SERVICIOS ESPECIALES
Marcia Paula, la bella princesa de la Estancia La Soya, había quedado gustosamente impresionada con el glamour que el léxico del aviso del diario le había suscitado… Nuevamente tomó el periódico y se refociló releyendo el -por ella enmarcado- aviso clasificado:
«¡Atención, madames insaciables, princesas del magma!… Largo de un ladrillo + una generosa mitad; diámetro de dos pulgadas y fracción; cabeza como una pera mediana. Caso único de «penis maximus». Dimensiones y dureza garantizadas. Adentro: ¡un verdadero expansor! Sólo apta para vaginas hirvientes y úteros desfondados. Goce inusitado del rutilante dios Príapo.
Ver a «Gobbino Kokó»… Tel…»
«¡Jah!… ¡Madames insaciables!» Tal categorización no podía sino convenir exclusivamente a ella. ¿Acaso existirían otras señoras que sean víctimas del mismo anhelo que ella padecía?… «¡Ladrillo, más una generosa mitad!» Unidad de medida de longitud, aplicada ad hoc, que sólo entre las no cultivadas bocas oía mentar; aunque ella conocía muy bien que se trataba de una evidente exageración, que más atendía a despertar la libidinosidad contenida en aquella extraña expresión de medida… «¡Vaginas hirvientes y úteros desfondados!» No podía menos que solazarse con semejante hiperbólica invocación. Todo aquel mensaje parecía cosa de chanza, mas ella había quedado profundamente impresionada, no tanto por la desfachatez que de él emanaba, cuanto por la carga de voluptuosidad que le comunicaba… ¡Era como si aquel inefable aviso estuviese singularmente destinado a ella!… ¡Y aseguraba un goce inusitado!… Sentía entonces que un rezumante estertor de miel fluía por su médula.
Y no pudiendo más con tal ansiedad, alucinante cóctel de curiosidad incitante y de salacidad, decidió al fin ir a la gran ciudad para coquetear con la posibilidad de investigar de qué se trataba. Y para ello no existía mejor pretexto que el de una visita a su padre, que se hallaba radicado en dicha urbe. En realidad no se animaba a pensar a priori en su visita al tal Gobbino Kokó, pues, aunque distaba mucho de proceder como una adolescente, era obvio que a su deseo de realizar tal visita iba aparejado un destemplado sentimiento de inhibición, más parecido al que suele poseer a una colegiala primeriza.
Marcia Paula realizaba tales viajes a Buenos Aires, la gran ciudad capital, una vez cada dos meses aproximadamente, además de por las lógicas razones de afecto filial, por exigencias relativas a las cuestiones comerciales. Esto requería, en efecto, el contacto con su padre, de quien era ella el factótum de todo lo atinente a la Estancia La Soya. Y si bien don Melitón no dejaba de apersonarse a sus dominios, cada vez era más evidente que descargaba mayores cuotas de confianza en la administración que su hija le proporcionaba, ya que contaba con el rápido incremento de su experiencia en la cosa rural. Por ello, en los últimos tiempos, había raleado las visitas a sus campos y reputaba de gran comodidad el que su hija se encargara de traerle las novedades. Ésta, por su parte, adhería su espíritu a las prolongadas ausencias de su padre en la estancia; en primer lugar, por el peligro de que le llegaran rumores directos de sus relaciones con el capataz (con el potencial huroneo paterno en tal cuestión) y, segundo, porque no dejaba de molestarle sobremanera la curiosa costumbre de su progenitor de «pesar las tetas» de la bella criada.
Así, pues, don Melitón recibía gran gusto de la presencia de Marcia Paula en su morada y no dejaba de demostrar profundo orgullo por la eficiencia con que manejaba todos los quehaceres de la estancia y su administración. Asimismo, la separación de las mujeres de su familia, cuya convivencia otrora le prodigara no pocos dolores de cabeza, había mejorado notoriamente sus propias relaciones con cada una de ellas y si bien, como ocurre en la inmensa mayoría de los casos, su vida no discurría en tal aspecto por el lubricado riel que fuera deseable, el hombre había llegado a la conclusión de que al menos era soportable.
Pero lo más notable del caso y lo que más congratulaba a don Melitón, era que también habían mejorado las relaciones entre doña Elsa y Marcia Paula. Casi podría decirse que la madrastra también la recibía con muestras de complacencia y que ambas mantenían un diálogo cordial, si bien no exento de sutiles mordacidades, en los escasos días en que la princesa permanecía en el chalet de su padre. Ni que decir que la acartonada y citadina madrastra jamás visitaba la estancia.
Además, Elsa María Correa Adamante había aquilatado adecuadamente la utilidad de la labor de Marcia Paula en La Soya, tan bien como su marido, y como el interés acicatea la cortesía, como es bien conocido, no dejaba ella de actuar en consecuencia. Pero, mujer al fin, había puesto atención a ciertos rumores de que su hijastra tenía una especial predisposición hacia su capataz, hecho que guardaba celosamente en la profundidad de su ser y del que parecía hacer un secreto sacerdotal. Sabía de la capacidad y habilidad de Ramón Zamorano y no se había equivocado en presuponer que tal relación actuaba en pro de las finanzas del establecimiento. De manera que, astutamente, había dado en la conveniencia de no agitar las aguas al respecto.
—Tu padre se halla sumamente orgulloso de vos —dijo en aquella ocasión la madrastra a Marcia Paula—. Muchas veces repite que, en lo que respecta a la administración de la estancia y a la mejor marcha de ella, sos como el hijo varón que, al parecer, esperaba… ¿Ves, querida, cómo son de machistas los hombres?…
—No me caben dudas que mi querido padre es un acabado representante del machismo. Pero no por ello deja de ser bastante flexible con las mujeres que pasan por su vida; además, tengo para mí que es propenso a «tomarle el peso» a las cosas de mujeres, sean duras, sean blandas. Machista o no, no es persona para quien lo femenino pase desapercibido.
––¿Quieres significar que le gustan las mujeres?
––No, quiero decir que no puede estar sin la compañía de mujeres. Al fin de cuentas tienes el ejemplo en tu propio caso: después de enviudar no tardó mucho en elegirte como su nueva esposa.
A Elsa le quedó resonando aquello de «tomarle el peso» a las cosas de mujeres. Ducha en los avatares verbales, actuó como si tales palabras fueran pronunciadas en contexto idealizado, mas no dejaba de suponer que podrían también tomarse «literalmente». Y por la evidente disrupción que implicaban, se dio cuenta la madrastra que la joven estaba utilizando una clave especial que sólo ella podía entender y que connotaba un aura de mordacidad. No queriendo entrar en el detalle para no ahondar en lo que bien presuponía era una saeta a ella dirigida, prefirió obviar todo pedido de aclaración y, con una forzada sonrisa, siguió:
—Tu padre es machista, querida, pero se tiene que chupar la mandarina de ver que las mujeres somos tan capaces como los hombres, cuando no en mayor grado. Él se halla loco por vos… y da muestras palmarias de la afición que te tiene. Debería advertirte, m’hija, que no es posible pasar la vida sin los característicos percances derivados de la sobreprotección, cuando se es hija única…
—Así parece ––respondió Marcia Paula, tomando aquella cáustica advertencia casi como un cumplido.
—Por lo que veo, esta vez has adelantado tu visita a la ciudad. ¿Significa ello un quizá notorio progreso en los negocios? ¿Es que ha habido alguna operación especial?
—Recuerda, señora Elsa María Correa Adamante, que en estos días cae el cumpleaños de don Melitón; así que me pareció bien adelantar la venida para que festejemos juntos, aquí en su propia casa.
La afectada madrastra sonrió complaciente al oír su nombre completo: nada le provocaba mayor satisfacción, pues adolecía de cierta vanidad por la simple mención de su prosapia… y esto era conocido por la pícara hijastra.
Lo cierto es que en aquella oportunidad la bella princesa había adelantado en algo su viaje a Buenos Aires, aun cuando la agenda de los negocios que trataría no estaba del todo completa. Para gran alegría de don Melitón, apareció por su casa con la idea de permanecer unos tres días, aprovechando el hecho del cumpleaños de su padre.
—¿Se podría inquirir cómo andan tus relaciones sentimentales por aquellos pagos? —farfulló como al pasar la madrastra—. Es obvio que una muchacha tan bella como vos y poseedora de tan importantes bienes, debe venir a ser como el ave fénix en la región.
«¡Zas!, esta bruja ya está al tanto de mis relaciones con Ramón -pensó de inmediato la princesa-. Los gárrulos vientos del sur ya hicieron sentir su malevolente presencia.»
—Mis relaciones son neutras; todo mi esfuerzo se encamina al manejo de la estancia —replicó algo ácidamente—. Lo que es, mis sueños y mis desvelos en tal sentido forman parte de ese acervo de intimidad, que a cada cual le agrada degustar en su propio santuario.
La madrastra dirigió automáticamente la vista hacia otro lado para disimular la mueca de disgusto que la contestación aquella le había deparado y, acicateada por el pinchazo, agregó:
—¡Claro, Claro!… ¡Por supuesto!… Sin embargo se comenta que te hallás bien acompañada y que para ello no te hace falta salir de La Soya.
—¡Bah!, querida mami, ¡hay tantas cosas que se pueden decir de una patrona joven y viuda que se dedica a la administración de su estancia!… ¡Será menester no tomar en consideración los rumores lenguaraces!… Mas al final de cuentas cada cual es dueño de pensar como le plazca.
—¡De ninguna forma me hago cargo de tales rumores! Y que te conste absolutamente: es la primera vez que comento tal hecho y lo hago precisamente con vos. De todas formas, ¡dejemos esto aquí!…
Con lo cual quedó cerrada aquella conversación entre las antiguas rivales.
Al otro día de su llegada, después de efectuar muy temprano una extraña llamada telefónica, se dirigió Marcia Paula en las primeras horas de la tarde a una barriada extramuros, de una sordidez impresionante. Descendió del taxi en una avenida secundaria y entró por una calleja muy sucia. Se adivinaba que se trataba de una de esas zonas denominadas «rojas», dedicadas al comercio del amor en todas sus manifestaciones posibles. Era obvia la presencia de homosexuales, lesbianas, travestís y prostitutas de toda ralea; asimismo, de personajes de sesgo siniestro que daban claramente a conocer lo non sancto de sus quehaceres.
Aunque nadie se fijó con atención en ella, por momentos tuvo miedo, mirando sigilosamente a todos los costados. Pensaba lo tenebroso que sería circular por ahí en horas de la noche y se le erizaron los pelos al imaginar que quizá ése fuera, más tarde, su caso. Pero se hallaba tan resuelta en su objetivo que rápidamente encontró el adecuado sostén: la esperanza de conseguir telefónicamente un servicio de taxi desde el lugar al que se dirigía… Después de todo, se trataba de una «operación» de no escaso monto.
