Hechizo de amor

Gustavo Sebastián Macías se introdujo entre las blancas y perfumadas sábanas de la cama. Dado que la noche era algo fresca, se tapó, asimismo, con una delgada colcha de lana. Estaba definitivamente nervioso. Su corazón latía como si se tratara del furibundo redoble de algún bélico tambor y parecía querer escapar, enloquecido, de la perenne prisión de su tórax.

     Con sus veintitrés años, en la flor de la juventud y como tantos otros, tenía especial predilección por todo lo atinente al denominado «bello sexo».

     Nunca había sido un extraordinario amador, si ello habría de medirse por su potencia sexual y por sus dotes de conquistador, de lo que él se lamentaba profundamente, especialmente cuando escuchaba, embelesado, las maravillosas aventuras donjuanescas que algunos de sus compañeros narraban y que más se desarrollaban en los jactanciosos escenarios de mentes frondosas y libidinosas, que en la realidad de los hechos. En cambio, sí era posible calificarle de tal suerte, si se tomaba en consideración la exuberancia de su idealizada imaginación amatoria y de las emociones que entonces su corazón le suscitaba. Pues, Gustavo Sebastián era dado en extremo a idealizar la condición de la mujer; vivía pensando en ellas: amándolas, sirviéndolas, acariciándolas, entregándoles lo más puro y querido de su acervo.

     En resumidas cuentas, la vida sentimental de Gustavo Sebastián le había deparado una serie de experiencias de mayor o menor satisfacción. Muchas de las de tipo sexual, eran de carácter frustrante: alguna que otra chiquilla de voluble temperamento y de imaginación infantil y devastadora; las relacionadas con aquellas prostitutas que sólo atinaban a instar la pronta conclusión del acto, en su avara predisposición por no diluir la «producción» del día, y otras por el estilo.

     Por otra parte, en varias ocasiones, había tenido problemas con la erección de su miembro viril, que se negaba al comportamiento adecuado en circunstancias críticas, si bien de manera contingente, de forma tal que siempre lo pudo atribuir a algún tipo de cansancio físico o mental o, más generalmente, a su temperamento incorregiblemente nervioso. Pero como en las más de las ocasiones, ese órgano había respondido bien, fue echando sus fallos en olvido, asiéndose a la conclusión que, como en todas las cosas relativas a los avatares humanos, también en la emergencia sexual había que contar con triunfos, derrotas y, según como se quiera mirar, uno u otro «a medias».

     Mas, Gustavo Sebastián poseía una envidiable particularidad: gozaba entre sus camaradas de merecida fama de estar dotado de un miembro viril de generosas dimensiones, mentas éstas que procedían desde la época de su adolescencia, en que se había hecho acreedor a tal renombre. En efecto, por aquellos tiempos solía intervenir en esas típicas contiendas, juveniles y jaraneras, conducentes a determinar el pene de mayores dimensiones entre los integrantes de la varonil cofradía… y siempre había resultado ganador. Era, en efecto, poseedor de uno de notable envergadura, hecho que le había prodigado cierto orgullo durante aquella época de su vida, pero que ya había echado en sano olvido.

     Ahora Gustavo Sebastián contemplaba con inusual admiración a la escultural y sensual Sofía. Se hallaba en el departamento de ella… Y la cama en que yacía era la de ella… Y se preguntaba cómo había ido a parar allí.

     Con toda parsimonia, dando muestras de total seguridad en sí misma, iba ella despojándose de sus prendas, a las que prolijamente acomodaba en una silla.

     Tenía alrededor de treinta años y era portadora de una belleza realmente esplendorosa, lo que ponía una cuota adicional de nerviosismo en las melindrosas mientes de Gustavo Sebastián.

     En efecto: en su casi adolescente inseguridad, se preguntaba cómo era posible que Sofía haya puesto sus ojos justamente en él… Siempre la había visto pasar, con su ondulante e insinuante andar… Provocando entre sus cofrades ondas de generalizada admiración, jadeos y profundos silencios, en medio de densas y escrutadoras miradas, inflamadas de ardientes deseos. Y jamás se le había ocurrido pensar que podía llegar a ser acreedor a semejante bocado.

     «Es que Sofía… ¡es realmente bella!», no se cansaba de repetirlo…

     Rostro angelical en el que, frente a su lujuriosa expresión general, se dibujaban rasgos de candorosa inocencia. Pechos redondeados y ubérrimos cuya armoniosa y suelta oscilación con el andar de gacela de su portadora, provocaba enajenantes delirios. Caderas de formas insinuantes que sabían menearse en acompasado contrapunto con los carnosos glúteos. Pantorrillas admirablemente contorneadas que sólo pudieron ser fruto de algún celestial artesano venusiano. Pies diminutos, quizá algo fuera de escala con su estampa de portentosa majestuosidad. Su voz, más bien de tono grave, fluye en una suerte de hilvanados suspiros y como entonando beatíficos himnos de amor. Sus cabellos, negros, lacios y sedosos, constituyen una incontrolable insinuación a la tersa caricia de la palma. Su piel, ¡ah, su piel!… sólo creada para aspirar sensual fragancia en besos arrobadores… ¿Para qué seguir? Era obvio que por este camino Gustavo Sebastián acabaría por enloquecer…

