Rascote
Buenas de nuevo a todos/as los/as lectores/as de la página de sexycuentos. Como les he comentado en otros relatos, me llamo Alejandro, y soy el autor de otros relatos en esta página como “¡Qué bueno es ser entrenador!”, “Mi tía la cincuentona”, “Mi amigo gay” o “Chueca, por primera vez”. Mi e-mail, para cualquier comentario o proposición, es alex47058@hotmail.
El suceso que voy relatar, ocurrió hace escasas fechas, en Septiembre de 2007, y como siempre digo, es completamente real, salvo por un par de detalles que haya podido adornar por el bien de la narración. Como digo, era Septiembre de este año, y como la mayoría de septiembres desde que ingresé en la facultad, tenía que pasármelo estudiando todo aquello que no había aprobado durante el curso anterior. Para ello empleaba mucho tiempo, incluidas las noches de los fines de semana. El caso es que un día estaba yo estudiando, cuando unos amigos de mis padres subieron a casa y se quedaron a tomar algo. Hablaban demasiado alto y me era imposible concentrarme, asi que fui a quejarme a mi madre. Ella respondió que no podían estar en completo silencio, que tenían visita y no podían mandarles callar. Protesté airadamente por ello, hasta que finalmente me dijo que mis tíos no estaban en su casa (viven en el bloque adjunto), y que si quería que me fuera a estudiar allí, que estaría más tranquilo. Así lo hice.
Eran las 20h cuando entré en el piso de mi tía. Como me había dicho mi madre, no había nadie, asi que pasé directamente a la habitación de mi primo, que era muy parecida a la mía y por ello pensé que sería el mejor lugar de estudio. Estuve estudiando más de dos horas sin parar, hasta que decidí hacer un descanso. Entonces di una vuelta por la casa, comí algo del frigorífico, fui a la terraza y la abrí para que Rascote, el perro de mi tía, pudiera pasearse por la casa tranquilamente mientras yo le vigilaba. Además, decidí poner el ordenador y echar un vistazo a internet. Como siempre, acabé entrando en alguna página de relatos y, tras leer todo tipo de relatos que me calentaron sobre manera, entré también en la sección de zoofilia. Al leer todo lo que se contaba en esos relatos, sumado a la calentura que tenía de haber leido los relatos anteriores, sentí curiosidad por saber qué se sentiría al hacerlo con un perro. Inmediatamente, miré a Rascote. Era un perro blanco, no se de qué raza porque nunca me han interesado los perros, pero a mi me recordaba a un San Bernardo, aunque sin manchas y las orejas más pequeñas, pero de tamaño y forma similares. Espero que se puedan hacer a la idea de como era Rascote con esta descripción. Tras pensármelo un poco, me hacerqué al perro y empecé a acariciarle el lomo y a jugar un poco con él. Le llevé junto al sofá, me senté y seguí jugando. Tras unos minutos así, me decidí a alargar mi mano y buscarle el pene para excitarle. En un primer momento ladró y se revolvió, lo que me hizo pensármelo, pero una vez que le cogí su miembro y comencé a acariciarlo se tranquilizó rápidamente y se tendíó boca arriba, parecía muy a gusto. El pene de la criatura comenzó a crecer lentamente, y cuando hubo alcanzado un tamaño que yo consideraba suficiente, unos 15-18cm, procedí a desnudarme sólo de cintura para abajo (pues había leido que al penetrarte, arañaban la espalda con las uñas, y no quería tener arañazos). Entonces me di cuenta de que quedaba lo más difícil, hacer comprender a Rascote, que quería que me follara por el culo. De primeras lo intenté poniéndo mi culo junto a él, pero nada. Luego me puse a cuatro patas y me introduje un dedo ligeramente, pero tampoco nada. Después me puse frente al ordenador y puse un vídeo de zoofilia en la pantalla para que lo viese y tomase ejemplo, pero nada. Por último, se me ocurrió masturbarme frente a él, a la vez que seguía acariciándole, para después poner mi semen en mi orificio anal a ver si al olerlo le entraban ganas. Pero nada. Me di por vencido, y volví a estudiar. Después de