Fantasías con la profesora de Yoga

Mi mujer y yo acabábamos de llegar a Barcelona. Habíamos estado viviendo en Berlín durante 6 años y ahora nos mudábamos a la ciudad condal por requerimientos laborales. Mi nombre es Pedro y soy arquitecto, durante esos seis años había estado trabajando para una oficina que desarrollaba obras públicas para el Ayuntamiento de Berlín. Acababa de cumplir treinta y cinco años cuando un colega de la Universidad me llamó para ofrecerme un trabajo en Cataluña. Laura, mi mujer, nunca había terminado de acostumbrase a Alemania y encontramos la excusa para cambiar de aires y empezar nuevos proyectos.

Laura estaba encantada con Barcelona, había nacido allí y se sentía cómoda en su ciudad, su madre estaba cerca y en seguida encontró trabajo de diseñadora. Mi trabajo me ocupaba principalmente por las tardes, a excepción de alguna reunión matutina, y estaba pensando en qué ocupar mis mañanas cuando Laura llegó a casa para comer. Le comenté mis preocupaciones y me dijo que ella iba a apuntarse a yoga por las tardes en el Poliesportiu del barrio, que había clases por las mañanas y por las tardes. No me pareció mala idea, hacía tiempo que tenía ganas de hacer yoga, sobre todo porque Laura practicaba desde adolescente y siempre me había dado curiosidad. De modo que yo me apunté por las mañanas y Laura por las tardes.

El primer día estaba un poco nervioso, hacía tiempo que no practicaba deporte y estaba un poco oxidado, pero bueno, a eso iba. Cuando llegué, me di cuenta de que era el único chico en la sala y que la mayoría de mis nuevas compañeras podrían tener la edad de mi madre. Aquello me puso más incomodo todavía, pero traté de pasar el trago lo mejor posible. La profesora me explicó un poco como iba a ser la clase, consistía de una relajación y respiración inicial, unas posturas de yoga y una relajación final. Sin más nos mandó tumbar a todas (y a mí), cerré los ojos, y cuando me quise dar cuenta la clase había terminado. Había encontrado un verdadero momento de paz, de estar conmigo mismo, y en ningún momento me acordé de mis compañeras.

Cuando llegué a casa me di una ducha y preparé la comida, pronto llegaría Laura a comer y después me tenía que ir al trabajo. Llegó Laura, en seguida me preguntó que cómo me había ido en la clase de yoga. Empecé a contarle lo bien que me sentí y demás cuando me preguntó que qué tal era la profesora o el profesor. Hasta ese momento no me había fijado conscientemente en la profesora, pero aquella pregunta me hizo rememorarla. Mila tendría unos treinta años, dos menos que Laura, ella era morena y Mila pelirroja, también era un poco más bajita. Le dije que me había caído bien, que transmitía mucha serenidad, era andaluza y tenía una voz muy apacible.

Por la noche, después de cenar me metí en la cama, después de hacer algunas consultas en internet. Laura ya estaba acostada, tenía un camisón que le marcaba las tetas, las tenía grandes y redondas, me acosté a su lado y empecé a besarlas, ella estaba leyendo y me dijo que no tenía muchas ganas, sabía que cuando me acercaba así, estaba pidiendo guerra, pero me dijo: – si quieres te hago una paja. Os podéis imaginar lo que contesté. Pero esta masturbación iba a desatar un río de fantasías en mi cabeza. De vez en cuando, mi mujer y yo cuando follamos nos gusta fantasear que somos otros o contarnos historias morbosas. Mi mujer dejó su lectura se dio media vuelta y agarró mi polla con su mano, acercó sus labios a mi oreja y me la chupó, era señal de que me iba a contar una historia caliente. Cerré lo ojos y me predispuse para el placer, mi pene ya estaba erecto cuando mi mujer empezó:

“Acabas de entrar en tu nueva clase de yoga, cuando ves a tu profesora sola, te dice que ha tenido que suspender la clase, pero que si quieres te puede enseñar unos ejercicios. De pronto se quitó su pantalón largo y se quedó en unos pantaloncitos que apenas le tapaban las nalgas y un top pegado a sus senos…”

Joder, se me puso durísima, no me acordaba bien pero creo que la profesora tenía un culo impresionante, mi mujer había dado en el clavo.

“…Empezó a enseñarte el saludo al sol y tú no terminabas de aprenderlo y se acercó a ti, cuando se percató de tu terrible erección y te dijo, así no puedes hacer yoga, debes liberar tus tensiones. Acto seguido, te bajo los pantalones y se metió tu rabo en su boca…”

– ¿Te gusta?- me preguntó mi mujer. Me encanta, sigue, ¿que más ocurre? Mi mujer continúo su erótica historia hasta que mis huevos expulsaron todo el semen que tenían. Ahora sí que se podía dormir tranquilo, me abracé a mi mujer y caí redondo.

