El siguiente es un relato ficticio, inspirado en una persona real, lo que de ninguna manera quiere decir que esto haya ocurrido. Es mas, esto no ocurrió jamas, salvo en la imaginación del autor del relato, y debe ser entendido como una situación ficticia.
Jeff Trunkstone estaba aburrido. El negro acababa de terminar una entrevista con Fantino en el canal América y no había entendido ni la mitad de lo que le había preguntado el pelotudo ése. Sabía que era un basquebolista de primer nivel y que podría estar jugando en la NBA sino fuera por aquel incidente ocurrido un año atrás en el vestuario del Thompson-Boling Arena cuando uno de los compañeros del negro se agachó a recoger el jabón y terminó ensartado como una brocheta. Apenas si tuvo tiempo de subirse al primer avión que lo sacara de allá antes de ir en cana y así fué como terminó en la Argentina. Jeff «La Anaconda del Bronx» Trunkstone no podía con su naturaleza salvaje. Sabía que no le era fácil controlarse pero por ahora lo estaba haciendo bien…
Se estaba cerrando la puerta del ascensor cuando entra toda apurada Mariana Fabbiani. Recién salía de grabar RSM y le costó trabajo llegar hasta allí con su tremenda panza de nueve meses. – «Gracias» – le dijo dedicándole una sonrisa al negrazo, que la contemplaba desde sus 2m10 de altura.
Aquel día Mariana estaba vestida mas puta que de costumbre. Para peor, insistía en usar la misma ropa que antes del embarazo con el resultado que todo le quedaba corto y ajustado. Se enorgullecía de usar siempre tacos altos (típico de las ratoncitas menudas como ella) y una panza en punta como la suya no se lo iba a impedir. Siempre había sido un palito vestido pero el embarazo le había puesto un poco mas de carne donde le hacía falta. El culito, que la minifalda no alcanzaba a tapar, era de lo mejor que tenía y estaba redondo y firme. Por primera vez tenía tetitas, bien paraditas y pesadas, quizás porque ya estaban repletas de leche y le costaba bastante trabajo que no se le mojara el vestido ante cámaras porque nunca usaba corpiño.
El ascensor se frenó con un sacudón y antes de que Mariana se diera cuenta de lo que estaba pasando el negro le apoyó las manazas sobre los hombros, la bajó y le mandó treinta centímetros de verga por la garganta. – «¡SUCK IT, you little bitch!» – decía el gigante, con voz cavernosa. -«¡OGGGHHHFFF!» – era lo único que podía decir la flaquita, que sentía los pulgares del negro clavados como hierros a cada lado de su mandíbula impidiéndole cerrar la boca. Y es una suerte que Marianita tenga una boca bastante grande porque la herramienta del negro era enorme y con cada golpe de poronga parecía que le iban a aflojar los dientes. De repente, ella sintió que le habían abierto una canilla en la garganta cuando un torrente de leche caliente estalló por la punta de la garcha que tenía adentro. -«¡OHHHHH YEHAAAAAAA!» – gritaba el negro…
Ella sentía que se ahogaba y por puro reflejo empezó a tragar, a tragar lo más rápido posible antes de que se asfixiara. Cuando ya estaba a punto de desmayarse el hombre la soltó. Tosió y escupió durante lo que le pareció una eternidad. El semen caliente y viscoso le salía por la boca y por la nariz y le llenaba la garganta. Por fin, pudo respirar aunque le parecía imposible cerrar la boca, tanto era el dolor a los lados de su cara… – «Hijo…de…puta…» – dijo Mariana, sin dejar de toser y expectorar leche. El negrazo, sin mediar palabra la levantó y con dos rápidos tirones le arrancó toda la ropa que la verdad sea dicha, esa mañana tampoco era mucha. Todavía mareada, sintió cómo le pasaba un brazo por debajo de los pechos y la levantaba como una pluma mientras que con la otra mano le separaba las piernas. – «¡NO!» – chilló – «¡Por favor NOOOO!» – pero era inevitable. La herramienta del negro ya estaba en posición y podía sentir aquel pedazo de carne palpitante que se abría paso a la fuerza entre sus piernas. Centímetro a centímetro el miembro enorme se deslizaba adentro de su cuerpo, que no estaba sobrado de espacio con un embarazo de nueve meses. – «¡NOOOOOO!» – gritaba desesperada. Le parecía sentir el crujido de los huesos de sus caderas…
El ascensor tenía un espejo de cuerpo entero y lo que veía Mariana era increíble. El negrazo la sostenía a mas de un metro sobre el suelo. Ella estaba pálida y parecía diminuta allí arriba, empalada sobre la verga gigantesca. Cuando el negro se empezó a mover, gritó como una loca hasta que le puso una manaza sobre la boca. La sacudió sin piedad mientras ella solamente atinaba a sujetarse la panza con los brazos para protegerla de las embestidas de aquella bestia. En determinado momento, el hombre se detuvo para tomar aliento y Mariana vió algo que la horrorizó. Mirándose al espejo se dió cuenta de que el negro apenas le había metido la mitad de su verga. La otra mitad todavía estaba afuera y aunque ella no podía creerlo entendió que si se la mandaba toda la iba a destrozar sin remedio.
