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Obligada a Hacer Strip Tease en el Cabaret de mi Tío II

Mi nombre es Julieta. Esta historia es una especie de continuación de la primera. Les recuerdo que soy estudiante, tengo 19 años, soy rubia, mido 1,70 mts., y lo que más les importa a ustedes, tengo muy lindas tetas y muy buen culo. Además soy linda de cara, tengo ojos celestes, lindo cuerpo, y resumiendo estoy realmente muy buena. O por lo menos, eso es lo que dicen de mí, no es que lo diga yo.
Esta historia es parte de mi viaje de vacaciones por España y comienza cuando mi Tío Alejandro pierde una partida de póker con sus amigos. No tenía ya más dinero e iba unos 10.000 euros abajo. Ahí fue cuando en lugar de dejar de jugar (lo que hubiera hecho cualquier persona normal), decide apostarme a mí contra el dinero de sus amigos. Incluso uno de ellos apostó un caro reloj marca Rolex que perdió a manos de otro de los amigos de mi Tío. Era la última mano y yo estaba cerca. Vi que mi Tío estaba sonriente. Tiene buenas cartas pensé. Muestra el primero su juego. El segundo jugador pasa. Mi Tío muestra su juego que es muy bueno. Parece que va a ganar, pero el cuarto jugador, el Sr. Leiva dice: “Póker de ases” y muestra su juego con toda la seguridad y arrogancia del ganador. El Sr. Leiva había ganado la partida e iba a cobrarse su premio. A los cinco minutos aproximadamente, mi Tío le pregunta: “Bueno, querés que te la llame ahora a mi sobrina, a July”. A lo que el Sr. Leiva responde: “Ahora no, estoy muy cansado. Mejor mañana la pasamos a buscar nosotros tres y la llevamos a dar una vuelta. Así pasea y conoce un poco la ciudad, ya que la pobre chica vino de vacaciones y vos la tenés todo el día trabajando”. Mi Tío dijo: “OK, mañana pásenla a buscar. ¿A las 10 de la mañana está bien?”. Lautaro Leiva responde: “No mejor, que esté lista y cambiadita a las 9 de la mañana”.
Al otro día a las 8 de la mañana, se aparece mi Tío por mi habitación y me despierta. “Dale July, levántate. Que vienen mis amigos a buscarte para llevarte a dar un paseo” me dice él. Yo estaba muy dormida y no me podía levantar. Entonces, mi Tío me destapa toda y así quedo expuesta ante él en bombachita y remerita para dormir. Ambas de color blanco. Yo estaba durmiendo boca abajo, con lo cual mi Tío se toma un buen tiempo contemplando mi perfecto culo, antes de volver a decirme: “Dale July levantate”. Esta vez aprovecha y me pasa la mano primero por la espalda y luego por el culo, dándome una caricia. Finalmente me despierto, me cambio y bajo a desayunar. Cuando estoy abriendo la heladera mi Tío me dice: “No, espera, estos señores te van a llevar a desayunar también”. “Uy que bueno, que amables son” le contesto. 
A las 10 en punto de la mañana suena el timbre. Era el Sr. Lautaro Leiva vestido en un impecable traje de color claro. Sus dos amigos (Alexander y Danilo) y amigos de mi Tío también estaban esperando en el auto. Subo al auto y empezamos a conversar en una charla muy amena. Hablamos de todo: de cómo es la Argentina, que tiene de distinto y parecido con España, que hacía yo de mi vida, a que se dedicaban ellos, etc.. No faltaron tampoco, los chistes, ni los comentarios de actualidad.
Finalmente, luego de una hora de viaje por ruta llegamos a una hermosa finca ubicada en las afueras de Madrid. Al acercarse el auto un portero abre la reja y saluda amablemente al Sr. Leiva. El me explica que esta era su casa de verano o de fin de semana.
Estaciona el auto y vamos caminando hasta la casa. Entramos por la puerta principal de una mansión verdaderamente enorme y hermosa. Por dentro estaba decorada con mucho buen gusto y un estilo ecléctico. Atravesamos toda la sala principal y salimos al jardín trasero. Allí el Sr. Leiva llama a un mayordomo y este inmediatamente trae una mesa cuatro sillas y una bandeja de plata con café, masas, facturas, etc.. Desayunamos todos juntos y seguimos conversando amigablemente los cuatro.
No había notado yo, que a dos o tres metros de dónde estábamos había un caño que salía del piso con una ducha en la punta y una amplia y antigua bañera de madera debajo. El Sr. Leiva me dice: “Sos muy simpática y la verdad que nos estamos llevando muy bien. Así que vamos a continuar paseando por Madrid todo el fin de semana y pasando buenos momentos entre los cuatro. Solo te pedimos una cosa, ya que somos en cierta forma, algo maniáticos con algo. Alexander, mi querido amigo es un reconocido médico infectólogo aquí en España. Y tantas historias me ha contado que me he vuelto maniático como él en un sentido. Es decir, somos excesivamente cuidadosos con el tema de la higiene”. Yo me quedé ya que no entendía ni una palabra de lo que este buen hombre me estaba diciendo. El Sr. Leiva prosiguió: “Lo que te estoy diciendo y pidiendo es que te bañes, en esa ducha que está allá” y señaló con el dedo el lugar del cuál yo acababa de percatarme hacia un instante. Yo lo primero que contesté fue: “Le agradezco, pero me bañé antes de que me pasaran a buscar”. Me puso una mano en la mejilla y me dijo en un tono sarcástico, pero con cierto contenido violento: “Linda, no te olvides que vos hoy sos el pago de una apuesta que perdió tu tío. Por este fin de semana, sos una simple cosa, y nosotros, tus dueños. Así que anda a la duchita que está ahí y bañate para nosotros”. La forma en que lo dijo me asustó bastante. Más que un pedido era una orden, de la forma en que lo había dicho.
Me paré de la mesa de desayuno, los miré fijamente un momento y luego fui caminando hasta la ducha. Abrí el grifo y el agua salía con presión y bien calentita. Pensé que una linda ducha calentita no me haría mal, ya que el día estaba bastante lindo. Hacía unos 27 grados, y antes que hacer una problema, prefería bañarme, ya que la estábamos pasando tan bien.

