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Tía Ethel

Después de darme una ducha,  Tía Ethel irrumpe en el baño, me toma de una oreja y me conduce hacia el living, regañándome como a un niño. Con veintiocho años, no soy ningún niño, pero me fascina ser tratado de ese modo.

Un no había terminado de secar mi cuerpo, y apenas una pequeña toalla atada a la cintura cubría mi desnudez.

–         Me ha faltado dinero de la billetera, Manuel – grita Tía Ethel, indignada. Será mejor que me digas donde está.

Era verdad. Yo le había robado algo de dinero para comprarme el slip colaless que tanto me gustaba. Desde luego, la primera reacción consistió en declararme inocente.

_ ¡No, Tía Ethel, yo no le he robado nada!

Me da una estupenda bofetada.

_  Además de ladrón, eres mentiroso. ¡Te voy a dar una azotaina que no vas a olvidar, muchacho malcriado! – me dice Tía Ethel, con firmeza – ¡Quítate la toalla!

¡No, tía Ethel, por favor! ¡Eso no …! – suplico en vano y gozo al hacerlo.

Tía Ethel me pone de espaldas y me quita violentamente la toalla, dejándome completamente desnudo.

– ¡ Qué vergüenza ¡ – exclamo, bajando la vista, humillado.

–         Soy una señora de setenta años. Podría ser tu abuela, muchachito. No debería darte vergüenza estar con la cola al aire  delante de mí – exclama tía Ethel, mientras va en busca del temible cepillo de madera – Lo que debería avergonzarte es lo que has hecho, chico malo.

Tía Ethel me surte la primera nalgada, con la mano, fuerte y sonora. Luego se sienta en el sillón, me tiende sobre sus faldas, boca abajo.

–         Levanta bien el culo, Manuel. Voy a darte una lección que no vas a olvidar jamás.

Es la primera vez que Tía Ethel me propina una azotaina desnudo. Sin dudas, será algo para recordar.

Tía Ethel aplica la técnica habitual, esto es, chirlos más bien suaves pero firmes con las manos. Muchos, casi incontables. Esta vez el  trasero comienza a arderme pronto a causa del contacto directo de las palmas con mi piel desnuda. Los regaños no cesan en ningún momento. Luego vienen los azotes con el cepillo.

Las nalgadas se suceden con tanta rapidez que pierdo la cuenta. Tengo el miembro bien parado; quiero masturbarme. El instrumento de castigo cae furioso sobre mis glúteos desnudos, haciéndome brincar con cada chirlo.

– ¡ Ayyy, Ayyy ¡- grito con ganas – ¡ Me duele ! ¡ No voy a hacerlo más ! ¡ Ouch, Ayyy! –

Experimento una sensación de exquisita humillación.

– Entonces has sido tú, ¿verdad? ¡ Toma esto, muchacho malo !.

Estoy a punto de tener un orgasmo feroz. Mi culo no aguanta más el ardor. Tía Ethel se da cuenta de ello. No puede dejar de notar – cómo podría – mi irreverente bulto. Me toma entonces de un brazo y, poniéndome de frente, me obligándome a exhibir mis sexo bien henchido.

Intento ocultarlo con mis manos.

– ¡ Las manos en la nuca! – me ordena tía Ethel, dándome una estupenda cachetada – No te he dado permiso para que te cubrieras.

Obedezco. Tía Ethel se escandaliza de mi erección.

– Esto es una nueva falta de respeto hacia tu tía – dice, tocándome el miembro con el cepillo.

Tía Ethel me ordena pedirle perdón de rodillas y besarles los pies. Orden que me apresuro a cumplir a pie juntillas.

Luego de confesarle en que gasté el dinero robado,  me manda ir  a buscar el diminuto slip colaless, negro, tipo “hilo dental”, y me exige que vuelva con la prenda puesta. Cuando me presento de nuevo en el living luciendo dicha prenda, Tía Ethel vuelve a escandalizarse.

Acto seguido, me lleva de una oreja y me pone en un rincón, mirando contra la pared, con las manos cruzadas por detrás y exhibiendo mi dolorido y enrojecido trasero.

–         Así vas a pasar todo el día, hasta la noche – me dice tía Ethel, con aire triunfal – ¡En penitencia ! Vas a aprender a comportarte como se debe. La próxima falta que cometas, te obligaré a pasearte por la calle llevando vestido solamente con ese slip, para que todos vean lo marica que eres. ¿Me has entendido?

– Sí, Tía Ethel – respondo, excitado al imaginar una situación tan humillante.

Tía Ethel me tiene todo el día en penitencia, desnudo, en su estudio, bajo su atenta mirada. Sabe de las ganas atroces que tengo de masturbarme.  Finalmente, me obliga a pasar toda la noche en el baño de servicio y me deja como tarea el escribir quinientas veces “No volveré a robar dinero a Tía Ethel”, prolijamente , de rodillas sobre maíz,

Un brutal orgasmo, y luego otro, coronan una jornada de indecible gozo: el gozo del niño que llevo dentro.

Si te ha gustado mi relato, por favor escríbeme a submission_pissinglover@yahoo.com.ar

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