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La noche de Viviana Canosa

El siguiente es un relato ficticio, inspirado en una persona real, lo que de ninguna manera quiere decir que esto haya ocurrido. Es mas, esto no ocurrió jamas, salvo en la imaginación del autor del relato, y debe ser entendido como una situación ficticia.

Viviana Canosa se miró al espejo y sonrió satisfecha. Ella se consideraba a sí misma una diosa y se cuidaba como tal. Como toda reina, disfrutaba intervenir en la vida de los demás. Le complacía saber que bastaban unos minutos en su programa de chimentos para destruir parejas, hundir carreras y revolcar por el suelo a cuanto famoso se le pusiera a tiro.
Disfrutaba especialmente pegarle a todas esas turritas siliconadas, que se creían estrellas por pintarse el pelo de amarillo y pasearse en bolas por los canales de televisión.

– «Yo sí soy una diosa» – pensaba contemplando su imagen desnuda frente al espejo. Su figura delgada, de piernas largas, sus caderas y sus muslos perfectos, los pechos altos y firmes, coronados por delicados pezones rosados que ya se le estaban poniendo duros, porque hay que decirlo, a la Canosa le excitaba contemplar su propia belleza. Por sobre todas las cosas le encantaba su piel tersa, suave perfecta de un blanco inmaculado.
Con un revoleo de su melena de fuego, se obligó a dejar de acariciarse y terminó de vestirse. Ya iba a tener tiempo para gozar con la salida que había arreglado para aquella noche.

Todo había comenzado cuando miraba el programa de Mariana Fabbiani. Observó que la flaquita caminaba renga e inmediatamente reconoció la causa, principalmente porque ella misma había andado así alguna vez…después de todo, había que romperse el culo para triunfar en televisión y en eso Viviana no era la excepción. Cuando pensaba en las chanchadas que había tenido que hacerle a esos dos viejos degenerados de Rial y Ventura, se le revolvía el estómago.

Su profesión era enterarse de las cosas y no le costó mucho trabajo que la Fabbiani le confesara, llorando, la terrible experiencia que había tenido con Jeff Trunkstone «la anaconda del Bronx»

Jeff Trunkstone era un negro enorme, jugador profesional de básquetbol que había tenido que dejar Estados Unidos en cirscunstancias poco claras.
Marianita le contó con lujo de detalles su violenta experiencia, los desmesurados atributos del negro y la violencia con que los usaba, lo que explicaba porqué había hecho su programa rigurosamente de pie durante la última semana.

La imaginación de la Canosa se disparó. No podía visualizar a una ratoncita como la Fabbiani manejando a ese bestia. Pero en cambio ella, que se consideraba una diosa del sexo se preguntaba si sería cierto que existía un hombre con tanto centimetraje. Cuando Mariana terminó su relato, Viviana descubrió que su entrepierna estaba húmeda. Tenía que conocer a ese tipo y domarlo, ya mismo.

Es que a la colorada le encantaba garchar. Era insaciable y había pocos hombres que pudieran seguirle el tren. Pero mas que nada, a la Canosa le gustaba dominar a los hombres. Hacerlos sumisos, subirse arriba de ellos y hacerlos acabar cómo y cuando ella quería. La posibilidad de encamarse con una bestia como la que describía Fabbiani le seducía y no perdió el tiempo. Le prometió guardar el secreto a la flaquita y esa misma tarde llamó al manager del negro. Le explicó que quería una cita con Jeff esa misma noche. De lo contrario, iba a contar en su programa lo que le había hecho a la dientuda y ahí sí que se pudría todo.

Así que exactamente a las tres de la mañana un taxi dejó al negrazo ante la puerta de un lujoso chalet. El negro no entendía mucho la cosa pero cuando le hicieron comprender que tenía que clavarse a una mina, salió disparado. Estuvo un rato sentado en aquel dormitorio en penumbras, cuando se abrió de golpe una cortina y entró ella.

Viviana Canosa avanzaba por la habitación. Los tacos de sus altas botas de cuero resonaban en el suelo de madera. La mirada del negro se elevó sobre aquellos largos muslos blancos y se detuvo un momento en la diminuta tanguita de cuero negro para seguir hasta el ombligo de su cintura perfecta y llegar hasta el corpiño, también de cuero que tenía dos cortes circulares por donde se desbordaban sus blancas tetitas. El cuello, largo y delicado estaba rodeado por un ajustado collar negro erizado de tachas cromadas. Llevaba la melena colorada atada en una cola de caballo. Le sonreía de manera cruel y sus ojos azulgris lo miraban desafiantes. En la mano derecha llevaba un látigo.

