Chueca, por primera vez. (continuación)

– Lo siento Asier, pero no puedo.
– ¿Que no puedes? – Parecía tranquilo – ¿que no puedes qué? Antes si que querías, así que no eres un mirón, sino un calientapollas. – La sonrisa que esgrimió en ese instante me dio incluso miedo, pero se tranquilizó al momento -. Pues sí, me la has calentado, así que es a ella – mientras hablaba se bajaba los pantalones y pude ver el enorme bulto que apretaba bajos los boxers, que también se aprestaba a bajarse – y no a mi a quien tienes que decirle que no puedes. Venga, díselo – señalaba su polla que se encontraba parada frente a mi, extendida en sus más de veinte centímetros.
– Emm – no sabía que decir, no me esperaba eso, pero tenía que decir algo – Yo…- En el momento en que mi boca se abrió, él me cogió de la cabeza con su mano derecha y me la apretó contra su entrepierna, de forma que introdujo su pene en mi boca.
– Ves como si que podías, que mamón que estás hecho…
 
No dije nada. Realmente quería probar de nuevo aquella sensación, pero me encontraba inseguro, ¿y si alguien se enteraba? ¿Y si…? Pero ya todo eso daba igual, la resistencia había caido y el misil había ido a parar directamente en mi boca. Entonces, poco a poco, fui soltándome y empecé a mamar aquel enorme pollón. Lo metí y saqué sucesivas veces de mi boca, tratándo de introducirlo cada vez un poco más en esta, pero me era imposible, era demasiado grande. Entonces dirigí mis manos hacia él y acaricié sus testículos delicadamente, para después seguir haciéndolo con mi lengua. Tenía mucho pelo también ahí, pero daba igual, a decir verdad incluso me excitaba. Mi lengua lamía pelo y carne a partes iguales, mis manos fueron de nuevo hacia el pene, un volcán a punto de entrar en erupción. Mientras lamía los testículos, y le masturbaba, Asier mantenía sus manos en mi cabeza, invitándome a seguir, mientras decía, “¡sigue así, lo haces muy bien…!” Así, volví a centrarme en aquel volcán que tenía en su entrepierna, y lo lamía una y otra vez, lentamente unas veces, rápido otras, al tiempo que mis manos seguían masajeando la gigantesca masa de carne. Volví a metérmelo en la boca, intentando introducirlo por completo, sin poder hacerlo, sacándolo de nuevo para volver a comerlo de nuevo. Así seguía yo, mete-saca, mete-saca, una, dos, tres veces… y siguiendo. Entonces, un leve gemido me alertó, en un segundo mi boca era inundada por la lava del volcán. Una lava blanca, viscosa, pero bien rica, dulce. Yo relamí mis labios para que nada se me escapara y cesé de chupar aquel pene, elevando mi cabeza a la vez que chupaba aquel torso peludo que antes me había dado repelús, y ahora deseaba con todas mis fuerzas. Seguí subiendo, y al ponerme en pie, totalmente erguido, Asier me besó, compartiendo la lava ardiente de su volcán.
 
