En el atardecer de la víspera del ya designado día del acto de apareamiento de la bella y el toro, la princesa y el capataz debieron realizar la importante tarea de transportar al novio al corral chico. Debido a la docilidad que el animal invariablemente manifestaba hacia Marcia Paula, contrarrestada por una verdadera inquina hacia el capataz, fue necesaria su presencia para colaborar en tal operación. Se dieron, pues, a la tarea en medio del mayor sigilo y aprovechando el vespertino retraimiento de las actividades.
Con la mayor tranquilidad, tomado de una muy elemental soga al cuello, siguió Mimoso a la patrona hasta que lograron acomodarlo en el interior de una jaula de madera montada en una vieja camioneta Ford, dispuesta para estos fines. Cubrieron la caja de la chata con una lona, de tal suerte no era dable observar su contenido.
Al llegar al sitio previsto tomó Marcia Paula nuevamente al toro del cordel y hablándole con afectuoso tono lo hizo descender por el plano inclinado colocado al efecto. El animal, como era ya de notoriedad, obedeció con total complacencia, hecho que no dejaba de sorprender al receloso capataz. Finalmente, el toro quedó ubicado en el corral vecino al principal y convenientemente separado de éste; el que, al día siguiente, muy en la madrugada, se convertiría, según los planes, en la liza del sin igual combate.
Como el capataz no podía desasirse de la idea de contar con una adecuada iluminación general, apuntó:
––Ya está cerrando la noche, niña. Esperemos un poco más para que podamos comprobar el grado de luminosidad que nos va a proporcionar el foco del poste. Quizá resulte conveniente sustituirlo por uno de mayor potencia.
––¡Dale con la luz!… ––contestó, algo fastidiada, Marcia Paula––. ¿Es que no te ha entrado en la mollera que podremos complementar fácilmente cualquier carencia de iluminación de ese bendito poste?… Pero…bueno, ¡esperemos un rato más!… si ello satisface a mi amado capataz.
Poco después, aún en la penumbra de la oración, Ramón accionó la llave de la luz y pudo comprobar que, al fin de cuentas, la iluminación general en la zona del anclaje, aunque parca, era razonable. Ante al insistencia de Marcia Paula, que estaba ansiosa por partir, se conformó con el resultado, refunfuños de por medio. Era obvio que para las operaciones más finas requeriría del auxilio de una buena linterna.
—¿Pregunto, amita? —dijo Ramón mientras regresaban—: ¿no correrá usted el riesgo de quedar embarazada de semejante bicho?
—No, Ramón, no… No existe la más mínima posibilidad que tal ocurra, aunque en la leyenda griega se consigne que la reina Pasífae haya concebido un verdadero engendro del toro que la poseyó y que se convirtió en otra leyenda con el nombre de Minotauro. De hecho, tengo entendido que hay mucha gente que ha franqueado la barrera de las especies desde el punto de vista físico, tanto de un lado, como del otro; ya te he mencionado que en nuestras narices se halla instalada la cuestión, según es notorio, de El Taba y la Lucinda. Tal hecho mereció el poco edificante (al menos para mí) mote de «bestialismo». Pero las restricciones biológicas de la concepción son cosas mucho más específicas y no se puede pensar que sean susceptibles de ser infringidas. A lo sumo llegamos a tener el mulo, del apareamiento de burros y caballos, pero la cosa queda ahí nomás, pues se dice que el mulo no puede tener descendencia.
—¡Pero es que yo tengo tanto miedo a todo esto!… Tiemblo de pensar que algo pueda pasarle a usted y no me canso de recomendarle mucho cuidado.
—También yo estoy temerosa, mi querido Ramón, pero he llegado a la convicción que un sino inescrutable me ha empujado a todo esto. No sé por qué causa… pero es obvio que todos los acontecimientos se encadenaron de manera tal, que no pudieron sino desembocar en la forma que estamos viendo. Y, en primerísimo lugar, está la presencia de esta profunda perturbación de lo que siento como mi «vacío», que es un ente abstracto, pero que se manifiesta con una potencialidad muy concreta; y luego, el misterioso desarrollo de todos esos hechos que poco a poco fueron incrustando en mis meninges los pensamientos que hasta aquí me condujeron: el presenciar aquel apareamiento del overo, muchas ideas obsesivas sobre la verga de él, la leyenda sobre la reina y el toro, el caballo de Troya del gallego del almacén, la notoria aquiescencia y aceptación por parte de Mimoso y, lo que es de la mayor importancia, la habilidad de don Otto Salinger (verdadero y oportunísimo Dédalo) y el hecho de que se cruzara tan a propósito en mi camino. Y por si esto fuera poco, estás vos, mi querido Ramón, sin cuya conspicua voluntad y lealtad nada hubiera sido dable hacer.
»¡No, mi querido Ramón!, no es posible sino imaginar que un destino inexorable, convertido en desatino, me ha empujado a este acto de cruzar la frontera de las especies, y en el que vos has quedado también entrampado, mi fiel amigo. Pero no te preocupés, ya que el corazón me dice que todo irá bien.
Siguiendo el mismo derrotero de esas razones, pero ya para sus adentros, se dijo: «A todo aquello debo agregar la rauda desaparición del enanito, cuya ‘protuberancia de abajo’ con su increíble ‘cabeza de pera’ iba en camino de constituirse en la opción a la verga taurina. No en balde hizo que por momentos olvidara toda la operación del Vacuno de Soya, pues ya tocaba el cielo con las manos después de aquellas dos únicas sesiones. Nunca estuve tan segura de la presencia de mi ‘vacío’ como en aquella circunstancia, y tan en la convicción de que por tal vía lograría destruirlo… Pero… por desgracia… el indescifrable hado acabó por poner su rúbrica… Y el corcovado personaje del enorme miembro muy pronto se me esfumó del camino.»
