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El Morboso y sus 4 penitencias

Quedaban tres semanas para navidad pero las bombillas de colores ya llevaban casi dos meses anunciándola. Hasta ese mismo momento ser un tipo morboso, con imaginación, iniciativa y e infinitas ganas no me había servido de mucho. Pero al igual que Ebenezer Scrooge las navidades me iban a traer sorpresas que no podía ni imaginar… afortunadamente no fueron los dichosos tres fantasmas.

Me enfrentaba a un insufrible plato de spaguettis con salsa nosecuantitos y al no menos triste capítulo de policías forenses hurgando en cadáveres, cuando sonó el timbre, nunca me habría imaginado que mi regalo de navidad llamaría la puerta y menos a esas horas. Un testigo de Jehová, un vendedor de algo o un vecino recabando mi apoyo para la próxima batalla/junta, eran más que posibles, incluso cuando el reloj marcaba las 22:34 de la noche. Pero no ella. ¿Y quien era ella?. Pues verán, ella se llama Sandra y es una criatura con la que apenas había cruzado palabra en los últimos 4 años. Siendo amigo de la universidad de su novio he de reconocer que más de una vez, en alguna fiesta o reunión, la he deseado vivamente. Me imagino que mi fama de morboso, que no salido, no tardó en llegarle y de ahí esa inesperada visita.

En cualquier caso apareció cariacontecida, triste, lloricosa. Naturalmente la dejé entrar, le ofrecí asiento y los dichosos espaguetis. Lo suyo será describirla y espero hacerlo bien. Verán, Sandra no es una chica espectacular, no al menos al primer vistazo. No sería desplegable de Playboy porque le sobra categoría y le falta silicona. Es morena, tiene el pelo muy largo, liso, ojos negros siempre brillando vivaces y unos labios estupendos. Una mujer con familia de muchos posibles, licenciada en derecho, 28 años, discretísima, con un sentido del humor finísimo y una cultura a prueba de Trivial Pursuit.

Sandra es poco aficionada a pintarse, de hecho no la he visto nunca pintada y no le hacía demasiada falta. Eso no quiere decir que sea una mujer descuidada, todo lo contrario, es de las obsesas del aerobic, sin grasa, con uno de esos vientres planos, junto con manos y pies siempre cuidados. Tampoco le gusta vestir provocativa, siempre de traje chaqueta, conjuntada, limpia, estupenda y derrochando clase.

Hasta ese momento el resto de su cuerpo era todo un misterio, ni siquiera había tenido el gusto de verla en bañador, o con un generoso escote. Eso sí, los pechos parecían firmes, con su tamaño perfecto, no demasiado grandes, calculo que una talla 90. Y el culo, bueno, el culo sí era magnífico, la envidia de todas las amigas y el objeto del deseo de todos nosotros. Por resumir, un mujerón, sin estridencias, de esas que sabes que aún ganará con los años.

Por desgracia la historia que venía a contarme no me cogió de sorpresa y tampoco la moraleja.

    Marcos, tu Marcos, el Marcos con el que me iba a cumplir 3 años esta primavera, me ha dejado por la chacha, una fulana. Esmeralda se llama.-
    Vaya, lo siento y además la conozco, me la presentó Marcos una tarde que nos íbamos al tenis- La tal Esmeralda no podía ser más distinta de Sandra. Una tipeja chavacana, habladora, metepatas y, eso sí, muy exuberante. Siempre con tacones, escotes, manicura francesa, lenguaje con dobles sentidos, muy evidente. En fin, no había duda de que Marcos había buscado fuera de casa lo que no tenía dentro.
    Pues nunca creí que él caería tan bajo. Solo imaginármelos a ambos … estoy muy furiosa como verás, en la vida me he sentido así. Ya lo he hablado con la familia y este misma semana estará en manos de los abogados-
    Bueno mujer, ¿estás segura?, de Marcos me extraña mucho- Marcos era el tipo más aburrido del mundo, un tipo vulgar, sin gracia, muy secundario. Ambos habían formado una pareja monótona, sin grandes cabreos ni estridencias, de esas que la gente pensaba duradera.
    Y tanto que lo estoy, en mi vida he deseado matar a nadie como ahora, los estrangularía a ambos. –
    Bueno Sandra, yo, en fin, no sé que quieres que te diga, no tengo ni idea de por donde han ido los tiros, nunca me ha contado nada.-
    Tranquilo, no he venido para eso, mejor no removerlo. He venido para que me aconsejes. Sé que podría ir a un especialista, pero lo que yo necesito no es pasar la tarde hablándole a un extraño, contándole mis penurias y encima pagarle por lo que considero evidente.-
    Bueno, pues nada, me tienes a tu disposición, ¿quieres consejo?- Creo que mi sonrisa me delató.
    No quiero acostarme contigo, no te hagas ilusiones. No va por ahí. Quiero cambiar de vida, de aptitud y creo que solo tú me puedes ayudar-
    Pues me tienes desconcertado-
    Sé lo que me ha ocurrido. Verás, no sé por donde empezar. Me ha ocurrido en el trabajo y me ha terminado ocurriendo en mi vida sentimental. Saqué la plaza de funcionaria muy pronto, del cuerpo técnico nivel B, de eso hace ya 3 años y me he acomodado. Todos mis compañeros han progresado, pero yo sigo igual. Con Marcos me ocurrió lo mismo, la maldita monotonía, hacer la compra, ver la tele, el cine, cenar y los sábados sexo. Pero sexo por cumplir. Él siempre quería probar cosas nuevas, y yo, aunque no le he dicho nunca que no, he de reconocer que tampoco le he puesto mucho entusiasmo, ni he llevado jamás la iniciativa. No le veía el interés, ni tampoco le ponía mucha ilusión. El quería que nos disfrazásemos, que lo hiciésemos en sitios raros y aunque hemos hechos muchas cosas, acabó hartándose. Por eso ha buscado algo muy distinto, ha buscado alguien que llevase la iniciativa y yo no he encontrado armas con las que reaccionar-
    Si, la verdad es que algo me comentó. Que no eras muy “alegre”-
    Si, eso es, aunque no me esperaba esa palabra. Pero no te engañes, a mi me gusta el sexo, no soy anorgásmica, pero sí algo cuadriculada, me siento cómoda con la monotonía, no lo puedo remediar-
    ¿Tan mal estás en el curro?-
    Pues sí, pero ahí no puedes ayudarme, en el tema del sexo sí. –
    ¿Sin acostarnos?-
    Sin acostarnos-
    Pues nada, cuéntame-
    Eres el tipo con más imaginación que conozco y según tus amigos el que más cosas raras ha hecho. A ti te sobra lo que a mi me falta y quiero aprender-
    ¿Sin acostarnos?-
    Que sí, haz el favor. Sé que has escrito cosas, relatos, pues bien, quiero protagonizarlos-
    ¿Cómo dices?. ¿Pero tú sabes de qué va el tema?-
    Si lo sé, de hecho te he leído. No quiero hacer ninguna barbaridad, ojo. Quiero protagonizar algunas de tus ideas más morbosas, las que pienses que pueden ir contra mi naturaleza, las que pueden romper mis muchas barreras. No necesariamente las más brutas, las más crudas. Ojo, no me quiero convertir en una fulana, no va de eso, ¿me entiendes?-
    Ya te pillo ya. ¿Y no podré protagonizarlas yo también?-
    Vaya, parece que me tienes muchas ganas. No, solo quiero que me ayudes a hacerlas realidad. –
    Si te tengo ganas sí, no te hagas la tonta, sabes las ganas que te tenemos todos. ¿Y quienes las van a protagonizar si puede saberse?-
    Pues desconocidos, “partenaires” competentes, anónimos pero con garantías, y espero que yo también lo sea-
    ¿Y si no me acuesto contigo que saco yo en claro de todo esto?-
    Pues podrás escribir esta historia, publicarla y disfrutar viéndome protagonizar tus fantasías, ¿te parece poco?