Me desvestí muy despacito. Primero me saqué la ajustada remerita escotada, luego las zapatillas. Continué con la pollera y me quedé en ropa interior. Iba a bañarme así, ya que sacarme más me parecía mucho. Además hasta ahí era cómo estar en traje de baño, en un día soleado en la playa. Pero el Sr. Leiva me miró con una expresión, frunciendo el entrecejo y con cara de enojado. Tenía una personalidad muy fuerte ese hombre, avasallante para cualquiera. Yo comprendí perfectamente lo me que quería decir, y me saqué primero el corpiño y luego la bombachita también arrojándolos hacia dónde estaban ellos. Comienzo a mojarme con el agua de la ducha y a sentir como esa ducha toda calentita bañaba y recorría todo mi cuerpo. Mis pezones estaban bien erectos y mi vagina excitada. El agua me recorre una y otra vez.
Sentía vergüenza y por eso, mientras me bañaba, me puse de espaldas a ellos. Si me iban a ver desnuda, prefería exponerles mi culito y no mis partes más íntimas.

Sin que yo me dé cuenta, por detrás, se acerca el Sr. Leiva. Agarra el jabón y sin decir palabra, ni pedir autorización, comienza a enjabonar mi cuerpo. No pensé que esto iba a ser así, yo creía que me iba a bañar yo solita. No sé si le preocupaba mi higiene en general o no, pero sí estoy segura que le preocupaba mucho la higiene de mis pechos y de mi vagina. Partes que enjabonaba otra y vez. Tomaba el jabón, me enjabonaba las tetas. Con la esponja primero y luego sólo con el jabón en su mano. Hacía lo mismo en mi vagina. Luego me pasaba el jabón y su mano por la raya del culo. Cuando el Sr. Leiva se hartó de toquetearme descaradamente, me dice: “Bueno nena, ahora enjuagate”. Me vuelvo a poner de cara a la ducha, dándoles la espalda, o mejor dicho mostrándoles mi culo a ellos, que estaban tomando sus cafés y me estoy enjuagando, cuando de repente el agua se corta. De fondo, escucho que mientras tomaban sus cafés Alexander le dice a Danilo: “¿Es increíble, no? Mira ese culito hermoso que tiene. Que hermoso para romperlo”. A lo que Danilo contesta: “Quédate tranquilo Alex, que esta pendeja la tenemos todo el fin de semana para nosotros, ya vas a tener tiempo de romperselo”.

Se acerca Alexander con una manguera, con intención de “ayudar” a enjuaguarme, y me manguerea. Es decir me tira agua, sosteniendo el la manguera. Otra excusa más para tocarme, ya que a medida que me tiraba agua, en aquellas partes donde todavía tenía jabón me las tocaba. “Dejame que te ayudo a enjuagarte” decía mientras me metía mano en las tetas. Me acaricio las tetas un rato largo hasta que dijo: “July, date vuelta a ver”. Me doy vuelta para él y me tira agua en el culo y me lo toca con su mano derecha ya que con la otra sostenía la manguera. “Date vuelta que te quedó jabón en la conchita” dijo y me hace dar vuelta para tocarme la vagina. Ahí estuvo unos diez minutos, ya no había jabón y el seguía tocando, frotándome. Ya sin más jabón en mi cuerpo, yo lo miraba con los brazos al costado de la cintura y expresión de descontento, pero él hacía caso omiso y seguía restregándome su mano por la vagina.
Parecía que Alexander nunca en su vida iba a parar de tocarme. Pero finalmente y milagrosamente se cansó. Cierro el grifo de la ducha y me voy a vestir. Cuando me voy a vestir, luego de bañarme, noto que mi ropa había desaparecido. En ese momento aparece Danilo, el tercero de los amigos de mi tío y me alcanza un vestido. “Ponete esto nena, que te va a quedar bien” me dijo.

