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Colmando el vací­o

LA BELLA ESTANCIERA

     Un buen día hubo mucho alboroto en la Estancia La Soya, el riquísimo predio del que el Sr. Aranda y Puig era dueño y señor. Como reguero de pólvora había corrido la voz entre la peonada, los capataces, el personal del servicio y los habitantes del barrio de la estancia, que la «patroncita» vendría a asentarse en el casco, en calidad de máxima autoridad. Los más, recordaban aún las facciones de la inquieta chiquilla que vieron partir unos cuantos años atrás, luego de la trágica muerte de su madre, y esperaban con verdaderas y aquerenciadas ansias aquel regreso.

     Cuando la vieron llegar, se encontraron con una imagen excelsa en la que se destacaba un rostro angelical y un cuerpo escultural; dos atributos que son susceptibles del máximo crédito en materia de belleza.

     Pero aun, al muy escaso tiempo de su actuación en el medio, vino a dejar totalmente en claro su otra agradable cualidad del Cielo: la gran virtud, escasa en mujeres ricas y hermosas, de la ausencia de afectación… el don de no aunar a aquellas tan felices dotes naturales, la común presuntuosidad que en tales personas suele aflorar por cada centímetro cuadrado de su piel y en cada una de sus actitudes y conductas. ¿Habría en ello, además de una cualidad personal, un inconsciente rechazo a las conductas de su madrastra y a las que, según todos los signos, su fallecida madre habría tratado de insuflarle?…

     Ella, Marcia Paula, así como quería a su terruño, amaba también a su gente; de hecho, la enorme afición a la tierra que le vio nacer implicaba su innata adhesión a todo lo viviente que la rodeara, con especial predilección por aquella gente sencilla y laboriosa. Admitía sus naturales virtudes y defectos y, a menos que se hallara mortalmente ofendida (lo que era raro), se cuidaba mucho de dar muestras de desdén.

     Era sumamente comunicativa, espontánea y simpática, mas tanto su temperamento como su conducta daban muestras de un alto grado de seguridad en sí misma. Trataba a todo el personal con singular cortesía, con la sonrisa siempre a flor de labios y con el respeto que, según su propio juicio, las personas se merecen.

     Todos los integrantes del cuerpo de servicio de la mansión se hallaban en grupo para saludarla, no bien hizo su ingreso por primera vez después de tantos años. De todas ellos tan sólo conocía a dos: Hortensia Paredes, una robusta mulata de unos cincuenta años en la que resaltaba el chispeante blanco del iris de sus ojos, en contraste con lo oscuro de su piel y el negro azabache de sus pupilas; oficiaba fundamentalmente de cocinera y era de conducta muy leal; le llamaban la negrita y se trataba de una de las más antiguas empleadas de la casa. Asimismo, conocía a Jaime Agenor Olavarría, el jardinero y encargado del mantenimiento del parquecito perimetral, hombre ya de cincuenta y cinco años. Las otras encargadas del servicio doméstico eran Luciana Fernández, permanente, y Tatiana Sosa, quien ayudaba en tiempo parcial y vivía en «las casas».

     Pero quien realmente se destacaba, era una inusual y agraciada criadita de nombre Adelita Nilda Flores a quien todo el mundo conocía por «la Adelita». Era una simpática y harto desenvuelta criatura quinceañera, bonita a más no poder, bien proporcionada y de manifiesto desarrollo, en particular de sus pechos, que habían tomado precoz e intrépida exuberancia en dimensiones y formas, lo que contribuía a conferir al conjunto de su estampa un refrescante aire tempranamente sensual.

     Desde un principio Marcia Paula fue considerada entre la gente del lugar como una suerte de monstruo sagrado. Tanto la peonada como los otros servidores de la estancia, la tenían en máxima estima y, con la veneración que su actitud garantizaba, la adoraban como a una diosa y se deshacían por atender sus requerimientos. Que, según la opinión imperante en el medio, a no dudarlo, la conjugación de belleza y simpatía en las cualidades de las personas, es una de las condiciones que son más estimadas por quienes las rodean. 

     Ramón Luis Zamorano era, a la sazón, el más sobresaliente de los capataces de la estancia por lo que había merecido la consideración de capataz general. Recio mozo de las pampas, de bien templado espíritu y de fornida estampa, no hacía más de cinco años que se hallaba entre aquella gente, como feliz éxito a la búsqueda que había llevado a cabo Segismundo Alba, administrador del establecimiento.

     Poco antes del arribo de Marcia Paula, el administrador había dejado la estancia por razones particulares y, momentáneamente, todo estaba a cargo del capataz Zamorano, a la espera del administrador definitivo, que no sería otro que la hija del dueño. Desde luego, Ramón no conocía a la chiquilla que, quince años antes de su ingreso, se había marchado con su padre y su madrastra a la ciudad.

     El capataz se había encargado personalmente de todos los preparativos y gestiones para dar digno alojamiento a su patrona, ya que la magnífica mansión del casco en que otrora residiera la familia de don Melitón, se hallaba desde largo tiempo atrás deshabitada y, por ende, pese a la limpieza y mantenimiento rutinarios, presentaba los signos propios de tal situación. Como siempre ocurría en él, puso la máxima diligencia en tales quehaceres. Contrató personal para efectuar las reparaciones del caso, hizo cambiar pisos por cerámicos de alta calidad, se sirvió de pintores y revestidores especializados; todo lo cual dejó aquello como una morada de paraíso, que no sería susceptible de envidiar a ninguna de las que en las grandes urbes existen.

     A cada instante escuchaba a los veteranos paisanos de la estancia mencionar la inusual belleza y gran bondad de la futura administradora. Su nombre se hallaba constantemente en boca de ellos y era de tal forma mentado que ponía en el magín de cualquier observador la idea de que aquella gente esperaba por un Mesías. A veces, el énfasis que mostraban se le ocurría un tanto exagerado, pero lo cierto es que, aunque él no sabía a qué atribuirlo, estaba interesadísimo en brindarle una excelente acogida… y, extrañamente, notaba que en la emergencia su corazón latía cada vez con mayor fuerza.

     Muy pronto llegó a comprender el por qué de la ocurrencia de tales anomalías: sencillamente, ¡se había enamorados de la idea de esa Mesías!… Y al verla por vez primera no pudo sino contemplarla con absoluta conturbación, al comprobar que la realidad superaba la imagen que de ella se había formado. Y tal fue el éxtasis que se apoderó de su alma, que terminó ipso facto perdidamente enamorado… ya no de la idea de su patrona.

     Al principio no hacía sino reírse de la pretenciosa intrepidez de su corazón; recordó con gracia que cuando era niño se había enamorado de su maestra de tercer grado… y haciendo girar la cabeza hacia uno y otro costado, con el acabado gesto de que una idea abstrusa la zangoloteaba, trataba de secarla de tal ilusión.

     Con el decurso de los primeros meses de la residencia de Marcia Paula en La Soya, la admiración que Ramón sentía por ella, lejos de menguarse por los vertederos que sus razones fabricaban, fue en significativo crescendo… Con prisa y sin pausa, iba tornándose en tan significativa obsesión, que terminó por asumir el absoluto señorío de él.

     Cada vez más, Ramón Zamorano, la amaba inmensamente. Con ese cojo amor macerado en el sacro silencio de su corazón, rumiado hasta el cansancio en sus noches en vela y absurdo y loco por su desmesura y por su imposibilidad social… Con ese lacerante amor que se halla marginado a la ciudadela de la fantasía del alma y que sólo se nutre, cada vez, de la inocua visión y huera admiración de la cosa amada, no animándose a imaginarla poseída.

     Nunca le dirigió la más mínima palabra para dar carácter explícito a tal sentimiento, pero Marcia Paula -mujer al fin y altamente dotada de ese particular instinto de lo femenino- comprendía muy bien el estado de enamoramiento del joven capataz, y se cuidaba de no incentivarlo, actuando con la prudencia que el caso requería. No obstante, su orgullo de mujer extraía gran gusto de la especial predisposición que Ramón manifestaba en servirla y, llevada de su intuición de que tales actitudes estaban del todo exentas de obsecuencia, había acabado por tomarle especial afición en su calidad de servidor. Casi constantemente, con acusada exclusividad, dirigía a él cualquier requerimiento. Hasta… le había hecho, en cierta medida, confidente de sus gustos y de sus sentimientos más superficiales, pues siendo este capataz el más valioso de los ayudantes de la buena marcha de la estancia, menudeaban entre ambos los contactos de trabajo, tanto oficinescos cuanto de campo. Muchas veces salían ambos, montados a caballo, a recorrer el predio para echar el vistazo que permitiera tomar decisiones oportunas y corregir fallas. Ella, definitivamente, prefería montar que recorrer la estancia en vehículos utilitarios. 

     Nadie conocía a ciencia cierta la vida sentimental que llevaba por aquel entonces la joven, aunque se sabía que era viuda, con la añadidura de bonita, rica y apetitosa; y se mentaba sobremanera, con ese especial tono y sabor que es típico de las chusmas, de que andaba en secretos amoríos.

     Eran especialmente del gozo de la peonada y de las chusmas de «las casa», las alusiones, generalmente fantasiosas, de la vida sentimental de la «niña», a la que todos también llamaban «la princesa», tal como lo hiciera con frecuencia en épocas de su niñez el finado Salvador Toranzo. Tales mentas constituían un plato especialmente delicioso…

     Lo cierto es que al poco tiempo de comenzar aquella nueva residencia en la estancia, Marcia Paula conoció en una ocasión a un industrial, el ingeniero electromecánico Alfonso Federico, quien era su ocasional vecino de mesa en una reunión social y con quien hizo buenas migas… Se enzarzaron en un baile romántico, lento y sensual. Y tomando en consideración que se hallaban muy achispados por haberse embarcado en el transporte del elixir de Baco, no tardó en seguirles una tan fuerte atracción física que dio con ambos en la cama en el departamento del industrial ingeniero Federico.

