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El profesor

Hola chicos, soy yo Alejandra, acá les traigo una historia bastante larga, en su momento la dividí en dos partes, pero para darme un tiempito mientras termino un relato nuevo junté las dos partes en una, como si fuese un especial en DVD, jajaja.
Le dedico el relato a mis amigos del Facebook, especialmente a: Belleza, Alejandro, Skay (jaja), Merchi y Romina.

– ¿Querés ir a cenar con unos amigos?
– Bueno, dale.
Yo apenas tenía diecinueve años. Lorena acababa de cumplir los veintinueve y saldría con algunos amigos y amigas a cenar. Lorena es profesora de inglés, por lo tanto su entorno es ese, el de los profesores.
Me vestí para la ocasión. Me hice un peinado raro, con el flequillo hacia atrás un poco elevado, dos pequeñas trenzas que caían por mi espalda, y el resto del pelo suelo y batido. Maquillé mis ojos lo suficiente como para que se dieran cuenta, pero no tanto para confundirme con una ramera; plateado muy suave en los párpados, finamente delineado con un azul obscuro, mis pestañeas bien negras. La boca estaba de un rosa muy bonito, además me gusta usar brillitos en los labios, por lo que mi boca brillaba. Un poco de rubor en mis mejillas, y brillitos casi imperceptibles en el resto de mi cara.
Usé para la ocasión un vestido azul bastante largo por tratarse de mí. Me llegaba casi hasta las rodillas. Su escote era redondo y algo grande, pero la espalda no estaba tan al aire. Como mis brazos estarían desnudos desde los hombros, Lorena tuvo la idea de ponerme guantes blancos hasta los codos, parecía una bandera.
Usé zapatos tacos aguja y altos, creo que eran de doce centímetros. Mis aros eran de oro, y un collar con una cruz finalizaban mi vestuario.
Fuimos a un restaurante muy fino, tanto Lorena como sus amigos están muy cómodos económicamente, y no tienen problemas en derrochar seiscientos pesos por cabeza en tan solo una cena.
La mesa estaba reservada, y como debíamos confirmar la presencia, cada lugar tenía un cartelito con nuestros nombres. Me sentí una estrella, y aunque una parte de mí se la creyó, sabía que no era merecedora de tanto lujo. Lorena tuvo un gesto hermoso, las tarjetas decían nombre y apellido, la mía solo decía Ale… y estaba por supuesto, al lado de la tarjeta de ella.
Fuimos las primeras en llegar junto con otras dos compañeras. El siguiente el llegar fue…bueno, no puedo decir su nombre, así que lo llamaremos X. era un hombre un par de años mayor que Lorena, era lindo de cara, tenía una barba rubia de tres días, pelo corto y desprolijo, pero como las estrellas del cine, esa desprolijidad le sentaba muy bien, estaba vestido acorde a todas nosotras, un saco gris, con corbata, pantalones de vestir, me llamaron la atención dos cosas, una fue que el cuello de su camisa estaba levantado, como un chico malo, la otra es que no llevaba zapatos, sino zapatillas deportivas.
– Ahí viene el profe… – dijeron las demás chicas. X era profesor de filosofía.
Por supuesto que lo primero que hicieron fue cargarlo por el tema de las zapatillas. Él saludó una por una a sus compañeras, a mí me dejó para lo último.
– ¿Y esta belleza? – dijo.
– X, ella es Alejandra, mi amiga – nos presentó Lorena – Alejandra este es X.
Yo me puse de pie para saludarlo con un beso en la mejilla, pero él me hizo un gesto para que me quedara en mi lugar, y me sujetó la mano, la elevó hasta su boca y me la besó, como si fuese una reina. Me ruboricé porque las otras chicas gritaron y aplaudieron el gesto, al fin y al cabo, solo yo recibí ese saludo.
– ¿Qué das? – me preguntó X.
No sabía que responder. No sabía a que se estaba refiriendo. Busqué ironías en mi mente respecto a esa frase, doble sentido, nada. No sabía que decir.
– ¿El qué? – dije encogiendo mis hombros.
– No X – salió en mi defensa Lorena – Ella no es profesora de nada, estudia psicología.
– ¿Perdón? ¿Pero cuántos años tenés?
– Diecinueve…
– Ah, pareces más grande, sos muy bonita, creía que eras profesora de algo.
