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La portera de al lado

Mis suegros, que eran unas grandes personas, estaban sinceramente preocupados por el futuro de la portera de al lado, a la que las cosas se le habían puesto muy difíciles: su padre, viudo, portero de la finca de al lado de la de mis suegros, ha-bía  muerto y los copropietarios, según rumor generalizado, no parecían dispuestos a que la hija, de cuarenta años, se quedase como portera de la finca. La junta que iba a decidir sobre esto se iba a celebrar en breve. Mis suegros, me pidieron que aceptase la representación de una amiga que no quería tomar parte en dicha reunión. Tras mucho insistirme, porque yo no quería ni oír hablar de una reunión de condueños, acepté el “regalito” y acudí. Yo conocía de vista a la hija del por-tero: era una mujer de aspecto agradable, cara casi guapa, cuerpo grueso, con caderas generosas, culo grande, tetas generosísimas y piernas también gruesas. Para que se hagan una idea cabal, baste decir que era una mujer a la que le so – braban  veinte kilos. Conste que, vista en conjunto, resultaba muy apetecible. A mí me gustaba, todo hay que decirlo. Bueno, para completar el cuadro, debo decir que yo estaba siempre medio salido porque a mi mujer lo sexual no la lla-maba la atención y no por falta de destreza mía. Lo cierto es que yo no despre – ciaba nunca una oportunidad de calmar mis ardores. Esa fue la razón principal de que aceptase la dichosa junta. Si conseguía que se quedase con el puesto…..

¿Quién sabe?, a lo mejor……La gratitud por ese enorme favor; el ser viuda y sin compromiso y gustarle yo…..algo, como mínimo, porque nos mirábamos al cruzarnos por la calle y su sonrisa….Bueno, que podía sacar partido, si yo era capaz de convencer a las condueñas.  Había varias viudas, ya mayores y confiaba en ablandar su buen corazón.

Unas horas antes de la reunión y a petición mía, la amiga de mis suegros, viuda,

de unos setenta años y muy buen ver, me presentó a las otras señoras de la casa.

A todas las caí muy bien: yo tenía entonces treinta años, tenía muy buen aspec- to y era alto para lo que se llevaba entonces (años setenta) en España. Con todas quedé en que tomaría café con ellas para explicarles cómo se había desarrollado la junta. Con algunas quedé para vernos fuera de la casa. Yo, ya lo he advertido antes, siempre procuraba que me quedase una puerta abierta , por si acaso.

Se celebró la junta, sudé tinta para convencer a varios propietarios, pero, contando con la ayuda de las señoras, se aprobó que la portera fuese la hija del anterior portero. Se llamaba Angeles y, para conseguir mis propósitos, actué con gran astucia: dejé que las señoras diesen la noticia a la interesada y yo me abstu- ve de ir por casa de mis suegros. Me fijé un plazo de quince días y……….

¡Hombre, D. Manuel, dichos los ojos!. Ya pensaba que no iba a poder darle las gracias como vd. se merece.

Mujer….. eso de D. Manuel…..¡Qué barbaridad, menudo protocolo que se gasta vd, Angeles!. Llámeme Manolo. Somos amigos, ¿no?.

Me miró a los ojos con intensidad y, al imitarla yo, nuestras miradas se queda – ron enganchadas un minuto largo. O yo soy un pobre iluso y no entiendo de estas cosas de los hombres y las mujeres, o nos dijimos muchas cosas con los ojos. Me sentí muy animado a llevar adelante mis propósitos aquella misma ma-ñana. Su voz sonó distinta, ligeramente enronquecida cuando me dijo, en voz baja, comprobando que no nos pudiese oír alguien y en un tono prometedor:

Me alegra mucho, Manolo, que se haya decidido vd. a venir a verme para que pudiese darle las gracias a vd.

No las merece porque lo he hecho por simpatía, por afecto personal, porque me…¡caes muy bien, Angeles!.  Perdona el tuteo.

