Natalie, el Enmascarado y yo

Como todos los viernes, yo era un asiduo concurrente a las carreras de perros en el galgódromo del DF. Mis ilusiones eran escasas, puesto que sólo quedaba una carrera y había gastado todo mi dinero en malas apuestas y ceniceros descartables (un vicio desenfrenado).
En el momento en que estaba mirando la pizarra de anuncios, sentí por la espalda una dulce voz con tono inglés, específicamente de la soleada California. Me di vuelta, y la bella NATALIE Portman se asomaba bajo un sombrero de lana negro. La saludé, y ella hizo señas de que no gritara su nombre. Entonces habló: ¿El número ocho es un buen perro?. Entonces yo, como todo mejicano de ley, rápido y vivaz le contesté: “Aquí la única perra eres tú, y además estás muy chévere.”
La inocente Natalie se sonrojó, pero atendiendo a sus instintos de ninfómana agarró fuertemente mi bulto y me invitó al hotel Ritz, donde dijo que un “enmascarado” nos acompañaría en nuestra violenta y sexualmente despiadada velada.
Ya en la habitación, Natalie ingresó al ÑOBA. Salió hecha una princesa, vestida de encaje negro y perfumada con un Cristian Lacroix de ORO PURO. En ese instante me ofreció un “Breeder´s Choice” al tiempo que me desvestía.
“Este es un excelente scotch”. El emascarado había entrado en la habitación misteriosamente. Estaba totalmente en pelotas. Es así, que enseguida puede adivinar su identidad. Esa terrible VERGA no dejaba dudas de quien se trataba: Darío Grandinetti

había ingresado a la habitación, y sonreí al pensar que nos íbamos a enfiestar a Natalie de una manera increíble.
El sexo ANAL fue el predominante en la velada. La GARCHA de Grandinetti eran de magnitudes bíblicas, con decir que el excelente actor debía ponerse peso en la espalda para contrarrestar a su peso natural que lo inclinaba hacia adelante.
La PENETRÓ de manera sorprendente. Me daba la impresión que con esa PORONGA podia atravesar las paredes de la Reserva Federal de un golpazo.
La pobre Natalie sufría pero a la vez gozaba. Con Darío nos entendíamos muy bien. Parecíamos como dos pilotos que se conocían de toda la vida.
A las 4 de la MATINA en punto, Darío me miró fijamente a los ojos y dijo una frase que cambiaría el sentido de mi vida para siempre: “Las cosas son como son, yo si quiero cambio las reglas del juego”.
Y ahí, los dos liberamos una sonrisa cargada de escepticismo e ironía, dejando entender un final abierto, pero a la vez librado a la suerte.

One Response to “Natalie, el Enmascarado y yo”

  1. frank dice:

    eres un pendejo, “mexicano” no se escribe con “j” y un mexicano seria mas ingenioso que eso, y “chevere” que mierda es esa, ¿no eres argentino de casualidad? Tienes poco ingenio

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