Archivo por meses: noviembre 2010

El monte tricúspide

¡Qué eterna se podía hacer media hora cuando se llevaba todo un mes planeando una noche, a escondidas en los momentos libres de trabajo, a través de miradas cómplices llenas de sensualidad, de larguísimas llamadas de teléfono! Qué insoportables se hacían los últimos clientes de la noche en la farmacia, el señor que pedía unas pastillas para el dolor de no importa qué, y no quedaba satisfecho hasta que había hecho a Paqui enseñarle medio almacén. Ana y Berta tenían que aguantar las risas ante sus jefes, cuando veían la brusca velocidad con que intentaba despachar a los clientes, mandándolos a paseo con el primer producto que encontraba. Las dos chicas se miraban pues aquello significaba cuánto deseaba Paqui acabar el turno de aquella noche e iniciar la fiestecita que tenían preparada. Más bien medio improvisada, pues ninguna estaba totalmente segura de lo que pasaría.
Se hicieron insoportablemente tensos entre las tres los últimos minutos: haciendo caja y poniendo las cosas de la farmacia en orden, con el jefe y la jefa, los dueños, rondando por el establecimiento y exigiéndoles todavía que hicieran algunas cosas.

Pero toda promesa se cumple. Llegó la deliciosa hora del cierre. Berta, Ana y Paqui pudieron quitarse las batas blancas y marcharse de la farmacia.
Tuvieron que hacer un esfuerzo por no echar a correr.

Por el camino disfrutaron contemplándose unas a otras, sin decir nada, sólo sonriendo, ante la próxima culminación de sus planes.
Paqui tenía un aspecto dulce, con su piel clara, sus ojos azules y su preciosa cabellera dorada. Sin embargo a veces demostraba un genio difícil de domar. No era consciente aun de las miradas que sus generosos pechos atraían de sus dos amigas. Verdaderamente era para ellas una delicia no confesa el ver aquellas grandes y túrgidas tetas temblar con cada paso que daba su joven dueña.

Ana tenía un aspecto divertido y malicioso. Era una de esas personas que escasean y que no dejan jamás de sonreír. Se había tintado recientemente la corta melena con mechas rojo oscuro, y Berta decía que se parecía mucho a la chica de ese anuncio de helados. Le ponía cachonda cada vez que la veía morder el cono de nata y chocolate, decía. El cuerpo de Ana no era voluptuoso, más bien delgado, pero tenía una carita de niña mala y deliciosos labios.
Berta inspiraba en todos y todas seriedad y frialdad. Alta, de rostro duro y nariz recta, melena larga y negra, cuerpo ajustado y largas piernas. Recordaba a una ejecutiva agresiva o a una aristócrata europea moderna. No obstante este carácter, les regalaba a sus dos amigas prometedoras sonrisas.

………………………….

En la farmacia las tres eran amigas y compañeras y ninguna sobresalía sobre las demás. Sin embargo, nada más cerrarse tras ellas la puerta del piso de Berta, la cosa cambió bruscamente y quedó claro inmediatamente cómo iba a transcurrir la noche.

– Muy bien -dijo Berta, volviéndose a ellas, poniéndose de repente muy seria-.

Quiero que escuchéis muy bien lo que os voy a decir, niñas. Ahora estamos en mis dominios. Eso significa que aquí se hace lo que yo digo. ¿Vais pillando? – Vale… -aceptaron ellas, ante aquella voz dura.

– Ahora mando yo. Yo ordeno, y vosotras, pequeñas esclavas despreciables, obedecéis….

Se acercó a ellas lentamente, resonando sus tacones en el suelo. Sujetó ambas caras entre sus dedos con firmeza.

– Ahora sois mis pequeñas putas, mis zorras particulares. Yo soy vuestra ama.
Para mí ya no tenéis ni nombre. Ahora tú eres “Putita”… -dijo mirando gélidamente a Paqui- y tú eres “Zorrita -dijo mirando a Ana- ¿Habéis comprendido? – Sí…

– ¿Sí “qué”? – ¿Cómo que “sí qué”? -dijo Paqui extrañada.

Berta apretó su carita entre sus dedos.

– ¡Ay! – ¡Se dice “sí, Ama”! ¿Has entendido, Putita? – ¡Sí, ama! – No me toméis a cachondeo, o tendré que castigaros con gran dolor. Acompañadme.

Ya excitadas por aquel inicio, Ana y Paqui siguieron las piernas de Berta.
Entraron en el salón. La casa no era muy grande, pero estaba decorada de una manera íntima y exquisita. Berta comenzó a cubrir la alfombra con mullidos cojines.

– Muy bien. ¡Zorrita! – Sí, mi ama -dijo Ana.

– Tengo que ir a mi cuarto a prepararme para follaros bien toda la noche. Cuando vuelva, quiero a mi Putita totalmente desnuda. Bueno, totalmente no…

-Berta sonrió perversa- Déjale esos calcetines y esas zapatillas blancas tan castas que lleva. Me gustan.

– Sí, mi ama.

– Mmmh. Muy bien, qué obediente, me encantas, Zorrita. Ven, te mereces un besito.

Con un dedo, atrajo hacia sí la barbilla de Ana y la besó. Recorrió todo el interior de su boca con la lengua.

– Pero no te acostumbres. No siempre soy un ama tan amable, ¿entiendes? ¡Desnúdala! Berta se fue y Ana procedió. Mientras desnudaba a su compañera de esclavitud, no dejaban de mirarse a los ojos, encendidas. Compartieron un momento de soledad. El cuerpo de Paqui se inclinaba, ofreciéndose descaradamente a ella. Ana rió. Le habría gustado acariciar su piel, pero tenía miedo de que su ama las pillase en plena acción.

Al rato Berta apareció de nuevo por la puerta. La imagen era sobrecogedora: ahora sí que era una verdadera ama dominante. Miraba a sus dos miserables esclavas desde dos altísimas botas negras de cuero, con vertiginosos tacones afilados de metal. Un corsé de cuero negro y brillante apretaba su cuerpo, abultando sus tetas. No vestía nada más. En una mano llevaba una larga fusta. En la otra, un cigarrillo rubio que recién estaba encendiendo.
El ama se acercó a ellas, sobre aquellos largos tacones, majestuosa, poderosa, amenazante, deliciosa. Sus cabellos negros eran tan finos que flotaban en el aire al avanzar.

El humo de su cigarrillo iba surcando el ambiente del salón con finas espirales grises.

Paqui descubrió entonces algo desconocido para ella. Al mirar a Ana, se dio cuenta de que seguía con sus ojos cada movimiento del cigarrillo. Lo seguía cuando descansaba entre los dedos índice y corazón, junto a la cadera. Lo seguía por el aire y lo contemplaba extasiada cuando su ama lo posaba en sus labios, le daba una larga y suave chupada y surgía en su extremo el resplandor del fuego.
Estaba segura de que Ama y Zorrita eran ya cómplices de aquel fetichismo, pues la señora fumaba con una provocativa parsimonia. Fumaba con delicadeza, gozando de cada calada, expulsando lentamente el humo entre sus labios, dejando que surgiera a bocanadas y ascendiera por su cara.
¡Ana era una sucia fetichista! Bien mirado, aquello le pareció a Paqui una excitante perversión. Miró a su ama, anhelante de atenciones. Berta le sonrió.

– Ponte a cuatro patas, Putita -le ordenó, y ella obedeció.

Berta cogió un cenicero de plata y lo colocó con cuidado sobre la espalda de su Putita.

– Más vale que no se te caiga, o te azotaré hasta matarte, puta…

Paqui quedó muy muy quieta. Berta siguió dándole largas caladas a su cigarrillo.

De vez en cuando le daba unos golpecitos con el índice, para dejar caer las cenizas sobre el cenicero. Ana estaba excitada al máximo con aquella exhibición.

Introdujo una mano en sus pantalones y comenzó a acariciarse.

Una de las cenizas estaba demasiado caliente, y al caer sobre la sensible piel de Paqui, esta gritó y dio un respingo. El cenicero cayó al suelo ruidosamente.

El ama montó en cólera.

– ¡¿Ves?! ¡Es por eso que os tengo que castigar, estúpidas zorras de mierda! ¡Ven, que te voy a eslomar! Paqui intentó escapar, pero su ama era muy fuerte. La atrapó entre sus piernas y comenzó a azotar su culo con saña. La esclava se revolvía de dolor, atrapada. Su culo fue marcado una y mil veces por la fusta sin piedad. Por la forma de apretar los dientes, era evidente que su ama disfrutaba como una loca castigándola, dejándole el trasero rojo. Mientras la azotaba seguía dando caladas. En el suelo, Ana se masturbaba locamente.

Por fin cesó el azotamiento.

– Muy bien… -dijo Berta jadeando- Ya has tenido suficiente. A ver si aprendes a cumplir mis órdenes. Mmmh, qué culito tan colorado, me encanta.

Dejó libre a la esclava entre sus piernas, que cayó al suelo, llorando y mirándola con odio y veneración, al mismo tiempo.

Acabó su cigarrillo, para sufrimiento de Ana, y lo apagó en el cenicero.

– Zorrita…

– Sí, ama…

– Quiero que vayas a mi habitación y te pongas lo que hay sobre mi cama. Y luego trae también mis demás juguetes. ¡Ya! – Sí, ama.

Ana se fue y Berta se arrodilló junto a Paqui.

– Levántate. Acabamos de empezar…

– ¿Sólo vas a ser así de mala conmigo? – ¡Calla puta! Ya verás, tengo unos juguetitos que quiero ponerte en esas tetas gigantes que tienes… Je je jeee…

– Pero, ¿duele? -lloriqueó Paqui.

– ¿Que si duele? -Berta se puso muy seria… y luego sonrió con maldad- Pues claro que duele, Putita. Mucho. Por eso me encantan.

Ana volvió del cuarto. Su cuerpo ahora sólo estaba cubierto por finas tiras de cuero, que culminaban en diminutos triángulos que apenas daban para cubrir de pudor sus pezones y su pubis. Un manojo de pelillos sobresalían sobre el tanga.

Apenas estaba oculta la vulva.

Entregó unas finas cadenas a su ama. En el extremo tenían dos pequeñas pinzas.

– Chúpale los pezones, Zorrita -ordenó Berta-. Pónselos bien tiesos para mí.

– Con mucho gusto, mi ama.

Ana cubrió los pechos de su amiga con una gran sonrisa. Los chupeteó y mordisqueó para que se endurecieran. Paqui se revolvía de gusto.
El ama la separó de los pechos. Comenzó a estrujar los pezones para secarles toda la saliva. Tenían que estar duros y secos para colocarles las pinzas, que se apretaban con unos tornillos. Paqui volvió a gemir de dolor, pero Berta no cesó de apretar y apretar, hasta dejar los pezones bien atenazados. Ahora el ama tenía a su esclava bien sujeta y controlada por dos dolorosas cadenas. Para demostrarlo, la obligó a levantarse y pasear detrás de ella por todo el salón, a base de ligeros tirones que la hacían quejarse y obedecer cada movimiento.

– Por favor, ama… -se oyó la voz suplicante de Ana.

– ¿Cómo? -dijo Berta.

– Por favor, mi ama, enciende un cigarrillo, por favor, te lo suplico.

Enciéndelo para mí… -lloriqueaba en el suelo, a sus pies.

– ¡¿Cómo te atreves a pedirme nada, zorra?! -gritó Berta- ¡Estúpido saco de huesos! ¡Ahora me vas a lamer las botas, guarra! ¡Lame hasta dejarlas brillantes! Ana posó su boca sobre las botas negras y comenzó a recorrerlas con la lengua, barnizándolas de saliva. Berta gozaba tremendamente con el espectáculo. Mientras con la fusta le acariciaba suavemente el culo, su otra mano no se olvidaba de Paqui, y le iba prodigando tironcitos a la cadena, haciendo que se retorciera por el dolor y el placer simultáneos que invadían sus pezones.

– Ya están limpias, muy bien. Ahora chúpame el tacón. Vamos tírate en el suelo… ¡Chúpalo hasta el fondo! Ana se colocó hacia arriba y dejó que el largo tacón metálico fuera penetrando su boca, poco a poco, hasta desaparecer por completo. El sonido del chupeteo de Ana era delicioso. Berta le dio unos azotes con la fusta en la entrepierna, haciéndola sobrecogerse en el suelo.

– Muy bien, Zorrita. Limpio y resbaladizo, como a mí me gustan los tacones. Ya están listos para tu amiga.

Obligó a Paqui a ponerse a cuatro patas, dándole el culo. Apoyó la bota sobre las mollas de su trasero. El tacón metálico apuntaba sin piedad hacia el delicado agujerito del ano.

– ¡No, por favor, eso no puedes hacerlo! -gritó Paqui, pero un tirón de los pezones la obligó a callar.

El tacón intentaba entrarle suavemente por el ano, pero a pesar de la saliva de Ana, era una tarea dura. Mientras le masajeaba el agujerito, con una mano la azotaba suavemente, y con la otra le tironeaba los botoncitos.

– ¡Ay! ¿Por qué eres tan mala conmigo? ¡Uh! – Porque me encantas, cariño -respondió Berta-. Porque me enciende tu cuerpo escultural, por eso te doy mis mejores tratos.

Berta vio los celos en los ojos de Ana. La atrajo hacia sí, y la besó en los labios. Los mordisqueó como se mordisquea un jugoso plato de carne.
– Cariño, ahora vas a recibir tú -le dijo Berta-. Deja que nuestra Putita te coma el conejo.

Ana se tumbó y abrió sus piernas ante el rostro de Paqui, retorcido por el dolor del metal que la perforaba.

– ¡Chupa, Putita! -ordenó Berta, azotándola con fuerza- ¡Y no uses las manos, o te despellejaré a azotes! Paqui dejó caer su cara sobre el micro-tanga de Ana. Lo masticó un buen rato hasta que logró apartarlo. Los labios vaginales ya estaban bien abiertos y lubricados, y el pequeño clítoris erecto y palpitante. Sus lamidas arrancaron los suspiros de Ana.

De repente el tacón penetró el ano hasta la mitad. Paqui sentía el frio metal en sus entrañas.

– ¡No pares! -ordenó Berta- ¡Métele toda tu lengua! La lengua de Paqui exploró el interior vaginal de Ana, mientras sus labios frotaban inevitablemente el clítoris. Berta dedicó atenciones a su propio cuerpo, comenzó a acariciar su raja con la vara de la fusta. Los movimientos frenéticos de su pelvis tenían que acompasarse perfectamente con los de su pierna, que penetraba el culo de Paqui, cuyos movimientos a su vez llenaban de placer a Ana, que le aprisionaba la cabeza entre las piernas y con cara de rabia se sacudía contra ella.

– ¡¿Te gusta, Putita, te gusta que te folle con mis tacones?! -gruñó Berta, al borde del éxtasis. Por toda respuesta recibió un gemido de la boca ocupada de Paqui. Siguió preguntando, siguió gritando, siguió acariciándose con la fusta, torturando con los tirones de los pezones, siguió penetrándola, siguió la lengua lamiendo, los dientes mordisqueando, la boca de Ana diciendo barbaridades, sudando, sacudiéndose contra la boca de su amiga esclava.
Las tres experimentaron el milagro de alcanzar simultáneamente un enorme clímax.

Gritaron de placer, provocando el escándalo en todo el edificio y el de enfrente. Los gritos de Ana más bien eran aullidos que llenaban de orgullo a Berta, por ser tan buena ama, por saber hacer que sus putas particulares se corrieran a sobremanera.

Las tres se desplomaron exhaustas en la alfombra, incluso el ama. Paqui tuvo la osadía de desengancharse las pinzas. Los pezones estaban amoratados, parecían haber ganado unos milímetros de longitud con tanto tirón, y dolían hasta el mareo con sólo rozarlos.

Berta se tumbó en un sillón y encendió otro cigarrillo. Parecía haber perdido todas sus fuerzas. Miraba gélidamente a Ana, sabiendo lo muy caliente que la ponía verla fumar así, con las piernas abiertas ante ella.

