Deshinibición campestre

Una vez más, me lo temía. Tras una semana de tensiones, la cosa no podía acabar peor. Habíamos estado todo el tiempo discutiendo sobre ese tema tan controvertido hoy día que es el de la “guerra de sexos”. Que si “no tienes ni idea de con quién te estás metiendo”, que si “a ver si te crees que soy una muñeca más de esas”, que si “yo valgo mucho más de lo que te piensas”… Reconozco que cuando los estribos se pierden, me sale el aire machista ese que TODOS llevamos dentro, aunque personalmente no me considero como tal. Creo que soy bastante democrático en cuanto a relaciones sentimentales se refiere.

En fin, que los ánimos habían estado caldeados durante toda la semana. De hecho, no nos llamábamos desde el lunes y ya era viernes. Lucía, mi novia, se iba el fin de semana con las amigas de “shopping” y yo no tenía previsto nada, salvo descansar y quitarme de todas las comidas de cabeza que me asolaban en esa semana. Hasta que al final, filosofando un poco llegué a la conclusión de que teníamos que relajarnos un poco más y estar un rato juntos, hablar las cosas punto por punto… Pero no en la ciudad, puesto que quieras que no, el ambiente urbano te condiciona a seguirte comportando igual; sino en el campo. Y si de paso la cosa se podía arreglar a mi manera preferida, jeje, mejor que mejor…

  1. Cariño, soy yo…
  2. ¿Tú otra vez? ¡Te he dicho que no te quiero ver ni oír!
  3. Nena, déjame que te diga una cosa…
  4. ¡Que no me llames nena! –estaba furiosa perdida.
  5. Mira, ¿sabes lo que te digo? Que si no me dejas hablar vamos a seguir igual de mal que hasta ahora y no estoy por esa labor. Te dije que quería hablar contigo a solas y fuera de presiones. Pues te tenía que proponer una cosa. Pero si no me dejas hablar, no lo puedo hacer. ¿Puedo o no?
  6. No, si encima tendrás que hablar tú…
  7. Escucha, creo que estamos demasiado estresados y que nos hace falta un descanso a los dos. He pensado en que no pasamos mucho rato juntos, nos centramos más en nuestros trabajos que en nosotros y pienso que deberíamos tomarnos un respiro. ¿No te parece?
  8. ¿Y a qué viene ese afán por “relajarse”? –su tono parecía más sosegado.
  9. Bueno, ¿tú me quieres hacer caso? –repliqué. Te digo que las últimas semanas han sido muy jodidas para ambos y que necesitamos desconectar aunque sea unas horas de todo. ¿O no?
  10. Sí, en eso tienes razón. Pero es que tengo que quedar con Fany y con Alicia para hacer las gestiones de los balances de….
  11. Oye, oye – interrumpí. Lo que te estoy diciendo va en serio, ¿eh? Solo te estoy pidiendo una tarde… Medio día… Quiero que estemos tú y yo solos fuera de aquí, merendar algo… No sé… Algo que no implique estar pendiente del trabajo. Mira, te sugiero irnos al campo, ¿ok?
  12. Pero es que…
  13. Bueno, vale, ya veo que no estás por la labor. Si quieres lo dejamos para otro día y…
  14. No, no, calla. Es verdad. –reaccionó. Venga, vale. ¿Te parece esta tarde?
  15. Lo que sea, guapa. Pero tendrá que ser a partir de las cuatro y media, ¿vale?
  16. Venga, sí. Esta tarde la dedico sólo a pensar en nosotros y ya está.

Parecía que la cosa se había arreglado, así que decidí empezar a flirtear un ratillo con ella:

  1. Sí, eso que me dices está muy bien, pero no se si te veo muy convencida… Quizá es que necesitas más tiempo para reordenar tu agenda o algo. Yo si quieres, espero a que tú me digas, ¿eh?
  2. No, tranquilo… -el tono ya iba mejorando. Esto lo arreglo yo con un par de llamadas y ya seguiré yo el lunes.
  3. Bueno, entonces a las 4:30 me paso por tu casa, ¿ok?
  4. Vale.
  5. Por cierto… -dije sugerentemente – ¿has visto cómo hablando se entiende la gente?
  6. Si piensas que con esto me vas a bajar del burro, ándate con cuidado porque no sé si todavía me conoces bien.
  7. No, no. Yo no pienso nada. Solo digo que desde que hemos comenzado a hablar te has relajado un poquito más, te noto más abierta, más suelta.
  8. ¿Te pasa algo?
  9. No, sin más. Es que noto en tu voz que estás más tranquila…