     Por todos aquellos atributos, gozaba Sofía de merecida fama en esos alrededores. A la hora de mentar las delicias del bello sexo (lo cual ocurría con frecuencia artera en aquella grey juvenil), ella era la referencia obligada que presidía, cual summa summarum del símbolo sexual, toda otra consideración. Demás está decir que, en forma simétrica a esas edulcoradas apreciaciones masculinas, se deslizaba insidiosamente una caterva de recelos por parte de muchas competidoras que veían dramáticamente opacar sus atractivos, ante la presencia intempestiva de la bella.

     ––¿Por qué a mí?… ¿Justo a mí?… ¿Sólo a mí?… —se repetía, temeroso, Gustavo Sebastián.

     Desde muy joven se había conformado a una consciencia escasamente gratificante de su ego. Creía, en efecto, que su convencional figura varonil no era precisamente de esas que arrancan suspiros de los pechos femeninos, aunque tampoco debía considerarse mal parecido. De estatura superior a la normal y de complexión más bien robusta, Gustavo Sebastián entendía que esas favorables condiciones de su apariencia, no alcanzaban para equilibrar la escasa cuantía de aquellas otras, capaces de ejercer influjo en las mujeres y que, según él reputaba, se hallaban muy en las medianías de su ser.

     ¿Acaso le interesaría a Sofía el hecho de su inminente graduación en la Escuela de Arquitectura? Decididamente, ¡no!; sus contactos previos con ella le llevaron, en forma casi inmediata, a la conclusión de que los mundos de lo intelectual y de lo artístico eran ilustres desconocidos en el ser de Sofía. Ni siquiera había mostrado barruntos de perseguir, a través de una relación ventajosa, el bienestar económico y las comodidades que en tales condiciones el mundo suele prodigar. Sofía era, antes que nada, la encarnación de la Diosa Venus…, la consubstanciación del sexo y la lujuria… y, según lo sospechaba Gustavo Sebastián, había en ella más de un enigma que le intrigaba y que le resultaba muy difícil de desentrañar.

     ¿Por qué, pues, le había elegido a él?… ¡Él, que no había realizado el mínimo intento de seducción! No porque no ansiara los favores de aquella codiciada criatura, sino porque tal objetivo no enrasaba con su debilitada autoestima. De cualquier modo que fuere, lo cierto es que Sofía lo había elegido a él, en medio de la sorpresa general de sus compañeros y de la envidia poco disimulada de quienes, poseídos por ínfulas de galanes, creían ostentar mejores títulos para el caso.

     Por aquellos signos inequívocos que toda mujer sabe poner de manifiesto para comunicar sus deseos y elecciones, Sofía extrajo para sí a Gustavo Sebastián Macías del varonil conjunto de suspirantes admiradores, con la facilidad con que se saca una carta de la baraja o como se elige un plato de comida en un bien surtido restaurante. El joven Macías, alelado, enajenado, entontecido a ultranza, no hizo más que cumplir los designios de la bella y, debido a su naturaleza gentil, obvió toda ostentación ante la incrédula y resentida mirada de sus cofrades.

     Y ahora, unos días después, se hallaba en el departamento de ella… en la cama de ella… ¡a la espera de ella!… Que, con toda parsimonia, continuaba en la insinuante tarea de despojarse de sus prendas y de acomodarlas en la silla, con exasperante prolijidad.

     Finalmente, Sofía, la bella Sofía, vino a quedar tal como su madre la arrojó al mundo, sólo que con las modificaciones que le endosaron las tres décadas que transcurrieron y a las que sólo los más sofisticados poemas pueden dar cumplido canto…

     Erguía, algo alejado de la cama, su cuerpo esbelto y escultural.

     Su piel, un tanto morena, era del todo tersa y suave, tal como lo había vislumbrado el azorado Gustavo Sebastián al otear, en sus primeras salidas con ella, las superficies del cuerpo que normalmente se llevan descubiertas.

     En su estudiada exhibición, levantó ella sus brazos colocando las palmas de sus manos en la parte posterior de la cabeza y, lanzando al joven una penetrante mirada rezumante de lascivia, acabó por realizar un gracioso movimiento de contoneo, al par que giraba sutilmente sobre sus pies con el objeto de completar la exposición de su maravilloso cuerpo en los 360 grados de su circunferencia.

     Macías, estático, permanecía deslumbrado.

     Mas no pudo evitar un nuevo gesto de admiración al observar la lujuriante y sedosa negrura de su monte de Venus. Quedó pasmado. Jamás en su vida había contemplado una espesura venusiana de tan hirsuta belleza, en la que se adivinaba la sedosidad de su contextura.

     «Sólo le falta -pensó- el contacto con mi propia piel… Prodigarle la contenida caricia, para agregar el adicional de voluptuosidad en la percepción de la sutileza y tersura de tan inédita vellosidad.»