No hubo descanso, pues otro volcán esperaba, el mío. Asier desabrochó mi camisa por completo y comenzó a acariciar y chupar mi torso. Yo, mientras, sobaba y disfrutaba cuanto podía de aquella inacabable pelambrera que era su tronco. Mientras me excitaba tocando y lamiendo mi pecho, fue desábrochándome el pantalón, sin prisa pero sin pausa, me bajó mis Calvin Klein negros y pudo ver mi miembro completamente ardiendo y erecto a más no poder. No llegaba ni de lejos a las dimensiones del pene de Asier, pues el mío apenas roza los 15 centímetros, pero a aquel animal poco o nada pareció importarle. Se lanzó a por él, era su presa y no iba a dejarlo escapar, lo masturbo brusca y brevemente, para después llevarselo a la boca. No jugó demasiado, sino que se limitó a meterlo y sacarlo de su boca hasta que tras varias repeticiones de aquello, me vine por completo. Sin embargo, y al contrario de lo que yo hice, Asier no se puso en pie. Asier continuó investigando mis bajos, lamiendo mis cojones mientras tocaba mis nalgas y palpaba el orificio que era entrada del recto. Me dió la vuelta, y me quedé mirando a la puerta, él permanecía tras de mi, y tras lubricarme el ano con su lengua, se irguió y pude notar como su bulto tanteaba mis nalgas en busca de una entrada a mi interior. Me apoyé en la puerta, mientras él me cogió de los hombros con su mano derecha. Entonces, comenzó a guiar su misil contra mi ano, con la siniestra. Lentamente, introdujo la punta en el agujero, y después, como si de una explosión se tratara, empujó muy fuerte contra mi, no entró entero, pero me dolió como nunca, le sentí dentro de mi, y tras ese primer intento, vino otra sacudida, que me dejó incluso algo mareado. Ya estaba todo el volcán en mi interior. Entonces Asier me cogió de las caderas y me echó hacia detras, él se sentó en el retrete, y yo sobre él. Comenzó a botar como si de un caballo a galope se tratara, de forma que su miembro entraba y salía continuamente de mi ano. Yo gritaba y gemía, me dolía pero también me gustaba, me excitaba, me agradaba… Sentía como si me estuviesen rompiendo el ano, pero también sentía placer y excitación, estaba como en una nube, como drogado…
 
En medio de aquella excitación, algo más sucedió. Alguien golpeó la puerta.
 
– ¿Está ocupado? – Preguntó quien quiera que fuese desde el otro lado. “Claro que si”, pensé yo, “¿es que no oyes mis gritos?”.
– No, pasa. – Fue Asier quien respondió. “¿No?” Pensé yo, “¿como que no?” Pero estaba gozando como pocas veces, así que seguí espectante sin decir nada.
 
La puerta se abrió y ante nosotros pudimos ver a un chico de unos treinta años, morocho, como de Sudamérica, poco más alto que yo y algo regordete. Sin embargo, Asier y un servidor siguieron a lo suyo, yo botaba sobre su entrepierna, con mi culo cada vez más abierto y lubricado, gozando ahora si de toda la extensión y grosor de su pene. Además, Asier masajeaba mi polla con una de sus manos.
 
– Sírvete – dijo mi animal a aquel desconocido, y este se dió un par de pasos adelante.
 
Se puso frente a mi y me acarició pecho, cuello y cara, al tiempo que besó en esos mismos lugares. Al tiempo, se desabrochó la camisa y dirigió mis manos a sus pechos, que contrariamente a los de Asier, estaban flácidos y grasientos. Desabrochó su pantalón y pude ver que no llevaba nada debajó. Mis manos fueron a por su polla que ya se encontraba caliente y estirada. Mediría unos quince o dieciséis centímetros, pero era bien gorda. Entonces la toqué y masturbé un rato, pero Asier se incorporó y con eso mi cara se acercó al nuevo volcán. Así pues, me encontraba yo como nunca antes había pensado, pero ahora lo gozaba como si siempre lo hubiera deseado. Por delante, chupaba una gruesa banana morocha que se notaba bien caliente y a punto de reventar, y por detrás, un enorme volcán era introducido una vez tras otra en mi ya dilatado ano. Cada sacudida de Asier se traducía en una comida de banana por mi parte, así lo hicimos, una vez tras otra. Entonces Asier redució el ritmo, pero yo seguía chupando al nuevo invitado cada vez más rápido, entonces este dió un pequeño gemido, y Asier volvío a poner todo de su parte, más brutal que nunca. Y por fin, el éxtasis. Pude notar como mi ano se inundaba a la vez que mi cara se veía completamente manchada de una misma sustancia, blanca y viscosa, y dulce.
 
Cesamos la actividad y Asier habló tranquilamente con Pablo, que así se llamaba el morocho. Mientras, yo estaba extasiado, alucinado, exhausto y mareado. Me dolía el culo aún, pero nada pasaba, salía encantado. Me quedé un rato en el retrete, solo, cuando ellos se fueron, pensé un rato en como había dejado que me rompieran el esfínter hasta sangrar, un hetero como yo. Y fue que llegué a la conclusión de que era hetero, sí, pero heterosentimental, porque a partir de ahora, respecto al sexo, sería bisexual.
 
Y este es todo el relato, así que para cualquier comentario ya saben, alex47058@hotmail.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*