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Duchas Mixtas

El corazón me palpita con fuerza, como siempre que vengo a este lugar. Creo estarme volviendo adicta, aunque la calentura puede más que yo. Es que este sitio es lo más morboso que he presenciado.

Me quito la pollera delante de varios hombres. Soy la única mujer en los vestidores, por lo mismo tengo que aguantarme. Supero mi temor y logro quitarme mi bombachita. Los tipos están sentados, mirándome descaradamente, recorriendo mi cuerpo con los ojos. Esto es lo malo de ser joven; siempre llamas la atención. Pero para esto vine, y estoy feliz. Me agrada que me vean desnuda.

Siempre había soñado con estar en un lugar como este, y hasta ahora puedo hacerlo. Por eso me siento tan nerviosa. Ya he estado aquí dos veces antes, pero el miedo no se me quita. Por fuera, el local es como cualquiera; discreto, limpio y pintado de color azul. Por dentro es otro mundo. No tengo idea a quién se le ocurrió un negocio como este, pero es lo más morboso y caliente del mundo. Dentro de una enorme galera hay colocadas muchas regaderas, sin muros ni cortinas que las dividan. Hombres y mujeres se bañan juntos, con nada de ropa, y esto es lo que hace al espectáculo llamativo.

La primer regla es que no permiten menores de edad, siempre hay gente aquí, a todas horas, es un éxito. El lugar tiene varios pisos y diferentes tipos de baños; turcos, vapores, regaderas, una alberca, no sé, no conozco todo por completo. Cierro mi casillero y salgo rumbo a las regaderas. Esto no es como una playa nudista, nada que ver, no prenden tanto como estos baños. Ver cuerpos mojados, enjabonados, desnudos, sudorosos, es la imagen perfecta del cielo vouyerista. La gente viene aquí a ser observada y a mirar. Nada esconde los cuerpos de las miradas intrusas. Yo vengo porque me gusta que me vean desnuda. Tengo un bonito cuerpo, y eso de que solo lo vea mi novio pues no va conmigo. Me gusta compartirlo, alegrarle el día a algún señor, regalarle un bello panorama.

Camino por el pasillo luciendo orgullosa mi par de tetas que se balancean de un lado a otro, retadoras. De inmediato veo la espalda de dos chicas que caminan cuidadosamente, tomadas de la mano. Son jóvenes, igual que yo, y seguramente es la primera vez que están aquí, por su actitud. Aún no me han visto, pero yo disfruto el espectáculo: dos pares de nalgas bien formadas, temblando de excitación al enfrentarse a lo desconocido. Me encanta esa mezcla de ingenuidad y temor que proyectan. Llego por detrás de una de ellas, que respinga al sentirme.
-No tengan miedo-, les digo. Voltean, y lo primero que hacen es mirar mi cuerpo. De inmediato se sonrojan. Estoy acostumbrada a esto. Siempre he tenido el mejor cuerpo de entre todas mis amigas.

-Ustedes pasen y disfruten del espectáculo. No hagan caso de los patanes. Recuerden que hay mucha seguridad aquí, y que no va a pasar nada que ustedes no quieran que pase. No me responden, tal vez por miedo, tal vez por precaución, y de inmediato se van. Sé que más adelante me las voy a volver a encontrar.

Llego a las regaderas y mi corazón palpita como un tambor, parece que tengo taquicardia, pero solo son los nervios. El vapor lo nubla todo, y de inmediato cubre mi cuerpo con gotitas de agua. Todo el ambiente es fresco, agradable para bañarse. Sigo hasta mi lugar de costumbre, al centro, para que todos tengan oportunidad de verme. Además que el panorama desde ese sitio es el mejor. Al llegar noto que a mi derecha hay dos hombres de color, bastante altos, como de un metro con ochenta centímetros.