CON LA COMIDA SÍ SE JUEGA.

Sandra me dio tres semanas para organizarlo todo, que eran las que quedaban para que estallase la navidad delante de nuestras narices. La primera de estas penitencias, así es como quiso ella llamarlas, era la más light. Yo quería saber si estaba conjurada, convencida y lo mejor era no asustarla al principio.

En Madrid hacía un frío de mil demonios; abrigos largos, guantes y pocas ganas de salir a torturarse el oído con los villancicos navideños. Esta primera penitencia iba a celebrarse en mi casa. A las 21:30 justas apareció Sandra en la puerta, puntual y algo nerviosa, bueno, muy nerviosa. La tranquilicé y pregunté si había seguido mis instrucciones. Debía estar perfectamente depilada, con el sexo muy recortado. Tras la ducha se tenía que untar con un aceite especial, “esencias mediterráneas” le llamaban en la tienda. Una fragancia francamente comestible, con lavandas, oréganos y demás perfumes que bien podrían sazonar una pizza. Apenas se había pintado, solo los labios, llevaba su precioso pelo negro recogido con una pinza y ni una sola joya, ni una mala pulsera, ni un pendiente, nada, la manicura recién estrenada y ninguna idea de lo que iba a sucederle.

Le dije que se tumbase desnuda en la mesa del comedor, un mueble tremendo, pesadísimo, que me había costado un Potosí y que venía de la India, de Rajastán. Ella, como era de esperar, me miró sorprendida.

-Tranquila, ya dejaste muy claro que no te ibas a acostar conmigo y estate tranquila, no lo voy a pedir. Es más, cuando acabemos con todo esto serás tu la que me lo pidas y hasta entonces te doy mi palabra que no voy a intentar nada.

-Estupendo aunque ya veremos, pues allá voy- Sandra se relajó un poco, solo un poco. Con cierta parsimonia se fue quitando la ropa; pantalón, jersey, camisa … el sujetador era precioso, tenía un gusto extraordinario y la lencería no iba a ser menos. Su piel era magnífica, perfectamente hidratada, con la tersura justa. Un auténtico deleite para el tacto.

Me dio la espalda y se quito el sujetador, enseñándome la más perfecta de las espaldas. Vive Dios que me hubiera lanzado sobre ella, pero bien sé que un buen amante es aquel que no se atropella. Con esto, como con todo, es precisa cierta maña, cierta paciencia. Sandra titubeó un poco, pero agarró las braguitas y se las bajó lentamente. Aquel culo era una auténtica obra de arte, una delicia de color, de formas y, según todo parecía indicar, también objeto de meticulosa palpación. Una joya perfectamente mordisqueable.

-Bueno Sandra, ahora necesito que te eches en la mesa, con las piernas cerradas, con los brazos pegados al cuerpo. Tápate si quieres, por el momento no necesito que estés desnuda- Puse varias luces indirectas para ir creando ambiente y me fui a la cocina mientras ella se tumbaba en la mesa. Cuando volví estaba perfecta, aunque tapándose los pechos y el sexo. Ya dije que no era una descarada.

-No te he dicho si querías tomarte algo-

-No gracias, me tienes un poco impaciente la verdad-

-No te preocupes. Traigo un par de bandejas de comida que vamos a colocar por tu cuerpo y te explico- Sandra se quedó en silencio, alucinada. Volví con las bandejas e intenté no mirarla, se las dejé a mano e incluso me di la vuelta.

-Bien, lo primero que vamos a colocar, bueno, vas a colocar, son los alimentos que van a cubrir pezones y sexo. Yo te los paso, miro para otro lado y tu los colocas, ¿de acuerdo?- Temí que todo le pareciese una chorrada, una payasada, que iba a coger sus ropas y se iba a ir, pero su determinación era fuerte, había una oportunidad.

-Coge un poco de hoja de roble y de canónigos y cúbrete ahí abajo con ellos- Dicho esto le acerqué la bandeja y me di la vuelta.

– No te preocupes, ahora lo adornaré todo. Coge estos círculos de huevo duro y tápate los pezones y el ombligo.– Ella hizo lo propio.

-¿Te parece que mire ya?, iremos más deprisa- Cuando me di la vuelta el espectáculo quitaba el hipo. Aquello superaba todo lo que había visto, incluso lo que había imaginado, ¡que narices! Hasta lo que había imaginado con ella. Estaba fantástica, temblaba de los nervios pero se lo había colocado todo perfectamente. Lo cierto es que resultaba muy, muy, muy excitante que todo se insinuase. Muy tentados, pero hora había que seguir “vistiéndola”.

-La madre que te parió, estás de miedo. Tu marido es un gilipollas, lo tengo que hinchar a collejas. No me podía imaginar que estabas tan buena, de verdad. Bueno, seguiré con el trabajo.- Se nos echaba el tiempo encima, a las 22:30 sonó el timbre, justo cuando ya había terminado.

-Bueno Sandra, solo una cosa. Eres el banquete principal que le he preparado a dos personas. Estate tranquila, no te van a poner la mano encima y son de toda confianza. Pondré esta cinta de seda tapándote los ojos, no podrás ver nada, solo sentir. Relájate y concéntrate.- Me fui para la puerta, allí esperaban Toni y Rubén, dos vecinos delgaduchos, morenos y con la cara sembrada de granos. Eran dos chavales de hoy en día, normalitos, los típicos fracasadillos, pringados que se pasan la vida enganchados a la play, al ordenador, que apenas salen y que toda relación sexual que conocen pasa por la diestra. Los cierto es que me había asegurado que fuesen de confianza, que no me iban a fallar, los había aleccionado e incluso asustado.

Ellos también iban algo nerviosos cuando entraron al salón. Naturalmente lo que vieron allí no ayudó a relajarles. No tendré palabras para describir sus rostros, entre incredulidad, lascivia … bien podría decirse que se relamían, se la comían con los ojos. Una mujer como las de las fotos que acostumbraban a “ojear”, allí mismo, en el mundo real. Callada, esperando temblorosa y cubierta de comida.

-Sentaos por favor, quiero saber vuestra opinión sobre los platos que he preparado- Sin dejar de mirarla se sentaron a ambos lados de la mesa, incluso Rubén se puso las servilleta. Era el más descarado de los dos, el que podía ponerme más problemas. El otro estaba colorado, avergonzado, aunque su pantalón, un chándal por cierto, parecía que iba a estallar. Les serví vino e hice la señal para que diera comienzo el banquete. Las reglas: ellos no podían hablar, ni tampoco tocar, solo utilizar sus bocas para alimentarse y naturalmente debían dejarse la hoja de roble y los huevos duros para el final. Así de facil.

Rubén empezó por las rodillas, su primer contacto con la piel de Sandra. Allí había colocado un par de triángulos de queso brie con medio tomate cherry. Sandra se estremeció al sentir unos labios que se abrían más de la cuenta para coger el alimento. Toni seguía paralizado, bebía algo de vino en una copa grande y dudaba por donde empezar. Rubén, tras el queso, pasó a devorar lentamente las puntas de espárrago verde a la plancha que subían por los muslos. Abría muchísimo la boca, abarcando la mayor cantidad de piel, masticaba con prisa, sin saborear, para pasar al siguiente. Todo con mucha maña, mordisqueba los muslos sin que el resto de espárragos se cayese. Sandra sentía primero el aliento cálido y después unos labios húmedos que se cerraban sobre su carne, degustándola pausadamente.

