preparada y cuando perdió, la primera vez, creyó que no la iba a poder a hacer. Vio que su rival se recuperaba. Romina se acariciaba las doloridas tetas y la miraba con rencor.

Verónica se arrastró hasta donde había quedado tirada su cartera y sacó un par de robustos y hermosos consoladores de metal, uno dorado y el otro plateado. Los había comprado por teléfono y estaban sin estrenar. Era el momento de un duelo de pijas.

Romina agarró al vuelo el falo plateado que le tiró su rival. No era necesaria ninguna aclaración.

Las dos se levantaron, blandiendo los metálicos penes como si fueran cuchillos y se encontraron en el medio de la habitación. Con la mano libre se buscaban las piernas. Sin embargo, las dos se agarraron al mismo tiempo de los cabellos y quedaron pegadas una contra otra. Forcejeaban a pleno insulto e intentaban empalarse recíprocamente. Se defendian cerrando las piernas hasta que fueron al piso y atacaron la concha enemiga con tal pasión que descuidaron la propia.

Las dos vírgenes se enterraron los fierros al mismo tiempo y, salvajemente, compitieron por ver quien serruchaba más rápido, más fuerte y más adentro.

Ahora, ya entregados sus tesoros, abrieron bien las piernas, para mostrar que aguantaban cualquier cosa. Se arrancaron desgarradores alaridos de dolor, pero ninguna trató de salirse del palo agresor.

La sangre de la virginidad destruida empezó a chorrearles los muslos y eso solo hizo que se clavaran más duro. Los gritos enloquecidos atronaron el lugar, hasta que, poco a poco, fueron transformándose en jadeos de placer.

Cuando volvió el silencio, las hembras entendieron que ya toda pureza era imposible. Se la habían sacado a puro fierro y nunca más volvería. Estaban manchadas con sangre de mujeres nuevas. Sangre impura que ahora las llamaba.

Una ola de insana pasión las inundó.

Excitadas manosearon ansiosas la sangre rival y se la refregaron por las propias tetas. Se untaron sus calientes mejillas con el liquido de la enemiga y se cruzaron feroces insultos, tratándose de putas, de perras reventadas, de guachas sucias y otra vez de putas.

Pegoteadas en sangre mezclada con flujo y arrodilladas frente a frente, siguieron gritándose insultos en un crescendo impresionante. Se decían todas las cosas asquerosas e inmundas que alguna vez habían querido decir. Se aullaban groserías con las caras casi pegadas. Las alzadas y abundantes tetas bailaban temblorosas por la agitación de sus dueñas. De los insultos pasaron a escupirse en pleno rostro y de ahí se inició un violentisimo intercambio de golpes. Ninguna se defendía. Las lagrimas saltaron junto con la sangre de narices y labios lastimados.

Enceguecidas por el dolor, terminaron abrazándose y rodando por el suelo ensangrentado.

Primero se mordieron los labios pero enseguida eso se transformó en un beso apasionado en el que las lenguas entraron y probaron todo.

Calientes como el Infierno, siguieron chupándose y acariciándose. Después las bocas probaron conchas y sangre y se dieron salvajes orgasmos y gritaron enfebrecidas, pero de placer.

Se gozaron durante horas. Como gatas se limpiaron la sangre y se curaron las heridas a pura lengua.

Después, bien limpitas, se acostaron boca arriba una al lado de la otra, los pies de una a la altura de la cabeza de su amante, y se dieron placer a puro consolador.

Terminaron exhaustas y bañadas en flujo.

Amanecía cuando decidieron vestirse.

Luego de haber estrenado las conchas, ahora apenas podían caminar.

Lastimadas y doloridas, pero felices, probaron sus lenguas por última vez y se despidieron, prometiéndose repugnantes y deliciosos goces futuros.

(c) Tauro, 2000

Si querés decirme algo, mandame un mail: tauro_ar_2000@yahoo.com

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