Ambos tienen pollas enormes, a pesar de tenerlas flácidas. En medio de ellos hay una jovencita de unos 18 ó 19 años, no más. Tiene un cuerpo bonito. Leva el pubis completamente depilado. Mide cerca de un metro con cincuenta centímetros, así que en verdad se ve pequeña al lado de esos dos negrazos. Es rubia y delgada, con apariencia frágil. También se ve temerosa. Yo lo estaría. Se bañan dirigiéndose miradas indiscretas. Los ojos de ella van de un lado a otro, de una polla a la otra. No puede apartar sus ojos de esos penes morcillosos. Supongo que nunca ha de haber tenido uno de esos dentro, aunque creo que despus de hoy eso va a cambiar. Lo apuesto. Se enjabona con fuerza la vagina, aunque yo sé que está tratando de calmar su lujuria.
Ellos no se quedan atrás, pues al estar lavándose sus respectivas pollas comienzan a ponerse erectas. Mi corazón brinca de nuevo. En verdad me pone estar mirándolos. Tienen dos buenas trancas. La chica comienza a temblar de excitación. Ellos le sonríen y agarran sus penes, mostrándoselos, la invitan a que los toque. Ella no sabe qué hacer. En verdad me gusta su cuerpo, sus piernas carnosas, su breve cintura, ese par de tetas coronadas con unos pezones color rosa. Pero lo más hermoso es su apariencia casi infantil, con el cabello pegado al rostro por la humedad. Sonríe tímidamente. Entonces la veo dar un paso hacía el negro de su izquierda, metiéndose bajo el mismo chorro de agua de su regadera. Lleva ambas manos juntas, sobre el pecho, como si tuviera frío.

El hombre la recibe con amabilidad y decide no tocarla. Después de unos segundos bajo el agua ella pega su cuerpo al de él, muy cerca, entregándose. No logro ver su rostro, pero sé que está luchando por no sentirse apenada. Entonces el hombre la rodea con uno de sus brazos, cariñosamente, pero con firmeza. Es cuando el otro negro, ya con el pene erecto, se acerca por detrás a ella, que solo voltea a mirarlo con ojos de aprobación. Eso es lo que ella estaba buscando, ahora ya lo tiene. Sé que el asunto se va a poner muy bien cuando ambos empiezan a tocarla, uno acariciándole la vagina y el otro las tetas. Mientras ella toma el pene de ambos y empieza a recorrerlos de arriba abajo, poniéndolos duros, dejándose besar por los dos hombres que la rodean.

Esa es la magia de este lugar. Me doy media vuelta, no pienso seguir mirando, no quiero que se ponga incómoda y arruinarle el momento. Así que decido caminar hacia otras partes, ya que no conozco el establecimiento en su totalidad. Mientras camino un viejo gordo y calvo me dice: “¡mamita, estás como quieres!” agarrando con malicia una de mis nalgas. Lo único que hago es voltearme y sacarle la lengua, sin detenerme. Los hombres de ese tipo no me gustan. Al pasar por el dintel de una de las tantas puertas, entro a un cuarto de Baño Turco, de esos que no producen vapor, lleno de hombres, unos diez calculo yo.

Todos, que segundos antes estaban platicando, se quedan callados al verme. Si yo fuera alguno de ellos también lo hubiera hecho al verme. No hay hombre que se resista a mi cintura tan pequeña y a mi vientre plano coronado con un piercing en el ombligo. Me siento orgullosa de causar ese efecto en los hombres. Cuando para mi mala suerte se me cae del dedo un anillo de oro que me había dado mi madre el día que cumplí quince años. Nadie se da cuenta porque el ruido de las regaderas es demasiado fuerte, ahogando el sonido de mi anillo al chocar contra el suelo. Yo me doy cuenta porque lo siento resbalar de mi dedo. Y lo veo rodar debajo de unas bancas que están amontonadas en una orilla de la habitación. Entonces me agacho para intentar recuperarlo. Pongo ambas rodillas en el piso y me inclino hacia delante, recargándome en mis antebrazos, metiendo mi cabeza debajo de las bancas.
Todo está muy oscuro. De pronto me acuerdo que estoy desnuda, y que detrás de mí hay diez hombres igualmente sin ropa, seguramente mirándome las nalgas que, por la posición en que me encuentro, han de estar abiertas de par en par, permitiéndoles ver no solo mi chocho afeitado, sino también mi pequeño recto. Y yo aquí, indefensa, tentando a ciegas en la oscuridad intentando recuperar mi anillo, dándoles un espectáculo a todos ellos que difícilmente olvidarán, ya que me estoy tardando en encontrarlo, y cuando más intento meterme bajo las bancas, más abro mis nalgas, enseñándoles lo mejor de mi intimidad.