otras dos horas de leer apuntes, descansé otro ratito y una vez pasado el efecto calmante de la anterior masturbación, volví a tener deseos de follar o ser follado. Fui de nuevo junto a Rascote, y volví a tocarle el miembro suavemente y a cogérselo, cada vez con menos miedo y más soltura. Pensé que si no podía hacer que me follara, probaría a ver si podía follarle yo a él. Dirigí mi mano hacia su orificio anal y lo toqué un poco, pero no se dejaba, y cuando hice algo de fuerza para meterle un dedo, se revolvío con violencia y tras ladrarme intentó morderme. Aquello me dió miedo y me arrepentí de mi idea. Volvía, pues, a tener que masturbarme yo sólo frente a Rascote. En esas estaba cuando se me ocurrió darle a probar algo del fluido que sale antes de correrse uno, a ver si así lograba que hiciera algo. Así lo hice, acerqué mi dedo impregnado a su boca y dejé que lo lamiera. Casi inmediatamente, siguió mi dedo que lo había puesto junto a mi pene ya erecto, y volvió a lamerlo. De esta manera, fue cuestión de segundos que empezará también a lamerme el pene. La sensación era rara en un primer momento, los lengüetones eran bruscos y más fuertes de lo que uno está acostumbrado, pero la situación me excitaba tanto que, con un par de sacudidas de mi mano, bastó para que me corriese. Rascote, como las buenas chicas, se comió todo el jugo que mi aparato había soltado, y por un momento estuve satisfecho, aunque nada más lejos de la realidad, al momento volví a pensar en como hacer para probar esa enorme tranca que Rascote guardaba. Y entonces me dije, no podré hacer que me folle, pero sí puedo hacer que se corra como yo. Dicho y hecho, volví a acariciarle el pene, aunque ahora como si le estuviera pajeando, y vi como aumentaba rápidamente de tamaño. Cuando hubo alcanzado un mínimo de quince centímetros, me acerqué a ese enorme miembro y lo llevé a mi boca. Sin pensarlo, le dí un lametón. Sinceramente, su sabor me sorprendió, sabía raro, no se explicarlo, no era como un pene de un hombre, sino que era más rugoso y de sabor, se podría decir que era como una especie de palulú, si, a eso sabía. Sin embargo, aunque no era demasiado agradable, estaba en un estado de excitación que creo que rozaba la locura transitoria y ni por un momento pensé dejar de hacer lo que estaba haciendo. Rascote seguía tranquilo, tendido boca arriba, sin ladrar, gemir o gruñir, no hacía nada. Yo continué con lametones a lo largo de aquel falo que no paraba de crecer, superando ya los veinte centímetros y de bastante grosor. Siguiendo así, me lo metí poco después en la boca y comencé con la felación, rápida y fuerte, trataba de meterme entero aquel aparato pero no podía, así que lo masajeaba con las manos al tiempo que me comía aquel supernabo. Fue entonces cuando noté en la mano la famosa “bola”, con la que se supone queda ”abotonado” a la hembra para que no se salga el pene de la vagina de la perra durante el acto. Por la bola y por el tamaño del pene, más grande y grueso que el de cualquier película porno, lo aseguro, supuse que no quedaría mucho para que Rascote terminara, así que intensifiqué mi masaje, los chupetones y las comidas. Cada vez eran más rápidas y fuertes, una, dos, una, dos, lo estaba disfrutando al máximo y ya sólo quería notar el sabor del semen de perro en mi boca, pero aquello no salía. Empezaba a cansarme, no podía creerme el aguante que tenía aquella criatura, pensé que quizá no lo estaba haciendo bien, asi que cambie sucesivas veces de mano, de fuerza, de intensidad, de ritmo, pero nada. Estaba a punto de parar, exhausto, cuando noté que el capullo de aquel chucho hacía una especie de vibración, inmediatamente después, un chorro de jugo blanquecino inundó por sorpresa la cavidad de mi boca y chorreó por mis labios, a la vez que manchó mi nariz y las mejillas, llegando a rozar mis ojos. Me sentía contento, pero quería más, sentía no haber podido hacer que me penetrara, pero entonces se me ocurrió probar lo último.