Mi rubor se tornó rojo cuando el resto de la mesa volvió a aplaudir. A cualquier mujer le molestaría que le den más edad de la que tienen. Pero a una chica de diecinueve años, que alguien de treinta y dos piense que tiene más, la reconforta. No supe si lo decía a propósito por estar consciente de esto último, y lo hacía para seducirme, o realmente aparentaba ser mayor, cosa que me daría más canches de estar con él. Porque desde que besó mi mano la piel se me estremeció, y tuve infinitos deseos de poder acostarme con él. Y yo por paranoica y engreída, comencé a tomar todas y cada una de sus palabras como si estuviese seduciéndome.
– ¿Estás con alguien? – volvió a preguntarme.
Yo hacía dos años que estudiaba psicología. Una cosa es preguntar si tenés novio, y otra si estás con alguien, es una pregunta más persona, el tema del novio se responde con sí o no, la otra necesita más desarrollo.
– No – dije y miré a Lorena, porque yo tenía sexo con ella, pero nadie lo sabía – Bueno, digamos… estoy sin compromisos.
A medida que la charla transcurría X me resultaba más lindo, era simpático, divertido, sexy. Lorena hizo sonar su celular a propósito, fingió que le había llegado un mensaje de texto y comenzó a escribir la respuesta. Me envió un mensaje a mí.
– X está con vos, lo conozco, te está mirando desde hoy, te tiene unas ganas… dale para adelante.
Yo me disculpé con la mesa cuando me llegó el mensaje. A pesar de los nervios tuve la lucidez suficiente para decir que era mi mamá la que me molestaba.
Él se ofreció a llevarme a mi casa. Lorena me dijo que vaya, que ella saldría a dar una vuelta con el resto de los chicos, pero que yo debía volver temprano, aun vivía con mis papás. Cuando estacionó el auto en la entrada de mi casa me sorprendió su franqueza, supuse que sería por su edad, nada de histeria ni de dar muchas vueltas.
– Mirá Ale – dijo – Decime si me equivoco, pero creo que tenemos una conexión, que hay química, ¿vos que decís?
Dale para adelante. Recordé el mensaje de Lorena.
– Sí – dije nerviosa acomodando una de mis trenzas – Sí, a mi me parece lo mismo.
Él no perdió el tiempo, y se acercó a mí lentamente, como en las telenovelas. Al estar cerca de mi cara me corrió el flequillo que la tapaba, mi peinado ya se había desarmado y tapaba mi boca. Cuando mis labios quedaron a su disposición yo los humedecí, haciendo el gesto que una hace cuando se pinta los labios, los introduje dentro de mi boca, solo que esta vez pasé mi lengua por ellos. Fue un movimiento rápido pero eficaz, cuando sus labios chocaron con los míos ya no estaban secos.
Nos besamos durante unos minutos. Solo utilizando nuestros labios. Él no introducía su lengua en mi boca, y yo no quería aparentar ser demasiado rápida como para hacerlo. Nos separamos y me acarició la mejilla. Yo cerré los ojos y volví a mojar mis labios.
Volvimos a besarnos, esta vez él me sujetaba por la cabeza, su mano estaba en mi mejilla. Y junté coraje para introducir tímidamente mi lengua en su boca. Apenas con la punta rocé la suya, que comenzó a despertar muy de a poco, cuando yo creía que comenzaría una transa desaforada, él movió su lengua con suavidad, era rica, tibia, húmeda, la movía bien, acompañando esos movimientos con un leve abrir y cerrar de su boca.
Nos separamos, en realidad yo lo separé de mí.
– Pará, acá no. Me pueden ver mis papás…
– ¿Podemos vernos de nuevo?
– Sí. Pero vamos a otro lado ahora.
El dale para delante de Lorena me seguía rondando la cabeza.
Me propuso ir a un hotel de forma muy cortés y como un caballero. Diciéndome que no estaba obligada a nada, que si quería solo podíamos besarnos, y que sería yo la encargada de manejar la situación. Seguramente creería que era virgen, o que tenía poca experiencia. Le dije que sí, que tenía ganas de ir a un hotel.
Al primero que fuimos no tenía cochera. Debimos bajar y pedir una habitación. Yo estaba sin documentos y no nos dejaron entrar porque pensaron que yo era menor. En el segundo no hubo problemas, pedimos una habitación desde el auto. Un turno de dos horas.
Lo que más me gusta cuando ingreso a una habitación con una pareja es entrar primera, y una vez que se cierra la puerta, es colgarme del cuello de esa persona y besarlo contra la pared. En este caso X era bastante más alto que yo, entonces me colgué rodeando su cintura con mis piernas, y mis brazos del cuello, como si fuese una nena. Nos besamos mucho, de varias formas, él me sujetaba de mis glúteos, por primera vez se atrevió a ponerme una mano encima, tenía manos grandes, por lo que la palma de su mano cubría toda la superficie de mis nalgas.
