El hechizo del toro

En una de esas frescas mañanas, montado con gran majestuosidad sobre su robusto alazán, se hallaba el fiel capataz abocado a lograr concretar el servicio que un recio toro overo debía realizar sobre una vaca en celo. Sentada sobre un viejo y grueso tronco que desde largo operaba a guisa de banco, ubicado al costado del potrero en que maniobraban hombres y animales, se hallaba la joven estanciera Marcia Paula contemplando aquel cuadro que, en realidad, había visto pasar muchas veces ante sus pupilas, sin que nunca le atrajera especialmente, como para decidirse a examinarlo in extenso. El diligente capataz, que se sabía observado por los ojos más bellos del mundo, dirigió a su patrona un natural saludo colocando el mango de su fusta próximo al ala del sombrero y luego prosiguió con sus tareas en pro de la aproximación de ambos animales.

     La atención de Marcia Paula, concentrada en un principio en su amante, fue derivando poco a poco, y cada vez con mayor intensidad, hacia la acción de la cópula de los animales. Se gratificó contemplando la gallarda estampa del overo semental y todas las piruetas, correrías y cabriolas que la exuberante testosterona le inducía a realizar como prolegómenos del apareamiento.

     Una vez que el toro hubo olfateado los humores de la hembra, se hizo ostensible que entraba en estado de franca erupción y, después de hacer trepidar el suelo con sus patadas, aradas y carreras, y de hacer vibrar el aire con sus sonoros bufidos, comenzó a soltar la majestuosa verga, la que en contados segundos se halló presta para el servicio, como un inmenso ofidio tropical arborícola dispuesto a saltar sobre su presa. Marcia Paula, al contemplar aquel miembro, no pudo evitar que un escalofrío le recorriera el cuerpo… una suerte de sensación ambigua, originada en una controvertible mistura de placer y de pavor.

     La embravecida bestia, en su aparatoso y grotesco cortejo, recorrió a toda velocidad un par de veces la periferia que marcaba la cerca del estrecho potrero, disparando coces a diestra y siniestra. Su magno apéndice se bamboleaba y agitaba a tenor de su loca carrera y, esporádicamente, incorporaba a esos movimientos sus propios estertores de deseos.

     De pronto vino a detenerse, cercado de por medio, como paralizado por un rayo y con extraña e incomprensible espontaneidad, frente a la patrona de la estancia. Luego de unos instantes de total inmovilidad en que quedó como pasmado contemplando profunda y curiosamente a la princesa, bajó y levantó sucesivamente su astada testa con la suavidad de un saludo; luego concluyó por mantenerla en alto y emitió un inefable bufido que sonó como el clamoroso viento de un heraldo. Realizó acto seguido algunos corcovos, efectuó un par de grotescos meneos y balanceos, giró dos o tres veces alrededor de sí mismo… y después de patear briosamente el piso prosiguió con su enfática danza.

     Marcia Paula quedó azorada ante el extraño «parate» del animal en medio de su efervescencia, lo cual vino a robustecer aquel singular estremecimiento que en ella se despertara unos momentos antes. ¿Qué hecho, residente en ella, pudo haber llamado la atención del overo como para que alterase de tal manera sus brutales manifestaciones, pasando olímpicamente de la furia portentosa a una increíble y fugaz actitud de cuasi contemplación?… ¡Qué conducta tan extraña!… Mas, ¡oh!, ipso facto se le presentó nítidamente la escena de niña, cuando un malhumorado toro la corrió y, una vez que ella hubo tropezado y caído, se limitó a acariciarla con su hocico.

     Aunque perpleja por todo ello, tampoco dejaba de observar con golosa contemplación lo atinente al toruno miembro copulador, en los momentos previos al apareamiento. Así, seguía con particular delectación su agitado bailoteo en concordancia con la furiosa carrera del toro, que aún daba por el potrero algunas vueltas enloquecidas. Al momento de montarse sobre la vaca, observó Marcia Paula cómo aquel miembro adquiría una posición casi horizontal y, en medio del frenesí del macho en su rítmico avance hacia la hembra, le vio oscilar pesadamente hacia arriba y hacia abajo, dando la impresión, por momentos, de que fustigaría la propia panza de la bestia… A raudales derramaba la escena la sensación del furioso anhelo que embargaba a ese protagonista principal, en la afanosa búsqueda de la morada que habría de saciar su ancestral voracidad por comunicar vida a la vida.

     Al contemplar tan impresionante cuadro, previo al natural apareamiento de aquellas bestias, la patrona se puso a temblar de emoción, sin saber a qué atribuirlo. En contados segundos más, ambos animales se hallaban en plena acción de cópula. Presa de una indecible excitación, la princesa se puso de pie y haciendo un sustancial esfuerzo para disimular su estado, saludó a Ramón y a la peonada con las manos. Tratando de alejarse lo más rápidamente posible de aquel teatro, prosiguió su caminata por los campos.

     ––Parece, Don Ramón, ––dijo el peoncito José–– que el overo ha reconocido a la patroncita y se decidió a hacerle un cordial saludo.

     ––¿Cómo diablos ––apuntó otro integrante de la cuadrilla–– pudo haberse frenado de tal manera en medio de la calentura?

     ––Se ve que quiso rendir un justo homenaje a la hermosura de la niña ––interfirió un tercero––. Está claro que la ha reconocido… Después de todo ella es la dueña de la estancia.

     ––No creo que el overo sepa distinguir tanto ––arguyó otra voz––, pero si de algo estoy seguro es que a don Melitón no le hubiera hecho tanta fiesta. ¡Claro que el overito ha visto la belleza de la niña!… y le ha querido dedicar unos momentos de mirada engualichada.

     Rosauro, un veterano que ya doblaba largamente el codo de los cincuenta, colocó la punta del mango de la fusta en la parte frontal del ala del sombrero y lo corrió hacia atrás, descubriendo gran parte del enralecido cráneo.

     ––No es la primera vez que ocurre esto ––dijo con voz grave y en tono de autorizada sapiencia campera––. Yo mismo he visto algo parecido hace más de veinte años, cuando la princesa era niña. La corrió un toro dentro de un corral; ella se cayó de bruces y ninguno de los que observábamos dábamos ya dos centavos por la vida de la pequeña. Sin embargo, el toro se limitó a tocarla con el morro y, ¡cosa tan extraña como la de hoy!, se aquietó totalmente… Más… diría que se comunicó con la niña, pues ésta acabó acariciándole con su manita el testuz y entonces el toro se meó de gusto. Conclusión, que es como si se hubieran hecho amigos… y la princesa salió del trance sin el más mínimo rasguño.

     ––¡Ohhh! ––exclamaron todos, asombrados.

     Ramón se limitó a sonreír ante esas ocurrencias y en ningún momento emitió opinión sobre el asunto, dando la sensación de que prestamente deseaba acabar con los comentarios. En consecuencia, sin dejar de sonreír y de asentir, instó a la cuadrilla a la prosecución de las tareas.

ATISBOS TAURINOS
     Días después, la exultante y más que satisfecha patrona de la Estancia La Soya daba rienda suelta a sus apetencias literarias y se dedicaba a buscar en la biblioteca de la mansión alguna obra para prodigarse unos momentos de relajante lectura. No estaba segura de cuál sería el tema que por aquellos momentos interesaría a su ánimo: quizás algo de historia, o alguna leyenda, o, tal vez, deseba recitar algún escogido poema de entre la pléyade que allí existía.

     Mientras recorría en su nutrida biblioteca los estantes de libros de todos los formatos, dimensiones y colores imaginables, iba pensando, con un dejo de resignación, cómo en este particular aspecto de la vida se presentaba la «gran diferencia» entre ella y su amante. Ella era, a todas luces, un espíritu cultivado, que dedicaba largas horas a la lectura, en tanto que su Ramón…

     «Bueno -se decía, haciendo gala de su natural amplitud de espíritu-, ¡zapatero a tus zapatos!… Pero no puede dudarse de las relevantes cualidades de mi Ramón como ser humano. ¿O es que su hombría de bien, lealtad y nobleza no han de tomarse en cuenta? Además, cuestión de no menor importancia, realiza su trabajo a la perfección y es sumamente inteligente en la resolución de las cosas prácticas. Es, ante todo, un hombre práctico… Y si se analiza su personalidad en cuanto a su capacidad de la relación humana, hay que concluir, definitivamente, que se sabe hacer querer por la peonada, porque tiene seguridad en sí mismo y un natural respetuoso para con todos; y esto es cosa independiente del nutrimento libresco. Más bien ha de creerse lo contrario: el excesivo alimento en tal sentido contribuye a dotar al individuo de cierto arrogante fariseísmo.»

     En tanto que estaba sumida en estos tan sustanciales pensamientos, sus irresolutos dedos hojeaban un libro que acababa de sacar al azar y, al pasear la vista por el índice, encontró un título que llamó poderosamente su atención: ‘La reina y el toro’. Sin saber por qué, se le redoblaron los latidos de su corazón. Llena de la más extraña ansiedad, se fue a sentar en un mullido sillón… y comenzó a buscar la página del capítulo correspondiente.

     «¡Flor de coincidencia es ésta!… -murmuró-… Veamos: los otros días, observando el apareamiento del enorme overo aquel, que me dejó absurdamente impresionada, ¡como si hubiera sido la primera vez en mi vida que contemplara tal hecho!; después, el extraño «parate» de la bestia en medio de sus furibundos retozos, para observarme con inefable mirada; y ahora, de los estrados de la cultura, se me aparece un capítulo de este libro con tan insinuante título… En fin, veamos de qué se trata.»

     Mas tenía clara noción de que su curiosidad iba más allá de la meramente literaria. Se sentó cómodamente sobre el sofá, puso algo de música melódica a baja intensidad, se sirvió una copa de whisky y se sumergió en la lectura.

     Leyó reconcentradamente, deteniéndose con frecuencia al fin o en medio de frases y párrafos. Por momentos, ponía sus ojos en el cielorraso y meditaba profundamente las palabras. A veces, las repetía remarcando sus sílabas… Y así se estuvo más que absorta en la lectura de aquella narración.

