Su, Lu y una vieja fantasía

El Remanso no era desconocido para Susana y Augusto, ya que en varias ocasiones se habían alojado en sus cabañas de piedra. Su favorita era la 6, ya que estaba más alejada que las demás y eso les permitía sentirse absolutamente solos y practicar el nudismo, coger al aire libre y por ende poder desestresarse con libertad.

El viaje había sido un poco pesado por el calor reinante. Debido a ello, apenas bajó el equipaje, Augusto se desnudó y se arrojó en la piscina. Era genial que cada cabaña tuviera una propia. Susana, mientras tanto, le dijo que iría hasta la cabaña de los dueños para dejar pago el fin de semana. Un poco nerviosa miró el reloj y vio que eran las 11. Estimó que Luciano ya estaría en la cabaña 7, lo que confirmó sutilmente al conversar con Ofelia, la casera: “Tenemos todo completo, ayer llegaron dos matrimonios con sus hijos y esta mañana un chico jovencito solo; re mariquita, primero pensé que era una chica”. Por suerte el alquiler se pagaba en la ciudad, por lo que Ofelia nunca se enteraría que Susana había llevado al nene-nena.

Seguidamente Susana pasó por la cabaña 7 y vio a Luciano tomando sol boca abajo. Era aún más agradable que en fotos, delgado, menudo, delicado. Al acercarse se asombró por la cola del mariquita, que era en realidad turgente. Pensó que más de una de sus amigas se morirían de envidia al ver ese trasero depilado, al igual que las piernas y todo el cuerpo. Además el putito tenía sólo una tanguita roja que realzaba aún más las nalgas.

-         Hola, Lu –saludó Susana, a quien el aludido no había oído llegar.

-         ¡Hola! –respondió el chico, feliz de ver a su “amiga” virtual- Al fin nos conocemos.

Se saludaron como lo hacen las mujeres, con dos besos en las mejillas.

-         ¡Qué cuerpito que tenés… realmente sos una princesita!

Luciano se ruborizó ante el halago, siendo recíproco pues Susana era una auténtica loba, dueña de un cuerpo por demás sensual. Pensó que si su marido, a pesar de cogerse a diario a semejante mujer, también tenía ganas de culearse a un mariquita, pues debería ser un verdadero morboso calentón.

-         ¿Sabe tu marido que estoy aquí?

-         No, querida… ¿te puedo decir así? Jajaja… qué dulce sos… Augusto no sabe nada, pero no te preocupés que todo irá bien. En principio disfrutá de todo, bañate y relajate. Luego, a eso de las 4 de la tarde, pasá por nuestra cabaña como si dieras un paseo, entonces lo vas a conocer.

-         Pero… ¿irá a querer? –preguntó algo desilusionado.

-         Lucianita, hoy no pasará nada, pero puedo asegurarte que mañana vas a tener a mi esposo muy metido en tu colita, dándote mucho gusto. Mientras tanto te dejo algo para amenizar la espera.

Acto seguido, Susana le entregó una caja pequeña envuelta para regalo.

-         ¡Gracias! ¿Qué es?

-         Un obsequio de bienvenida, que lo disfrutes y te esperamos más tarde.

Susana regresó a la cabaña para no despertar las sospechas de Augusto, mientras Luciano liberó su curiosidad al abrir el regalo, encontrándose con la réplica de una pija de pequeñas dimensiones y una nota: “Nena, andá preparando el agujerito y dejalo listo para sentir una de verdad”.

Augusto preparó unos filetes en la parrilla, Susana se ocupó de la ensalada y cuando el sol estaba perpendicular al suelo almorzaron. Luego lavaron los platos y se recostaron en la cama un rato, dormitando mientras disfrutaban de una suave brisa sur que se colaba por la ventana. Susana en realidad no pegó un ojo, su mente estaba fijo en otro asunto que le hacía tener permanentemente mojada la conchita. Inquieta aguardó que el reloj marcara las cuatro, ocasión en la que despertó a Augusto para ir a la pileta.

Desnudos se tiraron al agua y nadaron algunos minutos, hasta que ella, subiéndose a los primeros escalones, le dijo de espaldas:

-         Amor, ¿aún te gusto?

-         Claro, siempre me has gustado… ¿a qué viene la pregunta?

-         A nada… es que a veces pienso que estoy gorda… ¿cómo me ves la cola?

Susana sabía que Augusto no podría resistirse a la indirecta, y lo confirmó al oír el ruido del agua, que anunciaba su acercamiento. Un segundo después sintió sus manos agarrándole las nalgas, masajeándoselas con ganas.

-         Querida… tenés el mejor culo del mundo y nunca dejaré de celebrar que haya sido yo el que te lo abrió.

Acto seguido, apretó la cara entre los glúteos y Susana sintió la ardiente boca masculina buscándole el ano. La sintió, con los labios convertidos en una ventosa succionadora y la lengua frotándose ansiosa por el aro de su culo, mojádolo con abundante saliva. Se relajó para permitir la entrada de esa movediza gládula que pronto le lubricó todo el recto al introducirle las famosas enemas de baba de Augusto. Bajando la cabeza, Susana vio que su marido tenía la pija dura, como le sucedía cada vez que le chupaba el culo.