Su lengua en mi boca era fuego. Cada caricia de su lengua contra la mía era una gota más de flujo que mi vagina generaba. Sus manos presionaban mi cola, la pellizcaban. Yo sos de gemir cuando beso apasionadamente y esa no fue la excepción. La nena tímida que había sido toda la velada estaba mostrando sus garras.
Aun conmigo colgada de su cuerpo caminó hasta la cama y caímos allí. Él quedó sobre mí aplastándome. Yo mordía sus orejas. Él habló.
– ¿Vamos a tener sexo?
– Si.
– Sos muy chiquita.
– Igual quiero, me gustas mucho.
– Bueno, es que quiero que todo sea consentido, que no te veas obligada a nada.
Era muy caballero, y eso me excitaba más. Cualquiera en su situación me hubiese violado en el auto, en cambio él pedía permiso para todo.
Mi vestido estaba a la altura de mi cintura, dejando mis piernas completamente desnudas, enseñando mi bombacha negra con puntillitas. X tomó el vestido de su parte inferior, hizo que me sentara en la cama y me lo quitó como si se tratara de un buzo o una remera. Yo me quité los guantes largos mientras él desvestía su torso.
Volvió a posarse sobre mí. Su pecho, el calor de su cuerpo, contra el mío fue otro golpe para mi calentura, mi cuerpo ardía, necesitaba saciar la sed de sexo. Presioné sus glúteos con fuerza por encima de la tela de su pantalón. Él se incorporó y se los quitó de un solo tirón, también sus calzoncillos se salieron. Tenía a X desnudo frente a mí, lo primero que miré fue su pene. Rodeado de vello, mucho vello, su miembro estaba rodeado de pelos, él estaba arrodillado en la cama, sus testículos colgaban, también peludos y grandes, se los acaricié, pero en ese mismo momento volvió a tirarse sobre mí para besarme.
Su lengua recorría mi cuello. Yo arqueaba mi espalda y gemía. Suspiraba. A pesar de la diferencia de edad yo me sentía una mujer. Él introdujo su cabeza entre mis senos, lamió ese espacio que hay entre pecho y pecho, cosa tremendamente excitante para nosotras. Desde allí subía su lengua hasta la punta de mi mentón, de allí bajaba. Yo jadeaba.
Me desprendió el corpiño dejando mis pechos al aire. Aun no se habían desarrollado por completo, me crecieron hasta los veintiún años. Mis pezones estaban parados, cosa que todavía me avergonzaba, pero a X lo excitó. Me los pellizcaba. Los chupaba. Los succionaba. Yo solo podía disfrutar, entregarme de cuerpo entero a él. Me estuvo chupando las tetas un largo rato, tanto que quedaron rojas y con varios chupones, además de estar súper sensibles.
Volvió a incorporarse. Se colocó el preservativo. ¿Ya? ¿No me va a pedir que se la chupe? ¿Él a mí no me la va a chupar?
Me retiró la bombacha sujetándola por el elástico, separó la tela de la piel, y con las palmas de sus manos la enrolló hasta mis tobillos. Mi vagina estaba muy mojada. Él apoyó la cabeza de su pene en la entrada de mi orificio. Presionó. La metió hasta la mitad, yo traté de mantener la cordura y no producir sonido alguno. La sacó. Volvió a meterla lento, muy suave, hasta el fondo. Sentí como mis paredes vaginales se iban separando. Se me estaba abriendo la concha como una flor en primavera. Esta vez no pude soportar el placer y lancé un grito.
Él se recostó sobre mí. Yo estaba boca arriba con las piernas abierta, las había elevado y flexionado para que la penetración fuese más profunda. Cada bombeo suyo era muy placentero. Yo le gemía al oído y le decía que me gustaba.
– Me gusta mi amor, me gusta…
X continuaba con ese ritmo lento, tan lindo. Yo comencé a mover mi pelvis al compás de sus movimientos. Con mis piernas rodee su cintura, no iba a permitir que se fuera. Quería que estuviese dentro de mí mucho tiempo. Clavé mis uñas en sus hombros y él lanzó un gemido. Me excitó tanto ese sonido cerca de mi cara que sentí que mi vagina rebalsaba de jugos.
Noté que él estaba moviéndose más rápido. Sus jadeos eran cada vez más fuertes. Finalmente colocó su mano en mi nuca, me levantó la cabeza para que lo mirara fijo a sus ojos. Su cara manifestaba una mueca hermosa, sus ojos entrecerrados, la boca abierta, su frente transpirada.
– Oooohhhh, oooohhh….- suspiró. Me calientan mucho los hombres que gimen con la letra O.