El próximo día que fui a Yoga no pude evitar fijarme en la profesora, estaba realmente buena y tenía un culo más que impresionante. Era bajita, le brillaban los ojos y tenía una linda sonrisa. Al contrario que Laura tenía poco pecho, y un poquito de barriguita muy sexy, una espalda recta del que nacía un respingón culete hacia unas piernas definidas. Este día me costó un poco más concentrarme, pero disfruté aun más si cabe de mi clase de Yoga. Cuando llegué a casa no me pude resistir, estaba realmente cachondo, entre la historia de mi mujer, y las miraditas que había echado al culo de Mila, tuve que masturbarme. Me imaginaba que Mila me follaba tántricamente, con su música, con su voz, con su paz.,…

Así comenzaron mis primeras fantasías con Mila, durante un mes me masturbaba casi a diario con la historia de mi mujer sobre Mila y con mis propias fantasías. Todo cambió, cuando Laura me dijo que se tenía que cambiar de grupo de yoga a otro, también por las tardes, pero que en este grupo estaba la misma profesora que me daba clase a mí. Le dije que genial, que seguro que le iba a gustar, que era muy buena con la clase de yoga. De hecho, Laura no estaba muy contenta con la que hasta ahora era su profesora. Después de su primer día de clase con Mila, le pregunté: -¿qué tal?, me dijo que le había gustado la profesora, pero que la clase había sido un poco lenta. No hablamos nada más del tema, pero mi cabeza no paraba. Ya con mi mujer en la cama y ella dormida, no paraba de pensar en como cuando Laura se había encontrado con Mila, Laura no habría podido evitar imaginársela follando conmigo. Laura tenía el culo un poco más grande de lo que le gustaría, no tiene idea de lo que piensa por que ese culo vuelve loco a cualquiera, pero me la imaginaba mirándole el culo a la profesora y pensando en cómo yo le miraría el culo y en cómo yo me la había imaginado fallándomela con su propia historia. Aquello me excitaba muchísimo y me daba mucho morbo, me mantenía en plena erección constante y me masturbaba a diario con aquella situación morbosa. Mila no volvió a salir en nuestras fantasias conjuntas, de hecho, a mi me encantaban, principalmente, aquellas en las que mi mujer era la protagonista y se follaba, al butanero, al carnicero, al panadero y a todo el barrio, y eso mi mujer lo sabía.

La cosa tornó cuando poco a poco mi mujer y Mila empezaron a congeniar cada vez más. Laura estaba realmente contenta con el tipo de yoga que hacía Mila, y cada noche cuando llegaba de yoga, tarde porque se quedaba charlando con Mila, me contaba algo sobre las posturas que hacía, sobre Mila, etc. Una noche, mientras me contaba algo sobre una postura de apertura de piernas, noté que mi polla se ponía dura, era el único músculo de mi cuerpo que tenía acceso directo con mi cerebro. Yo aún no había reflexionado sobre mis pensamientos cuando mi polla ya apuntaba al cielo, pero efectivamente, mi perversa mente empezó a imaginar a mi mujer follando con Mila. Me las imaginaba tiernamente, descubriendo su sexualidad femenina, casi enamoradas la una de la otra, sin que nadie en el mundo pudiera molestarlas, creando su espacio, con su sexo, con su originalidad.

A partir de aquí, mi mente exploró todas las combinaciones posibles: me follaba a Mila y a mi mujer a la vez; mi mujer y yo devorábamos a Mila, demostrándole que cada uno la deseaba más; ambas follaban para que yo las viera; yo y Mila dábamos placer a mi mujer; etc.

Una nueva vuelta de rosca ocurrió una noche mientras mi mujer y yo estábamos follando. Hacía tiempo que no me masturbaba con Mila, además yo había cambiado las clases de yoga por el gimnasio. Me encontraba encima de mi mujer, la estaba penetrando, teníamos nuestras caras cerca y vi esa sonrisa que se le pone cuando se lo está pasando bien, aquello me excitó, y empecé a decirle lo que me gustaría: me excitaría mucho que tú y otra mujer de rodillas me comierais la polla mientras yo estoy de pie, que chupéis vuestras lenguas con mi polla en medio. La noté excitarse con mi historia, cuando me preguntó: ¿es pelirroja? ¡Dios!, como dos palabras te pueden volver loco, en seguida le dije que sí, y llegamos a un placentero orgasmo imaginando a Mila entre nuestros brazos. Después del orgasmo nadie hizo comentario alguno sobre aquellos cabellos rojos, pero mi mujer había alimentado mis fantasías y quién sabe si no, también las suyas.

Aún no ha salido explícitamente Mila en nuestras fantasías, por lo menos no, con su nombre, desde que mi mujer la utilizara antes de conocerla para darme aquella paja que desató mis fantasías. Quizás por miedo a descubrir nuestros deseos, quizás por miedo a dar un paso más en nuestras sinceridad, quizás porque nos amamos demasiado, quizás porque el momento está por llegar…

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