Archive for June, 2007

Yamilé

Thursday, June 28th, 2007

Yamilé, ese era su nombre, un nombre exótico y la vez hermoso, sugerente, cálido.
 
Recuerdo perfectamente la primera vez que la vi, era un miércoles lluvioso y frío, yo trabajaba como cada mañana en el despacho y Marta, mi secretaria, me comunicó que había una mujer en la sala de espera que deseaba hablar conmigo. Le dije a Marta que me diera cinco minutos y que luego la hiciera pasar.
Ante mí apareció una joven de belleza arrebatadora, no era solo que tuviera un cuerpo espectacular, ni que fuera tremendamente atractiva de cara, tenía un algo especial, como un halo, su forma de moverse, sus gestos, su mirada, su dulce y musical voz cubana, todo en ella era mágico y seductor.
 
Hola buenos días, mi nombre es Jesús, ¿en qué puedo ayudarla? – Dije mientras la miraba profundamente a los ojos.
Buenos días, me llamo Yamilé García y necesito los servicios de un abogado, unos amigos me recomendaron su bufete.
Muy bien, dígame de qué se trata y veremos a ver que es lo que se puede hacer.
 
El asunto no era muy complicado pero llevaría algún tiempo solucionarlo, se trataba de una herencia que había recibido y una reclamación presentada por un pariente suyo que se entendía perjudicado. Acepté el caso, le informé de cuales eran mis honorarios y le solicité que al día siguiente me entregase toda la documentación de que ella disponía, como así hizo.
Durante una semana no volví a verla, mantuve reuniones con el abogado de la otra parte, revise el testamento y le expuse mi opinión al juez. Volvimos a vernos una tarde en la que yo le expliqué las actuaciones que había llevado a cabo y cual era mi impresión respecto al tiempo que tardaríamos en tener un resultado definitivo.
Una vez terminada nuestra reunión la invité a tomar un café y ella aceptó, charlamos y nos contamos un poco de nuestras vidas, era cubana aunque llevaba ya 15 años viviendo en España, era profesora de Inglés en una conocida academia y por lo que yo entendí era soltera.
Es extraño como pueden desarrollarse los acontecimientos, durante toda nuestra charla no dejamos de mirarnos a los ojos, como si tras de ellos hubiese un abismo en el que quisiéramos estar. Con la conversación y el embobamiento que yo tenía, unas gotas de café mancharon mi pantalón, ella rápidamente pidió un poco de gaseosa y un paño al camarero y me frotó con él. La mancha estaba sobre un muslo cerca de la rodilla (para nada en un lugar “comprometido”), sin embargo notar sus manos sobre mi pierna hizo que se me erizara la piel y que un ligero escalofrío corriera por mi columna.
Quizás ella lo notó, o quizás solo fue un impulso, pero el caso es que sin darme cuenta ella me estaba besando, y a mí me parecía como lo más normal del mundo. Pagamos y salimos del local, la agarré de la cintura y esta vez fui yo quien la besó apasionadamente, nuestras lenguas se unían y enlazaban con frenesí, exploraban las bocas, mezclaban nuestras salivas.
 
¿Quieres venir a mi casa?
No sé si podré aguantar tanto – dijo con una pícara sonrisa.
 
Cogimos mi coche y pusimos rumbo a mi piso, pero Yamilé como había dicho antes no podía o no quería aguantar hasta llegar a casa. Sus manos acariciaron mi entrepierna, sobándome una y otra vez, hasta que notó como comenzaba a tener una erección bajo los pantalones. Me bajó la cremallera y desabrochó los pantalones, su mano acariciaba ahora mi sexo por encima de mi ropa interior y hacía que mi erección fuera en aumento. 
Pero ella quería más, lo quería todo, y lo tomó. Su mano se introdujo bajo mis boxer y atrapó mi pene excitado y duro. Sacó mi sexo de los calzoncillos y se quedó mirándolo unos segundos. No es que tenga un pene enorme, pero tiene unas proporciones más que aceptables.
 
Es hermoso, me gusta y es mío! – dijo mirándome a los ojos.
 
Sonreí, sus manos comenzaron a acariciar toda mi polla, y poco a poco comenzaron una lenta y maravillosa masturbación. La sensación era maravillosa, sus manos resbalaban por todo mi pene, acariciando el glande y bajando hasta la base, jugando con los testículos, lentamente al principio y poco a poco aumentando el ritmo de la masturbación. Estaba en la gloria, pero debía de concentrarme en conducir. 
 
Tengo hambre! – dijo de forma muy graciosa.
 
Sin darme casi cuenta agachó su cabeza hasta mi entrepierna y sus labios rozaron mi glande, luego su lengua lo rodeó y jugó con él, después sus labios atraparon todo mi glande mientras éste en el interior de su boca era agasajado por una lengua húmeda e inquieta. 
 
Dios mío, eres increíble, una hermosa diablilla que me vuelve loco!!
Jajaja, y eso que aún no he empezado a enloquecerte!!!
 
Su boca subía y bajaba por toda mi erecta polla, su saliva empapaba mi pene e incluso mojaba mis testículos, su lengua daba lametones que me hacían gozar como nunca antes había experimentado. Me volvía loco. 
Tuve suerte y al lado de mi casa encontré un sitio para aparcar.
 
Hemos llegado cielo, subamos.
Te ha salvado la campana! Jaja, con el hambre que tengo quería acabarme el helado.
Jajaja, no seas glotona, tenemos todo el tiempo del mundo.
 
Entramos en el ascensor y coincidimos con un matrimonio que vive dos pisos encima de mí, yo me situé al fondo, Yamilé delante de mí un poco de lado y los vecinos pegados a las puertas. Decidí que ahora era yo quien quería ser un diablillo. Poco a poco puse mi mano en la cintura de Yamilé y la fui poco a poco bajando hasta su turgente culito. Acaricié esa hermosa redondez sobre la tela de su ajustada falda, ella dio un ligero respingo pero mantuvo la compostura ante mis vecinos, mi mano siguió bajando y se introdujo bajo la falda acariciando sus braguitas, separando éstas e introduciendo mis dedos entre sus labios vaginales, los noté húmedos, viscosos, turgentes, ardientes. 
Yamilé mientras se mordía los labios para que ningún sonido saliera de su garganta.
Mis dedos continuaban hurgando su intimidad, explorándola, excitándola, penetrándola y masturbándola lentamente. Retiré mi mano y mirando a mi hermosa criatura olí su perfume más íntimo, derramado en mis dedos, y luego me llevé estos a la boca para saborear su esencia. Ella me lanzó una mirada llena de fuego, una mirada que exigía que mi mano volviera a las profundidades de su entrepierna, pero ya no podía ser, llegamos a mi planta y el ascensor de detuvo. Nos despedimos de mis vecinos y sin decirnos nada caminamos hasta la puerta de mi casa, la abrí y entramos.
 
¿Te apetece tomar algo? – le susurré al oído.
¡Sí! ¡a ti! – dijo con aquellos ojos brillantes y encendidos.
 
La atraje a mí por la cintura, la estreché entre mis brazos con pasión y la bese con auténtica lujuria. Su mano bajó y apretó mi paquete, la tomé en brazos y la llevé a mi habitación. Lentamente se fue desnudando ante mí, con una sutileza y sensualidad increíble, yo mientras también me quitaba la ropa.
Los dos completamente desnudos, contemplándonos mutuamente durante unos segundos, observando en silencio cada centímetro de la piel del otro, silencio que rompimos al besarnos, uniendo nuestros cuerpos en un abrazo de brazos y piernas, acariciándonos la nuca, la espalda, los muslos. Dedos que desean descubrir, bocas que se desean explorar, pieles que se desean unir, sensaciones, sabores, olores…
Lánguidamente nos fuimos recostando sobre la cama, besaba sus labios y su cuello, de su garganta salían pequeños gemidos, quería más….. mi boca bajó hacia sus pechos, hermosos, jugosos y puntiagudos, mi lengua lamió el derecho, acarició dulcemente su aureola dejando un rastro húmedo a su paso, jugó con un pezón tremendamente excitado, mis labios se apoderaron de él, lo absorbieron, como una vuelta a la niñez intentando extraer la leche materna, su respiración y sus gemidos se volvieron más acelerados. Repetí las caricias en su otro pecho. 
Su mano tiró dulcemente de mi cabello y me hizo abandonar sus pechos, volvimos a besarnos, a mezclar nuestras salivas, a luchar con nuestras lenguas. Nuevamente mi boca bajaba por su cuello, esta vez no se detuvo en sus pechos, pasó entre ellos y se detuvo en su vientre, besándolo, lamiendo con deleite las proximidades de su precioso ombligo, empapándolo, penetrándolo lentamente con mi lengua, notando las contracciones que ella experimentaba con cada caricia de mi lengua.
Bajé mi rostro a las profundidades de sus piernas, comencé besando suavemente sus muslos, mis manos acariciaban los rizos ensortijados de su bello púbico, el olor de su sexo era penetrante, atrayente, aproximé mis labios a su sexo y recorrí con mi lengua sus labios vaginales, empapándolos, separándolos poco a poco, su vulva sonrosada era un imán para mí, lamía con pasión, con deleite, con locura… Mi lengua la penetraba en círculos, sus jugos comenzaban a fluir, uniéndose a mi saliva, su clítoris ya muy excitado me llamaba para que le prestara la dedicación adecuada, mis labios se apoderaron de él, muy suavemente, mi lengua lo martirizaba dulcemente a la vez que mis dedos la penetraban, su orgasmo se aproximaba muy veloz, aumenté el ritmo de penetración de mis dedos, mi lengua lamía con velocidad su clítoris… de pronto estalló, el orgasmo se apoderó de ella, sus flujos viscosos empaparon sus nalgas.
Levanté la vista y la contemplé, con los ojos cerrados, mordiéndose el labio inferior, con la frente perlada de gotas de sudor, las mejillas encendidas… era la mujer más hermosa sobre la faz de la tierra.
Abrió los ojos, me miró.
 
Ven, bésame – dijo en un susurro.
 
Obedecí, nuestras bocas se unieron de nuevo durante unos minutos, rodando ambos sobre la cama.
Se colocó sobre mí, sentada sobre mi vientre, notaba la humedad de su sexo sobre mi piel, era la criatura más sensual que había visto nunca.
 
Ahora me toca a mí hacer que disfrutes.
Estoy en tus manos, me entrego por completo a ti.
 
Se bajó de encima de mí, sus delicadas manos tomaron mi pene ya excitado, lo acariciaron con dulzura y muy despacio su boca se apoderó de mi polla, me volvía loco, sus labios y su lengua se enseñaban con mi glande, mi pene estaba tieso y duro como una roca. Su mamada era increíble, lamía todo el tronco de mi sexo, chupaba con deseo mi glande y era capaz de introducir prácticamente la totalidad de mi polla en su boca, sus manos masajeaban mis testículos… me estaba llevando al clímax. Estaba a punto de correrme.
 
Cielo, voy a terminar – dije entre jadeos.
Mmmmmmmm – esa fue toda la respuesta que obtuve.
 
Y lo que tenía que suceder sucedió, estallé dentro de su boca y ella no dejó que prácticamente nada de mi semen se escapara. Jamás ninguna otra mujer me había hecho gozar tanto con el sexo oral, ella lo hacía con deleite, con una pasión y un dominio increíbles.
Se recostó a mi lado, nos acariciamos tiernamente, dejando que nuestros cuerpos se relajaran y descansaran un poquito, al cabo de un par de minutos se levantó de la cama y fue al cuarto de baño.
Apareció unos segundos mas tarde, se apoyó sensualmente en la puerta.
 
¿Preparado para otro asalto?
Por supuesto, acabamos de comenzar! – le dije sonriendo pícaramente.
 
Gateó sensualmente sobre la cama hasta colocarse sobre mí, nos besamos lascivamente, notaba el calor de su sexo sobre mi vientre, su humedad, mi sexo comenzaba a dar muestras de excitación.
 
Mmmmmm, parece que algo empieza a crecer entre nosotros dos! Jaja.
Jajaja, pues al parecer sí! Jaja.
 
Sus manos tomaron mi ya más que excitado pene, lo acercaron lentamente hacia su sexo y comenzó poco a poco a pasarlo sobre sus labios vaginales, acariciándolos, frotando mi polla sobre ellos y consiguiendo que éstos se fueran entreabriendo poco a poco a la vez que se humedecían tremendamente. Nuestra excitación era máxima, tenía unas enormes ganas de penetrarla pero no quería demostrarlo, quería que fuera ella quien me lo pidiese, nuestros gemidos eran cada vez más profundos y subidos de tono. 
Acercó su boca a mi cuello, me besó, me lamió con desesperación mientras mi pene la masturbaba como si de su mano se tratase, acercó su boca a mi oreja y me susurró en un gemido:
 
Dios mío, hazme el amor, no puedo aguantar más sin sentirte en mí, mmmmmm.
 
Acerqué mi polla a la entrada de su empapado sexo, muy lentamente la comencé a penetrar, introduje tan solo mi glande y me quedé quieto, quería que notara nítidamente como cada centímetro de mi sexo horadaba su interior, con una tremenda parsimonia la penetré centímetro a centímetro, su desesperación y ansia iban en aumento.
 
Másss, máaasssssss, todaaaaa.
Tranquila cielo, tranquila, tenemos todo el tiempo del mundo para disfrutar.
 
Mi pene por fin la penetró por completo y durante unos segundos me mantuve en una absoluta quietud en su interior, para después, y nuevamente muy despacio, salir centímetro a centímetro de su tremendamente lubricada vagina.
Cuando mi polla estaba a punto de salir de su sexo la penetré completamente con un golpe de cintura y comencé a penetrarla a un ritmo duro y frenético.
 
Ahhhhhhh, ssiiiiiiiii, massss, masssss.
 
Volví a alterar el ritmo de mis embestidas, ahora el ritmo era acompasado, uniforme.
 
Dios mío, eres maravilloso, no te detengas nuncaaaaaaaaaa.
No mi vida, tú eres la maravilla, me absorbes, me exprimes, y me encantaaaaaaa!
 