X acabó casi a la misma vez que yo. Creo que me adelanté por unos segundos.
Se incorporó y se retiró el preservativo. Lleno de leche. Cuando vi el semen allí me di cuenta que esa había sido la primera vez que un hombre me la había metido sin antes haberla chupado. Todas las pijas que me habían penetrado habían pasado por mi boca. Y también era la primera vez que no me hacían sexo oral, y tampoco me había tocado con sus dedos. El único contacto de mi vagina con el cuerpo de X había sido con su pene.
Permanecimos recostados. En silencio.
– ¿Podemos vernos de nuevo? – me dijo.
– Si.
Luego de esa noche comenzamos una linda relación en secreto. Las sesiones de sexo se fueron intensificando. La segunda vez que lo hicimos la cuestión fue más completa. Él estaba parado, apoyado contra la pared, y yo me arrodillé. Desde allí me introduje ese pene que tantas ganas me daban, nunca un pene había sido tan deseado por mis labios. Fue la pija que más disfruté lamer. Sus pelos se metían en mi boca. Se pegaban en mi paladar. Su cabeza era grande. Le pasé la lengua por su ojito y fue el punto clave para hacerlo acabar. Su leche se desparramó por toda mi cara, su primer chorro golpeó de lleno en mi ojo, el resto se dividió entre mi frente y mi cabello. El ojo estuvo ardiéndome un buen rato.
Después de eso me recosté sobre la cama. Abrí las piernas para que me hiciera sexo oral. Estuvo chupándomela un buen rato, una vez que me hizo acabar yo creí que ya era todo, pero él continuó lamiendo como un perrito fiel.
Hicimos el amor en el suelo del hotel. Esta vez yo fui la encargada de demostrar mis cualidades como amante. Lo monté. Lo cabalgué. Me senté sobre esa pija, esta vez sin forro para que él gozara más. Mis movimientos eran dulces, suaves, quería que su miembro sintiera el contacto con el interior de mi vagina, que su punta tocara y raspara las paredes de mi interior, mis movimientos se basaban en eso. Me encantaba ver su cara de placer. Cuando notó que me estaba cansando tuvo la caballerosidad de sujetarme de la cola para ayudarme a continuar mi cabalgata. Me ayudaba a subir y a bajar, además que también comenzó a mover su pelvis hacia arriba y hacia abajo. Mis muslos estaba cansados, a punto de acalambrarse, sentía fuego, como cuando una sale a correr y sus piernas están muy cansadas, pero una sigue corriendo. X no acababa, y yo quería hacerlo acabar, él me propuso cambiar de posición pero yo me negué. No quería que pensara que era una nenita que no podía hacer acabar a un hombre. Cabalgué tanto que en un momento su pecho y su cara se mojó con gotas de mi sudor. Mi frente transpiraba mucho, al igual que mi espalda, sentía caer las gotas de sudor por la raja de mi cola. Ya no podía respirar, estaba muy agitada, hasta que lo conseguí. El jadeó, me clavó sus manos en el culo y se movió rapidito a hasta que lanzó un fuerte gemido.
Mis rodillas estaban lastimadas por el roce con la alfombra. Me sangraba, además mis movimientos terminaron siendo bruscos. Me ardían mucho.
Estuvimos cogiendo así durante varios meses. Siempre en secreto, solo Lorena estaba al tanto, pero X no lo sabía. Hasta que lo dejé. El sexo era hermoso. Pero no me enamoré. Y cuando él vino a plantearme si podíamos tener algo un poco más serio, me vi obligada a decirle que no. Y nos separamos.
Dejamos de vernos durante dos años. Cuando en la facultad nos presentaron al nuevo profesor de filosofía de mi carrera. Y ahí ingresó él. Cuando lo vi se me nubló la vista, y mi corazón latió a mil. Él en cambio sonrió al verme. Sentí mucha vergüenza, mi profesor iba a ser una persona que me había tenido en cuatro patas, había estado encima de mí, yo lo había cabalgado, se la había chupado, tragado su leche, sabía el sabor de mi concha, me había oído decir cochinadas en la cama, habíamos dormido juntos. Sentí mucha vergüenza.
Pero eso es parte de otra historia.
Cuando nos presentaron al nuevo profesor de filosofía sentí que iba a desmayarme. Esto me pasa por andar acostándome con tanta gente. Era obvio que algún día esta iba a ocurrir.
Con X habíamos tenido una linda relación amorosa hacía un par de años. Yo tenía diecinueve añitos, él ya pasaba los treinta. Estuvimos algunos meses, disfrutando de la compañía del otro, del sexo, de la intimidad, hasta que yo fui la encargada de ponerle fin a la relación porque no estaba enamorada, y él pretendía algo más serio.