     A partir de ese momento fueron amantes que se reunían al menos una vez en la semana.

     Como era de suponer, tal circunstancia fue comidilla de la gente de la estancia y, como se dijo, se constituía en el plato delicioso de las malevolentes y festivas gargantas de la peonada, especialmente cuando se hallaban bebidos en los majestuosos asados que frecuentemente hacían. Cualquiera de ellos, con un poco de imaginación libidinosa, solía inventar historias que hacían al gusto de todos… Por supuesto en las circunstancias en que los oídos indiscretos se hallaban muy alejados… especialmente los del capataz Ramón. Pues todos habían llegado a la conclusión de que él se sentía sumamente molesto ante las alusiones a su patrona y que había devenido en campeón en la defensa de la honra de ella.

     Marcia Paula sobrellevaba su presunta actividad sentimental con gran prudencia y discreción, dejando los atisbos mínimos inevitables de su accionar. Los cuales eran precisamente las macilentas chispas encargadas de encender las poderosas hogueras de la siempre exacerbada imaginación de aquella gente, a la que no eran extrañas la jerarquía de la niña y sus muy deliciosas formas.

     Lo cierto es que la bella patrona mantenía las relaciones con su amante sin parar mientes en las habladurías. Por su parte, el joven industrial, como acaece con la mayoría de los integrantes de este gremio en particular, era muy proclive a todas las cuestiones inherentes al sexo. Su taller metalúrgico contaba con hasta un par de decenas de empleados y obreros y se hallaba emplazado en los suburbios de la población, en la parte más próxima a la estancia de Marcia Paula.

     En cada pequeña oficina, en cada rincón, en cada baño, en cada armario de herramientas, en cada cofre guardarropas y, en fin, hasta en los más recónditos lugares que fuera posible imaginar de aquel taller, se veía la ostentosa imagen de un fotogénico desnudo femenino, mostrando los esplendorosos y curvilíneos atributos de sus esculturales cuerpos, en confabulación con la publicidad de algún producto industrial, ora de la propia firma, ora de decenas de proveedores del ramo. Esos ampulosos fotogramas y floridos posters, colgados por doquier, daban claras muestras del proverbial y contradictorio hechizo al que parecía haber conducido la simbiosis entre las rosadas y voluptuosas carnes de las hembras fotografiadas y la dura, compacta y geométrica presentación de las piezas de acero al cromo, níquel, tungsteno y molibdeno de aquellos productos publicitados.

     Marcia Paula visitaba frecuentemente a su novio en su propio taller y, de hecho, era allí donde principalmente mantenían sus relaciones. De vez en cuando el industrial la veía en su propia estancia.

     Ella no dejó de extrañarse por el singular talante de la exótica ornamentación de los muros de aquellos locales, la cual había visto reiterada en otros establecimientos del mismo estilo. Asimismo le intrigaba esta especie de común denominador entre los miembros del ejercicio de la artesanía de los «fierros» y, especialmente, su proliferación en los talleres de reparación de neumáticos.

     Poco después Marcia Paula cayó en la cuenta que los escasos hilos conductores que suministraban la energía a su pareja con Alfonso, adolecían de pérdidas ponderables. Dado que la más grande preocupación vital de este amante era su propia actividad profesional y la de ella estaba en todo lo atinente a la estancia, cuya total responsabilidad le había resbalado el papá, es claro que se siguió entrambos una relación amorosa del tipo exclusivamente convencional, basada en la totalidad de sus fundamentos, en la actividad sexual. Después, cada cual partía hacia sus propios y particulares quehaceres: el joven hacia sus «fierros», ella hacia los bucólicos dominios pampeanos de su padre, en los que hallaba sus raíces y la razón de ser de su vida.

     Pero Marcia Paula pronto comprendió que aquello, si bien bastaba a su espíritu independiente -pues lo último que deseaba era un nuevo matrimonio-, no alcanzaba a conformar sus necesidades psico-biológicas. Pues con mucha frecuencia hallaba que no lograba la satisfacción adecuada a su condición de mujer, pese a que las manifestaciones, actitudes, técnicas y fantasías sexuales de su amante, eran lo suficientemente abundantes y variadas, como correspondía a la estirpe del gremio del que era parte integrante. Sencillamente que el instrumento fundamental de la expresión y materialización del amor masculino de que estaba dotado su amante, no alcanzaba a llenar una suerte de «vacío» que, cada vez más, notaba ella se estaba instalando en el interior de su cuerpo… Y cada vez le parecía más exiguo y falto de volumen… ¿Es que acaso aquella herramienta sería tan deficiente que no alcanzaba a satisfacerla?… ¿O, talvez, su ardiente temperamento estaría subiendo el tono?… Lo cierto es que el órgano viril del «fierrero» no conseguía, la mayoría de las veces, darle una sensación de plenitud física, y que ello creaba, por arrastre, el consiguiente vacío psicológico.

     Y más de una vez se hallaba reflexionando si efectivamente el defecto que hallaba en su relación debía ser atribuido a la escasa envergadura del órgano de su amante, o si, por el contrario, debía considerar que la raíz del problema se hallaba más bien en una suerte de «ensanchamiento» de sus propias entrañas. Notaba que algo extraño le estaba acaeciendo; que algo indefinido se estaba instalando en ella y que venía a desembocar en una inefable sensación de «amplitud», tanto en el orden físico como en el psicológico. Esporádicamente le asaltaba el recuerdo de la entumecida masa de carne en su vagina con que había sido «abotonada» en su única relación con el malhadado Sultán: aquella inolvidable y particular experiencia de sus años de moza. Después de todo, pensaba ahora cada vez más, se había tratado de una sensación gustosa. Estaba segura que el volumen de aquella masa doblaba a la de Alfonso.

     Sea como fuere, púsose a rememorar los instantes de amor vividos con su primer esposo y con algún que otro amante ocasional -que realmente los había tenido después de su viudez-, y trató de concentrar la atención de sus recuerdos en cualquier indicio que le permitiera discernir acerca de la forma, largo y diámetro del miembro sexual del amante de turno. Trayendo, pues, a su memoria las caricias que ella había prodigado, ora con sus manos, ora con su boca y sus labios, vino a caer en la cuenta que, poco más o menos, todos ellos eran de parecidas dimensiones, y que -definitivamente- el «vacío» que ella sentía, sólo podía ser atribuido a una suerte de expansión que se estaba operando en su conformación biológica y que, según era de presumir, constituía la causa de los anhelos que por aquel entonces iban tomando en su alma un crescendo arrasador. Una vez que esta sensación se hubo instalado en ella, sintió pánico y comenzó a pensar en visitar a alguien que pudiera ayudarla. Sólo que en primera instancia debía decidir si visitar a un clínico o a un psiquiatra. «No te apresures Marcia Paula -se dijo- esperemos ver qué resulta de todo esto»…

     Mas, sin saber cómo hacer para evitarlo, Marcia Paula Aranda y Puig soñaba frecuentemente con amantes de formas y figuras tan difusas que no podían ser individualizados, pero a los que les era atributo común el ser poseedores de falos colosales. En sus sueños ella observaba y admiraba a estos apéndices con un asombroso grado de materialidad y definición. Se veía colocada en el centro de la escena acariciando aquellos instrumentos, depositando, en cada caso, mil besos en su piel, palpando su acerada fibra, constatando golosamente sus dimensiones, y no alcanzándole la cavidad de su boca para prodigarles la húmeda succión.

     En alguna ocasión sintió cómo uno de esos grandes órganos se introducía profundamente en su seno, con tal grado de desconcertante realidad y con tan grande satisfacción de su cuerpo y de su alma, que tuvo la certidumbre de arribar a una explosión orgásmica… y que le hizo luego echar mil maldiciones al momento de despertarse, cuando hubo de comprobar la ilusión; además, se hallaba bañada en transpiración y su corazón le latía con desacostumbrada exaltación. Y le pareció que en fugacísima imagen del duermevela, se vio -en su niñez- en el suelo del potrero en que había caído en su despavorida huida, con el acariciante hocico del toro que la perseguía y, luego, con ambiguas sensaciones de perros montados sobre sus espaldas…

     Y en medio de tanto desasosiego y hesitaciones y después de despedir, sin más, en un momento de histeria, a su amante de los «fierros», largos períodos transcurrían en que le acometían horas de ahogados suspiros y de fervientes anhelos, sin que pudiera hallar sino parcos momentos de paz y de solaz… 

LA GRAN NOTICIA

     En una ocasión una cuadrilla de peones había decidido celebrar un acontecimiento con una cena de carne al asador (los típicos asados criollos de la región), para lo cual se reunieron en un alejado tinglado en cobertizo. Bastaba la más nimia causa para que algún hecho fuera considerado un «acontecimiento» digno de tales celebraciones, como era el caso; y jamás se dejaba escapar una semana sin que existiera tal dignidad.

     Ramón Zamorano, como capataz mayor de la estancia, se hallaba siempre invitado. Pese a su natural, algo contraído, no puede dudarse que gustaba de tales eventos, ya que en el aspecto gastronómico el asado era su plato favorito, y la subsiguiente -y generalmente báquica- guitarreada, de su mayor agrado.

     Crepitaban, pues, en una parrilla de dimensiones exorbitantes -de cuya avanzada oxidación todos hacían caso omiso-, trozos de carne, inmensas espirales de chorizos y morcillas, costillas, bocados, achuras, matahambres y varias clases de aves. Todo el conjunto despedía una exótica mixtura de humo de leña con el clásico y apetitoso vaho del asado. Y mientras se estaba a la espera y se veía al afiebrado encargado del asado dar vueltas con su tridente de mango largo, ya un trozo de carne, ya una larga ristra de chorizos, ya otra de morcillas y restantes achuras, las ardorosas bocas besaban de continuo y con magno arrobamiento los picos de las damajuanas, que contenían, casi en paridad, buen tinto y excelente blanco. Ramón era la excepción en tales avances báquicos ya que, de suyo, tomaba alcohol en cantidades discretas.