Silencio

  1. Por cierto que… ¿Te he dicho que me gusta oír tu voz?
  2. Buuuuufff. Ya estamos con el peloteo… Este huevo quiere sal…
  3. Este huevo – respondí – sólo quiere estar contigo una tarde, recordar momentos felices… Y verte sin presiones, que es cuando mejor estás. Pero bueno, que todavía no sé si creerme que vas a venirte esta tarde conmigo.
  4. Que sí, que sí. En serio. Pero no insistas mucho no sea que vaya a cambiar de opinión.
  5. Si es que cuando te pones en plan defensivo, no hay quien te haga cambiar de opinión, ¿eh? En fin, espero que por lo menos me des algo por haberte relajado un ratillo por teléfono…
  6. ¿Y qué se supone que debería de darte después de esta semanita? ¿Las gracias?
  7. Con que vengas conmigo esta tarde y me des un beso telefónico ahora, me vale.
  8. No sé si te lo mereces.
  9. Venga hombre. Encima que te saco de la rutina y te llevo fuera durante unas horas… Si hubieras sido tú ¿habrías propuesto esto? En serio, ¿eh? ¿O habrías esperado a que la cosa fuera a más? Yo es que no puedo seguir a malas con mi chica. No sé tú…

Silencio

  1. Debería de darte vergüenza después de lo que me has dicho esta semana pedirme un beso con semejante caradura.
  2. Nena, tú cuando estás cabreada ¿te lo guardas o sueltas todo lo que se te pasa por la cabeza?
  3. Lo suelto todo, por supuesto.
  4. Pues te digo que eso es lo que he hecho yo, nada más. Ambos hemos estado liados esta semana, y seguramente los dos tenemos que arrepentirnos de cosas que nos hemos dicho. Pero para eso te he llamado, para que vengas conmigo a arreglarlo, ¿vale? Y qué mejor manera de hacerlo que comenzando por un beso, aunque sea telefónico. ¿Crees que serás capaz de dármelo sin que eso te suponga un gran esfuerzo mental?
  5. Un beso – dijo al fin.
  6. Otro – pedí yo.
  7. Veenga, otro beso.
  8. Te pediría otro, pero creerás que estoy abusando de tu paciencia y no me lo darías…

Silencio

  1. Te doy otro y todos los que quieras, nene.
  2. Te quiero, belleza.
  3. Y yo a ti.
  4. A las 4:30 estoy allí, ¿vale?
  5. Ok.
  6. Un beso. Hasta luego.
  7. Adiós.

Y colgamos. La verdad es que creo que me costó tanto convencerla como escribirlo ahora. Pero la verdad, mereció la pena.

Miré al reloj. Las 11:15 casi, así que como era mi día libre, me dediqué a ordenar la casa, limpiarla un poco y sacar al perro. Preparando ya la tarde, bajé al coche  una manta, e hice un par de bocatas bien cargados, saqué algo de bebida, puse gasolina al coche, me duché y afeité, comí y me relajé viendo los reportajes de la 2 con la alarma puesta en el reloj.

Sonó el despertador a las 4, y me desperté con ganas de comenzar la tarde. Como íbamos al campo me puse el chándal, salí de casa y fui a por Lucía. Cuando llegué a su casa me sorprendió que ya estuviera fuera de ella. No porque como buena mujer haya que estar esperándola, sino porque siempre tenía que llamarla cada vez que iba a por ella y entonces salía de casa. Pero no sé por qué, me daba aquel día era todo diferente. Ni nosotros éramos los mismos.

  1. Holaaa!! ¿Qué tal la mañana? – me preguntó.
  2. Bien, bien. Relajado. ¿Vamos al Perdón? No es que sea muy alejado de la ciudad, pero…
  3. Donde quieras, guapo. No quiero pensar esta tarde. Solo dejarme llevar.
  4. Joé. Si que está la cosa cambiante –dije sorprendido.
  5. ¿Nos vamos? –Y me besó.
  6. Oído coche.

Y llegamos hasta la cima del Perdón. La verdad, el día estaba bastante claro: hacía calor, si bien en lo alto de un monte como el Perdón el cierzo está garantizado, pero se podía estar fuera del coche. Montamos el chiringuito, nos pusimos a comer y estuvimos hablando de casi todo menos del trabajo. La verdad, siempre hemos tenido buena comunicación, y no paramos de hablar casi nunca. Pienso que eso es una suerte en la pareja, y en Lucía lo había encontrado.

