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Un deseo inconfesable

Ella, joven, atractiva, sola, había llegado al punto sin retorno para que sus fantasías eróticas más inconfesables se hicieran realidad. Ya había tenido una cita virtual con un extraño que ejercía sobre ella un raro dominio.

La tarde convenida esperaba en un café. Se habían hecho las 7 y el no llegaba. Sintió esa mezcla de desasosiego y alivio, al saber que, bueno…hoy no sería.

Ya dispuesta a marcharse, ve abrir la puerta a la figura ansiosamente esperada. Alto, con tapado negro, casi joven, huesudo, de anteojos oscuros que no permitían estudiar sus facciones. Había dirigido su mirada a ella y se dirigía directamente, casi sin darle oportunidad de dar marcha atrás. Sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. Sus piernas comenzaron a temblar y se sintió desfallecer. No podía moverse, creyó que estaba en una pesadilla o un mal sueño.

No hubo saludos ni frases de cortesía, simplemente una mirada de aprobación. El la ayudó a levantarse prácticamente como si fuera una condenada a muerte. La acompañó sosteniéndola por debajo del brazo que tenía libre hasta la puerta y salieron. Ya en la calle ella se sintió con más fuerzas y se distanció algo de él. Lo seguía como sigue un condenado al verdugo, sabiendo que es inútil resistirse. De vez en cuando el atentamente la tomaba del brazo para cruzar las esquinas. Así llegaron a un hotel. Antiguo, lujoso pero de buen tono.

El adelantándose pidió una habitación en el 2º, dieron sus nombres y subieron.

Recién en el ascensor ella reparó en la maleta de cuero tipo clínica del siglo XIX que el desconocido portaba. En ese momento sus piernas comenzaron a temblar y sintió como el calor de la desesperación invadía su cuerpo y llegaba hasta su cabeza.

No hubo saludos ni frases de cortesía, simplemente una mirada de aprobación. El la ayudó a levantarse prácticamente como si fuera una condenada a muerte. La acompañó sosteniéndola por debajo del brazo que tenía libre hasta la puerta y salieron. Ya en la calle ella se sintió con más fuerzas y se distanció algo de él. Lo seguía como sigue un condenado al verdugo, sabiendo que es inútil resistirse. De vez en cuando él atentamente la tomaba del brazo para cruzar las esquinas o para recordarle lo inútil de una pausa. Así llegaron a un hotel.  Antiguo tipo fin de siglo,  decadente pero de buen tono.

El se adelantó y  pidió la llave, como si fuera habitué.

Recién en el ascensor ella reparó en la maleta de cuero tipo clínica del siglo XIX que el desconocido portaba. En ese momento sus piernas comenzaron a temblar y sintió como el calor del febril deseo invadía su cuerpo y llegaba hasta su cabeza.

Ya en la habitación él se sacó los  anteojos , se miraron de frente y se conocieron.  Le tomó la mano y la atrajo hacia su cuerpo como si fuera de trapo. Se besaron desesperadamente.

Seguían sin hablarse. Le preguntó si necesitaba que la atara…que en esos casos era mejor…no,.. no  hace falta.. .está  bien… le pidió que se quitara la ropa pero no completamente…”no las medias no… tal vez va  a tener frío y el pullover, déjeselo…”…Ella obedecía  totalmente entregada, enervada. ..El la ayudaba  con suavidad hasta colocarla boca abajo con la cintura sobre una almohada. Mientras abría la maleta y preparaba las cosas sin ninguna premura, ella sin perder detalle, temblaba de excitación y vergüenza, ardiendo en la anhelada humillación.

Pavorosos  e interminables minutos después la ENEMAya estaba preparada y lista para el suplicio.

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