Al regresar se dirigieron directamente al taller principal y se introdujeron en él junto con la camioneta de la jaula. Allí se hallaba un segundo vehículo, el furgón, que sería utilizado para transportar a la vaquilla y para todo otro requerimiento durante la operatoria.
––Dentro del furgón se encuentra ya la vaquilla de don Otto con el montaje totalmente realizado y descansando sobre un pequeño acoplado de ruedas de bicicleta ––dijo Ramón––. Tan sólo queda por proceder a su transporte, a su encastre sobre los anclajes y al ulterior ajuste de sus patas sobre los mismos… A los elementos de índole personal que Ud. quiera llevar al corral chico los pondremos también en el furgón, junto a la escultura.
––Sí, sí, ––replicó la patrona–– mañana, cuando partamos, traeremos un bolso en el que se halla todo lo que pienso que necesitaré. Ahí mismo, dentro del habitáculo, se harán todas las operaciones previas y posteriores… Ahora, quiero ver al Vacuno de Soya. Abrí, pues, el furgón.
Así lo hizo Ramón y Marcia Paula se extasió en la contemplación de la maravillosa pieza escultórica, que resultó fruto de su iniciativa, de la gestión del bueno de Ramón y de la artesanía del genial Otto Salinger.
––¡Es realmente bella! ––Exclamó la princesa––. Me siento muy orgullosa de haber conseguido realizarla y espero que en un futuro pueda servir de emblema a la Estancia La Soya… ¿Está bien afirmada para el transporte?
––No lo ponga en duda… ¿Le parece, amita, que ahora vayamos a la mansión directamente por el túnel? El tramo es un poquitín largo, pero estaremos al abrigo de cualquier mirada.
––Sí, por supuesto… Me parece la mejor idea. Iremos, descansaremos un poco en el departamento y luego volveremos aquí por el mismo camino.
Salieron del taller y en contados minutos se hallaron en el granero viejo, desde el cual accedieron a la mansión a través de la larga galería subterránea. Ambos pasaron el tramo de noche, previo a aquel tan crucial encuentro, como apacibles y quedos esposos. Sabían de los agitados momentos que les esperaban y de la necesidad de calcular con exactitud los tiempos a utilizar en aquel particularísimo quehacer, pues al iniciarse las tareas rutinarias de la estancia, todo debía haber concluido.
Así, pues, comieron frugalmente y durmieron un par de horas. Luego, casi despidiendo la medianoche que acababa de transcurrir, mucho antes de la madrugada, iniciaron la marcha. Por el túnel se dirigieron al granero viejo, de allí al taller, y, luego de realizar los últimos aprontes en la camioneta-furgón, en la oscuridad de la noche, nuevamente pusieron rumbo hacia el corral chico.
La princesa cerró los ojos y, en medio de la ensoñación, oyó el majestuoso himno del Parnaso:
¡Oh, Marcia Paula, rediviva y preclara versión de la cretense reina en las australes tierras del planeta!…
¡Oh, lejana encarnación de la hija del rey Agenor, no ingenua y candorosa, sino astuta y pletórica de salacidad!…
Repican a vuelo las heráldicas campanas anunciadoras del arribo de la suprema hora de la verdad…
Ha de despuntar la mañana, y antes que el inmutable carro de Febo inicie su comba, proverbial y rutinaria carrera, esparciendo en chispeantes raudales el aura de su esplendente rosicler por el perezoso cielo, todo habrá sido consumado para ti…
Tu voraz apetencia de la desmesura habrá de trabarse en recia lucha ante la embestida del fiero marido taurino…
Después de tantos preparativos y desvelos, has de bajar a la liza a disputar, por imperio del caprichoso hado que puso en ti el desaforado anhelo, este balsámico y asaz hechizante combate de amor…
Con el despuntar del alba saludarán tu solemne paso los bulliciosos pajarillos del despertar. ¡Congratúlate, entonces, con sus laudatorios trinos, con su grácil cortesía y con su policroma entonación!
Tú vas, anhelosa y solemne, rumbo al vientre del exótico artificio vacuno con el majestuoso porte de una María Antonieta…
Mas, en tu caso, este destino no te condena a letal cadalso, sino que viene a consagrar la corona de la Pasífae de las argentinas pampas… Trofeo que deviene, por ende, en el conspicuo trono del Nuevo Imperio de las Profundidades.
µ µ µ
En contados minutos más, la operación Vacuno de Soya quedaría absolutamente lista para iniciar ese viaje a una verdadera dimensión desconocida, en lo que se convertiría en una paráfrasis de la historia de aquel notable caballo de los griegos que, transportando en su interior un belicoso grupo guerrero, permitió la entrada de las furias del sitiador de la ciudad. Así, nuestro vacuno, llevará en su vientre a una también gallarda y belicosa amazona, ávida de acción guerrera, que abrirá sus propias puertas a las furias de un extraño y poderoso invasor.
Envueltos en la cerrada noche llegaron a aquella liza. Tal como lo supusiera el perspicaz Ramón, el sencillo poste de iluminación procuraba algunos valetudinarios aunque suficientes destellos de luz en el lugar donde se hallaban los anclajes. «La niña tiene razón —pensó—; hay claridad suficiente para los desplazamientos y las operaciones de mayor lastre.» Finalmente se tranquilizó y quedó conforme con esa suerte de clara penumbra que reinaba alrededor del corral chico, pues, lo que menos interesaba en tan especial ocasión, era una brillante iluminación… ¡Nada de eso!… Nunca podría tener la certidumbre de que no existan ocultos ojos indiscretos atisbando los hechos.