Se detuvo ante una puerta ciega y bien blindada, miró atentamente el número de la dirección y luego, sin abrigar duda alguna, llamó de una manera singular, con un código que le habían indicado. Le abrieron y penetró al edificio. De inmediato se halló en una amplísima estancia de recepción y distribución que ostentaba un lujo asiático. Quedó totalmente sorprendida por el contraste entre interior y exterior y no acertaba a explicarse tal hecho: vistosas ornamentaciones, cortinados de recia caída, revestimientos de la más alta calidad en paredes, pisos y techos y, en especial, una singular disposición de la planta arquitectónica de aquel recinto; todo lo cual contribuyó a maravillar a la princesa.
Se encontró allí con el receptor, un hombretón de recia contextura y muy bien parecido. Lo extraño en él era que vestía una exótica túnica china de anchas mangas y que le colgaba de los hombros hasta el piso. Tal como la inveterada costumbre de los chinos eminentes, cuya antigua imagen pasó a perdurar en los medios occidentales, sus manos se ocultaban en el interior de aquellas mangas. El hombre se inclinó con un gesto de gran cortesía.
—La señora es Madame Carla, ¿no es así? ––dijo––. Yo soy Ismael y estoy para servir a Ud.
—Sí, yo soy Carla y soy quien telefoneó esta mañana, requiriendo el servicio.
—Está Ud. en muy buenas manos, Madame Carla. Se trata de algo muy especializado…
—Me dijeron que cuesta alrededor de tres mil pesos. Pero yo fui muy clara en que primero quiero ver la calidad del servicio. Verá Ud.: es en realidad un precio muy elevado…
—¡Por supuesto, Madame, que le asiste todo el derecho del mundo de comprobar la calidad!… ¡Por supuesto!… Mas he de expresarle, fuera de toda inmodestia, que el servicio lo vale… ¡Ya lo verá, seguramente!… Ahora permítame decirle que es Ud. muy bella… Aún cuando ello es común en las clientas que nos visitan, sin embargo es Ud. un caso destacable y espero que el Sr. Gobbino Kokó le proporcione un verdadero disfrute del momento…
La princesa comenzó a hervir de ansiedad; la imagen de la pera por su cara de curva amplia se había incrustado en sus mientes y no dejaba de perseguirla. Empezó a atisbar la arribada de su «vacío». Ella conocía muy bien la circunstancia en que aquél hacía ingreso en sus entrañas… y en su mente. Tenía ya todos los síntomas en su vientre y comenzaba a temer que «el ladrillo y medio» que se le ofrecía (y en cuyas mentadas propiedades no creía mayormente) no alcanzaría en la ocasión: ¡mal que le pese a todo súper-pertrechado jorobado del mundo! Aún tenía muy fresca la imagen de la colosal verga de Mimoso, su toruno futuro amante, que ya casi había hecho suya.
—Bien, bien, Sr. Ismael, vayamos ya —dijo––. En realidad vivo muy lejos de aquí; estoy de paso por la ciudad por unos cuantos días y, como soy persona muy ocupada, me urge aprovechar los tiempos. ¿Dónde se halla, pues, quien ha de brindar ese tan particular servicio?
—Relájese Ud., Madame; los avatares y ejercicios que aquí tienen lugar son incompatibles con las ansiedades que las mundanales ocupaciones provocan. Le ruego que no considere esta especial circunstancia como una diversión al paso en la gran ciudad y disponga su interior a conectarse con la suma del placer.
––¡Zas!… philosophia habemus ––pensó la princesa con cierto regocijo.
Y abriendo el hombre una imponente puerta lateral, prosiguió:
––Ahora, por favor, pase Ud. a esta suite. En aquella esquina se halla un boudoir, repleto de lencería ad hoc, donde puede elegir la combinación de prendas que más le apetezca; todas ellas se hallan, en gusto, en la punta del viento. Espere unos minutos que ya viene el Sr. Gobbino Kokó. A la salida me abonará a mí el monto que en definitiva convenga con él.
Marcia Paula pasó entonces a un amplio conjunto de habitaciones, dispuestas en una muy bien ornamentada suite, en la que descollaban numerosos muebles de delicado estilo, piezas de orfebrería de gran gusto y un sinnúmero de cuadros y esculturas de exquisito y diverso tono erótico, entre las que se destacaba la representación del dios Príapo: petiso, feo y muy vergudo.
Había una recámara que contenía una cama circular muy bien aderezada, con paredes y cielo pletóricos de espejos, más una enorme pantalla de televisión; además, ¡cosa singular!, se destacaba entre aquel moblaje una especie de camilla de parturienta, a la que le habían sido recortadas las patas y que se alzaba, por lo tanto, a muy escasa distancia del suelo.
«¿Y este objeto?… ¿Para qué diablos será? -se preguntó, intrigada-. Si mal no interpreto se trata de una cama de partos extrañamente baja y excepcionalmente enjaezada con detalles eróticos. ¿Qué hará aquí, que desentona de tal manera con la ornamentación imperante?»
Aún confusa por todo aquello, absolutamente nuevo para ella, no quiso entrar al boudoir hasta ver en qué paraba la cuestión. «Me quedaré aquí, muy quieta, hasta tratar con quien corresponde», se dijo.
De pronto se abrió una puerta lateral que hasta el momento había pasado desapercibida para ella y un singular personaje se presentó a la escena.
—Soy el Gobbino Kokó —dijo con voz firme y armoniosa y dando una cortés inclinación a su cuerpo—, un servidor de la señora.
Un balde de agua helada cayó sobre la princesa. No podía dar crédito a sus ojos… ¡Un enano!… ¡Un hombre sumamente pequeño!… ¡Un homúnculo!, y, para colmo, ¡contrahecho!… ¡Con una malformación cónica en la espalda y un bulto hemisférico en el pecho!… Esperaba encontrar, sí, un individuo con una giba… ¡pero un enano!… ¡y con dos corcovas!…
Al igual que el personaje que la atendiera a su ingreso, vestía túnica china, azul con lunares blancos, pero en este caso sin mangas y, atento a la contextura de quien la vestía, de una exasperante brevedad, pese a que también le llegaba a los pies. Luego vio que tenía una hermosa cabellera y que era de facciones muy agradables; sonreía y un alabeado mechón de rubio pelo le tapaba un ojo. Mas, pese a los extraños y algo contradictorios vestigios que de la persona surgían, no le cupo dudas que se trataba de un individuo joven. Se conducía, en todo, con la clásica y exótica cortesía oriental, aunque sus rasgos no coincidían precisamente con los característicos de la raza amarilla.
Marcia Paula quedó perpleja, lo que naturalmente no escapó a la observación del otro, de seguro ya habituado a ese tipo de reacción de sus clientas noveles.
—Madame: comprendo su azoramiento, mas déjeme decirle que no es menor el que me ha tomado a mí al contemplar su extraordinaria belleza. No es usual entre mis clientas el ostentar tan celestial hermosura, ni mucho menos que se presente en los umbrales de este lar la preclara encarnación de Afrodita.
Y ante tan galantes razones notó Marcia Paula que muy tempranamente comenzaron a disiparse en ella las imágenes de las malformaciones de su interlocutor… aunque era muy bien conocido por ella que esto tiene de prodigioso la lisonja de la femenina belleza, cantada con poética entonación en los propios oídos de la bella. La princesa no sabía qué decir y, tratando de salir del impasse en que ambos se habían sumergido, miró inquisitivamente hacia la cama de parturienta. El otro advirtió rápidamente su extrañeza.
—No es objeto que deba hallarse en un cuarto de placer, señora, ya lo sé. Es, por decir lo menos, algo extemporáneo. Pero muchas clientas prefieren que el servicio se realice mediante su aporte; digamos que gustan recibir el goce con una connotación de nacimiento… al revés. A ellas parece provocarles intenso placer tal postura; no olvide que se trata de mujeres muy apasionadas y poseedoras de una fiebre particular; ésa es la principal razón por la cual llaman a mi puerta.
Y mirando muy intensamente a la princesa y señalando la humanidad de ella con ademán de singular cortesía, agregó:
—¡Bendita sea esa fiebre si se ha aposentado en semejante beldad!…
—¡Nacimiento al revés!… ¿Y dice Ud. que de ello reciben goce tales clientas?… —preguntó, algo áspera, Marcia Paula––; pues, sinceramente, se me ocurre como algo totalmente abstruso: a mi juicio, enorme es la distancia entre el acto que motiva la concepción y el alumbramiento… al menos en sus aspectos fisiológicos… ¿Actúa Ud., acaso, como una suerte de especialísimo obstetra? ¿Alguien que da vida en sentido inverso a la forma en que viene al mundo?
—Puede Ud., Madame, verlo desde ese punto de vista, si le place. Lo cierto es que, antes del servicio que debo prestarles, esas clientas gustan sobremanera regodearse con el miembro, viéndole y sintiéndole deslizarse por encima de sus vientres. Suelen gozarse ya desde el momento de colocar sus extremidades en los porta-piernas. Algunas llegan hasta aquí para solazarse tan sólo con la contemplación y la pródiga caricia al órgano masculino, creando casi un culto de idolatría; se limitan a extasiarse con la palpación. Otras se regodean ampliamente con la caricia oral, lamiendo, relamiendo y succionando hasta quedar exhaustas; en algunos casos debo cuidar muy especialmente del excesivo empeño que ponen en estas caricias, a veces muy próximas a la dentellada. Aunque le suene extraño, debo decirle que en estos casos las clientas se limitan tan sólo a esas maniobras y luego se marchan sin intentar acoplamiento alguno. Al parecer, el jugueteo les proporciona una intensa satisfacción psicológica… aunque tengo para mí que se retiran con una profunda nostalgia por lo que «no pudo ser».
»Pero, claro está, la mayoría requiere la unión física y, como ya le he manifestado, prefiere la cama de las patas cortadas que allí ve.
—¿Y… y… permanece Ud. de pie frente a ellas?
—Por supuesto que sí, Madame Carla: tal como Ud. columbra, las patas de esta cama especial han sido cortadas exactamente para compatibilizar tal posición. Aunque a veces resulta ser un poco fatigosa (especialmente cuando la clienta es un ser insaciable), me permite en la práctica un mejor monitoreo de los movimientos que debo realizar. Además, me posibilita estar siempre atento a los a veces inopinados requerimientos de la clienta…
—¿Y qué me dice con respecto a tales demandas?… Supongo que habrá algunas de carácter inusitado.
—Estimada señora Carla: todas las clientas que llegan aquí están acuciadas, en mayor o menor medida, por… digamos… una especie de singular necesidad, en la que interviene, como factor de capital importancia, el concepto de lo desmesurado. Todas ellas están ávidas de un festín pantagruélico en lo que al sexo se refiere. Es el mensaje impoluto que surge del aviso clasificado… ¿No lo cree Ud. así?…
—Pues… en cierta medida…
—Empero, me apresuro a decirle, querida señora, que muchas de mis clientas no llegan al puerto de sus deseos y que bien pronto acaban por descubrir que ésos, sus anhelos de lo desmesurado, superan con creces sus capacidades de aguante físico… Y…
—Entiendo, entiendo —interrumpió ella—. Ud. debe estar muy atento a las señales que emite la señora allí acostada al albur de tal capacidad o incapacidad.
