Desvirgando a Naty

Los padres no suelen ser cuidadosos cuando hablan de ciertas cosas que los hijos no deberían escuchar. Estoy seguro de que si mis viejos sospecharan algo se hubieran cosido la boca. Mi viejo tiene un amigo, Fabio, un tipo de 43 años, que trabajó con él en una empresa de comunicaciones. El tipo suele venir a casa a cenar y esas cosas. A mi vieja mucho no le gusta. Por esa razón yo fui escuchando estas frases sueltas:

— No me gusta que Fabio se quede solo con la nena. Tiene pinta de degenerado (mi vieja).

— No sabés, este turro se levantó una minita en el laburo y la mató. Tiene una tripa de burro (mi viejo a mi vieja).

Estas dos fracesitas fueron lo necesario para que yo me hiciera el coco con el tipo y las cosas sucedieron de esta manera:

Mis viejos se tenían que ir a Córdoba de urgencia porque la abuela estaba en terapia intensiva. Pero no me podían llevar porque yo tenía un exámen el lunes y tenía que estudiar. Fabio se ofreció a llevarlos a la Terminal en su auto. Así que vino a buscarlos, cenamos y se fueron. Durante la cena le toqué la pierna por debajo de la mesa y el tipo me apoyó su pierna caliente. Cuando se fueron noté que se olvidaba el celular, para mí que a propósito. Así que me bañé, me puse un topcito minúsculo, sin corpiño, y me quedé en bombacha, una regia y linda bombachita blanca que me levantaba bien la colita. Y, con el corazón que se me salía, esperé. A la hora y media tocan el timbre: Fabio.

— Nati, me olvidé el celular, ¿puedo subir?

— Sí, te abro — le dije.

Ah, no me presenté. Menudita, de pelo castaño, ojos verdes… 14 años y virgen. Se imaginarán. ¿Sería un degenerado? ¿Me desvirgaría?

Yo estaba dispuesta a todo pero quería gozar del preámbulo.

Tenía miedo de que me rechazara.

Por la mirilla de la puerta lo vi salir del ascensor y caminar hasta mi casa. Suspiré, puse mi mejor sonrisa y abrí. Me pareció que lo divertía verme recibiéndolo así.

— ¿Querés un café? — le dije, mientras él se sentaba en el sillón.

— ¿No tenés un whisky? — me dijo.

— Claro.

Serví el whisky. Iba y venía, buscando el whisky, el vaso, poniendo hielo. Todo para que él me mirara y me deseara. La idea de estar en bombacha, descalza, caminando delante del tipo que me miraba me estaba desquiciando. Me acerqué al sillón y se lo di.

— ¿Vos no tomás?

— Si no se lo decís a nadie.

— Por favor, Nati, es nuestro secreto. Vení acá arriba.

Entonces me senté encima de él y probé de su vaso.

— ¿Y? ¿Tenés novio?

— No.

— ¿Por qué? ¿No te gustan los chicos de tu edad?

— No.

— ¿Ya besaste a alguno?

— Sí. Pero no saben besar.

— Ah. Qué bien. Y vos sabés, seguro.

— No sé. Yo no lo puedo decir.

— Pero yo sí. A ver, impresioname.

Así como estaba me tiré de espaldas y lo besé. Con una calentura tan grande que chorreaba humedad y calor y gemidos. Fabio me dejaba hacer. Me llevó la boca a su cuello. Sentir esa piel de hombre me desquició y lo chupé con fruición. Además, sentía sus manos en mi cintura. Me di cuenta, sin pensar, como si mi cuerpo se moviera solo, que estaba fregándome contra el cuerpo de Fabio. Veía verde, de la calentura.

— Así, chiquita, así — me decía él, sonriendo.

Que se burlara de mí me enardeció aún más. Le tomé una de las manos y me la llevé a las tetas. Fabio me separó la cara y me besó, con toda la lengua. Yo seguía moviéndome sobre él. En eso, sentí su mano derecha en mi concha, tomándome de allí como para alzarme. Me abrí de piernas como una yegua y él empezó a moverme mientras me decía:

— Qué caliente que estás, pendejita. Hasta vas a querer que te coja.