Ramón Zamorano despejó con una pala lineman la tierra que cubría los anclajes; los limpió meticulosamente con una escobilla, y luego procedió a extraer las tapas de acero. Inspeccionó el interior de esos dispositivos, pues el alemán le había recomendado la mayor limpieza en el momento del encastre de las patas de la vaquilla; con un pincel en seco procedió a realizar una más prolija pasada y, finalmente, dirigió un chorro de aire comprimido de un pequeño depósito cilíndrico que había portado al efecto. Luego, mediante una rampa, descendió de la caja del furgón la pieza escultórica (convenientemente cubierta por una lona) que se hallaba sobre el carrito de ruedas y la ubicó junto a los anclajes; era el momento en que quizá requeriría la ayuda de la dama. Pero pronto advirtió que tomando por sí solo aquella pieza alternativamente por cada uno de sus extremos, ello no sería necesario. No obstante la princesa estaba presta a la colaboración en las tareas.
Antes de ubicar la vaquilla en su sitio, untó adecuadamente con aceite mineral el interior de los anclajes y luego se las arregló muy bien para colocar las patas en ellos sin, casi, ayuda de la bella. Vio que encastraban perfectamente, sonando en cada caso el clack correspondiente; ajustó las tuercas y, en cuestión de media hora, ambos dejaron localizada la escultórica imagen vacuna en el sitio previsto, habiendo quedado completamente firme y sin posibilidad de que fuerza alguna la pueda tumbar.
Ramón aplicó con su recio cuerpo una serie de empujones a aquella pieza para comprobar, en alguna medida, el funcionamiento de las articulaciones de las patas, pudiendo notar sus oscilaciones y su rápida amortiguación.
—Creo que las rótulas han de trabajar a la perfección —sentenció––. Y el gringo tenía razón en cuanto a que ni un elefante habría de voltear la vaquilla.
—Lo que no me agrada —protestó la princesa— es este particular olor que tiene el aceite mineral que metiste en los encastres. ¿No podrías haberlo evitado?… Temo que interfiera con el olfato de Mimoso.
—Bueno, lo hecho… ¡hecho está! —replicó él—. En realidad no se me pasó por el pensamiento tal idea. Mi magín se hallaba totalmente ocupado por las recomendaciones del gringo de procurar que el encastre sea tan dulce como se pueda… Quizá debí usar alguna vaselina inodora.
Mimoso se hallaba bastante nervioso y la patrona se aproximó entonces a él. Comenzó a acariciarlo y de nuevo le habló al oído con sus acostumbrados susurros, tratamiento que, al parecer, el toro tan bien comprendía, según se comportaba:
—Mi querido Mimoso, ha llegado la hora de la prueba. Es el momento de nuestro himeneo. Compórtate como el enamorado y todopoderoso Jove, que yo seré tu dulce Europa. No repares en que en aquel caso el inductor fue el poderoso dios del Olimpo y la bella doncella, la hija del rey Agenor, fue la inducida por el porte y la belleza del camuflado animal. Claro está, en nuestro caso se han permutado los papeles… Pues yo, Marcia Paula, soy el fabricante del ardid y tú… quizá seas un vicario de aquel dios.
»Sólo te pido que te conduzcas como en aquella ocasión te vi hacerlo con tu vaca de verdad. Quizá no vaya a ser lo mismo para ti, pero lo cierto es que, ante el vital impulso de tu sexo, recibirás al menos otro impulso de igual naturaleza, que no del mismo calibre. No te sientas engañado, como no lo está mi querido y fiel capataz… Nos veremos, pues, en la amorosa contienda…
A continuación Marcia Paula se despojó de su ropa en el interior del furgón, al que había acondicionado convenientemente y dotado de todos los menesteres que consideraba habría de necesitar; se calzó un par de sencillas zapatillas de color lila y echó sobre sus hombros un simple batón destinado a permanecer sobre ellos tan sólo en el corto trayecto que la separaba del habitáculo vacuno. La madrugada era fresca, pero ninguna consideración térmica pasó por su mente. Sólo llevaba entre sus manos una toalla y el preciado frasco bermellón que el enano le había regalado, precaución que, desde que las propiedades de la sustancia contenida en él entraron en su conocimiento, consideró oportuno tomar en la emergencia.
Al llegar frente a la cabeza de la vaquilla, la que se hallaba rebatida hacia un costado, procedió a descalzarse y a despojarse de aquella última prenda que portaba, depositando todo ello, junto con la toalla, en el piso. Subió sobre el banco que Ramón había colocado a propósito y luego pasó su cuerpo -primero sus piernas- a través de la entrada a la cámara, tal como lo hiciera en la prueba, dejando afuera, por unos instantes, tan sólo su cabeza. Dio las últimas instrucciones a su capataz, y ambos se besaron largamente. Después, temblando de emoción y con el corazón fuertemente retumbando en su pecho, se introdujo al interior de aquella maravillosa pieza, encendió la rosada luz e hizo señas a su ayudante para que procediera a cerrar la puerta. Tras oír el seco golpe de su cerradura, la princesa se dirigió a colocar la pelvis a la altura del orificio de la ficticia vulva. Realizó un par de movimientos de ajuste de la plataforma de base para acomodarse al citado orificio, de suerte tal de asegurarse la mayor facilidad de operación. Dio dos golpecitos con los nudillos sobre su plafond, de acuerdo a la señal convenida, y Ramón, después de retirar la lona que cubría a la vaquilla, abrió entonces la puerta del corral que retenía al ya cuasi furioso toro y de inmediato se puso a buen recaudo.
A Marcia Paula se le apuró nuevamente el corazón al percibir el retemblar del piso por las correteadas del animal, que iba de aquí para allá. Sintió asimismo los mugidos del amor que Mimoso lanzaba y cómo, por momentos, se rozaba sobre el firme casco de la vaca artificial. Tal como ella lo había deseado, se produjeron voluptuosas oscilaciones de aquel hábitat, las cuales denunciaban las pasionales y grotescas caricias taurinas. Así, el overo daba inequívocas muestras de su favorable predisposición para el himeneo. Ella ya se encontraba muy ‘mojada’ por la excitación, y cuando percibió los resoplidos del toro en la vulva de la vaca, adosó su genital a la parte interna del orificio… y comenzó a sentir las ardientes ráfagas de su aliento.