—Naturalmente… En algunos casos se producen clamorosas deserciones en el inicio mismo de la función. Se trata de señoras con una imaginación en extremo excitada, pero que luego no pueden sustentar la realidad de las dimensiones en cuya búsqueda han venido; algo así como el ansia del eunuco. Algunas de ellas resultan seriamente perturbadas por histéricos llantos y gritos que me veo obligado a atender, sin alcanzar a comprender si son provocados por un dolor físico o por la impotencia de no haber podido soportar lo que tanto ansiaban. Pero hay otros casos en que la clienta se transforma en una devoradora insaciable y sus visitas son casi permanentes… Y para decirlo claramente, tengo unos pocos… en que no doy abasto. El día que me visita una de estas últimas, debo hacer luego un efectivo reposo. Por supuesto que tienen precios diferenciales…
—Comprendo… —balbució la princesa.
––Hay una en especial que me tiene a maltraer. Se trata de una dama muy elegante y bella de casi cuarenta años. Es inglesa, vive en Londres y se desempeña como una eficiente científica natural y paleontóloga. Es persona muy rica, habla perfectamente nuestro idioma y otros varios… y tiene especial predisposición para utilizar el latín allí donde puede zamparlo. Viene a visitarme cada dos meses aproximadamente y entonces se requiere a mi humanidad una fuerte y tranquila reparación. Parece ser muy aficionada al fútbol y es fiel seguidora en nuestro país del equipo de Boca Juniors, lo cual le brinda justificación para sus viajes.
»Al contemplar por vez primera el instrumento de su placer exclamó ipso ipso: “es una caso de penis maximus”.
––¡Ah!, la expresión del aviso clasificado que tanto llamó mi atención.
––¡Exacto! Ella es la autora. Después, como podrá imaginarse, el publicitario de ventas lo incluyó en el aviso pues le vio connotaciones utilitarias importantes. También ella me manifestó, en determinado momento, que se trataba de un penis taurinus…
––¿Penis… taurinus? ––repitió, con una sonrisa, la princesa.
¡Cáspita!… ¡Otra vez un jirón del sino con la connotación de lo taurino!… ¡Y específicamente a la verga!… Pero esta vez no lo tomó con temor; sencillamente ella ya se había enfrascado en el proyecto Vacuno de Soya y, desde luego, toda referencia al tema se convertía en parte adicional de su entusiasmo.
––¡Je-je! ––Prosiguió––. ¿Es que esa sutil inglesa sabe de qué habla?
––Difícilmente se halle persona de mayor tino en sus apreciaciones. Ella está emparentada con la nobleza de Inglaterra y, al margen de su especialidad, conoce mucho de las cuestiones bovinas. Sus ancestros se dedicaron desde siempre a la cría y mejoramiento de las razas vacunas.
«¡Bue!… —se dijo ahora la princesa—. Mal de muchos, consuelo de tonto, pero consuelo al fin. Casi seguro que tenemos aquí otro síndrome de Pasífae. Y es claro que vino a caer a este sitio en busca de la desmesura… ¡Tiene razón este pequeño! ¿Qué otra cosa ha de ser?…
––En fin ––manifestó ahora al enano––, ¡cuánto me agradaría conocer a esa señora de los latinajos!
––Quizá haya ocasión para ello.
Luego, ante la oleada de deseos que el tenor de la conversación y lo sugestivo del ambiente y del personaje le enviaban, reverdeció el ya presente «vacío» y Marcia Paula retomó el tema de su objetivo.
—Muy bien, estimado caballero, creo que ha llegado el momento de ir a lo nuestro; deseo antes que nada ver el bendito «servidor» por el cual estoy aquí y qué relación tiene con el precio que, a decir verdad, se me ocurre exorbitante. Después de todo no tengo de aquél otras referencias que las de un hiperbólico y enfático aviso clasificado de periódico, seguramente exagerado ad infinitum.
—Como lo prefiera Ud., querida Madame Carla…
Y acto seguido el enano levantó la bata china hasta la altura de la cintura y clavó una profunda e inquisidora mirada en ella. Apareció entonces por debajo de aquella bata celeste y con lunares, un enorme órgano viril a media erección, pero en el que se vislumbraba lo pertinente del aviso del diario. La princesa lo miró de reojo y esbozó un gesto de estudiada despreocupación, como quien ausculta una mercadería que desea adquirir, pero por la que quiere regatear; empero no pudo evitar que el sobrecogimiento que le recorrió la médula espinal y que le erizara los pelos de la nuca, le hiciera arquear la ceja del ojo más cercano al cuadro. Y aunque ello acaeció en una fracción de segundo, fue tiempo suficiente, como para que el otro entendiera claramente que la visión había provocado en ella un hondo impacto.
«¡Caray, es enorme! —pensó Marcia Paula—, lo de penis taurinus parece venir muy a propósito… Incluyendo las cortas piernas del enano recuerda la trompa de un elefante frente a sus patas delanteras… Y conforme a semejante tamaño, ¡cuán colosales testículos!; recuerdan los de Mimoso… Y aunque el aparato total es verdaderamente proporcionado en sus partes integrantes, no lo es en cuanto al conjunto que involucra al individuo; tal parece que en este caso el instrumento porta al hombre y no a la inversa. Si hasta se diría que se trata del transplante de un cíclope en un pigmeo… ¿Acaso tendrá este chiquitín la potencia necesaria como para montar correctamente semejante aparejo para ponerlo en condición de batalla?… Si así fuera el caso, ¡verdaderamente que promete!»
Luego, el breve individuo del enorme apéndice, dijo:
––¿Cree Ud. que puede… conformarla?
––¡Habrá que ver!… ¡Habrá que ver!… ––replicó ella, con fingida indolencia––. Es de observar que ese órgano debe ganar aún bastante envergadura para convalidar las apetencias que de él se han suscitado en el aviso del periódico. Me quedan muchas dudas, asimismo, por aquello de «dureza garantizada».
—No tenga cuidado por ello, Madame Carla; esté segura de que así habrá de ocurrir. Si es tan gentil, pase Ud. ahora al boudoir y comience a prepararse… y por favor, tome alguna de la lencería del placard; la que más sea de su agrado. Ello es apropiado, pues se necesita estímulo para llevar a este instrumento a la envergadura de su apetencia y para dotar al entorno de una atmósfera erotizante… ¡Aunque es Ud. tan bella que, estoy seguro, su sola imagen desnuda ha de servir como sublime acicate!
Nuevamente la princesa tomó debido gusto y cuenta de la cortesía de aquellas palabras; no obstante prefirió pasar por alto toda alusión a ellas y, sin quitar la oblicua mirada del pubis del chiquitín, que aparecía como una umbría fronda arbórea de la que se descolgaba una formidable pitón presta a arrojarse sobre su caza, apuntó ahora:
—No puedo dejar de sorprenderme por la inventiva e imaginación que han puesto de manifiesto en la redacción de aquel aviso del diario. ¡Habráse visto cosa inusual: ladrillo y medio, pera mediana, expansor!… y ¡para qué vamos a referirnos a la mención del interior de los órganos femeninos!… ¡Vaginas hirvientes y úteros desfondados!… ¿Son acaso elucubraciones de su cerebro?
—No, mi querida señora, esas son maquinaciones de los publicistas encargados de convertir el producto en materia vendible. Utilizan un lenguaje recargado de exóticas metáforas e hiperbólicas insinuaciones, destinado a despertar la libido desde su lectura. ¿Me va a negar Ud. que de aquel inefable léxico surgiera un aura que la impresionó de alguna manera?
—En rigor de verdad —asintió por lo bajo y casi maquinalmente Marcia Paula—, tiene Ud. razón. Me cautivó la forma de presentar las dimensiones del cuerpo ofrecido y… aquello de «cabeza de pera mediana». Mas me parece que ambas apreciaciones son evidentemente exageradas.
Y dejando de lado su fingida despreocupación del principio, echó ahora una directa, especiosa y pavloviana mirada a aquel miembro semi-fláccido. Tomó entonces debida nota que, en su contraste con el fondo general en que se presentaba y en su paralelismo con las extremidades inferiores, se destacaba por ocupar una inusitada proporción de la longitud total de dichas extremidades. Era evidentemente el objeto que llenaba el primerísimo plano de aquel cuadro y que campeaba por doquier, de una manera inédita y asombrosa… ¡Era tan fascinante aquella desproporción!… ¡tan hechizante la pantagruélica imagen de aquel glande casi besando el piso!… Luego agregó, siempre con afán de regateo:
—Es de imaginar lo difícil que ha de resultar el aportar el suficiente volumen de sangre para henchir las cavernas interiores de este cuerpo. ¿Acaso puede lograr Ud. la «dureza garantizada» a que se refiere el aviso clasificado? Temo que haya de quedarse sin irrigación en las otras partes del cuerpo… Además, me parece que ese romo extremo sólo recuerda ligeramente a una pera y que, para que le quepa su calidad de «mediana», ha de requerir soberano entumecimiento todavía.
—Debo confesarle, querida señora, que estoy realmente consciente de mi ser y de mi poder; sea esto dicho sin asomos de vanidad ni conmiseración. La Naturaleza ha sido avara con mi estatura; me ha desfavorecido con su brevedad. Y, por otra parte, ha colocado en mí, como enormidades sub-humanas, tres apéndices, a saber: la cónica protuberancia que aflige mis espaldas, el casquete que me abulta el pecho y… el de abajo, con la notoria característica de que éste puede asumir la rigidez de sus hermanos superiores.
—¡Jah!… ¿Me está queriendo Ud. insinuar que la debida dureza queda garantizada por una suerte de conformación ósea o cartilaginosa que aparece por arte de magia?… No me gustaría habérmelas con un trozo de hueso en el interior de mi vientre…
—¡De ninguna manera!, Madame Carla; su mecanismo fisiológico no se aparta para nada de los de su naturaleza, salvo, claro está, en sus dimensiones… ¡Lo ve Ud.!
La princesa ya se hallaba muy engolosinada y ante la vista de aquel miembro su «vacío» persistía en su asaz intemperancia. De tal suerte, la negativa impresión de las malformaciones de aquel hombre se había disipado literalmente en ella. «Realmente no es como la verga del toro -pensó-, pero aún es humana y parece conservar sus proporciones relativas… No dudo en pensar que no habrá dos en el mundo con semejante calado… De hecho, deja muy atrás a mi adorado y leal capataz… ¡Y aún me queda por ver eso de “cabeza de pera”… a qué diantre conduce! Pero es evidente que si ha de tomar el volumen conforme a la dimensión que presenta en su actual disposición de flaccidez, habremos de vérnosla con algo realmente interesante… y, hasta diría, de cuidado.»
Por suerte, o por especial precaución del pintoresco enano, su cuerpo sólo quedaba al desnudo de la cintura para abajo. Con gran facilidad acomodó la túnica a la altura de la cintura y quedó con las manos libres; todo parecía indicar que existía un mecanismo de prensilla o sistema ad hoc para aquel menester y que el hombre se guardaba muy especialmente de dejar al descubierto sus protuberancias superiores.