Nuevamente aumenté la velocidad de mis penetraciones, cada vez más rápidas, más profundas, mas duras, sus uñas se clavaban en mis hombros, sus gemidos eran roncos, ahogados, como si se quedase sin respiración. Sus dientes mordían su labio inferior, el sudor nos cubría por completo, arroyaba por su espalda. Dios, era el mejor polvo de mi vida, así estuvimos durante no sé cuanto tiempo, cambiando los ritmos y la fuerza de las penetraciones, impidiendo que nuestros cuerpos se acostumbraran a una frecuencia establecida, a veces mi mano se colaba entre nuestros cuerpos y masturbaba su clítoris tremendamente duro a la vez que la penetraba, otras veces mis manos bajaban por su espalda hasta su hermoso culo y lo amasaban, lo pellizcaban, lo azotaban sin rudeza, incluso en alguna ocasión alguno de mis dedos se colaba entre sus nalgas e intentaba penetrarla analmente.
El clímax se acercaba, la crispación era máxima, las venas del cuello de Yamilé se veían tremendamente hinchadas, el sudor lo empapaba todo, el orgasmo se aproximaba como una locomotora sin frenos…… y de repente una tremenda humedad empapó mi sexo, Yamilé había estallado, sus fluidos viscosos, calientes y olorosos me empapaban y yo ya no podía más así que me dejé ir, la inundé, creo que nunca antes había experimentado un orgasmo tan devastador, por unos segundos fue como si el tiempo se detuviera y la tierra dejara de rotar.
Los dos, desmayados, exhaustos y entrelazados nos acariciamos como si fuéramos unos gatitos para unos minutos después abandonarnos a un ligero y reparador sueño.
 
Mi relación con Yamilé duró un par de años en lo que se podría considerar una relación normal y otros dos años de forma intermitente como si de un par de amigos especiales que se reúnen de vez en cuando para disfrutar de la vida se tratara, luego el destino nos separó y ya no hemos vuelto a vernos, aunque siempre estará presente en mi memoria.
 
 
P.D.: Para cualquier opinión o pregunta, o simplemente para charlar, bien por e-mail o en el msn el_suspense@hotmail.com

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Un Hogar Completo (XVIII).. Rosy y los obreros

Wednesday, June 27th, 2007

En este capítulo comentamos como, después de un accidente, Mario es testigo de excepción de las andadas de su criada mayor, Rosa, la de cuerpo voraz y edad adulta.
Tal y como había anunciado, había entrado al semi-retiro, o sea trabajaba aún menos que antes.  Así podría dedicar más tiempo a mi cuido personal, y a compartir más con toda la gente que se había convertido en mi círculo de amigos dada la llegada de Rosa a mi casa.
Una de las primeras actividades a las que me avoqué, fue la compra de una casa que estaba al otro lado de mi cuadra, con la que compartía linderos de fondo de patio (como quien dice espalda con espalda), era un terreno chiquito, con una casa pequeña, pero bonita; (para aquellos que conocen San José saben que en el oeste puedes encontrar una casa de un millón de dólares a la par de una de diez mil, y a la par de un sembrado de tomate!!).  Esta casa era parte fundamental de mi plan de solución definitiva para el perenne problema de las criadas o domésticas.  Una vez adquirida, traje arquitectos y obreros de construcción para la necesaria remodelación, la cual incluía un portón que comunicaba ambas propiedades.  En una que va y otra que viene, fui a “inspeccionar” la construcción del segundo piso (como si yo supiera algo de obras civiles!!), el resultado primario de dicha “inspección” fue una caída desde 3 metros, con las consiguientes quebraduras de tobillo (enyesado por tres semanas) y muñeca izquierda (otras tres semanas de escayola).  El lado bueno del asunto es que la inmovilidad forzada me permitió tomar unas vacaciones de mi ajetreada vida, y el lado malo es que pasé en silla de ruedas al menos dos semanas.  Aunque tengo que admitir que me divertí como enano jugando por todo el segundo piso con mi silla de ruedas.
Obviamente, todo mundo desfiló por mi habitación a saludarme, desde mi gerente Rodrigo, hasta mis amigas y amigos; incluyendo a la familia de Rosa, Gladys, su hermana y su madre, con la que me había echado el último polvo antes de este accidente, y la grata sorpresa de Adelia y su hermano Ramón, con quien ella ya convivía en términos maritales.  Igualmente grato fue recibir las llamadas de mi hermana Lidia y su marido, mi sobrinita querida y su hermano, y mi tía favorita, una vieja loca que tengo como 9 mil años de no verla.
La verdad, fue un descanso, aunque mis habituales amantes (Rosa y su hija Mayra, y Gladys mi estimada rata de biblioteca) decidieron que no estaba en condiciones de recibir siquiera una mamada de misericordia;  se desvivían cuidando de mi, como nunca nadie lo había hecho.  Gracias a estos mimos, para el final de la segunda semana de convalecencia estaba muy saludable y descansado, pero estaba que me cogía solo de las ganas de tener sexo.
En esas estaba yo mirando por mi ventana de mi habitación (en segundo piso) hacia la piscina, en un mediodía extrañamente soleado y caluroso,  en el mes de agosto, cuando la lluvia llega puntualmente a la 1.30 de la tarde, cuando observé la curiosa escena de mi criada bañándose en la piscina, ¡en horas de trabajo!!!.  Rosa, que recién se había teñido el pelo rubio,  estaba con un vestido de baño bikini tipo hilo dental (colaless), de tela sintética que se transparentaba bastante al mojarse, o sea, aparte de alguna arruguita por acá y allá, se veía soberbiamente putona.  La vi acercándose a la pileta con andar de diosa veterana (deliciosa mujer de 50 años), como dando espectáculo.  En esas observaciones estaba yo, cuando entra en mi habitación Ángela, mi criada, que era la antítesis de Rosa, baja, culona, tetona, buenas piernas, media gruesa, pero sin rollos; pero más santulona que la Madre Teresa; usaba el uniforme de trabajo de su gusto: blusa de botones y falda por la rodilla.
“Mario, ¿qué mira?, vea que acá le traigo el almuerzo”, dijo poniendo la vianda sobre una mesita y acercándose a mi,  observando el show que daba su compañera de trabajo.  “Eso es lo que quisiera almorzarme yo!!”, le dije señalando a la ninfa cincuentona de la piscina.  “Mhja…  esa perdida, seguro lo hace para alborotar a los empleados de la construcción”.  
Y no se equivocaba.
Antes de poder responderle a Ángela, se acercaron a la piscina dos obreros que, extrañamente no participaban del almuerzo con sus compañeros en la construcción vecina, sino que prefirieron la sombra del árbol de mango que, majestuosamente, reinaba en el jardín, desde las cercanías de la piscina.  
Las frases gordas no se hicieron esperar:  “Ayyy doña Rosa, ¿todo eso es suyo?”, “Doña Rosa, de haber sabido que usted estaba mejor que su nieta ni la vuelvo a ver a la chiquilla”, “Doña Rosa, ¿no necesita que le hagan un trabajito?, en la casa digo… jaja”, “Doña Rosa, venga y la seco con la lengua”,  “Usted está para comérsela, con todo y bikini, aunque después tenga que cagar la tela”, y cosas por el estilo.  Rosy, hacía que no los escuchaba, pero lo hacía, y prueba de ello es que no dejaba de exhibirse, entraba y salía de la piscina, moviendo su delicioso culo al subir las escalinatas de la pileta, se sacudía el pelo, se separaba con las manos la tela del hilo dental del culo, en general los tenía ya locos a los dos muchachos.
“Que puta que es!!”, dijo Ángela, “mire como ya se les puso dura la cochinada a esos degenerados” me dijo, señalando la entrepierna de los obreros, que ya se estaban toqueteando sus vergas.  Ese comentario no hablaba muy bien de la castidad de Ángela, puesto que de seguro tenia rato de estarles viendo las pingas.  “Ya me voy…” dijo finalmente, con voz un poco temblorosa.  “No, quédate y me haces compañía, quiero ver en qué termina este asunto”.  Ella me miró y haciéndose la indiferente, me dijo “si usted lo pide, pero esto no puede terminar en otra cosa que no sea el pecado y la lujuria” (no se ustedes, pero a mi las palabras “pecado y lujuria” me suenan tan bien).  Dicho eso, volvió a mi lado, y se quedó de pié exactamente junto a mi, que estaba en mi silla de ruedas; por mi mente pasó… “si quisiera tocarle todo ese rico culo me queda perfecto”, pero nada más fue un pensamiento.
Abajo en la piscina, Rosa hizo la parte culminante de su acto de seducción.  Tomó su toalla, se la puso alrededor del torso, y con diestros movimientos de manos se sacó ambas partes del bikini y las tiró al suelo, recostándose en una tumbona y recogiendo una pierna; de tal forma que se mostrara uno de sus muslos, a los muchachos que la sabían totalmente desnuda bajo la tela.
Mirandolos al otro lado de la piscina, los llamó y les dijo… “Muchachos, ¿no quieren venir a hacerme compañía?”.  Ni locos ni tontos ambos brincaron a su lado, donde pude observarlos claramente; uno de ellos se llamaba Carlos, era delgado, blanco y de estatura media, el otro era Jefry, más bajo y moreno, un poco gordito, ambos debían andar entre los 18 y 20 años.
Al llegar junto a ella, mi criada Rosa les dijo “ustedes son tremendos, ¿serían capaces de hacerle esas barbaridades a una mujer que podría ser su abuela”.   Jefry, que era más salido y dicharachero, se agarró la verga sobre la tela del pantalón, y le dijo “Doña Rosa, si mi abuela me parara el garrote como usted lo hace, ya hace tiempo me la hubiera cogido, a la vieja puta esa!!!”.   Rosa soltó una carcajada y estirando la mano le agarró la verga, que se notaba paradísima bajo la ropa del chico, diciéndoles “entonces ¿Qué esperan?, les quedan veinte minutos antes de volver a la obra!!”.
Carlos, que ya se había acuclillado frente a ella con la esperanza de ver algo, se vió recompensado cuando Rosy simplemente se desató la toalla y abrió las piernas, haciéndole el gesto inequívoco de que empezara a chuparle el chochito.  En menos de medio minuto ya había empezado la acción.  Jefry parado junto a ella, le ponía su pene en la boca desesperada de Rosa, mientras Carlos se deleitaba de mamar semejante manjar rosado; muy similar al de una chiquilla adolescente (hoy en día doy fe de que lo tiene igual de rico que su nieta).
“Vieja chocha, coma picha, que eso es lo que está pidiendo desde hace rato”, decía Jefry mientras se movía hacia delante y atrás, penetrando con su corto pero grueso pene a la boca de Rosa.  Al rato ella soltaba la verga, y lo masturbaba con fuerza, diciéndoles a los chicos.  “Ricoo  que rico, mámeme el coño cabroncito, que después se lo va a coger todo…  tráigame esa verga, que quiero chuparle hasta los huevos maricón”.  Y seguía en el proceso de mamada.
Ángela, de pie a lado mío, susurraba de cuando en cuando “Que puta…  que puta!”, como censurando a su compañera en la piscina; pero cuando miré hacia arriba, pude ver una cara más de envidia que de censura, así como el inconfundible sudor e hinchazón de labios que delatan a una mujer excitada, amén de que se le marcaban ya los pezones, bajo su brassier horrible y su blusa no menos espantosa.  “Aja…!!!  Con que la vieja cabrona se calentó” pensé yo para mis adentros, sabiendo que esta era la oportunidad de oro, para calentar de una vez por todas a esta mojigata de buen culo y prominentes tetas, no importa que tuviera 60 años, esta enana estaba para cogérsela.
“siiii  cómame el coño, cabrón chupa más, que ya me vengo playo de mierda, me vengoooo” decía Rosa, mientras Carlos aceleraba la mamada, haciéndola perder el ritmo de la otra mamada, la que estaba recibiendo Jefry.  “Ahghgdhghghgahgh, siiiiiii masssss ahghghghg” gritó, mientras se arqueaba del orgasmo en la cara de Carlos.  
Sin esperar mucho, el muchacho se quitó la ropa, y sin pedir permiso se recostó hacia delante, metiéndole su largo bate en la empapada vagina.  “ayyyy siiiii… métamela cabrón métamela…”,  y mientras era cogida, aceleraba la mamada, no fuera que se le bajara la verga al gordito dicharachero.
“Chupe puta, chupe verga, que eso es lo que quiero…  abuela puta!!!” decía uno, mientras el otro solo le decía “tome abuelita, tome picha por puta…  tome picha por puta!!”
Dos o tres minutos estuvieron en semejante movimiento, mientras en el segundo piso yo hacía mi movida: descarada, pero suavemente estiré mi mano, agarrando la pierna de Ángela desde atrás, posando la palma de mi mano en la parte interna de la pierna, empecé a subirla y bajarla suavemente, en una caricia con las yemas de los dedos, desde la parte de atrás de la rodilla, hasta más arriba de medio muslo.  Al sentir la caricia, Ángela me volvió a ver, nuestras miradas se encontraron, su cara tenía un gesto de disgusto y lujuria, no dijo nada, simplemente volvió a su vista a la escena de la piscina, pero cambió el peso de las piernas, abriéndolas, siempre de pié, pero abriéndolas unos cuantos centímetros, lo cual era la confirmación de que le gustaba lo que veía y lo que sentía, y de que quería más.
Abajo, ya Jefry había tomado el puesto de penetrador y le metía su gruesa verga a mi doméstica hasta los huevos, mientras que Carlos se hacía mamar la pinga. 
“Toma vieja puta, ¿estaba falta de verga?…  toma por perra!!” decía el gordito, sin detener la penetración salvaje, como si fuera la primera y ultima vez que cogiera en su vida.  Carlos se agachaba y le apretaba las tetitas deliciosas a Rosa, diciéndole cosas en voz baja que no podían ser menos que frases sexuales del mismo calibre.
La mujer no se quedaba atrás, y sacando de su boca el tesoro que no quería soltar, les decía “Maricones, asaltaviejas, ¿querían coger?, van a ver lo que es una cogida, maricones!!”, y procedió a chuparle los huevos a Carlos, que solo acató a volver la cara al cielo y a poner los ojos en blanco “Siiiii  abuelita, siiii que rico mama, mi amor”.
Después de un momento, ella se separó de ambos, sentó a Carlos con las piernas abiertas en la tumbona, y poniéndose de cuatro patas siguió la mamada, “deme desde atrás negrito, no pare de darme verga, que me estoy regando”; no había terminado de decirlo cuando el grueso instrumento juvenil estaba penetrándole la vagina, como si fuera una máquina de coser.
Carlos, parecía no aguantar más, así lo anunció, sin embargo Rosa tenía otros planes “no papito, usted se riega cuando yo quiero y como yo quiera.  Negro, cambie de lugar con Carlos; usted flaco, agarre ese bronceador de ahí y me lo empieza a poner en el culo, cuando ya esté bien embarrado, me mete un dedito y luego el otro, si lo hace suavecito va a ver que rico la pasa”.
Los dos jóvenes se miraron el uno al otro, sorprendidos y encantados, “Esta cabrona abuela de veras quiere picha!” dijo Carlos, mientras se ponía abundante bronceador en los dedos, procediendo a masajearle el culo; “Noooo, mi hermanito, que este es el mejor polvo que me he echado en mi vida, esta vieja loca sabe sus cosas!!” le respondió su colega obrero.
En el preciso instante en que le tocaban el culo, sonó un trueno poderoso y se dejó venir la lluvia, en forma de un soberbio aguacero, que los terminó de empapar en menos de un minuto.  A partir de ese momento tanto Ángela como un servidor perdimos la capacidad de escuchar algo más que los gritos de Rosa, cuando le estaban metiendo dos dedos en el culo.  Sin embargo la lluvia le añadió un toque de sensualidad salvaje a la escena que me hizo sentir aún más fuerte mi propia erección.
Rosa acercó al borde de la tumbona al cuerpo de su gordito amante, y procedió a sentarse en dicha pingota, mientras por señas le decía a Carlos que no parara de suavizarle el culo, que aprovechara el movimiento para hundirle más los dedos en los intestinos.  El agua bajaba a chorros por los tres lascivos cuerpos, mientras que Rosa movía el pelo de un lado al otro, no para sacudirse el agua, sino porque su excitación la había llevado a un nuevo orgasmo.
Yo no podía soportar más la erección y traté de sacarme la verga de mi pantalón corto con la única mano que podía mover, por lo que solté la pierna de Ángela para tratar de hacerlo; pero era tal la excitación que no lo lograba, ella se percató de que dejé de tocarla y miró hacia abajo, para darse cuenta de lo que yo hacía; sin decir nada, y con el ceño fruncido, se agachó y liberó mi pene de su encierro, pude ver que se había soltado varios botones de la blusa y que su sostén estaba desacomodado, señal inequívoca de que se estaba toqueteando las tetotas. Me dio un par de sobadas de pinga antes de ponerse de pié de nuevo; solo que esta vez, apenas se puso de pié, abrió mucho más las piernas y tomó mi mano, poniéndola en donde había estado anteriormente.  Yo aproveche que la escena de abajo era cada vez más excitante, y finalmente subí mi mano hasta su coño, el cual pude sentir por primera vez.  
Tenía unos labios grandes que se sentían acolchados por el calzón de abuela que usaba, y un clítoris que debía ser grandote, puesto que se sentía bajo la tela.  Al sentir mi mano invadiendo su entrepierna, Ángela soltó un gemido calladito, aprobando el avance de mi mano; y cuando sintió a mi mano tratando de hacerse lugar para llegar a su peluda panocha, simplemente se metió las manos bajo la falda y se sacó el calzón con facilidad y en  silencio, sin siquiera quitar la vista de su compañera de trabajo, permitiéndome masturbarla con plena libertad.  Yo volví a verla hacia arriba y cuando nuestras miradas se encontraron le dije secamente, “sácate las tetas, para que te las toques tranquila, quiero verte manoseándote las tetas”, ella me miró, con la misma cara de enojo, pero procedió a abrirse la blusa completamente y a quitarse el brassiere, continuando sus pellizcos y manoseos en semejantes ubres, lo que le producía unos gemidos ahogados bastante excitantes.  Al ver las tetas al aire, decidí mejorar la masturbación, penetrándola desde mi posición con un par de dedos, mientras con el pulgar le tocaba la entrada del culo, sin penetrarla.  En resumen, la vieja Ángela estaba entregada a la lujuria y al pecado; tal y como yo quería.
Abajo la escena estaba a punto de llegar a su acto culminante, donde Rosa no paraba de ensartarse una y otra vez la verga del obrero, gritando sandeces, mientras le hacía señas al otro de que la penetrara en el culo, en esa misma posición.
Carlos se acomodó detrás de ese delicioso culito,  y empezó a penetrarla.  Conforme iba desapareciendo su larga picha en el ano de la zorra, ella iba disminuyendo sus propios movimientos, al sentirse cada vez más llena de picha por todos su huecos.  Sus gritos los ahogaba la lluvia, pero sus gestos lo decían todo, se estaba acercando inexorablemente al éxtasis final.  Carlos gritaba cosas inaudibles, mientras aceleraba el ritmo de la enculada, al tiempo que Jefry solo se dejaba montar por la zorra y le apretaba una y otra vez los pechitos hermosos.  La acción tenía que terminar pronto, los tres rostros eran una obra de arte sexual; los gestos y gritos anunciaban orgasmos por doquier.  Y así sucedió.  Gracias a tantos orgasmos que le he dado a Rosa, pude reconocer los gestos de ahogo y los ojos totalmente abiertos de su orgasmo, aparte de que se tiró para atrás, clavándose ambas pingas con todas sus fuerzas.  Inmediatamente Jefry, espoleado por el orgasmo de su amante, empezó a brincar y a temblar incontroladamente, dando signos de alivio, cuando le inundó la vagina de leche a mi amiga.  Poco después Carlos, seguro más veterano en las lides, sacó su verga del pequeño culo, y poniéndose de frente a Rosa le ofreció la verga; no más ella la tomó en sus manos, cuando el semen empezó a salir a borbotones de su pene, manchándole toda la cara a la abuela lasciva y dejando caer parte de su leche encima de su amigo, que para ese momento tenía una cara beatífica.
Observando que se acercaba el momento, hacía un minuto yo había acelerado mis masturbaciones a la vagina de Ángela, la cual, apenas observó salir el semen de Carlos, empezó a gemir en susurros, y cerró sus piernas, atrapando mi mano dentro de su vagina. “Ahhhhhhh  siiiiiiiiiiii”, fue solo un susurro, que dejó ir toda la tensión sexual acumulada desde hace quién sabe cuántos años.  Al separar sus piernas pude liberar mi mano, acariciándole el culo, sabiendo que en pocos días iba a cogerme a esta beata sesentona.
Ella, sin decir nada, se puso el sostén, se acomodó las tetas y la blusa, y cuando estuvo segura de que se veía igual que cuando entró a la habitación, me miró, y vio mi pene erecto, rebosando de liquido preseminal, dando pequeños brinquitos de la excitación que tenía.  Se agachó, me agarró la verga, y metiéndosela en la boca, me dio una mamada súper suave de diez segundos, al cabo de los cuales le eyaculé abundantemente y sin parar por espacio de un minuto; se la tragó toda y siguió lamiéndome la verga hasta que la dejó limpiecita.  Luego la volvió a poner en su sitio, y me dijo “para que vea que soy agradecida, y que puedo hacer lo mismo que esa otra”,  dijo señalando hacia donde estaba Rosa,  “lo que pasa es que yo no soy una puta, como ella; pero hasta las mujeres decentes tienen sus momentos de debilidad”, y se volvió a traerme el almuerzo que estaba más que frío.  En ese momento miré hacia la piscina y ya no quedaban más rastros del suceso, que las dos partes del bikini de Rosa, tirados con donaire.
La misma Rosa, entró en ese momento, con un paño en el cuerpo y con otro secándose la cabeza.  Ángela se levantó diciendo “voy a ir a calentar esta comida, más tarde se la traigo… me avisa cuando quiera almorzar”, y al pasar junto a su compañera de trabajo le espetó por lo bajo “puta!!!”, saliendo dignamente por la puerta.
Rosa y yo estallamos en carcajadas incontenibles ante el exabrupto de la mojigata.  “Mario, perdón, no sabía que ella me iba a ver; yo quería que me vieras vos; que has estado tan falto de sexo, pobrecito, mi intención es que te masturbaras riquísimo viéndome; jeje, aunque bueno, también tenía días con ganas de que esos dos idiotas me dieran verga!!”.
“Tranquila, no te preocupes, yo lo arreglo, solo no le hagas caso a ella, va a estar unos días furiosa contigo”, le dije.  “Ayy Mario, lo que pasa es que esa vieja quiere que le metan una pinga hasta adentro, eso es todo”, dijo mientras salía, para toparse en plena puerta a Gladys quien de inmediato preguntó, “¿Quién quiere picha, Rosy?”, habiendo escuchado la última parte de la conversación.  “Esa zorra mojigata”, dijo Rosa saliendo a vestirse y continuar sus labores al frente del mantenimiento de la casa.
Mi amiga Gladys, aprovechando que no tenía clases esa tarde, decidió visitar a su amante lesionado, Se veía desastrosa, venía empapada hasta los huesos, con la blusa de uniforme empapada y pegada a sus deliciosos pechos de niña treceañera, se notaban los pezones parados, duros y oscuros a través de la tela mojada.
Gladys me besó, me tomó las manos y se las puso en su mejilla, en un gesto de cariño que me encanta; pero sus agudos sentidos le hicieron percibir el aroma de jugos de vaginales en mi mano derecha, sin preguntar nada se agachó a mi entrepierna y olisqueó el semen.  Levantándose de un salto se me encaró y me dijo en tono de regaño: “¿No quedamos en que mientras convalecías no ibas a coger con nadie?!!, cabrón desconsiderado!!!, ¿para qué putas te cuidamos tanto, si nunca haces caso?!!!  Una aguantándose las ganas de coger, para que te repongas bien y me salís con esta mierda!!”; de veras se había enojado.  “Suave, no dispares, ya te cuento”, y procedí a darle la historia completa; al final de la cual, me ayudó a acostarme a hacer la siesta, y mientras se desnudaba para acompañarme me dijo, “Si quieres cogértela yo tengo una idea que puede funcionar”.  Se acostó desnuda bajo las cobijas y dándome un beso me dijo, “¿no te importa que me masturbe, es que me dejó caliente esa historia?”.  Yo le sonreí  “claro amor, esta es tu cama; por cierto, creo que tengo a la persona perfecta para iniciarte en el sexo lésbico, tal y como me lo pediste, va a tomar un par de semanas más, pero ya no busques más, solo ten paciencia y confía en mí”, le dije y me volví de lado, para dormir mi merecida siesta, lo último que recuerdo escuchar fueron los gemidos de mi amante adolescente, mientras obtenía su, igualmente merecido, orgasmo.
La historia la seguiré en el siguiente capítulo, les parece?