     Luego de esta excitante escena de presentación, Sofía se introdujo en la cama dispuesta a iniciar la acción.

     El joven dirigió incontinenti su mano, ávida de la preconcebida caricia, hacia aquel foco velloso, antesala de la cámara del amor, y, tal como lo había imaginado, recibió una salvaje descarga de deleite: la región estaba ya impregnada de un oleoso humor de incitante aroma.

     Instantes después, ella desplazó algo abruptamente la sábana y la fina manta que cubrían sus cuerpos y las arrojó a un costado, directamente al piso, quedando en consecuencia, ambos al descubierto.

     Comenzó entonces a acariciar el miembro masculino de Gustavo Sebastián -que se hallaba acostado sobre su espalda- ya con sus delicadas manos, ya con su anhelante boca. Demostraba en ello una ostensible maestría.

     Entonces el joven tomó contacto con una realidad que había escapado a su percepción: con horror, vino a comprobar que, como ocurriera en algunas otras ocasiones, su miembro se negaba a una erección digna de la circunstancia. Si bien no había permanecido inerte y casi seguramente le permitiría consumar el amor en ciernes, Gustavo Sebastián estaba lejos de quedar conforme con el grado de afilamiento que su herramienta estaba adquiriendo, pese a las incitantes caricias que el experto arte de la Venus le prodigaba.

     —¡Otra vez, estos malditos nervios me están traicionando! —dijo con un excusante susurro.

     —Ocurre que esta ‘cosa’ que posees —replicó la bella—, es de generosas dimensiones. Y cuando es así, no es de extrañar que sean lentas y perezosas. Y corres el peligro, pequeño Gustavo, de dejar sin sangre suficiente a otras partes del cuerpo —agregó en tono sonriente y algo exagerado, no pudiendo disimular su ostensible glotonería.

     Como la exhalación del lampo, la luz se hizo en la mente del joven.

     —¡Ahora todo está claro! —Reflexionó—; Sofía se ha llevado de las mentas acerca de las «generosas dimensiones» de mi hoy atribulado miembro viril. Y es evidente que semejante hembra ha de tener un especial requerimiento al respecto, digno de su condición apabullante…

     Y así era en efecto. Aquella fama había filtrado los muros de lo que no era otra cosa que una divertida competencia entre un grupo de amigos jaraneros y que, según pensaba Gustavo Sebastián, quedaría confinada en el reducto de esa grey. Ahora… ¡todo resultaba aclarado!: la bella Sofía, la codiciada Venus, le había elegido precisamente a él por la fama de su híper-dimensionado atributo… De lo cual ahora volvía a tomar conciencia y, sin poderse explicar el por qué, sintió que un flujo de incipiente terror le atravesó todo el cuerpo.

     Entretanto, la apasionada Sofía continuaba con sus sutiles y variadas caricias al semi-indolente miembro de Gustavo Sebastián que, muy despaciosamente, iba ganando envergadura. Pero al final, después de una insistencia más o menos prolongada, pareció arribar a un cierto grado de erección, negándose obcecadamente a pasar más allá de ese punto.

     Sofía le miró en forma inquisitiva y le sonrió comprensivamente. Él permanecía algo humillado y bajó la vista.

     —No te preocupes, pequeño Gustavo —apuntó ella—. No es más que un pequeño guijarro en el camino. Pronto lo habremos de solucionar. Confía en mí y en ti.

     Y prestamente saltó de la cama y desapareció de la habitación por una estrecha puerta, que hasta ese instante había pasado desapercibida para el joven. Quedó algo extrañado por tan inopinada retirada. Empero, tras un breve lapso, ella regresó al lecho portadora de una hermosa pluma de ave, que lucía blanca en su base y azulada en el suave extremo.

     Sin pronunciar palabra alguna, volvió a acostarse poniendo su torso casi perpendicular al cuerpo de Gustavo Sebastián. Aplicó un fresco y húmedo beso a su vientre y luego fue a apoyar su mejilla sobre él, mirando hacia su verga. De tal suerte, la cabeza de Sofía venía a interferir la visión de Macías hacia el caprichoso miembro.

     Comenzó nuevamente a acariciar a éste, a besarlo, a lamerlo, al par que pronunciaba palabras y organizaba frases entre dientes, en medio de ininteligibles susurros.

     Luego empezó a frotarlo lenta y sutilmente con la pluma…

     De todas las formas imaginables… Siguiendo una línea recta, comenzando desde la base hacia el romo extremo y volviendo a iniciar en otro punto de la base, cubriendo así todos los segmentos posibles de su circunferencia. Con movimientos de sentido contrario al anterior. En ocasiones, desarrollaba otros de forma helicoidal, circunferencial, toques singulares, frotamientos y golpecitos, en un sinfín de direcciones, etc.

     Las plumíferas cosquillas iban abundante y sabrosamente acompañadas y combinadas con caricias de carácter convencional y, asimismo, de… extraños e inquietantes susurros invocadores.

     Gustavo Sebastián Macías comenzó a percibir una gratificante y relajante sensación de paz y levedad.