Me vistieron muy sexy con un vestidito blanco muy cortito. Y para completar me dieron ropa interior de encaje negra. La tanga, era una microtanga, atrás era solo una pequeña tirita. Y el corpiño era de dos triangulitos minúsculos que apenas me tapaban los calientes pezones.
Ahora sí, según ellos estaba en condiciones de pasear con ellos. Eran gente importante y muy cuidadosos de su imagen y de la imagen de la gente que los rodeaba. Vestida y bañada como ellos querían que luciera, fuimos a realizar un lindo paseo por España, por Madrid exactamente y sus alrededores. Paramos en lugares típicos, turísticos, sacamos muchas fotos, nos divertimos mucho. En esos paseos se nos consumió prácticamente todo el día. Incluso me obligaron a comprarme y probarme ropa para luego regalármela y que me la llevara de regreso a Buenos Aires. Me llevaron a varias casas de alta costura y me compraron ropa de todo tipo. Como el Sr. Leiva era un empresario realmente muy conocido tenía contactos por todos lados. Entonces en varias de esas tiendas de ropa, el Sr. Leiva, pedía una habitación y me hacían probar la ropa delante de ellos. No voy a contarles todo, porque habremos entrado en unas 5 o 6 tiendas distintas pero recuerdo la última en la que entramos. Era una tienda de ropa interior. El Sr. Leiva entró primero. Habla con la encargada del local, una chica de unos 28 años, de nombre Paula. Paula hace un llamado a un nro. interno del mismo local y enseguida nos hacen pasar a un salón privado. Paula me saluda, saluda a los otros dos y luego me mira de arriba abajo. Creo que se río para sus adentros. A una seña de ella otra empleada de menor rango trae varios estuches. Y me dice: “Tomá probátelas”. Abro las cajas y veo varios conjuntos de ropa interior muy sexy. El primero que agarro era un conjunto de bombacha y corpiño en un color azul francia. Otra vez sacarme la ropa, la verdad que ya estaba cansada de tanto vestirme y desvestirme. Aunque por otro lado era toda ropa de primera línea que el Sr. Leiva me iba a regalar. Esos conjuntos de ropa interior, de diseños exclusivos, valdrían en Bs. As. unos 2.000 dólares cada uno. “¿Te ayudo a desvestirte?” pregunta Danilo. No me dio tiempo a responder y se me acercó y me sacó el vestido blanco por arriba. Quedé en tanga y Danilo aprovechó para darme una palmada en la nalga. Luego me apretó las dos tetas fuertemente. Todo delante de Leiva y Alexander obviamente, pero también delante de Paula, la encargada del local, y de Cinthia la empleada de menor rango. Estas dos chicas, no podían creer la situación. El pedazo de puta que tenían delante pensaban. Pensaban que era una puta de profesión. Y creo que en el fondo sentían alguna envidia. 
Continuando, una vez en tanga y en sostén negro el Sr. Leiva lo mira a Danilo y le dice: ”Tranquilo”. Luego de lo cuál Danilo se aleja un poco y me deja tranquila.

Paula: “Cinthia tomale las medidas a la chica”. Cinthia se acerca con un centímetro y me toma las medidas del culo primero, de la cintura luego y por último va a tomarme la medida de las tetas, pero antes me dice “Sacate el corpiñito por favor”. Yo me saco el corpiño quedando en tetas en frente de todos. Cinthia me pasa el centímetro y me toma las medidas. Sorprendiéndose le dice a Paula “100, yo creía que era más”. Paula me mira las tetas y dice: “No puede ser, a ver.” Se acerca ella también y me sostiene una teta con cada mano mientras la otra toma la medida nuevamente. Luego Paula afirma: “Sí, tenías razón, era 100”.

Cinthia: “Sabés que Pau, ¿Tengo una duda con la cola también, porque antes se me trabó el centímetro con la bombachita?”

Paula: “A ver, bajale la bombachita”. Con manos muy suaves y delicadas siento como Cinthia me baja la bombachita. Mientras me la está quitando, es inevitable sentir sus delicadas manos por los costados de mis piernas y eso me hizo calentar un poquito.

Una vez más quedo desnuda ante una serie de desconocidos. Ya me estaba acostumbrando, tal vez no me quedaba otra o tal vez esa situación empezó de algún modo gustarme. Y si no a gustarme, seguro que sí a excitarme. Tal vez estas dos chicas, aunque se esforzaban muchísimo por disimularlo, también comenzaron a calentarse con la situación y a jugar un poco conmigo. Y cómo Leiva y compañía no impedían nada, siguieron adelante. Paula agarró la ropa interior de encaje color azul francia que había quedado arriba de la mesa. Estiro la tanga, se agachó y ella misma me la puso. Me la puso bien arriba, para que me entrara bien adentro en el culo. La otra Cinthia, se ocupó de ponerme el corpiño y como si yo fuera una cosa, me tocó descaradamente las tetas al hacerlo. Mientras tantos, los tres hombres veían la situación y se calentaban. Las dos chicas de la tienda estaban ahora, al mando de la situación.

Paula: “Este conjuntito te queda bárbaro, te queda muy sexy. Yo que vos lo llevó” me dijo a mí mirándome una y otra vez y luego mirando al Sr. Leiva.

El Sr. Leiva haciendo un gesto afirmativo con la cabeza dijo: “A mí también me gusta mucho, lo compramos”. Una vez que ya lo habíamos comprado rápidamente me lo sacaron lo guardaron en el estuche y pusieron a un costado. Trajeron más ropa para que me probara. Lo siguiente que me hicieron probar no fue un conjunto de ropa interior, sino un camisón cortito y blanco transparente. Las chicas me ayudaron a ponérmelo. Los hombres estaban al palo solo de mirar. El Sr. Leiva hace una seña afirmativa con la cabeza nuevamente y luego dice: “También lo compramos”. Ese camisón era para usar con ropa interior blanca debajo, pero sin duda me quedaba mucho mejor sin nada. Doy una vuelta para que vean cómo me quedaba y Leiva vuelve a decir: “Sí sin duda, lo compramos”.