Él me miró cuando ingresó al aula. Para colmo yo estaba sentada en la primera fila, al lado del escritorio del docente. Tengo esas cosas de alumna traga, además soy corta de vista, por lo tanto mucho más lejos no podía sentarme.
Hizo lo que un profesor de filosofía hace, nos hizo presentar a todos en voz alta, a pesar de que ya nos conocíamos todos. Debíamos decir el nombre, que esperábamos de la vida y un sueño, para romper el hielo y comenzar a filosofar de una. Yo fui la primera.
– Bueno, este…hola… – estaba nerviosa, colorada, y sentí que él lo estaba disfrutando – Soy Alejandra… bueno, espero de la vida…no sé, nada… y mi sueño es… no me sale en este momento…
Mis nervios y mi vergüenza eran terribles. Mi cara estaba bordó.
– Bueno, ser la primera inhibe a cualquiera – me defendió el profesor – Les quiero decir que con Alejandra ya nos conocemos…
Mi corazón dio un vuelco. Por un instante creí que diría que habíamos sido novios, al fin y al cabo no tiene nada de malo confesar eso, y tampoco estaría faltándole a la verdad, salvo por el detalle que lo nuestro era secreto.
– Tenemos algunos amigos en común, y hemos compartido salidas.
Un poco me calmó. Pero sentí que iba a ser prisionera de sus palabras durante todo el año.
No podía concentrarme. Él hablaba y escribía en el pizarrón. Pero mi mente estaba en otro lado. Cuando una tiene relaciones sexuales con alguien durante un tiempo no hay nada que no conozca. Y cada parte de su cuerpo que yo miraba me recordaba a los momentos de intimidad. Veía sus manos y me imaginaba que esos dedos habían estado dentro de todos mis orificios dándome placer. Cuando nuestras miradas se cruzaban yo recordaba sus ojos entrecerrados por las cosquillas propias del sexo. Sus labios continuaban excitándome, era lo único que le miraba cuando hablaba, esos labios que tanto me habían besado, esa boca y su lengua en mis partes más íntimas, lamiendo cada uno de los rincones más secretos de mi cuerpo, me volvían loca. Observaba su pecho, ese pecho en el que apoyé mi cabeza para dormir tantas veces. Los brazos de los que yo me sujetaba cuando hacíamos el amor. La espalda donde yo clavaba mis uñas. Esos muslos que golpeaban contra mi cola cuando hacíamos el perrito. Esos glúteos que yo tantos chirlos daba.
Demasiada intimidad vivida como para tener una relación común. Una relación profesional. Una relación de Profesor – Alumna.
Esa primera clase terminó. Yo no sabía se retirarme rápido o quedarme y saludarlo como una ex sin problemas. Tanto pensé que quedé sola en el aula.
– ¿Vos cómos estás? – me dijo.
– Bien… me siento un poco incómoda.
– Si, es normal, yo cuando vi la lista de alumnos también me sentí raro.
Esa noche me masturbé pensando en él. Rememoraba en mi mente los momentos más excitantes que habíamos tenido. Aquella primera noche en el hotel. Aquella primera mamada. Sus caricias. Todos los recuerdos me excitaban. Y la acabada de esa paja fue dedicaba a él.
La siguiente clase no pude soportar la calentura. No supe en ningún momento de qué estaba hablando. Tuve que cruzas mis piernas porque me estaba mojando, sentía la tela de mi bombacha húmeda raspar la piel de mi entrepierna. Varias veces que encontré mordiendo mis labios inferiores. Mi excitación llegó a tal punto que traté de sentarme lo más al borde de la silla que pude, para que mi vagina hiciera contacto con el borde de esta, y desde allí hice pequeños e imperceptibles movimientos pélvicos que me generaron muchísimo placer. No podía creer ser tan puta y calentona de estar masturbándome en plena clase. Mi mentón tembló de placer, como cuando una está por llorar y se lo aguanta. Estaba teniendo un orgasmo. Junté mis rodillas. Tuve que cerrar los ojos y aguantarme el gemido. Había acabado. No solo mi ropa interior estaba mojada, sino que el flujo había también traspasado la tela del jean azul que llevaba puesto. Parecía que me había hecho pis encima.
Esta vez me quedé sola en el aula a propósito.
– ¿Podés ir a tomar algo? – me preguntó.
– Ahora no porque curso, salgo a las nueve.
– ¿Podés ir a cenar?
– Sí.