Mientras Ana se acercaba a lamerle el conejo con demencial lentitud, Paqui decidió lamerle los dedos de los pies. Muchas veces había imaginado lo maravilloso que sería besar con primor, chupetear, lamer los dedos de los pies de una mujer hermosa como aquella. Darles piquitos, acariciarlos con la punta de su rosada lengua, acoger todo el dedo gordo en su boca y chuparlo como un caramelo, mordisquear el dedo más pequeño de todos. Mientras lo hacía acariciaba su clítoris, pues su orificio delantero no estaba tan dolorido como el trasero, que no había sangrado porque Dios no había querido.
Así pasaron largas horas, lamiendo el conejo de su ama, besando sus muslos y chupeteando sus pies. Tras toda una serie de dulces orgasmos, su ama cayó en el sueño. Cuando despertó, quedó sorprendida: estaba en su cama, atada de pies y manos a las esquinas, totalmente desnuda. Sus antiguas esclavas estaban una a cada lado. Ana seguía llevando sus tiras de cuero, en la mano tenía un pequeño látigo de cinco colas. Paqui, ¡su pequeña Paqui!, había cambiado radicalmente su actitud. Ahora era ella la que llevaba el corsé de cuero negro, ajustado hasta la exageración. Las pupilas de Berta se dilataron cuando vio lo que balanceaba en una de sus manos: una pala de azotar con remaches metálicos. La expresión de Paqui era de desprecio.
En la mesilla había todo tipo de instrumentos eróticos: un enorme consolador negro, cintas de goma, mordazas, collares de pinchos, pinzas…

– Oh, nenas, ¿qué habéis hecho? -gimió Berta- ¿No os lo habréis tomado a mal? – Calla, guarra. ¿Cómo te atreves a hablarnos? Ahora las amas somos nosotras.

Mmmh… dos amas y una sumisa, esta noche promete. Ahora vas a saber lo que es el dolor de verdad…

Ana le puso a Berta una mordaza con una bola de plástico que acallaría todos sus gritos, cualquiera que fuera su intensidad y desesperación.
Antes de comenzar la sesión, Ana y Paqui se abrazaron y se dieron un largo y apasionado morreo, para que Berta viera lo que era amor de verdad.
Aquella noche los vecinos de la zona llamaron a la policía, avisando de que habían oído en uno de los pisos gritos desgarradores. Aunque más que gritos, dijeron, eran como gruñidos bestiales.

La policía no encontró nada extraño en ninguno de los pisos, no pudo aclarar el origen de los gritos de aquella noche. Sin embargo, los gritos se volvieron a oír bien avanzada la noche, incluso hasta poco antes de amanecer. Los gritos se duplicaron, incluso se triplicaron. Algunos atribuyeron el fenómeno a los fantasmas, y se fueron a pasar el resto del día a otras casas.

Nunca nadie más que ellas supo que los gritos eran de placer y desesperación, en una mezcla demencial que duró horas y horas sin descanso.

FIN

¿Algo que decir? eslavoragine@hotmail.com

Geisha / Segunda parte

Por un instante me dejó sola y cuando volvió traía en sus manos una pequeña botellita que había sacado de su cartera. Me pidió nuevamente que cerrara los ojos y segundos después de hacerlo, comencé a sentir un aroma a flores muy tenue, un aroma que inundaba el ambiente. Inmediatamente después de sentir ese aroma, vinieron las manos de Zhen nuevamente sobre mis pies pero untando un aceite del que provenía esa fragancia. Repitió las caricias con el aceite y la untuosidad de mi piel acariciada con el aceite, mas el aroma a flores y las manos de Zhen me llevaban a lugares que no sabia que existían.

Pero esto no era nada comparado con las caricias que le prodigo a mis muslos. Los unto completamente con aceite, los acaricio más que antes, sus dedos presionaban en los lugares más sensibles y después resbalaban por todos lados. Mi espalda no podía dejar de arquearse ante el camino que abrían sus manos en mi, no podía dejar de moverme sensualmente, como indicándole donde necesitaba que me diera la próxima caricia.

Tenia ganas de abrir la boca y pedírselo con palabras, pero me daba la sensación de que arruinaría el momento, de que se perdería algo de toda esa magia que estaba envolviendo mi casa y mi cuerpo.

Definitivamente mi cuñada era una perfecta geisha, una apasionada geisha capaz de dar todo el placer del mundo a la persona que le tocara gozar de su experiencia, sus caricias, su manera exótica de excitar a alguien.

Nada se comparo con el preciso instante en el que abrió delicadamente mis muslos y se encargo de mi sexo. Sus dedos hábiles parecían conocerlo de memoria porque se dirigían exactamente a los rincones en donde solía estallar de placer, en donde tocarme era el equivalente de una serie de orgasmos incontenibles.

Mis gemidos comenzaron a escucharse cada vez más fuerte, mis suspiros solo le daban la certeza de los lugares en donde debía detenerse más y continuar con las caricias.

Sentí que me abandonaba nuevamente después de dejar mi sexo en llamas y me pregunte a donde habría ido. No se alejo mucho del sillón, solo camino unos pasos hasta una mesa que había cerca y estaba llena de velas. No entendí bien de que se trataba al principio y cuando comprendí que haría, me alarme un poco pero después volví a relajarme y a confiar en ella.

Encendió una de las velas más grandes que tenia y apago las luces del living. Fue acercándose lentamente a mí y dejo caer sobre mis muslos unas gotas de cera. Contrariamente a lo que creía, no me había quemadora sensación de placer que sintió mi cuerpo al caer la cera sobre mi piel fue maravillosa. Detrás de la cera, vino la lengua de Zhen, recorriendo el mismo camino que recorría ella con sus manos y la vela encendida.

Mis manos no podían aferrarse mas a los costados del sillón, me dolían los nudillos de tanta fuerza contenida, no quería interrumpir nada de lo que ella hiciera, no quería moverme, no quería hacer nada que modificara ni un solo segundo de todo lo que estaba pasando.

Se acerco más todavía y dejo caer pequeños hilos de cera caliente sobre mi abdomen y la esparció con sus delicados dedos por sobre mi piel encendida de deseo. Mas tarde continuo con la misma tarea pero esta vez fue sobre mis pechos. Primero los beso en forma muy suave, después lamió los pezones y los lubrico con su fresca saliva. Cuando sintió que estaban duros y preparados, dejo caer más cera sobre ellos.
El contacto caliente sobre mi tierna piel me hizo lanzar un gemido de placer, sentía que deliraba de gozo al saber lo que Zhen estaba haciendo. Con su magnifica lengua quito poco a poco la cera que segundos antes había dejado caer y se limito a mordisquear nuevamente la punta de mis pechos para hacer circular nuevamente la sangre y dejarlos nuevamente erectos.

Seguía cargando el ambiente de sensualidad y por momentos tenia la sensación de que mi cuerpo no iba a resistir tanta fiebre, tanta excitación, tanta calentura.

Después de dejarme suspirar tanto delirio, dejo la vela a un costado, se quito su ropa y exhibiendo ante mí su blanco y sedoso cuerpo, se coloco entre mis piernas y comenzó a besar mi sexo con pasión, con un descontrol extrañamente calmo.

Los movimientos de su boca entre mis piernas, la invasión de su dulce lengua dentro de mi sexo tenían un ritmo descontrolado pero las oleadas de placer que me embargaban eran serenas, calmas, deliciosas.

Su lengua era invasiva, como no lo había sido ninguna hasta ahora sobre mi carne. Cada gota de flujo que salía de mi era exactamente repartida en partes iguales por mi entrepierna, no dejaba cm. sin mojar, sin humedecer. Investigo los labios externos de mi vagina para luego abrirla y dar pequeños toques con su lengua en mi clítoris completamente hinchado.

Cada vez que la punta de su lengua lo tocaba mi cuerpo saltaba sobre el sillón, mis manos amagaban tocarme y ella me impedía hacerlo, dejándolas caer a los costados de mi cuerpo. Las retenía allí mientras su boca seguía encargándose de mi vagina depilada e hinchada de gusto.

Desde mi posición podía sentir mi aroma, el calor que salía de mi interior se había traducido en un exquisito aroma almizcle que me excitaba a mi y a ella en idénticas proporciones porque a medida que manaba flujo, Zhen aceleraba sus movimientos dentro de mi.

Hasta ese momento ningún pene me había penetrado como la lengua de mi cuñada, ninguna mano masculina había tocado centros tan neurálgicos de mi placer, ningún hombre había encontrado los pequeños secretos que escondía mi concha excitada.

Cuando no me lamía, me acariciaba con la palma de su mano abierta, acariciando mi clítoris con ella y permitiendo que un dedo suyo siguiera de largo hasta dentro de mi agujero, rodeándolo, excitando su contorno para luego entrar en el, para acariciarme por dentro, para mojarlo y saborearlo en su propia boca.

Mi cuerpo era un torbellino de sensaciones, quería hacer algo, moverme, darle a ella algo de todo lo que me estaba dando pero parecía no ser el momento indicado, confié en que ella misma me diría cuando y como, solo con señales, con movimientos silenciosos, como había hecho hasta ahora.

Mi cuñada se estaba dedicando en cuerpo y alma a la delicada tarea de hacerme gozar y lo estaba consiguiendo con creces.

Mágicamente sus pechos reemplazaron a sus manos y vi, maravillada, como colocaba uno de ellos en el borde de mi vagina, como untaba su pecho con mi flujo, como lo tomaba con sus manos y apuntando con su pezón a mi clítoris, lo acariciaba con él.

Esa imagen para mi fue demasiado, me deje llevar y estalle en un orgasmo impresionante mientras su pezón seguía subiendo y bajando a lo largo de mi clítoris y seguía mojándose con mi excitación. Así, con sus pechos empapados de mi calentura, se acerco a mi boca y me los ofreció para poder saborearlos. Se coloco encima de mi y me los regalo, me los dio como una preciosa ofrenda para que pudiera conocer mi sabor bañando su cuerpo.

La verdad es que los deguste como si fueran una maravillosa copa de vino. Deje que mi instinto puro se liberara y tomando lo que me ofrecía, deje vagar a mi lengua y a mis labios por sobre tu carne empapada de mí, de mi esencia de mujer, de esa calentura que ella misma había originado.

Escuchar los delicados gemidos que nacían de la garganta de Zhen me alentaban a seguir, a continuar con esa tarea maravillosa de saborear a esa exquisita mujer que me daba lo mejor de si para poder vivir un momento de lujuria único.

Sin que pudiera reaccionar, Zhen retiro sus pechos de mi boca y me tomo con la suya. Esta vez su beso fue mas ardiente que el primero, quizás porque su excitación había crecido y estaba perdiendo un poco el control de la situación, se estaba dejando llevar por su deseo y eso se manifestaba en su boca besando apasionadamente la mía…

Tome su nuca con mis manos y la acerque mas aun a mi, permití que su boca se soldara a la mía y que ambas lenguas comenzaran a danzar juntas, en el aire, dentro del paladar de la otra, permitiendo que se unieran y acariciaran mutuamente.

Ese beso estaba derritiéndome, la suavidad de la boca de Zhen era impresionante y la movilidad de su lengua mas todavía.

Abandoné como pude esa gloria y dejé que ella me guiara hasta colocarnos ambas en un delicado y sensual 69. Realmente el espectáculo del cuerpo de Zhen frente a mis ojos, la magnificencia de su sexo frente a mí y a merced de mi boca, me supero. Con mis manos sostuve sus nalgas y deje que mi lengua vagara por encima de los labios cerrados de su sexo.

El sabor del flujo de Zhen era tan dulce como ella, tan excitante como la más excitante de sus caricias. Todo en ella era armonioso, hasta su sabor.

Me entretuve mucho tiempo lamiéndola de esa manera y en forma sincronizada cada caricia que le regalaba, ella la repetía en mi cuerpo. Delicadamente abrí los labios de su vagina y me dedique a besar su interior, los labios menores de su perfecta y depilada concha, a buscar con mi lengua su clítoris y moverme en círculos sobre él.
Lo succioné varias veces con mis labios y lo excité mucho más todavía con pequeños mordiscos. Cada movimiento dentro de Zhen hacia que su cuerpo se moviera hacia delante y hacia atrás sobre el mío. Cuando yo aceleraba el ritmo de mis caricias, ella hacia lo mismo. Estábamos las dos gozando en los mismos tiempos, estábamos sincronizadas, las dos teníamos el mismo nivel de excitación.

Mi cara se enterraba en su sexo y gozaba al sentir mis mejillas completamente mojadas con su flujo, me encantaba sentir que salía más y más de su interior al sentir que mi lengua entraba profundamente en ella.

El panorama de su perfecta y blanca cola frente a mis ojos fue una tentación infinita que no pude resistir. Con mi lengua excite su agujero trasero y comencé a meter delicadamente un dedo en él.

Zhen saltó, me miro de costado y con una semi sonrisa me dio el consentimiento para seguir. Reconozco que me tomé coraje y seguí excitándola despacio pero seguro. Primero decidí que mi lengua se encargara un poco mas de ese lugar y la moje, arrastre el flujo desde su vagina hasta su cola, acariciaba con mi dedo índice la entrada en círculos y de a poco alterne con mi lengua para ir abriéndolo más y más.

Cuando había conseguido que se abriera en forma considerable, mi dedo mayor se deslizó en él y comenzó a penetrarla una y otra vez, me movía como si mi dedo fuera un pene que la tomaba sin control por atrás y los gemidos de Zhen se multiplicaban por toda la casa.

Era una dulzura escucharla y saber que la fuente de ese placer eran mis dedos, al fin podía retribuirle algo de todo lo que me había dado.

Mi lengua se dedico a su clítoris y mi dedo seguía en su cola mientras ella, como podía, seguía lamiéndome más y mas.

Así, torturándonos deliciosamente, logramos un orgasmo juntas que nos llevo a movernos en perfecto estado de locura, de delirio, de desborde pasional.

Nuestros cuerpos habían adquirido una cadencia al momento del éxtasis que nunca había visto en mi vida, parecíamos soldadas la una a la otra y así acabamos agotadas, ambas abrazadas una a las piernas de la otra, respirando nuestra excitación sin querer movernos de ese lugar.

Cuando nos recuperamos de ese momento nos quedamos un rato abrazadas en el sillón hasta que se hizo la hora de que Zhen se marchara. Ninguna de las dos pronuncio palabra pero estaba implícito que nadie sabría lo que había sucedido esa tarde en mi casa.

Ni siquiera Leo, que de conocer mí historia, se habría muerto de envidia.

Volvimos a estar juntas dos o tres veces mas y a experimentar un placer mayor aun del vivido aquella tarde. Después de que se marchó con mi hermano a su tierra, nunca mas volví a estar con una mujer, quizás por tener la intima convicción de que nadie adoraría mi cuerpo como aquella geisha maravillosa que un día, y a su manera, me amó.

Sabrosa

Luna_gitana@yahoo.com

Geisha / Primera parte

Me había quedado dormida ¡! Justo hoy que llegaba mi hermano de Oriente con su esposa y debía ir a buscarlos al Aeropuerto Internacional, me había quedado dormida ¡!! La verdad es que no podía ser tan desordenada pero anoche me había acostado tarde, había tenido una reunión y aunque prometí no demorarme, lo estaba pasando super bien y no me dí cuenta de la hora. Cuando me percaté de este detalle, volví corriendo a mi casa con la esperanza de que los despertadores cumplieran su función y me despertaran a tiempo para llegar a recibir a mi hermano, pero todos me fallaron.

Cuando arribe al Aeropuerto, mi hermano estaba esperándome con las valijas, con una cierta cara de fastidio pero también de diversión porque me conocía y al ver mi cara de puchero, me disculpó enseguida.