El tercer estuche contenía otro conjunto de ropa interior, esta vez de un color violeta clarito. Esta vez el protagonismo fue todo de Paula, que se me acercó se me puso enfrente. Parada enfrente mío. Quedamos cara a cara. Por un momento pensé que esta chica de hermoso y largo pelo enrulado quería besarme. Me tocó el culo mirándome a los ojos, casi como si fuera un hombre, pero con sus manos que eran mucho más suaves. Lo cual me produjo una sensación linda, pero distinta a la que me producía cuando un chico me toca la cola. “Que linda colita tenés” me dijo, mientras me la acariciaba delicadamente. Y finalmente, se dejó llevar y me dio un largo, hermoso y femenino beso en la boca. Duró unos cinco hermosos minutos aproximadamente, yo no me atrevía a tocarla, pero ella me acariciaba suavemente el culo. Luego ella se puso un poco más caliente y empezó a tocarme las tetas con una mano. Se encendió todavía más y continuó por tocarme la vagina. Ahí yo también la abracé por el cuello y me dejé llevar por el apasionado beso. Cinthia su compañera de trabajo estaba boquiabierta de ver a su jefa en una situación así. Aparte ella sabía que Paula tenía novio, nunca se imaginó una situación así. Yo me relaje primero y luego me dejé llevar a tal punto que sentí por un lujuriosos e intenso instante ganas de arrancarle la ropa.

No me quedé con las ganas e hice el intento. Le saqué el chaleco y luego le saqué la camisa blanca de dentro del jean que tenía puesto. Ella no se resistió. Ella dudó un instante ya que la presencia del Sr. Leiva en toda situación era realmente imponente. Este le hizo un gesto de aprobación con la cabeza y ahí ella se soltó.

Paula le dijo a su colega: “Cinthia, saluda al resto de los empleados, cerrá el local y ya te podés ir a tu casa”. A lo que Cinthia contestó: “Yo esto no me lo pierdo ni loca, ahora vengo”. Cinthia sale del salón privado, hace lo que su jefa le pide, saludando al resto de los empleados y cerrando el local. Luego vuelve al salón privado.
Se ve que por regla general la atraían los hombres más grandes que ella, que tendría unos 26 años y al volver reparó primero en Alexander, que era quién más atractivo le había parecido desde un principio. Alexander tendría unos 42 años y era un lindo tipo. Cinthia se le acercó sensualmente, y se le sentó encima de sin más, como una verdadera “cabaretera”. Luego le rodeó el cuello con sus manos. Así empezó un encuentro de sexo pasional y desenfrenado.
Pero volviendo a la historia central, Paula se soltó completamente. Yo le desabroché muy despacito la camisa al tiempo que seguíamos besándonos. Cuando terminé de desabrocharle la camisa, ella excitadísima ya, se la sacó de un tirón y la arrojo al costado. Se sacó las zapatillas con sus pies y yo fui por su jean, se lo desabroché y se lo saqué, así estábamos los dos en una mayor igualdad de condiciones. Tenía un cuerpo perfecto, embellecido aún más por un conjunto de ropa interior de encaje color azul francia idéntico al que me había probado y que desencadenó esta situación de excitación sexual hacía unos instantes. Ella mientras yo la desvestía, no paraba de tocarme un minuto, recorrió mi cuerpo una y otra vez por completo.

Era una mujer realmente hermosa, sus formas eran perfectas. Su hermoso culo, se hacía aún más hermoso por el efecto de la suave caída natural de su pelo enrulado por la espalda. Sus tetas, nunca había visto pechos tan hermosos. Ninguna de mis amigas, ni en la televisión había visto algo así. Era la primera vez que estaba con una chica y aunque no podía creerlo algo en ello me excitaba. No pude aguantar continuar quitándole la ropa, quería, necesitaba ver a esa morocha completamente desnuda. Esta vez yo tomo la iniciativa y le desabrocho el corpiño en un abrir y cerrar de ojos, dejándola en tetas y tanga. Me quedé maravillada con la belleza que estaba viendo y me quedé también contemplándola desnuda. Pero más me sorprendí aún, con lo que me producía a mí, ver a una mujer así desnuda ante mí. Cosa que hasta ese momento desconocía.