     Al concluir, una media hora después, se quedó pasmada. Se recostó sobre el sofá, puso el libro, aún sostenido por su mano, a un lado del cuerpo y nuevamente clavó la estática mirada en el cielorraso. Luego, entrecerrando los ojos, comenzó a regurgitar en su mente todos los conceptos, hechos y razones que había captado en aquella lectura y a enhebrar las vivencias que le habían suscitado; y así dio nuevamente rienda suelta a sus tumultuosos pensamientos:

     «¡La reina Pasífae!… ¡Que se apasionó por un toro!… ¡Por una maldición del dios del mar!… E hizo construir por Dédalo una vaca artificial para que el toro la poseyera… ¡Bueno… bueno!… ¡Esto sí que ya no ha de considerarse casualidad! ¿Por qué habría de ocurrirme tan precisamente a mí, y en esta especial circunstancia por la que atravieso, el que se me cruce una historia de tal tipo?»

     Al recordar la escena del toro, el tenor de sus movimientos y la intensidad de su mirada para con ella, sintió una erupción que la llenó de voluptuosidad y de espanto. Pensar que la imagen de esa escena la había perseguido con porfiada tenacidad, prodigándole, cada vez, un regusto de misteriosa sensualidad, de cosquillosa incitación a lo prohibido. Y ahora, como por un juego del azar, ¡viene justo a caer en sus manos esta bendita historia de Pasífae, la esposa del rey Minos y madre del Minotauro!… ¡Es cosa de no creer la concatenación de estos acontecimientos! Es como… si alguna potencia superior estuviera dirigiendo sagazmente los hechos de la vida de Marcia Paula hacia… ¿Hacia dónde?

     Retomó la lectura del libro y, al proseguir husmeando por los entresijos del volumen, encontró, bastante más adelante, otro título que lucía: ‘El Toro y la princesa’. Se trataba de una alusión a la pasión amorosa que la inocente virgen Europa, la hija del rey Agenor, había despertado en el máximo dios del Olimpo, el Supremo Júpiter o Zeus. Sin más, volvió a los anaqueles de su biblioteca y tomó La Metamorfosis de Ovidio; hojeó nerviosamente sus páginas… y finalmente se puso a recitar:
     No bien se reúnen ni moran en un solo sitio/

     la majestad y el amor; la gravedad del cetro dejada,/

     aquel padre y rector de los dioses que con fuegos trisulcos/

     tiene armada la diestra; que con el ceño el orbe sacude,/

     la faz de un toro se viste y, a los novillos mezclado,/

     muge, y en tiernas hierbas hermoso pasea./
     Marcia Paula, ahora sonriente, reflexionó:

     «Tal parece que el poderoso Jove, el padre y rector de los dioses que lleva el arborescente rayo en la diestra y que con su solo ceño sacude al mundo, adolece del muy humano pecado del adulterio. El majestuoso Júpiter, hermano y esposo de Hera, la vengativa y celosa diosa de los bellos brazos, se viene a enamorar de la princesa Europa, como tantas veces lo había hecho con otras mortales. Decide, pues, poseerla, transformándose en un hermoso toro blanco provisto de un par de breves cuernos que ostentan la transparencia de la gema. Y asume entonces una expresión dulce y pacífica para ganar la confianza de la tímida virgen.»

     «¡Dulce y pacífica!», se repitió. Y recordó el «parate» del overo y su extraña y densa mirada.

     La princesa de La Soya echó un buen trago de whisky en su boca para aplacar la aridez que había ganado su garganta y, a continuación, volvió sus ojos a la lectura, para seguir declamando de esta suerte:
     Su color es de nieve a la cual ni los vestigios del duro/

     pie pisaron, ni ha disuelto el Austro lluvioso./

     Músculos yerguen sus cuellos; la papada cuelga a sus hombros;/

     cuernos, en verdad, parvos; mas pudieras jurar que están hechos/

     a mano, y más que una pura gema, son transparentes./

     Amenazas, en su frente, ningunas, ni luz formidable;/

     la paz, su rostro tiene. La de Agenor nacida se admira/

     de que tan hermoso, de que combates ningunos amague;/

     mas aunque suave, temió tocarlo primero./

     Pronto se acercó, y alargó flores a las cándidas bocas./

     Goza el amante y, mientras viene el placer esperado,/

     besos da a las manos; apenas ya, apenas lo restante difiere./
     La princesa no pudo ahora evitar recordar el incidente, cuando pequeña, con aquel bravo toro que furiosamente la persiguió en el corral, mientras Sebastián Toranzo la traía de vuelta del bosquecito.

     «Amenazas, en su frente, ninguna» -repitió con alto tono declamatorio-… ‘La paz, su rostro tiene’… ‘Besos da a sus manos’… Según todo el sentimiento de mi recuerdo de niña, el toro que me persiguió, diría, me trató de idéntica manera, como si fuera una mascota de mi propiedad. Recuerdo muy claramente con qué complacencia recibió la caricia que le prodigué en el testuz.»

     Un impensado escalofrío recorrió su cuerpo. Lo aplacó con un nuevo trago de licor. Luego volvió al análisis de su lectura.

     «Y finalmente -prosiguió- la hija del rey Agenor, sobre las espaldas del transmutado dios y tomada de una de sus manos en un cuerno y depositada la otra sobre el divino lomo, es transportada por el amantísimo toro por sobre las ondas del océano y… termina éste dando satisfacción a su lujurioso anhelo… ¿Cómo?… Mas he aquí, en este segundo caso, que el toro toma la iniciativa y es el propulsor de la unión carnal. ¡Claro que se trata nada menos que del más poderoso de los dioses del Olimpo!»

     Y prestamente se quedó imaginando cómo, por influjo de los divinos poderes, puede una bestia de tal naturaleza tomar conciencia de un acto de amor con una mujer y, desde una visión pragmática, cómo pudo realizarlo. ¿De qué medios se habría valido Dédalo para ejecutar su obra?

     Finalmente, despojándose de las ensoñaciones en que se había sumido, volvió a la realidad y se fue a preparar otro whisky. A continuación abrió nuevamente las compuertas a las turbulentas aguas de su mente:

     «¡Maldita sea mi suerte que hace que el pensamiento del toro me persiga como mi sombra! Cada vez que así ocurre percibo como una dilatación de mi ‘vacío’. Es como si… como si… estuviera efectuando un llamado. Es menester, Marcia Paula, que erradiques definitivamente tales ideas de tu alocada cabeza… O terminarás por enloquecer…

     »¿Cómo habría logrado la vehemente Pasífae introducirse dentro de la bendita vaca?… Para nada debe resultar tarea fácil elaborar el artificio necesario para posibilitar físicamente tan especial apareamiento, ni mucho menos el conseguir meter semejante engaño en los tuétanos del animal.

     »Al fin de cuentas… ¡oh, Marcia Paula!, no te hallas sola en este fatídico síndrome del ‘vacío’ del que eres víctima. ¿Qué dios del mar, del aire, de los campos, de los montes, del sol, de las tinieblas, o del mismísimo Averno me lo habrá insuflado a mí? ¿Por qué me persigue, casi implacablemente, la imagen de aquella enhiesta y descomunal verga taurina? ¿No me dicta a cada instante mi aterrada razón las razones de tamaño desafuero? ¿No tengo acaso más que suficiente con el amor de mi Ramón y con su admirable lampalagua?

     »Será menester, Marcia Paula, que hagas todos los esfuerzos necesarios para eliminar de tu aterida mente aquellas dos exóticas imágenes: la enorme verga de la bestia y la intensa mirada a ti dirigida. Al fin, la magnitud de su miembro no es otra cosa que una manifestación de la naturaleza, y que está acorde con su función y con la complexión de la especie de que se trata. Tú lo ves descomunal sólo porque lo humanizas y crees que…

     »Tú tienes a lampalagua que es, por añadidura, el apreciado apéndice de un bello ser de tu propia especie, el cual está provisto, además, de una pléyade de dones que confieren belleza a su alma. ¿Qué más puedes pedir?…

     »¿Y qué tal si resultaras perdidamente enamorada de… un toro; de lo cual por momentos tienes serios barruntos? ¡Tal como le ocurrió a la esposa del rey de Creta, la profunda Pasífae!… ¡Puaj!… ¡Todos los caminos conducen al infierno!… Dentro de un cuero de vaca: ¡qué ridículo!… Y para colmo, después venir a parir un ser monstruoso, fruto de tal unión… Eran verdaderamente imaginativos estos griegos. Pero en realidad, por tal peligro de embarazo… no hay cuidado… ¡Dios… qué dimensiones las de aquella verga! Es como… un palacio de chocolate: alegra la visión de la escena, pero puede matar de indigestión…»

     Con la policromía de un caleidoscopio pasaban por sus laceradas mientes tan extraños y contradictorios pensamientos que, por momentos, la sumían en el deleite y, en otros instantes, le insuflaban un torrente de pavor… Nuevamente sintió que su garganta ardía. No encontró nada mejor que apagarla con otro trago de whisky…

     Poco después, bajo el narcótico efecto del alcohol, la princesa acabó por sumirse en un sueño, en el mismo sofá en que se hallaba. Sin darse cuenta, los libros que tenía entre sus manos fueron a parar a la silenciosa y mullida alfombra y, en una suerte de disipada duermevela, se le presentó una densa escena onírica.

     Así, se vio en un teatro, sentada en una butaca muy próxima al escenario. Sabía que había allí congregada una gran cantidad de espectadores, pero la presencia de los demás era difusa. Una vieja, ¡muy vieja y contrahecha!, con una fortísima inclinación hacia delante y con todas las apariencias de una bruja medieval, era el único actor que se presentaba en la escena y estaba a la sazón iluminada por un potente halo de luz rosada. El desagradable personaje se apoyaba sobre un arborescente bastón, en tanto que con cascada y antipática voz descerrajaba un monólogo cuyas razones no entendía, o dejaba indolentemente que se escurrieran con toda libertad por la atmósfera del lugar. Entrecortaba su estentórea peroración con risas gélidas y cínicas… La forzada espectadora comprendía que aquel basilisco no podía sino ser un espectro malévolo.

     De repente, aquel actor esperpéntico se dirigió a ella con escasamente contenida furia y en tanto que la increpaba con duras palabras, iba agitando convulsivamente su bastón, que no dejaba de señalarla. Y vio entonces que aquel báculo tomaba la forma de la inmensa verga de un toro, a la que ella observaba con atónita mirada…

     Acto seguido, apareció un segundo halo de luz, blanca esta vez, que iluminó el palco principal del teatro. En él se hallaban dos mujeres de singular belleza: una de aspecto maduro, la otra con todos los signos de la doncellez. Ambas se pusieron de pie y recibieron una fuerte ovación.

