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Fue el primero (I)

Podría decir como muchas que fue llevaba años fantaseando con un amor verdadero. Lo hago desde los 14, cuando sentí el primer furor viendo aquel porno con mis compañeros de clase y me identifiqué con las chicas de la pantalla. Sentí que lo que me excitaba era ver esos enormes penes brillantes y venosos en las manos y sus bocas; que las oía gemir y gozar y sentía que quería ser una de ellas, sobre todo cuando las penetraban por detrás y se veía en los primeros planos como las abrían. Como todas, empecé entonces esa larga historia de robar ropita, usar bragas bajo la ropa de chico y esas cosas. Jugando con mis primas y compañeras aprendí a maquillarme y observándolas me fui sintiendo cada vez más nena, hasta me inventé síntomas de la regla.

Me podía describir, desde los 15 o os 16, como una adolescente sensible, romántica, mimosa, cariñosa y por qué no, sensualísima. Entonces decidí llamarme Laura y escribir un diario como ella. Cada vez mis fantasías eróticas eran más fuertes y desde hace ya tiempo pensaba que me debería arriesgar a salir pero a buscar a mi hombre, mi novio, que sintetizara amor y lujuria. Leía mucho sobre el tema y conocí a algunas chicas así que ya eran maravillosas mujeres, con las que me limitaba a charlar en Internet. Por eso cuando conocí a Diana no tuve dudas. Ella sería quien me abriría a la nueva vida.

Me propuso ir a una disco de esas que abren en fin de semana para gente joven. Lo acepté con terror. Había oído hablar de situaciones muy feas que les pasaban a algunas travestís con hombres intolerantes. Me dijo Diana que me ayudaría a parecer una de esas que destacan en medio de tanta niña exhibiendo su sexualidad de fin de semana y que nadie se imaginaría lo que había en la realidad de mi cuerpo.

Esa noche me vestí con un vestido negro corto sin tirantas, ajustado, formando mis caderas y glúteos, mis piernas largas enfundadas en medias de encaje que dejaban ver mis muslos casi descubiertos, depilados como toda mi piel, blancos, tersos, brillantes de a ratos según los reflejos de las luces del local. Pero eso no era todo, era mi pelo largo, suelto, rizadísimo, flotando a cada movimiento de mi cabecita angelical, mis labios carnosos, rojos sangre, mis orejitas pidiendo mordiscos y sobre todo mis ojos, negros profundos, brillantes, diciendo a los muchachos de la sala: “soy tuya si eres capaz de amarme, a ti te miro,  a ti te clavo mi mirada, aguántala si eres hombre”. Y si había uno que era hombre y me la aguantó.  Luego supe que fue a la disco a ligar, aburrido de una novia de vida disparatada y que me dijo: “no podía compararse con tu belleza”.

Preguntó como me llamaba. “Laura para ti”, le dije cuando se acercó a preguntármelo. Eso era suficiente para hacerle saber que ocultaba algo, que tenía un misterio que a la vez parecía que era para ser más incitante. Me tomó de la cintura. Me atrajo hacia él. Me dijo que desde que me vio no pudo pensar en nada más. Se me notó la timidez y el temor pero pareció incitarle aun más.

No sería fácil entregarme pero estaba feliz de sentirme aferrada a un hombre que a todas luces iba a por mí, pero al mismo tiempo miraba a mi alrededor buscando a Diana, pidiendole su aprobación, le pedía auxilio. Sería difícil pero merecía la pena, me sentía de verdad la diosa del local aquella noche, era nueva para todos, la mejor, una hembra y una princesa. Me aferró más fuerte y fue a por mi boca. Me dejé besar, entorné mis ojos y casi me derrito en medio de un reflejo de luz violeta…que sabor,  que ternura y que fuerza su sexualidad que se dejaba sentir bajo la tela de su pantalón.
“Ahora o nunca” me dije. Él, sin soltarme la cintura, con cuidado pero con fuerza me llevó al lavabo. Daba la impresión que no podía esperar más. “Tanto le excito”, pensé con cierta felicidad,  enardecida.

Me metió sus manos entre mis muslos buscando el encaje de mis medias negras, me puso su mano, me miró con tanta ternura y lascivia mezcladas que me puse a temblar con mi feminidad desbocada. Le dije: “Espera llévame contigo pero aquí no, me da asco”. Casi me muero. Ese “llévame contigo”, después me confesó, le supo a gloria, a triunfo. “Es mi primera vez”, le advertí, ya sin dejar de temblar de cintura para abajo.

El dominaba la situación. Me tomó de la mano, y yo no me desprendí de la mía, salimos del local, del ruido, pensé que ahí se desvanecería todo pero una vez fuera se pegó a mi lado, caminaba con alguna dificultad sobre mis 10 cm. de tacón, se notaba que no lo hacía habitualmente. Seguía habiendo algo de nerviosismo pero no me importó. Ya era suya, el milagro de la noche, una hembrita que lo deseaba, con mi sexualidad terrible, que me había adherido a él sin pedir nada a cambio, con algo de miedo y totalmente novatilla a mis casi 18 años. Pero que me daba igual, a eso había ido, no pensé que tan pronto ni tan fácil pero ahí estaba.