Toni empezó a espabilar. Se acercó atropelladamente a los hombros de Sandra y se comió de un bocado una rodaja de tomate con orégano y anchoa que descansaba entre el hombro y el comienzo del pecho. Sandra también abrió un poco la boca, suspirando discretamente. El tema le empezaba a gustar, ya no estaba tan rígida. Rubén, viendo el resultado, hizo lo propio con el hombro que le correspondía y volvió a arrancar otro gemido. Toni se puso pronto al día, bajando a rodillas y muslos. De hecho empezó a demostrar cierto descaro al lamer el muslo de abajo a arriba dejándolo limpio de sal y de la poca salsa que habían dejado los espárragos. Sandra se retorció de placer y ellos viéndola tan animada se vinieron arriba. Entonces me fijé que al tener las manos impedidas, ambos habían decidido guardarlas en la entrepierna y he de reconocer que a mi no me faltaron ganas de hacer lo propio.

Rubén atacó el cuello de Sandra, un champiñón a la plancha con una pizca de jamón. Sandra volvía a retorcerse y pudo sentir como una lengua extraña merodeaba, se aproximaba a su escote, sentía un aliento justo al lado del oído. Rubén había elegido cuello, así que Toni se dirigió al vientre de Sandra, al ombligo. Abrió muchísimo la boca y se introdujo el huevo duro con una gotita de salsa de soja que lo tapaba. Después volvió a bajar para lamer con deleite el líquido que aún quedaba en el precioso orificio. Entonces, justo cuando ya abrían la boca para dar el siguiente bocado a los pechos les hice la señal de parar. Me miraron con los ojos muy abiertos, ambos con la mano distraída entre su entrepierna y a punto de explotar. Quería ver a Sandra en el momento culminante y lo cierto es que la visión era fabulosa. Se retorcía de placer, se mordía el labio inferior, gemía impaciente sin tener ni la menor idea del aspecto de las dos personas que llevaban un rato devorándola.

Entonces hice la señal. Una vez más Rubén fue el primero, abrió la boca todo lo que pudo y se metió buena parte del pecho en la boca. Creí que se le desencajaban las mandíbulas, como a una serpiente, casi se ahoga. Toni observaba. Cuando la apartó no había ni rastro de la rodaja de huevo duro con su pizca de mostaza de Dijón. Había, eso sí, algo mucho más precioso. Un pezón húmedo, palpitante, inesperadamente pequeño y con una aureola muy a juego. El pecho se quedó enrojecido después tan feroz bocanada; a Rubén se le salían los ojos y como aún quedaban unas minúsculas partículas decidió bajar y terminar el trabajo, paseando toda la superficie de la lengua por tan sublime superficie. Rubén, el pobre y muy impaciente Rubén, se estremeció y encorvó gimiendo de placer. Para él la experiencia de esa noche, la más extraordinaria de su patética vida, había terminado. Tras el orgasmo se sentó exhausto en el escabel.

Toni había sido más aplicado. Observó a su compañero y con sádica lentitud se agachó sobre el otro pecho, abrió la boca, succionó el alimento y tras tragar relamió el soporte dejándolo limpio y brillante. Aquel pecho era para hacerle un monumento, ni en el mejor de mis sueños me lo había imaginado así. Ya solo quedaba la hoja de roble, con los canónigos y una pizca de mermelada de frambuesa que cubrían la última etapa.

Toni no tardó ni un segundo en acercar la cabeza, Sandra sintió el aliento del muchacho junto a sus ingles. Él empezó a comer las hojas sin parar de observar lo que se descubría bajo ellas. Un hermosísimo enredo negro que trepidaba sin cesar. Cuando ya tenía casi todo comido y observaba tan bella imagen le sobrevino un gran orgasmo y hundió su rostro entre las piernas de ella. La respuesta de Sandra había sido aún mejor de lo que esperado, ella sin necesidad de tocarse, también había tenido un colosal orgasmo, algo muy prometedor de cara al resto de penitencias que le esperaban.

-Por favor, déjame que me la folle, enróllate, ella lo está deseando y yo no me puedo ir así- Rubén hablaba con total sinceridad, como si aquella mujer fuese de mi propiedad.

-Otro día Rubén, por hoy creo que no ha estado mal ¿verdad?.-

-No, no, ha sido increíble. ¡Que tía!, ¿cuándo podremos?-

-No sé, os llamaré, tengo que hablarlo con ella-nunca debí decir esto, ya ha pasado tiempo de aquello y no hay semana que no me pregunten por ella.

-¿Y tú que Toni?-

-Pues creo que me voy a matar a pajas durante varios años acordándome de todo esto, gracias, de verdad- Dicho esto les despedí. Yo también estaba algo tocado. Cuando volví al salón Sandra ya estaba en el baño.

UNA LECCIÓN MAGISTRAL.

Pasaron unos días en los que Sandra me repitió más de mil veces lo que había disfrutado con la experiencia, las sensaciones tan increíbles que había sentido. Ahora bien, ni una mínima curiosidad por quienes habían estado jugando con su cuerpo…mejor.

La próxima penitencia subía y mucho la temperatura. La embajada Británica en Madrid, calle Fernando el Santo, junto a la Plaza de Alonso Martínez, daba una gran fiesta navideña a una semana de nochebuena.

Sandra entró en el salón de convenciones a la hora en punto. Llegaba tan nerviosa como la vez anterior y teniendo la misma información, es decir, nada. Yo había elegido su atuendo y, mal me está decirlo, pero había acertado plenamente. Le compré un elegantísimo vestido de noche de Giancarlo Ferré, de la temporada 2007, color violeta muy oscuro, dos piezas, la de arriba una especie de chaquetilla que se cogía por detrás del cuello y descubría toda la espalda, con un escote vertiginoso y muy descubierto por lo laterales, dejando ver comienzo y final del pecho. En la cintura ceñía un pequeño cinturón entallado del mismo color. La falda tenía una abertura que comenzaba en la pierna derecha y cruzaba casi hasta la cadera izquierda. Con este modelo, que por cierto no resultó precisamente barato, quería que luciese, con cierta discreción, sus curvas, unos pechos magníficos y piernas enloquecedoras.

A ella el traje le entusiasmó y más al ponérselo y comprobar que el “amigo morboso” tenía buen ojo para las tallas. Me hubiera gustado muchísimo acompañarla y bailar toda la noche, hubiera sido mágico no me cabe duda, pero había que mirar a largo plazo. Una vez en el salón le tocó sortear a casi 500 personas, mayormente ingleses de cierta edad que no le quitaban el ojo, ni ellos ni ellas. Su “misión” era buscar a Eduardo Bryce (nombre ficticio), un ex profesor mío en la carrera, catedrático y consejero delegado de una conocidísima entidad bancaria. Un tipo con clase a raudales, un auténtico sabio que no tardaría en llamarme al día siguiente para contar con todo lujo de detalles lo que ocurrió esa noche prenavideña.

Sandra dio un paseo por la sala, con una copa en la mano y tratando de ponerle cara a ese tal Bryce. Por fin se atrevió a preguntar a dos señoronas y le señalaron el cartel de la puerta, justo debajo del ponente (en inglés), venía el nombre de Eduardo Bryce, Consejero Delegado de tal y cual. Se quedó de piedra, la charla comenzó, versaba sobre las futuras inversiones británicas y ella se la tragó enterita. Tras los aplausos, cuando el docto departía con un amigo, se acercó a él. No tenía que ligárselo para acostarse con él, no que va. Tenía que conseguir hacerle una felación, nada más y nada menos. Esta era una disciplina, por llamarla de alguna manera, que ella no había frecuentado en demasía. A su marido le entusiasmaba, como a todos, pero visto el escaso frenesí que ella le ponía al asunto decidieron pasar directamente al misionero sin más florituras que las imprescindibles.