     ––Yo soy la profunda reina Pasífae ––exclamó la primera.

     ––Yo me llamo Europa ––dijo la segunda–– y soy la princesa hija del rey Agenor.

     De inmediato retomó la palabra la arpía del escenario y, siempre apuntando con su transmutado bastón a Marcia Paula, vaticinó:

     ––¡Tú, la hija de Aranda y Puig, deberás pronto compartir el palco!… Y te convertirás en cofrade de esas mujeres del bestialismo…

     Entonces la princesa despertó raudamente y se mantuvo aún unos cinco minutos recostada, profundamente impresionada por la naturaleza del sueño. Luego, venciendo alguna dificultad para mantener el equilibro, fue a colocar los libros en el estante de la biblioteca. Mientras se golpeada la cabeza con la palma abierta de la mano en un intento de aventar las brumas del horroroso sueño, se dirigió afuera. Allí se encontró con el capataz que acababa de regresar, sin haber desmontado aún, de su visita a lo de don Zoilo.

     ¡Qué enormes deseos de echarle los brazos al cuello, como lo haría una novia corriente!… ¡Qué hermosa estampa gasta sobre su alazán!…

LA PRIMERA CITA
     Una de esas mañanas de sus comunes paseos por la estancia, se hallaba Marcia Paula profundamente cavilando sus cuitas y necesidades cuando al doblar por la esquina de uno de los potreros descubrió precisamente a la asaz desenvuelta Adelita.

     Llevaba ésta un aparatoso peinado, con el renegrido cabello muy ensortijado, abultado y revuelto, en una suerte de composición que destilaba gran sensualidad. Una parte de sus sedosos mechones caían sobre la rosada faz, en deleitosa armonía con los graciosos hoyuelos de sus mejillas y el brillante fulgor de sus ojos azabaches. Había depositado en sus labios una gruesa película de carmín, ampliando la incitante boca más allá de sus límites naturales y exagerando así la voluptuosidad que de ellos escapaba. Lucía en su talle una ajustada y breve falda y cubría su torso con una blusa muy suelta que, a partir de la punta de sus pechos, caía con la verticalidad de una cortina, cuyo ostensible alejamiento del ombligo ponía harto de relieve la generosa causa que provocaba tan insinuante separación. Total que la apetecible criada venía produciendo, en la medida en que circulaba por veredas, calles y callejas de la estancia, la momentánea parálisis de la tarea de quien la observara pasar, sea hombre o mujer.

     Esta estampa de la criada, rutilante y sensual, mucho molestó a Marcia Paula.

     —Buen día, patroncita, ¡dichosos los ojos que la ven! —saludó la jocunda niña.

     —Hola, Adelita… Por lo que veo hoy te has dedicado a emperifollarte sobremanera ––apuntó la princesa, con voz que olía a tedio.

     La moza se llevó coquetamente la palma de la mano a su cabellera, segura de haber causado una acendrada impresión en la patrona.

     ––¿Vio el peinado que me hice hoy?… Me he lavado con el mejor champú que conseguí en Villa del Buey.

     Marcia Paula rápidamente cambió el tema:

     ––Decime: ¿sabés si a esta hora ya ha llegado don Melitón desde la ciudad? Acordate que lo estamos esperando.

     —No, patroncita… No ha llegado hasta el momento. Y claro que sé que lo estamos esperando. Hace un ratito nomás que le estuve plumereando el escritorio que él usa cuando se llega por acá. Pero no se preocupe que don Melitón estará al llegar. Hortensia se halla preparando unos ñoquis al tuco que es para él exquisito almuerzo. Parece que la negra tiene un arte especial con esa comida. No bien meta el pie en la casa pegará el grito para que yo le cebe mate…

     Marcia Paula frunció el ceño…

     —Bueno, podés dedicarte a tus otras cosas —apuntó—, que esta vez el mate se lo voy a cebar yo; tengo que conversar con él. Hay muchas novedades en la estancia desde la última vez que se llegó por aquí.

     —¡Le juego que no va a poder ser, patroncita! A don Melitón le gusta que le cebe los mates yo… ¡Ya va a ver!

     —¿Ah, sí?… ¿Y se puede saber qué diablos tienen tus mates? ¿O creés que yo no sé cebarlos tal como a él le gustan? —replicó Marcia Paula, algo picada por la imprevista afectación de la niña.

     —No… es que… don Melitón se muestra muy a gusto cuando yo le cebo los mates… —se despachó, muy desenvuelta, la quinceañera—. Ya en varias ocasiones me ha elegido especialmente a mí en lugar de las otras criadas: ni la Tatiana, ni la Luciana… Él es muy tierno conmigo y se ha aficionado a que le cebe yo los mates. ¿No lo ha notado Ud. acaso?

     Ahora la patrona comenzó a maliciar dónde se hallaría el meollo de aquella cuestión, pues ya había descubierto síntomas afectuosos en las miradas que últimamente su padre dirigía a la mocosa. Y algo le empezó a musitar que el «look» que presentaba la criada estaba emparentado con la visita de su padre.

     ––¡Claro que no había notado tal cosa! ––Respondió, fastidiada–– ¿Y me podrías decir qué clase de afición te muestra don Melitón?

     ––Bueno, a él le gusta… tocarme.

     La princesa, ahora bastante más irritada, se mordió los labios y guardó un rato de silencio; luego inquirió:

     —¿Ajá?… ¿Y se puede saber dónde te toca?

     —Siempre me dice que estoy «lindaza»… Me aprieta los cachetes y los muslos… También me da chirlitos y pellizconcitos en la cola…

     Marcia Paula tragó saliva.

     —¡Está claro! Seguramente que después de tales masajes has de encontrar los glúteos suficientemente relajados como para sentarte a descansar cómodamente.

     No por inocente la criada dejó pasar la pulla de su patrona; por el contrario, con connotaciones socarronas, prosiguió:

     —Muchas veces se le ocurre a don Melitón «pesarme» las tetas; en los últimos tiempos es lo que más hace. Entonces siempre repite lo mismo: «¡Qué ubre magnífica para hacer la felicidad de nuestros mamones!… »

     —¿Ah, sí?… ¡Conque tenemos ahora que don Melitón se nos viene a aficionar a los pesos y medidas!… ¿Qué es eso de «pesar» las tetas?… ¿Qué clase de balanza usa?…

     —Pues, está claro: ¡las manos!, niña… ¡las manos!… Sencillamente que me pone sus manos por debajo de las tetas, las levanta y luego, mirando pensativo al cielo, consulta con vaya a saber qué balanza que dice que tiene en su interior y a continuación canta el peso que tienen.

     Marcia Paula contempló nuevamente las insinuantes puntas frontales de su criada… El tono bermellón ya se había enseñoreado casi totalmente de su rostro, mas trataba de contenerse. Así, prosiguió:

     —¿Y qué peso suele encontrar para tus tetas? Me imagino que, dada la frecuencia de esas operaciones, no debe variar mucho de una ocasión a otra, por lo que seguramente no es indispensable tanta reiteración del pesaje.

     —¡Qué sé yo!, amita. Lo único que le puedo decir es que… ¡el patrón es tan «jodón»!… Se le ocurre decir cualquier cosa: «Hay aquí varios kilos… Alcanza para amamantar a un parvulario»… y cosas por el estilo.

     —¡Vaya original manera de sopesar ubres y de sacar especiosas conclusiones! ––susurró entre dientes la patrona. Luego, autoritaria, espetó a la criada––: Pero, por lo que veo, tampoco vos mostrás remilgos a la hora en que deberías escurrir el bulto. ¿Nunca fuiste capaz de arisquear un poco tu humanidad a la mano traviesa?

     —Niña: ¡recuerde que se trata nada menos que del patrón de la estancia!…

     Marcia Paula observó una vez más los voluminosos pechos de su criada, que, debajo de la blusa y desde siempre, dejaban adivinar su total soltura, y quiso indagar acerca de la etapa a la que arribaría la singular operatoria paterna.

     ––Decime, ¿te toma el peso por encima de la blusa, o…?

     ––Al principio sí. Pero ya en las dos últimas veces me hizo desabrochar la blusa y… «A ver, mocosita -me dijo- sacá las ubres afuera que con esa tela de por medio no puedo trabajar con precisión». Entonces se puso detrás de mí y me calzó las tetas con sus manos y se puso a levantarlas que era un contento.

     ––¿Y vos no le dijiste nada?… ¡Desvergonzada!

     ––¡Amita, por favor! No me trate así… ¿Cómo defraudar de tal forma al patroncito de «LaSoya»?

     ––Bueno, bueno… ¡Está bien!… ––replicó Marcia Paula.

     Entonces estuvo a un tris de preguntar a la Adelita si las tales manipulaciones de sus aguerridos senos no habían pasado a mayores… Pero, considerando ya la inconveniencia de seguir adelante y ante el resquemor de ahondar aún más la indignación que la poseía, optó por poner punto final a aquella conversación. Empero, reflexionó: «¡Lo único que faltaba!… ¡Viejo verde de mierda!… Se ve que con mi copetuda madrastra, que va ya camino a la posesión de la majestad del pergamino, no le alcanza.»

     Estos molestos pensamientos introdujeron en ella una gran melancolía. Mientras así cavilaba, impensadamente se halló frente a un potrero con animales y se apoyó sobre el cerco. Y allí, ¡oh caramba!, precisamente, estaba el toro overo… y tan próximo al cerco, que se hallaba al alcance de la mano. El animal rumiaba en medio de la más apacible calma, con esa típica languidez vacuna que se presenta como rayana en la estulticia… Casi se diría que ni notó la compañía de la patrona, o que lo tomó con bovina naturalidad.

     Ella lo tocó por su costado, primero con la punta de los dedos dando al grueso pellejo unas cuantas rastrilladas. Sin inmutarse mayormente, el animal se limitó a efectuar un ligero sacudón de la piel en la zona del contacto con las uñas… y siguió rumiando con la mayor tranquilidad.