—Bien, Madame, en Ud. está la elección de si se acostará en el lecho circular o si ha de preferir la camilla que ve allí —dijo el enano señalando la de partos.
—Ni lo uno, ni lo otro —contestó con firmeza la princesa—; yo prefiero la posición desde atrás… Me arrodillaré en el piso…
Un chispazo de asombro y de hesitación relampagueó en las pupilas del pequeño servidor. Después de unos instantes se recompuso y a continuación echó una sutil mirada a la escultórica talla de la princesa. Al parecer no se hallaba preparado para tal presupuesto. Marcia Paula se percató del embarazo que momentáneamente había poseído al enano y, teniendo clara conciencia de las causas que lo originaban, dijo:
––¿Tiene dudas de que se pueda lograr?
—Espero que no haya inconvenientes en hacerlo así como prefiere; debo declarar sinceramente que no es la primera vez que recibo una petición de tal laya. Sólo que por la reiteración de los hechos he adquirido la costumbre de la utilización de esta singular cama. Es la opción cuasi mayoritaria de todas mis clientas. ¿Está Ud. segura que prefiere la posición de arrodillada?
—Decididamente, sí…
––Perdone Madame, detecto claramente que Ud. no es nativa de esta ciudad por el acento de su hablar, y sospecho que lleva una vida más bien… de tipo rupestre. ¿Podría preguntarle si efectivamente es así?
Marcia Paula quedó sorprendida por la acotación del pequeño.
––Pues, sí ––respondió––, es así. ¿Cómo pudo Ud. percatarse de tal hecho?
––Sencillamente por una suerte de inducción. Las pocas clientas que solicitaron adoptar la postura de arrodillada eran ricas mujeres del campo. Tengo para mí que se hallan influidas por el natural modo de acoplamiento de los cuadrúpedos que permanentemente cae bajo su vista. Una de ellas (no la dama de Londres de la titulación penis taurinus) me confesó incluso que se hallaba muy motivada por los apareamientos bovinos y que era de su mayor gusto el contemplar tales uniones.
La princesa se limitó a sonreír y a contestar:
––Pues, en efecto, los acoplamientos vacunos siempre tienen algo de incitantes. Pero me parece que extraer conclusiones como las suyas puede resultar apresurado… En resumidas cuentas, estimado Sr. Kokó, me atengo a mi decisión de realizar esta acción arrodillada.
—¿No le va a resultar inconveniente si se presentan… digamos… molestias?
––¿Molestias?… ¿Por qué razón?
––Bueno… vea… pues…
—No se preocupe; Ud. vea por cumplir adecuadamente su parte que, llegado el caso, yo tendré también el poder de reaccionar como corresponde…
El enano quedó sorprendido del carácter y del grado de determinación que mostraba esta particular clienta; echó una nueva mirada a su talle intentando comprobar de visu las longitudes de sus muslos y, después de una rápida composición mental del cuadro que habría de tener lugar y de sopesar las proporciones inherentes, llegó a la conclusión de que podría habérselas bien con el caso. Procurando demostrar plena confianza en sí mismo, exclamó:
—Bien, bien, no van a existir problemas; Ud. manda… Pero, por favor, vaya a cambiarse al boudoir. Le ruego que elija un camisón a su gusto y no traiga ropa interior.
—No tiene Ud. que decírmelo…
Marcia Paula se introdujo con estudiada displicencia dentro del pequeño cuarto; allí se encontró con la mar de lencería. Después de quitarse toda la ropa y el calzado, tomó un camisón azabache, muy transparente, cuyo ruedo apenas alcanzaba a tapar los glúteos y se lo colocó… Se dirigió a un reducto que formaba parte del ambiente del vestidor y que oficiaba de «mirador»; luego de observarse en los espejos que lo rodeaban todo, improvisó unos coquetos contoneos, quedando muy satisfecha. Eligió un par de monísimos chapines de color rojo con pompones dorados en la capellada y, relamiéndose en virtud de tantos excitantes prolegómenos, al regresar junto a aquel pequeño personaje, le disparó:
—Aún no veo que esa herramienta tome la envergadura acorde con las garantías que han sido tan liberalmente voceadas en el inefable anuncio del periódico.
—Señora: requiere de la caricia femenina. ¿Acaso olvida Ud. lo susceptibles que tales instrumentos son a ellas? Le ruego que pierda ese formalismo en tratar este especial ejercicio amoroso como un contrato comercial.
—Tiene Ud. razón… No debía yo pensar tan fríamente.
Y la bella princesa de La Soya, ya embargada de una exaltada voluptuosidad, comenzó a acariciar a aquel miembro con todos los recursos de su femenil artesanía… Olvidándose totalmente de la contrahecha figura que era su portadora, se concentró con tal euforia en su misión y lo hizo con tan significativo regodeo, que a punto estuvo de convertirse en una de esas clientas cuya única misión en la visita al enano consistía en una suerte de idolatría fálica. No dejó de ver, pues, cuán pertinente aparecía ante ella la conducta de esas mujeres. También se pintó en su mente un sugestivo recuerdo de las caricias que realizara a Mimoso en el corral.
A cada tierna frotación con la delicada palma de la mano, a cada serie de besos que salpicaban aquella dilatada periferia, a cada untuosa succión de la hambrienta boca, a cada fugaz y estimulante jugueteo de la picaresca lengua, le correspondían unos instantes de detención para observar, a ojos vista, el asombroso incremento de las dimensiones de aquella maravilla. Marcia Paula se tomó unos minutos para cobijar en el cuenco de su mano la masa de los testículos, deseando sopesarlos; llevó delicadamente su carga hacia arriba y hacia abajo recordando la acción de «tomar el peso» y nuevamente no pudo evitar la comparación con su Mimoso… Total que en cuestión de unos minutos se hallaba el precioso instrumento tan rígido y tan tenso, que era capaz de oscilar alrededor de su raíz como si se tratara de una barra de acero empotrada en la roca. De hecho, ella se entretuvo un tanto haciéndole oscilar verticalmente.
Lo observó con incontenible salacidad, con un gusto rayano en la locura y al contemplar su romo y ahora entumecido extremo, se le presentó, inmaculada, la imagen de la pera. «Poco le falta -sentenció en su pensamiento- para equipararse a la de mi futuro esposo taurino. ¡Mi Dios!… ¡Cuánta materia hay en este aparato para disolver mi maldito “vacío”!… He aquí una verdadera encarnación del dios Príapo».
—Está bien —dijo el hombre—, creo que ya hemos alcanzado el punto conveniente… Si la señora Carla se digna indicarlo, podemos ya empezar.
—Pero ha de saber, caro amigo, que para nada debe apurar los acontecimientos. Será menester controlar muy bien a ese artefacto para que no se vaya de bruces. Yo pagaré gustosa el precio, pero es del caso aunar a la exigencia del adecuado volumen, el preservar la acción durante un período de tiempo conveniente: ¡no quiero culminaciones precoces!
—No tema, Madame ––advirtió el pequeño con un solemne aire de profesionalidad––; si no es Ud. excesivamente ardiente y no lo vapulea más de la cuenta, podrá contar con un prolongado lapso de deleite.
Marcia Paula se arrodilló sobre la alfombra, se despojó definitivamente del camisón y después de una singular y rapidísima estimación de la altura a que se hallaría el miembro del hombre, permaneciendo éste, como era obvio, de pie, separó un tanto las rodillas para bajar la pelvis; expuso sus níveas nalgas y su sexo, rezumante de acuosa ansia, a la espera del embate de aquel formidable miembro e hizo descender su torso hasta poner su pecho sobre la mullida alfombra. Había tomado previamente entre sus manos un coqueto almohadón rosa sobre el que depositó su rostro y al que encerró entre sus brazos. Tal como lo supuso, notó que el nivel del acople se presentaba perfecto y que su pequeño galán del momento había admitido tácitamente la misma factibilidad.
Cerró sus bellos ojos con un gesto de exaltada ensoñación. Estaba tan anhelante del contacto con aquella «cabeza de pera» que el corazón parecía estallarle durante la interminable espera y percibía claramente lo copioso de su humedecimiento. Sentía la picazón de un irrefrenable y estimulante hormigueo que le recorría la médula.
No pudiendo soportar más la ansiedad que le abrasaba y estimando que el enano se demoraba más de la cuenta, exclamó nerviosamente:
—¡Vamos, vamos!… ¿qué está Ud. esperando?… ¿No ve, acaso, que todo se halla a punto?
El pequeño, ducho sobremanera, repuso:
—Tranquila, Madame… No se apresure tanto que hay de sobra. Tenemos todo el tiempo del mundo.
El hombre se desempeñaba en la emergencia con una estudiada parsimonia, lo que contribuía a agigantar las voluptuosas ansias de la ya enfebrecida princesa; todo parecía indicar que sabía trabajar sobre la psicología del incremento de la incitación por espera. Prosiguió:
––Dado que su ulterior exigencia es que no haya lugar a culminaciones precoces, creo conveniente la utilización de un importante elemento que es específico al caso.
Tomó ahora de una cómoda cercana un sofisticado y exótico frasco bermellón que contenía un untuoso licor y vertiendo un chorro de él en el cuenco de su mano, comenzó a esparcirlo por toda la superficie de su miembro. De inmediato, un intenso y agradabilísimo aroma se difundió por el ambiente. Se trataba a todas luces de un exquisito perfume que, amén de oficiar de lubricante, era exasperante afrodisíaco y que, de hecho, provocó una nueva y violenta explosión de deseos en el infierno interior de la bella. Ahora su ya saturado sexo comenzó a verter lágrimas sobre el tapiz.
—¡No es necesario semejante apronte!… ¡Caray! —bramó—. ¿A qué tanto unto?… ¿Cree que se necesita?… ¿No percibe que me encuentro por demás «mojada»?… ¿Qué olor es ese que me está enloqueciendo?…
—Tranquilícese, estimada señora. Yo sé que está Ud. muy «mojada»; empero, en esta circunstancia, la abundancia no provoca daños y, como lo acaba de descubrir, este elixir tiene sus singulares propiedades afrodisíacas; además, insisto, ha de contribuir al mantenimiento del necesario vigor y a evitar una abrupta salida de madre, como Ud. lo ha solicitado.
Marcia Paula se desesperaba ante semejante parsimonia y haciendo vibrar nerviosamente su pelvis, insistió:
—¡Vamos, vamos… hombre!
El enano, después de depositar el frasco a un costado en el piso, adelantó su miembro en dirección a su destino, pero sin llegar a él. En tanto que el colosal falo permanecía enhiesto y ligeramente inclinado hacia arriba sin más soporte que su propio vigor y rigidez, se contuvo por unos instantes y, colocando las pequeñas y tibias palmas sobre las armoniosas nalgas, comenzó a frotarlas tenuemente para esparcir los últimos restos de aquella sustancia que permanecían adheridos a sus manos. Entonces exclamó embriagado:
—Señora, ¡es Ud. bellísima! En la vida me ha sido dado realizar un servicio de tan celestial jaez. Reciban estos armoniosos hemisferios la virtud del amoroso óleo.