– «¡Desnudate, negro marica!» – le ladró la colorada. El tipo, obedeció esbozando una sonrisa. Cuando Viviana miró lo que el negro tenía colgando entre las piernas, quedó más pálida todavía. Había visto centenares de porongas en su vida pero nunca nada como aquello.

Lentamente, se acercó fascinada y dejando caer el látigo se agachó y rodeó con las manos el miembro enorme, como preguntándose por dónde empezar. El negro la ayudó a decidirse agarrándola por el pelo y metiendole media verga en la boca. La Canosa empezó a chupar despacio, como la experta que era, metiéndosela cada vez mas adentro hasta sentir que le llegaba a la garganta. Ahí se la sacaba, le lamía un poco la cabeza, respiraba y se la tragaba de nuevo. El negro gozaba como loco, sentado al borde de la cama. Nunca le había tocado una mina tan puta como aquella. Sin dejar de chupásela Viviana se había tendido sobre las rodillas del negro. – «¡Pegáme, negro maricón!» – «¡Haceme gozar!» – le ordenó. – «¡SPANK ME, NOW!» –

El negro entendió lo que le pedían y con una sonrisa de degenerado, levantó su manaza y la dejó caer con fuerza sobre aquel precioso culo blanco ¡PLAF! resonó – «¡AYYYYY!» – gritó la Colo ¡PLAF! ¡PLAF!¡PLAF! El negro se había entusisamado y la Canosa chillaba con cada palmada agarrándose con fuerza a la verga del negro como un marinero que se agarra del palo durante un temporal. Con el último golpe el negrazo descargó un rio de leche en la boca de Viviana, que se desbordó y se abrió paso por su nariz de gatita…
– «¡AHHHHHHHHHH!» – roncaba el negro, que parecía que no terminaba nunca de acabar.

Tosiendo y escupiendo leche, con los ojos llenos de lágrimas la Canosa se puso lentamente de pie. Se colocó de espaldas y se miró en uno de los tantos espejos. Fascinada vió que su culo de seda, antes de un blanco perfecto tenía estampadas a fuego las marcas de las manos de aquel bruto como si fueran tatuajes y las nalgas le ardían como si se hubiera sentado en un brasero. De repente, verse a sí misma de espaldas, con las piernas separadas enfundadas en las botas altas, las manos en la cintura y el culo tan colorado como le melena que le caía por sus hombros la puso caliente. Despacito, sin dejar de darle la espalda al negro se bajó la tanguita de cuero que brillaba con la humedad que le mojaba la entrepierna. – «Dale maricón, rompeme el culo…» – le desafió la Canosa, agachándose.

El negro no se hizo rogar. Los ojillos de animal contemplaron un instante el sexo delicado de Viviana y enseguida con sus gruesos pulgares le separó las blancas nalgas hasta descubrir el agujero del culo, apenas rosado. Ahí mismo le apoyó la cabeza de la verga y sin compasion le mandó para adentro una buena porcion de carne – «¡AYYYYYYYYYYY!» – gritó ella, aullando de placer y de dolor. El negro con una sola de sus manazas le sujetaba las muñecas y con la otra la agarraba del pelo mientras aceleraba el ritmo y serruchaba con fuerza.
La Canosa se retorcía, tratando de resistir las embestidas de aquel animal. Sentía todo el culo como una masa de dolor, desde la piel ardiente hasta la dura barra de acero que se sacudía adentro de ella pero nada de esto le impedía gozar como una perra. Cuando sintió el calor de la leche del negro que se derramaba en su interior ella explotó de placer – «¡AYYYY!¡SIIIIIII!¡ASI, HIJO DE PUTA!» – «¡OH, SHIT!» – aullaba a su vez el negro.

Lentamente la colorada se enderezó. Se quedó quieta un buen rato agarrada a la pared, mareada y sintiendo cómo el semen del negro le chorreaba del culo brutalmente dilatado y se le deslizaba por las piernas que no le paraban de temblar…

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Al otro día sus compañeros del piso la notaron feliz. Pensaron que el nuevo brillo que se veía en los ojos de Viviana Canosa se debía a que por primera vez los números decían que le estaba ganando a Rial. Y aunque no se notó tanto por la televisión, los que estaban ahí habrían jurado que hasta había perdido su palidez de siempre.

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3 comentarios en “La noche de Viviana Canosa

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