     Sintió incrementarse la picazón del deseo en sus genitales y en su cuerpo todo, y un regocijo inesperado se plantó en su pecho, aventando mágicamente sus ancestrales temores de apocamiento…

     La sedosidad de aquellos cabellos cuyos mechones lamían su vientre, le provocaba un maravilloso y complementario cosquilleo…

     Luego, cuando ella hubo levantado la cabeza y le quedó restablecida la línea de visión a su sexo, sencillamente no pudo dar crédito a sus ojos perplejos…

     Su recalcitrante miembro viril aparecía ahora enhiesto, ostentando la dureza del mármol… Tal como si se tratara de un poste de quebracho empotrado en la tierra…

     Con una coloración púrpura y heterogénea, vino a descubrir que nunca antes lo había observado de tal envergadura… ¡Tenía la absoluta sensación de que se hallaba, a ojos vista, incrementado su ya dilatado y afamado volumen original!

     Lo tentó con su mano y lo encontró, esta vez sometido al juicio del tacto, tan voluminoso y tan férreo, que no dudó en admitir que el hecho configuraba una suerte de maravilla y que era la primera vez que se hallaba en tal disposición.

     Como a su vez percibió en sí un grado de excitación inicial excepcionalmente bajo, tuvo la sensación que se hallaba muy distante de la eclosión del orgasmo, pese a que su miembro se hallaba regiamente humedecido por el viscoso néctar de la caricia bucal prodigada y por efecto del lubrificante humor que, cual magma ardiente, surgía desde sus propias entrañas.

     Por ello pensó, con profundo regocijo, que a la sazón había acrecentado notoriamente su potencia sexual, en el ara del inminente acto de amor que habría de compartir con la hembra más bella de la tierra…

     ¡Su júbilo no conocía límites!…

     Ahora Sofía, la rutilante Sofía, se colocó a horcajadas sobre Gustavo Sebastián…

     ¡Lucía bellísima!…

     Arrojó sobre él una mirada cargada de lascivia, al par que depositaba suavemente sus asentaderas sobre la palpitante ingle…

     Colocó el rígido miembro entre sus piernas obligándole a voltearse y haciéndole emerger por detrás de sus nalgas casi horizontalmente…

     Tanto Gustavo Sebastián como Sofía se solazaron con la reacción de resorte de aquel prisionero que, cuando ella se lo permitía, retomaba su recalcitrante verticalidad…

     Luego, rebatiéndolo ora hacia delante, ora hacia atrás, comenzó ella a frotarle suave, laxamente, con la comisura de su sexo… Retrocediendo y volviendo fue dejándolo todo impregnado del aceitoso humor…

     El joven sintió el agridulce sabor de aquel ancestral impulso, que es heraldo de la penetración.

     Se resolvía en una suerte de mini-orgasmos.

     Percibía la dureza de su miembro ansioso, cual anhelante espada, presta a clavarse en la tierna carne…

     ¡Casi le desesperaban los voluptuosos prolegómenos de la bella!…

     Sofía le acarició tiernamente sus cabellos y le dirigió ahora una mirada iluminada.

     Luego… tomó delicadamente entre sus manos el desaforado y enhiesto miembro.

     Gustavo Sebastián percibió la discrepancia de temperaturas: aquella mano le transmitía una deliciosa frescura, en tanto que el apéndice de su cuerpo parecía hallarse al infrarrojo, irradiando un cuasi exacerbado calor… ¡Fruto seguramente del voraz anhelo!…

     ¡Ah, que bello contraste térmico!…

     Sofía hizo hocicar el romo extremo sobre los también tibios labios de su barbado sexo.

     De repente, se detuvo, haciendo coincidir el glande con su región vestibular y, luego de unos segundos de jadeante gozo, se sentó abruptamente…

     Se penetró con la ligereza de una saeta… En un santiamén…

     Apretó con todo su peso la ingle del joven… Echó su bonita cara hacia el cielo… Blanqueó sus ojos, poniendo en exilio sus negras pupilas… Y desinfló su pecho en un estremecedor suspiro de voluptuosidad…

     ¡De cuánto placer le había embargado aquella ansiada y cuasi fenomenal penetración!…

     Gustavo Sebastián apreció entonces la sabrosa cautividad de su miembro.

     Percibió cómo la dilatada periferia escrutaba, acariciante, el tapiz de la palpitante y cálida entraña de aquella hembra feroz…

     Por momentos, lo sentía como disolviéndose en un atrapante vacío… cuasi anestesiado… ingrávido… Tal parecía como si su excesiva dureza y rigidez conspirase contra su sensibilidad.

     Mas en medio de tan sensual vivencia no pudo dejar de pensar en la fenomenal dimensión que aquél había cobrado a expensas de… ¡la pluma!

     Y, al contemplar el aún estático vientre de la Venus, comenzó a preguntarse dónde estaría inmersa tan descomunal masa…

     ¿Cómo era posible?… Medía con la mirada aquel vientre… ¡Inadmisible imaginar!… ¿Qué será del saco encargado de cobijar al embrión humano?