—¡Huele, Mimoso, huele!… ¡Huele la fragancia del sexo que tú ya conoces y que te sirva para expoliar tus ancestrales energías de macho!… Huele y haz pasar desapercibidos los matices de aromas que no se avienen por completo con tus instintos, que, después de todo, la oferta lo es también de una hembra bravía que el destino ha dictaminado en adaptar a tu gusto.
Luego comprobó que su temperamental novio volvía a sus pesados trotes, a sus vivas patadas en el suelo y a sus clamorosos bufidos… y nuevamente al olfateo genital. La princesa se cuidaba muy bien de no dejar pasar esta particular manifestación de la taurina filia.
Finalmente sintió una suerte de blando impacto en su plafond y el hábitat sufrió un desplazamiento hacia abajo y adelante, lo que a ciencia cierta le estaba indicando que el animal se había montado. Se produjo en ella una eclosión de voluptuosidad.
Entretanto, el alicaído capataz no podía dar crédito a lo que estaban viendo sus ojos. En rigor de verdad, siempre había mantenido la alentadora sospecha de la imposibilidad de engañar al toro de tal modo y creía que ese singular apareamiento, por cuenta del animal, jamás llegaría a consumarse… Al menos era su más recóndita esperanza, pese a cuanto se le había advertido en contrario.
Casi se diría que la princesa, por su parte, percibió el peso del toro como sobre su propio lomo; tanto era el grado de compenetración a que había arribado. Prestamente, con un movimiento minuciosamente proyectado ab initio, levantó su pelvis por encima del nivel del orificio para dejarlo expedito… y, casi de inmediato, vio pasar entre sus piernas con la celeridad de un sablazo, al enorme miembro taurino que con extraordinaria rigidez iba en busca de su placentero destino. Su glande describía en el ventral vacío, singulares, nerviosos e invisibles contornos.
Lo primero que hizo fue cerrar sus piernas alrededor de él para sentir su contacto y para aquietar aquellos movimientos que, según ella entendía, debían causar perplejidad en el animal: era uno de los puntos críticos y de los momentos más débiles del proyecto. Luego, vertiginosamente, pese a que temblaba toda de emoción, tentó aquella verga y la ungió con el oleoso y perfumado elixir que portaba, dejándola totalmente cubierta de una membrana untuosa… Todo el habitáculo quedó de inmediato gratamente aromatizado.
Usando sus rodillas y sus manos, gateando, y con aquel vástago entre sus piernas acariciándole el vientre, comenzó a adelantarse como para dar inicio a la penetración. Mas de improviso, también con la velocidad del rayo, vio Marcia Paula que la resbalosa verga se deslizó hacía atrás de entre sus piernas y desapareció del hábitat. Simultáneamente percibió que éste se desplazaba nuevamente a su posición inicial de equilibrio… Sencillamente que el toro se había desmontado… Casi en el paroxismo de la desesperación exclamó la princesa:
—¡Maldito sea!… ¡El tan temido punto crítico!… ¡Vamos, Mimoso, vamos!… ¿Qué te pasa?… ¡No quieras abandonar este combate en hora tan temprana!… ¡Vuelve… vuelve… por favor!…
—¡Ya me parecía!… ¡Ya me parecía!… —exclamó, por su parte, el despechado capataz—. ¡El overo se ha percatado de la engañifa!…
No lo dijo tan despacio que, desde el interior de la vaquilla, no lo haya oído la princesa, si bien a nivel de monocorde y no entendible rumor. Pero, conociendo el sentir de su amante en la cuestión, no le cupo mayor duda de cuál debía ser el tenor de sus expresiones.
––¡Y maldito sea también este Ramón!… Se debe estar regocijando de la desmontada de Mimoso. Cuando salga de aquí me va a tener que oír… y si esto fracasa, ¡peor!
Pero el toro no había abandonado su impulso. Marcia Paula apreció nuevamente el retemblar del piso originado por nuevas y violentas correteadas y con ello tuvo las pruebas de que aquél seguía activo en sus juegos preliminares. Se alivió, dejó de pensar en su venganza a Ramón y, en unos segundos más, nuevamente percibió los furibundos resoplidos por el orificio de atrás: tuvo buen cuidado de aproximarle su vulva… la última esperanza que le quedaba.
La expectante Marcia Paula notó la reiteración de las muestras que indicaban que el overo volvía a montarse sobre la vaca artificial: en este caso hubo un seco y sordo sonido en el plafond, seguido de inmediato por el desplazamiento del hábitat bajo el efecto del gran peso. La princesa, habiendo ganado ya el conocimiento del sitio en que podría comenzar el acoplamiento, se adelantó rápidamente hasta donde había comprobado la llegada del extremo de la verga en su anterior embate.
Pero muy pronto hubo de advertir que se trataba de una maniobra equivocada, pues ahora la verga se introdujo al interior de la vaquilla en dos o tres breves etapas; mas esta vez parecía haber perdido parte de la rigidez de la erección, de tal modo que, solicitada por la gravedad, presentaba una cierta curvatura hacia abajo; por ello no llegó a tocar la ansiosa carne de Marcia Paula. Vio claramente que era uno de los efectos iniciales de la carencia de la vagina de la vaca, efecto que no había sido tomado en consideración en todas las lucubraciones del proyecto; habían preferido pensar (inadvertidamente) en la rigidez cuasi absoluta, en todo momento, de la verga del toro. Consideró, pues, que al adelantarse había equivocado el modus operandi y que más le hubiera valido una posición de espera similar a la primera, es decir, muy próxima al orificio de ingreso y dejando deslizar el órgano del toro por entre sus piernas hacia delante.