-Hola buenas noches señor Bryce, soy una gran admiradora suya, desde la facultad y he de decirle que me ha gustado mucho su conferencia- Sandra resultaba muy convincente. Él sonrió, procurando no mirarla de arriba a bajo que hubiera sido lo propio, un gesto que a ella le habría tranquilizado. Pero no, no mostró ningún interés, ninguno.

-Muchas gracias. No recuerdo su cara en la facultad y soy muy bueno con las caras-

-Era de las alumnas discretas-

-Eso será. Perdóneme un momento señorita, me reclaman- Sandra se quedó de piedra, esperaba los típicos halagos, un ligero filtreo, pero nada de nada. El tipo le había resultado interesante; cincuenta y tantos, sienes plateadas, alto, delgado, frente despejada, manos huesudas, elegante, con un cuidado y canoso bigote, ojos azules muy claros, un auténtico intelectual encerrado en el cuerpo de un snob.

Tras terminarse la copa enfiló hacia la puerta, dando la noche por concluida y fracasada.

-Un momento señorita. Me espera un coche en la puerta, yo ya he terminado aquí, no me quedo a cenar, ¿desea acompañarme?- Sandra se quedó de piedra y naturalmente asintió. El coche era una limusina tremenda, alquilada para la ocasión. Un coche que, por cierto, considero hortera por los cuatro costados, pero que ofrece ciertas comodidades.

Una vez dentro le faltaban ojos para ver todos los detalles. Él le ofreció un champagne con una fresa en el fondo y ella se lo tomó de dos sorbos y un bocado.

-Bueno, nuestro común amigo me ha contado los detalles de su situación. Me ha dicho que no pretenda más de usted que lo ya estipulado y así será. Está usted ruborizada, hágame el favor-

-Si perdone, ¿Dónde vamos?, ¿dónde nos lleva el coche?-

-Pues verá, si algo me gusta de este coche es el espacio del que gozamos y los cristales tintados. Mejor que una habitación en un hotel- No mentía, los asientos de la parte posterior del vehículo estaban enfrentados, eran comodísimos y dejaban un espacio insólito para las piernas. Allí dentro había algunas pequeñas luces, pero mayormente iluminaba la estancia lo que entraba de la calle, que en un Madrid navideño es mucho, muchísimo. Desde fuera no se podía ver nada.

-Hay algo que no me gusta tanto de estos coches y es lo mucho que llaman la atención, pero eso hoy puede resultarnos interesante. Vamos a ir a una discoteca de las afueras, en la carretera de la Coruña.-

Así fue, en escasos 30 minutos salieron del bullicio para aparcar el cochazo junto a la puerta de la discoteca. Naturalmente la presencia de ese vehículo hizo que todas las miradas se dirigiesen a él. Sandra empezó a incomodarse, aunque él le aseguraba que no había nada que temer.

-He de decirle que es usted preciosa, mucho más de lo que me habían dicho. Una maravilla de mujer y una lástima que no nos permitan pasar más tiempo. Le ofrezco un fin de semana en mi casa de Dundee, todo corre de mi parte. Piénselo- Sandra sonrió alagada.

-Bueno, comencemos. – Sandra se puso de rodillas frente a él, recogiendo el vestido para no arrugarlo, quería acabar cuanto antes, como había hecho siempre. El se recostó un poco. Las delicadas manos de Sandra se posaron en ambas rodillas, tratando de ganar unos segundos y mentalizándose de lo que iba a hacer. No dejaba de pensar en las personas que pasaban alrededor sin dejar de mirar, a él parecía excitarle la situación, de ello daba fe el bulto que empezaba a surgir en su entrepierna.

Ella se armó de valor y echó mano a la bragueta con cierta premura.

-Alto señorita, esto no es como abrir un yogurt y tomárselo para cenar. Ya me habían advertido. Vamos a ver, ante todo suavidad. Si está usted esta noche conmigo es para recibir una serie de instrucciones, un “savoir faire”. Créame, soy un erudito en estos usos. Vamos a ver, abra lentamente los botones.- Sandra, muy obediente, deslizó sus dedos por la tela y fue abriendo uno por uno los botones.

-Ahora introduzca la mano derecha, rebusque por la apertura del slip y sáquelo- Sandra respiró hondo y volvió a obedecer. No tardó en tocar la piel de aquel desconocido, su carne estaba muy dura, a punto de reventar. De pronto lo sacó, él resopló con alivio al tenerlo en libertad. Era un miembro bastante largo y con un grosor normal, muy a tono con el resto del personaje. De un color bastante blanco, con grandes venas recorriéndolo y abundante pelo en el nacimiento. Para Sandra era el segundo que veía en su vida. De ahí su gran nerviosismo.

-Bien, ahora debe tratarlo con mucho mimo. Hágase un recogido con el pelo, mejor que no nos moleste. Comience dándole un beso en la punta, con los labios muy abiertos y que suene, un beso largo.-Sandra lo hizo a la perfección, dejó de pensar en que la gente de fuera la podía ver y sintió aquel bocado de carne extraña en sus labios. El beso sonó con fuerza, pero no fue lo suficientemente largo, así que hubo que repetirlo.

– Cójame los testículos, sopéselos, acarícielos, presiónelos levemente. Ahora de otros besos iguales de abajo a arriba.- Los besos sonaron en el interior del coche, ella empezaba a sentirse más cómoda tras el titubeo, la vergüenza y las dudas iniciales.

-Pasee la punta de la lengua de abajo a arriba, lentamente. Muy bien, ahora pase toda la superficie de la lengua por él. Así, estupendo.- El “agasajado” echó la cabeza para atrás, disfrutando de aquel momento.

-Ooooh, fantástico. Lo hace estupendamente, repítalo más veces. Extraordinario. Me gustaría pedirle una cosa, siga, siga lamiendo. Verá, no sé si está dentro de sus instrucciones, pero me gustaría muchísimo verla desnuda, verla los pechos, los hombros, el trasero, verla enteramente desnuda entre mis piernas, ¿le importa?, me ayudaría mucho- Sandra volvió a sorprender, él esperó el mejor momento, ella empezaba a excitarse, se sentía a gusto.

-Esto no es lo convenido y no me explico por qué necesita ayuda. Una mujer 20 años más joven se la está mamando a su gusto-

-Si eso es cierto, le pagaré si hace falta, lo que usted me pida-

-Si ha dicho eso para convencerme no sabe lo lejos que ha estado de conseguirlo, creo que me voy a marchar y a dejarle que acabe usted mismo-

-No por favor, perdóneme, me he dejado llevar por la excitación, por favor, continúe, por favor- Sandra ya estaba en el otro asiento. Pero reflexionó, titubeó un momento, pero se echó mano atrás y soltó el botón de la chaquetilla, quitándosela y dejando al aire esos magníficos pechos y unos hombros de fábula.

-No voy a quitarme más ropa-

-De acuerdo, ¿seguimos?- Sandra se volvió a poner de rodillas, sus pechos apuntaban aquel miembro palpitante.

-¿No me va a dar más instrucciones?-

-Si claro. Pasa la lengua por los laterales, desde la base hasta el comienzo del glande. Así, fantástico. Bésalo también- Sandra no tardó en aprovechar su libertad de movimientos para llevarse la mano izquierda a la entrepierna y darse placer. Incluso que él empezase a tutearla le enardeció.

-Ooooh, eso que ves en la punta es el líquido seminal- Sandra se retiró un poco, ciertamente aquello estaba a punto de reventar y la punta brillaba húmeda-

-Dale otro beso en la alto del glande, ya sabes, largo y con los labios abiertos- Si un mes atrás Sandra llega a verse en esta situación seguro hubiera pensado que estaba drogada. Aquella mujer hubiera sido incapaz, pero ahora era otra muy distinta, así que besó humedeciéndose los labios con el fluido de aquel extraño.