     Vislumbró, quizá en tono alegórico, aquellas simas del planeta cuyos fondos son desconocidos.

     Y, por idénticas razones, quedó más que impresionado por la alucinante voracidad con que Sofía literalmente le engulló. Sin la más mínima precaución… ¡con semejante tamaño!… ¿Artificiosamente ganado?… Pensó: «cualquier otra amante, por fogosa que fuera, habría adoptado seguramente algún recaudo. Se habría tomado su tiempo… de una mínima adaptación.»

     Aún permanecía en sus pupilas la imagen del inédito grosor y largura que había adquirido su verga, previo a su increíble inmersión… Aún receptaba en su mano la vívida impresión del palpitante e inusitado volumen, que aquella carne había adquirido al socaire del sortilegio de Sofía.

     ¡Y pensar que ella!… Nuevamente echó una calculadora mirada a su vientre. ¡Y pensar que ella lo había devorado con increíble rapidez!…

     Entretanto, la hermosa Venus, se hallaba muy alejada de los oficiosos pensamientos de Gustavo Sebastián.

     Ella estaba en lo suyo: en la demoledora tarea de extraer hasta el tuétano del gozo que la circunstancia le deparaba… y del volumen y fibra del masculino ariete que, orondamente, señoreaba en sus entrañas.

     Ora se apoyaba sobre sus rodillas, ora, sobre sus manos. Y de esta forma, a veces elevando su cuerpo, a veces presionando firmemente contra la ingle del joven, comenzó la ejecución de la más florida y exótica danza de amor que imaginarse pudiera.

     Por momentos imprimía a sus caderas un movimiento circular horizontal, en uno u otro sentido.

     Luego otro de óvalo, en sentido vertical, obligando al varonil miembro a recorrer la aterciopelada vaina. Así, al separarse venía a dejarlo casi totalmente a la intemperie, para luego, cuando su extremo llegaba al vestíbulo de su sexo y corría el peligro de perder su dirección de retorno a la deliciosa profundidad, introducirlo abruptamente en toda su extensión.

     Esto hacía suspirar a Sofía, en medio de inusitadas exclamaciones de gozo.

     En circunstancias, componía esos dos movimientos, horizontal y vertical, como si no se decidiese por ningunos de ellos… o, haciéndolo por ambos a la vez…

     Con lo cual provocaba una suerte de alabeada reptación, que no hacía sino favorecer el íntimo contacto en la frotación de las amorosas áreas… La imagen que proyectaba entonces, era la de unos desplazamientos oleosos, viscosos.

     Otras veces, era víctima de un violento frenesí que le obligaba a rozar espasmódicamente la parte anterior de su sexo contra la cara superior del inserto órgano viril… Con grandísima gula aprovechaba su dilatada longitud para estos menesteres.

     En otras ocasiones, comprimía sobre él las paredes de la amorosa vaina. Luego, reteniéndolo así aferrado, aplicaba un tierno y enérgico apretón retirando suavemente las caderas hacia arriba… Tal como si, sádicamente, pretendiera arrancarlo de su raíz.

     A esta acción le seguía el aflojamiento general y, al dejar caer nuevamente su cuerpo, una profundísima penetración… con exteriorizaciones de indefinible gozo por ambos lados.

     Las generosas masas de sus bellísimos pechos participaban activamente de la chispeante danza.

     Sus enhiestos pezones aparecían ligeramente curvados hacia el cielo.

     Cual maravillosa y subyugante escena, sus formas redondeadas e insinuantes bailoteaban en una suerte de contradanza…

     Con movimientos que semejaban el desplazamiento de una onda en un medio viscoso, se alzaban y caían, caprichosos y descompasados, al son de las cadencias generales de la danza.

     Entretanto, las turgentes y aguzadas puntas de sus pezones, dibujaban en el aire exóticos arabescos.

     Gustavo Sebastián se veía extasiado… Embelesado por efecto del cuadro que la actividad de Sofía le brindaba… y completamente hechizado de la belleza y habilidad de aquella diosa del amor.

     Las sensaciones que recibía a través del contacto directo, piel a piel, no eran de menor cuantía que la de la maravillosa visión que el cuadro le ofrecía…

     En el que la incomparable belleza de Sofía formaba parte principal… ¡Oh, felicísimo impacto de la gratificación psicológica!…

     Toda esta danza había dado comienzo con un ritmo más bien lento y parsimonioso.

     Paulatinamente iba entrando en un nervioso crescendo, en la medida en que la excitación de la Venus ascendía e ingresaba en aquel umbral que se halla en la antesala de la crisis, del deleite máximo.

     Había transcurrido alrededor de media hora desde que el majestuoso ariete de Gustavo Sebastián irrumpiera en la penumbra de la acolchada gruta de Sofía. El joven amante, exultante, se hallaba aún lejos del predecible final. Sentía que podía controlar maravillosamente su excitación, en aras a prodigar el máximo de placer a la hembra voraz…

     A veces, temía, por lo que reputaba como una pérdida de sensibilidad a expensas de la tremenda rigidez de su verga… Por momentos se le representaba como una barra de acero de materia extraña a su ser.