Pese a que la nueva presencia le había hecho retornar su alma al cuerpo, no le cupo duda que le era indispensable actuar con la máxima celeridad, antes que el ocasional amante eche de menos el abrigo interior de su arqueado miembro. Y así, pasando su brazo hacia atrás por entre sus piernas, lo tomó con la mano y lo enderezó en un santiamén, colocando el tumefacto extremo en contacto con el vestíbulo de su rezumante sexo…
—¡Ahora no te vas a escapar! —fustigó.
Lo notó muy tibio, casi caliente… y se tomó unos escasos segundos para emitir un demoledor suspiro…
—¡Madre!… ¡Qué grueso que es!… ¡Oh, mi inexorable «vacio» vuelve por sus fueros!… Siento su efecto etéreo… ¡Nuevamente ha invadido mis entrañas!… ¡Así está bien!… ¡Así está bien!… ¡Él es quien debe sostener esta lucha en su propia ciudadela!
Tras haber logrado que aquel miembro penetrara un par de centímetros más allá del introitus, manteniéndole de tal guisa sujeto por su extremo a las puertas de sus entrañas, lo tentó hacia atrás percatándose, en virtud de la curvatura que presentaba que, en efecto, había perdido algo de su erección. Notó que se desarrollaba una típica catenaria entre el orificio vulvar de la vaquilla y su propio sexo… Lo levantó para restituirle su linealidad y no dejó de apercibirse, deleitosamente, de su significativo peso. Sin embargo confió en que con el avance de la operación habría de recuperar totalmente su rigidez.
Vio que era conveniente levantar un poco el nivel de su cuerpo y sin más pérdida de tiempo liberó provisoriamente su mano de aquella operación de sostén, a fin de maniobrar la plataforma del vientre… Había tomado conciencia de la necesidad de proceder con la mayor premura para ceñir con su propio conducto aquella desconfiada verga.
Rápidamente volvió a sostener la voluminosa catenaria con su diestra e inició la incitante, exótica y peligrosa carrera hacia el retroceso… y hacia el corazón mismo del infinito arcano… La nunca vista confabulación de dos instrumentos diseñados para un mismo fin, pero con actores en muy diferentes escalas.
Marcia Paula reculaba con un suave meneo de caderas y con acendrada precaución, pero no con menos gusto…
¡Qué al dedillo había resultado el diseño de la plataforma del germano!
Comenzó entonces a tener la sensación de distensión y de plenitud…
Sus ojos permanecían entrecerrados por la ensoñación y pecho y garganta se habían convertido en permanentes focos emisores de suspiros de placer…
Molestia, por la evidente distensión de su conducto vaginal, ¡ninguna!…
Por otra parte, la lubricación que había proporcionado el viscoso néctar del frasco bermellón operaba a las mil maravillas y, por añadidura, mantenía todo el ambiente inmerso en su especialísimo aroma de incitación.
Su preocupación por la erección del animal no la abandonaba, por lo que tentó nuevamente la porción remanente del miembro por detrás de ella. Verificó así, con evidente satisfacción, que el tramo era tanto más rígido cuanto más corto. A ojos vista, la curvatura de la catenaria se estaba disipando.
Se sintió transportada a los confines del embeleso mágico por acción de aquel perfume; sabía, con ardiente convicción, que tales efectos actuarían, asimismo, en su bestial marido.
Se daba en recordar las palabras del enano: «Es obvio que la señora Carla es profundamente entendida en estos avatares de amores; pues sabe muy bien calificar el valor de los instrumentos y sustancias que la naturaleza prodiga para el mayor beneplácito de los hombres.»
Y Marcia Paula proseguía, con sublime regodeo, aquella mágica penetración… Ella sabía que su «vacío» tenía la taumatúrgica facultad de convertirla en ancha y profunda… como un lago de montañas… Ya lo había comprobado el jorobadito… Pero, como éste lo había aseverado, el aromático elixir traería una significativa colaboración.
¿Acaso habría algo de aberrante en todo esto?… ¡No!, la flagrante inmersión no daba lugar a queja alguna. Antes por el contrario, tan prodigiosa posesión taurina le procuraba pura delectación… ¡Se estaba consumando el anhelo de tanto tiempo!… Ella no se sentía culpable de su pasión. Aquello era, sin duda, el ukase del hado.
Ahora percibió mucho calor y notó que diminutos regueros de transpiración le recorrían diversos sectores del cuerpo. De su perlada frente se descolgaron un par de gotas que rápidamente se embebieron en el tapiz de la plataforma del vientre.
Con gesto maquinal, abandonó por unos instantes el sostenimiento de la porción externa de la verga para utilizar su mano en el accionamiento del sistema de ventilación, pues para nada podía contar con su brazo izquierdo que tenía la función de único soporte de su torso. Manipuló, pues, la llave correspondiente y puso en funcionamiento los pequeños rotores de aspas ubicados en las orejas de la escultura vacuna… De inmediato, se oyó un sutil zumbido y se produjo en el interior de aquel particular hábitat una vivificante corriente de aire.
—¡Ah!… ¡Qué refrescante brisa circula desde abajo!…
Rápidamente volvió a retomar el monitoreo de la ya casi insignificante catenaria por detrás de sus nalgas. Nunca dejaba de menear sus caderas y de presionar en su retro avance.
Por momentos pensaba en su vivencia junto al jorobadito; si bien en este caso pudo engullir su órgano casi de un bocado. «Era también una verga monstruosa… pero humana», pensó.
Milímetro tras milímetro proseguía deglutiendo el colosal ariete…
—¡Así está bien, mi Mimoso!… Mi querido novio de esta hechizante jornada… Te estás comportando a las mil maravillas… Espero que no te canses demasiado pronto, que esta particular cura ha menester de su tiempo… A las conspicuas virtudes prolongadoras del elixir, me remito.