En el preciso instante en que estábamos abrazándonos, apareció mi cuñada. Hacia ocho años que no veía a mi hermano y cinco que ellos se habían casado. La empresa en la que trabajaba lo había destinado primero a Canadá, después a Francia y por ultimo a Japón. Allí conoció a quien hoy era mi cuñada: Zhen, que después supe quería decir Bella en japonés.

La verdad es que el nombre era ideal porque mi cuñada era bellísima, ahora entendía por que mi hermano estaba tan embobado con ella. Su estatura era pequeña, sus manos muy delicadas, su piel blanquísima y un cabello negro azabache que el caía a lo largo de su espalda hasta la cintura, dándole un marco a su rostro increíble.

Como toda oriental tenia una sonrisa a flor de labios, era extremadamente educada y emanaba delicadeza por todos lados.

Hechas las presentaciones de rigor, nos encaminamos hacia el parking del Aeropuerto y después de acomodar las valijas en la camioneta, partimos hacia la casa de nuestros padres.

Mi hermano y Zhen se quedarían allá hasta que regresaran a su país porque mis padres tienen una casa inmensa y estaban felices con la idea de tener a su hijo a su lado, después de tanto tiempo lejos de casa.

Durante el viaje hacia la casa de mis padres nos pusimos al tanto de las novedades de ambos lados, me contaron que estaban agotados por el viaje y que tenían muchísimas ganas de acostarse a dormir un rato pero sabíamos que no iba a ser posible porque nuestros padres no iban a parar de hacerles preguntas.

Dicho y hecho, ninguno de los dos pudo descansar hasta pasada la media tarde, porque entre las preguntas y el almuerzo de bienvenida se hicieron mas de las cuatro de la tarde cuando pudieron subir al dormitorio y dormir unas horas.

En el tiempo que duró la reunión la verdad es que me dediqué a charlar con Zhen y quedé maravillada. Era inteligentísima, culta, graciosa y dominaba perfectamente el español, así que la comunicación fue más fluida de lo que pensaba antes de conocerla.
Cuando mi hermano y mi cuñada se retiraron a descansar me fui a mi casa. Una vez sola me quede pensando en la vida de ambos y la imagen de Zhen aparecía en mi mente todo el tiempo. La verdad es que entendía por que mi hermano estaba tan enamorado de ella, aun siendo mujer me sentía tremendamente atraída hacia ella, tenia un encanto especial que había dejado a toda la familia como hechizada.

Confieso que he tenido fantasías con mujeres pero nunca han ido más allá de eso. En este caso, la verdad es que mi cuñada me había excitado de una forma bastante extraña.

Esa noche vino mi novio a mi casa con la idea de ir a ver a mi hermano pero le sugerí que no lo hiciéramos para darles tiempo a descansar, que tendríamos casi un mes para estar todos juntos y que seguramente en la semana podríamos arreglar una cena para todos.

Mi novio siempre me insistía con la idea de tener sexo con otra mujer, incluirla en la pareja pero la verdad es que no me había decidido aun a concretarla pero, teniendo en cuenta esta apertura mental de mi pareja, me anime a contarle lo que me había pasado con Zhen.

Le conté lo bella que era y todo lo que me había atraído y eso hizo que mi novio se excitara terriblemente, ante la idea de que podíamos llegar a concretar su fantasía de armar un trío, ahora que yo había encontrado a alguien que me gustara y que mejor que alguien de la familia, verdad ¿?

La realidad es que con esa imagen en su mente, mi novio tuvo una noche de pasión conmigo increíble, parecíamos dos salvajes en la cama, estábamos muy calientes y en medio de las caricias y el sexo mas duro, él no dejaba de contarme cada cosa que se podría hacer si mi cuñada estuviera incluida en la relación.

Quizás eso haya hecho que después la mirara de otra forma, porque cada vez que la veía no encontraba en ella a la esposa de mi hermano sino a la mujer que nos había calentado a mi novio y a mi en la cama esa noche.

Un tiempo después del encuentro con mi familia invité a mi hermano con mi cuñada a cenar a casa y también estaba mi novio así que fue una cena relajada, de parejas, bastante divertida. La verdad es que tomamos bastante y mi novio, con sus mas y sus menos, propuso jugar a un juego de mesa que se llama “Sextionary “. Este juego reparte cartas entre los equipos que se forman de a pares con ilustraciones de sexo. Cada integrante del equipo tiene que dibujar el contenido de la carta recibida y tratar de que su compañero de juego adivine lo que esta dibujando.

Por sorteo me tocó jugar con mi hermano y a mi novio con mi cuñada. Jugamos dos partidas y ganó un equipo cada una, el juego estuvo divertido y nos dio la posibilidad de charlar sobre ciertos temas que nos fueron excitando de a poco.

Mediante esa charla descubrimos cosas de mi hermano y mi cuñada que nos dejaron a mi novio y a mis super calientes… Como por ejemplo que habían tenido oportunidad de participar en un par de fiestas múltiples, que solían asistir a lugares swingers, que habían tenido relaciones de tríos y mi cuñada, algo entonada por la bebida, llegó a confesar que algunos años antes, había tenido sexo con mujeres.

La verdad es que me quede caliente y sorprendida porque así como se la veía, tranquila, dulce y hasta casi sumisa, Zhen había probado casi todo. Esa revelación para mi novio fue casi magistral y cuando nos quedamos solos, lo único que hacia era repetir las palabras de mi cuñada y seguir alimentando la fantasía de tener sexo con otra mujer.

Volvimos a tener un encuentro sexual maravilloso y cada vez se acrecentaba más el deseo de incluir a una mujer entre los dos. Las cosas que mi novio me decía en la cama, mientras me acariciaba y me hacia suya, me encendían de una forma impresionante y me animaba a portarme cada vez mas lanzada en la cama, cosa que a él lo enloquecía sobremanera.

El tema seguía dando vueltas en mi mente pero la cosa era saber como encararla, como crear una situación en donde ella pudiera participar de un encuentro sexual con mi novio y también como lo manejaríamos después con mi hermano.

Si pensaba dos veces en que era la esposa de mi hermano, la idea me parecía un espanto pero si lo veía desde el lado de la vida sexual que ellos llevaban, las cosas me cerraban mucho más.

Mi novio me sugería una y mil excusas para llevar a Zhen a mi casa pero nada me convencía, sentía que la situación se daría naturalmente y sin que mi hermano estuviera en el medio. Me daba la sensación de que cuanto mas me relajara, más rápido se presentaría el momento adecuado para vivir esa experiencia.

Tal como suponía, el día llego y de la forma mas imprevista posible. Una mañana me había quedado en casa para arreglar algo el desastre que tenia por todos lados cuando sonó el timbre y al abrir la puerta, me encontré con Zhen. Estaba sola porque mi hermano había salido con mi padre a ver a algunos amigos y ella decidió salir a recorrer sola la ciudad. En eso estaba cuando se le ocurrió venir a visitarme.

Ese día estaba más linda que nunca, no tenía una sola gota de maquillaje, tenía un jean y una sudadera gris de gimnasia con algunas inscripciones en negro, su cabello suelto cubriéndole la espalda por completo y unos lentes de sol que le quedaban estupendos.

Estaba tan simple que atraía justamente por eso, por su sencillez que resaltaba sus rasgos mucho más que cuando se producía para salir. La invite a pasar y nos sentamos en la cocina a tomar una taza de café.

Sinceramente, me moría de nervios pero mas que nada porque sabia que intenciones albergaba mi espíritu, sabia que tenia que encararla de alguna manera para hacerle la propuesta de formar un trío con mi novio y no tenia idea de cómo hacerlo.

Todo sucedió de la forma más inesperada para mí y con resultados que nada tenían que ver con mis planes secretos. Zhen había quedado enamorada de la colección de velas que tenía en el living de mi casa así que se dirigió hacia allí para que le contara mas sobre ellas, de que fragancias tenía, cuales eran florales y cuales no. Hacia allí fuimos y mientras tomaba con sus delicadas manos cada una de ellas, comenzó a contarme cierta historia intima que había vivido antes de conocer a mi hermano, historia que tenia algunos condimentos eróticos, como por ejemplo el uso de velas y fragancias aromáticas.

Mientras Zhen narraba esa historia, comencé a sentir que cierta excitación invadía mi cuerpo, su suave voz me arrullaba, su extraña entonación me relajaba muchísimo y verla moverse despacio por el living de mi casa me producía una extraña sensación de tibieza a lo largo de todo mi cuerpo.

Lentamente fue acercándose al sillón donde yo estaba y se sentó bien pegada a mi lado. En sus manos traía una pequeña botella que yo tenia al lado de unas velas de flores y después de abrirla y colocarla bajo mi nariz, me pregunto de qué fragancia se trataba.

El aroma a jazmines que invadió el living y las pequeñas manos de mi cuñada moviendo el frasquito bajo mi nariz había conseguido que cerrara los ojos y me dejara llevar por la situación. Cuando los abrí para responderle, vi que me miraba en forma provocativa, con una semi sonrisa dibujada en su rostro, con los labios húmedos. Sinceramente pensé que eran ideas mías pero cuando una de sus manos abandono la botellita para acomodar mi cabello despeinado detrás de mis orejas, entendí que no era una alucinación sino que el acercamiento entre ambas era más real de lo que pensaba.

– Alguna vez estuviste con otra mujer ¿??
– Yo, yo…. Eh…. No, la verdad Zhen es que no, nunca.
– Y en algún momento se te cruzo la idea por la cabeza ¿??
– Si, en varias ocasiones.
– Tenés fantasías con eso ¿??
– Si, muchísimas. Leo y yo siempre hablamos de ese tema, de formar un día un trío y experimentar, pero hasta ahora no se dio jamás.

Las manos de Zhen seguían acariciando mi cabello y suavemente mi cuello. Me di cuenta de que mi respiración estaba entrecortándose y que ella me miraba fijo a los ojos, se estaba dando cuenta de mi excitación, esto no tenia vuelta atrás y Leo no estaba ¡!!!!

Sentía que estaba bajo el influjo de mi cuñada, no podía moverme, quería quedarme allí esperando que siguiera con sus caricias y en tanto pensaba todas estas cosas, sentí un leve roce de sus labios en los míos. Fue algo tan delicado, tan sutil que me estremeció.

Deje que siguiera haciendo eso. Me besaba suavemente, sin decir una sola palabra. Sus labios apenas rozaban los míos pero me encendían, me enardecían. Tenía un aliento suave, delicado, como toda ella en si misma. Su boca abandono la mía y beso mis ojos, mi frente, mis mejillas, mi cuello y se detuvo en el nacimiento de mis pechos.

Abrí mis ojos y la vi observándome, callada, como esperando mi consentimiento para seguir. Cuando mis ojos se cruzaron con los suyos, una leve sonrisa se dibujo en su rostro y al devolvérsela, se acerco a mi boca y esta vez si me dio un beso completo.
La tersura de su boca me encantó, me abrió un mundo de sensaciones único, sentía que caía en un abismo y volvía a subir. Su lengua me penetró suavemente una y otra vez la boca, buscaba la mía con calma, con delicadeza pero con muchísima sensualidad.

No sé si su forma de proceder tenía que ver con su origen o con su innata femineidad, lo cierto es que sus manos parecían mariposas acariciando mi cara mientras me besaba y completaba así un momento de erotismo impresionante.

Fue desnudándome lentamente, despojándome de mis ropas con toda la calma del mundo, cada vez que se inclinaba sobre mí para desabrochar algún botón o quitarme alguna prenda, su cabello sedoso acariciaba y erizaba mi piel.

Después de un buen rato, Zhen me había dejado completamente desnuda, recostada en el amplio sillón del living de mi casa y me contemplaba en silencio. Todo el tiempo que permanecimos juntas fue en silencio, solo se dejaban oír los gemidos de placer, los suspiros de dos mujeres teniendo un encuentro sexual altamente erótico.

Acomodó dos almohadones detrás de mi cabeza, me pidió que cerrara los ojos y me abandonara a las sensaciones. Agradecí que no estuviera Leo porque tenía la intuición que de estar él allí, las cosas hubieran sido diferentes. No se si mejor o peor, solo sé que diferentes y si debía estar con una mujer por primera vez, deseaba que fuera de esa forma, a solas, descubriendo todo sin la urgencia masculina del cumplimiento de cualquier fantasía largamente esperada.

Cuando había quedado cómoda en esa posición y mis ojos permanecían cerrados, sentí las manos de Zhen volar por sobre mi cuerpo en forma casi etérea. Mi cuñada mezclaba caricias con leves masajes, estaba erotizando toda mi piel, encendiendo mi carne, dejando estelas de fuego por donde pasaba. Era todo tan suave, tan mágico que parecía irreal.

Mi abdomen pasó a ser el templo de su máxima atención. Lo acaricio una y otra vez, dejo resbalar sus manos por él y descender hacia mis muslos. Subía y bajaba por ellos, los recorrió en toda su extensión, por donde sus manos pasaban dejaban una huella cálida que me excitaba y sentía que mi sexo estaba comenzando a humedecerse de una forma increíble.

Zhen se sentó cerca de mis pies y cambio sus masajes para atenderlos a ellos. Los acariciaba, los relajaba y grande fue mi sorpresa cuando sentí que comenzaba a besarlos. Los acarició con su boca muchísimas veces. Sus labios encerraron cada uno de mis dedos dentro de su boca, los lamía con gusto y los chupaba de manera muy sensual. Cada beso, cada lamida, cada chupada era otro masaje mas que me daba. Era la primera vez que me hacían eso y me estaba encantando. La delicadeza de mi cuñada para excitarme era muy placentera, el calor de su piel era magnifico y ver la devoción con la que se entregaba a aquella tarea me parecía deliciosa.

La hoguera

No se depilan jamás para que el triángulo
de la diosa marque su vientre como un templo.
de Las sacerdotisas de Astaré

Y el viento del mar, levantando hacia el cielo los rojizos cabellos de Heliokomis,
los torcían como una llama furiosa que se alzase de una antorcha de cera blanca,
de Las Bacantes.

Pierre Louÿes Las canciones de Bilitis
Desde pequeña, el pubis de las mujeres me ha parecido más misterioso y sugestivo que el de los hombres. El sexo oculto en esa musgosa intimidad parece querer pasar inadvertido ante la indiscreción de miradas iguales o parecidas a las mías. De niña me fascinaba ver a mis hermanas mayores a la hora del baño. Intuía que bajo aquellas leves sombras incipientes, palpitaba una doble y aromática carnosidad como la que yo aspiraba poseer al llegar a sus edades.

El pubis de los varones, en cambio, carece de gracia y permanece ajeno al falo, adonde irremediablemente desembocan el ojo y la caricia, sin permitir el paso de la mirada o de los dedos por otras rizadas geografías. Al menos ha sido ese mi caso con la mayor parte de los novios y amantes que he tenido, quienes sucesivamente y con orgullo han esgrimido sus penes ante mis pupilas sedientas o en el vértice de mi entrepierna, como si todo el placer y el deseo se concentraran únicamente en la posesión y en la gratificación de ese dulcemente salado fragmento de sus cuerpos.

En la secundaria admiraba con pudor y de reojo los ralos triangulitos de mis compañeras del equipo de nado sincronizado al cambiarnos de ropa en los vestuarios. Más tarde, en la preparatoria y después en la universidad, seguí admirando con eficaz discreción los montes de Venus de mis condiscípulas y amigas, obviando la fresca redondez de sus formas e intentando condensar en mi retina las cavidades que palpitaban tras el dibujo cuidadosamente recortado de su pelambre. De cierto modo, mi práctica contemplativa obedecía a que la escasez de mi propio vello me orilló a depilarlo por completo cada semana, a partir de la adolescencia, dejando expuestos mis labios al roce de la tela y la intemperie.