     ¡Eso sí que podía llamarse potencia sexual!…

     En otras circunstancias, con tan sólo una escasa proporción del vapuleo a que estaba siendo sometido, habría llegado brusca e incontrolablemente al fatídico orgasmo, dando todo por terminado… ¿En virtud de qué agradable sortilegio se incrementaría ostensiblemente las dimensiones de su miembro, su capacidad de erección, su grado de control sobre la siempre inconstante excitación y, en resumidas cuentas, su potencia sexual?

     Sabía, de una manera cierta, que en general el macho y la hembra de la especie humana poseen aptitudes diferentes con respecto al camino a recorrer en la consumación del acto carnal. No llegan ambos de idéntica forma a beber en la fuente del placer final, con el notorio ejemplo de la diversa velocidad con que los amantes acceden a él. Compatibilizar esas diferencias es precisamente tarea de un arte que encierra a su vez una sofisticada técnica… O, quizá en su caso, ¿del sortilegio? Nuevamente, una escalofriante corriente de miedo le atravesó el pensamiento; pero la desechó de inmediato volviendo a poner toda su alma en la hermosa vivencia de la hora.

     Para estos momentos, la danza de la galopante amazona estaba adquiriendo un ritmo asaz frenético, casi alocado.

     Sus contorsiones se habían reducido casi estrictamente al espasmódico frotar de su «punto nervioso», el mágico tetoncito de la máxima sensibilidad.

     Por sus agitados vaivenes, cortos y de gran frecuencia, alternados de vez en cuando por otros lentos y largos, Gustavo Sebastián conoció que el umbral de descarga crítico de la diligente amante, se hallaba muy cerca.

     Calculó que el amoroso acople llevaba alrededor de cuarenta minutos…

     ¡Y aún se encontraba en perfectas condiciones de controlar su excitación… pese al ajetreo a que la feroz hembra lo sometía!

     Y así, definitivamente, advino a ésta el supremo goce del orgasmo…

     Se recostó entonces sobre el pecho del joven…

     Comenzó a emitir violentos jadeos y huracanados suspiros…

     Ahora su «punto nervioso» rozaba con verdadera fruición, por momentos alocadamente, sobre la base del enorme miembro, a la sazón totalmente alojado en sus entrañas…

     Plantó luego sus labios y dientes en el hombro izquierdo del yacente amante y, cual potente bomba de vacío, comenzó a succionar su carne…

     Finalmente, sucumbió ante la violencia de la crisis…

     Aprisionó al joven con sus muslos y rodillas como un cepo…

     Estalló en lamentos…

     Hincó sus dientes…

     Clavó sus uñas…

     Por momentos creyó Gustavo Sebastián que no habría de sobrevivir a tan efusiva descarga…

     Ella se hallaba convertida en una sensual trituradora… infernal máquina del placer.

     La duración de aquel orgasmo pareció excesivamente prolongada a Gustavo Sebastián, quien al fin de cuentas resistió estoicamente con el más admirable éxito. Después, la venusiana Sofía se calmó prestamente.

     Ambos se soltaron; sus músculos se relajaron… mas para nada ella abandonó su posición de amazona.

     Rápidamente el joven echó de ver que se trataba de un provisional período de descanso. La bella permanecía recostada sobre él. Sus palpitantes pechos apretados al tórax. Sus bellas piernas y rodillas presionando sobre su montura, para mantenerla aherrojada… Su tibia morada alojando íntegramente al siempre enardecido y señorial pene.

     Esporádicamente, realizaba un tenue movimiento de caderas, muy lento y especioso. En él, apretaba suave y cálidamente la periferia del inmerso miembro, con el objeto de mantener viva la llama de su propia excitación, ahora amortiguada por imperio del explosivo orgasmo. Asimismo, lo que le era de importancia capital, comprobaba si la trabajosa y sofisticada erección del órgano masculino se mantenía en pie… ¡Y en verdad que gozaba de todo su esplendor!…

     Al cabo de unos cuantos reparadores minutos, Sofía comenzó a mostrarse nuevamente activa.

     Enderezó su cuerpo colocándolo en la primitiva posición de jinete… Y reinició su anterior actividad.

     Echó nuevamente su rostro al cielo levantando su maravillosamente tallado mentón.

     Entonces, sus sedosos cabellos cayeron rectilíneos, mostrando un ligero espaciamiento sobre la espalda… Oscilaban con un pendular chispeante, sugestivo, irreverente.

     Sus ensoñadores ojos, entrecerrados por la voluptuosidad, blanquearon en un caldo omnipresente de sopor.

     Comenzó a gesticular con rostro en un concierto visual, mohinesco y voluptuoso… Así, proyectaba como una roseta anular sus labios hacia afuera cual si estuvieran ansiosos de algún sonoro beso, y, a continuación, los retraía con énfasis, configurando ahora una lujuriante sonrisa… Todo ello salpicado por el esporádico y rítmico entrar y salir de la rosada y juguetona lengua…

     Cuidando asimismo de incluir la debida profusión y combinación de todas las figuras de su tan nutrida cuan sabrosa danza, sólo modificó los tiempos asignados a los diferentes ritmos.