     Luego, con la palma de la mano, comenzó a acariciarlo suavemente, lo que pareció ser del agrado de la bestia, puesto que la llevó a recostarse contra la cerca.

     Marcia Paula no tuvo dudas de la aceptación de las caricias y se comenzó a instalar en ella la seguridad de que haría buenas migas con el animal.

     Sin dejar de masticar y ya rascándose contra el cerco en evidente actitud de satisfacción, el toro volteó su enorme cabeza y se puso a contemplar a la princesa que no cesaba de pasarle su mano, ahora por el lomo. Ella recordó la circunstancia del apareamiento, cuando el toro la miró de manera extraña; sólo que ahora proseguía rumiando indolentemente y su mirada era del tipo bobo.

     Luego, se animó a pasar adelante y comenzó a acariciarle la testa… En consonancia, oyó al toro emitir armoniosos y suaves bufidos de satisfacción…

     Como instigada por un sortilegio que ardía en lo recóndito de su ser, la patrona le empezó a hablar:

     —Parece ser, overito, que te agrada la caricia de tu dueña. En realidad no eres tan bravo ni arisco como te hace todo el mundo… Por el contrario, eres un verdadero mimoso… No sé por qué causa te has instalado en mí… Y ahora te comportas de una manera asaz complaciente… Tanto, que has conquistado mi cariño… Siempre estás en mi camino, ya en imagen, ya en presencia física, como en este caso.

     Saltó audazmente el cerco y se puso al lado mismo del toro y, en tanto que no cesaba de acariciarlo, le hablaba con extrema dulzura.

     ––Dime, «Mimoso», ¿qué te llevó, mientras te revolvías en el inicio de tu apareamiento la vez pasada, a frenar tan en seco tu desordenada furia?… ¿Qué potencia insondable determinó que te fijaras en mí y me contemplaras como pasmado por unos instantes?… Quisiera descifrar los códigos de tu cargada mirada.

     »¿Sabes?: mientras era niña uno de tus congéneres me persiguió con la mayor destemplanza y yo caí al piso. Él me olisqueó y, ¡caso prodigioso!, en contados segundos se convirtió en mi amigo y comenzó a acariciarme como él podía hacerlo: con su húmedo hocico refregando sutilmente mi cuerpo. ¿Tuve, acaso, el don de transmutar su bravura en ternura? ¿No está ocurriendo otro tanto contigo?…

     La bestia le aproximó el corpachón y comenzó a restregarse cariñosamente contra ella, al par que extendiendo su cabeza emitía suaves berridos de satisfacción. Pese a que, para sus parámetros de corpulencia y de conducta, era palmario que lo frotaba con sutileza, no dejaba de percibirlo como grotescos aunque afectuosos empujones el grácil cuerpo de la patrona.

     Y tanta era la confianza que ella había ganado que en ningún momento sintió miedo a que la bestia se vuelva agresiva.

     —He aquí, Mimoso, que según estoy viendo vamos a convertirnos en amigos… Grandes amigos… Así como vi gran amistad entre Hebe y Sultán y la Lucinda y El taba.

     Luego volvió a saltar el cerco y reanudó su marcha en dirección a las casas. Al poco trecho se detuvo y giró su cabeza hacia atrás para volver a despedirse de su nuevo amigo. El toro ya no rumiaba, no hacía sino contemplarla como arrobado, y ella tuvo la sensación de que había un dejo de melancolía en la expresión de la bestia.

     Depositó, sonriente y escénica, un beso en la ahuecada palma de la mano y lo sopló en dirección a ella.

     Con extraño sincronismo el animal emitió un suave mugido y, abandonando su estática posición, dio una vuelta con corcovos alrededor de sí mismo… Luego volvió a su rutinaria tarea de masticar.

     Marcia Paula reinició la marcha hacia el casco y finalmente, sin darse cuenta, remató así en su magín:

     «¡Ah, reina, reina! ¿Cómo te habrías arreglado para inducir a un toro a que te ame envolviéndote en un cuero de vaca? ¿Acaso sería ello posible? No digo resistir el desaforado volumen del miembro del toro (sintió un escalofriante regusto al pensar en ello), porque quizá eso se pueda dosificar adecuadamente; mas lo que resulta muy difícil de imaginar es el artificio al que hay que recurrir para ajustar tan disímiles conformaciones corporales, y mantener engañado al animal… Después de todo, estoy segura, el ancho de su miembro no es problema… No lo fue el de El Taba para la Lucinda, según lo vieron mis propios ojos… Y la cantidad de él a introducir se puede controlar: la cuestión es buscar la forma de arrimarse o separarse, según convenga… y ¡allí sí que no habría ‘vacío’ que no se pueda colmar!…»

     Se encontraba voluptuosamente sumida en estos pensamientos cuando vino a caer en la cuenta de que otra vez la toruna escena se había presentado en su tablado. Claro que esta vez…

     «Ese overo, ese toro, Mimoso, ¡oh, demonios, cómo vino a cruzarse en mi camino!… Parecía complacido ante mis caricias. Y yo…»

     Todo lo cual fue motivo para que comenzara a reprocharse denodadamente y tratara de nuevo de arrojar por la borda tales ideas, tan descabelladas cuan voluptuosas… Mas, serios barruntos asolaban su ser.

EL CABALLO DE LA INSINUACIÓN
     Poco después Marcia Paula se encontró en preparativos para ir de compras en compañía de Hortensia a Villa del Buey, el pueblo próximo a la estancia. Subieron ambas al vehículo «cuatro por cuatro» y poco después la patrona entraba en el almacén de ramos generales del vasco don Francisco Goycoechea, a quien todos conocían como don Pancho y también, según es usual por estas latitudes al referirse a todo nacido en la Madre Patria, como «el gallego».

     A la entrada del enorme local le llamó poderosamente la atención la presencia de un cuerpo de escultura representando un formidable caballo percherón. Nunca antes lo había visto. Se trataba de una magistral artesanía en escala natural, sobre la que el comerciante había colocado, en exhibición, diversos arneses para la venta. Aparecía ante la sensible mirada como una verdadera maravilla de sutil arte campero que, a no ser por la inmovilidad, se había de tomar por un ejemplar de caballo absolutamente real. Y allí se encontraba precisamente la belleza que emanaba de tal obra: la inefable sensación de vida que ponía en el espíritu del observador.

     Marcia Paula, en extremo deslumbrada, se detuvo unos instantes y le golpeó con sus nudillos, para venir así a comprobar que la pieza era simplemente un muy bien logrado armazón de madera, recubierto por la piel del caballo que representaba, excelentemente curtida. Sus ojos de vidrio parecían realmente naturales y en cuanto a sus crines, lo eran realmente; todos sus detalles hacían sentir la exquisitez y escrupulosidad de las apreciaciones morfológicas que sobre ellos había derramado el artista… Total que el conjunto ofrecía una notable sensación de verosimilitud de vida y era, a no dudarlo, una obra maestra de taxidermia.

     —Parece que a la preciosa moza de La Soya le interesa esa belleza —exclamó desde el interior, elevando su ibérica voz, un sonriente y amable Don Pancho, que desde largos minutos aguardaba el ingreso de la princesa a su negocio. Al hombre ya se le habían iluminado los ojillos, pues se trataba nada menos que de uno de los más importantes clientes de la casa.

     —¡Es realmente maravilloso este caballo!; destila vida por todos lados —repuso ella––. ¿Quién es el genio que se muestra detrás de tan bella obra?

     —¿Vio?… Pareciera que le falta sólo poder moverse y relinchar. Me costó mis buenos pesos, pero no es que el artista que lo hizo sea muy exquisito para cobrar, sino que realmente es una obra muy trabajosa. Y él es tan dedicado a su arte, que no trabaja si no lo hace con la perfección de los teutones. Éste que ve, niña Marcia, está hecho de tablillas de madera pero, según me lo dijo don Otto -que es su artífice-, ya está reemplazando ese material por el plástico duro, con lo que piensa llegar a formas más perfectas.

     —¿Cómo dice usted, don Pancho, que se llama ese artista?

     —Otto Friedrich Salinger. Por acá le decimos, como no podía ser de otra manera, «el alemán». Como todos estos germanos es muy parco de boca; al revés que nosotros, los «gallegos». Tampoco vive en el pueblo, sino en un paraje bastante metido en los campos, para el lado del este. Allí tiene su residencia, su chacra, su taller, su depósito y todo aquello que necesita para su vida y su labor. Allí da rienda suelta a sus chifladuras. En realidad no se gana la vida con estos trabajos; las malas lenguas dicen que recibe una muy buena pensión de su país de origen; lo cual, parece ser que está emparentado con su ascendencia directa a un gran oficial de la armada alemana de la última guerra; quiero decir, lisa y llanamente, que su padre fue importante oficial de los nazis. Fue sobreviviente de la ‘Batalla del Río de la Plata’ y resultó ser uno de los internados en la Argentina.

     »Pero volviendo al caballo, debo aclararle, niña, que esa maravillosa pieza está hecha con listones de madera de las dimensiones adecuadas y retorcidos convenientemente para disponerlos a la forma que se necesite dar según su ubicación; y el trabajo del cuero es una obra maestra de un taxidermista de gran nivel, como lo es nuestro lacónico amigo Otto. A mí me gusta decir que se trata de una réplica del Caballo de Troya… De hecho, pienso bautizarlo como el Caballo de Troya de Villa del Buey.

     —¿Caballo de Troya? —replicó, sorprendida, la princesa— ¿Qué sabe Ud., Don Pancho, del Caballo de Troya?

     —¡Ah, querida señora Aranda y Puig! Sé que el primitivo Caballo de Troya era una construcción de madera de los griegos que sitiaban la ciudad de Troya. Por supuesto que era enorme pues, según dicen, alojó muchos soldados en su vientre. Pretendía ofrecer engañosamente un emblemático reconocimiento al coraje con que Troya se había defendido del sitio y venía a insinuar la intención del sitiador de abandonar la contienda. En realidad, no era más que una gran estratagema que le costó muy caro a la ciudad sitiada. No creo que tuviera la sutileza del que está en mi entrada.

     »Mas digo que tienen un parecido… y es sólo por el hecho de tener ambos la panza vacía.