— Sí, quiero — le decía yo, ya perdida —. Quiero que me desvirgues.

— No, eso no — me dijo, el muy sádico.

Y me siguió moviendo la concha con la mano. Con la otra mano empezó a tocarme las tetitas. Yo tenía los pezones ardidos de tan calientes.

— Date vuelta.

Me volví y me le tiré encima, desesperada. Le chupé el cuello, la mejilla, le mordía los labios, el pelo, la oreja. Le fregaba la concha contra el bulto. No daba más. Él me metía la mano en el culo, por entre medio de la bombacha, y me abría las nalgas. Por favor, qué caliente. Me separó, con cara de degenerado:

— Sabés qué — me dijo —, bancarse un macho grande es mucho para una pendejita, entendés. Estás muy caliente pero…

— Cojeme, por favor. Haceme de todo. Soy toda tuya.

— No te la vas a bancar.

— Sí, sí. Me la banco. Me la banco toda.

— ¿Qué sabés? Si nunca la sentiste.

— No importa. Quiero tu pija. Quiero que me desvirgues.

— Y si no, qué harías.

— Salgo a la calle y me hago desvirgar por el primero que pase.

Se rió. Yo no daba más. No daba más.

— Natalia, si te cojo te la tenés que bancar. Y hacer todo lo que yo quiera.

— Sí, todo, todo.

— Pará. A mí me gustan las mujeres que se la bancan. Si te dijera que te voy a llevar para que unos amigos míos te revienten, qué dirías.

Yo estaba tan enloquecida, tan caliente. Todo lo que me decía me calentaba más aún. Le rogué:

— Que sí, por favor. Llevame ahora. Desvirgame delante de ellos. Y que me cojan. No importa cuántos sean. Llevame ahora.

Me miró serio. Agregó:

— Nada de eso no, de que me da asco, o que me duele.

— No, lo que quieras. Todo lo que quieras, donde y como quieras, con quien quieras. Hago lo que quieras.

— Mirá que calzo muy grande. Y no me gusta dejarla afuera. Mirá que si te calzo te la vas a tener que bancar toda porque no te voy a aflojar.

— Matame, Fabio. Matame. Rompeme toda. Sí, toda, toda. Sin asco.

— Vamos.

Entonces me alzó como si yo fuera una pluma y me llevó a la cama. Me tiró en la cama y se quitó la ropa. Me miraba con sorna. Yo no estaba para hacer una cuestión de orgullo. Lamerlo como lo había hecho me había matado. Y esas manos, grandes, de dedos gruesos. Y esa pijaza inmensa que me está metiendo en la boca, Dios Mío. Es enorme, apenas me puedo comer la cabeza, me va a destrozar. Mi Dios. Cómo me agarra la cabeza, ni me puedo resistir. Qué está diciendo:

— Cométela toda, pendejita. Cométela bien, hasta el fondo.

Me hizo chupársela un montón. A veces la sacaba y me pegaba con la pija en la cara. Era gruesísima y pesada, como si me estuvieran dando con una frazada mojada y caliente. Yo no daba más. Le grité:

— Cojeme, por favor. No me hagas desear más.

— Te voy a cojer en otro lado, o no quedamos en eso.

— Bueno, pero vamos, vamos ahora, ya. Vamos.

— Delante de mis amigos, eh, putita. Y después te vas a dejar por ellos, entendiste.

— Sí, dale, dale. Lo que quieras.

— Qué caliente que estás. Cómo me va a gustar reventarte.

— Sí, llevame, llevame. Por favor.

— Ponéte algo encima pero sin nada abajo. Dale.

Me eché encima un vestidito así nomás, él se vistió y salimos. Subí al coche. Me dijo:

— Los vidrios son polarizados. Nadie te ve de afuera. Sacáte la ropa y chupámela.

