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La hermana de mi amigo se hizo prostituta

En algunas ocasiones, la vida te brinda momentos y sensaciones indescriptibles. En otras ocasiones, son los que viven los que te llenan de sorpresa y emoción. Una mezcla extraña de emociones y sentimientos se me entrecruzaron cuándo me enteré de algo que cambiaría totalmente mi noción sobre cierta persona.

Marisa es una chica muy dulce. La conozco desde hace poco más de diez años y hemos compartido tardes enteras en la casa de mi amigo jugando, merendando, estudiando y otras cosas que hace cualquier estudiante de colegio secundario. La chica en cuestión, es tres años menor que nosotros, puesto que al momento que finalmente egresamos, ella apenas tenía quince dulces aniversarios cumplidos. Reconocía su belleza, aunque luego de tantos años de mutua convivencia, era extraño observarla con otros ojos.

Los años pasaron, y si bien mantuvimos el contacto con mi amigo de toda la vida, no veía a Marisa tanto cómo antes, excepto por alguna conversación telefónica cuándo lo llamaba o a lo sumo, por algún mensajero vía internet. Lógicamente, la chica ya era una mujer, y los piropos inocentes de mi parte, estaban siempre a la orden del día. Me puse muy contento el día que me comentó que tenía pensado estudiar locución, ya que es la carrera que yo también había elegido y estaba a punto de finalizar. Gentilmente, le ofrecí ayudarla para el examen de ingreso, ya que es bastante complicado entrar.

Una tarde de noviembre, aproveché mi franco del trabajo para invitarla a casa. Me dispuse a preparar un micrófono en la computadora y algunos escritos de relatos, publicidades, cuentos y otros textos de práctica. Alrededor de las dos de la tarde, suena el timbre.

La primera sorpresa llegó al abrir la puerta, puesto que hacía poco más de un año y medio cuándo la había visto por última vez, y las fotos no siempre son fieles. “Claro” – pensé – “ya tiene dieciocho años, ¿qué esperaba?”. Ocultando de mala forma mi sorpresa, nos miramos unos instantes a los ojos, para luego esbozar una sonrisa, abrazarnos y saludarnos muy afectuosamente. Ella vestía una pollera de jean bastante corta, combinada con unas chatitas negras y una remera color blanco bastante ajustada al cuerpo, que dejaba ver la pancita con el piercing en el ombligo. De tez blanca, pero con el pelo negro cómo la noche, algunas mechas caían sobre sus ojos, tratando de esconder sus ojos color castaño oscuro con forma almendrada. Los labios, gruesos y sin maquillaje. De hecho, apenas tenía un poco de rubor en las mejillas, pero era realmente hermosa.

Hablamos un poco de la vida, recordamos viejas anécdotas y, varios vasos de gaseosa de por medio, nos pusimos a trabajar. El segundo impacto llegó al prestar más atención a su voz, una exquisita mezcla de tonos agudos con graves, con un timbre que sin lugar a dudas, podría dejar boquiabierto a cualquiera que lo escuche en algún medio. La felicité por eso, y con una sonrisa cómplice me respondió: “Ay no, pero vos la tenés más linda…”.
“Sí, pero la tuya me calienta más…” – le respondí, casi en un tono grotesco, pero terriblemente espontáneo.
Un breve silencio incómodo invadió la habitación, hasta que ella rompió el hielo: Se supone que los locutores no tenemos que dejar estos silencios, ¿no?
No son silencios incómodos, son pausas sugerentes… – acoté rápidamente.
Nuevamente, una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios, que jugaban perfectamente con el brillo de sus ojos.

Caída la noche, mi amigo pasó a buscarla por casa, charlamos un rato en la puerta y a la hora de despedirnos, nos volvimos a abrazar con Marisa, aunque esta vez, se acercó un poco más al oído para decirme: “Tu voz también calienta…”

La miré a los ojos, intentando hacerme el superado. Le di un cálido beso en su mejilla, y volví a mi departamento. Con un gran sentimiento de culpa, y tratando de entender por qué, me masturbé en dos ocasiones pensando en ella. Me imaginaba su cuerpo desnudo brindándole calor al mío, en un frenesí de besos y caricias.

Transcurrieron unos días, y nunca más volvimos a realizar acotaciones semejantes. Todo, según parece, había vuelto a la normalidad (lo que en realidad, me molestaba) y Marisa me contó en una charla por internet que había conseguido un trabajo que le serviría para pagarse los estudios de la facultad. Puesto que no se había llevado ninguna materia, el emprendimiento me parecía óptimo.

Soy camarera en un pub – me contaba.
Excelente, entonces tengo que ir a visitarte a ver cómo me traés una birra
Cuándo quieras, yo trabajo de jueves a domingo por la noche
¡Garrón! ¡te perdés todo el fin de semana!
Sí, pero necesito laburar, y además hago buena plata
Bueno, pasame la dirección que este viernes si puedo me hago una escapada después del laburo

Dicho y hecho, llegó el viernes por la noche, y aún con el cansancio que arrastraba, fusionado con el calor por tener puesto todo el día el saco con la camisa y corbata, junté voluntad y me dirigí hacia el lugar al cuestión.

La sorpresa, llegó, claro, cuándo vislumbré el establecimiento: un local con vidrios totalmente polarizados, algunos afiches de neón (dónde se citaba el nombre) y las palabras clave típicas: “whiskería” y “Pub”. Efectivamente, el lugar era un cabaret.

Fue la tercera sorpresa, pero esta vez no sentí gozo ni placer, sino una súbita bronca. ¿Cómo podía ser que la pendeja se metiera en un antro así? ¿La habrían engatusado? ¿Alguno la estaría obligando? ¿Debería avisarle a mi amigo?

La última posibilidad la descarté, porque no quería alterarlo ni mucho menos. Respiré profundo, y con una curiosidad inmensa, entré en el lugar…

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