Nos seguimos toqueteando un breve instante, hasta que me agache y empecé a bajarle la bombacha. Jugueteé mucho con su bombacha, bajándosela de a poco a la vez que le agarraba firmemente con mis dos manos sus nalgas. Finalmente, termino de quitarle la tanguita y la arrojo a un costado. Seguimos besándonos y tocándonos. Ella hacía ya un rato había comenzado a introducirme repetidamente dos dedos de su mano izquierda en la vagina. Yo comencé a hacer lo mismo y las dos nos excitamos sobremanera casi al punto de explotar. Nos fuimos hacia un sillón de cuero que había a un costado y seguimos besuqueándonos y tocándonos nuestras vaginas apasionadamente hasta que nos dimos cuenta que nos faltaba algo que teníamos muy cerca y al alcance de la mano (o de la boca). Nos miramos por un instante y como si nos conociéramos de toda la vida, las dos pensamos lo mismo. Nos paramos y fuimos hacia dónde estaban el Sr. Leiva y Danilo. Simultáneamente nos arrodillamos, les bajamos sus pantalones y comenzamos a chuparles sus penes. Chupamos y chupamos un rato bastante largo. Como si las dos estuviéramos sincronizadas, lamíamos primero la cabeza, luego el tronco y por último los huevitos. Los masturbábamos un poco con las manos y luego volvíamos a succionarles sus testículos y sus penes. Estando las dos arrodilladas, cada tanto Paula me daba una dulce palmadita en la cola, me miraba de costado y se reía excitada de placer. Yo con mi mano derecha masturbaba y chupaba al Sr. Leiva, mientras que con la izquierda se la pasaba a Paula por dentro de su hermoso y parado culito. Los llegamos a poner bien erectos pero sin dejarlos acabar. Ya que ese era nuestro momento. Luego nos montamos en ellos, cabalgándolos mientras nos tomábamos de la mano. Los cojimos por un rato largo, subiendo y bajando, gimiendo, como verdaderas perras desenfrenadas y excitadas. Gritábamos muy muy fuerte de placer y los hombres se volvían locos. En esa posición sus hinchados penes nos entraban bien bien adentro de nuestras vaginas, y además los apretábamos muy fuerte con ellas. Por fin acabaron y un río de leche entró en mi interior, sentí el semen del Sr. Leiva dentro mío y vino con una potencia tremenda. Fue hermoso. Supongo que a Pau le ocurrió algo similar.
Con todo esto se hizo de noche. Aproximadamente las 22:00 hs., con lo cuál fue tiempo de ir a cenar y por eso vamos los cuatro a comer a un caro restaurante muy exclusivo. El “Babylon”. Da la casualidad que los tres amigos de mi Tío se encuentran en ese restaurante con un matrimonio amigo. Comemos los tres amigos de mi tío, la pareja y yo. Todo resulta muy bien, la charla es muy amena y está nueva gente resulta muy agradable.
Luego de comer, como es costumbre en ese lugar, los clientes más prestigiosos son invitados a pasar a los salones exclusivos para realizar la sobremesa, tomar un champagne, un café o unos tragos largos, comer el postre y seguir charlando. Todos nos dirigimos hacia uno de los salones privados, para seguir conversando y haciendo la sobremesa.

De esta pareja, Diana, la esposa, una rubia muy hermosa de unos 35 años y que había tomado algunas copas de más empieza a insistir con que quería que yo me desnudara ahí para ellos. Y le decía: ”Dale Lautaro, por favor. ¿No tenés ganas de que nos divirtamos un rato? Ponela en bolas a la putita esta”. Tanto insiste tanto insiste que el Sr. Lautaro me dice: “A ver Julieta, desvístete para nosotros”. “¿Por qué?” pregunto ofendida yo. Lautaro: “Diana, se quiere divertir un rato. Dale desnúdate, dale”. No me desnudo y seguimos charlando y una vez terminados los cafés empezamos a tomar tragos largos. Al rato, una media hora, Diana vuelve a insistirle al Sr. Leiva y los otros dos amigos del Sr. Leiva, se suman al pedido. Conclusión, que tengo que pararme en frente de ellos, en la mesita ratona que había en ese salón y comenzar a bailar sensualmente y a desvestirme para ellos. Empiezo a bailar lentamente y de manera muy sexy. Meneándome para ellos, moviendo mi cola, mi cintura, acariciándome los senos cada tanto y siguiendo el ritmo de la música. Luego de un rato de bailar parada arriba de la mesita y mientras todos ellos se tomaban un caro champagne, Diana se acerca primero que nadie y me saca el vestido, subiéndomelo bruscamente desde abajo hacia arriba. Me pega luego alguna que otra palmada en la cola, y me explora con sus manos las tetas.

Quedo en tanguita y corpiño negro de encaje. No conforme con eso, Diana me pide e insiste en que les haga un show más caliente. “Dale baila como sabes. Como hacés cuando vas a bailar con tus amigas y sacate todo”. Continúo entreteniéndolos a ellos una vez más, pero subiendo un poco el nivel de provocación sexual en mi forma de bailar, como había hecho el día anterior para el Sr. Rogerwar y termino por desnudarme y arrojarle mi corpiño a Diana y la bombachita, como correspondía al Sr. Leiva. Quién la agarra y la guarda en un bolsillo. Una vez desnuda continué bailando un rato más en ese estado. Cada vez que me quería bajar de la mesita ratona, me decían: “Un tema más por favor” y yo continuaba bailando desnudita y como una putita para ellos.
El Sr. Leiva, estaba realmente muy tranquilo, siempre serio, parecía que nada lo conmovía, los estimulaba, ni lo afectaba. El marido de Diana me llama y hace que vaya caminando hacia él. Desnuda, empiezo a caminar hacia él. Cuando llego a su lado hace que me le siente encima y lo cabalgue. Su pija era realmente larga, y en esa posición me entro muy profundamente. Cabalgué encima de él un rato largo, mientas que él por momentos me apretaba desesperadamente las tetas, por momentos jugaba con mi pelo, por momentos me acariciaba y daba alguna que otra palmada en el culo. Y yo seguía montándolo, subiendo y bajando. Disfrutando de su hermosa y secuencial forma de combinar su penetración con tocarme las tetas, luego el pelo y por último el culo. Hasta que lo bueno se terminó y acabó bien dentro mío. Sus jugos llenaron por completo mi cavidad vaginal.
Acto seguido y sin dejarme respirar los otros dos, Alexander y Danilo que tampoco se querían perder la fiesta, deciden cojerme. Como ya era algo avanzada la noche, serían las 3 a.m. aproximadamente y temían que el Sr. Leiva decidiera que debíamos irnos, deciden hacerlo los dos al mismo tiempo. Dándome uno por la cola y otro por la boca.