Siento sus pares de ojos fijos en mi trasero, clavados, intentando meterse en mí. Y lo único que puedo hacer es enseñarles más. De pronto siento el anillo bajo mi mano, lo agarro rápidamente y me pongo de pie de un brinco. Entonces los hombres, que segundo antes habían estado en silencio, explotan en chiflidos y aplausos. Todos tienen la polla a punto de reventar. Estaba segura que les había gustado lo que les enseñé. Así que solo atino a hacer una reverencia, agradeciendo como lo hacen los artistas sobre el escenario. Luego doy media vuelta y abandono la habitación, regalándoles por última vez el espectáculo de mi redondo y carnoso trasero. Sigo caminando y entro donde, al parecer, hay puras mujeres; todas desnudas igual que yo.

No sé que pasa el día de hoy en este sitio, pero parece que la gente ha decidido separarse por sexos. Así no es nada divertido estar aquí. Algunas llevan el chocho peludo, otras no tanto. La mayoría de ellas son jóvenes, tal vez un poco más grandes que yo, y actúan como si ya se conocieran de antes, igual que compañeras de colegio. Seguramente sí lo son.

-Una vez, por accidente, le vi la polla a José, el capitán del equipo –decía una de ellas, emocionada, mientras las otras la escuchaban atentas.
-¿Y es grande? ¡Cuéntanos! -La verdad no pude ver si era grande, la llevaba flácida. Pero lo que sí noté es que la tiene muy gorda. Parecía una pequeña trompa de elefante.

-¡Que rico! ¡Papacito! –dijeron todas casi al mismo tiempo. Mirándolas detenidamente, las mujeres parecen miembros del equipo de animadoras. Sus cuerpos son delgados y musculosamente femeninos. Algunas, aunque llevan el chocho peludo, lo tienen perfectamente recortado en triangulo. ¡Cuánto darían muchos por estar viendo lo que tengo delante de mis ojos! Pero nadie se anima. Lo único que se necesita es atravesar aquella puerta y ya están dentro, disfrutando del paisaje. Mirando todas esas nalgas de porristas, con sus tetas grandes y firmes, hablando de pollas, con la vagina húmeda, reafirmo que los hombres son unos idiotas ¿Por qué no hay ninguno por aquí, disfrutando de esto?

-Deberíamos invitarlo a venir a las regaderas mixtas, de esa manera saldríamos de dudas. ¿O creen que no le gustaría estar en medio de todas nosotras? Si le enseñamos nuestros culos, seguro se le para. A menos que fuera maricón. Todas echaron a reír. A mí eso de ver mujeres sin ropa me aburre, así que voy a seguir caminando, seguro encuentro algo más interesante.

Ya empiezo a sentir el chocho un poco pegajoso. Esto es normal cuando hay tanto vapor en el ambiente. Lo bueno es que lo llevo depilado, porque si no me sentiría bastante incómoda. Una vez una amiga me dijo que eso de llevarlo sin un solo pelo es para las niñas pequeñas, que yo ya estaba algo grandecita para eso. Yo le respondí que de esta manera no me lleno de malos olores, y que cuando voy a alguna playa nudista puedo presumir con libertad el piercing que llevo en el clítoris. No soy nada egoísta con mi cuerpo. Ella no estuvo de acuerdo, pero eso no me importa. Más adelante me topo con un grupo de cuatro personas, dos hombres y dos mujeres, ¡por fin un poco de normalidad! Antes de avanzar me fijo muy bien en ellos. Las chicas platican con ellos, cómodas a pesar de estar desnudas. No son delgadas, pero tampoco gordas. Más bien se podría decir que están carnosas, como les gustan a ellos. Una es más joven que la otra, por varios años. Igual pasa con los hombres.
La mujer más joven se parece a la mayor, como si tuvieran algún parentesco. Debo reconocer que ambas son atractivas y tienen lo suyo muy bien puesto. Los hombres tampoco se quedan atrás; ambos son bastante guapos y tienen cuerpos bien formados, llevan el cabello corto y entre las piernas les cuelga un buen trozo de polla. Las mujeres los miran con diversión y complicidad, todos parecen estarse divirtiendo. Cualquiera diría que son familia.