Saludos, si quieren me pueden escribir a Cotico: tico6013@yahoo.com

 

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Cuando tu amigo tiene una mama sexy

Friday, June 22nd, 2007

Hola, mi nombre es Roberto, pero mis amigos me dicen Tito.

Bueno, lo que les voy a contar ahora es una historia real, y cuando digo real es que es real. He estado leyendo algunos otros relatos y hay algunos que son realmente fantásticos, aunque muy entretenidos y graciosos a la vez.

Tengo 18 años recién cumplidos, y esto me paso más o menos en Septiembre del año pasado.

En el colegio nos habían pedido hacer un trabajo en grupos sobre recursos tecnológicos y servicios y no se que otras tonterías mas, y, como casi siempre, quise ser con un amigo, Ricardo, debido a que su mama (40 años), que estaba separada, estaba riquísima y me volvía loco de tan solo mirarla, y siendo con el tendría una oportunidad de por lo menos insinuármele.

Bueno, acordamos juntarnos un sábado en la tarde en la casa de Ricardo, lugar perfecto para intentar por primera vez en mi vida algo.
Por fin llegó el sábado.

Se suponía que yo tenía que llevar la información que nos habían entregado en clases a cada grupo, pero la deje en casa, adrede, ya que quería tener la mayor cantidad de posibilidades para tirarmela.

Llegue como a las 3 de la tarde a casa de Ricardo. El me estaba esperando con todos sus materiales listos sobre la mesa del comedor. Le pregunte por su mama y me dijo que estaba en la cocina por si la queria ir a saludar mientras Ricardo arreglaba todo para empezar.

Fui caminando lentamente hacia la cocina, me tome mi tiempo, ya desde la distancia alcanzaba a oler esa fragancia que tanto me gustaba de ella. Cuando entre a  la cocina, ella estaba sentada en la mesa de diario tomando un vaso de jugo y trabajando en su computador. Llevaba puesto una bata de dormir, por lo que supuse que no se habia bañado aun, y que lo haria después, algo muy bueno para mi plan.

No quitaba los ojos del computador, por lo que hice mucho ruido para que levantara la vista. Desde el angulo en el que estaba se le alcanzaban a ver esos lindos pechos con los que habia estado soñando por mucho tiempo.

Se levanto y me dio un caluroso saludo de beso en la mejilla, con el que yo intente de acercar lo mas posible mis labios a los suyos.

Se volvio a sentar en el computador y en eso entra Ricardo preguntandome donde habia dejado la información  para terminar el trabajo. Yo le dije como preocupado que la habia olvidado en casa. Me mando un par de insultos y dijo que iria el a buscarlos, ya que era mas rapido y volveria antes.

Se me olvido decirles que mi casa queda a mas de 30 minutos en bici, por lo que pasaria mas de 1 hora antes de que volviera.

Ricardo se fue apresurado y me dejo solo en casa con  Daniela (su mama). Mi plan iva a la perfeccion.

Unos segundos después de que Ricardo ya se habia ido, me sente al lado de ella y le empece a meter conversa sobre el colegio, que nos faltaba poco para la fiesta de graduación, etc… mientras miraba cautelosamente esas lindas tetas que tenia, que eran asi como el tamaño perfecto para una mano, ni muy grandes, ni muy chicas, eran las que a mi mas me gustaban por lo menos.

Al parecer, como ustedes sabran se dio cuenta. ¿Por qué sera que las mujeres siempre se dan cuenta cuando las miran?

Comprendio que la estaban mirando mucho, y para escapar de mis ojos, dijo que tenia que ir a bañarse. Se paro para irse y me hiso cariño suavemente en la cabeza diciendome que era todavía un chico muy travieso. Esto definitivamente me puso a mil.

Se fue en direccion al baño, y mientras salia de la cocina, pude ver como, descaradamente se levantaba la camisa de dormir y dejaba descubiertas sus lindas nalgas blanquitas, sin si quiera mirame, tan solo rió un poco. Esta mujer si que tenia un culo de ensueño.

Sabia que esta era mi oportunidad, se me habia insinuado hacia 2 segundos, mostrandome su bello culo, estaba seguro, pero no se porque, me quede sentado en la mesa de diario asi como esperando algo.

Me puse a ver el reloj que estaba colgado en la pared mientras escuchaba como esta yegua prendia la ducha. Ya habian transcurrido como 10 minutos desde que Ricardo se habia ido.

Debia actuar ahora, ya que esta era mi oportunidad, y no tomarla ahora si que seria algo de un pobre estupido.