Era la mejor. Se expresaba con total soltura, relajada. Lejos de la Lucía que había sido esa semana. Se la veía feliz, y eso me alegraba. Cualquier discusión que hubiéramos tenido en esa semana se arregló en un pis-pas, porque era la primera vez que nos sentábamos juntos y tranquilos en esa semana, y hablamos de todo como personas adultas. Empezaba a hacer calor, puesto que el sol, al ponerse, daba sobre nuestras espaldas, así que nos quitamos las chaquetas. La imagen que el astro describía sobre ella era estupenda. Su pelo castaño-moreno brillaba y ondeaba con la suave brisa que corría en el monte. Sus ojos verdes se teñían de oro cuando miraba al sol. Llevaba una camiseta de tirantes negra ceñida pero cómoda a la vez, pero lo más llamativo era que debajo de ella, se reflejaba el sol en un sujetador transparente de esos que apenas se notan. Cada movimiento de hombros que hacía, hacía que sus pechos se movieran con total naturaleza dentro de esa lencería, y de vez en cuando no podía evitar bajar mi mirada buscando ese canalillo donde mis 2 tetas preferidas daban rienda suelta a mis más profundos instintos. En un momento dado, se levantó para coger un botellín de agua del coche, lo que hizo que se le bajara el pantalón lo suficiente como para poder ver ese tanguita negro que le regalé por el día de S. Valentín y que tantos buenos recuerdos (¿o debería de decir orgasmos?) me traía.

  1. Bonito tanga. – dije sin pensarlo dos veces.
  2. ¿Te gusta? Me lo regaló un tío muy bueno cierto día de Febrero…
  3. Pues qué buen gusto tiene el chaval. Tendré que pedirle consejo para cuando yo te regale el mío.

Se sentó a mi lado apoyando su hombro contra el mío y con nuestras caras casi rozándose.

  1. Tengo que darte las gracias por traerme aquí esta tarde.
  2. Y yo porque estás aquí conmigo. Pero es verdad que lo necesitábamos, ¿o no?
  3. Si, es verdad. Además…Me gusta que de vez en cuando tengas estas ideas.
  4. Y a mí me gusta verte así de suelta y relajada. – le dije besándole la frente.

La miré fíjamente a los ojos. Sus pupilas estaban ensanchadas. Y yo veía todo ese canalillo que me estaba llevando ya por el callejón de la amargura por no poder acceder a él así de sopetón. Así que me motivé y me inventé una excusa que parece ser que sentó muy bien.

  1. ¿Sabes cuando te he llamado esta mañana?
  2. Sí. ¿Pues?
  3. Es que si recuerdas, te pedía que me dieras un beso telefónico.
  4. Mmmh, si, es verdad.
  5. Y yo me preguntaba si sería posible que después de todo, ese beso pudiera ser real ahora mismo.
  6. Pues… Puede serlo. –Sentenció. Y me besó.

Ahora que ya estaba en el ajo no lo podía dejar pasar. Los primeros besos fueron de calentamiento: uníamos y separábamos nuestros labios cambiando de lado nuestras cabezas… Notaba que sus labios se iban humedeciendo y que su respiración se aceleraba, lo cual me incentivaba a seguir. Nos tumbamos sobre la manta, besándonos tiernamente. Ahora juntábamos más nuestros labios, y de vez en cuando sacábamos a pasear nuestras lenguas en busca de la del otro, para jugar con ella, enroscarse una con la otra… Yo le acariciaba la cara, y esa piel tan fina que tiene. Le besaba en la frente, en las mejillas, en la punta de la nariz. Mordíamos nuestros labios, los succionábamos, sonreíamos pícaramente tras ello…

La verdad, me estaba poniendo muy caliente y más el hecho de que su vello se erizaba sobre su piel, sobre su cuello… No tuve más remedio que bajar lentamente con mi lengua sobre él. Lo lamía con un vaivén lento, lento. Lo succionaba de vez en cuando, lo besaba y mordisqueaba. Veía que su respiración era profunda, la oía, le gustaba lo que le hacía. Sólo esperaba que se lo estuviera pasando bien, porque yo estaba disfrutando.

  1. ¿Cómo está mi niña preferida? – le dije.
  2. Muy bien, gracias. Pero yo también quiero jugar…

Y diciendo esto se lanzó a por mi cuello. Reconozco que me estremecí cuando lo hizo, porque un gran torrente de adrenalina cruzó mi cerebro y los escalofríos recorrían mi médula espinal como un cosquilleo continuo. Estuvo así durante el tiempo que mi cuerpo me lo pudo permitir, porque esto merecía ya un poquito más de caña. Así que me puse detrás de ella y mientras besaba y soplaba suavemente sobre su cuello, le iba quitando los tirantes de la camiseta, hasta que pude ver esa transparencia sosteniendo semejantes 2 maravillas de la naturaleza.

