Desflorando a Lu

Luciano sentía que le ardía un poco el ano, pero era demasiado el placer que le brindaba el consolador que le había regalado Susana y que se había metido dos horas atrás. Incluso con él adentro fue caminando hasta el living para buscar su celular, tras haber sonado indicando que tenía mensaje de texto. Era de Susana. Iniciándose así una serie de comentarios.

Su: ¿Te gustó lo que viste?

Lu: ¿Te la estaba metiendo por la cola?

Su: Sí, no sabés lo rica que es… esta noche te toca a vos.

Lu: Me calenté mal, los espié hasta que se volcaron y también me volqué. Después volví a la cabaña y estrené tu regalo.

Su: ¿Te gustó?

Lu: Muchísimo. Hace dos horas que lo tengo metido.

Su: Hacés bien para ir acostumbrándote porque lo que tiene mi marido es más grueso.

Lu: Me hacés dar más ganas de las que traje.

Su: A las 9 de la noche vení a la cabaña. Vestite lo más putito que puedas.

Luciano se siguió volcando toda la tarde, pero eso no mitigaba su calentura. Jamás se había sentido así, tan desesperado. En ese momento no tenía miedo alguno a sufrir dolores, sólo quería, deseaba, necesitaba ponerse en cuatro para que aquel macho calentón le abriera el culo con esa pija que hacía estremecer a Susana, a pesar de estar acostumbrada a comérsela por atrás.

Susana, mientras tanto, se inventó una repentina jaqueca para evitar el polvo de la merienda, ya que quería que Augusto estuviera bien alzado para la noche. Pasadas las 20 ella anunció que se sentía bien y que quería jugar mucho. Mimosa, le preparó un jugo de naranja en el cual echó dos pastillas de viagra pulverizadas, y le pidió que abriera una botella de champaña mientras encendía un porro para fumar a medias. Con la bebida espirituosa, la hierba y las ganas, ambos comenzaron a transar en la cama. A él se le marcaba la verga dura bajo el ajustado boxer blanco, mientras que Susana estrenaba una diminuta tanga roja que hacía juego con un corpiño que sólo parecía ser un par de breteles por lo pequeño.

Susana comenzó a pajear a su esposo mientras se chupaban las bocas, cuando se escucharon pasos de ojotas en la entrada.

-         Hay alguien –dijo él, preocupado.

-         Sí, olvidé decirte que tendríamos visitas. Esperame.

-         ¡Susana! ¡Estás desnuda! –gritó, tratando de detenerla.

-         ¡Shhh! No te preocupés…

Desde la cama, Augusto oyó a su mujer hablando con alguien.

-         Hola, princesita, pasá, vamos a tomar champaña con mi marido.

Augusto estaba bastante fumado como para reaccionar rápido, por lo que su esposa y el visitante lo encontraron tendido en la cama y con la verga dura. El recién llegado era el putito que los había visto abotonados en la siesta.

-         Amor, ¿te acordás de Luciana? La invité a tomar algo con nosotros ya que está muy solita.

-         Pero… Susana… qué es esto…

-         ¡Oh! Mirá, princesita –dijo ignorándolo-. ¿Habías visto una cosa tan rica alguna vez?

Susana agarró la pija de Augusto y continuó con la masturbación que interrumpiera momentos antes.

-         ¿Estás loca?

Como respuesta, ella lo miró maliciosa y se metió el pene en la boca, chupándolo en todo su largo y dejándolo brillante de saliva.

-         No finjás, amor, si hoy me diste como nunca por la calentura que te dio ver a esta hermosura… ¿Viste qué bonita es? Parece una muñequita y además es virgen… tiene el culito cerrado y yo te la regalo para que se lo abrás, como lo hiciste conmigo. Acercate, Luly… enseñale la colita a papi…

-         Pero… pero… -musitó Augusto.

Susana volvió a chupar la verga de su hombre, mientras el putito miraba alucinado, con los ojos brillantes de lujuria. La obedeció y se colocó junto a él, mostrándole la cola que cubría con unas calzas cortas de color blanco, que marcaban la bombachita que había debajo.

Sin dejar de succionar, Susana tomó la mano de su marido y la colocó en el redondo trasero del mariquita.

-         Tocá, amor, ¿viste que culito más durito? ¿te gusta la mariquita que te trajo mami?

Y mientras ella volvió a la mamada, tímidamente Augusto comenzó a manosear el culo del putito, que se regocijó con la aceptación del hombre y olvidó sus temores a haber viajado en vano.