Abrió la puerta del coche, entré y me senté descuidada de forma que la minifalda casi solo me cubría un poquito de mi tanga negro. Sólo había un reflejo que llegaba de una farola y no pudo evitar comerme los morros con locura, mordiendo, metiendo lengua hasta donde cabía, y subiendo sus manos por mis muslos, por dentro que es donde más me gusta y que es donde más agradecidos y sensibles son. Intentaba suspirar con la boca llena de su lengua pero a la vez mostraba más temor a algo que él no podría imaginar. Tiernamente, mientras no dejaba ya de buscar entre mis piernas le llevé a mi pubis, allí había un diminuto pedacito de carne masculina.

Una lagrimita salió de mis ojos. Pero el siguió besándome con fruición, acariciando sus muslos, esquivó aquella masculinidad absurda en mi cuerpo de mujercita asustada y siguió buscando mis nalgas. Dejé de llorar, sonreí y me aferré a su cuello, pedí un perdón que ya no era necesario, dejé mi mano en su paquete por encima del vaquero y suspiré. Arrancó el coche sintiéndome la adolescente virgen más afortunada. Aquello que había sabido digamos que por sorpresa inevitablemente no era obstáculo para llevarme a aquella a su apartamento. “Eres la hembrita más excitante que ha estado a mi lado”, me susurró. Ya sabía de las TV, “sabía que eran amantes terribles y por qué no tener una experiencia contigo  i además tu, Laura, eres novata y virgen”. Bajamos en su portal, agarrados de la mano, de la cintura, besándonos en el ascensor, ya nada me impedía sentirme con un deseo incontrolable. El olía a hombre, yo a mujercita. Me movía como la más sexy de ellas, llevaba aun mis medias por los tobillos como me las había dejado en el coche y suspiraba. Era suya y, en cierta medida, el era mío. Si había ido yo a la disco a buscar suerte, la había encontrado. Si pensaba en un tío dotado, ardiente, amante, ese era él. Abrió nervioso, y no puede más que caer con él en el sofá, sin encender la luz, sin abrir las ventanas, sin más, el abrazándome, apresándome la cintura, intentado bajar el escote de mi vestido negro ajustado y yo sin dejar de buscar su cremallera, con desesperación, me lamía el cuello, las orejas, los pezones, y yo liberando su polla buscando con mis manos ansiosas. “Que maravilla” le dijo al verla y tocársela. “Maravilla eres tu, toda”, me dijo. Me desnudó con algo de ternura pero con mucho de macho salvaje casi como para violarme. De todas formas intentaba tratarme como a una joya y contenerse pero empezó a besarme los pezones, mordisqueármelos, mientras acariciaba mi espalada bajando las manos hasta mis nalgas. Estaba desnuda para él. Ya no me importaba que se viera lo que le dije sería mi “clítoris”. Se sonrió y me preguntó si podía llamar “coñito” a mi huequito que “se le hacía por entonces sabrosísimo”.
Me sentía, una gata, mimosa, cariñosa y muy caliente. Apenas un pequeño empujoncito de mi cabecita hacia su polla y sin resistencia me acomodé para llegar con mis labios y empezar a lamerle, como un animalito, mi lengua pringadita de saliva recorriéndole el pedazo de carne más duro que habría imaginado.

“Es la primera polla que tengo en mis labios” le dije. “No soy experta pero si golosa”, me atreví a balbucear, mientras ya oía sus gemidos impresionantes, lo que me daba más entusiasmo y deseo. Me pidió que me la tragara, que se la chupara con ganas, que succionara con mis labios carnosos apretados y comencé a hacerlo con ganas, golosamente, de pronto le dije que era “lo más maravilloso que había pasado en su vida”. “Mamar una polla así, darle gusto a un macho así y saber lo sabroso que era que me ponía a mil, que me excitaba que me correría solo con esa mamada”, le susurré casi llorando de gusto. Mi dios, lo que significaron para él aquellas palabras.
Deseaba que si yo me corría el lo hicieera también al mismo tiempo. Que estallara en mi boca y me ahogara en leche. El gozaría como macho y yo como hembra. Y sucedió que me estremecí, di un gritito  sin sacar su polla de mi boca y nos derramamos los dos. Me llené mi boca, mi cara, todo y me revolcaba pegándome a su cuerpo como una posesa. Laura, ya era su nena travestida, su amante, su amor. Qué comienzo.