Pero el pubis que más me ha fascinado es el de Amarilis, mi amiga con quien desde hace algunos meses y dos tardes por semana comparto los vestidores y el sauna al concluir nuestra clase de aeróbic. Es tan espeso y abundante su vello pelirrojo que cuando está de espaldas en el vapor, éste sobresale con generosidad de entre sus nalgas; de frente bosqueja un fino sendero que asciende de la pelvis a su ombligo en el que ha colocado un anillo diminuto, similar a los que cuelgan de cada uno de sus grandes pezones.
Algunas mujeres la ven con desagrado y recelo; otras, como yo parecen extasiarse ante las compactas marañas que por igual enriquecen su pelvis y sus axilas. Ella me ha contado que jamás se afeita porque le produce alergia. Lo mismo le sucede en las ingles y en las axilas, que no soportan la aspereza del rastrillo y por esa razón albergan abultados nidos fueguinos.

Además de lucir natural, el intenso color de esas sobre pobladas matas embellecen con distinción su esbeltez renacentista, haciéndola lucir como la más elegante modelo de Botticelli. Sobre todo cuando después de ducharse se sienta con las piernas abiertas para cepillar su melena larga y ondulada como un bosque incendiándose de otoño. Es en esos breves minutos, antes de que levante la cabeza, cuando tengo oportunidad de contemplarla descaradamente sin que se percate de que mi vista resbala por sus hombros blancos y pecosos, y trepa de sus tobillos a los muslos para arrobarse en el radiante destello de su pubis. En esos momentos soy la espectadora privilegiada de su íntima belleza, con la que sólo compiten su inteligencia y la candidez de su humor.

Hoy llegó temprano por mi, a mi casa, para ir juntas al gimnasio. Al entrar a la sala sacó de su bolso de deportes una pequeña caja de laca diciéndome: –es un regalo, para que nunca me olvides–, y al entregármela me dio un beso. La abrí con cuidado y extraje un mechoncito pelirrojo, atado por una cinta verde, que se riza hasta completar un círculo perfecto. Mis dedos temblaron al sostener aquella visión que supe de donde provenía, y un súbito calor prendió mi cara y descendió en violentos oleajes a mi sexo. Amarilis sonrió complacida por mi expresión de sorpresa, se fue canturreando a la cocina por dos copas en las que escanció vino blanco y al volver puso un disco de blues. Yo intentaba recobrar la compostura y decirle algo, sin saber exactamente qué. Su obsequio maravilloso era prueba de los descuidos en que seguramente había incurrido al admirarla en el vestuario. Era por tanto un reclamo al grado de desfachatez al que mi curiosidad había llegado.

Intenté buscar las frases que le ofrecieran alguna explicación a modo de disculpa, pero ella interrumpió mis pensamientos–: He advertido la forma en que te quedas mirándome en los vestuarios, y quise darte un poco de mi; muchas veces cuando tú no te das cuenta también observo, con envidia de las buenas, tu pubis libre de veladuras, lo que me permite ver los hilos que humedecen tus labios abultados, e imaginar la manera en que te lo rasuras. Me encantaría que mi pubis luciese como el tuyo, así de provocador. Yo continuaba sosteniendo en una mano el cofrecito y en la otra aquel vellocino cuya ternura quemaba mi palma. Ella los tomó, los puso en la mesa y me entregó una de las copas que bebí casi entera luego de hacerla tintinear contra la suya. Por las tímidas fisgonas, la pelona y la peluda –brindó para subrayar mi sonrojo, y sirvió otro chorro espumoso en cada copa. Por el placer de la vista –añadí aparentando una ecuanimidad que no tenía.
Durante minutos eternos permanecimos paradas en medio de la sala, sin hablarnos, intercambiando sonrisas desde los bordes de cristal. Eran los primeros instantes en que ambas estábamos solas frente a frente y en silencio en una misma habitación. Parecía que nosotras, que siempre compartíamos infinidad de confidencias, esta vez no teníamos nada que decirnos. Así es que aunque dudosa, di el paso que hacía semanas quería dar sin atreverme y que muchas veces había dado en mi imaginación. Estoy avergonzada –atiné a hablar con un tono que hacía evidente mi nerviosismo– pero ya que me has descubierto y como parece no molestarte mi mirada, quisiera pedirte que me permitas ver tu pubis de cerca.

Me asaltó una sensación de extrañeza por haber sido capaz de pronunciar esas palabras que tornaron la atmósfera más densa de lo que ya era, aligerada tan sólo por los acordes que fluían de las bocinas; pero a la vez, me alivió decírselas. Traté de adivinar su reacción sin saber aún cuál era la mía. Sus hermosas facciones no me daban ninguna señal de desaprobación ni mostraban desconcierto. Permaneció impávida unos segundos más mirándome a los ojos, y dejó la copa en la mesa.

Sin dejar de observarme y como callado consentimiento, se sacó el vestido por encima de su cabeza. Con los pulgares bajó su tanga, enrollándola en las sandalias. Se quedó desnuda y de pie, como deidad en la luz ambarina del atardecer, y su belleza y su perfume llenaron la estancia de fulgores. Ahora podía admirarla de cuerpo entero, y sin tapujos, aunque temblorosa, contemplé su espigada estatura semejante a la mía, la fronda bermellón que acariciaba sus hombros y el rostro limpio de maquillaje, la pelusilla de los antebrazos, sus finas manos largas, la armonía que guardaba cada protuberancia y curvatura de su cuerpo.

De los anillos que adornaban sus aureolas pendía la cadenilla de plata que le había comprado en Taxco semanas atrás, y que era similar a la que yo llevaba en la cintura. ¿Te gusta el lugar donde la puse? —preguntó alegre. Atiné a contestar que sí, con la cabeza. Recogió su cabello detrás del cuello para que me deslumbrara el gemelo sol de sus axilas, y con las manos en la nuca caminó hacia el extremo de la sala. Se tendió en el sofá de piel azabache que de inmediato formó un alto contraste con la suya. Y elevó la llamarada de su montículo entre el que apenas asomaban unos labios gruesos.

Amarilis parecía una imagen potenciada de Egon Schiele, una milenaria sacerdotisa tribal ataviada por los aros y la cadenilla que ascendían y descendían al compás de su respiración. Recostada boca arriba y expuesta a mi deseo de contemplarla, la metáfora del vello desparramaba su abundancia crespa y rojiza. Ella empezó a desenmarañarlo con sensual desenfado. Yo seguía inmóvil. Ven, acércate –pidió–, también quiero ver tu pubis muy de cerca; tengo ganas de observarlo mientras tú miras el mío. Aclaré la garganta con otro sorbo de vino y caminé hacia ella. Aún temblaban mis rodillas y el corazón me latía furiosamente.
Al tiempo que mis ojos seguían el recorrido hipnótico de sus dedos entre los rulos, me despojé de los jeans, de la tanga y de la blusa. Me acosté encima de ella, oprimiendo mis senos contra la dureza de sus pezones. La piel del pubis absorbió de lleno el hormigueo de la boscosa densidad que yo adoraba. Me estremecí, estrechándola. Vi mis ojos arder en el hondo cobalto de los suyos, sintiendo su aliento contra la boca y en mi espalda la suavidad de las manos que jugueteaban con mi cadena. Nos besamos los labios con ternura. Hundí los dedos en su pelo y murmuré a su oído: —Nunca he estado tan cerca de una mujer. Amplió su sonrisa y dijo en voz muy baja, como sí alguien más pudiera escuchar: —Tampoco yo. Las dos soltamos una carcajada cómplice que al fin liberó nuestras tensiones.

Deslizándome giré sobre ella y coloqué mi rostro ante su pelvis. Ella subió una pierna en el respaldo, para que nada quedase fuera del ávido alcance de mis ojos que a unos cuantos milímetros podían admirar los caracoles naranja tostado que se ensortijaban sus ingles, formando dos amplias medias lunas; los rizos donde sus labios se acolchaban y que se extendían profusamente mojados alrededor y más arriba de los pliegues del ano; el clítoris erecto y grande como una uva, las mieles cristalinas derramándose por el cuero del sofá.

Su sexo irradiaba un calor húmedo y tenía el turbador aroma del sándalo y la lluvia en el mar. Mis yemas recorrían su tersura selvática, peinando y jalando las frondas pelirrojas donde se confundían unos cuantos vellos rubios y que parecían suaves racimos de cobre. Los alisé y estiré minuciosa hacia los lados de la vulva, acomodándolos todos con las uñas para contemplarla y poder descubrir su textura y acariciarla con la misma lentitud con la que froto por las noches la mía.

Separé mis muslos y a horcajadas acerqué mi sexo a su cara hasta recibir su respiración agitándose en mi vulva. Me hechiza esta textura, sin vello pareces inocente como una ovejita recién esquilada —dijo. Me depilé esta mañana —le repliqué sin dejar de reír con ella—, tú en cambio pareces una fuente de zanahoria rallada y con aceite de oliva. Nuestros comentarios acerca del aspecto de la otra y los ataques de risa se fueron espaciando, convirtiéndose en suspiros. Mis caderas comenzaron a balancearse cuando también ella empezó a indagar entre mis labios.

En el surco moreno de mis nalgas, junto a su aliento y sus dedos, podía sentir la fiebre de sus ojos encendidos. A cada estremecimiento, a cada temblor que su sexo me ofrendaba, crecía bajo mi vientre un fuego nuevo. El calor que llegaba en oleadas nos hacía quejar de placer, vertiendo nuestra comunicación en profundos monosílabos. Estás mojadísima –la oí decirme, muy de lejos.

Yo ya había alzado vuelo por el toque de sus yemas hacia un orgasmo que era tenue, que se sostenía sin alejarse y me llevaba a flotar entre las densas transparencias de su aroma. Me dolían los pezones y percibía con claridad cómo brotaba un manantial de entre mis labios lubricados a medida que sus manos resbalaban de mis muslos a la espalda, para volver a mi entrepierna, atrayéndome más cerca de su cara y rozándome el clítoris con dulce y penetrante sutileza. Mi sexo recibió el empuje urgente de un índice, y lo abrazó con fuerza.

Cuando sentí entrar la punta de su lengua, llegué casi a la cresta. La mía hizo lo mismo entre sus pétalos de carne, imitando sus movimientos y aferrándome a la firme redondez de sus nalgas, como si a cada gemido suyo y mío fuéramos a caer por un pozo ciego, como si de pronto el mundo, la casa, la habitación, el sofá fueran a ser oscurecidos por un relámpago negro. Aquellas sensaciones que me hacían resollar contra su sexo eran distintas a cuantas había experimentado antes. Todo me sorprendía, extasiándome, haciéndome inhalar a fondo, llenándome a grandes bocanadas de aquel fruto de musgo líquido que mis pupilas y mi lengua golosas degustaban. Me sorprendía sobre todo, abierta y encima de Amarilis, mi capacidad de entregar y de recibir esa espiral de placer sin egoísmos.

No puedo más, estoy a punto de venirme —susurró encajando sus talones en el asiento. También yo estoy muy cerca —conseguí responderle con un hilo de voz entrecortada, jadeante por el sedoso clímax que la filigrana de su lengua había encendido hacía buen rato, y por el oceánico sabor de su vulva, cuyo reflujo no cesaba de manar ante mis ojos y que ya descendía por mi garganta.

Flexionó sus rodillas hasta colocar su piernas en mis flancos y espalda, y me afirmé sobre la pulpa de su boca. Debajo de su cabeza acomodé un cojín y otro bajo las nalgas, pronunciando el ángulo de sus caderas. Quédate así —murmuré—, no me dejes de chupar. Lamí de arriba a abajo su jugosa hendedura y apreté rítmicamente su índice adentro de la mía, succioné el botón de su delicadeza y le metí la lengua lo más que pude en el anillo blando y sonrosado del culo hasta oírla gritar.

Hasta los nudillos sumergí mis dedos por las dos deliciosas cavidades que su excitación me ofrecía y que la hacía empujar su pubis con mayor vigor para que mi lengua y mis dedos entraran a lo más profundo de su deleite. Separados apenas por aquella delgadísima membrana, los deslicé en círculos, sintiéndolos moverse y latir uno contra otro nadando en sus hirvientes pasadizos.

Amarilis se retorcía de pasión entre gemidos, oprimiendo y soltando mi cabeza entre la cara interna de sus muslos. Sus afelpadas medias lunas frotaban por dentro mis oídos. Dámelo todo —jadeó mientras me mamaba el clítoris hinchado e introducía un dedo más en la estrechez de mi culo sin sacar el de adelante—, dámelo y cómeme completa que me vengo. Metió otro. Mi aullido de placer se ahogó en la inundación de su vagina. Nuestras caderas apretaron su cadencia; dedos y lenguas salían y entraban con delirio y rapidez buscando mitigar con anhelo su hormigueo.
En mi humedad ella agitaba su lengua como una mariposa ante la luz inquieta. Yo volaba cada vez más arriba entre sus alas, amortiguando en su dulzura turgente mi resuello. Le abrí totalmente la vulva y entera metí la boca entre sus flamas hasta que mechones y labios escurrieron por mis mejillas febriles. Centelleante, el vértigo aumentaba e iba en alto, desbocándose y precipitándome por una catarata de voluptuosidad, por un chorro que caía ruidosamente y se derretía chapoteando en la circunferencia de fuego que su boca formaba entre mis nalgas.

Su espalda se arqueó. Nos quedamos inmóviles, de golpe, cuando el foso se hendió en millones de infinitos relámpagos. Me senté en su boca. Y estallamos.

La música de los gemidos y la ondulatoria sincronía de nuestro deseo se volvieron un grito primigenio que brotó en ciclos concéntricos. El orgasmo recomenzaba con más brío cuando parecía disolverse y disolvernos, haciéndonos caer sin peso, una y otra vez, hasta ser una en la otra y las dos, una. Palpamos el fondo sin fondo de nosotras, lengüeteando y estremeciéndonos abrazadas en una danza horizontal hasta el último de los músculos que al fin han encontrado su reposo.

Ya se ha hecho de noche. Desde hace horas ninguna de las dos ha querido moverse de su sitio. Seguimos conversando acerca de nuestras vidas que tienen numerosas coincidencias, y mi mejilla descansa en la ruta mullida de su pelvis. Indolentes, las manos recorren los eslabones de la cadenilla de la otra y los cuerpos amorosos siguen adheridos en el brillante sudor y la saliva. Ella me escucha contarle que desde pequeña, el pubis de las mujeres me ha parecido más misterioso y sugestivo que el de los hombres, pero que ninguno me ha deslumbrado tanto como el suyo, el suyo que en este momento mis ojos besan y devoran.

Amarilis ríe y con frescura me confiesa que cuando me observó el primer día desnuda en los vestuarios tuvo la fantasía de acariciar y sentir la piel de mi sexo depilado, pero que no imaginó que pudiera ser una experiencia tan apasionante y hermosa como lo ha sido. Me cuenta que ese día se masturbó en el sauna, después de verme cepillándome el pelo, con las piernas separadas. Dice que desde entonces ansiaba paladearme, que mi consistencia y sabor le han trastornado.

Oigo su voz cercana en la lejanía de mi cuerpo, como si al hablarme también hablara con mi sexo que ella ha mantenido entreabierto al igual que una ofrenda humeante entre sus dedos. Sus largas pestañas rozan mis labios y me producen temblores y accesos de risa. Entre las sombras, al tacto de mi lengua y de mis ojos, la espesura de su vulva, semejante a una hoguera ceremonial, chorrea y brilla con mayor esplendor. Mi clítoris también está encendido.

Y me ilumina.

Rowena Citali
excalibur132@hotmail.com

Mis primeros pasos como modelo

Una chica debe enfrentarse al mundo laboral, y decide probar suerte en una agencia de modelos. Conocerá el mundo de las pasarelas al mismo tiempo que descubre el placer que otra mujer puede darle.

Había cumplido 18 años hacía apenas una semana, ya habían terminado mis vacaciones y la etapa de la escuela secundaria formaba parte de un universo al que lamentablemente yo ya no volvería. Pasaba las tardes lamentando que la situación económica en mi hogar no me permitiera emprender estudios universitarios, y me estaba convirtiendo en un estorbo en mi hogar, donde mis padres ya me hacían sentir que debía conseguir un trabajo y aportar dinero a casa o conseguir como alejarme de allí, adquiriendo una independencia para la cual yo no me sentía preparada aún.