     Y lanzó don Pancho una sonora carcajada en la seguridad de haber logrado un chiste de buen calibre. La princesa contenía en sí una muy escasa cuota de humor, ya que había quedado muy impresionada y pensativa acerca de aquella escultura; así que siguió a don Pancho en la hilaridad con el fingimiento estrictamente necesario a que obliga la cortesía. Y luego le entregó un pedido que llevaba por escrito, una larga lista de artículos, productos y enseres, y le solicitó que preparara tal recado para el día siguiente en que mandaría una camioneta para su retiro.

     «El gallego» leyó ávidamente la lista para fijar con una ojeada veterana el monto de la operación.

     Luego ella se despidió del comerciante y, al llegar a la salida, se detuvo nuevamente frente al caballo. Pasó su mano por el lomo, entrelazó las crines entre sus dedos y aplicó nuevamente dos golpecitos con sus nudillos. Se puso a mirarlo por los cuatro costados y luego determinó escrutarlo por debajo. Después de dar varias vueltas alrededor de aquella escultura, se dijo:

     «¡Con la panza vacía!… ¡Caballo de Troya!… ¿Por qué no… Vacuno de Soya?»

     Sintió de inmediato un voluptuoso flujo que como un chorro de miel fluía por su columna vertebral.

     «¡Claro, claro! -se repitió-… ¡Es una idea subyugante!… ¡Es una verdadera iluminación!… ¡Don Otto!: es obvio que he encontrado mi Dédalo…»

     Y se quedó como aturdida contemplando aquella pieza hasta que, pocos minutos después, vino a su encuentro la mulata Hortensia que había quedado en otro negocio para adquirir vituallas de despensa. Con sus ojos muy abiertos, que mostraban ese agradable contraste entre el azabache de sus pupilas y el níveo resplandor del resto de sus globos, dijo la criada:

     ––¿Vio, patroncita, qué cosa más real?…

     ––En efecto… Vámonos ahora, negrita.

     La princesa permaneció pensativa mientras conducía la camioneta de regreso a la estancia, en tanto que la mulata hablaba hasta por los poros.

     «¡Un vacuno! -reflexionaba-. Un robusto vacuno… ¡Un Vacuno de Soya!… Un vacuno como emblema de nuestro establecimiento y… ¡con el vientre vacío! Al igual que el Caballo de Troya… Con la entraña vacía, pero portadora del poder… ¡Qué magnífico apoyo me viene a presentar esta contingencia!… ¡Oh, en verdad que se trata del caballo de la insinuación!… Más, ¡diría que es el caballo de la iluminación!…»

FRENTE A FRENTE
     Era el atardecer de una brillante jornada, varios días después de una nefasta noche de amor insatisfecho con su amante Ramón, en que ella volvió a sentir su maldito «vacío». Fue el día del quicio de los amores de Marcia Paula con su capataz.

     Y era un magnífico atardecer, típico de las majestuosas pampas argentinas. El Sol se estaba llamando a retreta. Ningún espectáculo, como la puesta en la Pampa, puede compararse a la belleza de la inmersión del Foco del Mundo en el anchuroso océano del cosmos… habida cuenta de la inmensa horizontalidad del prado.

     El disco del Astro, de rosácea enormidad y menguada incandescencia, luego de tocar tangencialmente a la infinita línea del horizonte, comenzaba a verse tronchado por su polo inferior… Instantes después, las fauces etéreas de aquella insondable rectitud, habían devorado ya un segmento de su círculo.

     Salvaje horizonte pampero de rectitud perfecta e infinita. Tan impresionante como la del océano, se vislumbra como la línea que se genera por la intersección de aquella planísima y verde llanura con el azul manto del cielo… Rectitud inmaculada, que parece configurar el diseño del lejano pliegue con que el firmamento, que se aleja por sobre nuestras cabezas hacia el Poniente, es devuelto a nuestros pies en un plano de puro verdor y frescor de Pampa.

     Desde su apabullante inmensidad, la majestuosa Luminaria de la Vida iba entonces derramando por sus alrededores una rosada aura de bellos y caprichosos efluvios.

     Y así, en tanto que los apolíneos y rubicundos rayos herían alguna que otra ambigua nube, perezosa y dispersa, parecía poner un toque de arrobadora policromía en los dominios del señorial dorado de aquel paradisíaco atardecer.

     No existe, en verdad, espectáculo de mayor esplendor y exuberancia por estos escasos rincones del hemisferio sur del planeta, que la escena en que el inefable heraldo llama a las ceremonias del diario descanso del Astro Rey.

     Vete ya, a reposar… ¡oh, munificente Apolo!…, que por la opuesta banda del Levante será también presto llegada la hora del bostezo de la Pampa, cuando vibren los viscosos clamores de las trompas del nuevo rosicler…
     Ya el paisanaje y peonada de la Estancia La Soya se hallaban aquietados en sus casas y una densa y reposada calma se esparcía por campos y potreros. La Pampa se había llamado a silencio. Decenas de pequeñas columnas de humo, portadoras del apetitoso aroma y del crepitante son del churrasco, se elevaban, danzarinas, en torno de las casas. Sonaban guitarras y charangos mezclados a voces, casi siempre melodiosas… por momentos alcoholizadas.

     En tal circunstancia, una grácil y escurridiza figura femenina se desplazaba próxima a uno de los corrales… con la elegancia y flexibilidad de una gacela, con el sigilo de una pantera y con el ansia que sólo la voracidad es capaz de poner en el ánimo.

     Caminaba con la mirada fija, sin abandonar su aire cauteloso, y lanzando a veces una mirada perdida en lontananza sobre la infinitud de la fugaz llanura. Su paso era elástico, lento y maquinal, pero firme. Parecía, por momentos, que nada de lo que le rodease tuviera importancia. Pero todo en ella denotaba resolución, intrepidez, temeridad. Marcia Paula, que de ella se trataba, enfundada en su sencillo conjunto jean de pantalón y chaqueta, se deslizó por la parte inferior del cerco e ingresó a un pequeño corral en el que se hallaban varios animales vacunos, entre ellos, el que andaba buscando.

     ¡Oh, caramba!… ¡Qué extraña coincidencia!: el mismo corral que más de veinte años atrás fuera teatro del incidente con un fiero toro que la persiguió por un buen trecho… y con el cual acabó haciendo amistad…

     Ahora se encontró con aquel overo que, poco tiempo atrás, había visto aparearse y cuya deleitosa imagen tanto la había perseguido. En un principio la bestia mostró los clásicos signos del nerviosismo de su estirpe bravía ante lo que aparecía como una invasión de su territorio, se agitó en algunas vueltas alrededor de sí mismo y, dando pruebas de su natural vehemencia, fustigó el suelo con varias patadas. Plantada imperturbable frente a él, con la firmeza de un audaz coloso, la princesa susurró:

     —Mimoso, ¿acaso no me conoces?… ¿No recuerdas que hemos hecho un pacto de amistad?…

     Como por arte de encantamiento la movediza bestia se aquietó y quedó como pasmada. Lanzó una profunda mirada a quien se había colocado frente a ella, reiterando, casi en todos sus detalles, la increíble conducta inquisitoria de la anterior ocasión del apareamiento… y se fue aproximando mansamente a su dueña.

     A la princesa no le cupo duda de la reiteración de esa singular mirada y creyó ver que ella poseía algún sesgo sobrenatural.

     Se colocó a un costado de su enorme cuerpo, próxima a la cabeza, comenzó a acariciarle la robusta cerviz y luego, acercándose a su oreja, le siguió así hablando:

     —No sabes, querido amigo, cuánto tengo que sufrir… No he podido borrarte de mi mente y de mi pasión desde que te vi montar sobre aquella vaca. No he logrado destruir la imagen de tu preciosa verga, cuya visión forma parte de los sueños de mis noches y de la satisfacción de mis más preciados anhelos. Es mi conclusión que sólo ella será capaz de colmar mi «vacío». Este maldito «vacío» que está en permanente ampliación y que no sé dónde ha de acabar. Cuando encontré a Ramón me regocijé ante lo que creí que era el fin de mis cuitas. Pero no fue así: su bien conformada y robusta lampalagua ya no alcanza a refrigerar el ardor de este infierno mío y, tengo para mí, que dentro de la varonil estirpe ha de haber muy escasa ocasión de hallar otra igual. Ahora te toca el turno a ti, mi gentil Mimoso, para que acudas en ayuda de tu ama. Nos separa, no tanto las dimensiones de nuestros conjugados instrumentos de amor, cuanto la formidable muralla de las especies. Nuestras conformaciones no se avienen con el motivo de mis desvelos. Es como el ansia del sapo de convertirse en buey. Es como la inútil apetencia venusiana del eunuco. Tú tienes un peso varias veces mayor que el mío, pero el fabuloso anhelo que me posee y la frondosa pasión que a ti me empuja, han acuciado suficientemente los intríngulis de mi mente para que, mediante la industria de mi parte y un poco de paciencia por la tuya, logremos unirnos en un acto de amor. Creo haber hallado al redivivo Dédalo que construirá para ti una hermosa y coqueta vaquita, en la que podrás entrar huroneando sus entrañas como lo hiciste con aquélla de la vez pasada. Y yo, mi colosal Mimoso, ¡te estaré esperando!…

     Mimoso se había quedado muy quieto y en una actitud tal que parecía entender las palabras de Marcia Paula. Realizaba suaves y rítmicos movimientos con su cabeza, hacia arriba y hacia abajo, que mostraban bien a las claras el gusto que recibía de las caricias de aquellas delicadas manos, y que, por añadidura, hacía pensar que estaba dando una enfática señal de afirmación a las palabras de la patrona.

     Ella sintió como que la comunicación de ese algo inefable, que es el ánima de toda cosa viva, quedaba establecida con el enorme animal. Como tocada por un impulso incontenible, se arrodilló a continuación a la vera del toro y vio que estaba soltando parte de su miembro copulador. Arrebatada por el mismo tipo de éxtasis que había experimentado ante su primitiva visión, puso su mano sobre aquel aparato y comenzó a acariciar la zona genital del majestuoso toro; el órgano emergió entonces, en toda su plenitud. Marcia Paula estaba repitiendo las acciones que vio realizar a Lucinda Fonseca con El Taba, el ruano de su establo.