Fuimos a un restaurante alejado. No podíamos permitir que nos vieran. Cruzamos el puente y fuimos a comer sushi frente al mar, era un lugar de mucho lujo.
La charla giró en torno a nuestra relación pasada, siempre con aires de humor. Nos reíamos de nosotros mismos.
– Vos eras re calladita.
– Vos eras re lento.
– A vos te gustaba todo.
– Vos no me pedías nada.
Nos reímos durante toda la cena. Yo ya era mucho más madura que cuando había tenido aquella relación con él. Ya no era tan calladita. Y había aprendido demasiado bien como provocar a un hombre sin avergonzarme. Me quieté el calzado de la pierna derecha. Subí la pierna por debajo de la mesa hasta chocar contra la silla donde X estaba sentado. Subí un poco más y acaricié su muslo interno, él que me estaba hablando se detuvo de golpe.
– Viaje a Europa y ento… – me miró.
– ¿Entonces? Seguí contándome – y dirigí mi pie directamente a su miembro. Me encantaba sentir como su pene crecía entre mis dedos. Lo sentía cada vez más duro. Yo ya venía caliente desde la tarde, así que no tarde en volver a mojarme.
Le dije que me gustaría que me llevase al mismo hotel que me había llevado aquella primera vez. Por supuesto que aceptó. Y hacia allí nos dirigimos.
El primer polvo fue sin sacarnos la ropa contra la pared. Sin pete ni nada. Apenas ingresamos en la habitación nos besamos con mucha calentura, yo estaba prendida fuego, no daba más. Ni siquiera lo abracé, llevé mis manos derecho al cinto del pantalón y se los bajé. Él hizo lo mismo conmigo. Yo estaba con la espalda apoyada contra la pared, levanté una pierna y la flexioné, mi otra pierna quedó como apoyo, todavía con el pantalón y la bombacha en mi tobillo. X con sus pantalones y por los tobillos apenas se bajó la parte de adelante del calzoncillo, lo suficiente como para dejar su pene erecto en libertad. Lo introdujo con facilidad porque yo estaba muy mojada.
– Si, cogeme así, así, fuerte… – le dije al oído.
Él bombeó contra mi cuerpo con voracidad. Yo me sujetaba de su cuello con ambos brazos, y apoyé mi mentón sobre su hombro. Tenía los ojos cerrados y solo tuve que limitarme a dejar que me cogiera, me penetraba con tanta fuerza que mi vagina comenzó a arder un poquito, pero mis gemidos taparon ese dolor, hasta que perdí la cabeza y comencé a gritar y a decir obscenidades como nunca había hecho.
Decía cosas sabiendo que iba a arrepentirme de mis propias palabras. Pero mi calentura era inmensa. Use todos y cada uno de los sinónimos de la palabra pene para decirle que me gustaba, utilicé también haceme el amor, métemela, cogeme, follame, dame así, partime, y todo lo que describe una penetración. Grité de placer con todas la vocales, bueno, con la letra I no. Le decía al oído que me gustaba sentirla en mi vagina, en mi concha. Le dije que era una puta, una gatita, que era su esclava, que me hiciera lo que quisiera, que me sometiera. Él se excitaba cada vez más con mis palabras por lo que me penetraba con más fuerzas aun, cosa que me hacía gritar más y me calentaba más y más, por ende continuaba diciendo cada vez más guarangadas, y él más se calentaba y más fuerte me daba, un círculo vicioso.
De todas formas fue un rapidito. Cinco minutos duró el sexo contra la pared. Hasta que él jadeó como un caballo y su semen se chorreó por mis piernas desde mi orifico vaginal mientras yo también alcanzaba el orgasmo y mis flujos se mezclaban con su viscosidad blanca.
Sin perder tiempo nos desvestimos por completo. Él estaba más musculoso que hacía un par de años. Me dijo que mis pechos estaban más grandes y me sentí bien. Que mi cola era más linda que cuando tenía diecinueve años, que era más redonda y formada, y que estaba más dura y firma. Me retó porque según él estaba muy flaca.
Su miembro estaba perdiendo su dureza y yo no podía permitir eso, una buena puta no deja que el pito se achique. Lo senté en el borde de la cama, dejando sus testículos colgando, yo me arrodillé y empecé mi pete, algo que todos dicen que hago bien. Si en condiciones normales un hombre goza cuando se la chupan, imagínense si se la chupan apenas acabó, su cabeza estaba roja, muy sensible por la eyaculación, y mi lengua allí le generaba un placer insoportable. Gemía y gemía, yo me volvía loca, era tanto lo que estaba haciendo gozar a ese macho que cada tanto me corría la cabeza de un empujón para que dejara de chupársela un instante, me decía que era insoportable la cosquilla que le generaba, y alagó mis condiciones como mamadora.