El Sr. Leiva no me tocó en ese momento en absoluto. Pero sin embargo, tenía bastante ocupación con “atender” a Danilo y a Alexander. Alexander se había quedado con las ganas de mí, en la tienda de ropa, ya que él si lo recuerdan, tuvo sexo con Cinthia. Alexander se moría por romper mi colita desde que bañé en la ducha al aire libre y yo no tuve demasiada oportunidad de resistirme. Me pusieron en cuatro patas, en la mesita ratona e inmediatamente Danilo se paró delante de mío y se quedó mirándome con una expresión bien clara y me dijo: “Nena, la pija no se va a chupar sola”. Yo bajé su bragueta, extraje su interesante miembro hacia afuera y comencé a chuparlo. Ya me estaba volviendo toda una experta en el tema. Sabía lo que les gusta a los hombres, por eso chupaba mucho sus huevitos y no usaba las manos, solo la boca. Además metía su pija en mi boca bien hasta adentro, como a los hombres les gusta, no le chupaba solo la cabeza, casi al punto de atrangatarme. Por detrás, Alexander comenzó metiéndome dos dedos ensalivados por el ano para tantear el terreno, cuando vió que era posible, metió tres y luego vino su fuerte embestida viril. Empujo con una fuerza bestial. Su pene era grande. Me llenó el culo por completo. A cada embate de él, pensaba que no lo iba a resistir, pero mi excitación estaba tocando el cielo. Estaba mojándome toda y gritaba de placer como una puta. “Aaaa, aaaa, aaa!!!” gemía una y otra vez. Que más podía pedir, tenía una hermosa pija en la boca y otra por el culo. Era deseada, me llevaban a comer a los mejores lugares, me compraban la mejor ropa y tenía todo el buen sexo que en unas vacaciones se pueden desear. Continué lamiendo las partes del Sr. Danilo y recibiendo las embestidas peneanas brutales del Sr. Alexander. Creí que mi ano se iba a romper, Alexander empujaba con la fuerza de un búfalo y Danilo me pedía: “Miráme mientras me la chupas y tocate las tetitas”. Dos pedidos que yo cumplía y disfrutaba de ver como eso lo encendía aún más. Cuando acabó yo saqué mi boca, pero Danilo me agarró de los pelos y me hizo introducir su pene nuevamente en mi boca, con lo cuál terminé por tragarme toda su leche. Un minuto después acabó Alexander, un interminable torrente de semen dentro de mi colita. Tanto acabó dentro mío, que un rato después todavía me chorreaba semen por el culo.
Terminada esa agitada noche, volvemos a casa del Sr. Leiva y nos vamos a dormir cada uno a su habitación. El Sr. Leiva dormía en la habitación principal y el resto de nosotros en las distintas habitaciones para huéspedes que tenía su mansión. Fue raro, yo pensé que el Sr. Leiva iba a querer que me acostara con él pero no fue así. Menos mal, ya que estaba muy cansada tanto físicamente como del sexo. Había tenido mucho más sexo en una semana que en un mes en Buenos Aires.
Al otro día me levanté en la casa del Sr. Leiva y pensaba, cuánta gente nueva he conocido en tan poco tiempo que llevo aquí. Cuantas nuevas e interesantes experiencias que había vivido. Bajo a desayunar vestida con un pijama blanco, muy ajustadito y que me transparentaba la blanca tanguita Toda la ropa que había en la habitación de huéspedes que me tocó era así. Toda muy sexy. Era un verdadero guardarropa de mujer diseñado por un hombre, con todo lo que calentaba realmente a los hombres.