Me levante y fui caminando decidido hacia el baño. Daniela, para sorpresa mia, la habia dejado entreabierta, algo que nunca antes habia visto que lo hiciera.

Abri un poquito mas la puerta y ahí estaba ella, duchandose y jugando con la ducha telefono entre sus nalgas. Con una mano se tocaba los pechos  y piernas, y con la otra sostenia la ducha telefono, la cual pasaba por su lindo anito y por su conchita depiladita.

Esto ya era el colmo, estaba parado ahí, justo afuera de obtener lo que queria, y no me atrevi, por lo que me empece a masturbar.  Me baje los pantalones y saque mi polla que ya estaba roja, asi como si me hubiera estado masturbando por largo tiempo. Con mi mano derecha comence frotarme la polla, y con la izquiera por mientras me masajeaba un poco el ano, un lugar que me encantaba (no piensen que soy gay por lo del ano, ya que muchos hombres se sienten realmente excitados al frotarse el ano).

Ella estuvo largo rato mirando de vez en cuando hacia la puerta entreabierta, y mas o menos como después de unos 5 minutos donde estuve masturbandome afuera, me dijo que entrara, ya que necesitaba a alguien que le enjabonara la espalda, ya que tenia los brazos adoloridos por el gimnasio.

Por fin, entre!

Ahí estaba ella, desnuda con sus lindos senos y su escultural figura mirandome. Cabe decir que su conchita estaba buenisima, y que tenia todo un culazo.

Me pidio que me desnudara para que no mojara mi ropa y pudiera entrar con ella.

Cuando entre a la ducha roce su culito con mi pene y toque con mi mano su conchita. Por fin ese culito y esa conchita ivan a ser mios.

Se puso de espaldas a mi y me paso el shampoo para que la enjabonara. Me fije que habia empezado otra vez a sobarse entre sus piernas son sus lindas manitos.

Apegue lo mas que pude mi pene en su culo y de repente la empujaba duramente para que sintiera la clase de polla que tenia detrás. De la nada ella se dio vuelta y me dio un largo beso en la boca, donde aproveche para agarrarle el culo y para sobarle la conchita con mi polla, que ya tenia unas ansias desesperadas de entrar. Me empezó a besar el cuello y rapidamente bajo hasta el pene. Le dio unas lamidas y luego se lo metio entero en la boca.

Con una mano acariciaba mis testículos y con el dedo indice de la otra, buscaba mi ano en mi culo. Yo por mientras tocaba sus senos y pensaba en lo que haria Ricardo si me viera asi con su madre.

Cuando estuve casi a punto de terminar, le dije que parara, y que queria meterle mi polla en su conchita.

Ella me dijo que mejor que no, ya que no tenia condon y no queria arriesgarse. Entonces le dije que me dejara romperle el culito.

Ella me miro media asustada y me dijo que hace mucho tiempo que nadie se lo metia por el culo. Le dije que no temiera y que iva a disfrutar.

Ella accedio, pero me pidio que antes yo hiciera algo por ella, por lo que ella se puso de espaldas y yo acerce mi boca a su conchita, la cual empece a besar y a meterle mi lengua mientras acariciaba su clítoris con mi nariz.

Después de un rato dandole sexo oral, tuvo un orgasmo con unos gemidos que de seguro hasta Ricardo los escuchó.

La verdad es que yo nunca en mi vida lo habia metido por el culo, pero según lo que hbia aprendido en algunas películas porno, decidi hacerlo.

Le pedi a Daniela que apoyara sus piernas en mis hombros. Yo por mientras con mis dedos iva haciendo espacio en su ano para que cupiera mi polla.

Estuve un par de minutos dilatandole el ano hasta que me decidi y lentamente (según ella me lo habia pedido) le fui metiendo mi polla.

Me di cuenta de que su ano apretaba mucho y ella gemia no se si de dolor o de placer.

En una de esas, decido y se la empiezo a meter como furioso mientras toco sus lindas tetas, ella grita y gime, y cuando estoy por acabar le saco la polla del ano y la froto contra sus tetas mientras de ésta salen litros y litros de leche que chorrean por sus tetas, y que llenan su boca. Se la tomo todita.

Acerco mis labios a los suyos, que todavía estan llenos de leche, y mientras con una mano froto su clítoris, la beso con un beso muy tierno que sellaria una vida sexual que perduraría.

Después de eso nos lavamos un poco, y justo cuando habiamos salido del baño, Ricardo entra a la casa apurado con todos los materiales que a mi se me habían “quedado”.

Por suerte Nos habiamos secado el pelo con secador y no parecía como si estuvieramos mojados, por lo que Ricardo no sospecho nada.

Que habria hecho si me hubiera descubierto.

Hace como 2 meses que no veo a Daniela, pero tenemos prometido que la proxima vez que nos veamos me va a dejar meterselo por la conchita, ya que la segunda vez que nos vimos, solo nos dimos un poco de sexo oral.

Después les cuento mi aventura en su conchita.

Saludos.

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El hechizo del toro

Friday, June 22nd, 2007

En una de esas frescas mañanas, montado con gran majestuosidad sobre su robusto alazán, se hallaba el fiel capataz abocado a lograr concretar el servicio que un recio toro overo debía realizar sobre una vaca en celo. Sentada sobre un viejo y grueso tronco que desde largo operaba a guisa de banco, ubicado al costado del potrero en que maniobraban hombres y animales, se hallaba la joven estanciera Marcia Paula contemplando aquel cuadro que, en realidad, había visto pasar muchas veces ante sus pupilas, sin que nunca le atrajera especialmente, como para decidirse a examinarlo in extenso. El diligente capataz, que se sabía observado por los ojos más bellos del mundo, dirigió a su patrona un natural saludo colocando el mango de su fusta próximo al ala del sombrero y luego prosiguió con sus tareas en pro de la aproximación de ambos animales.

     La atención de Marcia Paula, concentrada en un principio en su amante, fue derivando poco a poco, y cada vez con mayor intensidad, hacia la acción de la cópula de los animales. Se gratificó contemplando la gallarda estampa del overo semental y todas las piruetas, correrías y cabriolas que la exuberante testosterona le inducía a realizar como prolegómenos del apareamiento.

     Una vez que el toro hubo olfateado los humores de la hembra, se hizo ostensible que entraba en estado de franca erupción y, después de hacer trepidar el suelo con sus patadas, aradas y carreras, y de hacer vibrar el aire con sus sonoros bufidos, comenzó a soltar la majestuosa verga, la que en contados segundos se halló presta para el servicio, como un inmenso ofidio tropical arborícola dispuesto a saltar sobre su presa. Marcia Paula, al contemplar aquel miembro, no pudo evitar que un escalofrío le recorriera el cuerpo… una suerte de sensación ambigua, originada en una controvertible mistura de placer y de pavor.

     La embravecida bestia, en su aparatoso y grotesco cortejo, recorrió a toda velocidad un par de veces la periferia que marcaba la cerca del estrecho potrero, disparando coces a diestra y siniestra. Su magno apéndice se bamboleaba y agitaba a tenor de su loca carrera y, esporádicamente, incorporaba a esos movimientos sus propios estertores de deseos.

     De pronto vino a detenerse, cercado de por medio, como paralizado por un rayo y con extraña e incomprensible espontaneidad, frente a la patrona de la estancia. Luego de unos instantes de total inmovilidad en que quedó como pasmado contemplando profunda y curiosamente a la princesa, bajó y levantó sucesivamente su astada testa con la suavidad de un saludo; luego concluyó por mantenerla en alto y emitió un inefable bufido que sonó como el clamoroso viento de un heraldo. Realizó acto seguido algunos corcovos, efectuó un par de grotescos meneos y balanceos, giró dos o tres veces alrededor de sí mismo… y después de patear briosamente el piso prosiguió con su enfática danza.

     Marcia Paula quedó azorada ante el extraño «parate» del animal en medio de su efervescencia, lo cual vino a robustecer aquel singular estremecimiento que en ella se despertara unos momentos antes. ¿Qué hecho, residente en ella, pudo haber llamado la atención del overo como para que alterase de tal manera sus brutales manifestaciones, pasando olímpicamente de la furia portentosa a una increíble y fugaz actitud de cuasi contemplación?… ¡Qué conducta tan extraña!… Mas, ¡oh!, ipso facto se le presentó nítidamente la escena de niña, cuando un malhumorado toro la corrió y, una vez que ella hubo tropezado y caído, se limitó a acariciarla con su hocico.

     Aunque perpleja por todo ello, tampoco dejaba de observar con golosa contemplación lo atinente al toruno miembro copulador, en los momentos previos al apareamiento. Así, seguía con particular delectación su agitado bailoteo en concordancia con la furiosa carrera del toro, que aún daba por el potrero algunas vueltas enloquecidas. Al momento de montarse sobre la vaca, observó Marcia Paula cómo aquel miembro adquiría una posición casi horizontal y, en medio del frenesí del macho en su rítmico avance hacia la hembra, le vio oscilar pesadamente hacia arriba y hacia abajo, dando la impresión, por momentos, de que fustigaría la propia panza de la bestia… A raudales derramaba la escena la sensación del furioso anhelo que embargaba a ese protagonista principal, en la afanosa búsqueda de la morada que habría de saciar su ancestral voracidad por comunicar vida a la vida.

     Al contemplar tan impresionante cuadro, previo al natural apareamiento de aquellas bestias, la patrona se puso a temblar de emoción, sin saber a qué atribuirlo. En contados segundos más, ambos animales se hallaban en plena acción de cópula. Presa de una indecible excitación, la princesa se puso de pie y haciendo un sustancial esfuerzo para disimular su estado, saludó a Ramón y a la peonada con las manos. Tratando de alejarse lo más rápidamente posible de aquel teatro, prosiguió su caminata por los campos.

     ––Parece, Don Ramón, ––dijo el peoncito José–– que el overo ha reconocido a la patroncita y se decidió a hacerle un cordial saludo.

     ––¿Cómo diablos ––apuntó otro integrante de la cuadrilla–– pudo haberse frenado de tal manera en medio de la calentura?

     ––Se ve que quiso rendir un justo homenaje a la hermosura de la niña ––interfirió un tercero––. Está claro que la ha reconocido… Después de todo ella es la dueña de la estancia.

     ––No creo que el overo sepa distinguir tanto ––arguyó otra voz––, pero si de algo estoy seguro es que a don Melitón no le hubiera hecho tanta fiesta. ¡Claro que el overito ha visto la belleza de la niña!… y le ha querido dedicar unos momentos de mirada engualichada.

     Rosauro, un veterano que ya doblaba largamente el codo de los cincuenta, colocó la punta del mango de la fusta en la parte frontal del ala del sombrero y lo corrió hacia atrás, descubriendo gran parte del enralecido cráneo.

     ––No es la primera vez que ocurre esto ––dijo con voz grave y en tono de autorizada sapiencia campera––. Yo mismo he visto algo parecido hace más de veinte años, cuando la princesa era niña. La corrió un toro dentro de un corral; ella se cayó de bruces y ninguno de los que observábamos dábamos ya dos centavos por la vida de la pequeña. Sin embargo, el toro se limitó a tocarla con el morro y, ¡cosa tan extraña como la de hoy!, se aquietó totalmente… Más… diría que se comunicó con la niña, pues ésta acabó acariciándole con su manita el testuz y entonces el toro se meó de gusto. Conclusión, que es como si se hubieran hecho amigos… y la princesa salió del trance sin el más mínimo rasguño.

     ––¡Ohhh! ––exclamaron todos, asombrados.

     Ramón se limitó a sonreír ante esas ocurrencias y en ningún momento emitió opinión sobre el asunto, dando la sensación de que prestamente deseaba acabar con los comentarios. En consecuencia, sin dejar de sonreír y de asentir, instó a la cuadrilla a la prosecución de las tareas.

ATISBOS TAURINOS
     Días después, la exultante y más que satisfecha patrona de la Estancia La Soya daba rienda suelta a sus apetencias literarias y se dedicaba a buscar en la biblioteca de la mansión alguna obra para prodigarse unos momentos de relajante lectura. No estaba segura de cuál sería el tema que por aquellos momentos interesaría a su ánimo: quizás algo de historia, o alguna leyenda, o, tal vez, deseba recitar algún escogido poema de entre la pléyade que allí existía.

     Mientras recorría en su nutrida biblioteca los estantes de libros de todos los formatos, dimensiones y colores imaginables, iba pensando, con un dejo de resignación, cómo en este particular aspecto de la vida se presentaba la «gran diferencia» entre ella y su amante. Ella era, a todas luces, un espíritu cultivado, que dedicaba largas horas a la lectura, en tanto que su Ramón…

     «Bueno -se decía, haciendo gala de su natural amplitud de espíritu-, ¡zapatero a tus zapatos!… Pero no puede dudarse de las relevantes cualidades de mi Ramón como ser humano. ¿O es que su hombría de bien, lealtad y nobleza no han de tomarse en cuenta? Además, cuestión de no menor importancia, realiza su trabajo a la perfección y es sumamente inteligente en la resolución de las cosas prácticas. Es, ante todo, un hombre práctico… Y si se analiza su personalidad en cuanto a su capacidad de la relación humana, hay que concluir, definitivamente, que se sabe hacer querer por la peonada, porque tiene seguridad en sí mismo y un natural respetuoso para con todos; y esto es cosa independiente del nutrimento libresco. Más bien ha de creerse lo contrario: el excesivo alimento en tal sentido contribuye a dotar al individuo de cierto arrogante fariseísmo.»

     En tanto que estaba sumida en estos tan sustanciales pensamientos, sus irresolutos dedos hojeaban un libro que acababa de sacar al azar y, al pasear la vista por el índice, encontró un título que llamó poderosamente su atención: ‘La reina y el toro’. Sin saber por qué, se le redoblaron los latidos de su corazón. Llena de la más extraña ansiedad, se fue a sentar en un mullido sillón… y comenzó a buscar la página del capítulo correspondiente.

     «¡Flor de coincidencia es ésta!… -murmuró-… Veamos: los otros días, observando el apareamiento del enorme overo aquel, que me dejó absurdamente impresionada, ¡como si hubiera sido la primera vez en mi vida que contemplara tal hecho!; después, el extraño «parate» de la bestia en medio de sus furibundos retozos, para observarme con inefable mirada; y ahora, de los estrados de la cultura, se me aparece un capítulo de este libro con tan insinuante título… En fin, veamos de qué se trata.»