Estaba dentro de mis sueños, como en los de casi cualquier chica de mi edad, la meta soñada de llegar a ser modelo. Sentía, sabía que podía lograrlo, que reunía todas las condiciones, pero no tenía idea de como comenzar, de cuál sería el camino para emprender una nueva vida que me librara de la situación tensionante de compartir el mismo techo con una familia que a todas luces tenía mas inteciones de expulsarme que de retenerme.
Ese lunes me levanté temprano, me duché y lavé mi larga y lacia cabellera negra, me maquillé, pinté mis labios de rosa y me puse los lentes de contacto sin aumento, de color gris. Me puse medias de lycra negras y una pollera algo corta de color rojo, que hacía juego con mi remera de escote en “v” de las chicas superpoderosas, puse en mi cartera la hoja de los clasificados que habían sido publicados el día anterior, donde una aviso indicaba “Se busca señorita, 16 – 21 años, que quiera triunfar en las pasarelas. Presentarse con CV y Book Fotográfico en…” ¿Book fotográfico? ¿De donde iba a sacar yo plata para hacerme uno? Eso debía obviarlo. En cuanto al CV… bueno, intenté hacerlo, pero sentí que más me perjudicaría que ayudaría a conseguir que me tomen. Así que iba a presentarme yo, personalmente, con todas mis ganas de triunfar en el mundo de las grandes estrellas que admiraba.
El trayecto en tren se hizo algo pesado. Algunos babosos me decían guarangadas, y aprovechaban los amontonamientos para apoyarse contra mí. ¿Qué podía hacer? Lo primero que me compraría cuando tuviera dinero suficiente sería un tapado que me permitiera vestir provocativamente y no quedar expuesta a esos idiotas.

El lugar quedaba en el centro, y cuando llegué, lejos del mundo de glamour que esperaba encontrar, un edificio de mala muerte se había ubicado en el mismo lugar donde en mi imaginación yo había construido un moderno reducto del mundo fashion. Un portero gordo y mal afeitado me indicó el ascensor que debía tomar, mientras me miraba como si nunca hubiera visto una mujer. ¿Que problema tendrán los hombres que no pueden mirarla a una a los ojos?

Segundo piso, pasillo al fondo, puerta de madera, papel pegado, “agencia de modelos”, “toque timbre”, sigo instrucciones, tacos altos que se acercan con apuro, ojo que no veo pero que me ve, se cierra la mirilla de la puerta, llave que corre, Fin de la Espera.

—Hola ¿venís por el aviso?— rubia y alta, muy rubia, y muy alta, trajecito sastre gris y medias blancas, zapatos de taco aguja, muy aguja; reacciono; despierto. Sigo viva.

—Eh… si… SI.

—Pasa, eres la primera

La oficina era como cualquier oficina. No sé qué diablos esperaba que hubiera pero era seguro es que ese mundo no era el que esperaba. De todas formas, si volvía a mi casa sin dinero, sin trabajo, y sin sueños, las cosas se iban a poner ásperas. Me cachetearon sus palabras

—¿Trajiste el book?

—Este… no. No tengo book

—Ay, ay, ay… que problema. Sin book no podemos hacer nada.— Sentía su mirada que escarbaba en la mía. No era una mirada agresiva, era más bien piadosa, pero escarbaba, y estaba viendo mi vida, o eso sentí. —A menos que hayas trabajado antes como modelo ¿Tienes curriculum?
Si me hubieran dejado irme sin más, sin tener que darle explicaciones, solo dejarme libre, hubiera sido feliz. Ahora me sentía una estúpida, diciéndole un “No, no tengo currículum. Yo nunca trabajé” y esperaba su respuesta, sentía venir su “¿Y para qué mierda viniste?” porque sentía que las dos estábamos pensando lo mismo. Pero ella redobló sus aiaiaes.

—Ay, ay, ay… Bueno, hagamos una cosa. Te voy a hacer una pruebita de casting, y si andas bien, yo te puedo recomendar para una próxima entrevista. ¿Sí?

—Bueno

—Sácate la ropa

Un millón seicientas cuarenta y nueve mil novecientas treinta y siete toneladas de pudor sobre mi espalda. Vista al piso un repaso mental de mi ropa interior. El conjunto de algodón celeste. Gracias, cielo, el único aceptable en mi ropero.

—Qué lindo cuerpo que tienes… ¿Cómo te llamas?

—Mariana

—Mariana… ¿Vos te animarías a hacer un desnudo?

—Eh… no sé… habría que ver.

—Mira, lo único que sé es que se trata de un desnudo artístico para una publicidad. Hay muy buena plata. Pero necesito que te saques la ropa interior también, para ver si es factible que te recomiende.

¿por qué no hacerlo? Era una mujer, no tenía problemas en desnudarme por completo frente a ella. Me saqué el corpiño y la bombacha. Ella me observó detenidamente, dio una vuelta muy despacio alrededor de mi cuerpo, inspeccionándome con ojos inquisidores. Estando detrás mío se me acercó y pasó su brazo por encima de mi hombro.

—¿Sabes? Si tu quieres yo te puedo mandar a un estudio de fotografía, muy profesional, donde te harían un book, y siendo recomendada mía, no te cobrarían nada,— Sentía su mirada sobre mis pechos —y hasta podría recomendarte muy bien para este empleo, si vos me hicieras un pequeño favorcito. Sus dedos pasaron por mi pubis, hundiéndose en mi vello. Cerré los ojos, no podía reaccionar, las piernas me temblaban, me era imposible mostrarme decidida frente a esta mujer que me avasallaba por completo. Sus dedos eran cada vez más osados, en mi clítoris podía sentir la suave presión de su dedo índice, que con gran habilidad me provocaba adicción a sus caricias. Que me suelte. Que no deje de tocarme. ¡Basta, por favor basta! …y que no pare… Su mano era un refugio para todo mi cuerpo, desnudo e indefenso.

Ya no la veía, estaba sumergida en el calor de su mano, cuando sentí sus labios sobre mi pezón derecho. Su humedad en mis pechos, su aliento en mi corazón, y mis tetas que pronto estaban cubiertas de saliva. Me pidió que la ayudara a desvestirse, y yo, claro está, no opuse resistencia; sentía curiosidad por verla desnuda. Fue increíble que sus pechos —mucho más grandes que los míos— estuvieran desnudos frente a mí, pues yo sabía que el permiso para acceder a ellos me era implícitamente concedido, y estaba en mí el deseo de tocarlos y chuparlos. Así lo hice, lentamente, pues cruzaba las puertas de un placer que nunca antes había sospechado que habría de disfrutar. Mis labios y sus labios se fundieron, sus pechos atropellaban los míos, y nuestras manos recorrieron la cintura de la otra. Nos tiramos sobre la alfombra del piso, ella se puso sobre mí y sugirió, sin palabras, que hiciéramos un 69. Su coñito rubio, el primero que veía en mi vida de tan cerca, me llamaba, me invitaba a que lo lamiera, a que le diera el mismo placer que le hubiera dado al mío de haber podido hacerlo, al mismo tiempo que ella me lamía, y me llevaba a un mundo de placer que comenzaba en su boca y terminaba en su coño. Porque sentía el goce al dar y al recibir, me dejé llevar, me fundí en su cuerpo, y las dos llegamos a un orgasmo intenso, a uno solo, que fue el de las dos al mismo tiempo, el que compartimos. Nos abrazamos con fuerza aún en esa posición, temblamos la una contra la otra, por el placer de habernos explorado y habernos guiado la una a la otra al estallido de ese goce.

Me vestí y me fui con su recomendación. Me hicieron el book sin cobrarme, y me dieron el trabajo. Al día de hoy ella maneja mi carrera, y cada tanto volvemos a darnos el placer que nos dimos aquel lejano lunes por la mañana.

El puñal de sus ojos oscuros

Tenía los ojos tan tristes que cuando miraba herían. Sangraba por dentro y hacia dentro ya estaba marchita. No fue difícil averiguar el motivo de su profundo desasosiego, aunque necesite más tiempo para encontrarle sentido a los momentos previos al desenlace.

Como toda historia entre mujeres comenzó con palabras.

Era miércoles. Once de la noche. Sonó el teléfono. Atendí y cortaron.

Tres horas, veinte minutos después, me despertó una voz opaca y temerosa.

Necesito hablar – . De mi parte, silencio.

Por favor – . Al tono trémulo de su voz le agregó un agudo desahuciado.

¿Quién es?- . Creo que me dormí con el tubo en la mano.

Soy Mara

Equivocado.

No, por favor. Espera un segundo, no me cortes – rogó. -Soy amiga de Dolores, ella me habló de vos-.

Miré el reloj. -Son las dos y veinte de la madrugada- dije. -¿Podés llamar mañana por favor?- agregué molesta.

No tengo tiempo – respondió. Finalmente logró despertarme. Madamme abrió los ojos y maulló.

Tenés una gata… – Instintivamente miré por la ventana. – ¿Cómo sabes que tengo una gata? – ¿Quién sos?-. Había logrado asustarme.

La escuche maullar…

Aquella madrugada, terminó su eterno monólogo y cuando escuchó mi llanto, cortó.

-Mierda… los suicidas son una mierda – pensé. Una tristeza, ajena e infinita, me desveló. Sus palabras retumbaban insistentemente y en cada vez, revelaban un nuevo entramado.

Me habló de amores imposibles, de la mediocridad y del consecuente egoísmo, del abismo inconmensurable al que sentía caer inevitablemente después de cada intento fallido. Fracaso. Esa era la palabra a la que recurría una y otra vez para justificar su decisión. “Porque la decisión esta tomada”, decía. Iba a ser de tarde, pasados los veinte minutos después de las siete. Durante ese “homenaje diario a la melancolía” – en palabras de ella- y que yo compartía.

No intenté convencerla de la belleza por la cual vale el esfuerzo, porque más allá del tono trágico de su confesión, sabía que no exageraba. No existe la exageración cuando la voz nace en el vacío, y la precisión de las imágenes que usaba para ilustrar su dolor, me obligaban a no subestimar lo que sentía. Intenté comprenderla.

Quizás por eso fue que no me costó identificar la incoherencia de este llamado. Porque, querida lectora, quisiera despejar dudas. Yo no soy psicóloga, ni brindo algún tipo de “ayuda espiritual”. Una simple fotógrafa. Eso soy. Mejor dicho, por eso me conocen. Una simple fotógrafa que en sus momentos libres escribe relatos eróticos sin pretensión de literatura. Aunque por esto no me conocen tantos. Por este motivo me era difícil dilucidar por qué esta niña recurría a mi, una desconocida, en un momento tan íntimo como es el último instante. Finalmente opté por preguntarle. Primer error. Lo único que logré fue apurar el llanto desconsolado que se resistía en su garganta. Lloraba como nunca escuche llorar. Sobándose las lagrimas, a gemidos que confundían. Lloraba sin tapujos, sin pudor, de un modo que inevitablemente me contagió. Y una segunda equivocación. Rompí en llanto. – ¡Mara! – había cortado.

Bronca e inmediatamente después, el terror de que cambiase las siete de la tarde por las cuatro de la madrugada. Gracias al identificador de llamadas pude actuar con rapidez. Atendió luego de unos segundos que desafiaron mi percepción del tiempo.

Voy para allá – dije. – Decime dónde vivis –

No quiero, no vengas – respondió.

¡¡¿No quiero?!!, me llamás a las dos de la madrugada, no tengo idea quién sos, me largas todo tu bajón y ahora no querés verme!!??? -. Estaba perdiendo el control.
…quiero ir a tu casa… – dijo en un murmullo al que agregué una tímida sonrisa.

Bastante había pasado de las seis y todavía no había llegado. Nunca me imagine que tardaría tanto. Preparé café que inevitablemente se enfriaría y me recosté en el sofá del living. Madamme fue la única en conciliar el sueño y al despertarla buscando compañía se desperezó, indiferente, haciendo honor a su nombre.

A las siete tocaron el timbre. Abrí la puerta sin preguntar. Quizás la mujer más hermosa que haya tenido frente a mi. Quizás no: seguro. Perdería brillo y ganaría tibieza desnuda en mi sofá. Deslumbrada, parecía que había perdido el habla. Fue ella, consciente de mi desconcierto, la que tomó las riendas de la situación.

– ¿Hacemos café? – me dijo. – Hay hecho, pero se enfrió, lo caliento – . Casi en automático, fui a la cocina, encendí el fuego, y minutos después cargué el termo. Me siguió en todo momento. Me miraba, observándome. Sus movimientos eran torpes, absurdos, desafinados. Sus gestos no llevaban su rostro, ni en su cuerpo se podía entrever algo de la tristeza que había expresado sentir horas antes. Por un momento pense que estaba loca. En breve dejaría de pensar. Mientras servia el café, ella se agachó para levantar algo del suelo, dejando allí, sin preocupación, sus tetas frente a mis ojos. Me sorprendió su descuido pero poco después entendí, que aunque en segundo lugar, por ese motivo había venido.

– Dolores me dijo que eras fotógrafa -. Sonrió, ladeó su cabeza hacia la derecha y clavó sus ojos oscurísimos en los míos. – ¿Puedo ser tu modelo? – propuso.

-No suelo trabajar con modelos, pero si alguna vez necesito una sin dudas te llamaría… – no pude evitar seducirla y eso me incomodó. Rápidamente quise retomar el motivo de este encuentro y agregué, bruscamente – siempre y cuando postergues tu decisión… -. Me sentí una estúpida. Pero no dije más. El cansancio y el sopor que provocaba su perfume me mareaban. Permaneció callada, acariciando con la yema de su dedo la boca de la taza. Jugaba con Madamme, quien refregaba sus bigotes en la palma de su mano y cada tanto, a modo de beso, lamía sus dedos. – Le gustaste- dije, intentando darle la bienvenida. – Una gata nunca miente, y Madamme además, es bastante arisca -. Ignoró mi comentario, tomó uno de los almohadones y se cubrió la cara. Se inclinó hacia la derecha y con una enorme sonrisa, dijo con voz dulce que acentuaba su gesto infantil – ¿Me sacas fotos ahora? -. Y entonces, sobreactuando su belleza, parándose de un solo envión, levantó los brazos y me pidió que le saque el vestido. Tarde unos segundos en reaccionar, pero ya era tarde. Luego de un simple – OK – desanudó el cordón que ceñía la tela a su cintura y en un instante quedó desnuda frente a mi, con sus ojos insistentes fijos en la pared. Ofreciéndose. Tenía los contrastes del mediodía distribuidos cuidadosamente sobre su cuerpo. Pequeñita, de huesos frágiles que se me hicieron las ramas de un sauce arqueadas por el peso de las hojas. Se oponía a su fragilidad la luz intensa de su piel blanca, tersa y vital donde dos cicatrices, seguramente de la infancia, eran los únicos defectos. Sus tetas, anzuelos efectivo de mis pupilas, sin ser perfectas tentaban por la naturalidad con la que su peso les daba forma, mientras que sus pezones, todavía relajados, se distinguían tan sólo por su color purpúreo. Las piernas, apenas abiertas, se ensanchaban brevemente conservando la armonía para unirse en el final en un contraste oscuro y salvaje que resguardaba la guarida.