No me lo tuvo que repetir. Tiré el vestido atrás, le saqué la pijaza y se la mamé como una desesperada. Lo que más me calentaba era que él no parecía demasiado caliente pero lo estaba. La tenía durísima. Yo se la agarraba con las dos manos y sobraba un montón.

A los diez minutos sentí que se detenía y tocaba bocina. Me permitió mirar. Un tipo, grandote y morocho, abría el portón de un garage, en una casa.

— Ese es Chelo. Si yo la tengo grande no sabés el pedazo que calza este negro. Y te lo vas a comer, entendiste.

Me enloquecía que me tratara así.

Entró el auto y me dijo:

— Bajate.

Así, desnuda, me bajé.

El tal Chelo le preguntó:

— ¿Ya la rompiste?

— No. Ahora — dijo Fabio.

— A ver.

Me metió la mano en la conchita. Yo estaba humidísima. Pero se notaba que aún no estaba rota.

— Cómo vas a gritar, nenita — me dijo, dándome una palmada en la cola —. Che, Fabio, es chiquita.

— Pero no sabés cómo se la va a comer. Está alzadísima. No da más. Decile, Nati.

— Estoy recaliente.

—¿Y te vas a comer la mía, también? ¿Te la vas a bancar?

— Sí, sí. Soy toda de ustedes.

El Chelo se rió, incrédulo. Me metieron en una habitación. Había otro tipo más. Un viejo de cincuenta, por lo menos, llamado Arturo.

— Cuánto hace que no como carne de paloma — dijo el viejo.

— Mientras me desnudo franelealo a Arturo — me ordenó Fabio.

Me le tiré encima al viejo y lo franeleé como una bestia. El viejo se recalentó enseguida y me metía la mano. De pronto sentí que me agarraban. Y unos brazos fuertes que me alzaban. Me tiraron en la cama.

— A la calentura hay que darle lo que busca — me dijo Fabio, subiéndose encima mío —. Abrí bien las piernas.

Hice lo que me dijo y vi la pijaza apoyándose en mi conchita. Y sentí el empujón. Y de pronto me la enterró y grité como una yegua. El dolor fue terrible, sentí mareos. Me estaba por desmayar. Todo me daba vueltas mientras sentía una cosa enorme que me metían y me partía en dos. Sentía, entre brumas, la voz de Fabio:

— ¿Esto querías?

— Cómo se le abrió la concha, Chelo — decía el viejo Arturo —. Fabio, la vas a matar. Andá despacito.

— Querés despacito o querés con todo — me dijo Fabio.

Con un hilo de vos, saqué pecho y le dije:

— Con todo.

Para qué.

Me empezó a sacudir de una manera bestial. Yo ya no sentía nada. Parecía que estaba inundada por la pija. Sentía como que me metía los órganos en el estómago. Perdí la noción de todo excepto de que había encontrado lo que soñara durante tanto tiempo y que estaba dispuesta a disfrutarlo. Oía lo que decían Chelo y el viejo:

— Uy, mirá, mirá, Chelo. Le va a romper todo. Mirá como sale sangre.

— Y bueno, la pendeja se lo buscó. Mirá cómo le saltan las lágrimas. Mirá cómo arquea los pies.

— Pobrecita, me da lástima. Mirá como tiembla de pies a cabeza.

— Che, no irán a venir los vecinos con esos gritos.

— Mirá, le sale espuma por la boca.

— Che, Fabio, aflojale que la vas a matar.

— Uy, qué animal. No le levantés las piernas así.

— Hijo de puta. Mirá cómo salta cada vez que se la entierra.

— Ya no se resiste, pobrecita. Creo que se nos fue la mano.

— Che, Fabio, hablale a ver si reacciona.

— Nati, Nati, te la bancás o no.

— Algo dice.

— Qué dice, Fabio.

— Que sí. Pendejita linda.

— Esta pendeja es de fierro. Cómo la vamos a cojer.

— Y sí, ahora empiezan más temprano. La verdad, Chelo, que estoy recaliente. ¿Le vamos a romper el culo?

— Más vale. Nos la vamos a cojer de todas las maneras posibles. Si es lo que quería.