-         A ver, Lucianita… mostrame cómo la chupás así aprendo –pidió Susana.

El trolito se inclinó y unas gotas de su saliva cayeron en las sábanas. Se estaba babeando de deseo. Miró a Susana, buscando aprobación, y ante la sonrisa perversa de la mujer comenzó a lamer el tronco duro y caliente de aquella pija con la que había estado soñando durante semanas.

Augusto miró atónito a su esposa, pensando que sólo era un juego, una trampa, una fantasía limitada, pero el mariquita se estaba engullendo su verga y la chupaba… y muy bien.

Susana avanzó de rodillas hasta ubicar su entrepierna sobre la cara de Augusto, corriéndose la tanga roja.

-         Esto no es un 69 pero es muy parecido, ¿no crees, vida?

Y se bajó hasta colocarle la concha en la boca. No pasó un segundo cuando él ya estaba succionando y lamiendo la vagina de su mujer, que gemía gustosa.

-         ¿Te gusta la putita que te traje, amor? –preguntó, bajándole las calzas a Luciano y dejando al desnudo dos redondas nalgas rosadas entre las cuales se perdía una bombachita blanca-. ¡Pero mirá qué culito que vas a desvirgar, mi vida! Le vas a cambiar la vida a este putito, que regresará con el ano lleno con tu leche.

Al oír esto, Luciano se excitó aún más y aceleró la velocidad de su succión, mientras que Augusto chupó con más ganas la amada concha de su cónyuge. Ella no tardó mucho en llegar a un intenso orgasmo, y mientras se volcaba (frotando con su zorra la cara de su macho), dio unos sonoros chirlos en los glúteos del putito.

-         Basta, princesita… -ordenó ella-. Desnudate y subite a la cama que papi te va a dar besos en el huequito.

Mientras el mariquita obedecía sin decir palabra, y sin retirar los ojos de la hinchada verga, Susana se recostó junto a su esposo, besándolo en la boca.

-         ¿Te la chupó bien, papi?

-         Sí, casi tan bien como vos, mi vida.

-         Mentiroso –rió-, este mariquita la debe mamar mejor que cualquier mujer… y ahora vos le vas a mamar la cola para dilatársela y lubricársela… vos de aquí no te vas con el ortito sano, Lucianita.

El mariquita gimió como si liberara un sollozo. Tal era la calentura de aquella situación. Luciano estaba otra vez como drogado, como si también hubiera fumado marihuana. Lo perdía y dominaba el hecho de que una mujer tan hermosa dejara que su esposo lo cogiera, y lo volvía loco de deseo comprobar que el hombre estaba más que dispuesto a culearlo. Supo entonces que si en algún momento pudo arrepentirse, ya era tarde, pues ese macho estaba demasiado alzado y sí o sí lo iba a desflorar. Esta vez no salvaría la virginidad de su culito, pues Augusto no era como sus amigos, que claudicaron ante lo estrecho del ano, o como aquel baboso que casi lo viola en el baño del cine porno. Augusto le iba a meter la pija en el orto aunque se resistiera. Pero oponerse no estaba en sus planes… por el contrario, quería terminar con su frustración y se moría porque ese tipo se le abotonara.

-         No te podés quejar de nada, Fabri –susurró Susana-, este dulce putito tiene un culo más rico que el de una quinceañera… saborealo, papi, chupáselo, cogelo con la lengua, hacelo gozar con esas divinas mamadas de upite que sólo vos sabés hacer.

Luciano, totalmente desnudo, se arrodilló en la cama, abriéndose de piernas y levantando su trasero mientras recostaba su cara sobre una almohada. Augusto le pegó un par de chirlos y separó las nalgas, descubriendo un agujerito sin pelos y cerrado. Tenía razón Susana, parecía el culo de una adolescente. Todo Luciano parecía una nena, si no fuera por el pequeño pene flácido que le colgaba adelante. Pero Augusto ni lo miró, sus ojos estaban hipnotizados por el agujerito oscuro que lo hacía babear… ese ano era una invitación imposible de despreciar. Aplicó sobre él sus labios, iniciando una suave succión mientras la lengua se paseaba como un pincel por el aro de aquella belleza. Luciano suspiró profundo con esa caricia, pues jamás le habían chupado el culo, sólo había mamado pijas y lo habían querido coger, pero jamás una boca masculina se había dignado a tratar su orto como si fuera una vagina. Instantes después se estremeció al sentir una larga e inquieta lengua metiéndose en el hoyo, trayendo consigo una abundante cantidad de saliva con la que todo su recto se mojaba.