-Fantástico, ahora abre bien la boca y métete el glande, todo el glande. Mantenlo un rato dentro de la boca, paseándole la lengua, oprimiéndolo con cierta presión.- El hombre empezaba a marearse, aquella muchacha seguía perfectamente sus indicaciones y le estaba llevando al delirio.

-Ahora comienza el sube y baja. Te ayudaré- Las manos de él la cogieron por la nuca acompañando la lenta cadencia de su cabeza. Sandra nunca pudo imaginarse que algo así llegara a gustarle. Siempre pensó que esto solo era para hombres y ninguna mujer podría sacar disfrute de tal práctica, pero al parecer, como con todo, el mayor órgano sexual es el cerebro y el suyo solo necesitaba la correcta estimulación, dar en la tecla adecuada para ponerlo en marcha. Incomprensiblemente estaba muy húmeda e incluso había comenzado a tener grandes orgasmos que la hacían temblar de placer.

A los pocos segundos el miembro se tensó aún más, llegaba el momento. Don Eduardo Bryce apartó cuidadosamente la cabeza de Sandra sacando su pene reluciente de la boca y se lo tapó con un pañuelo para estremecerse profiriendo un enorme gemido. Ella hizo lo propio recostándose sobre el asiento de en frente.

LA OFRENDA.

He de reconocer que soy un tipo muy, muy meticuloso y también un poco obsesivo, me gusta ser el mejor en todo lo que hago. Esta tercera penitencia fue fácil de organizar. Pero la cuarta, ay la cuarta, la que iba a ser la traca final me estaba dando algunos problemas logísticos. Eso sí, si salía todo bien iba a ser inolvidable. También he de admitir que la 4ª perversidad a la que se iba a someter a Sandra me gustaba más a mí que a ella, era una de mis parafilias. Pero vayamos a la tercera que fue bastante violenta por cierto.

Quedaban tres días para navidad. Aunque era martes noche resultó muy complicado alquilar una habitación lujosa en el Madrid de los Borbones y eso que había empezado a llamar tres semanas antes. Al final tuve que mover unos hilos, pedir un gran favor a un amigo de la familia. Por fin conseguí la reserva para la habitación 433 del hotel Palace. El tema, una vez más, no resultó barato, pero creo que el dinero está para gastarlo en buenos recuerdos. Además esta vez yo iba a ser testigo.

Como era de esperar la habitación era magnífica. Daba a la plaza de Neptuno, se podían ver todas las lucecitas multicolores de la ciudad, la gente nerviosa y abrigada e incluso llegaba algo de la algarada navideña de la calle. La cama era tremenda, había una cesta con frutas, varios sillones, alfombras estupendas … en fin, muy burgués y muy elegante todo, vamos que uno podía pasarse una tarde entera descubriendo los pequeños tesoros de aquel cuarto.

Sandra volvió a llegar puntual, esta vez ya venía más nerviosa. Después de las penitencias anteriores sabía que iba a pasarlo bien y que sería una experiencia inolvidable. Lo cierto es que esta vez no las tenía todas conmigo, era una jugada MUY arriesgada.

Sandra venía con un abrigo largo, bufanda, sus guantes de cuero, unos vaqueros un buen jersey. Esta vez lo importante era la lencería.

-Bien Sandra, tienes que quitarte la ropa, quedarte únicamente con el tanga. – Ella ya estaba más confiada, se desvistió en uno de los sillones mirando distraída la plaza de Neptuno por un gran ventanal. Se quitó el sujetador, dándome la espalda, y se tapó los pechos al darse la vuelta. Esa timidez la hacía aún más deseable, pese a las dos experiencias vividas Sandra seguía siendo una dama de los pies la cabeza.

-Échate boca abajo en la cama, con los brazos en cruz, las piernas cerradas y los pies colgando. – Casi me da un arrebato cuando la ví en esa posición. Siempre he tenido mucho autocontrol, pero aquel día estuve muy cerca de perderlo.

-Alguien tendría que componer canciones y sonetos dedicados a estas nalgas y al par de piernas que las sostienen. De verdad no sé como puedes estar tan buena, cada ves que te veo estoy más convencido de que tu marido es anormal-. Ella me reía la ocurrencia ignorando hasta que punto no lo decía en broma.

-He de atarte las manos a las dos patas metálicas de la cabecera.- Cogí un par de maromas bastante gruesas y de tacto áspero, para mi sorpresa ella ni rechistó. La até con fuerza y me quedé un rato admirando las deliciosas curvaturas que se presentaban ante mis ojos. El tanga, como todo, era exquisito. De color blanco con mínimos adornos rosas, sin ser demasiado mini, con la tela justa y a la altura justa de las caderas. He de reconocer que verla con uno de esos típicos de hilo dental me hubiera decepcionado, llámenme idiota.

-¿Y tendremos que esperar mucho?-

-No tranquila, le quedan 5 minutos para aparecer. ¿No tienes curiosidad por saber quien viene?, lo has dicho muy fría.-

-Si, claro que tengo curiosidad. Alguien se va a poner las botas conmigo y no le pongo cara-

-Poner las botas, ¡vaya expresión!-

-¿Te parece que exagero?, llevo toda la vida cuidando este cuerpo, como bien sabes no le he sacado demasiado partido, pero soy consciente de que es lo que a los hombres os vuelve locos-

-Pues sí, la verdad es que eres una diosa. Y yo siempre he sabido que te iba la marcha, ojo no el sexo porque sí, a tontas y a locas.-

-Ya y es tan fácil caer en la monotonía, dejarse llevar….-

-Por cierto, ¿Qué opinión te merece la sodomía?-

-Ah vaya, ¿de eso va hoy mi penitencia?. Pues mira. Con Marcos solo lo hice un par de veces y ya sabes como era él, un patoso. No me quedaron muchas ganas de repetir y a él tampoco.-

-Pues espero que te guste tanto como con el profesor Bryce-

-Aquello fue fantástico, nunca imaginé que me podría llegar a gustar tanto. Pero también te digo que en la vida he estado tan excitada como el día de la comida. Con la sodomía va a ser más complicado, me da un poco de miedo el tema- En ese momento sonaron tres golpes en la puerta. Puse una mordaza a Sandra en la boca y fui a abrir. Ella no podía ver nada, sus pies apuntaban a la puerta y tampoco podía oír porque no dijimos ni una palabra. Sonaron las pisadas del extraño en la tarima y ella pudo ver como yo me sentaba en uno de los sofás al lado de la cama.

Esa seguridad suya se había esfumado, se retorcía nerviosa en la cama sin tener ni idea de quien la estaba observando, quien se relamía con la estampa. De pronto sintió una mano que le acariciaba los pies, que fue subiendo lentamente por el gemelo hasta el muslo y de ahí furtivamente al culo donde estuvo un buen rato rumiando. Ella se quedó quieta, podía oír su respiración y hasta los latidos del corazón.

El tipo estuvo sopesando aquella virguería de trasero. Tenía unas manos grandes, algo toscas, ásperas, descuidadas y con uñas un poco sucias; pero eso sí, las movía con cierta gracia, tocándole el trasero a placer para pasar a acariciar la espalda. Para él las normas estaban claras, los límites y el objetivo al que debía dedicarse, pero decidió ir un poco más allá y tocarle uno de sus pechos aplastados contra la cama, estrujándolo con la mano derecha. Yo decidí no reprenderle, aunque mi excepcional presencia ese día era precisamente cuidar que no sobrepasase los límites, y es que el tipo tenía sus bambalinas. Él ni siquiera me miró, continuando con el masaje. Ella gemía muy reservadamente envalentonando al intruso.