— Sabés qué quiero ver. Quiero ver cuando te la cojés vos.

— La voy a romper toda.

— Mirá, Chelo. Mirá. Fabio le va a acabar en la boca.

Yo no me daba cuenta de nada. Pero lo que sí sentí fue un orgasmo descomunal. Qué macho que me estaba cojiendo. De pronto sentí que me metía la pijaza en la boca:

— Chupá y tragá — me dijo, enardecido.

Chupé y empezó a brotar un río de leche. Me la tragué de lo lindo. Me la sacudía adentro de la boca. Casi me ahogo. Me dio unas cuantas cachetadas y me pegaba con la pija. Escuché que decía:

— Chelo, vení y hacela mierda.

Entreabrí los ojos sólo para ver al Chelo viniendo hacia mí. Ni sentía el cuerpo. El corazón me iba a salir del pecho. El negro este tenía una pija más grande que Fabio, mucho más grande. Me montó enseguida y me la enterró como para matarme. Me levantaba las piernas y yo sentía que el cuerpo me saltaba como si le pusieran la picana. Ya estaba perdida. Pensaba que me estaban cojiendo los tres tipos a la vez. Seguía acabando sin parar. Este Chelo, mientras me cojía me mordía por todos lados y me decía barbaridades:

— Qué putita divina que sos. Sentí, sentí la pija. Esto querías, no. Esto. Ahora vas a tener una novedad. Te queda un lugar virgen.

Me la sacó y me dio vuelta. Me apoyó la pija en el culo y empujó.

— ¡Ay, ay, ay! ¡Me duele mucho! ¡No, por favor!

— ¡Aguantá, puta!

El dolor era terrible. Me entró la cabeza y después el resto. No podía aguantarla. Me saltaban las lágrimas. Traté de frenarlo pero no pude. Me la metió y se empezó a mover. Era demasiado. No podía aguantarla. No podía pero no tampoco podía hacer nada. Lloré como una desgraciada. Les pedía por favor que no, que por allí no. Fabio rugía:

— Te dije que no dijeras que no. Te lo dije.

Me callé la boca, pero no podía parar de llorar. El Chelo me ensartaba con fuerza. Me pegaba en la espalda, me apretaba las tetitas, me mordía el cuello.

Yo no podía aguantar. Traté de relajarme pero el dolor era terrible. Cada envión me hacía saltar las lágrimas. Debía estar gritando como una loca.

De pronto sentí que acababa. Sentí todo caliente bien adentro, bien metido. El Chelo la sacó y me dio vuelta de nuevo. Así como venía me levantó las piernas y me la enterró hasta el fondo. También me lastimaba. Más que Fabio.

— Vení, viejo. Pelá y enterrásela en el orto. Ya te hice el camino.

El Chelo me volvió a dar vuelta y me obligó a sentarme arriba. Me la enterraba con fuerza. Sentí las manos del viejo en la cintura. Ya ni podía mirar lo que me iban a hacer. Pensaba en mi vieja y me dije que ella, seguramente, jamás había hecho lo que yo estaba haciendo. El viejo me la enterró hasta el fondo pero como no era tan grande, aunque me dolió, me la banqué. Entre los dos me estaban matando. Yo era tan menudita que los tipos me iban a quebrar la cintura. Me dieron largo, largo y fuerte. Yo había parado de llorar pero sentía una emoción y una angustia impresionante. Y empecé a acabar como una yegua. No podía parar de acabar. Y gritaba de placer. Me retorcía.

— Decí que te gusta, pendeja. Decí que te gustan las pijas.

— ¡Sí! ¡Más! ¡Con todo! ¡Hijos de puta! ¡Cómo me están matando!

La voz me salía ronca y se excitaron más. Me dieron con toda la furia. El viejo acabó a los gritos y enseguida me calzó Fabio. Me echaron veinte polvos. Y no se cansaban. Yo no daba más. Me abrieron de una manera que no se podía creer.

Y me esperaban más sorpresas para después.

La próxima les cuento.

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