Un nuevo avance… Dureza… Más rigidez… ¡Ah, qué bien!…
Mas ahora vio que se fatigaba en mantener el equilibrio de la parte anterior de su cuerpo en tanto que seguía utilizando su diestra en la operación de palpación del miembro. Optó entonces por levantar un poco el borde anterior de la plataforma del vientre; quizá pueda apoyar en ella directamente su torso…
Tentó el botón de comando pertinente; de inmediato percibió el aceitoso zumbido del sistema y la arista superior de la plataforma comenzó a elevarse. Después de un par de ajustes comprobó que el apoyo que ahora le brindaban sus rodillas y su torso redundaba en una mayor comodidad. Literalmente tenía las manos libres para colaborar en las restantes operaciones de la increíble cópula. Sintió un gran alivio en sus brazos.
––¡Qué gran idea la de dotar de rotación a esta bendita base de apoyo!
Y la adecuación que la cómoda inclinación de la plataforma le había prodigado, le dio motivo a reiterar sus agradecimientos al inefable maestro alemán…
Siguió reptando con su pelvis… y reculando… sin prisa y sin pausa… Siempre a la conquista de nuevas porciones de aquella gratificante presa… ahora convertida en sutil espada canalizada tan sólo por su vaina.
Suspiraba a mares y emitía gozosas quejas…
Con su diestra tentó nuevamente la porción de miembro que gastaba entre sus nalgas y el orificio de entrada de la vaca…
—Casi toda ella está alojada en mi seno y ya no necesito que me preocupe por su dureza… ¿Dónde estás?… ¡Oh, lampalagua colosal! ¡Oh, súper-giba taurina!… ¡Oh, pantagruélica bracamarte!… ¿Quién te contiene?…
—¡Ah, mi maldito «vacío»!… ¡Sempiterno Moloch de voracidad inaudita!… Presiento tu retirada… Ya está casi destruida tu ciudadela… No podrás resistir el ímpetu y magnitud del enemigo con quien pugnas…
—¡Ah, cómo me siento de colmada!… Pudiera ser que este bestial marido tenga la sutileza del jorobadito de concentrar la suficiente potencia como para expandir el tiempo. Lo que confío que ocurrirá por efecto de aquel prodigioso elixir que el enanito usara y que parecía dotarlo de extraordinario vigor y aguante.
Y más que enfrascada en sus goces y reflexiones concomitantes, no dejaba por ello de menearse y… de retroceder…
Y en aquel momento percibió que las plantas de sus pies daban con las cortinitas de la cubierta de cuero de la vaquilla, e iban en demanda de la apertura de los orificios dispuestos para sacar sus extremidades inferiores al exterior.
Casi sin darse cuenta presionó y saltaron sus broches; pronto emergieron sus diminutos pies al exterior del habitáculo.
Así como Ramón los vio aparecer, quedó atónito. Además, comprobaba que la bestia se hallaba más que eufórica en su función… Se tapó los ojos con las manos.
Entretanto, sumida en el más profundo éxtasis, Marcia Paula proseguía maquinalmente meneando sus caderas… y retrocediendo.
—¡Ah, qué delicia!… ¡qué sensación!… ¡qué falta que hacía a mi «vacío» la contundencia de este remedio!
—Estoy siendo totalmente colmada… ¡Ah, Pasífae, Pasífae!, sólo yo, desde el confín de estas dilatadas llanuras australes, podré comprenderte por siempre jamás…
Y de pronto: ¡lo increíble!, ¡lo colosal! ¡lo maravilloso!… ¡la cristalización del encanto!…
Pues percibió que sus nalgas se adosaron tiernamente a la rugosa superficie interna de la pared posterior de la vaquilla… Con superlativo deleite cayó entonces en la cuenta de que albergaba en su hechizado seno toda la dimensión del órgano taurino…
¡Tal como ocurriera con el ahora desdibujado miembro del Gobbino Kokó!… ¡Tal como penetrara el de El Tala en el interior de la Lucinda!… Su «vacío» lo devoró sin más trámite…
Las partes salientes de sus extremidades inferiores, notoriamente divergentes, iban más allá de la mitad de sus pantorrillas…
En verdad: ¡se hallaba mágicamente poseída en su totalidad por su descomunal novio!…
Se veía saturada en su salacidad… y su dicha era inenarrable…
¡Habíase consumado, integralmente, el taumatúrgico acople gino-taurino! Y ella lo sentía como algo maravilloso y hechizante… como si al fin hubiesen resultado satisfechos los requerimientos de su singular fatum.
De vez en vez, el bestial novio propinaba violentas embestidas a su engañadora amante bovina, la que se agitaba cadenciosamente al influjo de tales enviones, dando pruebas así del perfecto funcionamiento del dispositivo de amortiguación preparado por el alemán. El conjunto de la acción ofrecía tales visos de realidad al concordar con los impulsos del toro, que difícilmente pudiera pensarse que la hembra de aquel apareamiento era de artificio.
La princesa, por su parte, recibía aquellos impactos con enorme beneplácito, pues, convenientemente defendida por la carcasa de la vaquilla de los efectos brutales del animal, sólo llegaban a su entraña como una serie de mitigados impulsos que le agitaban gustosa y profundamente su cuerpo entero y le provocaban intensos quejidos de placer.
––¡Ah!… Me felicito una y mil veces por haber insistido frente a Ramón para que el maestro Otto instalara estos dispositivos de amortiguación… ¡Qué gran goce me propinan las controladas furias de mi bestial marido!… Por otra parte, estoy segura de que los movimientos de la vaquilla ayudan a mantener los necesarios estímulos del overito, quien debe estar en la cuenta de que se aparea con una vaquita muy bella… ¡y muy real!
Después de arribar a la posición extrema, tuvo clara consciencia de que no le sería dable poner su mente, como estaba acostumbrada a hacerlo, en la sublimación de la acción. Seguramente su compañero, que tan cabalmente había aceptado el reto biológico, no entendería nada de tales exquisiteces.
