Trío con Tamara y Lucía / primera parte

Esta es la historia de la realización de un sueño que todo varón de buena cuna acaricia desde su adolescencia: hacerlo con dos chicas a la vez. Ahora bien, como en este caso, no hubiera sido así de no haber tenido a una primero, empezaré por ahí, para luego contar cómo se cumplió el sueño. Los hechos ocurrieron hace pocos años, cuando yo iniciaba el sexto semestre de la carrera, con dos chicas maravillosas, de carne y hueso. Bueno, basta de preámbulos y vamos a ello (favor de leerse al ritmo del triple concierto del viejo Ludwig van, como lo llama el gran Alex de Large) .

Allegro

Sábado en la noche. Estaba tristón, porque Ariadna me había escrito una carta contándome algunas experiencias desafortunadas, y porque Amalia me había mandado, otra vez, a paseo. Pero era sábado, y había fiesta en casa de Felipe, aunque una vez ahí, en el reven, seguí deprimidón, así que hacia la medianoche ahí estaba yo, sentado en la barra que divide la cocina de la sala-comedor (es decir, el espacio vacío donde la banda bailaba a no se que pinche ritmo), preparando, con paciencia artesanal, un churrito, cuando llegó Tamara, una tía de mi generación que estudiaba otra de las carreras impartidas en la Facultad, y que a mi me encantaba, aunque según mis compañeros no era la más guapa del mundo. Yo solía verla por los pasillos, chaparrita, delgada, con unos profundos ojazos negros que iluminaban sus rasgos indígenas y su larga cabellera de ala de cuervo. Tenía (tiene) unas caderas estrechas pero claramente femeninas, unos pechitos que apenas despuntan y unas piernas delgadas y bien torneadas, bajo un pubis pétreo y un duro y plano estómago. Un primor. Se decía que era lesbiana, pero no se le conocía chica, aunque Felipe, justamente, presumía de haberlo hecho todo con ella, en una única y memorable ocasión. En fin, como a tantas otras, yo sólo la admiraba de lejos.

Pero ese día me saludó con el formal beso en la mejilla y, llamándome por mi nombre, me pidió un toque. Yo le pasé el churro sin prenderlo, y ella le dio un par de profundas caladas, y se fue a otro lado. Yo fumé algo del churro, que luego perdí a manos de no se quien, y al rato, aún melancólico, subí a la azotea del edificio, a ver el cielo rojo y sucio de las noches de la ciudad. Ahí estaba cuando llegó Tamara, quien se sentó a mi lado y preguntó “¿tienes más de esa mota tan buena?” Yo no dije nada, sólo preparé otro churro, al que le dimos unas fumadas, un par cada quien, porque cuando ella dio el segundo jalón se paró, me jaló de los brazos, tiró el churro (que descendió los seis pisos del edificio) y tomándome de la nuca me dio un largo beso, al que yo correspondí tomándola firmemente de las duras nalgas. Llevaba ella una maxifalda chiapanecosa (estaba de moda el sup Marcos y todo el rollo, máxime en la Fac) que le fui subiendo hasta arriba, y apenas toqué sus bragas rompí el beso y la jalé al rincón más oscuro, donde empecé a abrazarla con fuerza y a luchar con su falda. Ella entonces se separó de mi, se quitó las bragas bajo la falda y me dijo: “Así, ven así, pronto”, y yo fui, se la ensarté con cierto trabajo (no estaba muy húmeda, aunque una vez que la tuvo adentro empezó a segregar una gran cantidad de jugos), y ahí, en la azotea, ante la previsible llegada de quien fuera, lo hicimos. Yo me corrí y ella no, pero me bajé y empecé a succionar mis propios jugos, hasta que ella pidió paz. Entonces nos sentamos, abrazados, sin hablar, hasta que ella dijo que hacía frío y que nos bajáramos.

