A Susana siempre se le había hecho imposible de entender cómo había parejas que quisieran integrar a un tercero a sus actividades sexuales. Sabía que había matrimonios que acostumbraba a hacer eso no sólo por los clasificados que eventualmente leía en los diarios y en las revistas eróticas que le divertía ojear de vez en cuando, sino también por historias que tenían por protagonistas a gente que conocía. Claro que eso último eran comentarios que escuchaba de otros y siempre quedaba la posibilidad de que se tratara de meros mitos urbanos. Pero lejos estaba Susana de sospechar siquiera que un día se excitara frente a la situación de ver a su marido con otra persona en la cama, y menos aún que esa persona fuera del mismo sexo que Augusto.
Él había sido un verdadero pornógrafo antes de casarse, y si bien Susana conoció la parte “sana” de su pareja, con el correr del tiempo fue descubriendo las facetas oscuras de su pasado. Entre ellas la que más se destacaba era la fantasía que Augusto tuvo por coger a travestis y homosexuales afeminados. Ella se enteró cuando acomodaba en la nueva casa de ambos algunas cajas de su marido, hallando en una de ellas algunos videos que contenían escenas explícitas de ese tipo de sexo. La sorpresa y el miedo la invadieron pues se preguntó con quién se había casado, confesándole él que algunos años atrás había fantaseado con sodomizar a chicos afeminados y a travestis, ya que se excitaba con la exageración de los modales femeninos, además de ser un vicioso del sexo anal. De hecho Susana, que tuvo parejas anteriores, dejó que fuera la pija de Augusto la primera que ingresara en su conchita trasera, descubriendo un nuevo mundo de placer. Así fue testigo de cuánto le fascinaba a su marido prenderse a mamarle la cola, penetrándola con la lengua y hasta haciéndola tener orgasmos a consecuencia de las sensaciones que le brindaba el tener a su hombre con la cara metida entre sus nalgas.
Al momento de la confesión él le dijo que en una oportunidad levantó a un travesti y se lo llevó a un hotel alojamiento, pero que una vez a solas con él le repugnó la idea de abotonarse a otro hombre, por lo que en esa ocasión sus fantasías habían desaparecido.
Quizás otra mujer hubiera abandonado a Augusto por semejante perversión, pero Susana estaba orgullosa de su marido en el rol de macho, por lo que pronto descubrió que le excitaba comprobar lo calentón que él era y sumó la revelación a sus juegos: se masturbaba imaginando a su hombre culeando afeminados y transexuales, y cuando él la estaba cogiendo le pedía que le contara una y otra vez, y en detalle, las fantasías que lo habían dominado en esa época. Así fue como Susana comprendió y aceptó a Augusto, pero no creyéndole todo, pues así como ella nunca dijo que detestaba la lechuga hasta probarla, consideraba que su marido jamás se desprendería totalmente de su fantasía hasta llevarla a la realidad, tal era su manera de ver las cosas.
- No quiero hablar más del tema, Susana –dijo Augusto una noche de charla marital-. No puedo aceptar que mi mujer pretenda que me acueste con nadie y menos con un marica.
- Es que esto es diferente, no estoy pidiéndote que te acuestes con otra mujer, no tengo el morbo de quienes disfrutan viendo a su cónyuge teniendo sexo con otra persona, sino que siento que siempre va a estar el fantasma de tu fantasía conviviendo con nosotros, a menos que concretes algo que siempre te calentó.
- ¡Pero eso ya lo hice! –dijo ofuscado-. Te conté que una vez me llevé al telo al travesti más sensual que había visto, pero finalmente me cayó la ficha y ni siquiera dejé que me tocara el bulto.
- Eso fue así porque se prostituía, no fue con vos por calentura sino por dinero. Muy distinto es si te llevás a la cama a un putito deseoso de comerse tu pija.
- ¡No puedo creer que me estés diciendo estas cosas!
- Creeme, vas a sentirte liberado si finalmente te sacás la leche cogiéndote a un mariquita, y yo me sentiré más tranquila pues terminada la fantasía sé que sólo querrás estar conmigo, y no bombeándome por la cola mientras pensás que estás trincándote a un travesti.
- ¡Jamás he pensado en algo así mientras te cojo!
- ¡Pero a veces me asalta el temor! Además te confieso… -dijo bajando la voz y poniéndose seductora-… me re calienta la idea de que le calmes la calentura a un putito clavándolo con esa pija divina que tenés.
- ¡Ufff! ¡No puedo seguir hablando esto! Me voy a trabajar… realmente me asustás.
Tras ese tipo de conversaciones Susana debió admitir que sus temores pasaban a segundo plano, mientras que en realidad su obsesión se centraba en ver a Augusto montándose a un mariquita hambriento de pija y sacudirlo hasta sacarse la leche.
Dicen que el ocio es la madre de todos los vicios. Susana disponía de ratos libres en su trabajo que comenzó a pasar frente a la computadora, navegando en internet y aprendiendo sobre los placeres de los homosexuales pasivos. No tardó en reconocer que estaba buscando al putito más afeminado, para entregárselo a su marido servido en bandeja de plata.
Visitó foros, salones de chat, blogs, páginas de contactos y otros portales de similar tenor, trabando conversaciones con homosexuales que fomentaban su morbo. ¿Acaso estaba alimentando una fantasía, al igual a lo hecho por su marido tiempo atrás? ¿Terminaría condenándose y arrepintiéndose de por vida en caso de que lograra convencer a Augusto? ¿No sería aquello el principio del fin de su matrimonio? ¿No sería el portal a un mundo de perversiones que acabara destruyendo el amor que sentían el uno por el otro? Todo podía ser, pero Susana estaba dispuesta a llevar hasta las últimas consecuencias aquello, aunque significara un divorcio lleno de traumas.
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