     Ni que decir tiene que antes de llevar bocado alguno al inicio del tracto digestivo, muchos se hallaban ya entre San Juan y Mendoza y la algarabía general había aumentado notoriamente sus decibeles, como por mágico efecto de resonancia de los cariñosos besos a las damajuanas.

     Y así tenía lugar la comilona, bocado tras bocado, siempre olímpicamente lubricado para su buena conducción por el tubo esofágico y -como habitualmente se hacía alharaca- para su buena digestibilidad. Pero con el agotamiento de las cárnicas provisiones de la parrilla, las primeras damajuanas que se habían desecado abruptamente fueron rápidamente reabastecidas… Y la jarana estaba en su apoteosis, a punto tal que sus ecos y voces se oían en un radio de centenares de metros alrededor.

     Entonces uno de los integrantes del grupo, en avanzado estado de beodez y con una copa en alto, vociferó:

     ––¡Voto a Mandinga… que tengo que confesar que nuestro capataz, el compadre Ramón, tiene la «pistola» más descomunal que haya visto en toda mi vida!… Mis propios ojos lo han descubierto los otros días mientras meaba contra un árbol; y creo que si ese bicho toma viento a favor y se extiende cuan largo es, podría hacerle feroz competencia a una lampalagua.

     ––¡Huija…huija carajo! ––gritaron a coro–– ¡Viva la «pistola» del capataz Zamorano!… ¡Viva la «lampalagua» del capataz!…

     Rápidamente sonó un rasgueado de guitarra y un payador improvisó una copla:

     Compañero tenga mano

     y vaya con disimulo.

     Si anda cerca Zamorano

     le pueden romper el cu…ello. 

     El jolgorio que suscitó resonó con los decibeles de una noche de boliche juvenil.

     El capataz, que se hallaba asimismo algo achispado, no sabía a qué atenerse. La estupefacción por el cariz de los acontecimientos se diseñó en su rostro… Jamás hubiera admitido ser el centro de una reunión, y menos en semejante asunto. Pero, el caso es que en aquella ocasión un contradictorio sentimiento de vergüenza y de orgullo se apoderó de él. Uno de los cofrades gritó:

     ––¡Que la saque!… ¡Que la muestre!

     Y todos aullaron a coro:

     ––¡Que la muestre!… ¡Que la muestre!… ¡Que la muestre!…

     Y en tanto así gritaban y aplaudían la moción, Ramón, con el rostro pintado de carmín, negaba gestualmente con la cabeza, mas asentía con la sonrisa de sus labios.

     Pronto alguien trajo una tabla, una especie de batea para que el instrumento a analizar fuera colocado en ella. Llegado a esta instancia en que le exigían pasar a los hechos, el melindroso capataz comenzó a hacerse rogar.

     ––¡Vamos, Ramón, aquí no hay mujeres!… ¡Somos todos machos! ––prosiguieron en turba.

     ––¡Eso está de ver! ––se oyó, discordante, una voz aflautada y maricona, a la que nadie prestó atención.

     Y en medio de tanto tumulto e insistencias el juego acabó con éxito para los hambrientos ojos del conjunto. Cuando el órgano se halló sobre la tabla, prestamente extraído por unas misteriosas y -al parecer- bien entrenadas manos ajenas, no pudo llegar más allá de un estado de semi-erección, pues era evidente que el embrollo y la vergüenza de su poseedor, no autorizaban otra cosa. Y la observación de aquel instrumento no hizo sino refirmar rotundamente la afirmación del paisano que le había visto orinar.

     Los «hurras», las «huijas» y la gritería hilarante se generalizaron por doquier, estando a la vista que, pese a la beodez imperante, todos quedaron hondamente impresionados. Un gracioso se subió a la larga mesa de tablones y mirando en todas direcciones, gritó:

     ––¿Alguien se anima a competir?… Si así fuera, ¡que la saque!… ¡Viva la lampalagua del capataz!…

     Una risotada general, sobradamente acompañada con grandes tragos de tinto, saludó aquella inspirada sugerencia… Mas nadie osó tomar el reto.

     Luego siguieron los cantos y las coplas que se prolongaron hasta casi el amanecer.

     A partir de aquella especial interpretación de la diversión, tomóle a ésta la peonada tanto gusto, que el espíritu de la pertinente exhibición verguna estaba siempre presente y nunca faltaba quien en determinado momento exigiese repetir la escena. En varias ocasiones ocurrió así, en efecto, pero no siempre Ramón estaba dispuesto a seguir el juego… y al final, las más de las veces, buscaba excusas para no participar de la comilona que le proponían. 

     El caso es que la patrona de La Soya, por vía de la traviesa y osada Adelita, vino a enterarse que Ramón Luis Zamorano, su obediente capataz y silente admirador, gozaba de la loable fama masculina de estar dotado de un miembro viril de envergadura poco común.

     ––¿Sabe, amita? ––manifestó en la ocasión la criada––: dicen que el Ramón Zamorano tiene una enorme cachiporra capaz de asustar a cualquier mujer…

     Al principio se limitó a sonreír ante el atrevimiento de la niña y ya se disponía a efectuarle una severa reconvención, cuando sintió que una oleada de emoción le embargaba el alma. ¿Estarían sus oídos escuchando razones provenientes del mundo de los sueños? Lo cierto es que después de unos cuantos minutos, las palabras de Adelita vinieron a provocar en ella una eclosión de ansiosa curiosidad.

     —¿Qué decís, pequeña desvergonzada? —afirmó, sonriendo con ostensible fingimiento de severidad en el rostro—. ¿De dónde demonios sacaste esas historias?… ¿Cómo diablos te atrevés a referir semejante cosa?

     —¡Es cierto!, patroncita, ¡es cierto! —Respondió la poco candorosa criada––. ¡Tiene una «cosa» enorme! Es fama por toda la estancia…

     —¿Acaso vos le viste para estar tan segura?

     —No, yo no he visto nada… Pero sé lo que por ahí anda diciendo el paisanaje; recuerde que hay algunos que se lo cuentan a sus mujeres, y entonces…

     »Es más grande que la de los otros hombres… ¡y mucho más grande!

     Y aunando el ademán a la palabra, hizo la consabida mímica de abrir los brazos y colocar verticalmente las palmas de sus manos a buena distancia una de otra, al par que las agitaba sobre sus muñecas. Exclamó entonces alborotada:

     ––Pero sí he visto al Baldomero hacer este gesto mientras lloraba de la risa… Y como un ratito antes habían estado en silencio y concentrados en algo y de repente explotaron en pura vivas y hurras, estoy segura que habían estado midiendo la «cosa».

     —¿Ah, Baldomero?… ¡Ése es un botarate!…¿Y quién más anda difundiendo tales noticias?

     La princesa hacía esfuerzos por mostrarse indiferente pero no parecía desear abandonar el hilo de la conversación.

     —Mire patroncita: le dicen «vergajo», «ladrillo y pico», «manguera de bombero», «burro» y también… algo así como «lamba agua».

     —Querrás decir lampalagua, que no «lamba agua» —corrigió, medio muerta de risa, la patrona— ¡Lampalagua, Adelita!… ¡Lam-pa-la-gua!

     La dicharachera chiquilla se hizo la desentendida. Con gran desparpajo y no menos donaire, agregó:

     —Creo que no he entendido bien, pues no sé qué es eso de «lamba agua» o lampalagua, como dice Ud., niña Marcia. Pero lo cierto es que comentan que el Ramón se está que se cae del gusto cuando le dan esos nombres y esos títulos. Cuando la peonada se reúne en cualquier asado, choriziada o simplemente guitarreada, no hay otro tema, esté presente el Ramón o no. Al principio parece ser que se ponía colorado de vergüenza; pero después le gustó la mano.

     Marcia Paula sintió un flujo eléctrico que le recorrió la médula y mirando hacia el lejano horizonte, dijo con tono laxo:

     —¿Ah, sí?… ¿Estás segura de que las cosas son tal como decís?

     —¡Claro que sí!… Dicen, niña, que no pocas veces se la han hecho sacar afuera, y que no se oía otra cosa que los «ohes» de asombro, y que después pelaban el metro para medir, y que al final terminaban a los aplausos y a las hurras gritando: ¡viva la «lamba agua»! … ¡viva la «lamba agua»!

     —¡Lampalagua, Adelita, Lampalagua!… —replicó, riendo y ya engolosinada, la patrona—. No te hagás la inocente pues sabés muy bien que es el nombre de una boa… Pero me quedo sin entender eso de «ladrillo y pico»…

     Ahora la princesa comenzó a atar cabos. Recordó cómo le llamaban la atención las inexplicables algarabías que en aquellas reuniones de pronto tenían lugar, evidentemente incitadas por el espíritu del vino. Pero como eran de generación espontánea, no estando precedidas de ninguna canción, o canto, o recitado, era evidente que parecían originadas por algún hecho de competencia, o por la narración de graciosos cuentos, o algo por el estilo. Y ahora venía a enterarse claramente de qué se trataba.

     ––Decime Adelita: ¿quién te ha noticiado de todos estos antecedentes?… ¡Porque me imagino que vos no estarás concurriendo a los asados de la peonada; máxime si se descuelgan con una escena como la que has descrito!