     Mas tenía clara noción de que su curiosidad iba más allá de la meramente literaria. Se sentó cómodamente sobre el sofá, puso algo de música melódica a baja intensidad, se sirvió una copa de whisky y se sumergió en la lectura.

     Leyó reconcentradamente, deteniéndose con frecuencia al fin o en medio de frases y párrafos. Por momentos, ponía sus ojos en el cielorraso y meditaba profundamente las palabras. A veces, las repetía remarcando sus sílabas… Y así se estuvo más que absorta en la lectura de aquella narración.

     Al concluir, una media hora después, se quedó pasmada. Se recostó sobre el sofá, puso el libro, aún sostenido por su mano, a un lado del cuerpo y nuevamente clavó la estática mirada en el cielorraso. Luego, entrecerrando los ojos, comenzó a regurgitar en su mente todos los conceptos, hechos y razones que había captado en aquella lectura y a enhebrar las vivencias que le habían suscitado; y así dio nuevamente rienda suelta a sus tumultuosos pensamientos:

     «¡La reina Pasífae!… ¡Que se apasionó por un toro!… ¡Por una maldición del dios del mar!… E hizo construir por Dédalo una vaca artificial para que el toro la poseyera… ¡Bueno… bueno!… ¡Esto sí que ya no ha de considerarse casualidad! ¿Por qué habría de ocurrirme tan precisamente a mí, y en esta especial circunstancia por la que atravieso, el que se me cruce una historia de tal tipo?»

     Al recordar la escena del toro, el tenor de sus movimientos y la intensidad de su mirada para con ella, sintió una erupción que la llenó de voluptuosidad y de espanto. Pensar que la imagen de esa escena la había perseguido con porfiada tenacidad, prodigándole, cada vez, un regusto de misteriosa sensualidad, de cosquillosa incitación a lo prohibido. Y ahora, como por un juego del azar, ¡viene justo a caer en sus manos esta bendita historia de Pasífae, la esposa del rey Minos y madre del Minotauro!… ¡Es cosa de no creer la concatenación de estos acontecimientos! Es como… si alguna potencia superior estuviera dirigiendo sagazmente los hechos de la vida de Marcia Paula hacia… ¿Hacia dónde?

     Retomó la lectura del libro y, al proseguir husmeando por los entresijos del volumen, encontró, bastante más adelante, otro título que lucía: ‘El Toro y la princesa’. Se trataba de una alusión a la pasión amorosa que la inocente virgen Europa, la hija del rey Agenor, había despertado en el máximo dios del Olimpo, el Supremo Júpiter o Zeus. Sin más, volvió a los anaqueles de su biblioteca y tomó La Metamorfosis de Ovidio; hojeó nerviosamente sus páginas… y finalmente se puso a recitar:
     No bien se reúnen ni moran en un solo sitio/

     la majestad y el amor; la gravedad del cetro dejada,/

     aquel padre y rector de los dioses que con fuegos trisulcos/

     tiene armada la diestra; que con el ceño el orbe sacude,/

     la faz de un toro se viste y, a los novillos mezclado,/

     muge, y en tiernas hierbas hermoso pasea./
     Marcia Paula, ahora sonriente, reflexionó:

     «Tal parece que el poderoso Jove, el padre y rector de los dioses que lleva el arborescente rayo en la diestra y que con su solo ceño sacude al mundo, adolece del muy humano pecado del adulterio. El majestuoso Júpiter, hermano y esposo de Hera, la vengativa y celosa diosa de los bellos brazos, se viene a enamorar de la princesa Europa, como tantas veces lo había hecho con otras mortales. Decide, pues, poseerla, transformándose en un hermoso toro blanco provisto de un par de breves cuernos que ostentan la transparencia de la gema. Y asume entonces una expresión dulce y pacífica para ganar la confianza de la tímida virgen.»

     «¡Dulce y pacífica!», se repitió. Y recordó el «parate» del overo y su extraña y densa mirada.

     La princesa de La Soya echó un buen trago de whisky en su boca para aplacar la aridez que había ganado su garganta y, a continuación, volvió sus ojos a la lectura, para seguir declamando de esta suerte:
     Su color es de nieve a la cual ni los vestigios del duro/

     pie pisaron, ni ha disuelto el Austro lluvioso./

     Músculos yerguen sus cuellos; la papada cuelga a sus hombros;/

     cuernos, en verdad, parvos; mas pudieras jurar que están hechos/

     a mano, y más que una pura gema, son transparentes./

     Amenazas, en su frente, ningunas, ni luz formidable;/

     la paz, su rostro tiene. La de Agenor nacida se admira/

     de que tan hermoso, de que combates ningunos amague;/

     mas aunque suave, temió tocarlo primero./

     Pronto se acercó, y alargó flores a las cándidas bocas./

     Goza el amante y, mientras viene el placer esperado,/

     besos da a las manos; apenas ya, apenas lo restante difiere./
     La princesa no pudo ahora evitar recordar el incidente, cuando pequeña, con aquel bravo toro que furiosamente la persiguió en el corral, mientras Sebastián Toranzo la traía de vuelta del bosquecito.

     «Amenazas, en su frente, ninguna» -repitió con alto tono declamatorio-… ‘La paz, su rostro tiene’… ‘Besos da a sus manos’… Según todo el sentimiento de mi recuerdo de niña, el toro que me persiguió, diría, me trató de idéntica manera, como si fuera una mascota de mi propiedad. Recuerdo muy claramente con qué complacencia recibió la caricia que le prodigué en el testuz.»

     Un impensado escalofrío recorrió su cuerpo. Lo aplacó con un nuevo trago de licor. Luego volvió al análisis de su lectura.

     «Y finalmente -prosiguió- la hija del rey Agenor, sobre las espaldas del transmutado dios y tomada de una de sus manos en un cuerno y depositada la otra sobre el divino lomo, es transportada por el amantísimo toro por sobre las ondas del océano y… termina éste dando satisfacción a su lujurioso anhelo… ¿Cómo?… Mas he aquí, en este segundo caso, que el toro toma la iniciativa y es el propulsor de la unión carnal. ¡Claro que se trata nada menos que del más poderoso de los dioses del Olimpo!»

     Y prestamente se quedó imaginando cómo, por influjo de los divinos poderes, puede una bestia de tal naturaleza tomar conciencia de un acto de amor con una mujer y, desde una visión pragmática, cómo pudo realizarlo. ¿De qué medios se habría valido Dédalo para ejecutar su obra?

     Finalmente, despojándose de las ensoñaciones en que se había sumido, volvió a la realidad y se fue a preparar otro whisky. A continuación abrió nuevamente las compuertas a las turbulentas aguas de su mente:

     «¡Maldita sea mi suerte que hace que el pensamiento del toro me persiga como mi sombra! Cada vez que así ocurre percibo como una dilatación de mi ‘vacío’. Es como si… como si… estuviera efectuando un llamado. Es menester, Marcia Paula, que erradiques definitivamente tales ideas de tu alocada cabeza… O terminarás por enloquecer…

     »¿Cómo habría logrado la vehemente Pasífae introducirse dentro de la bendita vaca?… Para nada debe resultar tarea fácil elaborar el artificio necesario para posibilitar físicamente tan especial apareamiento, ni mucho menos el conseguir meter semejante engaño en los tuétanos del animal.

     »Al fin de cuentas… ¡oh, Marcia Paula!, no te hallas sola en este fatídico síndrome del ‘vacío’ del que eres víctima. ¿Qué dios del mar, del aire, de los campos, de los montes, del sol, de las tinieblas, o del mismísimo Averno me lo habrá insuflado a mí? ¿Por qué me persigue, casi implacablemente, la imagen de aquella enhiesta y descomunal verga taurina? ¿No me dicta a cada instante mi aterrada razón las razones de tamaño desafuero? ¿No tengo acaso más que suficiente con el amor de mi Ramón y con su admirable lampalagua?

     »Será menester, Marcia Paula, que hagas todos los esfuerzos necesarios para eliminar de tu aterida mente aquellas dos exóticas imágenes: la enorme verga de la bestia y la intensa mirada a ti dirigida. Al fin, la magnitud de su miembro no es otra cosa que una manifestación de la naturaleza, y que está acorde con su función y con la complexión de la especie de que se trata. Tú lo ves descomunal sólo porque lo humanizas y crees que…

     »Tú tienes a lampalagua que es, por añadidura, el apreciado apéndice de un bello ser de tu propia especie, el cual está provisto, además, de una pléyade de dones que confieren belleza a su alma. ¿Qué más puedes pedir?…

     »¿Y qué tal si resultaras perdidamente enamorada de… un toro; de lo cual por momentos tienes serios barruntos? ¡Tal como le ocurrió a la esposa del rey de Creta, la profunda Pasífae!… ¡Puaj!… ¡Todos los caminos conducen al infierno!… Dentro de un cuero de vaca: ¡qué ridículo!… Y para colmo, después venir a parir un ser monstruoso, fruto de tal unión… Eran verdaderamente imaginativos estos griegos. Pero en realidad, por tal peligro de embarazo… no hay cuidado… ¡Dios… qué dimensiones las de aquella verga! Es como… un palacio de chocolate: alegra la visión de la escena, pero puede matar de indigestión…»

     Con la policromía de un caleidoscopio pasaban por sus laceradas mientes tan extraños y contradictorios pensamientos que, por momentos, la sumían en el deleite y, en otros instantes, le insuflaban un torrente de pavor… Nuevamente sintió que su garganta ardía. No encontró nada mejor que apagarla con otro trago de whisky…

     Poco después, bajo el narcótico efecto del alcohol, la princesa acabó por sumirse en un sueño, en el mismo sofá en que se hallaba. Sin darse cuenta, los libros que tenía entre sus manos fueron a parar a la silenciosa y mullida alfombra y, en una suerte de disipada duermevela, se le presentó una densa escena onírica.

     Así, se vio en un teatro, sentada en una butaca muy próxima al escenario. Sabía que había allí congregada una gran cantidad de espectadores, pero la presencia de los demás era difusa. Una vieja, ¡muy vieja y contrahecha!, con una fortísima inclinación hacia delante y con todas las apariencias de una bruja medieval, era el único actor que se presentaba en la escena y estaba a la sazón iluminada por un potente halo de luz rosada. El desagradable personaje se apoyaba sobre un arborescente bastón, en tanto que con cascada y antipática voz descerrajaba un monólogo cuyas razones no entendía, o dejaba indolentemente que se escurrieran con toda libertad por la atmósfera del lugar. Entrecortaba su estentórea peroración con risas gélidas y cínicas… La forzada espectadora comprendía que aquel basilisco no podía sino ser un espectro malévolo.

     De repente, aquel actor esperpéntico se dirigió a ella con escasamente contenida furia y en tanto que la increpaba con duras palabras, iba agitando convulsivamente su bastón, que no dejaba de señalarla. Y vio entonces que aquel báculo tomaba la forma de la inmensa verga de un toro, a la que ella observaba con atónita mirada…

     Acto seguido, apareció un segundo halo de luz, blanca esta vez, que iluminó el palco principal del teatro. En él se hallaban dos mujeres de singular belleza: una de aspecto maduro, la otra con todos los signos de la doncellez. Ambas se pusieron de pie y recibieron una fuerte ovación.

     ––Yo soy la profunda reina Pasífae ––exclamó la primera.

     ––Yo me llamo Europa ––dijo la segunda–– y soy la princesa hija del rey Agenor.

     De inmediato retomó la palabra la arpía del escenario y, siempre apuntando con su transmutado bastón a Marcia Paula, vaticinó:

     ––¡Tú, la hija de Aranda y Puig, deberás pronto compartir el palco!… Y te convertirás en cofrade de esas mujeres del bestialismo…

     Entonces la princesa despertó raudamente y se mantuvo aún unos cinco minutos recostada, profundamente impresionada por la naturaleza del sueño. Luego, venciendo alguna dificultad para mantener el equilibro, fue a colocar los libros en el estante de la biblioteca. Mientras se golpeada la cabeza con la palma abierta de la mano en un intento de aventar las brumas del horroroso sueño, se dirigió afuera. Allí se encontró con el capataz que acababa de regresar, sin haber desmontado aún, de su visita a lo de don Zoilo.

     ¡Qué enormes deseos de echarle los brazos al cuello, como lo haría una novia corriente!… ¡Qué hermosa estampa gasta sobre su alazán!…

LA PRIMERA CITA
     Una de esas mañanas de sus comunes paseos por la estancia, se hallaba Marcia Paula profundamente cavilando sus cuitas y necesidades cuando al doblar por la esquina de uno de los potreros descubrió precisamente a la asaz desenvuelta Adelita.

     Llevaba ésta un aparatoso peinado, con el renegrido cabello muy ensortijado, abultado y revuelto, en una suerte de composición que destilaba gran sensualidad. Una parte de sus sedosos mechones caían sobre la rosada faz, en deleitosa armonía con los graciosos hoyuelos de sus mejillas y el brillante fulgor de sus ojos azabaches. Había depositado en sus labios una gruesa película de carmín, ampliando la incitante boca más allá de sus límites naturales y exagerando así la voluptuosidad que de ellos escapaba. Lucía en su talle una ajustada y breve falda y cubría su torso con una blusa muy suelta que, a partir de la punta de sus pechos, caía con la verticalidad de una cortina, cuyo ostensible alejamiento del ombligo ponía harto de relieve la generosa causa que provocaba tan insinuante separación. Total que la apetecible criada venía produciendo, en la medida en que circulaba por veredas, calles y callejas de la estancia, la momentánea parálisis de la tarea de quien la observara pasar, sea hombre o mujer.

     Esta estampa de la criada, rutilante y sensual, mucho molestó a Marcia Paula.

     —Buen día, patroncita, ¡dichosos los ojos que la ven! —saludó la jocunda niña.

     —Hola, Adelita… Por lo que veo hoy te has dedicado a emperifollarte sobremanera ––apuntó la princesa, con voz que olía a tedio.

     La moza se llevó coquetamente la palma de la mano a su cabellera, segura de haber causado una acendrada impresión en la patrona.

     ––¿Vio el peinado que me hice hoy?… Me he lavado con el mejor champú que conseguí en Villa del Buey.

     Marcia Paula rápidamente cambió el tema:

     ––Decime: ¿sabés si a esta hora ya ha llegado don Melitón desde la ciudad? Acordate que lo estamos esperando.