Hunté mis manos en aquel líquido que instantes antes había salido por el inmenso miembro de Rascote y lo dirigí a mi ano, haciendo movimientos sensuales e introduciendo mis dedos en él. Estaba a mil, y tenía que conseguir que Rascote reaccionara, llevé mis dedos a la nariz de Rascote, lamió los dedos huntados en su jugo, y siguió el rastro de estos hasta mis gluteos. Allí, comenzó a lamer aquella sustancia que antes había sido suya, y que me había regalado. Entonces traté de, mientras continuaba a cuatro patas, llevar aquel líquido por mi espalda también, sobre mi camiseta. Rascote hizo lo que yo preveía, siguió lamiendo mi chaqueta poniendo sus patas delanteras sobre mi espalda. Entonces pude llegar hacia su miembro viril, y pude coger la tranca, ya casi flácida y de un tamaño escaso (unos 10-12cm), y la llevé contra mi orificio anal. La acaricié un poco e introduje un pelín la punta, mínimamente. Sin embargo, aquello fue como dar a un interruptor, el instinto sexual de Rascote se encendió y noté como hacía fuerza en mi espalda con sus patas delanteras. Lo demás es una sensación indescriptible. Noté que el miembro de Rascote crecía y se endurecía a la vez que daba una sacudida contra mi ano, introduciendo en él algo más que la punta. Acto seguido, otra sacudida más, su pene más dentro, y a la vez más fuerte, duro y grande. La tercera sacudida no se hizo esperar, el tamaño que sentía dentro de mi era mayor que el de cualquier hombre que hubiera probado antes. Sin embargo, aquello no había terminado, seguidamente, otra sacudida más, y otra, y otra… había perdido ya la cuenta y en ese momento sólo sentía dolor, como si hubieran metido un pequeño balón desinchado dentro de mi, y luego tratasen de hincharlo al máximo, con el único objetivo de romperme el recto y parte del intestino. Aquello era lo que sentía, mucho dolor, y más con cada sacudida. Traté de separarme pero no pude, entonces recordé lo que era aquello, no me había percatado de vigilar que la bola no entrase y evitar que me abotonase, así que ahora estaba a su merced, había despertado a la bestia y ahora ella me dominaba. Sin embargo, aquella sensación, tras unos breves segundos, me produjo aún más excitación, estaba siendo follado por un perro, una de mis fantasías. De ahí en adelante lo disfruté cuanto pude, grité cuanto pude y más, porque el dolor era incontenible, lloraba de placer y dolor al tiempo con cada sacudida, al tiempo que profería horribles gritos de dolor y gemidos de placer infinito a cada penetración. Rascote seguía a lo suyo, con unas hincadas fuertes y duras, a ritmo constante, aunque acelerando este poco a poco. Entre grito y gemido, yo seguía el ritmo como si de un paso militar se tratara:
- Uno, dos, uno, dos, uno, dos, ¡mmmm!, ¡aaahhhhh!, dos, ¡sigue! ¡Me cago en la puta madre que lo parió! ¡Siiiiiiiiiiiiiiii! ¡Sigue! ¡Sigue! ¡Aaaaaaaaaaaaahhhhhhhhh! Uno, dos, ¡Aaaaahhh!
Estuve así diez segundos o media hora, no sabría decirlo, pero se me hizo eterno, eternamente infernal y celestial a la vez… Me sentía en una nube, y a la vez en medio de una explosión. Por fin, entre mis gritos, gemidos, llantos y alaridos, llegó la inundación, noté algo viscoso invadir mi ano ya en ruinas, estaba caliente y mi sensación fue que se esparcía hasta inundar incluso mi estómago. Aquello fue muy agradable, fue la llegada de la calma, la salida del sol tras la tormenta… una sensación del final perfecto, el final soñado. Caí exhausto en el suelo, boca abajo, permaneciendo aún adherido a Rascote por aquella inmensa bola, donante de tanto placer como sufrimiento. Así estuvimos alrededor de veinte minutos, llegué a preocuparme pues no esperaba que el abotonamiento durase tanto, sin embargo, finalmente me sentí completamente libre y volví a mis estudios, saciado de sexo por aquella noche, pero deseando que mi madre volviera a llevar gente a mi casa que me distrajese en mis estudios.
Hasta pronto, espero que le haya gustado, y aguardo con interés sus sugerencias, relatos y proposiciones en mi correo electrónico.
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January 23rd, 2008 at 2:40 am
Amazing article.
I know you will check out our diary..
See ya