     ––No, niña, yo no voy a esos asados. Pero la cuestión está en boca de todos; así que yo no le sabría decir quien fue el primero que me habló de ella. ¿Acaso no estaría Ud. medianamente enterada?…

     La princesa sonrió con cierta suficiencia, pero temiendo que el descaro de la niña pasase a desbordarse más allá del linde conveniente, fustigó:

     —¡Bueno, callate ya, pequeña desvergonzada!… Que no es propio de tu edad el estar metiendo las narices en esas cuestiones, ni andar evaluando magnitudes y mediciones.

     Y sin decir más despidió a la criada prosiguiendo su caminata por los alrededores del casco. De pronto se dirigió directamente a él y luego, al introducirse a la cocina, halló a la mulata Hortensia concentrada en la preparación del almuerzo. Marcia Paula se arrimó a la ventana con gesto de indolencia y, sin dejar de mirar afuera a la infinita y sempiterna llanura pampeana como si algo importante llamara su atención, dijo como al pasar:

     —Decime, negrita, ¿qué andás oyendo por ahí que dicen del Ramón? ¿Acaso es cierto que en los asados, choriziadas y guitarreadas lo toman a la chacota?

     Hortensia entendió de inmediato a qué se refería la pregunta y, llena de pudor, se hizo la desentendida; su grado de confianza con la patrona no aquilataba el sostener una conversación de tal tenor, según ella lo entendía. Así, pues, contestó:

     —¿Cómo dice, niña?… Yo no sabría decirle…

     —¿Acaso no estás enterada de eso que andan diciendo por ahí? ¿Creés que es propio de gente educada el estar haciendo ciertas demostraciones? ¿Qué me podés decir de lo que le hacen hacer al Ramón?

     ––¿Al… Ramón?… ¡No sé, niña, no sé!… ¡Le juro que no sé!…

     ––¡Vamos, vamos!… ¡No te me hagás la tonta! ¿Me vas a hacer tragar que vos no sabés nada de lo que anda en boca de todo el paisanaje? ¿Es cierto que al Ramón le hacen mostrar su… «cosa»? ¿Y que tan pronto como pelan el metro y miden, estalla la algarabía alrededor de esa… «cosa»?

     —Bueno, niña… Ud. sabe… Cuando la peonada se chupa… no se puede evitar…

     El embrollo de la mojigata Hortensia era más que evidente y sus chispeantes pupilas no hacían sino dirigirse al suelo y, de vez en vez, al soslayo, latiguear una mirada por su patrona.

     —¿Y quién es el mayor instigador de todas estas chanzas?

     —En realidad, niña… todos.

     Y luego, nuevamente mirando por la ventana con la vista puesta en lontananza, Marcia Paula agregó:

     —¿Y acaso habrá algo de verdad en la cuestión, o se trata de una simple patraña? ¿No será que los muchachos, mamados, ven dimensiones más con ojos de ilusión que de realidad?

     —¡No, patroncita, no!… ¡No es mentira!… —contestó incautamente la mulata y casi de inmediato se tapó el rostro con un repasador.

     —¡Aaajá!… —replicó vivamente la princesa, luego de hacerle pisar el palito.

     Hortensia bajó inmediatamente su rostro y ahora se lo tapó con ambas manos, mirando de vez en vez a la patrona a través de sus dedos entreabiertos. Luego musitó:

     —Yo misma, sin pensarlo y sin intención, pude comprobarlo. En uno de esos asados que ellos hacen me habían pedido que les preparara la ensalada; sólo debía cortar y lavar las verduras y ellos se encargarían de la sazón, al momento de comer. Les estaba llevando una gran fuente con todas las verduras. Ellos se hallaban en el tinglado grande que, como Ud. sabe, tiene varias pilas de ladrillos al frente y que defiende su mirada del interior. De pronto se me cruzó el perro entre las piernas y me hizo trastabillar. La fuente fue a parar al suelo.

     —¿Y qué dijeron cuando vieron su ensalada por el suelo? —razonó la princesa.

     —No se dieron cuenta, patroncita. Estaban cantando y gritando y era tal la algarabía del grupo que el ruido de la fuente al caer al suelo pasó desapercibido.

     —¿Y después que ocurrió?…

     —Y, me agaché a recoger la fuente y lo que ella contenía antes del desparramo, dispuesta a volver a la cocina para lavar nuevamente las verduras. Nadie se había dado cuenta de mi presencia, pues la pila de ladrillos me separaba del grupo y ninguno me había visto en el recorrido desde la cocina… De repente oí aumentarse la algarabía de todos ellos y, sorprendida, me asomé por un costado de la pila, casi al ras de las rodillas, que era la posición en que entonces estaba. Lo raro del caso es que se hallaban tan poseídos y, según creo, ya bastante entonados por el vino, como para que nadie se diese cuenta de que yo me hallaba ahí. Entonces… entonces…

     La morocha calló de repente…

     —¿Qué diablos fue lo que viste?… ¡Vamos… largá!

     —Le habían hecho sacar el «vergajo» a Ramón…

     —¿Aaajá?… ¿Y?…

     —¡Realmente, niña, que era cosa de Mandinga!… ¡Era algo enorme!… Después, sin que aún me hubieran descubierto, salí disparando del lugar…

     Al egresar de la cocina Marcia Paula dijo para sí: «¡Oh, morochita!… ¡Saliste disparando!… No me queda en claro por qué razón…» Y se sonrió largamente, con un extraño regusto.

     A partir de aquellos momentos, la bella heredera de la Estancia La Soya ya no pudo conciliar libremente el sueño. Durante noches y noches le acuciaban los restallantes latigazos del deseo. La representación de la lampalagua acudía a su mente con una sin igual crudeza y de inmediato pasaba a tomar la forma de un colosal miembro masculino. Era obvio que su mente se negaba a abordar la imagen del poseedor de ese instrumento. La figura de tal varón, más allá del fabuloso miembro de sus desvelos, se presentaba difusa, ambigua, como diluida entre densos vapores. Mas ella bien sabía de quien se trataba; sólo que las barreras defensivas psicológicas intentaban vedarle su visión, en la esperanza de que el deseo no pasara más adelante en la cristalización de su realidad. Pues en aquellas acuciosas escenas oníricas el depositario de la formidable herramienta no era otro que Ramón Luis Zamorano… su capataz de la estancia. Y era obvio que a ella le avergonzaba tal situación. Así es que siempre trataba con grandes esfuerzos de aventar tales visiones y sosegar su afiebrado anhelo.

     Pero no lograba mantener la calma por mucho tiempo, pues no podía dominar sus sueños y sus despertares a duermevela. Cada vez con mayor recurrencia le acometían las visiones… y cada vez que se abandonaba en la ensoñación de la posesión de aquel portentoso miembro, ocurría que la imagen portadora se iba aclarando: las difuminadas líneas se tornaban más nítidas, el contraste se iba haciendo más evidente, los matices iban apareciendo y, en suma, no podía evitarlo, acababa viendo con total claridad la figura de su capataz. Después… se entregaba sin reticencias a quien le prodigaba entonces un fenomenal acto de amor imaginario.

     Luego, dueña ya de su plena conciencia, debía soportar la atormentadora inhibición que implicaba el descubrirse ante su capataz y, en el extremo de sus anhelos, solicitarle los favores que tanto apetecía. ¿Cómo acometer tamaña empresa?… ¿Cómo hacerle saber al candoroso y solícito capataz semejante petición?… ¿No resultaría harto insólito que ella, la patrona, la niña de la estancia, la princesa de La Soya, terminara, a instancias de su pasional deseo, pidiendo los favores sexuales del capataz? Ella, después de su fracaso matrimonial, se había constituido en una mujer libre, casi se diría que era una feminista, y no podía admitir la idea de mezclar los tantos de «su autoridad».

     ¡Cuántas veces la dictadura del sexo vino a trastocar las debidas jerarquías, y a instalar a un ineficaz dictador en la marcha de los negocios! ¡Eso sí que ella no podía concebir!… Empero, allí lo tenía, al alcance de su mano. Sin duda que la mínima expresión de tales deseos a su capataz, haría que éste se rindiese a sus pies, satisfaciéndola en todo cuanto de él dependiera: no otra cosa podía suponerse -prefería pensar por momentos- a partir de la incondicional afición que le tenía.

     Después de todo él la amaba secretamente; esto era de obviedad total ante sus ojos y ante su intuición femenina. ¿Pero, y si luego sufría un inesperado abuso de confianza?… ¿Qué otra cosa puede esperarse de quien se transforma abruptamente, vía pasional, en dueño del dueño?… ¡Cuántas veces había oído de boca de empresarios y negociantes el sutil comentario de que la mejor forma de fundir sus empresas, de perder el fruto del aquilatado trabajo de mucho tiempo, es hacer el amor con la secretaria!… Risueñas palabras no exentas de veracidad. Pero, ¿acaso estaba ella autorizada, por los hechos y antecedentes que poseía, a tener tales pensamientos con relación a Ramón?… Nada… absolutamente nada, le podía inducir a la idea de que la lealtad del capataz sufriera mella alguna… cualquiera sea la circunstancia que le reuniera a ella.

     En otras ocasiones optaba por no creer que el mentado asunto dimensional era para tanto, pues sabía que la grey varonil tiene por costumbre magnificar tales hechos y celebrarlos ruidosamente, en especial luego de una buena comida con guitarra y en tanto que el espíritu de Baco la haya irrigado generosamente. Quizás la negrita Hortensia, a quien consideraba más bien como algo cándida, haya exagerado un tanto con aquello de «cosa de Mandinga»; no podía sino sonreír cuando recordaba que luego de ver «aquello» había salido disparando. Sin embargo, la desmesura de los ojos de Hortensia en el recuerdo de «aquello», revelaba la probabilidad de que había visto cosa descomunal. Al final, los dichos y declamaciones de las criadas no hicieron sino decantar una capa de meliflua certidumbre en su espíritu. Pero a partir de ahí se cuidó muy bien de consultar a sus otras empleadas y a cualquier otra persona sobre el asunto. 