Largo

Llegamos cuando la fiesta estaba en las últimas. El buen Felipito se había metido en su recámara (única pieza amueblada de su cueva) con su chica de turno, y el otro cuarto estaba atrancado (al día siguiente salieron de él Miguel y una tía a la que no conocía, llamada Laura). Cinco o seis chavos seguían cheleando en un rincón, y nosotros nos tiramos sobre la alfombra y nos fuimos quedando dormidos.

A la mañana siguiente, al despertarnos, vimos a Felipe, Miguel y las dos chavitas con que habían dormido, el resto había partido en algún momento de la noche o la mañana (ya eran pasadas las nueve). Fuimos los seis a desayunar barbacoa a Xochimilco, y luego a dejar en sus casas a las tías, terminando con Tamara, quien nos dijo: “¿suben? Tengo unos restos de mota”. Subimos al cuarto de azotea en que vivía, y fumamos, y cuando aquellos se despidieron, le pregunté si podía quedarme, y me quedé. Cogimos hasta el cansancio, y finalmente nos quedamos dormidos.

Amaneció el lunes y corrimos a la escuela. Yo esperé que aquello fuera el inicio de algo duradero, pero no: aunque a partir de entonces me saludaba y todo, me rechazó suavemente cuando intenté repetir lo de ese fin de semana. Así, transcurrieron dos o tres meses, hasta que empecé a salir con Lucía.
Lucía había sido compañera de prepa de Tamara (según supe luego), y eran inseparables, aunque Lucy estudiaba mi carrera. Salvo que ambas son morenas, son muy contrastantes: frente a los rasgos indígenas y la lacia cabellera de Tamara, Lucía luce una espesa y ensortijada pelambrera, una naricita de botón, y unos labios gruesos, grandes y rojos, diseñados para mamar. También, frente a la esbeltez de Tamara, Lucía es una chica generosamente dotada, quizá en exceso: desde la estatura, 1.53 de Tamara contra 1.67 de Lucy, adornados con unos pechos grandes y redondos, con unos enormes pezones morados que, un día, por curiosidad medí, encontrándome con un metro y casi diez centímetros. No tenía, ni por asomo la cintura de sílfide de Tamara, pero el recubrimiento carnoso que la envolvía no demeritaba su figura, como tampoco lo hacía un culo desmedido, alegre de vivir, que con trabajo acomodaba en los mesabancos y que, enfundado normalmente en minifaldas negras o azules, solía atraer feroces miradas hacia sus gruesas pero firmes piernas. Un pimpollo estilo años cincuenta.

En fin, las he descrito a ambas y no voy a hacerlo conmigo. Sólo diré que si en las mezclas que corren por las venas de los mexicanos, los genes indios se impusieron en Tamara y los mulatos en Lucy, a mi, a pesar de mis detectables bisabuelos huastecos, me tocó ser de tipo más bien español, de piel blanca y relativamente velluda. Téngase eso en cuenta en el último movimiento, porque a mi, sólo de acordarme, me la vuelve a poner dura.
En fin, comencé a salir con Lucy por accidente: una mañana coincidimos en una biblioteca y al verla salir, pasado el mediodía, entregué mis libros y la invité a comer. La llevé a un buen lugar, luego a su casa, y nada más, pero luego la invité al cine, y a cenar un día, y estaba por lanzarme a fondo cuando recibí una llamada de Tamara, citándome en un café de Coyoacán, al que acudí intrigado.

“Mira, Pablito –me dijo, una vez que pedí el esspresso cortado de rigor-, el asunto es el siguiente: yo he estado enamorada de Lucía desde hace muchos años, y aunque soy su amiga, no he podido, o no he querido ir más allá, y ella tampoco ha pasado de parejas ocasionales, todos hombres, aunque se que coquetea con la idea de estar con una mujer… con un cromo como Liza o Berta, no conmigo, pero antes de que esas barbies caigan, yo puedo mostrarle esa faceta del amor. Por otro lado, yo se que tu mueres por Amalia, de modo que si sales con Lucy no es porque la ames perdidamente ni nada parecido, sino porque quieres pasártela por la piedra –no es así, quise interrumpirla, pero no me dejó seguir-, así que te propongo un trato: en un rato llegará aquí Lucía: tu sígueme la corriente, y obedéceme en todo, y hoy te la coges tu y me la cojo yo. Te preguntarás porque te lo propongo si creo que puedo cogérmela, pero no es así. Necesito un hombre para ponerla a tono, si no, no podré.”