Susana, en tanto, se colocó debajo de Augusto y su boca buscó la pija, chupándola para su propio placer, pues supo que mientras su marido estuviera mamando un culo no perdería la erección. Tal era el mejor afrodisíaco de su hombre.

El putito gemía, la mujer mamaba y el hombre saboreaba un culito que pronto dejaría de ser virgen. La ruptura de esa cadena la dio Susana, cuando saliéndose de debajo de Augusto le dijo:

-         Culeátelo, amor.

Él la miró. Estaba alzado, drogado, perdido, ya no era un hombre, sino un animal alzado, alborotado.

-         Sí, culeátelo, rompele el orto, hacelo gozar… ¡dale que está sufriendo, pobre mariquita!

-         Alcanzame un forro –pidió él.

-         ¡No! Culeátelo así nomás, él quiere tu leche adentro… volcate en su culo… desvirgalo en carne viva… así lo inaugurás bien.

Augusto dudó unos segundos mientras miraba algo incrédulo a su esposa, que insistía con sus ojos llenos de lujuria. Luego volvió su vista al putito, que abría más las piernas, dejando ver que el culo, recién cerrado, ahora estaba abierta como una pequeña boca articulándo la letra “O”. El hombre tomó la pija dura y avanzó de rodillas hasta apoyar la cabeza en el ano. La frotó, hundió la punta, volvió a frotarla y apoyó otra vez más la cabeza en la entrada.

-         Aflojate… no hagás nada de fuerza… dejala entrar y no te va a doler nada de nada, ¿sí?

-         Sí –musitó Luciano casi en un ruego. Aquella demora aumentaba su desesperación.

Augusto empujó y con trabajo el glande comenzó a meterse en el culito, que intentó cerrarse por instinto, pero él aumentó la fuerza y entonces la cabeza traspasó el aro. Luciano gritó.

-         ¡Ay… ay… me la enterraste toda!

-         Toda no, sólo la cabeza, pero te la va a meter hasta los huevos –corrigió Susana, que sentada junto a ellos se manoseaba la entrepierna.

-         ¡M duele… me duele… ay… ay… es muy gruesa…!

-         Shhhh –dijo Augusto-, te dije que no hagás fuerza, relajá el culo.

Le sacó la pija con cuidado, pero antes que Luciano dijera nada, se la metió de nuevo, haciéndolo gemir. Repitió la acción un par de veces más, logrando así que los esfínteres fueran relajándose. Cuando volvió a meterle la cabeza de la chota empujó un poco más hasta introducir la mitad del tronco. Un gemido sordo salió de los labios del putito, que también liberaron un hilo de baba que corrió por la sábana.

-         Mmmmm… papi… qué caliente estás… desde ahora mami te va a buscar mariquitas como Lucianita para que le abrás la colita… y esta mariquita nos mandará a todos sus amiguitos putitos para que prueben la verga de Augusto, ¿verdad, princesita?

Susana se frotaba fuerte el clítoris buscando su enésimo orgasmo. Tanta calentura le daba ver a su hombre culeándose a un trolito afeminado, que no necesitaba tocarse para volcar, pero era bien pajera y le aumentaba el morbo sacudirse la concha frente a espectáculo tan bizarro.

Augusto, en tanto, había avanzado más, al punto de lograr meter toda su pija en el culo del trolito. Pegando su pecho a la delgada espalda del chico, hizo que su boca llegara al oído.

-         Ya dejaste de ser virgen, bebé… ahora tenés el culo abierto y seguro que te vas a comer millones de vergas… pero jamás olvidarás mi guasca… como yo jamás olvidaré tu culo…

-         ¡Ay… sí… me gusta… amo esa guasca… dame… dame… quiero guasca!

-         ¡Así! –animó Susana-, ¡así, princesita, gozá a este macho que te esta abriendo bien el culito… gozalo, sentilo, apretale la pija con el orto… sacale leche…!

La cama crujía al punto de parecer romperse. Augusto estaba bañado en sudor y su rostro estaba transfigurado hasta convertirse en una máscara de la calentura más pura y terrible. Susana, al mirarlo, se volcó una vez más y de inmediato le buscó la boca con la suya para fundirse en un beso intenso, desesperado, violento.