—¡Déjese Ud. de tantos preámbulos y comience de una vez!… —exclamó Marcia Paula, levantando su cabeza del mullido almohadón rosa y mirando ya fieramente al hombre.
El pequeño, con estudiado hieratismo, le señaló aquel frasco de fantasía que había vuelto a tomar en sus manos, indicándole con un gesto que le embarazaba toda acción. Abandonó, pues, un instante su posición para dirigirse hasta la pequeña cómoda donde fue a depositarlo. La princesa se encontró entonces con una visión que jamás en la vida olvidaría: un cuadro constituido por la vista lateral de aquel individuo, con su breve estatura, con sus dos protuberancias prolongadas a uno y otro lado del tórax y con su enorme órgano sexual erecto y casi dirigido al techo, ocupando este último una relevante proporción de todas las dimensiones implicadas en aquel cuadro; todo lo cual se le apareció por el momento como una visión demoníaca… e infinitamente incitante. Y eso mismo no hizo sino avivarle el anhelo, de tal suerte que llevó su exasperación a la cima.
—Claro está —dijo el enano— que no era necesario utilizar lubricante alguno. En verdad que la señora se halla muy «mojada».
—¡Pero, por los diablos del Averno!… ¿Va Ud. a iniciar de una buena vez por todas? —fue la ya literal mezcla de exigencia y súplica de la princesa, agitando nerviosamente todos sus miembros.
—Bien, bien… Vuelva, por favor, a su anterior posición… Vuelva, hermosa señora, a acariciar el almohadón con la piel de su angelical rostro.
Y el hombre colocó la untuosa «cabeza de pera» en el introitus y allí se detuvo unos instantes, consciente de la sensación que ello habría de provocar en la afiebrada clienta. Lanzó ésta, en efecto, un suspiro arrollador que casi le quita el sentido y comenzó a recular ávidamente.
––¡Ahhh!… ¡Por fin, por fin!… ––bisbisó, entre jadeos, con palabras irreconocibles––. Ya parecía que este poético señor nunca comenzaría.
Acompañando al impulso de retroceso de Marcia Paula, el hombre, con un tenue meneo de la cadera, fue introduciendo su miembro con la sutileza de un cirujano. Así se lo dictaba la prudencia que había aquilatado en infinidad de prácticas anteriores. Mas cuando aún restaba aproximadamente un cuarto de la longitud del enorme falo para completar la penetración, la princesa, obedeciendo a un impulso irresistible, arremetió en una postrera reculada de singular violencia… El topetazo entre el pubis del hombrecito y los sedientos labios del sexo de su clienta sonó como una sutil cachetada, con esa suerte de chasquido sordo típico de la untuosa humedad imperante en las zonas en contacto: la princesa emitió un placentero quejido, al par que el furioso embate en retro hizo trastabillar al pequeño.
En extremo sorprendido, éste se encontró con una experiencia inédita, pues vino a caer en la cuenta que, contra todo lo que previsiblemente hubiera podido imaginar, había penetrado completamente a aquella hembra con una celeridad que, para sus cánones, era absolutamente impensada. «¡Diablos!, es de las más anchitas y profundas que en mi vida encontrara -se dijo-. Cualquiera otra de mis clientas, ante una circunstancia similar, hubiera terminado al menos desmayada… Además, deberé cuidarme de esos impulsos desbocados que pudieran llevarme de sopetón al piso.»
Luego de solazarse ambos por un par de minutos en tan íntimo contacto, dijo el pequeño:
—Ud. señalará, estimada señora, lo que habrá de hacerse de ahora en más.
—¡Quédese donde está!… ¡Y lo más quieto posible!… —bramó, sibilante, la posesa criatura de La Soya— ¡No se mueva, y déjeme hacer a mí!
––Estoy a sus órdenes.
Marcia Paula comenzó a menear sutilmente sus caderas procurando aprovechar al máximo la novedosa caricia interna que el vigoroso instrumento le prodigaba entonces. Al mismo tiempo lograba que, en la periferia de su sexo, la base del miembro frotara vigorosamente contra sus labios, a cuyo fin imprimía a sus caderas una sucesión de giros, completos o entrecortados, ora vivos, ora viscosos… mas siempre deleitosos. Y era tal la intensidad del amoroso apretón que, por momentos, ambos cuerpos semejaban las mandíbulas de una poderosa prensa en plena acción.
Mas, de vez en vez, el enano extraía su miembro en su casi total longitud, para después, con perezosa voluptuosidad, volver a introducirlo, de tal suerte que pareciera que el femenino conducto vaginal, devenido en dilatado esófago, estuviera succionando su luenga y apetecible presa. Y en el deleitoso vaivén de tan incitante juego, aquella succión y el ocasional golpeteo de ambos pubis, dejaban escapar, de tanto en tanto, un ligero chasquido, acuoso e incitante, con sabor y tono a implosión de beso.
Poco a poco la princesa fue abandonando aquellos movimientos para concentrarse totalmente en sus deleites estáticos, que eran, al fin de cuentas, su especialidad. A tal fin fue indicando al gibado amante, con expresivos gestos, la necesidad de atemperar toda actividad, hasta casi reducirla a cero.
––Vea Ud. ––agregó entre suspiros–– de prescindir de todo movimiento, pues ha sonado la hora del éxtasis… de paladear la exquisitez del bocado: se requiere parsimonia y concentración.
Y, felicísima, se dedicó a estrujar la nutritiva fuente de goce que el destino le había puesto por delante, bebiendo la dulce ambrosía que de su propia quietud se liberaba a raudales. A cada rato se repetía, como alguna vez leyera, que la más deliciosa voluptuosidad procede de la mente.
No dejaba de extrañarse sobremanera el gibado amante de la pasividad de aquella relación. En realidad, nunca había debido afrontar una experiencia de idéntico tenor. Él estaba acostumbrado a mujeres ardientes e infernales que eran poseídas de terribles espasmos mientras estaban penetradas y en las que resultaba muy difícil sustraerse a una rápida eyaculación. Ahora se hallaba literalmente maravillado ante la belleza de su clienta… y más aún, ante la exquisita sutileza que emanaba del quedo tono de aquella escena de amor.
—Decididamente esta criatura es única ––se decía el pequeño––. Amén de inmensamente bella sabe sublimar el amor de tal manera que se convierte en una verdadera diosa en tal arte.
Entretanto, Marcia Paula, se hallaba en la cumbre de un extático delirio y daba feliz pábulo a la contemplación de las caleidoscópicas visiones que su frondosa imaginación le procuraba.
––¡Ah!… ¡Ah! ––se decía––. ¡Cuán deliciosa plenitud pone en mi entraña esta pasmosa «cabeza de pera»!… Por momentos percibo cómo su tumefacto volumen huronea con desenvoltura en todos los rincones de mi ser. He aquí que he venido a encontrar el más precioso disolvente de mi desgraciado «vacío»…
La acción iba transcurriendo de tal jaez, haciendo que los minutos que goteaban del depósito del tiempo, devoraran a los que pasaban a las aguas del Leteo del pretérito inmediato. El hombre se hallaba también transido de ensoñación… Allí, ¡todo era presente!…
––En mi vida habré imaginado tanta poesía en un acto de amor de este tipo ––se decía el pequeñín––. Esta maravillosa hembra alberga en su seno una fogosidad extraordinaria, pero ella es capaz de prodigarla a través del tiempo, dosificándola en menudas y paradisíacas cuotas de máxima calidez. Y sabe que en la perduración se halla el supremo goce.
No lo manifestó con palabras tan débiles como para que dejasen de ser oídas por la embriagada princesa. Sin modificar la pasiva acción en que se hallaba empeñada, ésta murmuró:
––El señor portador de la «malformación de abajo» no deja de conducirse en todo momento con edulcorada poesía. Yo… yo declaro fehacientemente que es un amador por antonomasia. Pero está de verse hasta qué punto podrá llevar el aguante de esta singular amatoria si no está provisto por Natura de un exquisito y proverbial vigor.
––Pierda Ud., señora, todo cuidado… que aquí podría decirse que lo que non da Natura sí presta Salamanca. Recuerde que el untuoso elixir del frasco bermellón tiene el efecto vigorizador como una de sus principales propiedades; claro está que debe aplicarse en terreno fértil, es decir, que Natura también cuenta. Y no lo dude Ud., éste es el caso…
Después de transcurrida una hora sin que aquel fornido miembro trasuntara el mínimo síntoma de abatimiento, se vio como nunca colmada la princesa y mostró signos de dar por terminada la sesión. Dijo entonces:
—Caballero: me hallo hondamente gratificada.
—Evidentemente lo está in psychologicis —replicó gentilmente el otro— ¿La señora prefiere que me retire?
—Sí, por favor, no siga Ud. adelante… Quisiera… quisiera relajarme un poco…
—Entiendo, la Sra. Carla me está insinuando que va a necesitar una segunda función.
La princesa comenzó a adelantar despaciosamente su pelvis para desalojar al colosal órgano de su interior y no se privó de mostrar un marginal deleite en tal acción. Luego se sentó sobre el almohadón. Miró con arrobamiento al enano y al instrumento de su placer que se mantenía rígido y ligeramente sobreelevado. Lo tomó entre sus manos, lo elevó tenuemente y luego lo soltó de golpe… Y se engolosinó con la observación de la amplia y elástica oscilación vertical de su «cabeza de pera».
Luego de la demora que tal juego había introducido en el diálogo, dirigió su mirada hacia el hombre y con una sonrisa murmuró:
—Sí, en efecto, mi querido príncipe, voy a necesitar una segunda función. —Y después, en tono de broma, agregó—: Supongo que ello no dará lugar a un incremento de la tarifa.
—No, Madame Carla, me comprometo firmemente a contemporizar con Ud. Debo realizar un pequeño esfuerzo de autocontención que creo que bien vale la pena de encarar, si el premio ha de ser la posesión de tan valiosa prenda y la reiteración de tan gozosa vivencia.
—Bueno… El caso es que nunca segundas partes fueron iguales —aclaró Marcia Paula—. Deseo que el nuevo acto tenga características distintas al anterior, pues ahora será menester atender fundamentalmente a la biología.
—Se hará como Ud. quiera… Como ya sabe, sus deseos son órdenes para mí.
––Bien, por ahora dejemos relajar las tensiones ––acotó la princesa, en tanto que se colocaba nuevamente el etéreo camisón azabache.
El hombre -vuelta su verga al estado de semi-flaccidez original- dejó caer el ruedo de su bata china e hizo un gesto de cortesía en señal de aceptación.
––Créame, Madame Carla, ––dijo–– que jamás en la vida me ha sido dable una experiencia como la que acaba de tener lugar aquí. Casi estoy tentado de decir que, pese a toda la dureza que he sabido aquilatar en esta singular profesión, puedo terminar irrevocablemente enamorado de Ud. Como puede advertir, ello sería lo más descocado que pudiera acaecerme y marcaría el fin de mi vida profesional.