     —¡Ah, tú, «lampalagua» colosal!… Eres quien habrá de doblegar al maldito enemigo de mi «vacío». Eres enorme y por momentos me llenas de zozobra… de voluptuosa zozobra. Mas lo que dictan mis instintos es que habrás de prodigarme un acto pleno de amor… ¡Oh, tú, magnífica amiga!… ¡Te has dignado ponerte de manifiesto ante mis ojos a instancias de mis anhelos y de mis caricias!… ¡No puedo sino pensar que ello es espléndido augurio de lo que será!… ¡Qué enorme eres!… Te siento ya en el hervor de mis entrañas y sé perfectamente que no sólo he de poder contigo, sino que serás una fuente irradiadora de dicha insuperable.

     En medio de éstos pensamientos, dictados por las furias de la incontenible pasión de que estaba poseída, tomó con ambas manos a aquel miembro, lo atrajo hacia sí, y comenzó a besarlo con gran exaltación. En consonancia, el toro alzó suavemente su cabeza y emitió un par de tenues bufidos de satisfacción, dejando en el ánimo de Marcia Paula pocas dudas de la gustosa recepción que prodigaba a tan sentidas caricias. Se mantenía inmóvil y, por momentos, agitaba suavemente su testa hacia arriba y hacia abajo mientras proseguía con sus musicales bufidos de gusto. Parecería que Mimoso aspiraba el decodificado aroma de la perfumada flor del amor. Así lo entendía, al menos, la pasión de esta moderna y rediviva versión de Pasífae.

     Luego, Marcia Paula se levantó y se colocó exactamente frente a la testa del animal y, sin dejar de acariciar su cerviz, prosiguió hablándole con dulcísimo tono:

     ––Te diré, querido Mimoso, que por momentos me embarga la convicción de que eres Zeus… ¡Sí, efectivamente!… Creo que eres el supremo dios del Olimpo y que has ordenado poner en mí, tu princesa Europa de la Argentina, este deseo incontrolado, porque tú también te hallas apasionado. ¿Qué otra cosa he de pensar a partir de tu calma tierna, de tus miradas profundas, del regocijo que mis caricias te procuran, y de todos esos signos que ante mí has mostrado?…

     Ante la seráfica quietud del toro recordó los versos de Ovidio:

     ––Amenazas, en su frente, ningunas, ni luz formidable;/ la paz, su rostro tiene.

     En tanto que así susurraba, la princesa continuaba depositando repetidamente sus labios entre los peligrosos cuernos y, en determinado momento, notó que el toro, bajando la temible cabeza, empezó a olfatear con fruición su zona de entrepiernas. Lo tomó ahora de las astas como de un manubrio.

     —¡Así está bien!, amigo mío… ¡Así está bien! —musitó, arrobada— Así como yo te conozco a ti, es importante que tú me conozcas a mí. ¡Huele!…¡Huele el aroma de la hembra!… Así, Mimoso, las cosas van a ir mejor…

     »Goza el amante y, mientras viene el placer esperado,/ besos da a las manos; apenas ya, apenas lo restante difiere/…

     »Pero tú, ¡oh amoroso Zeus!, besos estás dando, que no a las manos sino al propio sexo de tu Europa…

     Sintió que la bestia resoplaba entre sus piernas y, en medio de su exacerbada imaginación se creyó muy próxima a un orgasmo.

     Ya la noche había entrado a apretar en toda su espesura, cuando la ambigua y extraña mezcla de humano y bovino, en que por entonces parecía haberse convertido Marcia Paula, se despidió de su nuevo y eminente amigo.

     —Adiós, Mimoso… hora es ya que parta. Nos volveremos a ver.

     Allí, en su hipersensibilizada imaginación, creyó percibir que, ante la despedida, el toro daba síntomas de tristeza… Y nuevamente sintió que la hería su penetrante y misteriosa mirada.

     Con la piel erizada por la voluptuosa sensación de lo prohibido, quedó Marcia Paula harto convencida de que acababa de sellar un pacto de amor con el singular overo; y a partir de este momento no tuvo dudas de que sus anhelos habrían de encontrar la consiguiente satisfacción. Concentró su imaginación en tal objetivo y descontó toda objeción.

     «Sé que lo habremos de conseguir -pensaba mientras marchaba hacia el casco-. Ya no me cabe la menor duda: si soy Pasífae, él es la divina ofrenda de Neptuno; si soy Europa, él es la configuración del mismo Zeus. Acabamos de refrendar un exótico pacto… Pero es obvio que alguien deberá ayudarme: ¿quién sino el mismo Ramón?»

     Y en su sigiloso regreso a la mansión, no dejó de percibir la lejana algarabía que las voces de las casas ponían en el aire, fruto indudable de la avanzada churrasqueada, generosamente regada con el elixir de la vid.

INICIO DEL PROYECTO
     Durante largos días, después de la noche del quicio de sus amores, no se vieron los amantes de esta increíble historia. Parecía que cada una de las partes actuaba tratando de evitar a la otra, en una suerte de paradójica, tácita y común determinación.

     Marcia Paula, acuciada por las incontrolables furias de la pasión que le embargaba y que, según estaba a la vista, ya se había declarado sin ambages, se hallaba enfrascada, con enfermiza fruición, en la tarea de imaginar y diseñar, primero en el pensamiento y luego a través de bocetos y croquis, lo que sería la obra cumbre de una figura escultórica y que quedaría para la antología de la Estancia La Soya: encomendaría al maestro alemán, Otto Friedrich Salinger, concebir y ejecutar una pieza parecida a la que observara en lo de don Pancho, pero en la figura de una robusta y sensual vaca, cuyo vientre se encargaría de contenerla a ella en la disposición adecuada para poder copular con su Mimoso. La conspicua potencia de tan recalcitrante obsesión, le prestaba poderosas alas para llegar a la firme convicción de que tal empresa sería del todo posible.

     «Si el Caballo de Troya -pensaba- pudo engañar a los habitantes de Ilión, es obvio que mi Vacuno de Soya pueda hacerlo satisfactoriamente con Mimoso. Aunque debe desconfiarse más de los ancestrales instintos del animal, que de la estúpida y orgullosa predisposición de aquellos hombres que, defendiendo su bastión, creyeron, en vista del legado del enemigo, haber ganado una guerra.

     »No está precisamente en la intención de la Naturaleza el permitir el acoplamiento de especies diferentes, siendo ésta, al parecer, una de sus leyes más inflexibles, aunque casos se conocen. Será menester pues recurrir al arte o industria, que es la manera en que la inteligencia del hombre ha logrado vencer en muchas ocasiones los férreos dictados de aquélla: tampoco figuraba entre sus leyes elementales el que el hombre pudiera volar; sin embargo…

     »Por otra parte albergo la absoluta convicción de contar con la complacencia de Mimoso, el marido al que será necesario engañar y de cuyos embates, furia y entusiasmo será menester cuidarse muy bien. Pero estoy segura de que es posible conseguirlo.

     »Pero ahora urge algo más importante: convencer a Ramón para que consienta en ayudarme a lograr el propósito… ¿Cómo hacerlo?… En fin, hablaré con él.»

     —Te estaba extrañando, malvado —dijo en tono sumamente cariñoso, una vez que lo tuvo a su lado— Vení, tengo algunos lindos bocados para recrear nuestros estómagos.

     Después, ella se sirvió una medida de Whisky y ofreció una gaseosa cola a su cuasi abstemio capataz. Dijo entonces:

     —Yo sé muy bien, mi querido Ramón, que la última vez que estuvimos juntos las cosas no fueron del todo como eran de desear y que, presa de gran nerviosismo, no me he comportado con vos. Con toda humildad te pido que sepas perdonarme. Pero es que hay algo que vos no podés ignorar, que es superior a mis propias fuerzas, y que me lleva de vez en cuando a esos dislates. Quizá pensés que lo único que quiero de vos es a tu lampalagua; pero sin negarte el aprecio que le tengo a ella, eso es sólo parte de la verdad. Y la verdad es que te has convertido en una importante y nutritiva raíz de mi vida, no sólo por los invalorables servicios de lampalagua, sino fundamentalmente por tu hombría de bien, por la maravillosa lealtad que sabés prestar a quien está a tu lado y, por lo que presumo, a todo cuanto te rodea en la vida.

     —No ha de ser para tanto, niñita, —replicó el capataz, candorosamente turbado—. Usted sabe que la quiero y que, como ya le prometí, haría cualquier cosa por mitigar el mínimo sufrimiento que tenga o pueda tener.

     Marcia Paula se abrazó fuertemente al recio pecho de Ramón y en medio de sentidos suspiros le comenzó a acariciar muy tiernamente. Cuando vio que un par de lagrimones emergían de los preciosos ojos, el maleable corazón del capataz quedó casi achicharrado. Luego murmuró:

     ––¡No sufra, niña!… Yo estoy a su lado y le ayudaré en cuanto me sea posible.

     Con estas palabras, pronunciadas con especial énfasis y sabiamente recalcadas, el sagaz Ramón le estaba dando pie para que Marcia Paula entrara en confianza y terminara por explicitar aquello que él ya conocía a la perfección, a través de los servicios de la curandera Ña Flora. Después de todo, entendía las dificultades por las que ella pasaba para comunicarle sus tan particulares vivencias.

     ––¡Ay, Ramoncito!… Desde hace un tiempo se ha incrustado en mi pecho un anhelo que puede aparecer como descomunal. Hay una idea fija que ronda mi mente y que me ha sido insuflada por no sé que desgraciado destino… Y hasta que no intente obedecer sus dictados no habrá paz en mí. Pero, a decir verdad, me avergüenza profundamente el hacerte participar de tales ansias… Mas, ¿a quién sino a vos, puedo pedir la ayuda que necesito?… A vos, precisamente, que ya te hallás al tanto en parte de mis cuitas.

     ––¿Se refiere, amita, a lo de la otra vez? ¿Acaso al hecho de que quedó Ud. insatisfecha de…?