-La verdad… la de mi papá es la más grande de todas. He visto la de los señores que también andan por aquí, y ninguna se le parece. La de él es gorda y muy bonita. -Ay hija, en lo que te andas fijando-, la reprendió la señora.

Ambas mujeres, madre e hija, llevan el chocho depilado. Parece que eso está de moda entre la mayoría de las chicas que frecuentan este lugar. Ambas se ven muy lindas. Además, tienen unas piernas carnosas y firmes que las hacen lucir muy apetitosas.

-Pero la de tu hermano tampoco se queda atrás, él también tiene lo suyo-, dijo la mujer.
-Es cierto, pero prefiero la de mi papi- replicó la jovencita, acercándose de inmediato al señor, abrazándolo, rozándole con la piel el pedazo de polla colgante, parándose de puntas para poder rodearlo por el cuello. El señor se limitó a darle una ligera nalgada en el trasero, haciendo que temblara ese impresionante par de nalgas de su hija.

-Yo también te quiero muñequita- dijo el hombre. A mí me gustaría llevarme así de bien con mi familia, tener tanta confianza en el ámbito de lo sexual, poder salir juntos y venir a un lugar como este, compartir nuestra intimidad. Pero creo que no se puede tener todo en la vida. Mientras tanto, la señora se limitaba a mirar cómo el señor, su marido, abrazaba a su hija, disfrutando del potente chorro de agua que escapaba de la regadera para bañarle todo el cuerpo. Por su parte, el jovencito tenía puesta su mirada en mí. Yo lo noté, pero me hacía la tonta, acercándome poco a poco a ellos, intentando escuchar un poco más de sus palabras, disfrutar de su compañía, aunque fuera solo un rato.

-¡Mira mamá, la polla de mi hermano se está poniendo grande!

Yo de inmediato giré el rostro, disimuladamente. ¡Vaya si el chico tenía una buena tranca! De inmediato supe que estaba así por mí. La señora, en un afán de esconder la erección de su hijo, se acercó a él con una esponja de baño en la mano y se la tapó, simulando estar lavándosela. A decir verdad, más parecía que le estaba haciendo una paja que cubriéndolo. Lo cierto es que los dos lo estaban disfrutando.

-¡Ay mamá, no seas aprovechada!- dijo la jovencita sin apartar la vista de la polla de su hermano. -¿Por qué tú sí puedes agarrarle la polla a mi hermano y yo no puedo agarrar la de mi papá? -Si quieres, hazlo- le contestó la señora en forma despreocupada. De inmediato la jovencita se puso de espaldas a su padre, para no apartar la vista de su hermano, y con la mano derecha comenzó a acariciar la carnosa y morcillona polla del señor. A pesar de que ese pene estaba flácido, era bastante impresionante ver cómo se balanceaba de un lado a otro, y mucho más impactante ver cómo casi no le cabía en la mano a esa jovencita tan hermosa.