La sorpresa de su gesto logró asustarme. No se que esperaba de mi, pero no iba a complacerla. – Para, mujer.. ¿qué estás haciendo?. ¡Vestite! -. Un silencio denso que se iría desflecando con su sonrisa. – Sacame unas fotos… algunas nada más- rogó. Se acercó y reafirmando su intención, forzó una pose absurda que logró transformar la tensión en carcajadas mutuas. – Sos ridícula… – “pero insoportablemente hermosa” pensé. – OK, acepto – dije, – pero vestite – No me es fácil concentrarme si estas desnuda… –

Fue un momento mágico. De una tibieza infinita. Exigir que se vistiera transformó la sesión de fotos en la experiencia erótica más intensa que haya vivido. No verla era desearla en retazos. Oculta, el recuerdo de su desnudez fue una obsesión reiterándose hasta lo insoportable. Intentando evitar el peligro llevé el ojo de la cámara hacia sus manos, porque sus dedos largos y cuidados prometían buenos resultados. Continué con su cuello y sus hombros y me equivoque en sus ojos. Sus pupilas, casi imposibles de distinguir, fueron caminos directos hacia el abismo. El intento de actuar su misterio se transformó en un rasgo auténtico, quizás el único hasta ese momento, y la dejó en evidencia. Confirmé entonces que no mentía cuando dijo que su decisión ya estaba tomada. Tuve miedo. Me olvidé de su belleza, me acordé de su desconsuelo. Se dio cuenta. Me abrazó. Tan fuerte que sentí su desesperación. Fue ese el momento en el que me hice trampa y ella lo sintió una conquista. Supo que no podría resistir a sus ojos y supo también que estaba demasiado caliente como para dejarla ir. Las fotos se transformaron en una excusa. Sin corpiño, sus tetas coronadas por dos círculos perfectos y pequeños se traslucían de su vestido claro y dejando caer sus brazos hacia atrás, toda ella se ofrecía a través de su voluptuosidad apenas descubierta. Su sonrisa, segura y firme, me desafiaba a más. Le pedí que se siente y con su silencio me obligó a tocarla. En cuclillas me acerqué a sus piernas y separé sus muslos en el intento de recuperar en una toma la mágica sensualidad que su belleza profesaba. Me recibió el aliento húmedo de su hendidura. El rocío tibio y sabroso del canal se desbordaba embelleciendo sus labios aterciopelados. Carne, fruta y flores. Para saciarme, para refrescarme, para relajar mis sentidos. Hechizada y paralizada a la vez, recosté mi cara sobre su muslo derecho y cerré los ojos. Su olor a mar y el calor refractado de sus arenas me sumieron en un goce profundo y platónico. Fue ella la que subió su vestido hasta la cintura, abrió las piernas un poco más y enredó sus dedos en mi pelo. Manojos de caricias que luego bajaron hasta mi cuello y se detuvieron sobre mis hombros. Giró sobre sus nalgas acercándose aún más rozándome la mejilla con su mata oscura. Temblaba. Era yo la que temblaba. De miedo y excitación. Aún no me animaba a cruzar el cerco. Llevé mi mano a mi entrepierna y comencé a masturbarme. Mi tanga hacia largo rato que estaba mojada y un estallido acuoso ahogó mis dedos cuando reconstruí en mi mente su cuerpo desnudo. “Basta” me dije para mis adentros y quise huir.

Intuyéndolo sujetó mi cabeza con sus muslos como una pinza y me dejó allí, sólo un momento. La viscosidad de sus jugos se impregnó sobre mis pómulos y sentí su ardor regocijándose por su captura. Me sentí su presa. La tomé de las rodillas, liberándome. Y allí la vi. Frente a mi, mi abismo sin límites. Dos compuertas relajadas y abiertas sobresalían en la pelambre, enmarcándolo. Y en el vértice, la punta tentadora de una frutilla madura. Me quedé sin pensamientos y por eso sin dudas. Cuando la última fuerza dejó de resistir, perdí las alternativas y sólo encontré un sentido. La oscuridad tiene el color del misterio y fue el misterio el que me sedujo. Quise contener la marea con mi lengua y sólo logré romper el dique. Se vaciaba sin pudores sobre mi boca. Gemía en susurros. Elevaba su cadera cada vez que mi lengua culminaba su recorrido circular. Permanecí con los ojos abiertos para llenarme de recuerdos los ojos. La tomé de la mano y llevé sus dedos hacia su concha. Comenzó a acariciarse y se penetró de un solo intento. Sacó sus dedos y los puso dentro de mi boca. Los chupé hasta los nudillos y yo, que nunca añoré huéspedes, me imagine un enorme falo con el cual poder sentir el límite del dulce abismo. Quise llevarla hacia mi orilla, cuidarla hasta que recuperase fuerzas. Con las nalgas despegadas del sofá, y las piernas exageradamente abiertas, se presentaba en escena su culo ajustado como los pliegues de una boca al ofrecerse para un beso. Y lo besé. Con la lengua tiesa y en punta fui venciendo su resistencia. La embadurne de saliva, sus pelos me hacían cosquillas en la boca. Mordí la cara interna de sus muslos, cubrí de besos los pliegues que se formaban entre sus labios y las ingles, chupé su concha hasta desbocarme. Pero no quise acabar. Preferí contener mi orgasmo para sostener en lo más alto mi excitación y la de ella. Se dio cuenta que quería esperarla. Fue a su búsqueda con desesperación. Tapó mis ojos con su vulva, abrazando mi nariz con sus labios, untándome, fregando su clítoris sobre mis mejillas, sobre mi mentón, toda mi cara. Y encontró lo que buscaba. Un suspiro de tormenta estremeció la atmósfera y la nutrió de su alegría. Se reía a carcajadas, levantando los brazos en un gesto que se me antojó de triunfo, sin dejar de moverse sobre mi boca. Desfalleció con la sonrisa que le imponía el cuerpo. Era una niña virgen de dolores y tristezas. Renació pronto, sedienta y voraz. Me levantó del suelo y me recostó sobre el sofá.

Quitó la poca ropa que aún cubría mi cuerpo y se concentró en mis tetas. Levantó su pecho apoyándose sobre el respaldo y con precisión de pescador danzaba rítmicamente de izquierda a derecha con sus tetas colgando y con sus dos pezones capturando a los míos. Los tomó entre sus dedos, apagando y encendiendo mis gemidos. Abrió mis piernas con la suya y ofreció su muslo para que buscase con mi concha el regalo que ella tenía pensado para mi. La abrace encerrándola con el nudo de mis pantorrillas. Perdió entonces el equilibrio y llenó mi boca con sus dedos que mordí hasta el dolor. Finalmente, le pedí que bajase hasta mis labios y bastó un único roce de su lengua en el clítoris para estallar en un ardor inconfundible que se expandió apresuradamente buscando la yema de mis dedos, para perderse y dejarme exhausta, con su sabor en mi garganta y mis manos anhelando su piel.

“El paraíso tenía el sabor del mar y la penumbra de la noche”, eso lo pensé después, para epígrafe de una de sus fotos, cuando me levanté a servirle un licor de almendras. Cuando volvieron las dudas. Es que las dudas volvieron rápidamente cuando se quedó dormida con mi remera puesta dentro de mi cama. Y digo, “dentro de mi cama”, porque encontró el tiempo de acomodarse entre las sábanas y cubrirse con el acolchado. El rimel corrido manchó la almohada. – OK – pensé. – Se resolverá más tarde -. Dejé el licor sobre la mesita de luz, y la abracé con fuerza, sin lograr despertarla. Su pelo, negro y muy largo, se quedó enredado entre mis dedos. Y aunque el más tarde llegó, recién ayer, sábado, logré resolver el enigma. Cuando abrí los ojos, a las siete de la tarde del jueves, Mara se había puesto su vestido y sentada frente a mi, me observaba. Madamme ronroneaba sobre sus piernas. Me miraba y sonreía. Había cambiado su ternura de niña por una tibieza maternal. A su lado, la bandeja -mi bandeja- con tostadas, café negro y jugo de naranja.

– Te preparé una merienda, porque pensé que tendrías hambre.

– Gracias… – me senté y se acercó a mi cama. Comí en silencio, intercambiando miradas y alguna que otra frase insulsa. Cuando le pedí que me cuente cómo supo de mi, me habló nuevamente de Dolores y no dijo más. Pedí explicaciones que no dio y finalmente quiso irse. La deje ir. Teníamos nuestros teléfonos y nos llamaríamos. Un encuentro como el nuestro, siempre tiene segunda parte. Pero no. No fue así. Llame al día siguiente, y al otro. Deje mensajes que nadie devolvió. Estaba preocupada pero no tanto como para llamarla a Dolores. La esperé, aunque impaciente, con una seguridad sin motivo.

Ayer sábado sonó el teléfono. Era Dolores. Tenía un mensaje para mi de Mara, su mujer. Me citó en un hospital de Palermo. Mara había tomado pastillas con un fin muy claro. Murió horas después. Esta vez llegué tarde. La encontraron dormida, con siete cartas en la mano. Dos de ellas eran viejos cuentos míos. Dolores no lloraba. Tenía los dientes apretados de bronca. Recordé entonces inevitablemente el motivo de nuestra separación, tres años atrás. Cuando me vio no quiso saludarme.
Vos sabrás que quiso decir, pero me pidió que “la revivas” – dijo sin mirarme.

No tardé en comprender, porque detener el tiempo fue la única vocación que permaneció inalterable a lo largo de mi vida. Me sentí estafada, herida. Un sentimiento extraño e imprevisible que me invadió con sostenida calma hasta desbordarme. Llegué a mi cuarto y la lloré con bronca hasta reconstruir su recuerdo por completo. Me faltaba un único eslabón porque a los otros decidí obviarlos -“Decile que me reviva” – y la quise de pronto, con toda mi alma, viva y a mi lado. Tengo sus fotos desparramadas sobre el sofá que aún guarda su olor: “revivirla”. Esa palabra es mi obsesión como lo fue su cuerpo aquella vez. Finalmente, creo entonces que usted comprenderá por qué, querida lectora, ahora estoy aquí… intentándolo.

Francesca

Recuerdos

No me di cuenta hasta que se lo oí a mis hermanas. Nunca había reparado en eso y desde entonces pienso que es lo primero que delata a una mujer y desde niña creo que me ha llamado más la atención que cualquier otra parte de la fisonomía de la mujer. Mis hermanas me abrieron la mente y en ese momento entendí que era mujer, una niña-mujer y mi futuro podría convertirse en un proyecto de curvas. En su cuarto, mis hermanas se intercambiaban sujetadores, con el torso desnudo sus carnes sonrosadas emulaban el color de los tizianos. Se entretenían mirándose al espejo y lo que el azogue les devolvía lo robaba con mi mirada, ellas no eran iguales a mí, ellas tenían senos, los pechos abultados como entonces pensé, me secuestraron la atención y recordaré embelesada esa escena hasta que pierda la memoria.

Ahora recuerdo a una niña con la obsesiva intención de querer crecer, de hacerse adulta y abandonar un cuerpo imperfecto al que le faltaban pechos y le sobraban lazos. Hasta entonces que nunca había visto tetas, o no había reparado en ellas, mi atención en ellas era nula y sin embargo a partir de entonces aparecían por todos los momentos de mi vida. Mi abstracción a la pantalla era superior a la de mis padres llamándome para que al ir a la cama no viera los cuerpos desnudos de los amantes ansiosos de las películas de medianoche. La niña que en la bañera se miraba al espejo y tiraba ligeramente de sus huecos pezones para aparentar lo invisible. Recuerdo mi despertar a la pubertad, al crecimiento del tapiz moreno que invadió mi inocencia como queriéndolo ocultar de los lascivos pensamientos. Despertar por la noche con una leve sensación en el pecho y desear que la naturaleza fuera generosa conmigo y poner las manos encima de mi pecho esperando notar su crecimiento. La paciencia no era virtud de mi cosecha, si encima mis mejores amigas comenzaban a llevar sujetadores, mi inquietud retorcía mi corazón para desesperarme. En las ocasiones en las que podía observar a estas llegué a odiarlas, pues no entendía como era posible que fueran tan crueles conmigo y enseñando sus blancos mamelones se dirigían a mí recordando mis formas o más concretamente mis no-formas. Las miraba discretamente sin desviar mi atención hacia cualquier otra parte, no me interesaban ni los culos respingones, ni los ralos pubis, ni las finas y largas piernas adolescentes. Los senos eran reclamo incandescente de toda mi ignorancia y perder la oportunidad de ver unos pechos desnudos suponía un fracaso por conocer una nueva forma, posición, color, textura, desarrollo. Fui descubriéndolos uno por uno, todos distintos con su cualidad particular y su personal entidad. De aquella época recuerdo las elipses de Nati, sus inmaculados pechos de tonos cálidos tintineaban en mi cabeza como campanillas prestas hacia arriba husmeaban el aire como caniches. O las de Sonia con aspecto rezagadas y cansinas, o las de Amelia de pezones fresa que marcaban el premio a la diana. Uno a uno los podría ir recordando, como recuerdo la envidia y el rencor que en mi generaba cualquier chica que tuviera senos y no fuera mayor que yo.

La llegada de aquel verano en vez de estirar mi cuerpo, el calor lo despertó y en poco tiempo los cambios que en mí se desarrollaron atropellaron mi capacidad de sorpresa sintiendo cada nueva evolución como algo mágico que estaba dentro de mí y no había sabido llamarlo. Mi piel se había oscurecido y la niña morena ya no iba a admitir que no la reconocieran como mujer. Mi adolescencia comenzaba con aquel cambio que el fenotipo me mostraba, en cambio había guardado en mi interior el mayor de todos y que sería el último en descubrir. El regalo de mi madre, mi primer sostén de “mayor”, entre nerviosa y avergonzada, con la ingenuidad de una chiquilla todavía trémula me lo puse y quité varias veces, escogiendo la manera que a mí me pareció más adulta de quitarse la prenda. Crecí. Lo notaba. Cada vez que algún familiar aparecía tenía grabada la frase haciendo notar lo espigada que estaba “la niña”. La ropa, los vestidos de volante y lazo, de macramé y puntilla desaparecieron de mi vestuario, sustituidos por ropa de programa de tele, de revista de adolescente y grupo musical de marketing. La visión de mi cuerpo ante el frío reflejo del liso espejo me devolvía mis formas y aquel miedo a lo inesperado fue desvaneciéndose, se evaporó el pensamiento de patito feo y la figura del plano cristal se volvía voluptuosa y femenina, muy femenina. A lo largo de aquellos años de aprendizaje mi sexualidad fue avanzando paralelamente a mi cuerpo. Pasado el verano y después de una tarde de piscina, como siempre me desnudaba en mi cuarto para mostrarle a aquella hoja de plata mi esbelto cuerpo, recuerdo aquella tarde como una foto sepia, en la que mi cuerpo tiznado por el sol brillaba al reflejo de este y que al quitarme el bikini mis pechos asemejaban a postizos blancos, injertos de masa prestados por otra mujer, mamas blancas pintadas sobre un lienzo oscuro, verdaderos tatuajes eternos implantados en mi pecho y que con un ardoroso comezón quisquilleaban hacia mi interior, no pudiendo evitar cogerlos con las palmas de mis manos y acariciarlos suavemente primero, para luego apretarlos en toda su extensión sintiendo que son míos.

Recuerdo los primeros momentos. Las primeras veces. Los estrenos de mi vida. La primera y verdadera mirada de amor de un chico en clase. La primera confidencia a mi mejor amiga. La cita de los nervios, de la boca sellada, del gesto imperfecto. Del primer beso de amor. Subir las escaleras de casa con la alegría henchida por la caricia de sus labios. Candidez e inocencia. La tarde en el escondido rincón del café, los leves gestos de sexo no eran sino caricias por encima de la tela, sin embargo sus dedos los sentía más adentro. Sus novatas manos abrazaban como una araña de cinco patas a su presa intentando exprimir mis pechos endurecidos, pero el zumo escurría por mi sexo ajeno a las torpes intenciones de aquel aprendiz del amor. Y…recuerdo con las mismas ganas aquella noche, sola en la cama, cubierta con la intimidad de mi dormitorio, tapada por la oscuridad palpaba con miedo mi sexo aún excitado por los dedos de la tarde y la mano de la noche se atrevía a acariciar mi vello negro, a repasar mi raja de arriba abajo. Sentir como fluía néctar de mi interior y el tocar se hacía dulce; mi dedo caía en el averno, disfrutando de mi gozo de rodillas en el lecho, con la otra mano enseñándole al pecho cómo tenía que ser acunado, cogido, palpado, pellizcado, cómo ser sorprendido en completa erección de la aureola y así en posición imploratoria caí en clímax, mientras el orgasmo se adueñaba con desesperante quietud de todo mi cuerpo y osmóticamente recorría cada membrana hasta enervar el más pequeño de los músculos. Mi primer orgasmo. Escribo esto y todavía me inquieto. No me resisto a llevarme la mano a los muslos recordando aquel calor cuyo rescoldo aún permanece en mí.