De pronto bajó la cabeza y la besó en el trasero, un beso tierno, largo, al que siguieron otros tantos, del trasero a los muslos y vuelta al trasero para acabar con un mordisco que la arrancó un ¡ay! bastante elocuente. Entonces bajó súbitamente la braguita blanca y se la quitó del todo quedándose un rato observando la belleza clásica de aquellas nalgas. Hizo ademán de bajar la cabeza sacando la lengua, con una mano en cada cachete; su propósito estaba claro.

-Te recuerdo que no es ese el objetivo de tu visita, haz el favor.- El tipo sonrió, Sacó de su bolsillo un preservativo y lo dejó encima de la cama. Después se bajó los pantalones, los calzoncillos y me enseñó un miembro bastante considerable, tampoco para volverse loco, pero sus 18-20 centímetros sí tendría. Y para enmarcarlo había un tremendo bosque de pelos que cubría pubis, piernas y subía por la pancilla hasta aparecer en el cuello.

Al tipo se le veía bastante suelto. Se puso el preservativo y lubricó un poco su ariete con una de esas cremas especiales antes de enfilar entre aquellas dos maravillosas curvas. Abrió para localizar el objetivo. Le hubiera sido más sencillo de haber levantado el trasero, pero se apañó teniéndola solo tumbada y con un pequeño empujón se abrió paso mínimamente. Sandra gimió de dolor, sin duda era un lugar angosto. El tipo no era un principiante así que con mucha delicadeza y sabiendo que se movía por territorio cuasi vírgen, fue dando pequeños empujones hasta llegar al tope de su masculinidad. Las cejas de Sandra eran de cierto dolor, también sus gemidos, pero cuando todo estaba dentro se quedó tranquila, aliviada y dispuesta al disfrute. Pero sorprendentemente él sátiro no comenzaba el mete saca acostumbrado, se quedó quieto disfrutando del momento y siguiendo mis instrucciones.

-Bueno Sandra, te preguntarás por la identidad de tu pareja. Verás, tenía que buscar a alguien especial, que supiera de esto y que además tuviese gran interés por ti, hablando en plata, interés en darte por culo- Sandra removió sus posaderas tratando de escudriñar información en el miembro que la tenía engarzada.

– Pensé un montón, no me valía cualquiera y me acordé de una historia que me contó tu marido. Un tipo que se dedicaba a ver fotos X por Internet y en el trabajo, un fulano al que le abrieron un expediente y trasladaron nada menos que a La Laguna, en Tenerife. Tú iniciaste ese expediente, te chivaste y por ese motivo te odiará de por vida. Creo que el tipo se llamaba Oscar. Pues bien, la persona que te está penetrando ahora mismo es él. Le vas a resarcir por el chivateo.-

-Hola Sandrita, cuando hablé con este tío y me propuso este tema casi se me corta la digestión. La de pajas que me habré hecho pensando en ti, grandísima puta. Incluso he pedido dinero para pagarme el billete y el hotel. Siempre pensé que eras una estrecha, que sorpresón. – Sandra se quedó de piedra. Si lo hubiera visto entrar, si se lo hubiera esperado, pero ahora mismo ya estaba dentro de ella, estaba excitada, muy excitada. Puesto que no podía hacer nada levantó el trasero y abrió las piernas invitándole para que continuase el baile, se quería hacer perdonar. Y yo quería reventar en mi sofá.

-Oh sí, siempre pensé que bajo esa imagen de calientapollas había una auténtica guarra- Parecía que los insultos aún la excitaban más. El blanco culo de Oscar empezó el bamboleo y el lubricante parecía ejercer su trabajo a la perfección, a ratos el sátiro se sujetaba con una mano y daba fuertes azotes en el cachete con la otra sin para de entrar y salir, poniéndolo de lo más enrojecido. Después se recostaba sobre ella, le lamía el cuello, los hombros e incluso llegó a meter su lengua en el oído. Ella se retorcía de gusto, sintiendo la penetración e incluso el bello pubico del otro desgraciado acariciándole las nalgas. Y disfrutaba, tanto que llegó a pedirme que le quitase la mordaza, cosa que hice, pudiéndola oír gemir como una salvaje ante cada acometida.

He de reconocer que el tipo era un artista, daba la cadencia justa y un movimiento muy largo, en el que casi sacaba el miembro para, a continuación, llegar hasta el fondo. Ella ya había abierto bastante las piernas y levantaba mucho el culo para que la penetración fuese aún más profunda. Lo cierto es que tuvo varios orgasmos en forma de estremecimientos y discretos gemidos antes de que Oscar se contrajese brutalmente con el suyo. Al hacerlo la agarró con gran saña uno de los cachetes. Los dedos de los pies de ella se estiraron al máximo y volvió a gemir de gusto sintiendo los estertores en sus profundidades. Tras el ejercicio Oscar se quedó un rato tumbado encima de ella, con el miembro replegándose de su posición.

    Tengo 300€, te los doy junto con lo convenido si me dejas con ella toda la noche aquí.-
    No gracias, ya solo la habitación cuesta más-
    Por favor te lo pido, quiero follármela bien follada toda la noche, ¿tú has visto como está de buena?, llevo años deseándola. Y ella encima disfruta, si es una cerda, venga no se hable más, esos 300 € y otros 300 € que te mando cuando vuelva a Tenerife. NO espera, 600, te doy 600 €-
    No insistas, límpiate con la toalla que hay encima de la mesita y vete-
    Mira tío no me voy a marchar, y además creo que ella quiere que me quede-
    Sandra, ¿tú que opinas?-
    Que se vaya, no quiero verlo más- Sandrá debió pensar aquello de que “Bien está lo que bien acaba”.
    Pero tía ¿qué dices?. Te has corrido un montón de veces, me has empapado y seguro que también todo el colchón. Venga, aún tengo marcha para toda la noche-
    La señorita ya ha hablado. Ya has acabado, date por satisfecho, ni en el mejor de tus sueños podías pensar que esto iba a ocurrir. Una de tus masturbaciones se ha hecho realidad, ahora vete-
    No me pienso ir, quiero que me la chupe, quiero follarla a pelo y no me lo vais a impedir-
    Creo que te equivocas chaval. Tienes 3 minutos para coger la puerta, si son 4 vas a pasar la noche en el hospital, y eso sin cabrearme. De verdad, no quieras verme cabreado- Algo de cierto debió ver en mis ojos que tras unos segundos de duda cogió en silencio su ropa, se la puso y echó 300 € sobre el trasero, aún enrojecido, de Sandra. Cogió, eso sí, el tanga y se lo guardó en el bolsillo. Después se marchó dando un portazo.
    Ha sido increíble. Eres un cabronazo, he pasado del asco más absoluto al miedo. Este tío era un tarado, pensé que me dejarías en sus manos. – Mientras ella hablaba la desaté, masajeando las marcas en las muñecas, después le alcancé la ropa y un vaso de agua, lógicamente tenía la boca muy seca.
    No mujer, me he imaginado que no verías las cosas igual una vez terminado el asunto. Estar excitado nos nubla un poco el juicio.-
    La verdad es que me ha puesto mucho el asunto, no estoy por repetirlo, pero te reconozco que me ha excitado una barbaridad. Me estoy llevando un montón de sorpresas, y entre ellas el que tú estés aguantando tan bien-
    No seas tan engreída-
    Aunque no te gustase, que además te gusto, ver este tipo de cosas acabaría con los nervios de cualquier heterosexual.-
    Sí, pero la verdad es que me he aliviado. Bueno, la noche está pagada, quédate en la habitación a disfrutarla.-
    Estupendo, no me apetece nada moverme. ¿Y si te quedas conmigo?, solo a dormir ojo, solo a dormir-
    ¿Como iba a negarme?, dormimos toda la noche juntos, ella en ropa interior, abrazada y poniendo a prueba mi autocontrol. A las 22:00 se despertó con hambre, yo no había dormido ni tres cuartos de hora.