Luego de esa larga parrafada, que aquí he resumido, me quedé pensándolo y le pregunté qué ganaba yo, y ella dijo que, además de cogerme a Lucía, que de otro modo no era seguro (asunto que, además, ella podría sabotear), tendría aunque fuera una vez, a dos mujeres, porque estaríamos juntos, los tres, y ya sería yo un idiota si no aprovechaba, “digo, además de las perspectivas que se abrirán, mi rey”, terminó, asaetándome con sus feroces ojazos. “Además –siguió-, a mi también se me antoja la idea y tu, pa´ que más que la verdad, no lo haces nada mal”.

A mi Lucía me gustaba, la quería bien, era (es) una chica tierna, lista, amable (en el más amplio sentido del término), pero mi parte sucia se impuso. Además, era una adulta y sabría lo que hacía, así que acepté los planes de Tamara y, por sugerencia suya, fui a hacerme pendejo para volver “dentro de, exactamente, una hora y diez”.

Regresé al café con el pito amorcillado, y las encontré pagando la cuenta. Como había acordado con Tamara, fingí que había entrado por casualidad y las saludé con gusto. Entonces, Tamara dijo: “vamos a mi cueva, ¿nos acompañas? Tengo un tequilita que te va a gustar”. Yo ni siquiera fingí que lo pensaba, y nos fuimos en auto, diez minutos, al cuartito que conocía bien (aunque sólo hubiera pasado una noche en él).
Rondo alla polaca.

Luego supe que en el café habían estado hablando de los pitos que se habían comido, la cosa es que tan pronto nos servimos los tragos, Tamara abrió fuego, pidiéndome que les contara mi primera vez, y yo, palabras más, palabras menos, les conté la historia de Lupita, que he escrito en otra parte. Tamara, entonces, nos contó que su primer orgasmo lo había tenido a los catorce años, con la mamá de una amiga suya de la secundaria. “Casi puede decirse que me violó, pero aquí entre nos, fue delicioso. Durante cerca de un año volví a su casa siempre que sabía que mi amiga no estaría”. Lucía le preguntó que cuando había perdido el virgo, y Tamara dijo, “pues con ella, ¿o crees que el único objeto contundente es un pito? Lo que tu sabes, aquella vez en tercero –de prepa, añadió volteando hacia mi-, con Carlos, en el Cervantino, fue mi primera vez con un hombre, pero la verdad es que me habían roto el himen tres años antes, mas de tres años”.

Permanecimos callados un par de minutos, y entonces le pregunté a Lucía: “¿y tu?” y ella contó rápidamente que en ese mismo Cervantino, al que habían ido en tercero de prepa, con su novio en turno del que prefería no acordarse. “No fue lo más sabroso precisamente, pero por suerte, en las siguientes vacaciones supe lo que era coger de verdad, pero eso no se los pienso contar hoy”.