Mis aventuras el amor y el sexo fueron aumentando mi creencia en que solamente otra chica puede dar placer a una mujer. Sólo nosotras sabemos nuestro cuerpo y conocemos nuestros verdaderos deseos. No sé del sexo impaciente que se abalanza y me asfixia con su cuerpo al unísono de sus precoces descargas aunque no descarto el efímero fogonazo de una noche de automóvil cuando la pasión y el sexo se adueñan de tan femeninos principios. Tan idílicos como Alba. El primer día que en ella reparé no pude menos que abstraerme de lo que hacía, un vellocino rubio caía de su cabeza en una cascada enmarañada de fajos, el bañador comprimía su cuerpo dándole aspecto más atlético, las piernas tan largas que incluso le llegaban al suelo. Valquiria frondosa que animaba a mirarla de reojo pues ser advertida en esa situación no hubiera evitado el rubor en mi cara ante los pensamientos que el cuerpo de Alba animaban mi mente. Empotrada en la esquina, seguía sus brazos secando las piernas, su torso, el cuello y aquel manojo de cabellos púrpura. Al desnudarse mi zozobra aumentó, al contemplar aunque fuera de lejos la redondez de sus senos, esféricos como tazones, erguidos y jóvenes, con olor a piel fresca y suave, sonrosados como toda su piel y encrestados por unos abultados pezones que sobresalían del conjunto sinusoidal que era aquella pieza. En mis 22 años no había contemplada algo que desde el primer momento deseara para mí con tan arrolladora necesidad. Mis tardes a la piscina y su frecuencia fueron aumentando, en mi recuerdo la desazón por no encontrarla, por llegar demasiado pronto, o cruzarme a su salida. Mi presencia fue advertida, ya que poco a poco tanto en la piscina como en las duchas o en los vestuarios físicamente estaba cada vez más cerca de ella. Estudiante como yo y con el deseo de conocerla no fue difícil congeniar con ella y creo que ella se sentía también a gusto con mi presencia. Dicen que el roce hace cariño, así que al cabo de un tiempo nuestra amistad se convirtió en confidencialidad, pero en los vestuarios todavía tenía que aprovechar cuando ella se secaba el pelo para detenerme en sus tetas, no quería que descubriera mi secreto. A veces admiraba su triángulo de las delicias, claro como su pelo, que no escondía el canal del deseo y mi cabeza se precipitaba hasta su entrada. Los finos enjambres de pubis no la protegían de mi mirada, si acaso delataban aquello que yo cada día anhelaba más y con más …pasión.

Era viernes y habíamos quedado para dar una vuelta por los bares de copas de la zona así que fui a buscarte. Desde el portero automático me dijo que no estaba lista y subía su casa. Alba se encontraba a medio vestir y todavía estaba maquillándose. Hablábamos de banalidades sin sustancia cuando me dijo que no le apetecía salir, que parecía increíble, que un fin de semana que sus padres no están, a ella no le entraba la gana de salir. Yo, por ella, decidí hacerla compañía y dedicarnos al mejor deporte que sabemos hacer; hablar. Postradas en el sofá como si en él hubiésemos caído, comentábamos lo divino y lo humano a fuerza de una copa en la mano, en mi mente no tengo la certeza de cómo empezó, memoria vaga del recuerdo etílico.

Sé que Alba se levantó del sofá y en cuclillas se acercó a mí. Puso su dedo índice en mis labios indicándome que callara y luego en voz baja me preguntó:
– ¿Quieres verme desnuda?

Pero Alba ¿por qué preguntas eso? ¿Te ha sentado mal algo?. Su pregunta fue como un golpe que no sabes de donde viene, tan desconcertante como efectivo.

– Te lo digo porque a veces te pillo mirándome mientras me cambio, pero no te apures, no me importa. Todo lo contrario, me gusta que me mires y… si soy sincera tengo que decirte que yo también te miraba a ti.

Todo el sonrojo se concentró en mi rostro y estaba tan azorada que no articulaba respuesta. No tenía salida digna y cualquier excusa seguro que resultaba falsa.

– Sssssssiento mucho todo esto. Farfullé como pude intentando calmar unas palpitaciones que me hacían temblar de vergüenza.

– No lo sientas. Quiero que me mires sin los ojos del culpable, sin el reojo del chiquillo, sin la cabeza vuelta del que traiciona. Quiero que cada centímetro de mi cuerpo quede grabado en tu recuerdo.

Mientras me hipnotizaba con sus palabras me incorporó del sofá y delante de mi se quitó la camiseta, dejando a la vista un sencillo sujetador blanco que cayó a sus pies dejándome ver sus senos de cerca. Tan cerca que podía olerlos, tan cerca que podía discernir todos los tonos de sus pezones, tan cerca que podía oír cómo crecían. Me cogió una mano y la acompañó hasta posar nuestras palmas en uno de sus pechos. Los dedos temblaban al notar la turgencia del pecho, la cálida y lisa piel que lo envolvía, el mamelón, cúspide de tal pirámide se apretaba entre mis dedos engordando mis más intimas ganas. Mi interior se derretía y los primeros flujos resbalaron como los de una virgen en plena excitación. La sombra de mi atrevimiento me llevó a probar sus labios. Alba receptora de paso abrió su boca para que nuestras lenguas con su silencio pactaran lo que ambas codiciábamos. El beso más intenso, las manos más activas, todo, digo todo, aceleraba nuestro corazón que reclamaba con estruendo ser abierto mientras me desabotonaba la camisa y retiraba de mi pecho las cinchas que impedían que me desbocara. Ahora ella, pacientemente observaba los míos erizados apunto de abrirse entre las carnes, los acarició y acercó los suyos para mezclar nuestros pezones. El rosa y el marrón se entrecruzaban como floretes en una lucha de esgrima y aplastábamos dulcemente nuestros senos, nuestras miradas chocaban y las bocas volvían a enlazarse. Bajé la cremallera de sus pantalones y por sus muslos eslavos descendí con ellos quedando mis pupilas dilatadas a milímetros de sus bragas que delataban su pasión. Mis dedos acariciaron los límites entre la carne y la tela para que al final aflojaran la cinta elástica que se hendía en la cadera. Poco a poco le fui despojando de ellas, primero su plano y liso vientre, los primeros rizos níveos de su pubis, el canal de su monte de Venus hasta que las braguitas cedieron arrancando un hilillo de viscoso placer del mismo interior de su vagina. Ahora palpitaba mi corazón y mi sexo. Lo veía tan bonito que no me atrevía a respirar. Lo besé. Lo besé de nuevo. Lo volví a besar y lo abracé. Subí por su vientre y también besé sus tetas. Sus senos entraron en mi boca y los chupé con gusto, con ardor mientras unos gemidos sordos intentaban desprenderse de la garganta de Alba. Sus manos buscaron la abertura de mi falda y me desprendió de ella. Introdujo los dedos entre mi braga y las nalgas atrayéndome hacia ella. Notaba como el elástico bajaba y su mano traspasaba a lo más íntimo de mi cuerpo, jugando con el ensortijado vello, telón de un acto todavía más ansiado para finalmente y con toda su mano posada en mi sexo, apretarlo como si se lo quisiera llevar. Mi flujo aumentó como nunca antes lo había hecho, verdaderamente húmeda seguía jugando con el musgo de mi entrada.

Levantándome los brazos giró alrededor mío besando y lamiendo de mi cuerpo todo aquello que le parecía podría tener gusto. Me arrastró hasta el sofá y caímos yo encima de ella. Aquello ya no era un juego. Necesitábamos darnos la una a la otra como verdaderas amantes, escondiendo la vergüenza para sacar de cada una hasta el último hálito de placer. Alba se introdujo debajo de mí, accediendo al encharcado portal enmarcado por unos labios que palpitaban a cada torrente de sangre que los henchía. Pasó su lengua sintiendo cada papila como papel secante y una nueva oleada de calor bajó por mi útero que se comprimía, me separó los labios y buscó con su vípera lengua mi clítoris. Su sexo se acercaba a mi boca. Con la punta de la lengua tintineaba los alrededores de su vagina. Sus labios se desplegaban tiernos y relucientes, bañados en la miel del placer y a cada paso de mi lengua tiritaban de gusto. Con apenas vello admiraba su clítoris bermellón irrigado ahora por miles de calambres que la provocaban que levantara sus caderas para ofrecérseme entera. Así lo hice, mi lengua barruntaba cualquier rincón, mis dedos acariciaban todos los resquicios para terminar por hundirse en el angosto túnel. Mi estado rozabala agonía pues ella pedía más mientras que yo suplicaba por favor que me llegara el orgasmo, mi lengua bailaba sola y no podía seguir el movimiento de mis dedos cuando Alba comenzó a apretar sus muslos contra mis mojados carrillos y tomando aire con toda la fuerza de un asfixiado juntó las piernas para que no me moviera y no perdiera imagen de su orgasmo. Una larga contracción de su cuerpo que poco a poco se fue relajando con pequeños estertores, pequeñas convulsiones de gozo que salían con retardo a la llamada del clímax. Al poco rato ella metió su lengua en mi distraído sexo, sacó de nuevo la pasión en sus movimientos, su boca se volvió caníbal y su gusto frenético, las respiraciones se me hicieron cortas e imposibles de controlar, así como los gemidos y jadeos que profanaban mi boca nunca habían sido desatados de esa manera, su lengua rozó mi ano y un punto de deleite se sumó a mi placer, después una, otra y otra vez. La lengua pasaba de la vagina al ano y en ese pequeño recorrido me retorcía, hasta que introdujo lo más que pudo la lengua en mi sexo y me senté en su cara abrazándome pues quería estar dispuesta para lo que iba a venir. Resoplando en mi interior Alba dio con el timbre del placer y a su llamada acudieron torrentes de espeso placer que a paso lento fundían mi cuerpo y sus cenizas dejaron caer mi cuerpo hundiendo mi desollado sexo en la boca de Alba. Caí de bruces sobre sus caderas, abrazándome a una de sus piernas. Acurrucada como una niña besaba sus ingles sin ánimo de moverme recordando el fuego que prendió dentro y que alguna chispa todavía crepita dentro de mí. Alba acariciaba mis nalgas y tampoco ella quería perder mi calor. Poco después me giré y nos abrazamos con la intención de descansar unidas a la vez que yo posaba mi cabeza en aquellos almohadones anhelos de mi niñez, esperanzas de mi pubertad, juegos de mi adolescencia y tesoros de mi juventud. Así, el recuerdo de sus pechos al cerrar los ojos me sigue turbando y aquélla noche ocupará siempre un lugar preferente en mi memoria.

Selenet >>> selenet22@mixmail.com

Travesuras de una noche de verano

Soñaba yo plácidamente en mi camita del hotel cuando un leve sonido me despertó. Era ella, Lilian mi amiguita, que estaba en la cama de al lado al teléfono con el amor de su vida. Estando con la luz baja, apenas se podía ver algo, pero la oía intercambiando frases llenas de erotismo y calentura.Se contaban las escenas mas calientes que se pudieran imaginar y las manos de ella subían y bajaban pos sus piernas mientras hablaba.Ella estaba bajo las sábanas, pero al calor de su charla fue moviéndose hasta que sus miembros fueron quedando expuestos y pude ver sus manos recorriendo su piel. Yo no despegaba la vista de ese espectáculo tan maravilloso. Alguna vez tuve alguna experiencia con otras chicas, pero ella me encantaba y jamás habíamos tenido nada juntas. Ella me había aclarado muchas veces que no pretendía nada con mujeres y yo quería respetarla, aunque eso no lograba sacármela de la mente.Me levanté apoyándome sobre un codo para verla mejor. Ella pensaba que yo dormía plácidamente así que no puso mayor cuidado en seguir con lo suyo, y a medida que fue calentándose mas y más con la varonil voz de Víctor, el hombre que le llenaba la mente fue metiendo su mano bajo la tanga para masturbarse de la manera más rica que yo haya podido ver jamás.En una de esas volteó y me descubrió, quedándose quieta, sin saber que hacer ante la vergüenza de verse descubierta de aquel modo. Yo solo sonreí cómplicemente y le dije – ¿qué haces amiguita? ¿Es él?- Ella se rió entonces asintiendo con la cabeza. Seguramente él le estaba contando las partes más calientes de su platica y ella me llamó con una mano para que me acercara a oír. Salí entonces con mi pequeña camiseta de dormir y me senté a su lado, cuidando de que una de mis piernas quedara pegada a la suya. Ella no prestó atención a eso.

Cuando cogí el teléfono, llegaron a mis oídos las palabras y gemidos mas eróticos que pueda recordar en la voz más varonil del mundo.Le devolví el auricular diciéndole en voz baja: Sigue tu, disfruta a tu amor que esto me calienta demasiado. Pero ella me impidió hacerlo, sin saber todo lo que provocaba con ello. Entonces le dije: Pon así el teléfono.Colocándolo entre las dos orejas para que ambas oyéramos. -¿Te importa si hago lo mismo que tu? Ella negó con la cabeza y de pronto estuvimos allí las dos masturbándonos cada una oyéndolo a él coger con gran pericia telefónica.De pronto nos excitábamos y de pronto nos reíamos de lo que estábamos haciendo.

De pronto, al movernos cada una, como parte de las cosas que hacíamos para disfrutar mas nuestra masturbación, nuestras piernas comenzaron a rozarse.
Yo acariciaba mi vulva con mis dedos y volteaba para verla hacer lo mismo.

En algunos momentos nuestras miradas se entrecruzaban y yo no quería despegar la mía de la suya. Recosté mi cabeza en su hombro y ella me dejó hacerlo mientras el placer me recorría.Ella tomó el teléfono de nuevo para decir su parte en el juego erótico y fue cuando yo ubique mis labios sobre sus hombros para comenzar a besarlos.

Volteó a verme como diciendo no, pero yo continué. Ya con mas libertad, fui bajando de sus hombros a su pecho, y me acerque a oler sus axilas y su pecho, encantándome el olor y el sabor de su sudor. Entonces ya no tuve fronteras, comencé a besuquear sus tetas y al no recibir limites, me decidí a mover su sostén y a lamérselas. Ella abrió sus piernas y me hizo espacio, colocándome yo entre ellas para seguir mamándola. Las palabras que comenzó a decir fueron cada vez más fuertes, haciendo que su hombre seguramente se encantara de lo que oía.Mi boca bajo de sus tetas a su vientre y de allí a su tanga la cual comencé a mordisquear sintiéndola a ella entregada finalmente a mis deseos gracias a la voz de aquel amigo mío que la calentaba tanto. Con mis dedos moví el fondo de su tanga, descubriendo su vagina, la cual comencé a lamer después de olérsela. Ella comenzó a gemir mas fuerte al sentir mi lengua cogiéndosela y a los pocos minutos la sentí estallar en un orgasmo delicioso. Tras sentirla venirse me quede abrazada a sus piernas mientras ella se despedía de su amor, y tras colgar la llamada me acaricio el cabello diciéndome: -Imelda Putita, eres una traviesa perversa, habías quedado en portarte bien.