Le pedí que me abrazara. Lo hizo. Me dio ternura que necesitaba. Le confesé que de verás era virgen. Que era mi primera vez. Que mi amiga me había convencido de salir. Que hacía tres años me vestía sexy y se masturbaba con juguetes en el culito y, que sólo tenía 18 años. Que odiaba haber nacido chico y que nunca había sido la hembra de nadie. Que nunca había saboreado semen, ni me había corrido sin tocarme y que esa noche sería suya, esa noche o todas las que el quisiera.
Me invitó a ducharnos juntos. Puso música, me sirvió un refresco y le ofrecí  la visión de mi cuerpo femenino, depiladito, suavecito como de nena. Le vi su sonrisa y su deseo de que la noche no acabara ahí. Buscó en su armario ropa de alguna de sus  amantes, ropita sexy de noche, lencería de encajes y aberturas, me la ofreció después de ducharnos juntos sin parar de tocarnos y besarnos.
Mi virginidad era un aliciente más para los dos. Hablarle de mis 18 años, del tiempo que llevaba sintiéndose femenina, hacían que él se sintiera cada vez más caliente y sólo deseara desvirgarme. Y como lo deseaba yo. Se me veía en la mirada y en mis movimientos de cadera, sacando los glúteos hacia fuera todo lo que podía.

Yo misma lo llevé a su cuarto, volví a mamarle deliciosamente el pene, gimiendo, suspirando, y acariciándole los huevos hasta que me pidió que le dejara lamer mis nalgas, mi huequito y hacer un 69 de locura, él con su lengua en mi anito virgen y yo lamiéndole los huevos. Poco duró aquello. Me eché boca abajo en la cama. Mi culito dilatadito con su lengua y mojadito de saliva, su polla durísima lista para penetrar y sucedió.

Me puso una almohada bajo mi vientre, mis nalguitas se encresparon duritas y suaves como seda y piel de melocotón, mi huequito húmedo, estaba ya dilatado por su lengua áspera y experta y mis suspiros que le llegaban a su oído como música celestial, eran unos gemiditos y algunas palabritas sueltas muy despacito, musicales. “Hazme tuya” le decía •”soy virgencita”, le decía con una lujuria mezclada con ternura que hacía que se enervara como un buey salvaje. Tenía la polla más grande y dura que nunca habría imaginado en mis fantasías. Sabía que me dolería pero ya no había marcha atrás. Se lo pedía casi llorando.

Le estaba dando la oportunidad de disfrutar de un culito de 18 añitos virgen que deseaba ser penetrado, desflorado. Se echó sobre mi cuerpo, con todo su peso encima del mío, me pasó primero sus 20cm por entre mis nalgas, lo sentí con gusto y me estremecí, di un respingo, me puse más pegada a su pubis y gemí “papi ábreme toda por favor”.  En ese momento no pudo ya contenerse apuntó a mi anito, pegó su cabezota bien fuerte abriendo sin contemplaciones, solté un gritito ahogado, seguía abriéndome, seguí gritando contra la almohada, continuó metiendo sin pensar ya en nada más que en gozarme, usarme, lo sentía, y me gustaba sentir un macho de verdad, que no era un juguetito, era carne de verdad, con su calorcito y sus venas hinchadas. “Papi, sigue por favor”, decía entre sollozos que ya eran más de felicidad que de otra cosa. “Papi me estas rompiendo pero me gusta”, sigue así. “Me gusta sentir tu peso de macho encima mío”. “Dale fuerte, mi hombre, más adentro, sigue, destrózame” decía casi aullando con vocecita casi infantil que lo enloquecía más y más.

Cada cosa de esas que decía entre sollozos y gemidos le ponía más salvaje. Me agarró de la cintura y me puso en cuatro. Ahora era una perrita en celo. Libre de su peso empecé a mover mis caderas de forma que entraba su polla hasta los huevos. Me movía como una experta pero yo sabía que eso es natural. Gozaba yo y el me disfrutaba. “Papi, rómpeme toda”, grité de pronto. “Párteme en dos”, chillé, me  bombeaba como un salvaje estaba por explotar me decía. Estaba yo también a punto cuando me dió la vuelta, recogíó mis piernecitas junto a su cintura, y me la metíó hasta el fondo viéndome mi cara de goce, de virgen desflorada en éxtasis, mi pequeño pene chorreaba, mi boca se relamía con mi lengua húmeda, “Préñame”, aullé, y de pronto le agarré del cuello, le besé con locura buscando su lengua y sentí que se derramaba en mis entrañas a la vez que yo, su Laura, me estremecía, lloraba y tenía mi primer orgasmo de locura con un hombre de verdad llenándole el culo de semen.

Entre llantos, agarrada aun a su cuello, le di las gracias por haberme hecho mujer, por aquella follada. Me recosté a su lado, pegada a su cuerpo, con la mano sobre su polla ya descansando y me dormí semidesnuda murmurando algo sobre mi felicidad. Casi había olvidado que era una travesti.
Sobre nuestros otros encuentros escribiré más adelante. Si les gustó este inicio me gustaría saberlo. Mi mail armadejazmin@hotmail.com

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