     Días después, en ocasión de una de sus habituales recorridas por el predio, vino a encontrarse nuevamente con su criada Adelita.

     —¿Sabe, niña, —arrancó la moza— que ya me he enterado de lo que quiere decir eso del «ladrillo y pico»?

     A esta altura de los acontecimientos Marcia Paula ya había sospechado el significado de tal concepto. Pero, para asegurarse, quiso pasar adelante.

     —¿Ah, sí?… ¿Y se puede saber de qué se trata?

     —Mire patroncita… Se la hacen poner sobre la cara de un ladrillo, de esos que están en las pilas, y la miden comparándola con su largo; así que «ladrillo y pico» quiere decir que va más allá del largo de un ladrillo… Y… se la hacen sobar para que no esté perezosamente dormida sobre el ladrillo.

     —¡Bue!… —dijo entre dientes la patrona—. ¿Y para qué existirá el sistema métrico decimal?… En fin… Allá ellos con su unidad especial… Pero no dejó de rememorar (desde su época de estudiante de Arquitectura) que la longitud del ladrillo es de veintisiete centímetros.

     Ahora, decididamente, giró sus pensamientos volviendo al caso de Ramón Zamorano. En resumidas cuentas tuvo la confirmación de que en ese particular entorno de la jarana masculina, era costumbre el utilizar el largo de un ladrillo como unidad de medida para determinar la longitud del órgano viril. Y esto, sin que fuera dable establecer el origen de tan estrafalario patrón de contraste. Empero, saltaba a la vista, nada más claro para visualizar entre aquella sencilla gente la deseada unidad para el miembro masculino, que así vino a quedar indisolublemente ligado, en la mentalidad popular, al antiquísimo paralelepípedo elemental de la construcción… ¡Qué demonios de sistema métrico decimal ni qué ocho cuartos!

     Mas ella seguía pensando, después de tomar un ladrillo y de observar especiosa y glotonamente la dimensión de su largo, que en todos esos pareceres había una alta cuota de exageración, nutrida por la siempre exacerbada imaginación de la libido.

     Pero… ¿y si al final de cuentas el hecho del súper-desarrollo viril de Ramón fuera verídico, tal como lo estaba conjeturando?…¿Y si efectivamente el destino que promovió en ella la pasión que sentía, le enviaba al mismo tiempo la solución de su satisfacción? ¡Al alcance de la mano!… ¡Con sólo una insinuación de su parte!…

     Recordó una anécdota que había oído de un cuentista: un cierto paisano, en medio de una inmensa inundación, se hallaba sobre el techo de su rancho en tanto que el nivel del agua seguía subiendo. Como era muy piadoso se había encomendado a Dios para su salvación y confiaba manifiestamente en ella. Un bombero socorrista se aproximó al hombre con un bote a motor y le advirtió que se viniera con él. El paisano se negó en redondo arguyendo que Dios le salvaría. Poco después, con el agua ya a mitad de las pantorrillas, aparece un helicóptero de salvamento y le arroja una escala de cuerdas; tozudamente el lugareño se niega a subir por ella con el mismo argumento anterior. Finalmente termina ahogado y se va directamente al Cielo. Muy irritado contra el Señor que no lo había salvado se queja amargamente ante Él. «Pues has de saber, hombre necio, que te envié primero un bote y luego un helicóptero y no fuiste capaz de reconocer la señal», fue la respuesta de Dios…

     ¡Caramba!… ¿no estaría ella siendo ciega ante la señal?…

     Ya algo aflojada, comenzó a pensar seriamente que no debía importarle entregarse al amor de un capataz, porque sin lugar a dudas, según razonaba con simplicidad, la cuestión debía mirarse exactamente en sentido contrario: era ella, la niña, la patroncita, la dueña, la bella y rica heredera, la que había de requerir favores que el oro no paga. Y había de hacerlo en la persona de un individuo que ostenta la naturalidad y la sencillez propias de quien no ha mordido la manzana de la ambición, según se manifestaba para ella con total obviedad.

     Y de tanto ir y venir con tales y encontrados pensamientos y sentimientos, acabó por asumir que el mancomunar su pasión con la que seguramente le aportaría su capataz, no implicaba, en suma, una pérdida de decoro en lo que a ella se refería, por lo que terminó por imponerse su natural de fresca y espontánea humildad.

     Así, el deseo que asaz le incordiaba acabó por erosionar todo el resquemor que hasta el momento se había basado en la diferente jerarquía de ambos.

     Y asumió, definitivamente, que encontraría el modo y el ímpetu necesarios para comunicar a Ramón sus anhelos y requerir de él su amor. No sería tarea fácil. La relación que hasta entonces había desarrollado con su capataz se basaba casi exclusivamente en el trabajo que ambos desempeñaban y no era posible aherrojar el fantasma de la jerarquía que ella ostentaba frente a él. Debía encontrar la oportunidad para perforar el blindaje de tal fantasma, pero acabó confiando en su intuición femenina… y en la respuesta del capataz, de quien descontaba su gran enamoramiento.

     Lo que entonces realmente pasó a preocuparle era la peligrosa eventual difusión del hecho por todos los ámbitos de la estancia y por los alrededores. No debía ella calentar demasiado sus mientes para pensar que sus amoríos con Ramón, si ocasionalmente se hicieran conocidos, habrían de levantar gran polvareda.

     Y dado que debía descontar la prudencia de sus propios labios, sólo le quedaba por encontrar el medio por el cual el propio Ramón guardara el más absoluto silencio… ¿Sería confiable en tal sentido el capataz? En el común de los hombres ello no es fácil de imaginar.

     Cuando llegaba a este punto, conociendo la natural fanfarronería con que la mayoría de los pretendientes a superamantes masculinos, sueltan las amarras de la apología de su virilidad, sentía, por momentos, dudas que la boca de Ramón permaneciese callada.

     Además, supuesto que por tal senda no hubiese cuidados, sería menester erigir poderosas murallas para la defensa del secreto en medio de la comunidad, cosa que, según se lo dictaba su experiencia de vida, resultaría a la postre simplemente ineficaz. Después de todo, ¿no actuaría la señorita Hebe Berta en su relaciones con Sultán con la plena convicción de que ellas no eran conocidas de nadie?… Entonces se decía que debía poner fuera de órbita aquellas demenciales ideas de convertirse en amante de su capataz.

     Pero… ¿y si estuviera realmente frente a «la gran noticia»?… 

     TOCANDO EL CIELO

     Unos días después la princesa de la Estancia La Soya salió muy temprano a dar una recorrida por los alrededores. Si bien no deseaba pensar en ello, acariciaba la subyacente idea de encontrarse con su capataz. Y el sino le fue pródigo en contados minutos. Montado en su alazán, con su ancestral estampa majestuosa, le halló dando indicaciones a unos hombres.

     —Buen día, Ramón. ¿Cómo van las cosas por aquí? —inquirieron como al descuido los carnosos labios, forrados de apretada grana.

     —Y… mire, patroncita, que así se anda ––contestó él, desmontando de inmediato del caballo––. Estamos tratando de meter aquella hacienda por el brete para llevarla al potrero del sur.

     —¿Trajiste ayer el encargo que hicimos al gallego Don Pancho?

     —Sí, por supuesto. Por ese lado todo anda bien.

     —¡Ah, bien, bien, Ramón!… ¡Mi capataz cumple todo a la perfección!… ¡No sé que haríamos por acá sin vos!…

     Él se halló de improviso algo cohibido, tanto por esas palabras como por la insospechada presencia de su silenciosamente amada diosa en hora tan temprana. Siempre le ocurría lo mismo cada vez que ella se le dirigía, ya que entonces las furiosas huestes de la amorosa legión de su alma, con la mera presencia de aquella mujer idolatrada, entraban en ebullición; ¡cuánto más!, cuando le hablaba con aquel timbre angelical. Pero en esta ocasión lo estaba aún más, por haber adivinado un algo especial en el tono de su voz. Desde un principio captó, con obviedad, que no era precisamente aquél con que ella se dirigía comúnmente a él. Había percibido como un cierto afecto en sus palabras, lo que acabó por colmarle de embarazo e hizo ascender rubor a su rostro.

     Marcia Paula estuvo muy atenta a las minuciosas explicaciones de la actividad que se estaba desarrollando, las que salían a borbotones por la boca del capataz y, como era asimismo muy diestra en los quehaceres que atañen a las tareas rurales, fue siguiendo los diferentes aspectos de tan convencional charla. En aprestos de esta guisa pasaron aproximadamente unos treinta minutos, en que las tensiones del capataz se relajaron y al cabo de los cuales, ella, dando un giro a la conversación, apuntó:

     —Oíme, Ramón: los otros días, al hacer una recorrida por el linde este del campo principal, me di con un par de maquinarias viejas y unos cuantos trastos más que parecen estar oxidándose sin que nadie se ocupe de sacarlos de la vista. No me agrada que se hallen allí a la espera de no sé qué cosa… Esos mini-cementerios de trastos viejos, uno por aquí, otro por allá, dan una pésima impresión de abandono. El óxido que los recubre, el semi-enterramiento de sus partes y la vegetación que termina abrazándoles por todos lados, no es precisamente una imagen edificante… He visto varios de esos islotes en los campos, pero aquél del linde este se halla muy en nuestras narices…

     ––Se trata, amita, de un viejo tractor International, una rastra de discos que ya no sirve y unos cuantos fierros más. Ya voy a mandar que los saquen de allí.

     ––¿El tractor se puede utilizar?

     ––No lo creo… hay que radiarlo. Lo mejor es llevarlo al desguase a Villa del Buey.

     ––Bueno, por ahora, lo llevaremos al depósito viejo hasta tanto dispongamos su radiación juntamente con otras maquinarias inservibles que hay allí.