     —No, patroncita… No ha llegado hasta el momento. Y claro que sé que lo estamos esperando. Hace un ratito nomás que le estuve plumereando el escritorio que él usa cuando se llega por acá. Pero no se preocupe que don Melitón estará al llegar. Hortensia se halla preparando unos ñoquis al tuco que es para él exquisito almuerzo. Parece que la negra tiene un arte especial con esa comida. No bien meta el pie en la casa pegará el grito para que yo le cebe mate…

     Marcia Paula frunció el ceño…

     —Bueno, podés dedicarte a tus otras cosas —apuntó—, que esta vez el mate se lo voy a cebar yo; tengo que conversar con él. Hay muchas novedades en la estancia desde la última vez que se llegó por aquí.

     —¡Le juego que no va a poder ser, patroncita! A don Melitón le gusta que le cebe los mates yo… ¡Ya va a ver!

     —¿Ah, sí?… ¿Y se puede saber qué diablos tienen tus mates? ¿O creés que yo no sé cebarlos tal como a él le gustan? —replicó Marcia Paula, algo picada por la imprevista afectación de la niña.

     —No… es que… don Melitón se muestra muy a gusto cuando yo le cebo los mates… —se despachó, muy desenvuelta, la quinceañera—. Ya en varias ocasiones me ha elegido especialmente a mí en lugar de las otras criadas: ni la Tatiana, ni la Luciana… Él es muy tierno conmigo y se ha aficionado a que le cebe yo los mates. ¿No lo ha notado Ud. acaso?

     Ahora la patrona comenzó a maliciar dónde se hallaría el meollo de aquella cuestión, pues ya había descubierto síntomas afectuosos en las miradas que últimamente su padre dirigía a la mocosa. Y algo le empezó a musitar que el «look» que presentaba la criada estaba emparentado con la visita de su padre.

     ––¡Claro que no había notado tal cosa! ––Respondió, fastidiada–– ¿Y me podrías decir qué clase de afición te muestra don Melitón?

     ––Bueno, a él le gusta… tocarme.

     La princesa, ahora bastante más irritada, se mordió los labios y guardó un rato de silencio; luego inquirió:

     —¿Ajá?… ¿Y se puede saber dónde te toca?

     —Siempre me dice que estoy «lindaza»… Me aprieta los cachetes y los muslos… También me da chirlitos y pellizconcitos en la cola…

     Marcia Paula tragó saliva.

     —¡Está claro! Seguramente que después de tales masajes has de encontrar los glúteos suficientemente relajados como para sentarte a descansar cómodamente.

     No por inocente la criada dejó pasar la pulla de su patrona; por el contrario, con connotaciones socarronas, prosiguió:

     —Muchas veces se le ocurre a don Melitón «pesarme» las tetas; en los últimos tiempos es lo que más hace. Entonces siempre repite lo mismo: «¡Qué ubre magnífica para hacer la felicidad de nuestros mamones!… »

     —¿Ah, sí?… ¡Conque tenemos ahora que don Melitón se nos viene a aficionar a los pesos y medidas!… ¿Qué es eso de «pesar» las tetas?… ¿Qué clase de balanza usa?…

     —Pues, está claro: ¡las manos!, niña… ¡las manos!… Sencillamente que me pone sus manos por debajo de las tetas, las levanta y luego, mirando pensativo al cielo, consulta con vaya a saber qué balanza que dice que tiene en su interior y a continuación canta el peso que tienen.

     Marcia Paula contempló nuevamente las insinuantes puntas frontales de su criada… El tono bermellón ya se había enseñoreado casi totalmente de su rostro, mas trataba de contenerse. Así, prosiguió:

     —¿Y qué peso suele encontrar para tus tetas? Me imagino que, dada la frecuencia de esas operaciones, no debe variar mucho de una ocasión a otra, por lo que seguramente no es indispensable tanta reiteración del pesaje.

     —¡Qué sé yo!, amita. Lo único que le puedo decir es que… ¡el patrón es tan «jodón»!… Se le ocurre decir cualquier cosa: «Hay aquí varios kilos… Alcanza para amamantar a un parvulario»… y cosas por el estilo.

     —¡Vaya original manera de sopesar ubres y de sacar especiosas conclusiones! ––susurró entre dientes la patrona. Luego, autoritaria, espetó a la criada––: Pero, por lo que veo, tampoco vos mostrás remilgos a la hora en que deberías escurrir el bulto. ¿Nunca fuiste capaz de arisquear un poco tu humanidad a la mano traviesa?

     —Niña: ¡recuerde que se trata nada menos que del patrón de la estancia!…

     Marcia Paula observó una vez más los voluminosos pechos de su criada, que, debajo de la blusa y desde siempre, dejaban adivinar su total soltura, y quiso indagar acerca de la etapa a la que arribaría la singular operatoria paterna.

     ––Decime, ¿te toma el peso por encima de la blusa, o…?

     ––Al principio sí. Pero ya en las dos últimas veces me hizo desabrochar la blusa y… «A ver, mocosita -me dijo- sacá las ubres afuera que con esa tela de por medio no puedo trabajar con precisión». Entonces se puso detrás de mí y me calzó las tetas con sus manos y se puso a levantarlas que era un contento.

     ––¿Y vos no le dijiste nada?… ¡Desvergonzada!

     ––¡Amita, por favor! No me trate así… ¿Cómo defraudar de tal forma al patroncito de «LaSoya»?

     ––Bueno, bueno… ¡Está bien!… ––replicó Marcia Paula.

     Entonces estuvo a un tris de preguntar a la Adelita si las tales manipulaciones de sus aguerridos senos no habían pasado a mayores… Pero, considerando ya la inconveniencia de seguir adelante y ante el resquemor de ahondar aún más la indignación que la poseía, optó por poner punto final a aquella conversación. Empero, reflexionó: «¡Lo único que faltaba!… ¡Viejo verde de mierda!… Se ve que con mi copetuda madrastra, que va ya camino a la posesión de la majestad del pergamino, no le alcanza.»

     Estos molestos pensamientos introdujeron en ella una gran melancolía. Mientras así cavilaba, impensadamente se halló frente a un potrero con animales y se apoyó sobre el cerco. Y allí, ¡oh caramba!, precisamente, estaba el toro overo… y tan próximo al cerco, que se hallaba al alcance de la mano. El animal rumiaba en medio de la más apacible calma, con esa típica languidez vacuna que se presenta como rayana en la estulticia… Casi se diría que ni notó la compañía de la patrona, o que lo tomó con bovina naturalidad.

     Ella lo tocó por su costado, primero con la punta de los dedos dando al grueso pellejo unas cuantas rastrilladas. Sin inmutarse mayormente, el animal se limitó a efectuar un ligero sacudón de la piel en la zona del contacto con las uñas… y siguió rumiando con la mayor tranquilidad.

     Luego, con la palma de la mano, comenzó a acariciarlo suavemente, lo que pareció ser del agrado de la bestia, puesto que la llevó a recostarse contra la cerca.

     Marcia Paula no tuvo dudas de la aceptación de las caricias y se comenzó a instalar en ella la seguridad de que haría buenas migas con el animal.

     Sin dejar de masticar y ya rascándose contra el cerco en evidente actitud de satisfacción, el toro volteó su enorme cabeza y se puso a contemplar a la princesa que no cesaba de pasarle su mano, ahora por el lomo. Ella recordó la circunstancia del apareamiento, cuando el toro la miró de manera extraña; sólo que ahora proseguía rumiando indolentemente y su mirada era del tipo bobo.

     Luego, se animó a pasar adelante y comenzó a acariciarle la testa… En consonancia, oyó al toro emitir armoniosos y suaves bufidos de satisfacción…

     Como instigada por un sortilegio que ardía en lo recóndito de su ser, la patrona le empezó a hablar:

     —Parece ser, overito, que te agrada la caricia de tu dueña. En realidad no eres tan bravo ni arisco como te hace todo el mundo… Por el contrario, eres un verdadero mimoso… No sé por qué causa te has instalado en mí… Y ahora te comportas de una manera asaz complaciente… Tanto, que has conquistado mi cariño… Siempre estás en mi camino, ya en imagen, ya en presencia física, como en este caso.

     Saltó audazmente el cerco y se puso al lado mismo del toro y, en tanto que no cesaba de acariciarlo, le hablaba con extrema dulzura.

     ––Dime, «Mimoso», ¿qué te llevó, mientras te revolvías en el inicio de tu apareamiento la vez pasada, a frenar tan en seco tu desordenada furia?… ¿Qué potencia insondable determinó que te fijaras en mí y me contemplaras como pasmado por unos instantes?… Quisiera descifrar los códigos de tu cargada mirada.

     »¿Sabes?: mientras era niña uno de tus congéneres me persiguió con la mayor destemplanza y yo caí al piso. Él me olisqueó y, ¡caso prodigioso!, en contados segundos se convirtió en mi amigo y comenzó a acariciarme como él podía hacerlo: con su húmedo hocico refregando sutilmente mi cuerpo. ¿Tuve, acaso, el don de transmutar su bravura en ternura? ¿No está ocurriendo otro tanto contigo?…

     La bestia le aproximó el corpachón y comenzó a restregarse cariñosamente contra ella, al par que extendiendo su cabeza emitía suaves berridos de satisfacción. Pese a que, para sus parámetros de corpulencia y de conducta, era palmario que lo frotaba con sutileza, no dejaba de percibirlo como grotescos aunque afectuosos empujones el grácil cuerpo de la patrona.

     Y tanta era la confianza que ella había ganado que en ningún momento sintió miedo a que la bestia se vuelva agresiva.

     —He aquí, Mimoso, que según estoy viendo vamos a convertirnos en amigos… Grandes amigos… Así como vi gran amistad entre Hebe y Sultán y la Lucinda y El taba.

     Luego volvió a saltar el cerco y reanudó su marcha en dirección a las casas. Al poco trecho se detuvo y giró su cabeza hacia atrás para volver a despedirse de su nuevo amigo. El toro ya no rumiaba, no hacía sino contemplarla como arrobado, y ella tuvo la sensación de que había un dejo de melancolía en la expresión de la bestia.

     Depositó, sonriente y escénica, un beso en la ahuecada palma de la mano y lo sopló en dirección a ella.

     Con extraño sincronismo el animal emitió un suave mugido y, abandonando su estática posición, dio una vuelta con corcovos alrededor de sí mismo… Luego volvió a su rutinaria tarea de masticar.

     Marcia Paula reinició la marcha hacia el casco y finalmente, sin darse cuenta, remató así en su magín:

     «¡Ah, reina, reina! ¿Cómo te habrías arreglado para inducir a un toro a que te ame envolviéndote en un cuero de vaca? ¿Acaso sería ello posible? No digo resistir el desaforado volumen del miembro del toro (sintió un escalofriante regusto al pensar en ello), porque quizá eso se pueda dosificar adecuadamente; mas lo que resulta muy difícil de imaginar es el artificio al que hay que recurrir para ajustar tan disímiles conformaciones corporales, y mantener engañado al animal… Después de todo, estoy segura, el ancho de su miembro no es problema… No lo fue el de El Taba para la Lucinda, según lo vieron mis propios ojos… Y la cantidad de él a introducir se puede controlar: la cuestión es buscar la forma de arrimarse o separarse, según convenga… y ¡allí sí que no habría ‘vacío’ que no se pueda colmar!…»

     Se encontraba voluptuosamente sumida en estos pensamientos cuando vino a caer en la cuenta de que otra vez la toruna escena se había presentado en su tablado. Claro que esta vez…

     «Ese overo, ese toro, Mimoso, ¡oh, demonios, cómo vino a cruzarse en mi camino!… Parecía complacido ante mis caricias. Y yo…»

     Todo lo cual fue motivo para que comenzara a reprocharse denodadamente y tratara de nuevo de arrojar por la borda tales ideas, tan descabelladas cuan voluptuosas… Mas, serios barruntos asolaban su ser.

EL CABALLO DE LA INSINUACIÓN
     Poco después Marcia Paula se encontró en preparativos para ir de compras en compañía de Hortensia a Villa del Buey, el pueblo próximo a la estancia. Subieron ambas al vehículo «cuatro por cuatro» y poco después la patrona entraba en el almacén de ramos generales del vasco don Francisco Goycoechea, a quien todos conocían como don Pancho y también, según es usual por estas latitudes al referirse a todo nacido en la Madre Patria, como «el gallego».

     A la entrada del enorme local le llamó poderosamente la atención la presencia de un cuerpo de escultura representando un formidable caballo percherón. Nunca antes lo había visto. Se trataba de una magistral artesanía en escala natural, sobre la que el comerciante había colocado, en exhibición, diversos arneses para la venta. Aparecía ante la sensible mirada como una verdadera maravilla de sutil arte campero que, a no ser por la inmovilidad, se había de tomar por un ejemplar de caballo absolutamente real. Y allí se encontraba precisamente la belleza que emanaba de tal obra: la inefable sensación de vida que ponía en el espíritu del observador.

     Marcia Paula, en extremo deslumbrada, se detuvo unos instantes y le golpeó con sus nudillos, para venir así a comprobar que la pieza era simplemente un muy bien logrado armazón de madera, recubierto por la piel del caballo que representaba, excelentemente curtida. Sus ojos de vidrio parecían realmente naturales y en cuanto a sus crines, lo eran realmente; todos sus detalles hacían sentir la exquisitez y escrupulosidad de las apreciaciones morfológicas que sobre ellos había derramado el artista… Total que el conjunto ofrecía una notable sensación de verosimilitud de vida y era, a no dudarlo, una obra maestra de taxidermia.

     —Parece que a la preciosa moza de La Soya le interesa esa belleza —exclamó desde el interior, elevando su ibérica voz, un sonriente y amable Don Pancho, que desde largos minutos aguardaba el ingreso de la princesa a su negocio. Al hombre ya se le habían iluminado los ojillos, pues se trataba nada menos que de uno de los más importantes clientes de la casa.

     —¡Es realmente maravilloso este caballo!; destila vida por todos lados —repuso ella––. ¿Quién es el genio que se muestra detrás de tan bella obra?

     —¿Vio?… Pareciera que le falta sólo poder moverse y relinchar. Me costó mis buenos pesos, pero no es que el artista que lo hizo sea muy exquisito para cobrar, sino que realmente es una obra muy trabajosa. Y él es tan dedicado a su arte, que no trabaja si no lo hace con la perfección de los teutones. Éste que ve, niña Marcia, está hecho de tablillas de madera pero, según me lo dijo don Otto -que es su artífice-, ya está reemplazando ese material por el plástico duro, con lo que piensa llegar a formas más perfectas.

     —¿Cómo dice usted, don Pancho, que se llama ese artista?