  1. Insisto en que no deberías de ponerte estos sujetadores, porque para vértelas así, no te quito la camiseta…
  2. Bueno, pues si no te gusta vérmelas así, podrías hacer algo, ¿no?
  3. Pues algo así estaba esperando que me dijeras…

Estaba en mi salsa. Sé perfectamente que a Lucía le gusta que le acaricie las tetas. No son muy voluptuosas, pero tienen el tamaño suficiente como para tomarlas suavemente con mis manos y sobárselas. Así que besando y soplando sobre sus hombros (cosa que ella adora) fui poco a poco y con mi boca, quitándole los tirantes del sujetador. Una vez que ambos se deslizaron sobre sus brazos, desaté el enganche de la susodicha prenda e introduje mis manos  para tomar sus pechos.

¡¡Qué sensación tan cojonuda!! Recordé las otras ocasiones en las que lo habíamos hecho, pero esta vez, no sé por qué, era especial: su piel era finísima, y podía notar cómo su vello se erizaba con cada círculo que hacía alrededor de sus tetas. Pellizqué sus pezones intensamente.

  1. Mmmmmhhh. – suspiró.
  2. ¿Te gusta, corazón?

Comencé a besarle la espalda mientras sobaba sus tetas rítmicamente. Unos lametones por aquí, unos sopliditos por allá… Cada vez que impulsaba sus tetas hacia arriba, ella pegaba su espalda contra mí y eso no hacía más que subir mi moral y mi capacidad de creación (por entonces ya saturada de ideas).

En una de estas pasó su mano por encima de mi cabeza, agarró mi pelo fuertemente y me besó. Os juro que nunca había sentido un beso de Lucía en este estado. Fue maravilloso. ¡¡Dios, como me puso!!

Harto ya de preámbulos, la tumbé sobre la manta, retiré el sujetador y comencé a comerle las tetas. Mis círculos sobre sus pezones hacían que sonriera y cada vez que se las mordía o succionaba ella levantaba su espalda en señal de gusto.

Bajé sobre su estómago. Mis besos le provocaban cosquilleo, pero esa sensación cambió cuando volví a posar mis manos sobre sus tetas para sobárselas mientras bajaba mi boca hambrienta sobre su seno. De repente se levantó.

  1. Ya te vale de ser el único que haga gozar, ¿no? ¡¡No lo acapares todo!!

Me empujó violentamente hacia el otro lado de la manta y mientras chupeteaba mi cuello y mis lóbulos auriculares, me quitaba la camiseta. Me volví loco. Fue a por mis pezones, erizados ya por toda la escenita, y sus círculos con su lengua y sus labios no hicieron más que confirmar mis ganas de follármela.

Se puso encima mía con sus piernas abiertas, lo que facilitó que llevara mis manos hacia su pantalón y masajeara desde fuera su coñito. La zona estaba ya de por sí caliente y notaba cómo sus labios sobresalían de la cuerda del tanga. Movió sus caderas adelante y atrás rozando su sexo con mi mano, mientras yo hacía círculos con ella. Sus fluídos iban empapando su pantalón y ella se movía con más rapidez. Opté por quitarle todo, para estimular mejor la zona, cosa que ella me ayudó a hacer. Hasta que se echó hacia delante, cogió mis manos y rozándose sobre mi pantalón con mi miembro debajo, se convulsionó y con un grito se corrió.

Cayó sobre mí desplomándose y se quedó quieta. En un principio reconozco que me sentí ofendido: había hecho todo lo posible para acabar follando y resulta que me había quedado a dos velas.

  1. ¿Qué? ¿Estás satisfecha? – le grité.
  2. Pozi. He tenido el mejor orgasmo de mi vida y no quería perderlo, pero no te preocupes que no me he olvidado de ti.

Lo del mejor orgasmo me dejó pasmao. Después de todas las veces que lo habíamos hecho, resulta que esta había sido la mejor. Menos mal que tocaba… Pero todos los males se me quitaron cuando por primera vez en nuestra relación, Lucía me quitó pantalones y calzoncillos y empezó a besarme y a enrollar su lengua sobre mi vello púbico. Tras la cabalgada anterior, mi polla estaba ya baja de moral, pero cuando la tomó con su mano y la introdujo en su boca, ipso facto retomó su estado. Aquello era maravilloso. Cerré los ojos dejándome llevar. Su mano cascaba mi polla casi mejor de lo que yo lo hacía; su lengua rodeaba mi glande juguetonamente y esos labios húmedos besaban y se comían todo lo que encontraban a su paso. No sé cuanto tiempo soñé que estaba en el paraíso. Cuando desperté ví el coño de Lucía acercarse a mi cara.

