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Mi querida tía Emilia

Hacía un año que mi tía Emilia, Mili para la familia, se había quedado viuda. No lo sintió demasiado. Estaba claro que sabía, de sobra, que la

había puesto los cuernos durante todo su matrimonio y que nunca fue un modelo de marido. Era algo bruto, sin llegar a la violencia y muy poco cariñoso con élla, mi tía Mili, que a mí, su sobrino preferido, siempre me había gustado mucho, muchísimo, aunque jamás me atreví a insinuarle lo más mínimo.

Bueno, como he dicho, ya había pasado un año, yo estaba de Rodríguez, con la mujer y los niños en la playa, cuando mi tía Mili y yo nos encontramos  cerca del cine Alcalá. Estaba preciosa, como siempre: gran pecho, sin exagerar, muslos gruesos, piernas largas y bien torneadas, culo respingón, cara guapa y labios gorditos, besables. Nos saludamos con alegría y nos dimos dos besos. En ese instante, en ese preciso instante, comenzó mi felicidad con la tía Emilia, una de las mujeres que más me han gustado y más feliz sexo me han proporcionado. Y yo a élla,

que sigue diciéndome que conmigo es la mujer más felizmente satisfecha.

Todo empezó de un modo sencillo: Como yo estaba sin mi mujer y, por lo tanto, hambriento de sexo, y mi tía Emilia siempre me había gustado muchísimo, al besarla, apreté la comisura de mis labios sobre los suyos y, ¡oh maravilla!,al darnos el segundo beso, fue élla, mi adorable tía, la que buscó con su boca la mía. No fue un beso en plenitud labial, pero sentí algo así como el roce húmedo de su lengua. Nos quedamos callados, sin saber qué decirnos.

Al cabo de un ratito, yo rompí el silencio.

¡Cuánto me alegro de verte!. Y mira que es raro que yo venga por tu barrio, pero como el taller donde voy siempre está cerrado por vacaciones, he tenido que venir al concesionario de guardia, que está al lado de tu casa.

¿Hubieras sido capaz de pasar por la puerta sin subir a verme?.

Mujer…. Uno no sabe cuando puede molestar al presentarse sin avisar. A lo mejor estabas con un novio.

Ya saber, Juancho, que yo no tengo novio.

¿Y eso por qué, si eres muy guapa?.

Pues porque yo tengo que estar enamorada para que un hombre entre en………(su voz adoptó un tono especial)….. mi…casa. Sólo puede entrar el hombre al que quiera con locura.

Su voz, su forma de mirarme y el calor de su mano en mi brazo (yo iba en mangas de camisa), me excitaron. Decidí probar. Si la cosa no salía bien, no pasaba nada: era cuestión de ser más astuto que Ulises. Me lancé de cabeza. El cine podía facilitar las cosas.

Hasta las siete no tienen el coche, así que había pensado meterme en el cine. Aquí mismo, en el Alcalá, que está refrigerado. Se trata de pasar estas tres horas. ¿Te apetece entrar?, ¿Tienes algo urgente que hacer?…

Nada mejor que ir contigo al cine. Es la primera vez. Espero que haya más veces, porque yo no consigo echarte la vista encima, aunque tenga muchas ganas de verte. Tú no, ya lo sé.

Te equivocas, Emilia.

¿No me llamas tía?.

Ahora mismo somos una pareja que entra al cine, a la oscuridad del cine.

Nos verá alguna vecina y mañana me dirá ¡qué bien acompañada te ví ayer, Emilia, ¿es tu novio?. Seguro que alguna me lo pegunta.

Y tú….¿qué responderás?.

Pues que sí, para que se mueran de envidia.

Pues entonces, cógeme del brazo, como una novia. Yo si que voy a presumir de novia guapa.

La voz de mi tía enronqueció ligeramente al preguntar:

¿Te parezco guapa, Juancho?

Ella tambien había dejado de llamarme sobrino.

A mí me pareces la mujer más guapa del mundo.

Gracias, eres un cielo de hombre.