––Tanto va el cántaro a la fuente… ––replicó Marcia Paula con una cauta sonrisa en la que se adivinaba, asimismo, lo gratificante de aquellas aduladoras expresiones.
––Que acaba finalmente por romperse ––concluyó el chiquito––. Perdone si abuso de su confianza, pero, ¿tiene Ud. marido?… Acaso, ¿un amante?
––Bueno… sí; tengo un excelente amante. Es un ser de grandes cualidades.
––¿Y la satisface a Ud. plenamente en todos los sentidos?
Marcia Paula dudó en contestar y diseñó en el rostro las muestras del titubeo.
––Espiritualmente es una bellísima persona, pero se trata de un hombre práctico que más se halla empeñado en el hacer y vivir la vida que en cuestiones contemplativas y de reflexión; por esa fisura se filtra una diferencia conmigo que hasta la fecha ambos hemos sabido sobrellevar.
––¿Y la satisface también en sus… apetencias biológicas?
De repente Marcia Paula comprendió que el pequeño estaba utilizando una especial mayéutica y que por esa vía iba en camino de vaciar todo el contenido de su ser. Entonces resolvió dar por concluido aquel interrogatorio.
––Bien, no viene al caso andar por esa huella ––dijo amablemente––. Lamento no seguir satisfaciendo su curiosidad. Ello podría ponerme en el derecho de requerir, asimismo, los antecedentes de su vida, cosa que no tengo el deseo de abordar.
Habiendo transcurrido un buen lapso en medio de estas y otras razones, ella resolvió que era llegado el momento de la segunda sesión. Y después de los prolegómenos del caso, la princesa volvió a su posición anterior de arrodillada, tomó con su diestra el repotenciado falo del pequeño y lo alojó nuevamente con presteza en su femenil interior. El miembro ingresó con la franquía y liberalidad a que induce un camino previamente trazado. A continuación ella se dedicó a menearse con inusitada agitación.
––Señora: debo advertirle que por tales vías y por tales aceleraciones se ha de arribar prestamente a destino ––señaló el chiquitín que ya vislumbraba la inmediata irrupción de su propia crisis––, pese a cuanta mágica acción pueda desplegar el maravilloso elixir del frasco bermellón.
––¡Es el caso… es el caso! ––replicó, jadeante y en medio de estertores, la increíble clienta.
––¿Prefiere, acaso, que recurra al coitus interruptus, para no humedecer su interior?
––¡No!… ¡Para nada!… ¡No se preocupe en lo más mínimo por ello! Al contrario… Mantenga al bicho alojado en toda su extensión y con la mayor intimidad posible… ¡Ah, apriete… Caray… Apriete!…
Ahora el Gobbino Kokó se hallaba en la antítesis de la anterior sesión, viéndose sometido a un ajetreo que bien parecía intentar compensar la quietud de aquélla. Para colmo, la movilidad y ferocidad de ella conspiraban contra la estabilidad de su cuerpo que, con la desventaja de la escasa reacción que podía prodigar en razón de su magra envergadura y peso, permanentemente se veía obligado a equilibrar.
Poco después la princesa arribaba a un intenso orgasmo, lo cual, a fuer de sus lujuriosas gesticulaciones y manifestaciones, vino a inducir al del hombre. De inmediato percibió ella el fuerte flujo seminal que golpeaba en sus entrañas, hecho que puso el final de aquel encuentro, no sin gustar una electrizante prolongación del embelesamiento.
Entonces, todo había concluido. La princesa, por indicación del hombre, pasó a un coqueto cuarto de aseo y, luego de ducharse y de cambiarse, adoptó un fingido tono adusto y convencional; mas era claro que se hallaba embargada por el éxtasis. Requirió del Gobbino Kokó el precio del servicio.
––Quisiera, antes que nada ––respondió el gibado personaje––, que me diga si la señora Carla ha quedado satisfecha.
––Sí, pues ––contestó con cierta renuencia ella––. ¿Cuánto he de pagar por esta satisfacción?
—Mi querida señora: el mejor precio consiste en rogarle que regrese pronto por aquí. En el día de hoy he venido a encontrar la forma conjugada exacta a lo que he llamado mi «protuberancia de abajo». Y esa forma conjugada está contenida en una mayor, que no es otra que toda Ud., señora bendita, que es el ser más bello en que se hayan posado las niñas de mis ojos. Todo lo que me rodea no está ambientado a la armonía por efecto de la propia discordancia que me posee; tal es la sensación que me provoca el contraste entre todas las bellas formas exteriores y mis tres protuberancias. Pero no crea Ud. que caigo en autocompasión… ¡muy lejos de mí!; antes por el contrario agradezco al destino que me la enviara a Ud. en calidad de forma conjugada… Que al final de cuentas ha de asumirse ser gran verdad aquello de que no hay mal que por bien no venga. Adiós, querida señora, deje tan sólo mil pesos para mi socio… y vuelva… sobre todo, ¡vuelva! Estoy seguro que querrá volver. Déjeme Ud. que deposite un beso en su frente.
––Créame Ud. que tomo muy en serio su gentil invitación de reiterarle la visita. Empero mi residencia está a varios centenares de kilómetros de esta capital y no entra en mis posibilidades el menudear mis estancias aquí. En realidad me hallo de paso por unos días.
––¿Cuestiones de negocios?
––Puede decirse que es así.
––En tal caso es obvio que esta ciudad requerirá su presencia periódicamente; puede hablarme a mi teléfono particular (que no es el que figura en el aviso clasificado). Reciba esta tarjeta.
Marcia Paula leyó simplemente: Gobbino Kokó. Servicios íntimos. Tel…
––Está bien, creo que es suficiente.
Y concluido aquel subyugante negocio la princesa de La Soya se despidió del hombrecillo y se marchó.
Después de arrellanarse en el asiento del taxi que la transportaba de vuelta al chalet de papá Aranda y Puig, comenzó Marcia Paula a arrepentirse de no haber convenido una nueva cita para el día de mañana. «Aún me quedan un par de días -se dijo- para terminar las cuestiones con mi padre y verdaderamente la estancia se halla muy lejos de aquí. Ya que dicen que la ocasión es como el «fierro» que se ha de machacar en caliente, no es cuestión de que suelte las riendas de la diligencia y no la aproveche en plenitud. Después de todo me quedan aún muchos deseos de volver a gozar el momento que ese enano me hizo vivir… ¡Ni una palabra más!: al llegar a casa le hablaré por teléfono para concretar una cita para mañana en la oración; creo poder hacerme un lugar en ese tiempo.»
Al arribar al chalet se dirigió, pues, resueltamente, al escritorio que ella particularmente ocupaba cuando se hallaba en la casa del padre y poco después lograba comunicarse con el Gobbino Kokó utilizando el teléfono particular que le había proporcionado.
––Perdone Ud., pero como le dije antes, yo me hallo de paso por Buenos Aires, en la que debí recalar unos pocos días con motivo de negocios. Pensándolo bien y en razón de que mi pago se halla muy lejos de aquí, no quisiera abandonar la urbe sin tener otra sesión. Así, pues, ¿qué me dice acerca de volver a visitarle mañana en la oración?…
––Créame que realmente lo siento, bella señora; pero para mañana tengo un compromiso ineludible: se trata de una jornada de reparación y reflexión en El Tigre que, inexorablemente, hago mía una vez por semana. No obstante, sí podría atenderla en la tarde de pasado mañana.
Marcia Paula se quedó pensativa y en ella se diseñó un ambiguo gesto de decepción. Luego apuntó:
––Pensándolo bien, no es difícil extender el plazo de mi permanencia en la ciudad. Siempre hay tareas que son importantes de realizar antes de partir para el interior y para nada me significará pérdida de tiempo. Por lo tanto quedamos convenidos que pasado mañana, a las 18 horas, estaré allí, ¿eh?…
––Quedamos convenidos así, pues, ––dijo el enano–– y ya se halla Ud. en la agenda de ese día. ¡Me parece realmente maravilloso el que podamos departir otros momentos como los de hoy! Debo decirle que hizo muy bien en avisarme con esta anticipación; ello conviene a mi preparación para recibir a algo tan especial como es usted.
Con puntualidad sajona se halló la princesa aquel día nuevamente en presencia del Gobbino Kokó. El enano vestía, en esta ocasión, una túnica similar a la anterior pero de un tono verdusco tornasolado, con pintas blancas y rosadas.
A Marcia Paula le pareció fascinante ese atuendo… Ni por equivocación rememoró las deformaciones del pequeñín; al contrario, le vio como la representación del supremo deleite. Para ella se trataba ya, nada menos, que de la misma encarnación del dios Príapo.
––La señora Carla se presenta hoy aun más bella que anteayer ––dijo el hombre haciendo gala de su ya proverbial cortesía––. Hasta me da la sensación de que viste ex profeso atavíos y prendas tendientes a deslucir sus atractivos.
––¿Por qué razón lo dice Ud.?
––Pues, porque la dulzura de las formas y redondeces de su escultural topografía le autorizan a utilizar ropas más ajustadas, para deleite de cualquier mirada. Sin embargo, veo que prefiere portar prendas, digamos… más sueltas…
La princesa miró en derredor y plantó la vista en la cama de partos. Señalándola con el índice de una manera significativa, apuntó:
––Estuve pensando acerca de todo lo que Ud. dijo respecto de las operatorias amorosas de «nacimiento al revés» que allí tienen lugar. Y como el mayor placer se obtiene en la conveniente variación de las circunstancias, le hago saber que estoy dispuesta esta vez a seguir sus instrucciones en la utilización de tal elemento.
––¡Ah, ah!, querida Sra. Carla, estaba seguro que finalmente acabaría Ud. por recapacitar al respecto. No obstante debo manifestarle que la experiencia del otro día, pese a la escasa frecuencia con que aquí es realizada, también fue profundamente gratificante para mí… Pero, ¡claro!: se trataba de Ud., que es alguien muy especial y dotada de una capacidad inaudita para el amor. Confieso que he quedado muy sorprendido… y lo que es más: ¡gratamente sorprendido!
Marcia Paula comprendió que aquel hombre, altamente especializado en la dura tarea de satisfacer mujeres ninfomaníacas, había detectado su especialísima predisposición al acto del amor, y de alguna manera había percibido los efectos de su inefable «vacío». Para ella no resultaron extraños los signos de sorpresa que él había tenido en la acción íntima de dos días atrás.
––Pues, bien ––agregó la princesa––, esta vez lo haremos a su modo. Pero, al igual que la vez anterior, muy quedamente. Además, ha de ser con la condición de que mis muslos no queden aprisionados en esas portas-pierna laterales que allí veo.
––Desde luego, Madame, ellas se usan para mayor comodidad de apoyo de la cliente, si así lo prefiere; caso contrario, se rebaten hacia el costado.