– Pará, pará que me matás – decía – La chupás re bien pendeja…
Me encanta que me digan eso. Me encanta que me digan piropos de ese tipo. Que digan que la chupo bien, que se cabalgar, que les gustan mis gemidos, todo eso me excita mucho.
Una vez que gracias a mi pete su pene volvió a estar duro como a mí me gusta, llegó su turno de demostrarme sus dotes como chupador. Si su cabeza estaba sensible, mi clítoris era una bomba, si alguien respiraba cerca de él yo gemía y me retorcía de placer. Su lengua suave y húmeda eran caricias de cosquillas para mis labios vaginales, apenas con sus dedos me los separaba para poder saborear mejor mis flujos. Gracias a su chupada de concha tuve dos orgasmos seguidos, que fue más bien uno largo, cuando comencé a gemir y a arquear mi espalda porque estaba acabando pensé que él dejaría de chuparme, pero no, continuó con su lamida, y cuando volví a la posición normal las cosquillas comenzaron a bajar por mi panza otra vez.
X se recostó y puso sus manos en la nuca. Estaba claro que quería una buena cabalgata, y yo iba a dársela como que hay un Dios.
Yo sujeté su tronco por la mitad y me lo apoyé en la entrada de mi vagina. Mis flujos hicieron ruidito al hacer contacto con su punta. Le bailé en círculos un poco y la saqué. La froté sin llegar a meterla observando fijamente las muecas de placer de mi amante. Mi vagina comenzó a babearse y me di cuenta que era el momento indicado para introducir ese cuerpo extraño en mi organismo.
Con la pija dentro de mí empecé mi amplia variedad de movimientos pélvicos. Elegí moverme fuerte hacia arriba y abajo para comenzar, de esta forma mi orificio se acostumbraría al tamaño del miembro, y sería como un molde que encajaría a la perfección. Luego me recosté sobre él apoyando mis senos sobre sus pechos, y moviendo mi culo hacia arriba y abajo continué la cabalgata. Continué sentándome bien derecha y moviéndome para adelante y para atrás, golpeando el costado de sus muslos, como si fuese un caballo que yo estaba domando, y a decir verdad me calentó mucho esa idea, yo cabalgándolo a él.
– Arre caballo – le dije cuando le pegué. Repetí eso varias veces hasta que cambié de movimiento.
Entonces hice lo que más me gusta, cabalgas suave, lento, profundo. Con la pija dentro de mí hasta el fondo y mis manos apoyadas en su pecho levemente inclinada hacia adelante, levante mi culo moviendo solo de la cadera para abajo. Elevé mi pelvis sacando ese miembro de a poco, sintiendo como mis paredes se veían raspadas por su cabeza, lo hice muy suave, para sentirla mejor, y una vez que estuvo casi afuera en su totalidad, dejando solo su puntita apoyada en mi entrada, bajé lento, sintiendo como mis paredes se abrían y le daban paso a su enorme e inflamada cabeza. A mí me bastan solo unos pocos movimientos de ese tipo para acabar. Gemí cuando esto ocurrió y X me dio un par de nalgadas. Yo le dije que me pegara otra vez. Me gusta que me peguen, no solo en la cola, me fascina que me tiren del pelo con mucha fuerza. Soy algo masoquista. Repetí esos movimientos suaves un rato, si una mina sabe coger no permite que la pija se salga nunca, sabe hasta dónde tiene que elevar su culo y cuando bajar, si el pene se sale es culpa de la mujer que no sabe moverse. Por supuesto que no es mi caso.
Cuando él clavó sus uñas en mis glúteos supe que estaba próximo a acabar, y como una buena amante, mantuve ese ritmo que lo había hecho llegar a esa situación. Jadeó fuerte, largo y tendido. Cerrando sus ojos con fuerza. Apretó con mucha fuerza mi culo, y yo sentí en mis muslos internos la viscosidad tibia de su leche.
Permanecimos recostados. Yo enredaba mis dedos en los pelitos de su pecho.
Volvimos a tener una relación secreta. Solo que esta vez era más grave, él era mi profesor. Cursábamos a las cinco y media de la tarde. Y varias veces pasaba que quince minutos antes estábamos en su auto en las orillas del río, y yo le hacía un pete. Algunas veces no hacía ni tiempo a enjuagarme la boca y debía saludar a mis amigas con aliento a semen, ellas, al ser mujeres se daban cuenta, y me hacían algún chiste al respecto, lo que nunca supieron fue de quien era la leche que había estado en mi boca.