     ––Así es, mi Ramón… El caso es que yo… —susurró mirando al piso con la mejilla aún pegada al pecho del capataz— yo creo que para apaciguar y llenar mi «vacío» interior, necesito… este… me refiero a que me parece… que debiera probar de aparearme con un toro… ¡Creéme, por Dios, mi amor!… ¡Es algo que me viene de afuera… que es superior a mis fuerzas, a mi voluntad y a mi inteligencia!… ¡Es un algo inescrutable e irrefrenable!…

     Y cuando hubo vomitado tan embarazosa confesión, tomó algo de distancia de él y le miró profundamente a los ojos esperando en vano las manifestaciones de espanto de Ramón y el rasgado de sus vestiduras. Pero tal no aconteció, lo cual, pese a que contaba con la prudencia y templanza con que él tomaba todas las cosas de la vida, no dejó de llamarle la atención. Por su parte, el fiel capataz también se había dispuesto esconder el conocimiento previo que acopiaba del asunto, para no afligirla más, y habiendo tomado conciencia de la extrañeza de la princesa por su tibia reacción ante la noticia que le daba, resolvió fingir un tanto de sorpresa en la emergencia.

     ––¡Niña!… ¿Me puede repetir lo que ha dicho?

     ––Sí, que siento la imperiosa necesidad de aparearme con un toro…

     —¿Pero cómo es eso, niñita?… ¿Cómo puede albergar en su pensamiento tan extraña idea? ¡Usted y el bruto son dos cosas totalmente diferentes, patroncita!… ¿Cómo hará usted, delicada criatura de la especie humana, para enfrentarse con esa masa de músculos dotada de gran fuerza y, para colmo, de bravura? Pero, mi hermosa amita, ¿no le va a destrozar todo el vientre, caso que pudiese concretarse tal despropósito?

     —No, Ramón, no… vos por ahora no entendés. En primer lugar te recuerdo que, según lo dice el poeta mayor de nuestras pampas, el delicado hombre es el único animal que llora, pero es el que se los come a todos. Luego te hago saber que el toro no deberá montarse sobre mi endeble físico, ni tampoco será del caso pensar en introducir todo su miembro en mi vientre; yo… deberé poder graduar adecuadamente la porción necesaria… es decir, una vez que la verga se halle toda en el interior de una… vaca artificial.

     Ahora Ramón mostró verdadera extrañeza y vio que, aparte de que tendría elegido al marido (según se lo aportaran la arpía Ña Flora, la curandera), su ama había ya elaborado un plan de acción, el que daba la sensación de que se hallaba bastante refinado… Era evidente que ella había conversado largamente con la idea acariciada. No por nada era cuasi arquitecta. Y comenzaba a hallar una plausible explicación del anterior retiro de la princesa.

     —¿Y cómo se puede hacer tal cosa? —respondió, intrigado.

     —Fabricaremos una vaca de madera o de plástico duro recubierta por un cuero muy bien aderezado, es decir un perfecto trabajo de taxidermia, y yo me acomodaré en su vientre vacío. El conjunto deberá tener la suficiente resistencia y estabilidad como para soportar el cuerpo y las embestidas del toro; tendrá que tener un orificio muy bien diseñado en la parte que corresponde al genital de la vaca por donde ha de pasar la verga; y finalmente habrá que diseñar en el interior una plataforma y los dispositivos indispensables como para que yo pueda desplazarme con la mayor soltura que sea posible obtener. Tengo el nombre del increíble artista que puede realizar tan maravilloso trabajo. ¿Has visto acaso la representación del percherón que hay en la entrada de los almacenes de don Pancho Goycoechea en Villa del Buey?

     —¡Sí que lo he visto!… Ahora creo que voy entendiendo. Es realmente una pieza de sorprendente naturalidad esa que me menciona. La hizo don Otto, el gringo chiflado.

     —Así es, mi Ramón. Pues que el alemán fabrique, en lugar de un caballo, una vaca, y como no es posible pensar que yo realice personalmente tal encomienda, es aquí donde entra una parte importante de los servicios tuyos. Debés ponerte en contacto con don Otto y encargarle la tarea; nosotros podemos proporcionarle el cuero, ya que tenemos muchos. Arreglá el precio y todos los detalles, y por sobre todas las cosas la solución debe ser rápida.

     —Pero, mi patroncita, hay muchas cosas importantes a considerar antes de iniciar nada —replicó Ramón—. Y la primera de ellas es saber si será posible engañar a la bestia. No se olvide que estas atracciones amorosas están regidas por vaya a saberse que estímulos, que sólo pueden venir de las cosas vivas y de la misma especie. ¿Cómo haremos para inducir a un toro a que se monte sobre una escultura de vaca y a que pase su miembro por un agujero mentiroso? Y supuesto que lo consigamos, ¿cómo retenerlo en tal postura cuando entre a percibir el enorme vacío en que aquél queda inmerso y sienta la falta de fricción de las naturales paredes del conducto de la vaca?

     —Ya he pensado largamente en eso, mi perspicaz capataz. Y es ésta, con todo, la más indescifrable incógnita que nos queda por develar. Al principio pensé en ponerle primeramente una vaca de verdad y en celo y, cuando la bestia ya excitada entre a dar esos rodeos y vueltas que acostumbran antes de aparearse como ya vimos hacer, quitarle de la vista la vaca por algún procedimiento idóneo y poner rápidamente en su lugar la vaca artificial. Si esto se hace en los momentos previos al apareamiento propiamente dicho y con la adecuada oportunidad, es casi seguro que el toro no se va a andar con averiguaciones de último momento y lo tendremos prestamente arriba de la falsa vaca. Pero en realidad tal operación es bastante complicada, porque requeriría la colaboración de una verdadera cuadrilla, y no es el caso pensar en ello. Por lo tanto nos correremos el riesgo de que el toro acuda efectivamente a subirse por sí mismo sobre la vaca falsa.

     »De toda esta maniobra sólo estaremos enterados vos y yo, por lo que la realizaremos en horas de la noche en el corral chico del sur, que está en el otro campo, bien al oeste de la propiedad y bastante más allá de la vaguada y, por lo tanto, muy alejado y fuera de los ojos indiscretos. Actualmente no se usa tal corral. Pienso que debemos llevar al animal «adecuado» para este menester, y que no es otro que el que realizara el servicio cuando ambos estuvimos juntos observando la escena. Estoy segura que este animal querrá montarse de inmediato.

     —Tal parece, niña Marcia, que es como si hubiera concertado tan desigual matrimonio con el overo.

     —Y… a los fines prácticos y de la consumación de este proyecto deberemos pensar de esa forma —replicó ella—. Debemos asumir como que el marido ya está apalabrado.

     ––¿En verdad piensa que sería posible convencer al overo de que se monte sobre una pieza quieta, sin vida? ¿Cree Ud., patrona, que no se ha de percatar del engaño?

     ––Existen leyendas, querido Ramón… existen leyendas… Es posible que tengan fundamentos. Pero yo quiero decirte que no lo debés tomar a broma: es creíble que haya mucho de cierto en la base de tales narraciones. Yo te aseguro que el overo ha de comportarse como excelente novio en nuestro caso… —Y agregó en tono sonriente y con estilo de broma––: Hasta tiene su apodo. Se llama «Mimoso».

     —¡Está bueno… está bueno… Mimoso se llama el overo!… ¿Sabía Ud. que es uno de los más bravos y ariscos que hay en la estancia? Por mi parte, aunque tenga otro nombre de más miel que ése, he de cuidarme muy bien de ponerme en su camino.

     »Por otra parte, no será posible, mi patroncita, encomendar semejante artesanía a ese gringo grandote de don Otto sin que termine enterado del objetivo último de su obra, pues ésta ha de ir, a todas luces, más allá del gusto artístico que despierte el observarla. Aparte de dotarla de gran naturalidad (que por lo visto no va a resultar difícil de lograr por la habilidad del gringo), deberá considerar las cuestiones de la resistencia de esa estructura y de cuidar muy bien que se mantenga en pie ante las embestidas de la bestia; y, lo que es también de la mayor importancia, diseñar una suerte de hábitat para que usted, niñita, pueda desenvolverse con la comodidad en la que parece haber puesto sus miras. Total que don Otto Salinger también va a quedar enterado de este entuerto, y entonces ya seremos tres.

     —No cabe la menor duda de que el hombre no va a lograr un diseño acabado si no es en conocimiento de la función que ha de cumplir su pieza. Pero como se trata, según he podido averiguar, de un personaje hosco, bilioso y misantrópico, que tan sólo es capaz de amar su arte, es seguro que no se va a transformar en un centro difusor de la noticia. Así que no debemos preocuparnos mayormente por esto y confiar en su espíritu retraído y gruñón; por otra parte, él no tendrá por qué enterarse de quien es el destinatario último de su artificio, aunque lo sospeche, puesto que vos no se lo dirás. El verdadero problema ocurriría si hubiere menester de convencerlo de que acepte la propuesta de fabricar la vaca; en este aspecto tengo algún poco de duda. No vaya a ser que se le ocurra que no quiere saber nada por algún tipo de prejuicio o por lo extraño que le resulte el pedido…

     —Bueno, no creo que sea para tanto; por lo que sé, el hombre no es dado a gazmoñerías. Aunque si resuelve decir que no, será muy difícil convencerlo con razones de dinero. No debemos en tal caso levantar el monto a ofrecer porque esto no haría más que obstinarlo en su determinación, según el conocimiento que tengo de su carácter; antes bien, tendremos que insistir y cargar las tintas en la belleza que su obra pueda proporcionar, tanto por la maravilla que su vista ofrezca, como por la perfección acabada del funcionamiento que se espera y del éxito que se obtenga de ella.

     —¡Eso es hablar con inteligencia! —Replicó, maravillada, la princesa de la Estancia La Soya—. No me canso de sostener, pese a las ralas dudas de que te hablé, que el alemanote va a agarrar el convite. Tenés, Ramón, que manejar la cuestión con el tacto necesario, en el que confío inmensamente. Y con un poco de suerte habremos de contar en breve tiempo con nuestro «Vacuno de Soya».

     El entusiasmo y exaltación de la princesa iban in crescendo, pues ya para esos momentos se mostraba totalmente desinhibida y, como había ocurrido siempre, clavaba sus profundas y expresivas pupilas en las de su capataz.

     —Bueno, bueno, mi amita, me ha terminado convenciendo de la posibilidad de tal apareamiento, aún cuando no es de mi gusto. Sólo quiero que usted se cuide mucho y que salgamos todos con bien de esta emergencia. Mañana mismo me pondré en camino para ver a don Otto. Creo que le llevaré una media docena de cajones de buena cerveza, presente que esa gente suele agradecer muy especialmente y que para el caso puede contribuir a distender de entrada esa cara de vinagre que siempre usa.