Yo sonreí levemente y le dije con un airecito inocente: ¿Me perdonas amigocha? Y ambas estallamos en carcajadas. Nos abrazamos con cariño y le di un suave beso en los labios. Ella correspondió a mi beso y con sus brazos me recostó en el colchón. – Ahora vas a ver- me dijo y fue llevando sus manos por mi pecho, apretándome las tetas de una manera deliciosa para luego llevar sus dedos llenos de su flujo bajo mi tanga para comenzar a masturbarme.
Yo no paraba de gemir como una perra en celo sintiendo sus dedos frotándome el coño de una manera estupenda. Al poco tiempo me vine, moviéndome y gritando como una posesa.Después de esto, quedamos abrazadas de la manera mas cariñosa y nos quedamos dormidas allí minutos mas tarde. Nunca mas volvió a pasar nada entre nosotras, aunque estuvimos juntas muchas veces y compartimos viajes y aventuras de todo tipo, pero esta experiencia fue única y por eso quise contarla, pues de esta forma, es como si la viviera de nuevo.

Mi amiga Lidia

La primera vez que hice el amor con otra chica fue de verdad una sorpresa para mí. Nunca me había fijado en las mujeres como fuente de placer. Tengo una energía sexual difícil de satisfacer, pero me bastaba con follar con mis muchos amigos. Y si no, me masturbaba, una de mis grandes aficiones. Es cierto que me ponía como una moto viendo videos de lesbianas bajados de Internet, pero lo asociaba más a la excitación del momento y a mi gusto por la pornografía que a un deseo oculto de relaciones lésbicas. Es como los videos de lluvia dorada, me vuelven loca, pero no sé si lo incluiría en mis prácticas (o al menos eso pensaba).

El caso es que por aquel entonces pasaba las tardes estudiando en una biblioteca muy cerca de mi casa. Acudía sola y no solía entablar conversación con nadie, porque si no el tiempo me pasaba volando y no me cundía.

Una tarde de agosto preparaba dos asignaturas para los exámenes de septiembre. Hacía un calor de justicia, y aunque la biblioteca contaba con aire acondicionado, no era suficiente. Llevaba un pantalón corto de chándal y una camiseta sin mangas, no muy apretada, pero que marcaba bastante mis pechos. Uso una 90, pero soy muy delgada y mis pechos resaltan bastante. Recogía mis rizos negros mediante una goma, formando una coleta para mantener mi cuello libre de mi pesada melena. Aun con este vestuario tan veraniego, estaba sudando la gota gorda.

Al momento de llegar, una chica se sentó a mi lado. No me importó, pues los asientos eran espaciosos y en cada mesa podían estudiar 8 personas con total comodidad. Abrió un libro súper gordo y se puso a hojearlo. La Biblia de Excel, se titulaba.

A media tarde salí a la calle a fumar un cigarro y a estirar las piernas. A los 2 minutos salió mi compañera de mesa y se colocó a mi lado.
-Hola, que tal. Me llamo Lidia -me dijo.

Nos presentamos y charlamos un poco. Me dijo que tenía que aprender todo lo posible acerca de hojas de cálculo, porque en la gestoría donde trabajaba por las mañanas estaban cambiando todo el software antiguo por programas de informática más modernos. Llevaba unas semanas un poco agobiada y había decidido aprovechar las tardes libres para avanzar un poco.

La verdad es que Lidia era una persona encantadora. Me cayó bien desde el primer momento y congeniamos bastante. Era muy guapa, morena como yo pero con el pelo corto, un poco más baja que mis 175 cm de estatura, y con dos tetones descomunales. Llamaba la atención de los tíos que van a la biblioteca a ligar y no a estudiar (más que yo, y eso me hacía sentir desplazada, pues normalmente suelo ser el centro de bastantes miradas). Me contó que no salía con nadie, que se aburría mucho con su último novio y que de momento quería estar sola.

Pasamos más de una hora hablando, y como yo ya no tenía ganas de seguir estudiando, fuimos a tomar un café. Cerca de las nueve nos despedimos, ya como amigas, y le ofrecí mi ordenador para practicar con la hoja de cálculo (ella no tenía en casa). Quedamos para la tarde siguiente. En mi casa, ni mis padres ni mis hermanos nos molestarían, unos trabajando y otros de vacaciones.

A las 4 sonó el timbre. Abrí y al ver a Lidia sentí un hormigueo en el estómago, una sensación que me desconcertó, pues me recordó a lo que siento cuando me preparo para una sesión de masturbación. Venía ataviada con un vestido de esos que son como una camiseta muy larga, que hace de falda. Ésta resaltaba sus pechos sobremanera. Yo por mi parte llevaba una camiseta vieja, sin sujetador y un pantaloncito corto.

Nos sentamos al ordenador y comencé a explicarle los fundamentos del programa, siguiendo por casos prácticos, profundizando un poco. A eso de las 6 de la tarde yo estaba agobiada por el calor y le pregunté si no le importaba que me fuera a dar una ducha rápida. No le importó, se quedó acabando un presupuesto ficticio.

-Cuando lo acabes puedes mirar en el directorio C:\internet. Lo tengo lleno de animaciones muy divertidas que me mandan por el mail- mientras decía esto recordé que aparte de las animaciones tenía cientos de videos porno y más de 10000 fotos de la misma temática. Pero por no delatarme preferí correr el riesgo. Quizá no se percatase.

En el baño, abrí el grifo y volví a mi habitación para coger ropa limpia. Prefería vestirme en otra sala y no delante de mi nueva amiga.

Al entrar vi que Lidia había descubierto la carpeta xxx y estaba abriendo videos con el reproductor. Minimizó éste y puso cara de circunstancias.

-Perdona, pensaba que eran animaciones- dijo, con la cara roja como un tomate. -Ah, sí. Eso lo descarga mi hermano -mentí-. A ver si se lo grabo todo en cds y limpio mi disco duro -creo que mi voz me delató, pero no se me ocurrió otra excusa mejor-.

Avergonzada y ligeramente aturdida cogí mi ropa y volví al baño. Me desvestí, pero antes de meterme en la ducha, me picó la curiosidad. ¿Seguiría Lidia ojeando mis videos? Cerré la puerta del baño por fuera y me acerqué sigilosamente hasta mi habitación. Asomé la cabeza asegurándome de que fuera imposible que ella me viera, tanto directamente como mediante el reflejo del monitor.

Efectivamente, la pantalla mostraba a una rubia con 2 tipos. Ella de rodillas, comiéndoles la polla alternativamente, y en ocasiones con las 2 trancas dentro de su boca. Pero lo que me dejó de piedra fue el resto. Lidia estaba con los ojos como platos, y con el dedo corazón de ambas manos acariciaba sus pezones (marcadísimos) por encima de la tela del vestido. Cada poco los agarraba y estiraba con fuerza, hinchándolos más todavía. Realizaba lentos movimientos circulares, rodeando los pezones. Mojaba sus labios con la lengua y su respiración era cada vez más audible. No me agradaba en absoluto la idea de espiar a mi amiga, pero la situación me estaba poniendo a mil. Notaba los flujos resbalar por mi pierna abundantemente. Acaricié mi vagina y descubrí que estaba encharcada. No pude contenerme y llevé mi mano a la boca para saborear mis caldos.

En ese momento me sentí confundida, no podía excitarme al ver a otra chica tocarse porque yo no era lesbiana. Me vinieron a la mente todos los momentos en que había disfrutado viendo escenas lésbicas y parecía como si un rompecabezas estuviera completándose en mi cabeza. Volví a mirar y contemplé a Lidia con las piernas muy abiertas, y con la mano derecha masajeando frenéticamente la zona de su coño, mientras que con la izquierda apretaba sus tetas.

Despacio regresé al baño y me metí en la ducha. Realmente no podía volver en la situación que estaba, así que decidí masturbarme furiosamente. Comencé a estirar mis pezones hasta hacerlos enrojecer, mientras orientaba el chorro de la ducha hacia mi clítoris. Agachando el cuello introduje uno de mis pezones en la boca, y la mano liberada bajó hacia mi culo. Cuando estoy cachonda me gusta acariciarme el ano, y pocas veces había estado como entonces. Mojé con el abundante flujo de mi vagina toda la mano e introduje el dedo índice en mi culo. Esa sensación de estar totalmente atendida me pone a mil. Los pezones acariciados por mis labios y lengua y la mano izquierda, el clítoris atendido por un fuerte chorro de agua caliente y el ano penetrado por uno o más dedos de mi mano derecha. Introduje dos dedos más en mi culo, hasta notar el esfínter totalmente tenso. Continué en esta posición durante unos minutos. Luego salí de la bañera, totalmente fuera de mis casillas, alocada por la excitación. Agarré un cepillo para el pelo, e introduje su mango redondeado en mi culo. En mi coño alojé mi cepillo de dientes eléctrico, y puse 2 pinzas para el pelo en mis pezones. Puse en marcha el cepillo y acomodé las pinzas para aumentar la presión en mis tetas, apretando los pezones muy cerca de la pequeña bisagra de las pinzas. Agarré los dos cepillos con ambas manos y me situé en postura agachada, con los 2 pies en el suelo. Comencé a mover los cepillos frenéticamente, doblando las rodillas para que el movimiento del cuerpo provocara un bamboleo de mis tetas y estirara las pinzas de los pezones.

Al cabo de unos minutos me corrí a lo bestia, como nunca. Una descarga tremenda me hizo caer al suelo, mientras mi cuerpo se tensaba y destensaba. Tirada disfruté del maravilloso orgasmo que me acababa de proporcionar. Quité las pinzas de mis pezones doloridos. Saqué el cepillo de dientes de mi empapado coño y dulcemente lo llevé a mi boca, para saborear mi néctar, mientras movía circularmente el cepillo insertado en mi culo (con el esfínter apretadísimo, tanto que no abría podido sacar el objeto sin sentir dolor). Estaba ardiendo. Tanto que después de recoger todos los bártulos, volví a meterme en la ducha para refrescarme.

Me vestí y volví a mi habitación, haciendo bastante ruido para que mi amiga me oyera salir. Habían pasado más de 25 minutos desde que dejé a Lidia para ducharme. Pero ella no parecía muy molesta por mi ausencia. Nuestras miradas se cruzaron como diciendo “Las dos sabemos lo que ha pasado pero ninguna hará comentario alguno. La pantalla de mi ordenador mostraba un presupuesto en la hoja de cálculo, pero en la barra de tareas, el reproductor de archivos multimedia seguía abierto.

El resto de la tarde tampoco tuvo desperdicio, pero eso lo contaré en otra ocasión.

Fin, por ahora.

De vacaciones

Hace dos meses que me fui de vacaciones con mis amigas, fuimos a un sitio de playa porque nos agrada ese tipo de lugares.

Una vez que llegamos ahí, nos registramos en el hotel y subimos a acomodar nuestras cosas, la habitación no era muy grande pero si lo suficiente para divertirnos.

De inmediato Lety fue al baño a ponerse su bikini rojo que había comprado un día antes del viaje y la verdad precioso cuerpo me dieron ganas de cogérmela ahí. Ella bajó a broncearse en el área de la alberca mientras yo me quedé a terminar de acomodar mis cosas.

Mi otra amiga dijo que iba a hacer unas compras en una tienda cercana y se fue dejándome sola.

Una hora después decidí unirme a Lety, así que fui por mi bikini negro y me lo puse. Una vez que llegué al área de la alberca, me dediqué a buscar a Lety, Cuando la vi estaba platicando con una chica que estaba sentada a un lado de ella, la verdad es que esa mujer no se me hizo muy atractiva pero pareció que a Lety sí, puesto que estaban platicando muy amigablemente.

Llegué a ese lugar y las saludé, ahí supe que Lety ya había ligado y que pensaba irse al cuarto de su nueva amiga para divertirse.
Ahí me quedé mientras ellas se retiraron, me acosté y decidí dormir un rato para broncearme.

A los pocos minutos una dulce voz me despertó, era una hermosa chica que tenía un hermoso cuerpo, aunque cuando la vi pensé que era menor de edad.
Me preguntó si le podía prestar un poco de bronceador puesto que a ella se le había terminado; le cedí mi frasco y se untó un poco en los brazos y hombros. Me hubiera encantado ser yo quien le hubiera ayudado.

Comenzamos a platicar un poco y supe que se llamaba Gabriela y tenía 19 años, había llegado a ese lugar el día anterior y pensaba irse dos días después.
La verdad es que esta pelirroja escultural me había gustado mucho y pensé en la posibilidad de llevármela a la cama para gozar con ella.
Ella pidió una bebida y me preguntó si quería algo de tomar, le contesté que una cerveza (mi bebida alcohólica favorita) y ella pidió un balde con 6 botellas, dijo que ella las pagaba. Ahí estuvimos platicando un buen rato y tomando nuestras cervezas.

Gaby me dijo que se sentía mareada, la cerveza comenzó a hacer efecto y me pidió que la acompañara a su cuarto y accedí a ayudarla.

Fuimos a su cuarto y cuando entramos la acosté en la cama; ella decía que era demasiado lo que había tomado y que se sentía ebria: mi mente tenía otra idea: aprovechar el momento y aunque sea besar esos hermosos labios que ella tenía pero ella fue la que me sorprendió porque sin esperarlo me abrazó por el cuello y me empezó a besar en la mejilla de una forma muy sensual.

Claro que de inmediato comencé a acariciar su espalda mientras me besaba, ella me pedía que la llenara de caricias y eso fue lo que hice: la acosté y acaricié sus piernas, sus brazos, su abdomen, y demás.

Ella se quitó la parte superior del bikini y dejó al descubierto sus senos, los cuales eran mas o menos grandes, pero bellísimos, acerqué mi boca a uno de sus rosados pezones y comencé a besarlos y chuparlos, Gaby gimió y me dijo que le gustaba lo que sentía.

Fui subiendo poco a poco hasta su cuello y a su boca, una vez ahí besé sus labios y metí mi lengua en su boca, sentí la suya y disfruté ese beso como pocos que he recibido o dado.

Le quité el calzón y la tuve desnuda para mí solita, su coño era con vello escaso, pero ya estaba mojada y decidí aprovecharlo.
Separé sus piernas y comencé a chupar su clítoris, Gaby de inmediato gimió y me pidió que la cogiera más y no desobedecí.
Llevé mi lengua de arriba a abajo por su vagina la cual estaba deliciosa, aproveché para meter un dedo en su vagina para acelerarla más y lo conseguí.
Ella se movía muy bien, se acariciaba sus senos y me pedía más, al poco tiempo Gaby tuvo su primer orgasmo, lo que hizo que se le bajara la borrachera que tenía para abrazarme y besarme de nuevo.

Me agradeció el orgasmo ya que no era común para ella tener encuentros sexuales, pero yo le pedí que me hiciera el amor a lo cual ella aceptó.
Me desnudé y separé mis piernas para que ella pudiera disfrutar de mi vagina y de inmediato comenzó a chupármela y muy bien.
Sentía que me volvía loca ya que me imaginaba que era una niña la que me cogía, esto debido a su apariencia de menor de edad; Gaby metió su lengua en mi vagina muy al fondo lo que me hizo gritar de placer.

Le comenté que me encanta que me besen en el culo y le pedí que lo hiciera, me voltee y ella me abrió las nalgas para meterme su lengua, sentí la punta de su lengua en mi agujero y me vine casi al instante, estaba demasiado excitada para poder resistirme a ese orgasmo.
Me acosté boca arriba y le pedí que se subiera para chupar su vagina y ella me hiciera lo mismo, ese 69 fue sensacional porque fue un intercambio de orgasmos constantes. Aproveché y le metí un dedo en el culo mientras le chupaba la vagina y ella me hizo lo mismo.

Al poco tiempo durante la cogida con esta hermosa chica de pelo rojizo, terminamos agotadas y nos abrazamos fuertemente durante un rato Le confesé que ella me gustó desde que la vi y que era lesbiana desde hace tiempo, ella me confió que siempre había tenido la fantasía de estar con una chica pero que en realidad le gustan las vergas y que ya había chupado algunas.

Me dijo que ella no tenía planes para la noche y que deseaba que me quedara con ella durante toda la noche cogiendo. Su simple invitación me hizo calentarme de nuevo. Luego les cuento como nos fue esa noche porque prometía.