Me ofrecían chicles. Lo peor era cuando alguna gota de su leche salpicaba mi ropa, quedaba blanco y eso si que se daban cuenta todos, por lo que debía ir sin mi remera y desabrigada. Lo peor también fue una vez que todo su chorro de semen fue directo a mi pelo.
– ¿¿¡¡Qué hacés!!?? – le dije, totalmente asqueada.
– Y bueno, sale para donde quiere…
El pelo para una mujer es sagrado. Acabame donde quieras, cualquier lado, pechos, cola, muslos, cara, boca, vagina, panza, espalda, pero no en los pelos. Ese día tuve que faltar a clases, y estuve histérica unos días, durante los cuales no le dirigí la palabra. Hasta que una buena sesión de sexo oral hizo que lo perdonara. Una buena chupada de concha arregla todo.
Cogíamos en todos lados. En su auto, en su casa, en mi casa, en un hotel, en la playa, en un sillón, sobre la mesa, en el suelo, cada vez gozaba más. Me gustaba hacerles caritas desde mi pupitre, nadie podía verme porque me sentaba primera, él por supuesto no podía responder ni hacer gesto alguno. Le hacía pucherito, fingía un orgasmo en silencio, solo con caras, pasaba mi lengua por mis labios, dirigía mi mirada a su pene bien fijo, cosa que él se diera cuenta, y me mordía los labios, le hablaba moviendo los labios bien suaves, sin emitir sonido, para que él pudiera leérmelos.
– Te la chupo toda…
– Estoy mojada…
– Quiero en cuatro patas…
– Dame lechita…
Todas esas cosas le decía. X tartamudeaba a veces, mis comentarios hacían que se perdiera en medio de la clase. Yo reía en voz baja. Él luego se vengaba dándome fuertes nalgadas. Hacía que me acostara sobre sus muslos, como una nenita que se portaba mal, y me golpeaba desde allí, dejando mis glúteos rojos y con mucho ardor.
– No papi, no me pegues, soy una nenita buena… – le decía yo haciendo pucherito y cara de niña.
Me re calentaba hacer el papel de nena.
Llegó la fecha del final del primer cuatrimestre. Mis notas no bajaban de nueve, y una vez más era por lejos el mejor promedio del Instituto, incluyendo todas las carreras y todos los años. El profesor no tuvo mejor idea que ponerme un ocho. La vena del cuello se me inflamó. Le discutí, y me enojé mucho. En la Universidad por más que el profesor sea buena onda, y se preste para los chistes, o sea joven, siempre hay que tratarlo de usted, no se le dice estás loco, se le dice, está loco…
– Disculpe profesor – comencé – Me gustaría saber por qué un ocho…
– Tuviste un pequeño error de concepto en una definición, pero el resto estaba muy bien. Sos la nota más alta del curso.
– No me entiende, no estoy de acuerdo con la nota, sé que es para más mi evaluación…
– La nota no se cambia, señorita.
– ¿Me lo hacés a propósito no?
Eso fue lo último que le dije. Me sacó del curso. Luego fuimos a hablar con el director. Por primera vez en mi vida supe lo que es la dirección de un establecimiento. El rector leyó mi evaluación y dijo que la nota estaba bien y no se cambiaba, además me obligó a pedir disculpas delante del curso al profesor X.
– No me volvés a tocar un pelo, boludo – le dije camino al aula.
– Eso te pasa por no entregar el culo, putita.
– ¿Perdón?
– Adelante por favor – me abrió la puerta como un caballero.
No voy a escribir la humillación que sentí al pedir disculpas frente a todos. Esa tarde fui la primera en salir, ya no me quedé a esperarlo. Por la noche lo llamé para decirle que si iba a arruinarme la carrera le iría mal, después de eso yo sabía que me haría la vida imposible.
– ¿Querés un diez? Entregá el culo – dijo alegremente del otro lado del tubo.
Pensé en denunciarlo. Pero no iba a ser tan maricona. ¿Querés mi culo? Tomá mi culo. Se lo entregué una sola noche, la última que tuvimos sexo. Dejamos de hablarnos, hasta el punto que ni siquiera me llamaba a dar lecciones orales, si había que leer un texto yo nunca era la encargada. Hasta me cambié de lugar y me fui a sentar al fondo.
Era horrible compartir dos horas a la semana con alguien que me había cogido tanto y a su sano antojo, hasta mi pobre culo había sido violado por este macho.
Mi nota final de ese año fue un diez.

Besitos.
Escriban cosas lindas y manden mensajes.

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3 comentarios en “El profesor

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