     Ahora, la fulminante ascensión del nivel de excitación al de los umbrales previos al de crisis, exigía, sin más, el mantenimiento del frenesí y el frotamiento enérgico y casi permanente de su diminuto punto sensitivo…

     Y así se lanzó, enloquecida, a la búsqueda de su segundo clímax.

     Tras los estertores del mismo y luego de una mesurada pausa de aliento, puso proa al inicio de un tercer ciclo…

     Como era de esperar, sucesivamente, se iba endosando los placeres de una serie de orgasmos, denotando un grado de insaciabilidad que bien se avenía con su rutilante estampa de vampiresa.

     Gustavo Sebastián llegó a perder la cuenta de la cantidad de estos ciclos… quizá seis, siete… Pero lo cierto es que ya había comenzado a impacientarse, debido principalmente al escaso estímulo que recibía a través del cuasi anestesiado miembro. Mas estaba cierto de que no había perdido la más mínima porción de su rigidez.

     Con preocupación, nuevamente se preguntaba por la falta de avance de su excitación. ¿Llegaría finalmente a alcanzar el orgasmo? A esta altura de los hechos, la repetición de los estímulos de igual naturaleza e intensidad, como lo eran la visión de la bella amazona ejecutando su danza y las caricias prodigadas a sus caderas, piernas y pechos, había ya erosionado su interés. Ahora, sabía que necesitaba urgentemente obtener un escape a ese interregno, es decir, requería ir en busca de su propio clímax.

     Sofía, dándose ya por satisfecha y con algunos signos de cansancio, tomó plena conciencia de la situación e invitó a su amante a cambiar de posición. Así, pues, levantó su cuerpo lo suficiente como para desalojar de su interior al estoico órgano y se acostó sobre su espalda a la espera de recibir a Gustavo sobre ella, en la más convencional postura del amor que se conoce.

     Abrió sus piernas exponiendo ampliamente su sexo.

     Ahora sí, el joven, después de penetrarla nuevamente, sintió el contacto de todo su cuerpo.

     Estaba claro: no era lo mismo que cuando ella jineteaba sobre sus caderas. Luego de cruzar los brazos sobre su espalda, percibió la gratificante sensación psicológica de la posesión de la hembra. Con ello, su dormida excitación vino abruptamente a ponerse nuevamente de pie.

     Bastaron unos pocos movimientos de vaivén para que se presentaran las mil delicias de un deleite intenso… Intenso y prolongado.

     Percibía cómo en cada uno de aquellos espasmos que le impulsaban a la estocada profunda, vomitaba un torrente de líquido seminal irrigando generosamente la entraña femenina.

     Estuvo largos minutos aferrado crispadamente a Sofía, en medio de enloquecedores jadeos y suspiros.

     En ese paroxismo, buscó afanosamente fundir su boca en los carnosos labios de la Venus…

     Mas, ¡qué contrariedad!… halló que ella había girado desmesuradamente su cabeza hacia un costado alejándola de la ansiosa boca…

     Aún bajo el exasperante influjo de la crisis, tuvo la sensación fugaz de que escatimaba el beso. Máxime cuando ella, tomándole la cabeza con ambas manos, la llevó sobre su hombro izquierdo.

     Así, en tanto que oprimía fuertemente su cabeza, la mantenía de tal suerte cautiva…

     ¿Será que así se procuraba mayor placer?… O, tal vez: ¿no estaría retaceando la húmeda caricia de los besos?… Recordó que en ningún momento le había besado en la boca.

     Finalmente, cuando se hubo calmado, se retiró y se dejó caer de espaldas al lado de la satisfecha Sofía.

     Habían transcurrido alrededor de una hora y media desde el inicio del que le resultaba el acto de amor más maravilloso de su vida. Le invadió una tibia sensación de relajación, que hacía vibrar sutilmente todas las células de su cuerpo. Su miembro perdió rápidamente su increíble volumen y erección, para retornar a la condición que le era habitual.

     De repente, una idea poderosa se incrustó en sus mientes, un pensamiento que le insinuaba que Sofía había manipulado a su voluntad los estímulos de él… de acuerdo a sus propios intereses. Pues, ¿cómo explicar el nivel relativamente estático de esos estímulos durante la casi totalidad del tiempo que demandó el acto, para, después que ella se mostró satisfecha, producirse un incremento explosivo de su intensidad y que, en contados minutos más, desencadenó su clímax?

     Sin proponérselo mayormente, acabó asociando esta idea a la operatoria de la inefable pluma. Asimismo, comprendió que a ésta debía atribuir las dimensiones excepcionales que su miembro viril había adquirido, en los prolegómenos del coito y lo que ya, decididamente, reputaba como escamoteo de los besos en la boca.

     Nuevamente… una fugaz sensación de angustia, un desasosiego que pugnaba por desalojar su Ser de su cuerpo, le erizó la piel. Luego… se durmió profundamente.