     ––¿Dónde dijo que lo quiere llevar?

     ––Al antiguo granero… al depósito viejo, pues.

     —¡Pero… patroncita!… ¿Al… al… depósito abandonado?… ¿Al que se halla próximo al taller principal?

     ––¡Sí, sí, a ese mismo!… ¿O, como la mayoría del paisanaje, también vos creés que allí existe la luz mala?

     ––¡No, no!… ¡Claro que no! Yo sé que Ud. le tiene mucha afición al lugar, pero… se halla muy alejado y a contramano de la salida del campo. ¿Por qué no lo cargamos en la chata y lo transportamos directamente a la población?; en realidad se hallan a unos pocos metros de la ruta pavimentada.

     ––Porque te acabo de decir que quiero formar un lote con otras maquinarias viejas y mandarlas a retirar… ¿para qué proceder uno por uno?… ¿Por qué no te llegás a la oficina, a eso de las diez? Allí conversaremos sobre el asunto.

     ––Yo tenía previsto supervisar algunas operaciones que me llevarían toda la mañana, pero se trata de algo que puedo derivar en otro capataz. Si Ud. ordena, patrona, yo estoy a su disposición… ¿Querría acaso advertirme acerca de algo más, así me da tiempo a que vaya pensando en la cuestión?

     ––Bueno, no seás tan ansioso ––agregó ella, esbozando una enigmática sonrisa––. Te espero en la oficina; chau.

     Y la patrona de La Soya prosiguió su marcha.

     «Creo que la ocasión se presenta como anillo al dedo -se repetía continuamente-; redondita como hecha al torno… Es cuestión de extremar los cuidados para no desperdiciarla. El granero viejo vendrá a las mil maravillas.»

     Poco después Ramón entraba en su despacho.

     En la actualidad el granero viejo era usado como un depósito donde iban a parar máquinas, trastos, dispositivos e implementos radiados, a la espera de su alejamiento definitivo y, debido a que una fama siniestra sobre él se había extendido entre aquella sencilla gente, no era visitado por nadie… a excepción de la patrona que en los últimos tiempos se había aficionado a tal lugar. Solía permanecer allí largas horas contemplando, en sus momentos de desazón y melancolía, los maravillosos atardeceres de aquellas pampas. Desde allí también podía observarse la vaguada que reptaba en el otro campo, allende el alambrado sur. La princesa había mandado colocar llave a tal depósito, que sólo ella utilizaba; asimismo había hecho reponer el antiguo circuito eléctrico, caído en desuso: simplemente un foco y un tomacorriente.

     No era fuera de lo común el que Marcia Paula y su capataz sostuvieran conversaciones de trabajo en la propia oficina de ella, en la administración; la buena marcha de los negocios de la estancia así lo requería. Ramón llegó, pues, aquella mañana a la susodicha oficina con su acostumbrada puntualidad. A una gentil indicación de ella se sentó en un cómodo canapé.

     —Usted dirá, niña…

     ––Tengo café a punto en la cafetera eléctrica. ¿Querés un pocillo?

     ––Está bien, niñita; no soy muy aficionado a tal bebida. Siempre prefiero el cimarrón. Pero no voy a despreciar el pocillo que me ofrece… Muchas gracias.

     ––Yo ya he tomado mis buenos «amargos»; a esta hora se impone a mi paladar un café dulce.

     Luego de servir ambos cafés, ella tomó su pocillo y, poniéndose de pie y mirando a los ojos a su capataz, preguntó:

     ––¿A qué hora te podrás desocupar esta tarde, después de la jornada?

     ––Bueno, Ud. sabe que yo tengo mucho que hacer hasta muy entrada la oración.

     ––Pues entonces esta tarde iremos al depósito y elegiremos el sitio en que se podrá colocar al International. Me gustaría, además, que por ahora tomaras nota del conjunto de chatarra que hay allí, con miras a venderla. Sabrás que yo tengo la única llave del lugar y que me hice allí un pequeño sitio desde donde gusto contemplar la pampa… Además… además… quisiera conversar con vos un cierto asunto.

     ––¿Tiene algún reclamo que hacerme, amita?

     —No, Ramón, Se trata de un asunto… algo especial. Y no está relacionado directamente con la marcha de La Soya.

     Se contuvo un tanto, secretamente aconsejada por la prudencia con la que debía revestir a sus palabras. Se le hacía complicado hallar la punta del hilo que condujera a desovillar la madeja; después de todo debía insertar el escalpelo en una región que, aunque la presumía favorable, no por ello dejaría de contener significativos matices ignotos… Se puso a mirar por el amplio ventanal que daba a la inmensidad de la pampa. En tanto el capataz, sentado sobre el filo mismo del canapé, ardía de ansiedad.

     —Como esas especiales cuestiones —prosiguió ella con tono misterioso— se han de restringir a vos y a mí, es del caso no enterar de esto a nadie, por lo que tendrás que andarte con sumo sigilo. Quiero decir, habrá que llegar allá sin que nos vean.

     ––¡Sí, claro, niña!… ¡Sí, claro! ––contestó, perplejo, como un autómata.

     Marcia Paula miró al cielo a través del ventanal. El sol ya lucía esplendoroso y ni una sombra de nube empañaba el firmamento. Dirigiendo su índice hacia él, dijo:

     ––Bueno, pasame a buscar con la camioneta a eso de las ocho. Llevate una buena linterna porque la luz que hay en el depósito no es la suficiente; hay rincones y escondrijos por todos lados. Aunque esta noche es de luna llena y no apunta a la existencia de nubosidad en el cielo.

     ––¿Sabe qué querría advertirle?… Mire que no será fácil conseguir ayudantes para que colaboren en transportar el International hasta el viejo granero. El común de la gente tiene mucho miedo de llegarse por ese lugar…

     ––No te hagás ningún problema por eso. No hay interés ni necesidad de ayudantes… Lo lingás a la camioneta y lo llevás a tracción; los neumáticos están suficientemente inflados, según pude observarlo; a lo mejor convenga agregarle aire, así que usá el compresor portátil, en caso necesario. Luego allá lo colocamos donde convenga.

     ––Así puede ser, patroncita. Lo voy a hacer traer esta tarde y luego lo llevamos arrastrándolo con la camioneta… y hoy mismo dejamos resuelto el problema que le preocupa.

     ––No, no… esta noche no puede ser… No habrá suficiente luminosidad como para hacer una operación de ese tipo; en la penumbra del interior puede resultar compleja… Simplemente elegiremos el lugar y después, a luz de día, lo transportaremos. Si hacés traer al tractor esta tarde, pues dejalo acá junto al depósito del casco; después lo llevaremos… quizá mañana mismo.

     ––¿Y qué hacemos con los otros «fierros».

     ––Que los venga a buscar el chatarrero de Villa del Buey y que se los lleve a todos.

     Después de despedirse y mientras caminaba por uno de los callejones que rodeaban al edificio principal, le temblaron las rodillas al capataz y se le soliviantó el corazón. Estuvo a punto de caer desvanecido al tomar consciencia de que se le disparaba una exótica y gustosa circunstancia. Jamás se le hubiera ocurrido la idea de que su adorada e inalcanzable diosa podría lanzarle una petición de tal naturaleza, toda cargada de misterio y signada por una especie de sutil clandestinidad: ¡nada menos que una cita en un lugar sospechado de maldito, en un horario inverosímil y con pautas de inusual sigilo!

     No sería el caso, ello era harto evidente, para conversar sobre las cotidianas tareas rurales. Estaba de por medio la directiva de la ubicación del International, claro… ¡pero olía a tan artificial!… ¡Ah!… ¡la noche de plenilunio!… ¿A qué vino la mención de la noche de plenilunio?… Luego: lo fundamental no podría sino tratarse de algo relacionado con la intimidad de la princesa y que estaba en sus humildes manos el dilucidar. ¿Cómo admitir que no se hallaba soñando?… Dio alas festivas a la volátil imaginación. ¿Qué querría exactamente de él? ¿No será que?… Después de tantas noches de anodinos suspiros… Después de tantos besos y caricias imaginarios, cuyo arcano sólo él y Dios compartían… Después de haber soñado mil veces con la posesión de aquel amado cuerpo torneado con exquisitez maravillosa por algún celestial artesano… ¡Ah, cruel imaginación!… ¡Divina loca de la cofradía de la mente!… Total que se pasó el tiempo de espera caminando sobre algodones.

     Con el arribo de la noche y con el corazón en la boca, se fue llegando sigilosamente Ramón conduciendo la camioneta al viejo depósito. A su lado, la princesa peroraba a troche y moche y no dejaba de admirar su siempre bienamada pampa. Con el inicio de la noche se vio surgir a Selene como espléndido y magnificado disco plateado; y ya la visión que prodigaba al campo su argentino manto, era de claridad meridiana.

     Al llegar al viejo granero, Marcia Paula abrió la puerta y ambos entraron. Luego de encender la luz que sólo afectaba a un sector mínimo del depósito, se dirigieron hacia el umbrío y accidentado interior al halo de una poderosa linterna.

     ––Aquí es el lugar para depositar al International ––dijo ella––; sólo se deberá preparar un corto callejón, poniendo todos estos trastos a un costado, para poder acceder con la chata arrastrando al tractor. Aquí, pues, lo dejaremos hasta que realicemos un pequeño inventario de todo lo que es menester desalojar.

     ––Me parece muy bien; es el sitio ideal.

     Luego Ramón lanzó el haz de luz en varias direcciones como para tomar somera conciencia de las máquinas, piezas y cosas, que mostraba aquel sombrío ambiente. De repente, se detuvo como ensimismado en un viejo y destemplado tractor. Se dirigió al él, arrobado, y comenzó a iluminarlo por todos los costados.