-¿Te gusta?- le preguntó el señor a su hija. Ella asintió con la cabeza. –Espero que algún día te consigas a un novio que la tenga igual de grande, para que a la princesita de papá la tengan siempre llena de polla. Es lo que se merece una niña tan bonita y con un culo tan redondo como el tuyo.
-Gracias papi, por eso te quiero. Solo que no creo que algo de este tamaño entre en un agujerito tan pequeño como el mío. Mi mamá es una campeona por poder comérselo completo. La jovencita apenas le llega al pecho a su padre. Él es alto, bastante fuerte, y ella de figura delicada, una muñeca. La imagen de ambos juntos, desnudos, es bastante cachonda.
-Mamá es muy afortunada al poder acostarse todas las noches después de haber cenado una tranca como la tuya, papi- dijo ella sin dejar de acariciarle la polla, que poco a poco iba despertando. Yo ya no podía disimular mirarlos, ahora los veía de frente, a los cuatro, con absoluto descaro. Estoy muy interesada en ver toda la extensión que puede alcanzar esa polla anormalmente grande. Ya poco me importa lo que ellos me puedan decir. En unos segundos estuvo totalmente parada, yo no lo podía creer. ¡Era tan grande como el brazo de un bebé! No pude evitar un sonido de admiración. De inmediato el señor se fijó en mí. Primero se asustó ya que no me había notado antes, pero después de verme de arriba abajo, me sonrió con mirada lujuriosa. Yo me sonrojé de inmediato. Con cada segundo que pasaba yo más quería tener en mis manos eso que le estaba creciendo entre las piernas. La jovencita estaba demasiado entretenida jugando con la polla como para darse cuenta de lo caliente que estoy.

-¿Te gusta?- escuché decir a una voz muy cerca de mi oído. Era la esposa del señor que, al darse cuenta de mi interés, se había acercado a mí. –Si quieres, puedes tocarla. Es totalmente real. Yo me encontraba completamente desconcertada con la invitación. Aunque al parecer el señor sabía exactamente lo que la señora me acababa de decir, ya que me sonreía de manera amistosa, invitándome a caminar hacia él. Claro que no por eso dejaba de acariciar el redondo culo de su hija.

Sentí como la mano de la señora me empujaba suavemente hacia delante. No pude evitar avanzar con paso trémulo. Me sentía como una intrusa en medio de esta familia. Lo único que me hacía sentir mejor es que todos andábamos igualmente desnudos, ocultos ligeramente por una delgada capa de vapor.

-No tengas miedo nenita. No te va a pasar nada- me decía el señor. El hombre ha de tener más de cuarenta años, luce bastante maduro. Se conserva en excelente forma. Es alto y tiene el pecho lleno de vellos, igual que los hombres que a mí me gustan. Cuando me encuentro a su alcance me toma de la mano con firmeza y de inmediato me hace sentir segura. Yo no pude evitar pegar mi cuerpo al suyo, abrazarlo con temor.

-¿Quieres tocarlo?- me pregunta el señor sacudiéndose la polla con una mano, delante de mí. Yo digo que sí con la cabeza. Confieso que he visto muchas pollas en mi vida; algunas más grandes que otras. La más grande que había visto hasta ahora era la de mi novio, que es del tamaño de mis dos puños colocados uno encima del otro, y aún así se asoma su cabeza por encima de ellos. Pero esta, la del señor, es en verdad enorme. Son como tres puños y medio, y tan gorda que apenas puedo tocarme la punta de los dedos al rodearla con ellos. Es increíble lo mojada que me he puesto con solo tocarla.

-¡Es monstruosa!- digo entre sollozos.
-…Pero te va a gustar- dice la señora con una sonrisa en la boca.
-¡Papi, yo estaba jugando con ella!- dijo su hija con tono molesto.
-Tú me tienes todos los días, muñeca. Deja que ella también se divierta un poco. Recuerda que no debes ser envidiosa.

A mí ya nada me importaba. Solo quería seguir estrujando aquel enorme pedazo de carne morena; recorrerlo con mis manos, sentir su firmeza, no soltarlo nunca. Casi sin darme cuenta comencé a apretar mis piernas. Sentía mi culito fruncirse ante la incertidumbre y mi chocho mojarse como nunca antes. Me estoy poniendo tan caliente que creo voy a perder el control.

-¿Cuántos años tienes, nenita?- me preguntó el señor.

-Veinticuatro.