  1. ¿Por qué no haces que ese de ahí se sienta en el jardín del Edén? – me sugirió.

Esto era increíble. La primera vez que le iba a comer el coño y además por petición suya. O esto era un sueño, o de veras esta chavala se estaba liberando. En caso de ser lo segundo, ya preveía yo noches de auténtico desenfreno.

En fin, que recuperándome de aquel cielo en el que había estado, deslicé mis manos por su espalda y tomé su trasero de un golpe. Era redondo, con una carne apetecible, precioso, y las vistas que tenía ante mí más todavía. Lamí su rajita, cosa que le hizo temblar. Besé y mordisqueé la parte interior de sus muslos, mientras besaba el capuchón de mi botón preferido, que estaba ya a puntito de salir. Ella movía sus caderas al son de mi lengua y yo sobaba mientras su culo como si me fuera a comer todo lo que tenía delante de mí. Y era verdad…

Paró de moverse y comenzó a chupármela. No sé si desde que he probado esto del 69 vivo en un mundo diferente, pero la verdad es que volvería a repetirlo una y otra vez. Así que allí estuvimos boca a boca (en vez de mano a mano) estimulándonos uno al otro hasta que ya no pudimos más.

  1. ¡¡Estoy a punto de correrme!! –grité gozando como nunca.
  2. ¡¡Yo también, yo también!! Pero vamos a acabar como se merece, ¿no? – dijo mientras jadeaba de gusto.

Nos levantamos y nos pusimos en la postura del misionero. Es la más típica y la más romántica, sí. Pero la ocasión lo merecía, porque teníamos que agradecernos mucho aquel día. Así que introduje mi polla en su ya rojizo coño y ambos empezamos a movernos atrás y adelante cada vez más rápido. La bombeé con toda la rapidez que pude y así llegamos al orgasmo los dos, con sendos gritos de “gozor”…

Esta vez, me desplomé yo sobre ella. Jadeando después del esfuerzo realizado, saqué mi debilitado miembro del coño de mi chica y lo usé para acariciarlo suavemente mientras la besaba.

  1. Joder, nena… -dije. Esto supera cualquier alegría del mundo.
  2. Gracias… Por doble partida – respondió ella.
  3. ¿Por?
  4. Por este segundo orgasmo y por ayudarme a expresarme tal y como lo siento.

Era verdad. Lucía había sido más bien tradicional en cuanto a esto del sexo: en la cama, de noche, con previos breves o casi nulos (así que le dolía la mayor parte de las veces…)… Ya habíamos hablado del tema, pero nunca se llegaba a decidir. Sin embargo,  aquel día había superado todas sus expectativas. Y las mías, claro.

  1. Solo una cosa…
  2. Mmm? – dijo con los ojitos cerrados. Estaba preciosa.
  3. Ahora que ya lo HEMOS conseguido, solo espero que no te eches atrás, ok? Nos ha costado, pero yo creo que ha merecido la pena. Y no me tienes que agradecer nada. Lo has hecho porque has querido. Eso sí, estoy dispuesto a discutir contigo todos los días si luego al llegar el fin de semana me regalas orgasmos como el de hoy.

Y nos besamos. Aunque luego me pegó una colleja. Volvía a ser la misma…

La vuelta fue cojonuda. El beso de despedida espléndido (de esos que te dejan huella y pidiendo más) y, por supuesto, el sexo desde entonces está tomando un rumbo desconocido. Y es que nos encanta perdernos en este mundillo. Y a mí más…

2 comentarios en “Deshinibición campestre

  1. Wow. Me dieron unas ganas tremendas de masturbarme imaginándome junto a mi novio haciendo el amor con esta tentadora y a la vez muy romántica historia. Buen trabajo. 🙂

  2. MMMMmmmmm…

    Cierto, a mi también me encantó y erizó tanto o mas que a Julieta.

    Fui tan realista que no me quedé con las ganitas.

    Divina y me hizo como posesionarme tanto que me ayudó a masturbarme lindo lindo, tan lindo que llegue a gozar una y otra vez pese a normalmente no ser multiorgásmica.

    No se de quien es esta historia, pero si esto llega al autor o autora quiero decirle:
    Gracias. ¡MUY BUENO…!
    Me encantaría poder llegar a leer mas relatos tuyos, avísame por favor cuando estés por emitir otro tuyo.

    Si tienes otro u otros anteriores, por favor también házmelo saber.

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