-         Ponemela, amor.

-         ¿Vamos a la cama?

-         No, acá, culeame.

-         ¿No querés por la conchita primero?

-         No, tengo ganas de que me taponés el ojete ahora.

-         Bajate entonces.

La llevó a un costado de la piscina, ambos en el agua, y le apoyó la punta de la pija en el ano. Susana se relajó y se fue haciendo para atrás, sintiendo como le iba entrando aquel amado pedazo de carne dura y caliente. Le dolió un poco, por lo que se movió para sacar un poco la verga, para luego volver a recular y lograr así que se le metiera más. Repitió dos o tres veces el movimiento, hasta sentir los peludos testículos apretados en su cola.

-         Ay… amor… así… quedémonos un rato así… me encanta que te abotonés.

-         Y a mí me encanta abotonarme en este upite maravilloso –le susurró él al oído, mientras le manoseaba las tetas.

Luciano estaba nervioso. Tras mirar que el reloj acusaba las 4 y cuarto salió de la cabaña y se dirigió a la 6. Vestía un short de jean muy cortito y apretado y una pupera negra también ajustada, cubriéndose del sol con un sombrerito rosado. Calzado en ojotas avanzó decidido y aparentando estar distraído.

-         ¿Y ese? –dijo Augusto, sorprendido.

-         Un mariquita que está en la cabaña de al lado, hoy lo conocí cuando fui a pagar… ¿qué hacés?

-         Me salgo, estamos en bolas y… abotonados.

-         Quedate adentro mío, no nos verá.

-         ¿Qué no? ¡Si ahí viene!

-         Quedate, por favor, no me saqués… me excita.

Susana le apretó la pija con sus esfínteres y Augusto se resignó para no ponerse en evidencia.

-         Hola –saludó Luciano, acercándose-. A usted ya la conocí esta mañana, señora.

-         Hola, querida… perdón, querido… ¿cómo estás? Soy Susana y él es mi marido, Augusto, y vos te llamabas…

-         Luciano.

-         Hola –saludó Augusto, parco.

-         Vine solito y salí a dar un paseo. Esto es muy bonito pero estaba un poco aburrido y… ¡Oh! ¡Disculpen… los estoy interrumpiendo! Después los veo.

Sonrojado, el putito apresuró el paso y regresó a la cabaña.

-         ¡Se dio cuenta! –exclamó Augusto.

-         Sí, y me calentó mucho… pobrecito… seguro que fue a meterse los dedos en la cola por la envidia que me tuvo. Imaginate, a un mariquita así le encantaría que un macho como vos lo tuviera enculado como me tenés ahora a mí.

-         ¡Sos una perversa!

-         Sí, ¿te molesta? Creo que también te calienta… siento tu pija más hinchada que recién… ¿no le harías el favor a un putito tan rico como Luciano?

-         Ya empezaste de nuevo… me prometiste que…

-         No te hagás el santurrón que bien que te pajeabas con la fantasía de culearte un trolito –cortó ella, moviéndose para incitar a su esposo.

-         Fue en una época de confusión, ahora sólo me calentás vos.

-         ¿Viste que rica cola tenía el mariquita? Cola de nena, de bebita calentona. Y vino solito… ¿no te dan ganas de llevártelo al bosque para llenarle el culito de leche?

-         ¡Puta pervertida! –exclamó Augusto, llevándola con la pija adentro del orto hasta los escalones, saliendo del agua hasta la altura de las rodillas y haciéndola buscar apoyo con las manos en el borde de la piscina. Seguidamente la empezó a bombear con saña.

-         ¡Mirá, yegua, sentí… entendé de una buena vez que el único culo que quiero es el tuyo… zorra degenerada… comete esta pija!

-         ¡Ay… ay…ay… me vas a dejar el culito irritado… ay… ay… me duele…sacamela papi… sacamela… ay… ay… ay…!

-         ¿Sacartela? ¡Caquita te voy a sacar, por sucia, por cochina!

Luciano, que se había quedado escondido entre unos árboles, estaba alucinado con aquella escena. Se había bajado el short hasta las rodillas y se frotaba el culito con uno de sus dedos. Estaba obnubilado y la baba le chorreaba de la boca, como si se hubiera drogado. Se colocó en cuclillas e hizo fuerza, hasta que un grueso trozo de materia fecal comenzó a salirle, demorando la expulsión para sentir abierto su culo, fue entonces cuando se volcó y de su pequeño y flaccido pene le salió un chorrito de leche, sin que siquiera se lo tocara. En ese mismo instante escuchó al hombre dar un gruñido y abrazar fuerte a la mujer, que liberó una serie de gritos que delataban que había llegado al orgasmo justo al sentir la leche de su hombre quemándole los intestinos.

Lejos de relajarse, Luciano regresó a la cabaña y se dio una ducha de agua fría, metiéndose por primera vez dos dedos en el culo, para limpiárselo bien. A medio secar se acostó boca abajo en la cama y, tras embadurnar con gel lubricante el regalo que le hiciera Susana, se lo metió poco a poco en el orto, sintiendo gran placer que superó la incomodidad… aunque no pudo dejar de pensar que la pija de aquel tipo debía ser mucho más grande que el consolador.

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