     ––¡Oh, amita! ¡Qué maravilla!… Este es un tractor Pampa que se fabricó en el país, en la ciudad de Córdoba, allá por la década del cincuenta. Mi padre, muy joven en esos tiempos, trabajó en la fábrica que lo producía que, según creo, se llamaba por entonces IAME. También se hicieron motos Puma en varias series que adquirieron gran prestigio como un medio de transporte barato y popular. Mi padre siempre mentaba la notoria característica del tractor Pampa, ya que contaba con un solo cilindro en un motor de dos tiempos; según él, era un gusto sentirlo andar «regulando»… Esta joya es mucho más digna de mostrarse en un Museo de la Industria que acabar con sus restos desguasados en una humillante chacarita de Villa del Buey.

     Marcia Paula detectó la sentimental nostalgia, casi por motivos personales, que embargó a Ramón.

     ––Podés quedarte con él y hacer una pulimentada pieza de museo. Incluso buscale un espacio para exponerlo en el taller principal, si te apetece.

     ––¡Gracias, patrona, me ocuparé de esta magnífica máquina! Hasta creo que podría ponerlo en funcionamiento…

     ––Vení… te voy a mostrar el atalaya desde donde se contempla el horizonte de la pampa… Es ése mi lugar favorito.

     Luego de subir por una ancha y rudimentaria escalera de madera, se ubicaron en un entrepiso muy alto de gruesos tablones en cuyo entorno se filtraban tristemente los últimos vestigios de luz del ya lejano foco. Desde allí, a través de una ventana, podía observarse la inmensidad de la noche que la luna, a pinceladas llenas, teñía de plateada lumbre. Dicha abertura también dejaba entrar un importante halo que, sumado a los procedentes del foco, se encargaban de prodigar una suficiente iluminación. Éste era precisamente el sitio y atalaya de los ensueños y anhelos de una Marcia Paula solitaria, poética y nostálgica.

     Largos minutos de embrollado silencio transcurrieron desde que ambos allí se hubiesen aposentado. Mientras la bella Marcia Paula permanecía estática frente a la ventana observando el firmamento, completamente bañada por la luz de Diana, el harto cohibido Ramón miraba en otra dirección, y de vez en cuando giraba su cabeza para contemplar con el rabillo del ojo la actitud del instante de su adorada ama… Después, al observar que su figura permanecía quieta, volvía a alejar la mirada. Así, pintada de luna, no hacía sino verla en el pináculo de su hermosura y esplendor, imagen que, a fuer de real, se hallaba potenciada por la fecunda realimentación de su inconfesado amor.

     ––Nada hay tan maravilloso ––proclamó ella–– como el escenario que ofrece la pampa en circunstancias como éstas… ¿Alcanzás a oír el gañido de los zorros?… Suena entre salvaje y espeluznante… ¡Y qué vamos a decir si le agregás el lúgubre chistido de la lechuza!… En fin, que ésta es una pincelada de la tierra que embarga el alma y otorga voluptuosa belleza a la vida…

     Ramón, hombre práctico y poco dado a lucubraciones estéticas, asentía mirando al piso. Entendía, y para nada andaba descaminado, que todas esas expresiones eran tan sólo el desarrollo previo a la verdadera cuestión por la que ambos se hallaban en tal circunstancia. Mas la iniciativa por el desenlace de aquella trama estaba indudablemente a cargo de la dueña de su alma, puesto que era ella quien había propiciado la coyuntura. Pero ya pocas dudas le quedaban que habrían de surgir hechos maravillosos y extremadamente gustosos de aquel tan particular suceso.

     —¿Sabés, Ramón, ––prosiguió ella–– que aquí suelo venir muy a menudo para pensar, distraer mi espíritu… y también para contar mis cuitas a la luna?…

     Y entonces, dirigiendo una profunda mirada en dirección a Ramón, agregó con un tono algo dramático:

     ––Y ahora es un momento en que estoy necesitando ayuda… Una ayuda muy especial…

     —¿Quiere Ud. contárselo a la luna, amita?… ¿O quizás cree que yo también, humildemente, puedo ayudar en algo? ¿Será por eso que me tiene a mí, igualmente, junto con la luna?

     —Y… según presumo, vos podés darme tu ayuda.

     El capataz sintió que habían entrado en la materia noble de la intimidad de su ama y que él era parte integrante de todo aquello… De lo contrario…

     —Usted sabe, patroncita, que yo estoy para servirle —replicó, e inundado repentinamente por un vértigo de confianza, agregó—: aunque eso me cueste la vida…

     Dicho esto último con tan grande sentimiento, con tal suspirante tonalidad, que vino a transmitir, sin más, la quintaesencia de la manifestación del enorme amor que en su alma imperaba. Y esto acabó por constituir, ante los ojos de Marcia Paula, la prueba confesa de la gran afición que el capataz le profesaba. Lo cual muy bien asimiló y motivó que catapultara su ánimo para proseguir adelante.

     —¡Ay, Ramón!… Yo agradezco al Cielo el contar con tan profunda lealtad de tu parte. Pero lo cierto es que no hallo consuelo en la aflicción que me embarga…

     Sumamente menguado ya el último vestigio de los anteriores reparos, comenzó a suspirar, presa de tierna melancolía, y luego, reclinando su cabeza contra su torso hasta hundir el mentón en los ubérrimos pechos, pareció caer en sutiles sollozos. Prosiguió:

     —Siento, Ramón, un enorme «vacío» en mi interior… Un vacío que al parecer nada puede llenar… Es como un abismo cuyo fondo se pierde en las brumas, opacas a toda mirada; como una senda cuya ignota prolongación se interna en las tinieblas de la noche; como un revuelto lago de montaña en cuya entraña ninguna sonda toca fondo… Es tan incontrolado como el anhelo de llegar al horizonte cuando se cabalga en medio de nuestra inmensa pampa…

     —Pero niña, ¡Santo Dios!… ¿Cómo puede usted sufrir de esa suerte con todo lo que este mundo ha puesto a sus pies?

     —¡Ay, Ramón!… Que si el mundo y el destino te surten de todo cuanto es posible gozar en la tierra a partir de los bienes que te cabe en suerte poseer, no es menos cierto que, por otro lado, se encargan de engendrarte ciertos deseos y pasiones que esos bienes no pueden colmar.

     A esta altura de la conversación, Ramón barruntaba ya su sentido, pero prefirió seguir la estereotipia del juego, que se había tornado harto fascinante.

     —¿Usted se refiere, niña, a aquellas cosas que dicen que no compra el dinero?

     —Exactamente es así… Mirá, Ramón, lo importante es en primer lugar tener los deseos acordes con la capacidad de satisfacerlos. Por más rico que seas, nadie podrá engastar una estrella en una de tus joyas para que la luzcás en la fiesta.

     —¿No será cuestión, amita, de meter esos deseos en un brete ajustado para que se queden quietos y marchen siempre por donde deben ir? Al final, siempre que haya algo qué hacer, un poco de carne para echar al asador, un poco de yerba para tomar unos cimarrones y una buena china que le rasque a uno la espalda… ¿qué más hay que querer?

     —Esas son sencillas y sabias razones de quien no ha mordido la ponzoñosa manzana del andar mundano —dijo la princesa, más bien como para sí.

     —¿Y quién le ha dicho, mi patroncita, que la manzana está envenenada? ––Luego, en tono de apropiada chanza––: En realidad es una de las frutas más ricas que existen en el mundo y yo no me harto de comerlas.

     Aun dentro de la tristeza que parecía demostrar, la joven no pudo sustraerse a una sonrisa por la simplicidad de su capataz. Mas ya se hallaba convencida que las emociones suscitadas en él iban adelantando a las palabras, que sólo atinaban a guardar algo de su formalidad. La patrona prefirió obviar toda explicación ulterior de su alusión al Paraíso, y ambos cayeron nuevamente en un profundo y revelador silencio. A la hora de ponerle fin, dijo Ramón:

     —Mucho me esfuerzo, mi niña, en imaginarme de qué forma podría yo contribuir para resolver ese problema de «vacío» que tan a mal traer me la tiene; y que yo creo, según mis pocas luces alcanzan a ver, es más propio de visitar a un médico, o a alguno de esos que dicen que curan el alma y que le llaman analistas. Quizá le convenga ir a lo de la Ña Flora para que le ayude con algún yuyito, o algún conjuro de esos que ella sabe cómo preparar.

     —No, Ramón, lo mío no es tanto mal de amores… Y el vacío interior lo es tanto del alma como del cuerpo; pero ambos están ligados de tal forma que yo tengo para mí que resuelto este último quedará automáticamente conjurado el primero… Y es allí precisamente donde intervenís vos… si es que estás dispuesto a ayudar a tu patrona.

     Y ahora, por imperio de la circunstancia y del tenor de la conversación, había puesto una gruesa pincelada de miel en la voz. Los acontecimientos comenzaban a precipitarse y Ramón ya estaba en lo cierto de que la fama de su viril dotación había entrado en los oídos de su patrona. Y… ¡cosa absurda e inimaginable!: ella, principio y fin de sus sueños truncos, el objeto de todos sus desvelos; ella, la inconmovible e inalcanzable diosa de su corazón, se hallaba exactamente en la ruta del encuentro.