     Mas no por mucho tiempo. Apenas había alcanzado a reparar algo de las energías consumidas cuando, entre sueños, sintió un leve cosquilleo en su zona genital. Despertó sobresaltado en medio de la tenue iluminación indirecta de la habitación, que al parecer nunca había sido apagada.

     Observó nuevamente la nuca de Sofía que se mostraba esporádicamente, por entre los espacios que dejaban los compactos haces de su tersa cabellera de azabache. Percibió el peso de aquella cabeza sobre su vientre.

     ¡Horror!… la insaciable Venus otra vez manipulaba su sexo con una concentrada acción, combinando caricias, palabras… y el sutil frotamiento con la dichosa y extraña pluma.

     Tembló… ¡No podía creerlo!… Miró al reloj: las cuatro de la madrugada. Habría descansado alrededor de tres horas… tan sólo.

     Pensó con toda razón que, luego del ajetreo a que había sido sometido antes, no se hallaba en disposición de tentar siquiera una nueva escaramuza sexual, aunque sea complementaria y de cuantía menor. Pues, en rigor, al despertar comprobó que su miembro se hallaba atrincherado en la más inocua y apacible flacidez.

     Pero… ¡Cuán equivocado estaba!…

     Poco a poco fue notando un cambio de temperamento en él.

     Como por influjo de una potencia irresistible, volvió a ser poseído por virulentos estímulos…

     Al término de unos cuantos minutos de amorosos y sutiles manejos, la celestial Venus los dio por concluidos retirando su cabeza del vientre de Gustavo Sebastián.

     Y… ¡horror!… Nuevamente pudo observar su viril miembro.

     Su primer impacto hizo que girara intuitivamente la cabeza hacia un costado.

     ¡No le era permitida su visión sin una profunda perturbación del ánimo!…

     Su miembro del amor aparecía, en efecto, erecto y desafiando al cielo como una monumental pirámide, rígido como un asta de bandera, duro como un trozo de acero y, por sobre todas las cosas, colosalmente voluminoso… Hasta creyó ver que sus dimensiones eran superiores a las que detectara en su anterior acción.

     Acto seguido la hermosa hembra, conduciendo siempre su actividad inmersa en su característico laconismo, depositó la pluma maravillosa en el cajón de su mesita de luz. Extrajo de ella, asimismo, una crema lubrificante y se dio a la tarea de untar profusamente su apetecido ariete que ahora aparecía algo seco…

     Y, a continuación, de idéntica forma a como lo hiciera unas horas antes, se puso a horcajadas sobre el aún anonadado joven.

     Haciendo gala de la misma gran voracidad que antes había mostrado, se penetró en uno o dos segundos en toda su profundidad, hasta hacer descansar su cuerpo sobre el de su amante.

     Prestamente, ambas ingles quedaron fusionadas en una suerte de cálido y apasionado beso pubiano.

     Ahora Gustavo Sebastián recibió un gratificante estímulo, que dio por tierra con todos los reparos que su intuición y sentido común le habían susurrado…

     Se dispuso a gozar nuevamente de los placeres que devendrían de la inminente función…

     Hasta olvidó que la había imaginado breve y complementaria ya que, por la evaluación que hacía en relación con la reverdecida libido, por la controlada sensibilidad de sus estímulos y por el grado sumo de erección alcanzado, reputaba sin lugar a dudas que se hallaba nuevamente en plena posesión de una inusitada potencia sexual, y que, en consecuencia, el próximo acto amoroso sería abordado con todo énfasis y como una acción principalísima.

     Y así fue, en efecto.

     Una reiteración de las escenas antes vividas: la prolongada cabalgata de Sofía, su contorsionada y sabrosísima danza, sus orgasmos enloquecedores, el cambio de postura amorosa y el clímax de Gustavo Sebastián con igual intensidad y duración.

     Él sólo creyó ver algunas diferencias: le pareció que el número de orgasmos de Sofía había sido superior al de la primera vez y que el tiempo total insumido en este segundo acto también había sido mayor al anterior.

     Por otra parte… ¡qué gran lástima!, no había conseguido robarle un sólo beso de amor, pese a que en esta ocasión los había buscado con mayor determinación.

     Concluida la exótica y fenomenal noche de amor y habiendo retornado rápidamente a la normalidad, Gustavo Sebastián Macías, presa de una inefable sensación de irrealidad, se vistió con gran prontitud y, pretextando una evidente tardanza a los compromisos que le esperaban muy temprano por la mañana y acuciado en rigor por una fuerza irresistible que le impulsaba a huir de aquel escenario, salió del departamento de la bella con una celeridad que pudiera alcanzar niveles ofensivos para con la dueña de casa. Estampó un castísimo beso sobre su sien y se despidió con un «chau amor».

     —Hasta pronto —respondió ella con una cariñosa y enigmática sonrisa.

     Y cerró la puerta del departamento.

Mejora la calidad y duracion de tus erecciones con Vigrax

4 comentarios en “Hechizo de amor

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*