EL TERROR.

Pensé que todo esto me iba a resultar más sencillo, pero no. Por un lado Sandra me estaba excitando cada vez más y además, aún siendo un tipo que alardea de no tener mucho corazón, me estaba enamorando de ella. Por otro lado los preparativos de la cuarta penitencia se habían complicado mucho, e incluso el protagonista principal de la misma titubeaba, sin él no había nada que hacer. Había también problemas legales que nos podrían llevar a la cárcel. Y no habiendo protagonista tampoco había escenario. Varias veces pensé planes alternativos, intentando no decepcionar a Sandra, e incluso pensé en otra fecha posterior. Pero al final se abrió el cielo y todo estuvo organizado para el mismo día de nochebuena, a las 12 en punto, una hora mágica. Todo ocurriría después de cenar con la familia, habiendo brindando y tomado los alcaselser de rigor.

Por algún motivo que no alcanzo a entender, mi parafilia consiste en mezclar el sexo y el terror, sé que no soy el único. Escalofríos, monstruos depravados, terribles espantos, atmósferas góticas, damas fantasmales … en fin, hay gente que le da por cosas mucho peores.

Esta vez Sandra estaba en antecedentes, sabía lo que iba a ocurrir. A las 12 en punto se presentó en uno de los centros comerciales de los alrededores de Madrid. Naturalmente no había nadie, pero tal y como estaba planeado encontró una puerta de servicio abierta y entró. Era la puerta de cocina de un restaurante muy especial que esa noche estaba cerrado, como no podía ser de otra forma dada su temática. En la cocina se cambió de ropa, había un silencio total, ni un petardo navideño, ni un murmullo, nada de nada. Ella sabía el riesgo que corríamos y yo la podía ver por el circuito cerrado de TV, lo único que estaba encendido junto con algunas velas estratégicamente colocadas.

El restaurante era de los que llaman temáticos, un lugar donde se come francamente mal y donde han echado el resto en la decoración. Naturalmente el elegido era de terror y además contaba con un pequeño circuito, un pasaje para pasar miedo, con decorados estupendos e increíbles reproducciones a tamaño real de los monstruos de toda la vida. Actores/camareros se disfrazaban y daban sustos los comensales que se atrevían a penetrar en el pasaje.

La idea, ya lo habrán imaginado, era que Sandra realizase todo el circuito y uno de esos monstruos, de carne y hueso, la poseyese salvajemente. Pensé que ese miedo, esa incertidumbre, y el sexo posterior, le iban a abrir un nuevo mundo de sensaciones, aunque suene a anuncio de refrescos. El peligro era que se sugestionase y pasase un mal rato… aunque todo estaba preparado para que se metiese en la historia.

Sandra se vistió con las ropas que le compré. Esta vez no era de marca, ni siquiera de su talla, era una especie de catsuit, aunque más amplio, como con telas blancas vaporosas, algo transparentes que caían por su cuerpo dejando algunas eróticas aperturas. Una vez la vi vestida por los monitores sentí cierta lástima ya que hacía algo de frío, pero ya dije que era una mujer valiente. Ella ya no dejaría de temblar, de miedo y de frío. Sus pezones no tardaron en acusar este ambiente “enfermizo”.

Por los monitores pude ver como antes de comenzar el circuito Sandra dudaba. No estaba muy convencida y aunque en el resto de experiencias había disfrutado en esta tenía mil y un escrúpulos. Lo cierto es que me sorprendí a mi mismo, es más, deseaba sinceramente que no lo hiciese, que no se atreviese a entrar, de verdad lo digo. Empecé a mirarla con otros ojos y aquello no tenía tan claro que le fuese a gustar.

Pero Sandra dio ese primer paso, titubeó, miró a todos lados, pero lo dio. Debía ver muy poco, avanzó por un largo pasillo oscuro, viendo al final el reflejo de la vela y rozando con sus manos la pared. Al final había una habitación espectacular, un cementerio, con sus cruces, lápidas, sus enrejados, un árbol seco, un cielo lleno de nubes tenebrosísimas y tres pavorosos zombies. Dos tipos con los ojos fuera, bien sucios, putrefactos, desdentados y terroríficos, con una señorita en parecido estado. Sandra se les quedó mirando fijamente, con gran recelo, esperando que cualquiera de ellos saltase, le arrancase la ropa y la poseyese entre las lápidas. Pero no, aquellos terrores no eran más que maniquíes. Procurando no darles la espalda cruzó el pequeño cementerio sorteando las tumbas y entró en el siguiente pasillo. Temblaba una barbaridad y desee bajar a taparla, a reconfortarla.

La siguiente estancia era una cripta de piedra. Había ataúdes por todos lados con las tapas medio abiertas. En el centro había otro del que salían unos dedos cadavéricos, los de Drácula lo más seguro. En otra esquina esperaba encadenado Frankenstein, con una cara terrorífica; venas, gruesos zurcidos y unas enormes manos. Sandra solo podía intuir los detalles puesto que las velas no permitían mucho más. Por el monitor ví como evitó el ataúd central y se quedó mirando al terrible monstruo, intentando captar cualquier movimiento para echar a correr. Me imagino que en ese momento estaba pensando en todo menos en sexo. Cuando ya iba a dejar la sala una columna de niebla salió de un rincón, de entre unos ataúdes. Ella se quedó pegada a la pared. De la bruma surgió el terrible rostro de un fantasma, con las cuencas de los ojos vacías, dientes afiladísimo, un orificio en donde debiera haber una nariz y brazos que amenazan con estrangularla. Sandra se quedó de piedra, a punto de desmayarse, ni siquiera tenía fuerzas para echar a correr. Empezaba a estar muy sugestionada y yo a preocuparme. Afortunadamente el fantasma era una proyección y terminado el movimiento se quedó con la terrible mueca fija, la bruma poco a poco desapareció. Sandra rezó para estar en cualquier otro lugar, disfrutando de la nochebuena fuera de aquellos muros. Pero continuó andando, le quedaban dos salas más.

Mientras andaba por el pasillo apareció el rostro del hombre lobo, con su cara de perro rabioso, colmillos sanguinolientos, garras temibles, ojos inyectados en sangre. Sandra pensó por unos instantes que viviría una escena zoofílica y no acabó de gustarle. Pero era otro maniquí, de latex, con pelo natural, ojos de cristal muy maléficos, pero maniquí al fin y al cabo.

La tercera sala, penúltima del recorrido, era otra cripta. Había un par de arcos de medio punto, columnas, vigas de madera y en las paredes grilletes. En uno de ellos había prisionera una muchacha desnuda, que sangraba por todos sitios, le faltaba piel, un ojo y por toda la superficie de su piel tenía marcas de mordiscos, latigazos y demás laceraciones, muy crudo todo. En una columna había esposada otra y debajo de sus dos pechos, magníficamente reales, se abrían las costillas dejando al aire los intestinos. Había otra en un potro de tortura igualmente desnuda y una última completamente destrozada, metida dentro de una dama de hierro. Era previsible que saltase mostrando sus llagas. En el rincón contrario había una cama muy sucia, con telas moradas y un ajado dosel en lo alto, en mitad descansaban los restos de otra doncella, pero estos simulaban llevar mucha más tiempo. Los detalles del maniquí eran escalofriantes, color verde, muy huesudo, con un cráneo espeluznante en el que destacaban los pómulos, ojos hundidos y multitud de cortes. En fin, la cama tenía aspecto de todo menos de confortable.