     —Mucho te agradezco lo inmensamente bueno que sos para conmigo. Esto es algo que toda mi vida recordaré con gratitud infinita.

     —Me voy, patroncita, —apuntó el capataz—; mañana iniciaré la gestión sin falta… Pero antes me gustaría decirle algo más: si no ha considerado dónde podrá caber toda esa masa de carne del overo dentro de usted. Pienso que por más “vacío” que haya en su vientre no es posible consumar tal situación; sencillamente, pistón y émbolo se hallan en muy diferente escala.

     —Claro está, mi capataz, que allí yace el mayor misterio de todo. ¿Pero no conocés en nuestro medio la historia de El Taba y la Lucinda, que anda por todas partes?

     —Pues, no —contestó él— El Taba es uno de nuestros padrillos caballares. Y también conozco a la Lucinda, la esposa del Olegario; pero nunca nadie me ha deslizado algún comentario en el aspecto al que usted apunta.

     —Ocurre que te tienen por muy serio y la gente piensa que esos comentarios no te caerían del todo bien… Pues, te hago saber que se dice que caballo y dama suelen sostener recios apareamientos y con culminaciones más que satisfactorias para ambos.

     —Lo que es, yo… esa historia no me la trago.

     —No me gustaría seguir adelante con este tema; mas te digo, Ramón, que le preguntés al Gervasio Angulo, el del establo, si te interesa conocer sobre la cuestión. Si él decide hablar, podrás enterarte de ciertos asuntos… Yo tengo absoluta confianza en la veracidad de ello… y no digo más.

NUEVOS AUSPICIOS
     Por esos días, pues, la futura moradora de la estatua que se inmortalizaría como el «Vacuno de Soya» y transgresora en ciernes de los lindes biológicos del amor, visitaba en sus corrales al ingenuo y expectante novio. Como poseída de una suerte de narcosis en su andar de zombi, caminaba sin reparar -casi- en las condiciones de sus alrededores y sin cuidarse mayormente de sustraerse a cualquier eventual observador. Sólo atendía a las garantías mínimas de no hallar movimiento de persona alguna por tratarse del inicio de la noche y por reputar que los paisanos estarían ya reparando fuerzas en sus respectivas casas y muy atentos a la inexcusable cena de asado criollo.

     Al ir, pues, al encuentro de su Mimoso, denotando una seguridad en sus pasos que hubiera puesto los pelos de punta al eventual observador de la escena, la bestia se aquietó de inmediato y corrió a colocarse a su vera. Casi, se diría, con la misma simpatía y alborozo con que lo hace el can con su dueño cuando ha estado cierto tiempo alejado de él.

     No de otra forma entendía Marcia Paula estas conductas sino como una profunda compenetración que iba más allá de la normal lealtad canina, pues ella sentía a la perfección que ambos estaban atrapados en la inefable urdimbre de la atracción del sexo. Si bien para nada podía explicar tal fenómeno, ella pretendía «saber» a ciencia cierta que su apareamiento con el toro era cosa descontada.

     —Pronto… muy pronto —volvió a susurrarle al oído— habremos, Mimoso, de tener himeneo. Yo estoy haciendo para ti una preciosa y robusta vaca para que la puedas amar como te mereces. Ella habrá de esperarte muy quedamente, y tú te subirás sobre ella. No te preocupes si no se mueve mayormente… que su amor va por dentro y tú recibirás las satisfacciones que son debidas a tu parte. Por favor Mimoso: ¡No te niegues!… ¡Compórtate como el divino amador con la bella Europa!… Yo sé que me entiendes… Si estas palabras no llegan a un cerebro que pueda decodificar sus significados, sé a ciencia cierta que su influjo llega a tu bravo corazón de macho… Sé que tú comprendes bien lo que deberás hacer. No me vayas a fallar y pasa por alto la quietud de tu amada vaquilla. No puedo ofrecerte inicialmente el estímulo de una hembra de tu especie, de carne y hueso, como había pensado en un principio. Pero sé que cumplirás conmigo… porque has entendido…

     Y el toro hacía oscilar su testa hacia arriba y hacia abajo con suaves movimientos, que en la afiebrada mente de Marcia Paula sólo implicaban señales de asentimiento.

     Acto seguido, se colocó a un costado de la bestia. Poseída entonces por el síndrome de Europa y, expoliada aún más por su innata afición a montar, no dudó en saltar sobre el lomo del animal. Éste la recibió con una actitud imperturbable, muy lejos de lo que cabría esperar del humor de tal estirpe en parecidas circunstancias. A ella no le extrañó tal comportamiento… ¡No esperaba otra cosa!… Se recostó sobre la robusta cerviz y aproximando sus labios a la oreja, susurró: «… Osó la virgen regia, asimismo,/ sin saber a quién oprimía, sentarse en la espalda del toro…» Luego, ambos permanecieron muy quedos durante varios minutos…

     Tan pronto como hubo desmontado, quedó al costado y se puso a observar la región genital del toro. Allí pudo ver que nuevamente la bestia daba muestras de empezar a soltar su miembro. Recibió grandísimo gusto por tal hecho y volviendo a aproximarse a la inmensa testa e incentivada por tales augurios, continuó:

     —En todos los casos me demuestras, que te hallas enamorado de mí, como lo estuvo el tonante Jove de la virginal princesa Europa. Aquel omnipotente y lascivo dios se vistió de ti cuando la hermosa e inocente hija del rey Agenor se hallaba entregada a sus bucólicos juegos, y engañándola con su nívea cobertura y con su inesperada mansedumbre, logró poseerla. Tú te muestras igualmente, ¡oh, Mimoso!, tan tierno y apacible como aquella divina aparición taurina, pero no has de portar a tu amante sobre tus lomos a través de las ondas, como lo hizo aquél con la hermosa Europa, sino que ésta que aquí te habla, no virginal a los hombres pero sí a tu recia casta, te estará esperando sobre sus propios y protegidos lomos. Esos lomos que han de ser responsables de soportar tu peso y tus estertores de amor, mas que han de dar paso a la parte noble de la relación hacia una entraña en donde el arcano mora.

     »Si hubo lugar y tiempo para que la taurina forma del supremo dios del Olimpo deseara ardientemente a una bella princesa, ¿por qué no habrá de haberlo para que la princesa de La Soya retribuya esa pasión por un hermoso individuo de tu belicosa raza?… ¡He ahí, el eterno péndulo del destino!… Europa fue engañada por su amante; Marcia Paula ha de procurar engañar al suyo. Mas sólo en las apariencias, en las formas externas; pues en todo caso lo que te espera no es sino la voraz pasión de una hembra que, al igual que Jove, ha osado transponer los límites de la especie.

     »Y en la incandescente entraña de la hembra estaré esperando con todas mis ansias el refrescante bálsamo de tu hechizada verga; y sé, a ciencia cierta, ¡oh mi buen Mimoso!, que podré absolutamente contigo y con toda tu bravura y envergadura…

     Luego, como lo hiciera en la anterior ocasión, se arrodilló colocándose junto a los genitales. Y viendo que el inmenso órgano reproductor se había lanzado a la sazón al exterior cuan largo era, lo tomó con ambas manos y se deleitó sopesándolo, mientras le llevaba sutilmente hacia arriba y hacia abajo.

     En tanto que ella recorría con sus manos aquel instrumento con el que pensaba domeñar su «vacío», Mimoso parecía haber entrado en una suerte de éxtasis. Casi, se diría, que era la personificación del propio Zeus. «No eres -susurró la bella-, como el miembro del jorobadito, que resultó literalmente engullido, para sorpresa de su dueño. Tú eres mucho mayor, como corresponde a la complexión de tu especie. Pero estoy segura que has de seguir la misma suerte de aquél.»

     Luego la princesa se colocó nuevamente frente a la cabeza de la bestia hallándose completamente «mojada» por la excitación que la vista y el manipuleo de la verga le habían proporcionado y, en un rapto verdaderamente orgiástico, hizo descender un tanto sus jeans y su trusa y, poniendo en contacto con el aire su acuoso sexo, condujo hacia allí las narices del toro, tomándole decididamente la cabeza de las peligrosas astas. El animal olfateó con especial fruición y luego se puso deleitosa y delicadamente a resoplar sobre la famélica vulva. Las tibias y húmedas corrientes de aire que de su hocico fluían parecían tomar cuerpo en su intensidad, procurando una inigualable caricia a la región pubiana de Marcia Paula. Luego comenzó a lamerle la entrepierna con su áspera lengua. Por momentos, creía enloquecer de placer; mas, finalmente, aquello resultó demasiado estímulo que la obligó a alejarse del hocico de Mimoso.

     Ahora… su convicción de la hechizante atracción que ejercía sobre el animal era total.

     Cuando ella, dando fin a aquella demencial conjura, comenzó a alejarse del lugar, el toro la siguió con paso cansino y al quedar contenido por la cerca empezó a emitir sutiles bufidos, como lamentos de despedida… Con lo cual no era sino dable presumir que también el redivivo Jove había emprendido la transgresión de la barrera biológica de la especie…

     Durante los días que aún restaban para la entrega de la obra de Don Otto, la patrona realizó varias visitas más al toro con escenas de igual tenor. En una de esas ocasiones le pareció ver un bulto a la distancia con la conformación de alguien que gateaba alejándose rauda y sigilosamente de las inmediaciones del corral, pero pensó de inmediato que se trataría de un ternero o un perro grande. En realidad, extrañamente, las medidas de sigilo para no ser descubierta en esas instancias no le preocupaban, al parecer, mayormente.

     Al final se incrustó definitivamente en su espíritu la seguridad de que el animal se aparearía sin duda alguna. Mas no por ello dejaba de considerar la importancia de las cuestiones prácticas: sabía que los primeros segundos o minutos eran cruciales y que ella debería actuar con harta presteza… Estaría en la rapidez con que se desenvolviera, el que su Mimoso no perciba el abismo interior de los primeros instantes, luego de que su miembro atraviese las siliconas de la ficticia vulva. Entonces le recomendaba al oído tener la paciencia suficiente.

     (…)

     Continuará con «Coronación de la Pasífae de las Pampas»

One Response to “El hechizo del toro”

  1. Player dice:

    Que Cagada de NOVELA.
    Ya DOÑA BARBARA fue escrita.
    B…..!

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