—¡Ay, torito de mi alma!… ¡Compórtate, por favor, en algo, como lo hace mi Ramón, como lo hizo tan complacientemente el jorobadito!… ¡Quédate quieto un rato!…
Intentó aprovechar al efecto uno de esos momentos de relativa calma que el vehemente dinamismo imponía a su compañero. Quiso entonces encapsular el instante que vivía y detener el tiempo.
El inmenso placer que la embargaba le hacía percibir un electrizante cosquilleo en todo su ser… No dejaba de albergar la convicción profunda de que alojaba al descomunal miembro taurino en sus entrañas por una suerte de hechizante influjo.
Se sentía rebosante… pletórica… Como le ocurría frecuentemente con lampalagua y como le acaeció en la circunstancia de su aventura con el Gobbino Kokó, percibió a aquel intruso como volátil… etéreo… difuso… indefinido… la quintaesencia de lo incorpóreo… Le prodigaba un cosquilleo hechizante.
Por todo lo cual vino a calibrar la feroz contienda que su «vacío» presentaba.
Cual famélico Moloch, también pretendía devorar esta inusitada presa.
—¡Carpe diem!… ¡Carpe diem!… —se repetía incansablemente, en su afán por captar en el finito instante lo que se transformaría en la vivencia capital de toda su existencia.
Mas pronto advirtió que la pasividad por ella deseada no cuadraba con el astado marido y percibió que se hallaba en puertas el instante del fin de aquel acto.
Así que resolvió que debía acompañarle y, con gran fruición comenzó gustosamente a frotar sus nalgas contra las paredes interiores del artificial vacuno y a ejecutar alternadamente especiosos movimientos de vaivén.
Con ello, sentía por instantes la pesadez de la carne que había engullido.
Aún contó con el tiempo suficiente, aunque breve, para menearse a su sabor antes de la inexorable crisis taurina.
Y, como ya estaba descontado, la novísima Pasífae de las pampas no pudo pasar más allá…
Pues de repente sintió en su vientre, casi con la fuerza de un haz de saetas, los impactos de las violentas venas del seminal néctar bovino…
Lanzado como caliente flujo que le embriagaba las entrañas, le sentía golpear como chorro, desplazarse cual torrentoso venero, refluir cual descarga de colmado vertedero…
—¡Ah, tú, nutritiva corriente de la vida!… ¡Te presentas cual hirviente lava que viene a ocupar el vacío cuenco, al pie del eruptivo orificio!… ¡Te escurres, generoso, cual agua milagrosa que lava las espurias incrustaciones de mi «vacío»!… ¡Tú, divino néctar, eres digno colofón de tan mágica restauración!…
Aquel miembro hechizado vomitaba su seminal licor en efusiones espasmódicas, a las que acompañaban sus propias embestidas y agitaciones.
En tal situación la princesa permaneció enajenada, gozando las últimas y más sublimes cuotas del placer.
Ahora, sobre el final, la frenética dama del vientre de la artificial vaca restregó fuertemente su clítoris sobre las paredes de la verga y presto fue acometida por las deliciosas sinrazones del orgasmo…
No pasó desapercibida para el único y atribulado espectador, la gozosa manifestación de la crisis taurina, declarada sin misericordia ante sus ojos por los temblorosos espasmos de las ancas y patas posteriores de la bestia. Oía, con destemplada grima, los bufidos de placer que el toro emitía y veía, asimismo, tamborilear sobre el suelo a sus extremidades posteriores en erráticos pataleos.
Tampoco pasaron desapercibidas las inenarrables pruebas del goce de la princesa. En un primer momento Ramón quedó absolutamente pasmado al comprobar que la patroncita de su alma ponía tal porción de sus pantorrillas en el exterior… Contrariamente a lo que había sido su opinión (y sus deseos), eso hablaba a las claras de que por aquellos instantes la inserción del descomunal monstruo en las entrañas de la niña, era total; lo cual había dejado impregnada su alma de un manto de tristeza infinita.
Sus lejanas expectativas de que el montaje de todo aquel artificio sólo sirviera para desalentar de entrada las apetencias de la patrona, se habían desvanecido. En gran medida, desde el fondo de su alma, había apostado al fracaso de aquella misión, esperando que se limitara exclusivamente a una única y fallida función. Ahora… para nada estaba seguro; sólo parecía sentir el feo regusto del amante engañado.
«No hay dudas -pensaba- que tal como lo decía la vieja ladina de la Ña Flora, aquí hay cosas de Mandinga. Al principio el overo ya había desestimado la oferta mentirosa de la vaca artificial… ¿Qué diablos fue aquello que lo hizo volver?…
Pero el colmo de su desazón y vergüenza fue asistir a los síntomas evidentes del orgasmo de la princesa. Así, pudo observar cómo las extremidades que emergían por la parte posterior de la vaquilla artificial entraban en un frenético bailoteo; cómo los adorados y níveos pies se extendían y contraían al influjo de los prodigiosos estertores de la crisis…
Vio cómo sus dedos se elongaban y distendían, buscando poner la máxima separación entre sí… Cómo luego tremolaban sobre sus nacientes, agitándose en nervioso abanico… Y cómo, en mudo tamborileo, se sacudían secuencialmente al socaire de las inescrutables ondas del deleite…
Vio cómo dichos dedos se arqueaban hacia arriba en prolongación de la extrema concavidad que, cual acusador valle, habían tomado los empeines…
Vio cómo se sacudían pies, tobillos y pantorrillas al compás del espasmódico ritmo del demonio del placer…
Y vio cómo, en definitiva, se manifestaban en todo su esplendor los desgarradores estertores de la crisis final… sus exasperantes claroscuros… sus flujos y reflujos… sus recurrentes y alternados desperezos.