-¿Y ya habías visto una así de grande? Supuse que no. Disfrútalo todo lo posible- Me dijo mientras comenzaba a acariciarme las nalgas. Sus manos son tan grandes que con una sola de ellas me puede agarrar una nalga por completo. Sus dedos son tan grandes y gordos que me estremezco al pensar que pudiera introducir alguno en mi culito.
-Hoy es el cumpleaños de mi esposo, nenita- dijo la señora. –Lo hemos traído aquí para tratar de darle un regalo muy especial. Creo que nos estamos acercando a eso que buscábamos. ¿Tú qué crees?

-Yo… ¿Puedo chuparla? -Claro.

-Yo también quiero chuparla mamá- dijo la chica dando unos brinquitos.
-Está bien… las dos pueden hacerlo- dijo la señora. Entonces, como becerros, nos pusimos a mamar esa tremenda polla. Es tan grande, que si la señora hubiera querido unirse a nosotras para chuparla, no nos hubiera estorbado.

-¡Mira mujer, tengo a dos lindas jovencitas chupándome la tranca! ¿No te da celos? -Claro que no. ¡Feliz cumpleaños! Mientras, el jovencito andaba feliz mirándome el culo. Como yo me encontraba inclinada hacia delante, era fácil para él vérmelo todo. Cuando me percaté de esto, hasta abrí un poco más las piernas, para que pudiera disfrutar mejor de la vista que le proporcionaba con mis dos agujeritos.

Después, mientras tenía la tremenda tranca del señor entre mis labios, y me daban ganas de morderla, de comérmela completa, me di cuenta que la muchachita a mi lado estaba sintiendo lo mismo. Mirándola un poco mejor, yo creo que ha de tener apenas unos dieciocho años. La envidio; tan joven y ya tiene entre las manos un espécimen de polla como pocos en el mundo. Aunque para ser sinceros, yo tengo mejor cuerpo. Seguía con el pene entre los labios cuando el señor me rozó el culo con uno de sus dedos. Sabía que no se iba a quedar con las ganas de acariciármelo. Entonces me preguntó:

-¿Quieres sentirla adentro?-, refiriéndose a su polla.
Yo, sinceramente, me sorprendí.

-¿Y su familia? ¿No le importa que nos vean?
-Al contrario. A mi esposa le gusta mirar mientras me follo a jovencitas como tú. En cuanto a mis hijos, es tiempo de que empiecen a conocer sobre los placeres del amor ¿y qué mejor manera que viendo a su padre en acción? La idea de ser atravesada por ese enorme trozo de carne, en presencia de público, me excitaba. Ya les he dicho que soy fanática de exhibirme. Así que solo tomé su tranca entre mis manos y, alzándome sobre la punta de mis pies, me introduje la gorda cabeza de su polla en la vagina.

-¡Mira mamá! ¡Eso no puede ser! ¿Vas a permitir que papá se folle a otra mujer? La señora se limitó a tomar la mano de su hija y decirle que se callara con un gesto. Ella no despegaba sus ojos de mí. En cuanto al hijo; había comenzado a cascársela delante de todos, con descaro. El señor me tomó de la cadera y me levantó, introduciendo un poco más su polla. ¡Vaya si la sentía enorme! -No intentes metértela toda, niña. Es casi imposible la primera vez. A mí me llevó varios meses lograrlo-. Me dijo la señora. Voy a tratar de seguir su consejo.

El señor comenzó a balancearse de atrás hacia delante, entrando y saliendo de mi pequeño chocho, con delicadeza. Rápidamente supe que estaba en presencia de un experto que sabe cómo follarse a una mujer. Yo me sentía en las nubes. Que te la metan es muy lindo; pero que te miren cuando te lo están haciendo es mucho mejor.

-Ya tienes un pedazo así de grande adentro-, me dijo la jovencita bastante sorprendida. Lentamente comencé a tomar confianza y a moverme con más ritmo. Parecía que mi cadera era una batidora y mi chocho un aparato para exprimir polla.
-¡Mira cómo me está haciendo, mujer! -Vaya que esta muchachita se sabe mover.