-         ¡Me hago pis… me hago pis… me hago pis…! –gimió Luciano.

-         Llevatelo afuera –ordenó Susana.

Augusto obedeció, bajandose de la cama sin sacarle la pija del culo al trolito, obviamente haciendo que éste también pusiera los pies en el suelo. El hombre avanzó, obligando al chico que hiciera lo propio, aunque apoyando apenas las puntas de los pies por su baja estatura. Los abotonados llegaron hasta la entrada de la casa.

-         Orinate –ordenó Augusto, retomando un furioso bombeo que le dio forma de tartamudeo a los gemidos y gritos del mariquita.

Una mezcla de semen y orina salió del pene del chico, que se estremeció como sacudido por una corriente eléctrica, mientras que dentro de su culo una pija bien hinchada y dura explotaba en una eycaulación que se le antojó interminable. Sintió lo caliente de la abundante esperma metiéndosele por el intestino. Agotado, Luciano se aflojó hasta que Augusto tuvo que sostenerlo, mientras miraba hacia la puerta. Tras la tela mosquitera vio a Susana, sentada en un sillón de mimbre y con las piernas abiertas, continuando con su masturbación.

-         ¿Te acabaste rico, papi? No se la saqués… quedate así, bien abotonado, porque tenés ganas de seguir dándole, ¿verdad?

-         La sigo teniendo dura, amor… creo que aunque quisiera no se la podría sacar. Lo tengo abrochado, siento que soy un perro alzado.

Al decir esto y saberse con el aval de su mujer, Augusto recobró la calentura y empezó a bombear otra vez a Luciano, que balbuceaba ya sin fuerzas, pero no por ello sin ganas de seguir sacándole leche a ese hombre alborotado. Sentía como latía esa pija en su interior, y por un momento temió que fuera cierto el mito de que los humanos también se quedan abotonados cuando practican el sexo anal, pero pronto la idea aumentó su morbo y empezó a masajear la chota al contraer el culo y apretarla con ganas.

Augusto vio una silla a metros de donde estaban y caminó hacia ella, arrastrando consigo al trolito. Se sentó e hizo que el chico levantara sus piernas hasta apoyar los pies en el asiento; entonces lo tomó de la cintura y empleó la fuerza para subir y bajar el delgado y liviano cuerpo, que se retorció de gusto al sentir que la pija parecía metérsele aún más. Luciano creyó que la guasca no sólo le estaba agrandando el ano, sino también el intestino. De pronto notó que el hombre se alteró, pues lo abrazó con tal fuerza que creyó iba a triturarlo, dándose cuenta de que recibiría otra descarga de semen. Así fue. En esta ocasión, debido a la pose, sintió que los escupitajos de leche le subían y hasta tuvo la fantasía que le llegaban al cerebro.

Susana, testigo caliente de la escena, se chupaba los dedos saboreando los jugos que produjera su intensa paja, mientras Augusto se relajaba y dejaba que el putito se liberara de su pija.

-         Paso al baño –dijo el chico, con las piernas temblorosas.

-         No, princesita, -dijo Susana-. Largá todo en el césped, queremos verte.

Ruborizado pero sonriente, el mariquita se puso en cuclillas y se aflojó. Primero hizo pis otra vez y luego sintió como una espesa cantidad de leche le corría hacia abajo. El matrimonio vio entonces salirle del ano mucha esperma.

-         Mmmmm… muñequita… ahora ya sos una verdadera mariquita… nuestra mariquita –dijo Susana-. ¿Te gustó, Fabri?

-         Sos una perversa –respondió sonriendo.

-         Vos me hiciste así, ¿querés cogerlo otra vez?

-         No, ahora quiero tu conchita y tu culo.

-         Princesita… ahora andá a descansar porque mañana mi marido quiere volver a culearte.

Luciano saludó a ambos con besos en las mejillas.

-         Me encantó… muchas gracias…

Al quedarse solos, Susana manoseó la pija de Augusto, susurrándole al oído:

-         ¿Vamos a la cama?

-         No, me ha hecho mucho calor… vayamos a la piscina, quiero flotar teniéndote abotonada a vos.

El mariquita se dejó caer agotado en la cama. Su cola le ardía un poco; aún tenía esperma adentro y le gustaba saberlo. Sonrió esperanzado en que al día siguiente Susana le permitiera gozar de la pija de su marido y se durmió deseando soñar con los calientes momentos vividos junto a esa pareja de depravados.

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