Me siento a desayunar con el Sr. Leiva, que era el único que estaba despierto y leyendo el diario. Viene el mozo de la casa. Le sirve primero a él y luego me sirve a mí. Me deja tostadas, mediaslunas, mermeladas y curiosamente el café servido hasta la mitad de la taza. El Sr. Leiva sigue leyendo impasible su diario (sólo me había dicho un seco y cortante “Hola”) y sin siquiera mirarme dice: “Trae la taza que hoy vas a tomar café con leche”. Yo no entendía pero me acerco a él, pensando que el tenía el sachet con leche. Y me hace una seña señalando su entrepierna y luego me dice: “Dale, empezá a proporcionarte tu desayuno. Que hoy va a ser un largo día”. Tal vez antes de este viaje no hubiera entendido lo que me había querido decir, pero dados los hechos como habían transcurrido estos últimos días, entendí perfectamente lo que quería decir y que seguramente estaba relacionado con algo sexual. Me arrodillo entonces, saco su pene de su pantalón y comienzo a hacerle una buena mamada. Cuando está por acabar, el se hecha hacia atrás, sacándome su pene de la boca. Que alivio pensé, ya que era demasiado temprano y tenía el estómago vacío como para tragar una buena cantidad de semen. Leiva recoge la taza con café y descarga toda su leche allí. “Muy bien, dijo él. Veo que entendés todo a la perfección. Ahora terminemos el desayuno”. Terminamos de desayunar, el café, y yo café con “SU” leche. Me pregunta: “¿Te gustó, no? ¿Querés más?”. “Muy rico, pero no” le respondí yo. “Ya me llene”.
Ese día no había paseos turísticos planificados, tiendas de ropa, ni restaurantes. El itinerario era otro muy distinto. Uno de sus hijos era profesor de quinto año de un colegio secundario especializado en arte. Habían practicado muchos estilos de pintura, a lo largo de todos estos años. Pero les faltaba terminar de estudiar y practicar ciertos estilos de pintura.
El Sr. Leiva, me llevó a dar un paseo por la escuela de arte en la que trabajaba su hijo. Entramos, la recorrimos y luego fuimos hasta el aula en que estaba su hijo dando clases de arte. Su hijo al verlo, interrumpe la clase, hace un recreo para el alumnado y sale a saludarnos. El Sr. Leiva, le explica a su hijo lo que se traía entre manos. Su hijo encantado con la idea me saluda y me hace ingresar al aula. Los estudiantes que promediarían los 17 años se sorprenden al ver ingresar una hermosa rubia de 21 años acompañada de un Sr. mayor y empiezan a murmurar por lo bajo. Yo no sabía que era lo que estaba pasando, pero algo sospechaba. El Prof. de arte Rodrigo Leiva dice: “Atención clase, atención. Demos la bienvenida con un fuerte aplauso a la señorita Julieta, quien se ofreció voluntariamente a posar desnuda para nosotros para que podamos concluir nuestro programa de estudios”. Rodrigo me hace una seña de que pase al medio del aula (ya que los bancos de los alumnos estaban formados en semi círculo, en forma de anfiteatro). 
Si haberme tenido que desnudar en un cabaret fue algo difícil, aquí el caso era mucho peor. El ambiente era otro, la luz era total, pasaba gente por el pasillo y ni siquiera estaba esa especie de protección que me daba la semi-oscuridad el cabaret. Pero no tenía mucha opción, mi tío me había apostado y había perdido y el Sr. Leiva era un tipo bravo. Si yo no hubiera accedido desde un principio, el no sólo hubiera lastimado severamente a mi tío, sino que se habría cobrado de todos modos su premio (o sea a mí).
Paso al centro del salón y una vez más comencé a desvestirme. Tenía puestas unas zapatillas, medias blancas, un pañuelo en el cuello, un ajustado jean azul, una camisa ajustada blanca y un conjunto de ropa interior lila. Comienzo por lo primero, desabrocharme la camisa. Termino de desabrochar uno por uno los botones y me la saco, arrojándola a un costadito. Eso no era lo difícil. Quedo en jean y sostén. Pero ya el sostén no podía contener demasiado bien a mis enormes pechos, que luchaban por salir. Los estudiantes no lo podían creer. Dudaba yo, que pudieran llegar a concentrarse adecuadamente para hacer sus pinturas. Sigo sacándome la ropa, me desabrocho el jean primero y luego me lo bajo muy lentamente. Hago una pausa y no pude evitar mirar a los alumnos, a ver cuál era su reacción. Estaban encantados. Hubiera querido que la cosa terminara allí y que hicieran pinturas de mí así. Sin embargo, nuevamente la fuerte mirada del Sr. Leiva me dio a entender que no era suficiente y no me queda otra opción que desabrocharme el corpiño, dejando al aire mis dos enormes pechos. Escuchaba por lo bajos unos murmullos acerca de las cualidades de mi culo y de mis tetas.

Lo que más me costó fue el último paso, sacarme la bombachita. Ya que cuando estaba por hacerlo pasaron por el pasillo de las escuela, dos alumnos que serían de segundo año y se quedaron al lado de la ventana mirándome. Pero finalmente junté fuerzas y pude sacármela. 
Así estuve dos horas desnuda, posando frente a un curso de unas 40 personas. Afuera, se ve que estos dos chicos de segundo año que me vieron primero fueron a buscar a sus compañeros y no paró de agolparse gente al lado de la ventana para verme desnuda. La vergüenza había llegado a un nivel total. Dentro, escuchaba, desde los asientos que tenía más cerca, que murmuraban cosas cómo: “Mirá que culo hermoso que tiene”, “Y mirá esa conchita, con esos pelitos rubios. Como me gustaría comérsela”, “Que lindo sería partirla al medio”. Algunos comentarios hicieron que me sonrojara por momentos. Cada tanto Rodrigo Leiva me hacía cambiar de poses y aprovechaba para rozarse conmigo. Por momentos se acercaba a mí para hacer que daba alguna explicación a la clase y aprovechaba para tocarme: “Ven, tengan en cuenta que dar la redondez adecuada a algunas partes del cuerpo es muy difícil” decía al momento que me hacía parar de espalda a la clase y me pasaba la mano por el culo. “Ojo, pongan especial cuidado en esta parte, también es muy difícil de dibujar correctamente” decía mientras jugueteaba con mis pezones entre sus dos manos o directamente me sostenía una teta.