Me gusta muchísimo que nos tuteemos, que nos tratemos con confianza, porque el favor que tu me has hecho……Bueno, no hay dinero en el mundo para pagarlo.

¿Tan grande lo consideras?.

Nadie me ha hecho un favor tan grande. Y quiero que sepas que…….no sé, no me atrevo a….

Dímelo, Angelines, dímelo.

Yo soy……una mujer……con poco mundo, pero muy agradecida. Quiero que eso te quede bien claro, Manolo, te debo el favor de haberme solucionado el futuro de mi vida y quiero……corresponder. No sé como querrás que…….

En fin, Manolo, que deseo corresponder, soy una mujer muy  agradecida y deseo corresponderte de corazón. Estoy deseándolo. Es lo que más deseo en este mundo, corresponderte con todo mi corazón.

No me digas eso, Angelines, que eres una mujer preciosa y……

¿Te parezco guapa, Manolo?

Mucho, Angelines, me pareces preciosa.

¡Me das una alegría!……. Si no lo dices por decir, por cumplir, por ser..amable.

No, Angelines, no sigas hablándome así que, insisto, eres muy guapa y me puedo hacer ilusiones.

Sonrió de un modo……esperanzado y esperanzador. Comprendí que íbamos a entendernos, a llegar a disfrutarnos, a vivir unos amores intensos, apasionados.

La lancé un beso disimulado. Al verlo, sus labios, deliciosamente gordezuelos, modularon un apasionado beso. Su lengua asomó

Te puedes hacer todas las ilusiones que quieras, Manolo, que yo estoy deseando corresponderte con toda mi alma, con todo mi ser.

Angelines, no quiero parecer un aprovechado, por eso no te digo……

Pues dímelo, Manolo. Yo soy viuda desde hace diez años y, desde entonces, no he tenido ningún amor. ¿Cómo tengo que decirte que..

Me gustas, Angelines, me gustas muchísimo. Desde hace mucho tiempo.

Y tu a mí. ¿Quieres pasar a casa?.

¿Lo deseas de verdad?.

Si, Manolo, lo deseo con todo mi corazón.

Voy a subir a ver a mis suegros y en un cuarto de hora estoy en tu casa.

Procura no coincidir con nadie.

Veinte minutos después, llamaba a su puerta. Me recibió en combinación. Estaba francamente gorda, pero muy bien formada, con un tipo magnífico. Me gustó mucho abrazarla y sentir la dureza de sus abundantes carnes. Su bajo vientre ardía y, al calor de esa hoguera, tuve una fuerte erección. Nos besamos con ansia y nos acostamos. La quité la combinación y no llevaba nada debajo, sólo el bosque de rizos de su coño, que apenas la cabía entre los muslos y que se me ofrecía pleno de deseo, de ardor. Nos acariciamos y, sin más trámite, como puestos de acuerdo, nos dimos la vuelta, adoptando la maravillosa postura del delicioso sesenta y nueve. Su boca se tragaba la casi totalidad de mi polla y mi boca, abierta al máximo, sentía cómo me entraban sus rizos, los labios de su coño y el jugo que destilaba al sentir mi lengua. No paramos durante media hora larga. Después, sin poder aguantar más, me cabalgó y, tras unos cuando mete-saca deliciosos nos corrimos salvajemente. No lo dejamos y volvimos a corrernos, sintiendo aún más gustazo. Fue algo inenarrable. Comenzó así una aventura amorosa que duró muchos años. Hubo siempre mucha pasión, discreción y lealtad entre ambos. Nadie se enteró de nuestros amores. Ella, Angelines tampoco tuvo conocimiento de mis amoríos con dos vecinas : aquellas señoras, viudas y mayores (siempre me gustaron mayores que yo) con las que quedé para tomar café. Una de ellas, por supuesto, era la amiga de mis suegros. Estas historias, que duraron menos que la de Angelines, se las contaré en otra ocasión, si es que los editores  de estas necesarias, imprescindibles páginas, se animan a publicar mis relatos. Un abrazo para todos.

JUANCHO.

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