Y no menos punzantes resultaron a sus oídos los ardientes suspiros, los salaces quejidos, los voluptuosos lloriqueos y demás exclamaciones que estallaban en el corazón mismo de la vaquilla, en consonancia con tan notables agitaciones…
Después de haber desaguado su viscosa semilla, Mimoso, siguiendo los dictados de sus instintos, se desmontó de la vaquilla. Ramón pudo observar, al brillo de la tenue luz que al lugar llegaba y no sin muestras de fastidiosos recelos, la enorme verga, relumbrante y untuosa aún, que comenzaba a entrar en retirada. Un plateado hilo de remanente baba se prolongaba más allá de su extremo y, sin decidirse a cortarse, oscilaba en juegos de trapecio.
«Después de esto -se dijo con pesadumbre-, no hay lampalagua que valga. Si mis amores han de perseverar en el tiempo, es obvio que deberé aprender a mugir. Al ‘mal de la matriz de vaca’ habrá que responder con la ‘terapia de la verga de toro’»…
Concluido el himeneo, el satisfecho marido se dirigió a tranco lento hacia el corral vecino y se introdujo en él. Ramón corrió prestamente a cerrar la puerta tranquera para aislarlo del centro de la escena y evitar todo ocasional peligro. «Estas bestias son malhumoradas e imprevisibles -se dijo-; es mejor mantenerlas aisladas… Sólo, al parecer, la patroncita ha logrado simpatizar con el overo y, según veo, ¡por muy buenas razones! Espero que este animal no se aficione sólo al vientre de esta maldita vaca artificial y que siga siendo tan buen semental como lo es hasta la fecha.»
Comenzó a inquietarse por el tiempo que estaba transcurriendo luego que el toro se llamara a sosiego, pues la patrona no salía de su nupcial recámara. No sabía Ramón si ir en su búsqueda, pues temía interferir en vaya a saber qué especulación de Marcia Paula; tenía consciencia que la situación era extremadamente delicada y recelaba de ganarse una reprimenda, pues albergaba la sensación de que ahora su obligado testimonio debía fastidiar a la patrona.
Ella, entretanto, estaba esperando que mermara el abundante reflujo del esperma taurino, que había bañado totalmente sus piernas y encharcado parte de la plataforma; asimismo una cantidad ponderable había escapado hacia abajo por las vacías patas posteriores de la vaquilla. Al fin, accionó el cerrojo de la puerta y salió mostrándose muy seria y sin efectuar mayores comentarios. Ramón corroboró su anterior pálpito de que tan mustia actitud no era otra cosa que la expresión de la vergüenza que suele seguir al pecado.
El capataz pretendió tomarla en vilo para hacerla descender de la abertura de la vaquilla, pero ella le hizo desistir con un elocuente gesto y le indicó que bajaría por sus propios medios. Y ágilmente, luego de utilizar el banco como intermediario, se halló pisando el suelo.
—No me toqués pues estoy todo chorreada… Por favor, quisiera que me llevaras en forma urgente al casco, que tengo necesidad de un baño —fue todo lo que dijo, en tanto que secaba sus piernas con la toalla, operación que, a todas luces, le provocaba particular fastidio.
—Patroncita, ¿se halla Ud. bien? ¿No tiene ningún daño? —Inquirió Ramón, con un hilillo de voz.
—¡Me hallo perfectamente bien! No me ha lastimado, no he sufrido dolores… Sólo deseo un buen baño.
—Está bien, niña, me alegro que hayamos salido con felicidad de esta circunstancia… Esta tarde, en la oración, vendremos a buscar al overo con la camioneta y su jaula.
»Ahora tendrá que tener un poco de paciencia antes de regresar mientras desmonto la vaquilla. No quedará tiempo para hacer dos viajes al casco. Entre en el furgón y relájese mientras yo termino esta tarea.
Luego el sufrido Ramón volvió a la liza donde demoró alrededor de treinta minutos para desmontar y transportar el Vacuno de Soya. Al notar el encharcamiento de que daba muestras la parte posterior e interior de la vaquilla, y reflexionando acerca de la ardua tarea a que le habría de dar lugar su aseo, se dijo mientras trabajaba denodadamente:
—Mi querido amigo Salinger: he aquí la más notable falla de tus completas previsiones: no has caído en la cuenta de colocar algún pequeño grifo de drenaje en la parte inferior de la vaca.
»En cuanto a la patroncita… ¡Ah!, está claro que tiene vergüenza de narrarme su experiencia y es por ello que me arisquea toda conversación sobre el asunto. Pero, por lo que mis ojos pudieron ver en aquellas agitadas piernas y por los suspiros que llegaron a mis oídos, pocas dudas me caben que ha gozado como una loca la enorme verga del overo. ¿Cómo no pensar que debe estarse inmensamente feliz?… ¡Ay, amita, amita!, creo que de aquí en más ya no habrá más lampalagua que te satisfaga… ahora será del caso pasar a una anaconda… Espero que esta espantable escena se restrinja a lo de esta noche, pero… ¡Mmmm!… Algo me dice que no habrá de ser así.
Luego de colocadas las tapas de acero sobre los anclajes y de esparcir unas paladas de tierra sobre ellos, emprendieron el viaje de regreso en la atmósfera de un embarazoso silencio inicial. Finalmente la princesa le puso coto:
––¡Es inútil!… ¡Siempre han de faltar diez centavos para el peso!… No hay proyecto en el que todo pueda preverse.
––¡Pero niña, no entiendo de qué se lamenta! ¿No cree que todo le ha salido de mil maravillas?
––No nos alcanzó el tiempo para cumplir todas las etapas del caso, Ramón. ¿Cómo vamos a dejar a Mimoso en solitario durante un día completo en ese corral? Ni siquiera sabemos si tiene comida y agua… ¿Cómo diablos no pensamos en regresar al toro en esta misma madrugada?… Y, sin embargo, tenés razón: nos sorprendería la labor de la mañana en tal tarea, cosa que es harto imprudente. Pero es lamentable que, así como tomamos todas las providencias para llevar al toro al corral chico en la tarde del día anterior, no hubiéramos tenido la suficiencia de pensar en la operación de su retorno al campo principal.
––En verdad q