Pasadas las dos horas de clase, suena el timbre del instituto y los alumnos comienzan a guardar sus elementos de pintura en sus mochilas y a retirarse, Rodrigo Leiva me alcanza mi ropa y yo me visto ahí mismo. No me alcanzan ninguna bata como habitualmente se debería hacer en estos casos. Mientras algunos estudiantes pasaban por al lado mío. Primero me puse la camisa y cuando me estaba poniéndo la bombacha un alumno paso por al lado y me dio una nalgada en el culo: “Adiós, preciosa” dijo y rápidamente se perdió en los pasillos del instituto sin darme tiempo a quejarme.
Algo más tarde, volvemos a la mansión Leiva. El Sr. Leiva, me hace ir a su habitación esta vez, como era de esperarse. Había dejado que casi todos me cogieran y se guardaba lo mejor para el final. Para él. Había aprendido un par de cosas, y creo que él quería probarlas todas. En su gran habitación me coge una y otra vez, sin parar. Era increíble que un hombre de su edad y dado lo que aparentaba pudiera mantener cuatro potentes relaciones sexuales. Hicimos muchas y distintas posiciones. Comenzamos con un clásico misionero, en él que él se recostó encima mío y me embistió con todas sus fuerzas, bombeando y bombeando dentro de mi conchita una y otra vez hasta que se vino completamente dentro mío.

El segundo fue el perrito. Es decir, el me puso en la cama en cuatro patas y me dio pija por la cola sin parar. Me cogió el culo casi hasta el punto de hacerlo explotar. Sentí su enorme verga dentro mío empujando y empujando cadenciosamente una y otra vez. Llevaba él un muy buen ritmo que yo seguía hasta que me acabó en la cola, pero por fuera, bañando parte de mi espalda y mi cola.

El tercero fue un 69 hermoso, en el cuál con su experta lengua me arranco una enorme cantidad de jugos femeninos, al tiempo que yo le succionaba su miembro. Me lamió y lamió. Primero mis húmedos labios con maestría. Luego introducía su lengua bien adentro de mi vagina y la movía locamente, produciéndome una sensación de excitación asombrosa. Me daba chirlos en la cola también, fuertes y me introducía dedos en el ano para hacer mi goce aún mayor. Yo para recompensarlo, ponía todo lo mejor de mí en darle una buena chupada. Lamía su pene, por la cabeza, por los costados y luego bajaba hacia sus testículos. El seguía palmeándome las nalgas e introduciéndome sus dedos en el ano, mientras su mágica lengua se movía arrancándome gritos de verdadero y profundo placer.

El cuarto y último fue simplemente bestial. Tal vez la mejor penetración que recibí en mi vida y nunca vaya a tener otra igual. También fue él encima mío, pero esta vez me hizo cerrar fuertemente las piernas y apretar la vagina, con lo cuál sentí muchísimo su enorme verga. El me dio con todo. Bombeó y bombeó mientras me besaba muy bien en la boca, luego lamía mis pechos y me hacía gozar como nunca. Era increíble que una persona de su edad pudiera hacer lo que él estaba haciendo. Pero lo hacía y su verga no se bajaba. Seguía firme como un roble, erecta dentro mío. Continuaba bombeando y yo me dejaba puse las manos al costado de mi cabeza y me puse a disfrutar de lo que él me estaba haciendo. No podía disimular una sexual sonrisa en mi cara, ni dejar de gemir apasionadamente por momentos. Disfrutaba mucho cuando me tocaba con maestría las tetas. Como las acariciaba, como sólo pocos saben. Y él seguía empujando parecía invencible, un coloso. Por momentos yo lo abrazaba y acariciaba su espalda y seguía disfrutando de la pija que estaba recibiendo. Finalmente descargó su semen dentro mío y lo sentí con una fuerza y vigor increíbles, una vez más se repitió la sensación hermosa que había experimentado en la tienda de ropa.

Cuando terminamos el encuentro sexual, me explica que desde que se había muerto su mujer, que el no compartía su cama con nadie y que por otro lado no había terminado de cobrarse el premio de su apuesta y que en la casa había muchas cosas de valor y que en el fondo él no me conocía. El corolario de toda esta explicación que yo no entendía a dónde apuntaba fue: “Te voy a tener que atar y por respeto a mi difunta esposa nos vas a dormir conmigo, sino a los pies de mi cama”. Fue así como me puso un collar de cuero negro en el cuello, que tenía una larga correa atada a la cabecera de su cama. Me señalo una especie de colchón que habían en el piso a un costado y me dijo: “Vos dormí ahí que vas a estar cómoda”. No había almohada ni nada, sólo el colchón. Para poder dormir, me puse de costado y así dormí plácidamente toda la noche, como una gatita o perrita a sus pies.
Al otro día hubo más sexo, sexo y cosas que tal vez les cuente en un futuro relato. Cuando se hizo de noche, me llevaron en automóvil hasta la casa de mi Tío Alejandro. Nos saludamos y despedimos efusivamente. Entré a la casa exhausta y me tiré a dormir.
julieta_s24@hotmail.com

 

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