Ahí fue entonces que prevaleció su instinto de madre. Sacando fuerzas de donde pudo, encaró al negro y le dijo – «¡Pará!» – «Tengo una idea mejor» – y tragando saliva le dijo entre dientes – «Quiero que me hagas la cola…» El negro no sabía mucho español pero algo captó porque enseguida se le iluminaron los ojitos. – «¿You mean your ASS…?» – «¡OK, let´s do it!» – rugió satisfecho mientras la ponía en cuatro patas.
La Fabbiani no era inexperta en lo del sexo anal (en realidad le encantaba) pero por supuesto, nunca había experimentado con un compañero como aquel. Aunque se preparó para lo que se venía, en cuanto el negro le puso una mano a cada lado de la cintura y le mandó los primeros treinta centímetros sintió que se le salían los ojitos para afuera. El dolor era tan impresionante que no le daba ni para gritar. Solamente le salían unos gemidos ahogados – «¡Ah!» — «¡Ah!» — «¡Ah!» – El grueso cipote del negro estaba enterrado a fondo y parecía una ilusión óptica saliendo de aquél culito blanco y delicado. Mariana trataba de relajarse pero era imposible, era imposible distender el esfínter para rodear el tamaño de aquel tronco impresionante. El dolor era increíble y sentía cómo se le desgarraba la argolla. Lo último que pudo sentir antes de desmayarse fué la avalancha de semen caliente que el negro le descargaba adentro, mientras vió como en un sueño los dos chorros de leche que le saltaron de las tetitas cuando el negro se las apretó con sus manazas al llegar al orgasmo e iban a parar al espejo del ascensor dejando dos chorretes blancos…
Se despertó en el cuarto de la limpieza que había en el subsuelo del canal. «El hijo de puta me dejó tirada acá» pensó Mariana. Debía haber pasado bastante tiempo porque la leche que le cubría toda la cara, el pecho, las piernas y hasta la espalda ya estaba seca y pegajosa. Desnuda, solamente tenía puestos los zapatos de taco alto. Como pudo, se lavó y se puso la túnica de una de las empleadas. Llegó a la calle, paró un taxi y se fue.
No hubo mayores consecuencias. Solamente sus compañeros del canal notaron que caminaba renga, se movía despacio y prefería hacer el programa de pie. Se lo atribuyeron a su embarazo, que ya estaba a término. «¿Acaso ésta pensará parir ante las cámaras?» se decían. Pero la sonrisa de Mariana era la de siempre, alegre, fresca y luminosa. «Pronto va a nacer» se decía Mariana.«Voy a estar más ágil, mas liviana…y sin miedo». «Y ahí vamos a ver quién es mejor embocando al aro, negrito» pensaba ella, que tenía el firme propósito de empezar a recorrer las canchas de basketbol para ir a la caza de la anaconda….
jeje, muy bueno capo !