Aunque no podía verlo, sabía que no me estaba entrando completa su polla; mis nalgas aún no llegaban a chocar contra su estómago, a pesar de que yo ya la tenía hasta el fondo de mí. Claro que, sin importar esto, los dos estábamos disfrutándolo mucho. La hija del señor ya hasta se había sentado en el suelo para mirar mejor cómo me penetraban.

-Enséñale papi. Enséñale cómo se debe follar a una zorra como ella. El jovencito no decía nada, aunque cada vez se la cascaba con más fuerza. Era evidente que él también se la estaba pasando bomba.

Estuvimos así un rato, en medio de las regaderas que soltaban agua caliente, observados por la mirada atenta de nuestro público, hasta que el señor dijo: -Quiero correrme en tu boca. Que te comas toda mi lechita. Yo le dije que sí con la cabeza. Estaba tan caliente, gozando tanto, que ya me había corrido varias veces. Tal vez esta follada no sea nada fuera de lo extraordinario, pero lo morboso de estarlo haciendo delante de la familia de un hombre que apenas conozco me tiene a punto de ebullición. Esta situación es el sueño de todo buen exhibicionista. Después de otros minutos el señor sacó su polla de dentro de mí e hizo que me arrodillara delante de él, acercándome su tranca a la boca. Rápidamente la jovencita se acercó a nosotros y puso su rostro junto al mío.
-Yo también quiero, papá-, dijo sacando la lengua, preparándose a recibirlo.
-Está bien, muñequita. La señora también se acercó a nosotros, solo que ella agarró la polla de su marido y comenzó a meneársela, ayudándole para terminar encima de nosotras. El señor estaba que no cabía dentro de sí por tanto placer. Entonces el jovencito se acercó también a nosotros, con la polla entre sus manos, dispuesto a también descargarse sobre nosotras. No tengo ni que decir que él fue el primero en correrse. Lo hizo soltando un chorro caliente que pegó directo en mi boca, con tanta fuerza que casi me atraganto. Y desde luego que no perdió la oportunidad de echarle un poco al rostro de su hermana. Después se corrió el señor siguiendo la misma rutina.

Cuando ellos terminaron, la jovencita se llevó la polla de su padre a la boca, succionándola, para tratar de sacarle un poco más de su lechita. Yo hice lo mismo con la polla del muchacho que, a decir por su rostro, me lo estaba agradeciendo mucho.

-Feliz cumpleaños, papá-, dijo la señora mientras le daba un tremendo beso en la boca. Yo quiero tener una familia igual cuando me case, se ve que son todos muy felices.

-Muchas gracias mujer. Eres la mejor de todas-, le contestó mientras le apretaba sus nalgas. Después de que nos bañamos todos juntos y nos divertimos un rato bromeando me despedí de ellos. Yo ya tenía lo que vine a buscar así que dirigí mis pasos hacia los vestidores. Ya en ese lugar, mientras me vestía, volví a toparme con las dos chicas miedosas que vi al llegar. Ya bajo la luz de las lámparas y sin tanto vapor en el ambiente me percaté que ambas no debían pasar de los diecinueve.
-¿Cómo les fue?- pregunté de la manera más amable que pude.
-¡Sensacional!

-¡Este sitio es increíble! ¡Hubieras visto cómo nos follaron todos esos hombres! Yo hasta perdí la cuenta de cuantas pollas me metieron en el chocho. Sin pensar mucho, supe que se est

aban refiriendo a los señores del Baño Turco, a los que dejé calientes al enseñarles mi culo. Me sentí orgullosa de mis alcances exhibicionistas.

-Es más… pensamos regresar la próxima semana.
-Que bien. Espero que nos volvamos a ver- les dije.

Me puse mis pantalones blancos apretados, un top color rosa, mis sandalias y me despedí de ellas dándoles dos besos en el cachete. Al salir del establecimiento me doy cuenta de algo: siempre es gratificante venir a pasar una tarde a las Duchas Mixtas.

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