     —Otto Friedrich Salinger. Por acá le decimos, como no podía ser de otra manera, «el alemán». Como todos estos germanos es muy parco de boca; al revés que nosotros, los «gallegos». Tampoco vive en el pueblo, sino en un paraje bastante metido en los campos, para el lado del este. Allí tiene su residencia, su chacra, su taller, su depósito y todo aquello que necesita para su vida y su labor. Allí da rienda suelta a sus chifladuras. En realidad no se gana la vida con estos trabajos; las malas lenguas dicen que recibe una muy buena pensión de su país de origen; lo cual, parece ser que está emparentado con su ascendencia directa a un gran oficial de la armada alemana de la última guerra; quiero decir, lisa y llanamente, que su padre fue importante oficial de los nazis. Fue sobreviviente de la ‘Batalla del Río de la Plata’ y resultó ser uno de los internados en la Argentina.

     »Pero volviendo al caballo, debo aclararle, niña, que esa maravillosa pieza está hecha con listones de madera de las dimensiones adecuadas y retorcidos convenientemente para disponerlos a la forma que se necesite dar según su ubicación; y el trabajo del cuero es una obra maestra de un taxidermista de gran nivel, como lo es nuestro lacónico amigo Otto. A mí me gusta decir que se trata de una réplica del Caballo de Troya… De hecho, pienso bautizarlo como el Caballo de Troya de Villa del Buey.

     —¿Caballo de Troya? —replicó, sorprendida, la princesa— ¿Qué sabe Ud., Don Pancho, del Caballo de Troya?

     —¡Ah, querida señora Aranda y Puig! Sé que el primitivo Caballo de Troya era una construcción de madera de los griegos que sitiaban la ciudad de Troya. Por supuesto que era enorme pues, según dicen, alojó muchos soldados en su vientre. Pretendía ofrecer engañosamente un emblemático reconocimiento al coraje con que Troya se había defendido del sitio y venía a insinuar la intención del sitiador de abandonar la contienda. En realidad, no era más que una gran estratagema que le costó muy caro a la ciudad sitiada. No creo que tuviera la sutileza del que está en mi entrada.

     »Mas digo que tienen un parecido… y es sólo por el hecho de tener ambos la panza vacía.

     Y lanzó don Pancho una sonora carcajada en la seguridad de haber logrado un chiste de buen calibre. La princesa contenía en sí una muy escasa cuota de humor, ya que había quedado muy impresionada y pensativa acerca de aquella escultura; así que siguió a don Pancho en la hilaridad con el fingimiento estrictamente necesario a que obliga la cortesía. Y luego le entregó un pedido que llevaba por escrito, una larga lista de artículos, productos y enseres, y le solicitó que preparara tal recado para el día siguiente en que mandaría una camioneta para su retiro.

     «El gallego» leyó ávidamente la lista para fijar con una ojeada veterana el monto de la operación.

     Luego ella se despidió del comerciante y, al llegar a la salida, se detuvo nuevamente frente al caballo. Pasó su mano por el lomo, entrelazó las crines entre sus dedos y aplicó nuevamente dos golpecitos con sus nudillos. Se puso a mirarlo por los cuatro costados y luego determinó escrutarlo por debajo. Después de dar varias vueltas alrededor de aquella escultura, se dijo:

     «¡Con la panza vacía!… ¡Caballo de Troya!… ¿Por qué no… Vacuno de Soya?»

     Sintió de inmediato un voluptuoso flujo que como un chorro de miel fluía por su columna vertebral.

     «¡Claro, claro! -se repitió-… ¡Es una idea subyugante!… ¡Es una verdadera iluminación!… ¡Don Otto!: es obvio que he encontrado mi Dédalo…»

     Y se quedó como aturdida contemplando aquella pieza hasta que, pocos minutos después, vino a su encuentro la mulata Hortensia que había quedado en otro negocio para adquirir vituallas de despensa. Con sus ojos muy abiertos, que mostraban ese agradable contraste entre el azabache de sus pupilas y el níveo resplandor del resto de sus globos, dijo la criada:

     ––¿Vio, patroncita, qué cosa más real?…

     ––En efecto… Vámonos ahora, negrita.

     La princesa permaneció pensativa mientras conducía la camioneta de regreso a la estancia, en tanto que la mulata hablaba hasta por los poros.

     «¡Un vacuno! -reflexionaba-. Un robusto vacuno… ¡Un Vacuno de Soya!… Un vacuno como emblema de nuestro establecimiento y… ¡con el vientre vacío! Al igual que el Caballo de Troya… Con la entraña vacía, pero portadora del poder… ¡Qué magnífico apoyo me viene a presentar esta contingencia!… ¡Oh, en verdad que se trata del caballo de la insinuación!… Más, ¡diría que es el caballo de la iluminación!…»

FRENTE A FRENTE
     Era el atardecer de una brillante jornada, varios días después de una nefasta noche de amor insatisfecho con su amante Ramón, en que ella volvió a sentir su maldito «vacío». Fue el día del quicio de los amores de Marcia Paula con su capataz.

     Y era un magnífico atardecer, típico de las majestuosas pampas argentinas. El Sol se estaba llamando a retreta. Ningún espectáculo, como la puesta en la Pampa, puede compararse a la belleza de la inmersión del Foco del Mundo en el anchuroso océano del cosmos… habida cuenta de la inmensa horizontalidad del prado.

     El disco del Astro, de rosácea enormidad y menguada incandescencia, luego de tocar tangencialmente a la infinita línea del horizonte, comenzaba a verse tronchado por su polo inferior… Instantes después, las fauces etéreas de aquella insondable rectitud, habían devorado ya un segmento de su círculo.

     Salvaje horizonte pampero de rectitud perfecta e infinita. Tan impresionante como la del océano, se vislumbra como la línea que se genera por la intersección de aquella planísima y verde llanura con el azul manto del cielo… Rectitud inmaculada, que parece configurar el diseño del lejano pliegue con que el firmamento, que se aleja por sobre nuestras cabezas hacia el Poniente, es devuelto a nuestros pies en un plano de puro verdor y frescor de Pampa.

     Desde su apabullante inmensidad, la majestuosa Luminaria de la Vida iba entonces derramando por sus alrededores una rosada aura de bellos y caprichosos efluvios.

     Y así, en tanto que los apolíneos y rubicundos rayos herían alguna que otra ambigua nube, perezosa y dispersa, parecía poner un toque de arrobadora policromía en los dominios del señorial dorado de aquel paradisíaco atardecer.

     No existe, en verdad, espectáculo de mayor esplendor y exuberancia por estos escasos rincones del hemisferio sur del planeta, que la escena en que el inefable heraldo llama a las ceremonias del diario descanso del Astro Rey.

     Vete ya, a reposar… ¡oh, munificente Apolo!…, que por la opuesta banda del Levante será también presto llegada la hora del bostezo de la Pampa, cuando vibren los viscosos clamores de las trompas del nuevo rosicler…
     Ya el paisanaje y peonada de la Estancia La Soya se hallaban aquietados en sus casas y una densa y reposada calma se esparcía por campos y potreros. La Pampa se había llamado a silencio. Decenas de pequeñas columnas de humo, portadoras del apetitoso aroma y del crepitante son del churrasco, se elevaban, danzarinas, en torno de las casas. Sonaban guitarras y charangos mezclados a voces, casi siempre melodiosas… por momentos alcoholizadas.

     En tal circunstancia, una grácil y escurridiza figura femenina se desplazaba próxima a uno de los corrales… con la elegancia y flexibilidad de una gacela, con el sigilo de una pantera y con el ansia que sólo la voracidad es capaz de poner en el ánimo.

     Caminaba con la mirada fija, sin abandonar su aire cauteloso, y lanzando a veces una mirada perdida en lontananza sobre la infinitud de la fugaz llanura. Su paso era elástico, lento y maquinal, pero firme. Parecía, por momentos, que nada de lo que le rodease tuviera importancia. Pero todo en ella denotaba resolución, intrepidez, temeridad. Marcia Paula, que de ella se trataba, enfundada en su sencillo conjunto jean de pantalón y chaqueta, se deslizó por la parte inferior del cerco e ingresó a un pequeño corral en el que se hallaban varios animales vacunos, entre ellos, el que andaba buscando.

     ¡Oh, caramba!… ¡Qué extraña coincidencia!: el mismo corral que más de veinte años atrás fuera teatro del incidente con un fiero toro que la persiguió por un buen trecho… y con el cual acabó haciendo amistad…

     Ahora se encontró con aquel overo que, poco tiempo atrás, había visto aparearse y cuya deleitosa imagen tanto la había perseguido. En un principio la bestia mostró los clásicos signos del nerviosismo de su estirpe bravía ante lo que aparecía como una invasión de su territorio, se agitó en algunas vueltas alrededor de sí mismo y, dando pruebas de su natural vehemencia, fustigó el suelo con varias patadas. Plantada imperturbable frente a él, con la firmeza de un audaz coloso, la princesa susurró:

     —Mimoso, ¿acaso no me conoces?… ¿No recuerdas que hemos hecho un pacto de amistad?…

     Como por arte de encantamiento la movediza bestia se aquietó y quedó como pasmada. Lanzó una profunda mirada a quien se había colocado frente a ella, reiterando, casi en todos sus detalles, la increíble conducta inquisitoria de la anterior ocasión del apareamiento… y se fue aproximando mansamente a su dueña.

     A la princesa no le cupo duda de la reiteración de esa singular mirada y creyó ver que ella poseía algún sesgo sobrenatural.

     Se colocó a un costado de su enorme cuerpo, próxima a la cabeza, comenzó a acariciarle la robusta cerviz y luego, acercándose a su oreja, le siguió así hablando:

     —No sabes, querido amigo, cuánto tengo que sufrir… No he podido borrarte de mi mente y de mi pasión desde que te vi montar sobre aquella vaca. No he logrado destruir la imagen de tu preciosa verga, cuya visión forma parte de los sueños de mis noches y de la satisfacción de mis más preciados anhelos. Es mi conclusión que sólo ella será capaz de colmar mi «vacío». Este maldito «vacío» que está en permanente ampliación y que no sé dónde ha de acabar. Cuando encontré a Ramón me regocijé ante lo que creí que era el fin de mis cuitas. Pero no fue así: su bien conformada y robusta lampalagua ya no alcanza a refrigerar el ardor de este infierno mío y, tengo para mí, que dentro de la varonil estirpe ha de haber muy escasa ocasión de hallar otra igual. Ahora te toca el turno a ti, mi gentil Mimoso, para que acudas en ayuda de tu ama. Nos separa, no tanto las dimensiones de nuestros conjugados instrumentos de amor, cuanto la formidable muralla de las especies. Nuestras conformaciones no se avienen con el motivo de mis desvelos. Es como el ansia del sapo de convertirse en buey. Es como la inútil apetencia venusiana del eunuco. Tú tienes un peso varias veces mayor que el mío, pero el fabuloso anhelo que me posee y la frondosa pasión que a ti me empuja, han acuciado suficientemente los intríngulis de mi mente para que, mediante la industria de mi parte y un poco de paciencia por la tuya, logremos unirnos en un acto de amor. Creo haber hallado al redivivo Dédalo que construirá para ti una hermosa y coqueta vaquita, en la que podrás entrar huroneando sus entrañas como lo hiciste con aquélla de la vez pasada. Y yo, mi colosal Mimoso, ¡te estaré esperando!…

     Mimoso se había quedado muy quieto y en una actitud tal que parecía entender las palabras de Marcia Paula. Realizaba suaves y rítmicos movimientos con su cabeza, hacia arriba y hacia abajo, que mostraban bien a las claras el gusto que recibía de las caricias de aquellas delicadas manos, y que, por añadidura, hacía pensar que estaba dando una enfática señal de afirmación a las palabras de la patrona.

     Ella sintió como que la comunicación de ese algo inefable, que es el ánima de toda cosa viva, quedaba establecida con el enorme animal. Como tocada por un impulso incontenible, se arrodilló a continuación a la vera del toro y vio que estaba soltando parte de su miembro copulador. Arrebatada por el mismo tipo de éxtasis que había experimentado ante su primitiva visión, puso su mano sobre aquel aparato y comenzó a acariciar la zona genital del majestuoso toro; el órgano emergió entonces, en toda su plenitud. Marcia Paula estaba repitiendo las acciones que vio realizar a Lucinda Fonseca con El Taba, el ruano de su establo.

     —¡Ah, tú, «lampalagua» colosal!… Eres quien habrá de doblegar al maldito enemigo de mi «vacío». Eres enorme y por momentos me llenas de zozobra… de voluptuosa zozobra. Mas lo que dictan mis instintos es que habrás de prodigarme un acto pleno de amor… ¡Oh, tú, magnífica amiga!… ¡Te has dignado ponerte de manifiesto ante mis ojos a instancias de mis anhelos y de mis caricias!… ¡No puedo sino pensar que ello es espléndido augurio de lo que será!… ¡Qué enorme eres!… Te siento ya en el hervor de mis entrañas y sé perfectamente que no sólo he de poder contigo, sino que serás una fuente irradiadora de dicha insuperable.

     En medio de éstos pensamientos, dictados por las furias de la incontenible pasión de que estaba poseída, tomó con ambas manos a aquel miembro, lo atrajo hacia sí, y comenzó a besarlo con gran exaltación. En consonancia, el toro alzó suavemente su cabeza y emitió un par de tenues bufidos de satisfacción, dejando en el ánimo de Marcia Paula pocas dudas de la gustosa recepción que prodigaba a tan sentidas caricias. Se mantenía inmóvil y, por momentos, agitaba suavemente su testa hacia arriba y hacia abajo mientras proseguía con sus musicales bufidos de gusto. Parecería que Mimoso aspiraba el decodificado aroma de la perfumada flor del amor. Así lo entendía, al menos, la pasión de esta moderna y rediviva versión de Pasífae.

     Luego, Marcia Paula se levantó y se colocó exactamente frente a la testa del animal y, sin dejar de acariciar su cerviz, prosiguió hablándole con dulcísimo tono:

     ––Te diré, querido Mimoso, que por momentos me embarga la convicción de que eres Zeus… ¡Sí, efectivamente!… Creo que eres el supremo dios del Olimpo y que has ordenado poner en mí, tu princesa Europa de la Argentina, este deseo incontrolado, porque tú también te hallas apasionado. ¿Qué otra cosa he de pensar a partir de tu calma tierna, de tus miradas profundas, del regocijo que mis caricias te procuran, y de todos esos signos que ante mí has mostrado?…

     Ante la seráfica quietud del toro recordó los versos de Ovidio:

     ––Amenazas, en su frente, ningunas, ni luz formidable;/ la paz, su rostro tiene.