––Ahora, si Ud. me permite, pasaré al vestidor para ponerme en ambiente.
Al regresar le halló Marcia Paula sentado en un lujoso taburete. En medio de aduladoras sonrisas la invitó a propiciar su miembro para el acto. De modo, pues, que ella se sentó en la alfombra, levantó la túnica por encima de las piernas del hombrecito y nuevamente fue en busca de aquel miembro de extraordinaria contextura. Comprobó la princesa que se hallaba en estado de semi-flaccidez, de una manera totalmente similar a la vez anterior… Colgaba pesadamente entre aquellas cortas piernas, y escasos centímetros restaban para dar con el glande «símil pera» en el piso.
Dedicó unos buenos minutos a acariciarle según la quintaesencia de su arte y prestamente le puso en óptima disposición.
Poco después se hallaba la princesa acostada en la exótica cama de partos, con los ojos entrecerrados por la ensoñación y con las piernas bien abiertas al aguardo de que aquella fabulosa «cabeza de pera» topara con su introito.
––No olvide ––balbuceó–– de utilizar aquel generoso ungüento que tanto solaz nos propinó en la anterior ocasión…
––Por cierto… Por cierto ––asintió el enano––. En este preciso momento tengo el frasco entre mis manos.
E, instantes después, el hombre comenzó, con la precaución y sutileza que le eran características, la introducción de su lubricado genital.
Marcia Paula lo percibió duro y caliente, y se dedicó en aquellos primeros pasos a aspirar voluptuosamente el aroma del erótico elixir… De improviso, cuando ya la mitad de aquel miembro se hallaba alojado en el interior de su vagina, se incorporó de una manera brusca, pasó incontinenti sus brazos por las caderas del hombre y, tomándose de sus muñecas en la espalda de él, por debajo de su giba, lo atrajo hacia sí con un fortísimo apretón. De tal manera, el resto del desmesurado miembro se alojó en un tris en toda su entraña…
Luego sustituyó sus brazos cruzando las pantorrillas por detrás del enano; se acostó de nuevo y, atrayéndole reciamente, hizo que el pequeñín quedara aprisionado en un cepo de muslos, pantorrillas, talones y su apretado pubis… Se relajó entonces y lanzó un estentóreo jadeo.
––¡Allí ha de quedar bajo mi hechizo! ––susurró dulcemente con suspiros entrecortados––. Como en la anterior ocasión, no se mueva para nada y déjeme hacer a mí.
El pequeño quedó perplejo unos instantes pues cayó en la cuenta que perdía el control a que estaba acostumbrado. Su clásico monitoreo de la situación había pasado a otras manos… Hasta se le ocurrió sufrir un leve acceso de claustrofobia.
––Se hará… conforme a… sus deseos. Con la mordaza que ha establecido alrededor de mi cintura, ¡vaya que ni el diablo pudiera moverme!…
Así ella se mantenía estática por largos minutos, entregada a lo más reconcentrado de sus deleites. Mas, de vez en vez, aflojaba la presión de sus talones sobre el trasero del hombre en una tácita indicación de que él debía retirase un tanto; luego cerraba nuevamente sus piernas como los tentáculos de un pulpo, obligando al chiquitín a entrar a fondo en su interior… Y, después de un sutil meneo de caderas, se llamaba nuevamente a la más gustosa calma.
De tal guisa transcurrió aquel acontecer, en el cual toda actividad se limitó a las expresiones de inmenso placer que poseía a la princesa: jadeos, suspiros y gimoteos, que no se correspondían con acción mecánica alguna, sino que eran la resultante del deleitoso caos de la quietud de su alma.
Hasta que finalmente ella quedó completamente relajada y ordenó el fin de la relación.
––¿Habrá lugar a una segunda sesión, tal como acaeció la anterior vez? ––preguntó el hombre.
––No ––respondió tajantemente ella––. Esta vez habremos de concluir aquí. Ya me hallo completamente satisfecha.
Entonces el galán, que se venía conteniendo al borde mismo de la eclosión, la tomó de las caderas y, después de una par de bien motivados vaivenes, llegó al orgasmo.
Luego se retiró de ella.
Poco después la princesa, ya aseada y vestida, inquirió por el precio del servicio y el enano dijo:
––Las razones que le di anteayer sobre sus cualidades y virtudes son totalmente valederas el día de hoy. Pague Ud. a mi socio Ismael el mismo valor que entonces.
»A propósito: déjeme decirle que también podemos satisfacer ampliamente cualquier otra apetencia sexual que Ud. sienta: Ismael es un verdadero experto en el otro tipo de acto de amor…
––¿A… qué se refiere Ud.? ––inquirió extrañada la princesa.
––Me refiero, claro está, al amor menos ortodoxo pero también infinitamente dulce si se lo realiza con la maestría del caso.
––Para decirlo sin ambages Ud. se refiere al sexo sodomítico…
––Sí, es claro. No es mi «especialidad», ni puede serlo por razones obvias. Pero sí es la de Ismael…
––Mire Ud., eso no es santo de mi devoción. Debo confesarle mi virginidad en tal aspecto. Sólo en una ocasión alguien lo ha querido practicar conmigo y el resultado fue realmente frustrante para mí; de tal suerte que jamás volví a intentarlo.
––Ud. se halla en un pensamiento que puede resultarle erróneo, querida señora Carla. Allí todo es cuestión de sutileza, de artesanía y, sobre todo, de llegar a la predisposición adecuada con la paciencia del caso. Allí no ha de haber apuros de ninguna índole. Se requiere la habilidad de un verdadero maestro para tal fin. Y le aseguro que Ismael se halla en la eminencia de tales competencias… Además ––prosiguió el enano señalando significativamente el botellón del elixir–– es menester recurrir a los auxilios de esta poción maravillosa.
––Convengo con Ud. que a muchos puede interesarle tal tipo de cosas, pero insisto: no es mi caso.
Ahora Marcia Paula, después de darle cariñosamente la mano al enano, puso rumbo hacia la puerta de salida. Al llegar allí se detuvo y se volvió hacia el gibado personaje.
––¡Ah, por cierto, estimado Señor!… ––apuntó––. ¿Sería posible que me venda un frasco de ese elixir que acaba Ud. de utilizar?
––Es obvio que la señora Carla es profundamente entendida en estos avatares de amores, pues sabe muy bien calificar el valor de los instrumentos y sustancias que la naturaleza prodiga para el mayor beneplácito de los hombres.
Y dirigiéndose a un armario de amplio frente que formaba parte del coqueto moblaje de la suite, tomó un frasco bermellón exactamente igual al que había utilizado poco antes y se lo entregó a Marcia Paula con estas palabras:
––Nada me prodiga más placer que las sapientes apreciaciones de una clienta, como es su caso. Tome este presente como gentileza de la casa para con Ud.
La princesa sonrió, llena de gusto.
––Muchas gracias, muchas gracias… Es Ud. la mar de gentil.
»Finalmente se me ocurre hacerle otro pedido: ¿quiere tener la bondad de proporcionarme la filiación y domicilio de aquella inefable paleontóloga inglesa? Ud. sabe: me refiero a la autora del latinajo penis taurinus.
—Se trata de la doctora Dorothy Susan Davis, la cual me pidió que la llamara simplemente Dolly.
El hombrecito comenzó a buscar en un pletórico libro de agenda y cuando hubo hallado a la nombrada, copió sus datos de dirección en una tarjeta. De inmediato se la entregó a Marcia Paula.
—Mil gracias y… adiós —se despidió estrechándole la mano.
Después que Marcia Paula se hubo retirado de aquella especial mansión, se reunieron los socios de las vestimentas chinas.
––Esta vez sí que he corrido el peligro ––comentó el corcovado a su amigo–– de caer definitivamente hechizado.
––¡No es para menos! ––replicó el socio. Es verdaderamente bella la señora Carla.
––Empero, hay un aura de inefable misterio en ella ––reflexionó el Gobbino Kokó, no sin un dejo de preocupación en el rostro––. Contrariamente a lo que ocurre con el resto de las clientas de este negocio no tuvo la menor reticencia en tragarse todo el miembro en un santiamén, cosa que realmente me dejó totalmente descolocado.
––¿Cómo?… ¿Me estás diciendo que ha sido capaz de soportar la rauda introducción de semejante volumen en su entraña?… ¡No puede ser!…
––Lo soportó y… más aun: ¡literalmente lo devoró en ambas ocasiones!… También yo me dije que allí imperaba una incompatibilidad geométrica. Figúrate que cuando estaba en la cama especial y mientras se hallaba todo el pene insertado en su interior, por momentos yo le observaba el vientre y no podía sino pensar que el glande debía hallarse conyugado con el esófago.
––¡Realmente sorprendente!… ¡Realmente inaudito!
––¡Qué quieres que te diga!… Por momentos se me ocurría como si estuviera «vacía» en su interior. No sentía mi órgano. Sabía que estaba allí y que tal estancia era de lo más deleitosa, mas… todo ocurría como si se hubiera diluido.
»Para colmo, su mayor delirio es la quietud… En ambos casos del servicio se ha estado más de una hora refocilándose tan sólo en el pensamiento de hallarse con su vientre ocupado… Nunca he visto a una de mis clientes emitir tal cantidad de signos de altísimo goce: jadeos electrizantes, suspiros a mansalva, lloriqueos y quejidos erotizantes, gimoteos entrecortados y… aunque se te ocurra exótico, cuando parecía poseerla el paroxismo del más reconcentrado placer en su particular estado de quietud, pues, era como si emitiera desinflados suspiros que recordaban al mugido de una ternera…
––¿De… de una ternera? ––replicó vivamente Ismael.
––Así es. Además, en la segunda ocasión, cuando accedió a la utilización de la cama de partos, se permutaron los papeles. Pues cuando yo me aprestaba a monitorizar todas las operaciones del acto, como es la costumbre que tengo para tales aprestos, ella cruzó sus piernas por detrás de mí, clavó sus talones en mi trasero y montó un particular cepo del que me resultaba imposible evadirme. Por momentos me tomó como una sensación de claustrofobia. La cuestión es que desde esa especial postura, ella controlaba todo lo que había de hacerse sin pronunciar una palabra.
––¿Y cuánto tiempo te demandó en tal situación?
––Pues, prácticamente una hora… Y durante todo ese lapso la actividad quedó reducida al mínimo… ¡Hubo para mí momentos de exasperante quietud! Sin embargo, ella los gozaba de la forma en que te he manifestado.
»¡Decididamente me ha dejado casi enloquecido esta bellísima criatura!… ¡Y hay algo definitivamente extraño en ella!… No sé… Si no fuera por su extraordinaria hermosura estaría tentado de pensar que se trata de un ente diabólico… de un súcubo…
––¡Glorioso «diabolismo»!… ––replicó Ismael, extasiado. Luego, con aire más reflexivo, agregó––: Quizá por eso se presente precisamente como una criatura de tan extraordinaria belleza…
»A propósito: ¿no le has insinuado el servicio que yo puedo proveerle?