Esta era la habitación de Elisabeth Bathory, célebre personaje real, famosa por torturar y desangrar doncellas para mantenerse joven. La Condesa estaba ahí mismo, en mitad de la sala y observando a los que entraban. Era terroríficamente bella y chorreaba sangre por barbilla, cuello y escote. Sandra se temió lo peor, escena lésbica, torturando su bellísimo cuerpo, prisionera en cualquiera de esos grilletes a merced de unos sádicos. Y ojo, no hubiera sido mala idea, pero no, la condesa permanecía quieta con una mano levantada ordenando a sus dos mayordomos, que esperaban detrás.

Sandra se pegó a la pared y buscó la salida de aquella sala. Pero justo cuando dio la espalda a todo aquello una mano le agarró el pelo. Ella se quedó paralizada de espanto, aquella mano le dio la vuelta bruscamente y aterrada observó como uno de aquellos lacayos de la condesa la observaba desde las alturas, y es que el pollo era bastante alto, cerca de 1,90 cm. Su rostro era terrible, la careta más espeluznante que pueda imaginarse, un amasijo de carne completamente deformada, pelos largos y encrespados, nariz porretuda, dientes horrísonos, multitud de heridas, pústulas y un repugnante babeo que no venía con la careta, una audaz incorporación del actor. El tipo se había metido bastante en el papel y al parecer Sandra también porque al verlo intentó echar a correr espantada aún a riesgo de dejarle con un montón de cabello entre los dedos.

-No, no, no, por favor, no me toques, no me hagas nada- Sus palabras retumbaron en la cripta, el otro se quedó quieto observando su presa, ensimismado, y ella aprovechó para dar un estirón y salir corriendo. Con los nervios no se le ocurrió buscar el pasillo de salida, sino un rincón donde descansaban varios cacharros de tortura, tiró varios de ellos y siguió por la pared con el otro tarado detrás. En su huída también tiro por el suelo a la muchacha torturada, con la que se tropezó cayendo de bruces, boca abajo, sobre el adoquinado. El otro ya lo tuvo más fácil, se le echó encima, sus manos recorrieron con avidez el cuerpo de su presa, la cogió con fuerza y la lanzó sobre la cama, justo al lado de aquel pavoroso cadáver. Después cogió sus manos a placer, las recogió con una de las suyas sobre la cabeza de ella y le dio la vuelta. Ahora estaban cara a cara. Era un tipo realmente fuerte. La otra mano no tuvo ningún problema al rasgar aquellas telas violentamente, echando todo el trapo al otro lado de la habitación y dejando al aire aquel magnífico cuerpo. El tipejo aprovechó para, con careta y todo, introducírselos en el orificio de la boca para saborearlos, mientras con la mano libre no paraba de estrujar y recorrerlo todo.

Ver aquella manaza recorriendo su cuerpo era terrórífico y aquel rostro espeluznante restregándoselo colmó todas mis fantasías parafílicas. Sandra, viendo inútil toda resistencia dejó de manotear. La mano libre, que seguía sin parar de estrujar y arañar, acabó en la entrepierna, dándole un brutal masaje. Creo que fue en ese momento cuando Sandra se dio cuenta que monstruo tenía las mismas descomunales dimensiones que su marido. También se fijo en que usaba la misma colonia, un perfume muy peculiar, Syseido Basala. Aquel hombre era Marcos, se dijo a si misma, yo había sido tan buena persona como para montar todo esto y demostrarle que ella se había convertido en una auténtica trigresa.

Sandra se relajó completamente, se puso a su disposición y el monstruo aprovechó para seguir dándole un buen repaso. Se ve que a él también le gustaba hacerlo a la vista de tanto testigo silencioso, una condesa vampírica y sus víctimas torturadas. Además una de ellas observando resignada con todas sus sanguinolientas heridas y la otra acostada justo al lado, cadavérica y pareciendo observar atónita con aquellas cuencas de los ojos vacías. El monstruo soltó sus manos y estas se fueron a alojar detrás del su cuello invitándole a continuar… y así hizo. Tras lamer, mordisquear, saborear aquel cuerpo excelso, tuvo la gran osadía de hundir su rostro en el cunilingus más extraño que he visto. Ella abrió las piernas invitando a la exploración y acompañó el trabajo de aquella descomunal cabeza en su sexo. El tipo no parecía un especialista, ninguna delicadeza desde luego, pero sí muchas ganas y al final obtuvo premio y en toda la cripta resonó un gran gemido.

Después abrió su bragueta y sacó un pene descomunal a punto de reventar. Un cacharro anchísimo con un glande que más parecía un limón. Sandra no lo pudo ver, pero lo sintió, vaya si lo sintió. El tipo empezaba a ponerse impaciente así que lo hincó según tuvo oportunidad.

Ella gritó de placer dando comienzo a un brutal bamboleo, pensé que la iba a desencuadernar. Con cada acometida ella se movía entera, sus pechos amenazaban con saltar del cuerpo. Sin ningún miedo Sandra engarzó sus piernas en las caderas del monstruo y no dejó de tener orgasmos uno tras otro. Se estaba volviendo loca y en ese instante buscó con sus manos el final de la máscara. Quería ver a su marido, besarlo y contemplar su rostro cuando terminase en su interior. Luego ya vendría el perdón o el no perdón. El caso es que le quitó la careta y ahí debajo no estaba Marcos, era parte del ardid que se me había ocurrido para darle un giro al asunto. Allí debajo estaba Fran, el guardia de seguridad de aquel restaurante, un tipo siniestro que iba a mi gimnasio, un tío de los que dicen “límite”, es decir, que no tienen muchas luces. Lo que sí tenía era ganas de quitarse el polvo, mejor dicho de echarlo, porque tanto gimnasio y músculos no le habían dado muchos frutos hasta ese día.

Sandra se quedó de piedra, pero el otro estaba encegado y ni paró ese salvaje vaivén. El caso es que ya habían sobrepasado el punto de no retorno, Sandra eligió orgasmos en lugar de enfrentarse a un auténtico morlaco y dejarle sin su gran espasmo. Por eso no bajó las piernas y por eso siguió moviendo el culo hasta que el tipo se corrió gritando como un poseso. Temí que nos oyeran fuera del centro comercial, en toda la ciudad. Por sus convulsiones deduje que el orgasmo de él casi había sido más largo que el de ella, calculo a ojo y sin cronómetro, que varios años sin “mojar”. Ahora lo había hecho dentro de una mujer de bandera, a pelo. El tipo se quedó tumbado encima de ella, naturalmente no era un príncipe azul. Sandra me reconoció más tarde que aún después, teniéndolo dentro, ella siguió sintiendo nuevos orgasmos postreros.

LA RECOMPENSA

Respiré a gusto cuando más tarde me dijo que aquello le había encantado, le había entusiasmado y ya tenía muy claro que la vida es corta y que el sexo es un regalo que nos han dado para disfrutarlo. No es una obligación, ni tampoco un trámite, es lo mejor del mundo y se merece que dejemos nuestras limitaciones, nuestros traumas, para vivirlo a tope.

Afortunadamente Sandra no ha vuelto con su marido. ¿Y ahora querrán saber si me premió?. Pues sí, lleva años haciéndolo, con sexo, sin él… y espero que lo siga haciendo muchos más.

ignatus@ozu.es

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3 comentarios en “El Morboso y sus 4 penitencias

  1. Simplemente magistral.
    El disfrute es doble cuando no solo sientes cosquilleos en la zona sur de tu cuerpo, sino tambien en tu mente, que es quien al fin y al cabo, hace todo lo demas.

    Felicitaciones 🙂

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