     En tanto que así susurraba, la princesa continuaba depositando repetidamente sus labios entre los peligrosos cuernos y, en determinado momento, notó que el toro, bajando la temible cabeza, empezó a olfatear con fruición su zona de entrepiernas. Lo tomó ahora de las astas como de un manubrio.

     —¡Así está bien!, amigo mío… ¡Así está bien! —musitó, arrobada— Así como yo te conozco a ti, es importante que tú me conozcas a mí. ¡Huele!…¡Huele el aroma de la hembra!… Así, Mimoso, las cosas van a ir mejor…

     »Goza el amante y, mientras viene el placer esperado,/ besos da a las manos; apenas ya, apenas lo restante difiere/…

     »Pero tú, ¡oh amoroso Zeus!, besos estás dando, que no a las manos sino al propio sexo de tu Europa…

     Sintió que la bestia resoplaba entre sus piernas y, en medio de su exacerbada imaginación se creyó muy próxima a un orgasmo.

     Ya la noche había entrado a apretar en toda su espesura, cuando la ambigua y extraña mezcla de humano y bovino, en que por entonces parecía haberse convertido Marcia Paula, se despidió de su nuevo y eminente amigo.

     —Adiós, Mimoso… hora es ya que parta. Nos volveremos a ver.

     Allí, en su hipersensibilizada imaginación, creyó percibir que, ante la despedida, el toro daba síntomas de tristeza… Y nuevamente sintió que la hería su penetrante y misteriosa mirada.

     Con la piel erizada por la voluptuosa sensación de lo prohibido, quedó Marcia Paula harto convencida de que acababa de sellar un pacto de amor con el singular overo; y a partir de este momento no tuvo dudas de que sus anhelos habrían de encontrar la consiguiente satisfacción. Concentró su imaginación en tal objetivo y descontó toda objeción.

     «Sé que lo habremos de conseguir -pensaba mientras marchaba hacia el casco-. Ya no me cabe la menor duda: si soy Pasífae, él es la divina ofrenda de Neptuno; si soy Europa, él es la configuración del mismo Zeus. Acabamos de refrendar un exótico pacto… Pero es obvio que alguien deberá ayudarme: ¿quién sino el mismo Ramón?»

     Y en su sigiloso regreso a la mansión, no dejó de percibir la lejana algarabía que las voces de las casas ponían en el aire, fruto indudable de la avanzada churrasqueada, generosamente regada con el elixir de la vid.

INICIO DEL PROYECTO
     Durante largos días, después de la noche del quicio de sus amores, no se vieron los amantes de esta increíble historia. Parecía que cada una de las partes actuaba tratando de evitar a la otra, en una suerte de paradójica, tácita y común determinación.

     Marcia Paula, acuciada por las incontrolables furias de la pasión que le embargaba y que, según estaba a la vista, ya se había declarado sin ambages, se hallaba enfrascada, con enfermiza fruición, en la tarea de imaginar y diseñar, primero en el pensamiento y luego a través de bocetos y croquis, lo que sería la obra cumbre de una figura escultórica y que quedaría para la antología de la Estancia La Soya: encomendaría al maestro alemán, Otto Friedrich Salinger, concebir y ejecutar una pieza parecida a la que observara en lo de don Pancho, pero en la figura de una robusta y sensual vaca, cuyo vientre se encargaría de contenerla a ella en la disposición adecuada para poder copular con su Mimoso. La conspicua potencia de tan recalcitrante obsesión, le prestaba poderosas alas para llegar a la firme convicción de que tal empresa sería del todo posible.

     «Si el Caballo de Troya -pensaba- pudo engañar a los habitantes de Ilión, es obvio que mi Vacuno de Soya pueda hacerlo satisfactoriamente con Mimoso. Aunque debe desconfiarse más de los ancestrales instintos del animal, que de la estúpida y orgullosa predisposición de aquellos hombres que, defendiendo su bastión, creyeron, en vista del legado del enemigo, haber ganado una guerra.

     »No está precisamente en la intención de la Naturaleza el permitir el acoplamiento de especies diferentes, siendo ésta, al parecer, una de sus leyes más inflexibles, aunque casos se conocen. Será menester pues recurrir al arte o industria, que es la manera en que la inteligencia del hombre ha logrado vencer en muchas ocasiones los férreos dictados de aquélla: tampoco figuraba entre sus leyes elementales el que el hombre pudiera volar; sin embargo…

     »Por otra parte albergo la absoluta convicción de contar con la complacencia de Mimoso, el marido al que será necesario engañar y de cuyos embates, furia y entusiasmo será menester cuidarse muy bien. Pero estoy segura de que es posible conseguirlo.

     »Pero ahora urge algo más importante: convencer a Ramón para que consienta en ayudarme a lograr el propósito… ¿Cómo hacerlo?… En fin, hablaré con él.»

     —Te estaba extrañando, malvado —dijo en tono sumamente cariñoso, una vez que lo tuvo a su lado— Vení, tengo algunos lindos bocados para recrear nuestros estómagos.

     Después, ella se sirvió una medida de Whisky y ofreció una gaseosa cola a su cuasi abstemio capataz. Dijo entonces:

     —Yo sé muy bien, mi querido Ramón, que la última vez que estuvimos juntos las cosas no fueron del todo como eran de desear y que, presa de gran nerviosismo, no me he comportado con vos. Con toda humildad te pido que sepas perdonarme. Pero es que hay algo que vos no podés ignorar, que es superior a mis propias fuerzas, y que me lleva de vez en cuando a esos dislates. Quizá pensés que lo único que quiero de vos es a tu lampalagua; pero sin negarte el aprecio que le tengo a ella, eso es sólo parte de la verdad. Y la verdad es que te has convertido en una importante y nutritiva raíz de mi vida, no sólo por los invalorables servicios de lampalagua, sino fundamentalmente por tu hombría de bien, por la maravillosa lealtad que sabés prestar a quien está a tu lado y, por lo que presumo, a todo cuanto te rodea en la vida.

     —No ha de ser para tanto, niñita, —replicó el capataz, candorosamente turbado—. Usted sabe que la quiero y que, como ya le prometí, haría cualquier cosa por mitigar el mínimo sufrimiento que tenga o pueda tener.

     Marcia Paula se abrazó fuertemente al recio pecho de Ramón y en medio de sentidos suspiros le comenzó a acariciar muy tiernamente. Cuando vio que un par de lagrimones emergían de los preciosos ojos, el maleable corazón del capataz quedó casi achicharrado. Luego murmuró:

     ––¡No sufra, niña!… Yo estoy a su lado y le ayudaré en cuanto me sea posible.

     Con estas palabras, pronunciadas con especial énfasis y sabiamente recalcadas, el sagaz Ramón le estaba dando pie para que Marcia Paula entrara en confianza y terminara por explicitar aquello que él ya conocía a la perfección, a través de los servicios de la curandera Ña Flora. Después de todo, entendía las dificultades por las que ella pasaba para comunicarle sus tan particulares vivencias.

     ––¡Ay, Ramoncito!… Desde hace un tiempo se ha incrustado en mi pecho un anhelo que puede aparecer como descomunal. Hay una idea fija que ronda mi mente y que me ha sido insuflada por no sé que desgraciado destino… Y hasta que no intente obedecer sus dictados no habrá paz en mí. Pero, a decir verdad, me avergüenza profundamente el hacerte participar de tales ansias… Mas, ¿a quién sino a vos, puedo pedir la ayuda que necesito?… A vos, precisamente, que ya te hallás al tanto en parte de mis cuitas.

     ––¿Se refiere, amita, a lo de la otra vez? ¿Acaso al hecho de que quedó Ud. insatisfecha de…?

     ––Así es, mi Ramón… El caso es que yo… —susurró mirando al piso con la mejilla aún pegada al pecho del capataz— yo creo que para apaciguar y llenar mi «vacío» interior, necesito… este… me refiero a que me parece… que debiera probar de aparearme con un toro… ¡Creéme, por Dios, mi amor!… ¡Es algo que me viene de afuera… que es superior a mis fuerzas, a mi voluntad y a mi inteligencia!… ¡Es un algo inescrutable e irrefrenable!…

     Y cuando hubo vomitado tan embarazosa confesión, tomó algo de distancia de él y le miró profundamente a los ojos esperando en vano las manifestaciones de espanto de Ramón y el rasgado de sus vestiduras. Pero tal no aconteció, lo cual, pese a que contaba con la prudencia y templanza con que él tomaba todas las cosas de la vida, no dejó de llamarle la atención. Por su parte, el fiel capataz también se había dispuesto esconder el conocimiento previo que acopiaba del asunto, para no afligirla más, y habiendo tomado conciencia de la extrañeza de la princesa por su tibia reacción ante la noticia que le daba, resolvió fingir un tanto de sorpresa en la emergencia.

     ––¡Niña!… ¿Me puede repetir lo que ha dicho?

     ––Sí, que siento la imperiosa necesidad de aparearme con un toro…

     —¿Pero cómo es eso, niñita?… ¿Cómo puede albergar en su pensamiento tan extraña idea? ¡Usted y el bruto son dos cosas totalmente diferentes, patroncita!… ¿Cómo hará usted, delicada criatura de la especie humana, para enfrentarse con esa masa de músculos dotada de gran fuerza y, para colmo, de bravura? Pero, mi hermosa amita, ¿no le va a destrozar todo el vientre, caso que pudiese concretarse tal despropósito?

     —No, Ramón, no… vos por ahora no entendés. En primer lugar te recuerdo que, según lo dice el poeta mayor de nuestras pampas, el delicado hombre es el único animal que llora, pero es el que se los come a todos. Luego te hago saber que el toro no deberá montarse sobre mi endeble físico, ni tampoco será del caso pensar en introducir todo su miembro en mi vientre; yo… deberé poder graduar adecuadamente la porción necesaria… es decir, una vez que la verga se halle toda en el interior de una… vaca artificial.

     Ahora Ramón mostró verdadera extrañeza y vio que, aparte de que tendría elegido al marido (según se lo aportaran la arpía Ña Flora, la curandera), su ama había ya elaborado un plan de acción, el que daba la sensación de que se hallaba bastante refinado… Era evidente que ella había conversado largamente con la idea acariciada. No por nada era cuasi arquitecta. Y comenzaba a hallar una plausible explicación del anterior retiro de la princesa.

     —¿Y cómo se puede hacer tal cosa? —respondió, intrigado.

     —Fabricaremos una vaca de madera o de plástico duro recubierta por un cuero muy bien aderezado, es decir un perfecto trabajo de taxidermia, y yo me acomodaré en su vientre vacío. El conjunto deberá tener la suficiente resistencia y estabilidad como para soportar el cuerpo y las embestidas del toro; tendrá que tener un orificio muy bien diseñado en la parte que corresponde al genital de la vaca por donde ha de pasar la verga; y finalmente habrá que diseñar en el interior una plataforma y los dispositivos indispensables como para que yo pueda desplazarme con la mayor soltura que sea posible obtener. Tengo el nombre del increíble artista que puede realizar tan maravilloso trabajo. ¿Has visto acaso la representación del percherón que hay en la entrada de los almacenes de don Pancho Goycoechea en Villa del Buey?

     —¡Sí que lo he visto!… Ahora creo que voy entendiendo. Es realmente una pieza de sorprendente naturalidad esa que me menciona. La hizo don Otto, el gringo chiflado.

     —Así es, mi Ramón. Pues que el alemán fabrique, en lugar de un caballo, una vaca, y como no es posible pensar que yo realice personalmente tal encomienda, es aquí donde entra una parte importante de los servicios tuyos. Debés ponerte en contacto con don Otto y encargarle la tarea; nosotros podemos proporcionarle el cuero, ya que tenemos muchos. Arreglá el precio y todos los detalles, y por sobre todas las cosas la solución debe ser rápida.

     —Pero, mi patroncita, hay muchas cosas importantes a considerar antes de iniciar nada —replicó Ramón—. Y la primera de ellas es saber si será posible engañar a la bestia. No se olvide que estas atracciones amorosas están regidas por vaya a saberse que estímulos, que sólo pueden venir de las cosas vivas y de la misma especie. ¿Cómo haremos para inducir a un toro a que se monte sobre una escultura de vaca y a que pase su miembro por un agujero mentiroso? Y supuesto que lo consigamos, ¿cómo retenerlo en tal postura cuando entre a percibir el enorme vacío en que aquél queda inmerso y sienta la falta de fricción de las naturales paredes del conducto de la vaca?

     —Ya he pensado largamente en eso, mi perspicaz capataz. Y es ésta, con todo, la más indescifrable incógnita que nos queda por develar. Al principio pensé en ponerle primeramente una vaca de verdad y en celo y, cuando la bestia ya excitada entre a dar esos rodeos y vueltas que acostumbran antes de aparearse como ya vimos hacer, quitarle de la vista la vaca por algún procedimiento idóneo y poner rápidamente en su lugar la vaca artificial. Si esto se hace en los momentos previos al apareamiento propiamente dicho y con la adecuada oportunidad, es casi seguro que el toro no se va a andar con averiguaciones de último momento y lo tendremos prestamente arriba de la falsa vaca. Pero en realidad tal operación es bastante complicada, porque requeriría la colaboración de una verdadera cuadrilla, y no es el caso pensar en ello. Por lo tanto nos correremos el riesgo de que el toro acuda efectivamente a subirse por sí mismo sobre la vaca falsa.

     »De toda esta maniobra sólo estaremos enterados vos y yo, por lo que la realizaremos en horas de la noche en el corral chico del sur, que está en el otro campo, bien al oeste de la propiedad y bastante más allá de la vaguada y, por lo tanto, muy alejado y fuera de los ojos indiscretos. Actualmente no se usa tal corral. Pienso que debemos llevar al animal «adecuado» para este menester, y que no es otro que el que realizara el servicio cuando ambos estuvimos juntos observando la escena. Estoy segura que este animal querrá montarse de inmediato.

     —Tal parece, niña Marcia, que es como si hubiera concertado tan desigual matrimonio con el overo.

     —Y… a los fines prácticos y de la consumación de este proyecto deberemos pensar de esa forma —replicó ella—. Debemos asumir como que el marido ya está apalabrado.

     ––¿En verdad piensa que sería posible convencer al overo de que se monte sobre una pieza quieta, sin vida? ¿Cree Ud., patrona, que no se ha de percatar del engaño?

     ––Existen leyendas, querido Ramón… existen leyendas… Es posible que tengan fundamentos. Pero yo quiero decirt