––¡Por supuesto que sí! Pero me contestó que no era santo de su devoción; al parecer ha tenido alguna frustrante experiencia en la materia y no quiere saber nada. Ella es de mucho carácter; casi diría más bien tozuda. No obstante, le hice saber lo gratificante que puede resultar tal acto si se realiza con la maestría del caso; y a tal efecto no escatimé razones para ponderar la tuya. Creo que por momentos se hallaba algo impresionada; no sería raro que recapacitara y la tengamos de nuevo con ansias de probar aquello.
––En fin ––concluyó Ismael––, es menester no desesperar. Nada me sería tan gratificante como ofrecerle mis servicios a la Sra. Carla.
––Pues sí, y así como se tomó su tiempo para recapacitar acerca de la utilización de la cama de partos, después de haberse negado rotundamente a ello, no sería extraño que pronto la tuviéramos aquí en la adecuada predisposición de ser tu clienta.
En ese momento sonó el teléfono de la línea privada que ambos socios compartían. Ismael levantó el tubo y se estuvo escuchando quedamente unos instantes. Después comenzó a pintarse una tal expresión de horror en su rostro, que el personaje de la giba no pudo menos que preocuparse intensamente; concluyó que el grave suceso desde siempre esperado, se cernía sobre ellos.
––¡Será menester, Kokó, partir apresuradamente de aquí!… ¡Rápido!… ¡Rápido!… ¡Debemos irnos! Una patrulla policial-judicial está en marcha hacia este destino y vienen con la intención de prendernos… Nuestro informante acaba de advertirnos.
––¡Ay!… ¡Ayayay!… ––Clamó el jorobado––. ¡Maldición!… ¡Nunca podremos tener tranquilidad! ¿Por qué nos habremos permitido caer en las garras de esos buitres?… Tomemos los elementos más indispensables y partamos por el garaje del patio trasero; saldremos por la cortada de atrás.
––Por suerte el coche tiene el tanque lleno de combustible. Iremos hacia donde tú ya conoces… ¡Vamos, pues!…
––¡Mil veces, maldición! ––Refunfuñó el Gobbino Kokó––. ¡Cómo quisiera salirme de este estercolero!…
A la salida de aquella casa, la princesa abordó un taxi y mientras se dirigía a lo de su padre, así iba reflexionando: «¡Ah, jorobadito!… ¡no sabés qué enorme deleite me has prodigado!… ¡Ah, mi forma conjugada!… ¡Cómo estoy de calmada y satisfecha!… Durante esos intensos momentos de voluptuosidad no hubo lugar a pensamiento alguno sobre el tenor de tus malformaciones; de hecho estoy infinitamente agradecida a tu “protuberancia de abajo” y al inefable servicio que me ha tributado con el maravilloso aporte de su “cabeza de pera”. Creo que deberé menudear mis visitas a la ciudad… ¡Por Dios!… ¡qué rigidez y qué aguante! Tal parece cosa de trasgos. Quizá convenga abandonar la empresa del Vacuno de Soya y abstenerse de transponer los lindes de las especies… por lo que tiene de aberrante tal cuestión. ¿Y qué diré a Ramón, mi fiel capataz?… ¡Nada, Marcia Paula… absolutamente nada!… Este secreto debes guardarlo con siete llaves y hacer como si nada hubiese ocurrido… ¡Ah, Ramón, Ramón!… Perdóname, pero he de mantenerte en la inocencia total.»
Al arribar a la casa de su padre, éste, que le estaba aguardando, le comentó:
––Querida hija: el Sr. Hernán Martínez Feney está al llegar de su gira por Europa. Hoy se comunicó conmigo y, según dice, tiene algunas proposiciones comerciales muy interesantes que involucran a la producción de La Soya. Parece que por estos tiempos el precio de la soja se está elevando por las nubes y, según me alertó, es muy conveniente atender principalmente a obtener este año una buena cosecha. Quizá debamos postergar algunas de las inversiones ganaderas y lecheras en atención a esa situación que, es muy probable, no ha de ser muy duradera… ¿Te molestaría quedarte un par de días más, quizás tres o cuatro, para participar de una reunión con él? Nada sería tan importante como tu presencia en la escucha de tales propuestas; y la circunstancia de que te hallés aquí no puede ser más propicia.
––¡Claro, claro! ––contestó una aparentemente preocupada Marcia Paula––. Ya llevo bastante tiempo en la ciudad y es probable que la gente de la estancia esté requiriendo mi presencia allí. Pero, naturalmente, querido papi, los negocios son lo primero…
Y en verdad que se trataba de una petición que no pudo recibir con mayor alegría… Ya comenzaba a acariciar una nueva visita a la residencia del Gobbino Kokó… Y se felicitaba por el extraordinario aprovechamiento de la circunstancia de su estada en la ciudad. Quizá llegaría a La Soya un poco saturada de sexo duro, pero…
Aquella noche, de pura alegría, casi no pudo dormir. Resolvió definitivamente que efectuaría una nueva visita al Gobbino Kokó antes de partir para la Estancia La Soya: quizá debiera prestarle oído al pequeño con relación al servicio de su socio… después de todo, nada cuesta probar. Nuevamente pensó que no debía desperdiciar la oportunidad que se le presentaba; después vería cómo se las arreglaría para concurrir allí con la frecuencia que, intuía, le iba a ser necesaria. Por esas horas había casi arrojado en olvido el proyecto del Vacuno de Soya; tanto era el entusiasmo que le suscitaba el hallazgo.
Dos días después y ya en los prolegómenos de su partida, que sería en la mañana del día siguiente, llegó hasta la misma puerta ciega de aquel tétrico suburbio. Unas horas antes había intentado contactarse por teléfono con aquella gente, mas no lo había logrado y después de insistir hasta un límite prudente y de sopesarlo cuidadosamente, decidió al fin efectuar una nueva visita a lo del Gobbino Kokó, con la molesta sensación que algo no andaba bien. Golpeó la puerta en varias ocasiones utilizando el mismo código de la anterior vez, mas no obtuvo respuesta alguna.
Ante la intuición de que estaba pisando en una ciénaga se retiró rápidamente del lugar. Resolvió entrar a un pequeño negocio de bar, ubicado en la avenida, en el que distinguió una ventana cuya vista daba directamente, aunque en forma algo oblicua a través de la calleja, a la puerta que había llamado. Se sentó, en efecto, en una mesa con una perfecta visión hacia la casa en que tanto había gozado y pidió una merienda: un té con leche y tostadas.
No bien hubo partido la empleada que la atendió a cumplir con lo solicitado, Marcia Paula observó que dos móviles policiales y un furgón de tamaño considerable se apostaban en el domicilio del Gobbino Kokó. Del interior de los vehículos salió una patrulla armada hasta los dientes que, luego de tomar una serie de medidas de seguridad, se introdujo raudamente al interior de aquella casa. Hubo entonces mucho movimiento en torno a ella. Vio entrar y salir a numerosas personas y un par de guardias fuertemente armados quedaron de custodia en la entrada.
Se hallaba ansiosamente observando la escena cuando llegó la muchacha portando todos los ingredientes de la merienda: una tetera con leche caliente y otra conteniendo el té, ambas de brillante acero inoxidable; un buen plato portando media docena de crocantes tostadas de generosas dimensiones; un platillo con manteca arrollada y uno con abundante mermelada de duraznos; luego, azúcar, cucharita y cuchillo.
En tanto que la camarera se entretenía en colocar cada elemento mecánicamente en su lugar, echó una ojeada a través de la ventana y al comprender qué es lo que había llamado la atención de la desconocida clienta, murmuró:
––Parece que tenemos requisa en aquella extraña casa. Desde hace un par de días está siendo muy visitada por la policía.
––¿Sabés, acaso, a que podría deberse? ––preguntó como al descuido Marcia Paula––. Acabó por llamarme la atención ver tanto movimiento allí.
––Exactamente no lo sé, señora; pero siempre se ha tenido por misteriosa la actividad que se desarrolla en esa vivienda… Se dice que no es ajena al tráfico de drogas o que en ella siempre habitan temporales estafadores y rufianes. En realidad no hace mucho tiempo que yo trabajo en este lugar, pero he oído algunos comentarios de que existieron otras requisas; y al parecer nunca lograron nada concreto: los «pájaros de cuenta» se vuelan siempre antes de la redada.
Luego la camarera se retiró y la princesa comenzó a merendar. De repente vio que varios hombres sacaban bultos y algunos mobiliarios del interior de la casa y los colocaban en el furgón: documentación variada, biblioratos, ficheros y… ¡la exótica y amputada cama de partos!
Se quedó aproximadamente una hora contemplando todo aquel cuadro y cada vez más asombrada de la implicancia que hubiera tenido para con ella el encontrarse en el interior de aquella casa en momentos de tal procedimiento.
Sintió una suerte de pánico. De manera que lo único a que atinó es a desaparecer de aquel ambiente. Pagó la cuenta a la joven empleada y los siguientes pensamientos pusieron tan gran espanto en el ánimo de Marcia Paula que, ni lerda ni perezosa, llamó a un taxi y se alejó raudamente del lugar.
No tardó en comprender lo que todo ese acontecer significaba y comenzó a lamentarse profundamente de la irremisible pérdida que tal hecho suponía para ella.
«Ya me parecía -suspiraba- que tanta dicha no había de durar mucho tiempo. ¡Maldita sea mi suerte!… Cuando ya parecía tener solucionado mi inefable problema… ¡Ah, jorobadito, no volveré a verte nunca más! Pues si tienes pleitos con la justicia y si yo quedo fortuitamente involucrada en ello, fatalmente aparecerá a la luz pública mi pequeña gran debilidad… ¡No, claro que no!… Lo nuestro, ¡oh jorobadito!, no puede ser sino secreto guardado bajo siete llaves… ¡Qué imprudencia he cometido, sin proponérmelo, al volver allí!… ¡Con el sólo augurio que me surgió, cuando nadie contestaba el teléfono, debió bastar para abstenerme de concurrir! Pues en realidad tal hecho me sugirió claramente que algo no andaba bien… Pero, el ansia es el ansia y casi constantemente oblitera los más racionales pensamientos: es una importante lección que debo aprender. Después de todo ya tengo suficiente con el peligro a que me hallo expuesta en la estancia por mis relaciones con Ramón… Claro está: la ocasión es como el ‘fierro’, pero es obvio que esta vez resultó frustrada.»
A continuación vino a su mente el título-etiqueta de aquella inglesa científica, latinosa y ninfomaníaca.
«¡Penis taurinus! -reflexionó-; es evidente que el destino vuelve a implantar en mi inusitada senda el inextricable e inexorable escenario de mi afición a la verga del toro. Ya estaba escrito, al parecer, que el feliz sucedáneo que había encontrado en la del enano se eclipsaría como por arte de magia. ¿Por qué habría de mentarse en aquella feliz sesión la similitud de ambas? No es sino un hito más de lo que está predispuesto para mí… Inútil, ¡ay!, pretender escapar.»
Al día siguiente regresó a su Estancia La Soya.