Tamara vio un resquicio y le pidió que contara su fantasía. “Mi fantasía –dijo-, es ser esclavizada por tres o cuatro chicos, ser forzada y saturada. ¿Y la tuya?” Tamara dio un largo trago de tequila, y mirándola a los ojos, dijo: “mi fantasía es verlos hacer el amor, a ustedes dos, mi amor platónico y el mejor de los amantes que he tenido (esto, lo digo yo, era una exageración para interesar a Lucía), y que luego de que me permitan verlos, se vuelvan mis esclavos”. Lucía dijo que esa era una fantasía fácil de cumplir, y volteando hacia mi me preguntó por la mía, y yo le dije: “Mi fantasía es este momento, mi fantasía es verte así, es ver cómo te brillan los ojos, y es oír lo que han dicho”. “Pues entonces –dijo Lucía-, muéstrame lo que dice Tamara, cógeme”.
Tamara se sentó en la mesita que estaba al pie de la cama (única mesa), y yo me lancé hacia Lucía como en película gringa, con ansia, con una urgencia explicable, sacándole a golpes la mini de mezclilla, la blusita, y el sostén que puso al aire sus enormes tetas, sus pezones morados, que empecé a mordisquear con la misma prisa, mientras ella, a su vez, me quitaba la camisa y me bajaba el pantalón. En un minuto estábamos en calzoncitos, y hay que hablar de los suyos, blancos, diminutos, con unas florecitas bordadas puestas donde hay que ser. Pero yo no estaba para sutilezas, y metí la mano para medir el nivel, y me sorprendió alegremente notar que estaba empapada. De cuantas mujeres he tenido, con la posible excepción de Ariadna, Lucía es la de más rápido y feliz despegue, así que la tiré de espaldas en la cama, le di unos lengüetazos rápidos al clítoris, y dirigí la cabeza de mi hijo predilecto a su ansiosa raja, que lo engulló de un solo bocado. Cuando empecé a moverme ella me pidió que me viniera afuera, momento que retrasé hasta el límite de lo humano, buscando el segundo orgasmo consecutivo del pedazo de carne morena que gemía debajo de mi.

Apenas me salí, entró en acción Tamara, quien seguía vestida con su clásica maxifalda y su blusa ligera (y sin ropa interior, como solía presentarse), y había estado tocándose durante mi agarrón con Lucy. Tamara, pues, en el momento que se la saqué a Lucy se la metió en la boca y con dos o tres agresivas succiones me ordeñó la dulce leche. Me miró con ojos golosos y dijo que no quería que se desperdiciara, y volteando hacia su platónico amor, le dijo “y quería probar tu sabor, tu sabor y el suyo”, y entonces se aplicó a beberse los jugos que escurrían de la palpitante breva de Lucía.
Ver a Lucía acostada boca arriba, con las piernas abiertas y dobladas, los generosos pechos derramándose a ambos lados, y con cara de bien cogida, mordiéndose los labios y dirigiendo con sus manos el ritmo de Tamara, acostada sobre ella, fue demasiado: me acerqué a Tamara por detrás, le levanté el duro y estrecho culo y separándole las rodillas, le inserté el pito con la misma suavidad con que se lo había metido a Lucy, y así seguimos hasta alcanzar el milagro del orgasmo triple.

Nos tendimos unos minutos, hasta que Tamara se sentó en la orilla de la mesa y pidió: “Lucy: tu sabes mamar pitos, ¿por qué no aprendes a succionar clítoris?” Y Lucy, obediente, se hincó y empezó a rendir homenaje al templo de venus. Esta vez, la posición que tenían me vedaba el ingreso a cualquier agujero, pero la vista volvió a empalmarme el pito. Cuando Tamara se vino, con un prolongado gemido, Lucy me miró y dijo: “mira, qué tipo insaciable: no te muevas”, y poniéndose a horcajadas sobre mí, abrió sus jugosos labios y se lo insertó, cabalgándome con cierta prisa. “Me avisas antes de venirte, eh, en serio”, me pidió. Esta vez me dejé ir, hasta avisarle que saliera y terminar en mis manos.

Anochecía. Para mí había sido suficiente. Salí a mear y al regresar Lucy estaba vistiéndose. La imité, mientras Tamara nos hacía prometerle que habríamos de vernos otra vez, “me deben una –dijo-, acéptenlo”. Nos despedimos de beso y todo, pero en el elevador, Lucy y yo íbamos algo apenados. Era muy raro: acabábamos de hacer todo aquello, pero no sabíamos qué decirnos. La acompañé hasta su coche y ya buscaba yo cualquier frase convencional cuando ella dijo: “estuvo muy bien, ¿no?”. “Delicioso, guapísima…” Nos besamos y chau. Ya repetiríamos.

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