Volvió a besarme. Sentí sus labios en la comisura de los míos y la leve humedad de su lengua. Correspondí en el acto, haciéndola sentir la humedad de la mía.

Nos quedamos muy cerca, mirándonos intensamente. Nuestra manos se buscaron y se estrecharon con fuerza. Volví a besarla, esta vez en toda la boca. Fue un beso brevísimo, en aquella época, los años sesenta, en España las parejas se besaban sólo en los cines, las calles mal alumbradas y los descampados.

Me cogió del brazo con fuerza, apoyando su pecho contra mi brazo. Sentí la dureza de su pezón y me puse como una moto. Sacamos las entradas y pasamos a la sala. El acomodador nos puso hacia la mitad del cine. Daba igual, había poca gente.

Nada más sentarnos, mi brazo ciñó su cintura, élla, mi queridísima tía Emilia, hizo lo mismo. Me excitó el calor de su mano y mis labios buscaron su boca. Nos besamos apasionadamente, enlazando nuestras lenguas, lamiéndonos con pasión, con ansia. Mi mano se hundió debajo de su falda, en busca de sus muslos y de su entrepierna. Ella me acarició la polla por encima del pantalón. Mi mano, ansiosa de su sexo, ascendió hacia su chochito. Abrió las piernas, facilitándome el camino de nuestra felicidad. Mis dedos se hundieron en su coño. Estaba húmedo, muy caliente, abrasaba. Separé los labios un momento y la dije:

Te quiero, Emilia, siempre he estado enamorado de ti.

Y yo de ti, amor de mi vida. Si no fueses tan tímido, podíamos llevar años queriéndonos con locura. ¿Quieres que nos vayamos a casa?.

Estoy deseándolo, amor mío.

Pues vámonos, cielo mío, que estoy deseando tenerte dentro de mí. Hace años que lo deseo con locura.

Vamos mi vida.

Nos levantamos y salimos. Su casa estaba cerca. Nos cruzamos con dos vecinas. Nos miraron con curiosidad. Una de éllas me conocía y le cotilleó algo a la otra. Volvieron a mirarnos con dismulo. Mi tía rió de buena gana.

Mañana lo saben todas. No me importa, porque estoy segura de que te van a ver venir a casa muchas veces.

Muchísimas, vida mía. En voz baja la dije: estoy deseando comerte entera, cariño.

Y yo a ti, amor de mi vida. He soñado con ello muchas veces. Va a ser la primera vez que lo hago. Me tienes            que enseñar, golfo mío.

Entramos en su casa. Nada más cerrar la puerta. Me besó brevemente en la boca y me dijo:

Espera que me lave.

Entramos juntos al baño y nos duchamos. Una vez en la cama, en postura de sesenta y nueve, sentí que los pelos de su coño, abundantísimos, rizados, deliciosos, llenaban mi boca. Lamí su coño con verdadero placer, a la vez que sentía mi polla en su boca. No pude resistirlo, me día la vuelta y, cabalgandola, metí toda mi verga en su cálido coño. ¡Qué gustazo!. Se corrió inmediatamente. Yo seguí moviendome despacio y procuré contenerme. Se corrió dos veces más. Y la tercera, me corrí dentro de élla. La inundé. Gritamos de placer y nos quedamos muy quietos, saboreando esa deliciosa quietud, lamiéndonos la boca, la lengua y la cara. Aquel fue el comienzo de una mor que aun hoy, veinte años después, sigue vigente,apasionado y gustosísimo. No me he divorciado, pero la mujer que me llena que me gusta con locura,

De la que estoy enamorado, es de mi queridísima tía Emilia, el amor de mi vida. Ella siente lo mismo por mí. Ya tiene sesenta años. Me sigue pareciendo la mujer más guapa y más deseable del mundo. A mi mujer,

La madre de mis hijos, no la atrae demasiado el sexo y lo hacemos poco y con poco placer. Eso me lo da mi queridísima tía, que me quiere con locura, como nunca ha querido a nadie. Esto es todo. Gracias por leer esta historia verdadera.

Juancho.

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