     —Le repito, niña, que estoy enteramente a su servicio y con toda la predisposición necesaria para ayudarla… Pero sigo sin entender… A menos que…

     El juego era subyugante para ambos y el capataz, con sus últimas palabras, aparentó como que una fulminante centella viniera a hacerle caer en la cuenta del verdadero significado de todo aquello. El simple atisbo de la continuidad de lo que estaba ocurriendo, con esa extraña e insinuante mezcla de miedo y de gusto a lo prohibido o grande, hizo que una dulce corriente eléctrica le atravesara el cuerpo erizando sus cabellos… En su pecho el corazón tocaba a rebato… Y ya con un jadeante murmullo continuó:

     —¡Oh, niña!… creo entender a qué «vacío» se refiere usted… ¿Me quiere decir que?…

     Ni pudo, ni quiso proseguir su más que confuso discurrir, pues ella apoyó suavemente sus pulposos pechos sobre el de él, e incontinenti depositó cariñosamente la diminuta y nívea mano en su abultado pubis, al par que con ojos entrecerrados le ordenó con un bisbiseo:

     —¡Mostrámelo!…

     —¡Niña!… ¡Niña querida!… ¡Jesús!… —contestó el acoquinado capataz, en el grado supremo del atontamiento; aún le costaba hacer descender a su ídolo al terreno de lo humano—. Yo… ¡yo no sé!… ¡yo no sé!… ¡No debería!…

     Ella ya había reconocido, a través de la elemental palpación, que aquel tibio promontorio guardaba mucho volumen, aun cuando desdibujado por efecto de la ropa. Recostó su cara sobre el pecho de Ramón, cuya barbilla comenzó a acariciar los cabellos de su corona y cuyo olfato empezaba a embriagarse del perfumado e incitante aroma. Luego levantó ella su cabeza y, sin dejar de pasar sutilmente su mano por la región pubiana, con frescos y húmedos labios, aplicó un voluptuoso chupón en el fornido cuello del joven. Notó entonces cómo el palpitante cuerpo bajo el dominio de su mano aumentaba raudamente de volumen.

     El capataz, lleno de ansia, tomó con ambas manos la cabeza de la princesa y en tanto que besaba mil veces su corona y sus cabellos, susurraba:

     ––Niñita… Niñita… ¿Cómo es que mis sueños?…

     Marcia Paula intuía cabalmente el significado de esa inquisición y comprendió que necesitaba al fin vencer los últimos vestigios del candor del capataz.

     —¡Vamos!, ¡vamos, hombre!… ¡Dejate de remilgos!… ¡Mostrámelo de una vez! —repitió con enfáticos e impacientes susurros, incrementando el frenesí de su caricia.

     ––¡Niña… yo… yo… yo!

     La princesa sabía a la perfección que sólo la idealización del amor, en las personas del tipo de su capataz, formado desde niño en la campaña con una concepción cuasi victoriana, era el motivo de sus resistencias al paso del amor físico. Sabía que la había colocado en un pedestal de mármol, el que a ella le había brindado grandes satisfacciones… al principio. Ahora se veía en la molesta coyuntura de descender de dicho podio, ante los pundonorosos ojos de él.

     Incrementó el besuqueo en el cuello y en la barbilla de Ramón.

     ––Vamos… Ramoncito ––le deslizó al oído con tiernísimo susurro––. Yo sé que vos me querés… Entonces, entonces… ¿qué estás esperando para mostrarme «eso»?

     ––Bueno, niñita… ya voy… ya voy…

     Acto seguido y tomando una firme resolución, ella se separó un tanto. Ambos empezaron de consuno a maniobrar sobre el pantalón de Ramón y tal era el nerviosismo que experimentaban que no hacían sino meter mano alocadamente aquí y allá. Así, sus primeros impulsos, superpuestos, inconexos, cuajados de excitación y en parte confrontados, introdujeron el subsiguiente desorden en sus acciones, y no había forma de lograr poner el miembro al exterior. La confusión que les embargaba, y en gran medida el dificultoso manipuleo que la dimensión del órgano viril exigía, sumados a lo recóndito de su ubicación entre las ropas, hicieron perder la paciencia a la ya convulsionada princesa. Atribuyendo tanto escollo al remanente embarazo de su capataz, que parecía no hacer sino estorbar la maniobra, decidió tomar el toro por las astas.

     —¡Quedate quieto, Caray! —clamó—. ¡Desabrochá el cinto de este bendito pantalón, bajá ese dichoso cierre relámpago y dejame hacer a mí!…

     Y una vez que el alelado capataz obedeció, Marcia Paula, de un brioso tirón, arrasó con toda aquella ropa hacia abajo dejándole desnudo entre cintura y tobillos y pudo finalmente, de una manera impoluta, echar al aire el apetecido instrumento. Éste, ya desde largo desinhibido y aquilatado e incentivado por la vigorosa presión que la sabia caricia preliminar le insuflara, había entrado en veloz estado de erección. Libre ya de la contención que las prendas le significaban, saltó al podio, pues, como impelido por un resorte y se presentó ante los ojos de la angurrienta princesa, en todo su señorío y con una fibrosa inclinación en pendiente hacia el cielo.

     …Y entonces advirtió que aquel órgano era verdaderamente majestuoso. En su extremo presentaba un capullo rezumante y de subido tono rosa con tintes violáceos… Se diría que estaba como enrabiado… Y la primera imagen que se apersonó a su mente fue la del espanto que tomó a la negrita Hortensia, en ocasión de avistarlo inopinadamente.

     El hecho es que cuando hubo aposentado su mirada con mayor interés en semejante glande quedó pasmada de estupefacción… y de complacencia: ¡se le ocurrió que era extraordinariamente bello!… No afectaba precisamente las comunes formas hemisféricas o troncocónicas, sino que constituía una sutil combinación de ambas y con una voluptuosa asimetría entre sus ejes vertical y horizontal, pues se le veía más distendido en el sentido de su ancho. Pero, fundamentalmente, ¡era enorme! y ocupaba una inusual proporción del miembro total. Se trataba dicho glande de un primer cuerpo, a partir de su arranque, que inducía a la forma esférica —algo achatada, como se vio— pero luego prolongado en una suerte de domo que afectaba una conformación alargada, pareciendo querer expresar una elongación a propósito para «embocar». La transición entre ambas superficies era sutil y elegante y su piel se veía de una tersura extrema. Lo que más impresionó a Marcia Paula era precisamente su forma, su volumen y su armonía, en todo el conjunto de aquel munificente «descubrimiento».

     Tragó saliva…

     —¡Uy… uy! —susurró, muy por lo bajo, en el paroxismo de la voluptuosidad—. ¡Qué maravillosa criatura!… ¡Qué descubrimiento colosal!… ¡Uyuyuyyy!…

     Marcia Paula no podía dar crédito a lo que sus ojos le mostraban, y en un arrebato de inmensa alegría pensó que todos sus problemas resultarían definitivamente aventados con la posesión de aquel robusto apéndice viril. Inmediatamente vino a su mente la tan particular unidad de medida referida al ladrillo, y sin detenerse ahora en consideraciones de precisión, pudo corroborar la veracidad del aserto. Una sutil reflexión se filtró por sus meninges:

     ––Jamás me hubiera enterado de la existencia de tan rico tesoro bajo mis propias narices a no ser por la chismosa Adelita. ¡Qué importante es tener el radar en funcionamiento aun en el campo de las fruslerías! Lamento los retos que la pobre niña se ligó a causa de su desenvoltura. Al final de cuentas, nada hay tan importante como la capacidad de uno de separar la paja del trigo. Pero… verdaderamente digo que en medio de la más abrasadora sed, ignoraba el fresco manantial subterráneo que se hallaba precisamente debajo de mis pies…

     Casi de inmediato se vio impelida a posar delicadamente sus manos sobre aquel miembro, al que empezó a prodigar tantas especiosas caricias como su singular regodeo le incitara. Se abandonó a la deleitosa tarea… Recordó sus últimos y anhelantes sueños.

     Acanaló la palma de su mano y comenzó a recorrerlo por su parte inferior en un ir y volver desde el vigoroso empotramiento hasta la impresionante y roma capucha extrema… En cada arribo a la base no olvidaba sopesar el saco testicular relamiéndose con su textura de armiño.… Y todo lo emprendió con asaz parsimonia y sensualismo…

     Luego comenzó a multiplicar con ambas manos la tibia frotación, ora cubriendo de mil modos la longitud de aquel órgano, ora empuñándolo en distintos sectores… Con ello fue tomando gustosa conciencia de las propiedades que habría de esperar de tan impensado instrumento: dilatada longitud, hechizante grosor, férrea rigidez y, según era de desear en grado superlativo, proporcionada potencia viril…

     Mientras, su pensamiento se revolvía en la conclusión de que el Cielo le había enviado mágicamente aquel aditamento… ¡La fresca agua bajo la sedienta lengua!… «He aquí -dijo para sí- el instrumento que ha de proveer alivio a mis anhelos… He aquí la viril fuerza curativa que la naturaleza pone a mi disposición»… Forzó un conocido refrán latino: «He aquí: mi ‘vir’ medicatrix naturæ.»

     Ahora le aproximó sus labios… y comenzó a besarlo con fruición, reproduciendo, con ojos entrecerrados, sus muestras de indecible deleite.

     Se detuvo unos instantes, fascinada, a contemplarlo todo nuevamente… Y luego reinició la caricia de vaivén. Por momentos, suspendía el movimiento y aplicaba al instrumento un cadencioso y ligero impulso hacia arriba y hacia abajo, como tentándole su peso; luego, al percibirlo asaz denso y al observar su elástica oscilación, fruto del ansia y de la juvenil rigidez que ostentaba, se solazaba con el subsiguiente flujo de renovado gusto.

     Acto seguido pasó lisa y llanamente a la etapa de la caricia húmeda y cuando se sintió impelida a chupar aquel magnum et formosum caput, comprobó que no cabía en su boca; sencillamente era demasiado extenso y debía abordarlo por partes… Notó cómo gruesas y untuosas lágrimas de ansia de posesión brotaban por su natural vertedero.

     El macho que había en Ramón se licuaba de gozo, mas el enamorado sentir de su exquisita alma ingresaba en los dominios mismos del Empíreo.

     Su adorada princesa, su más acabado ideal de amor, el numen supremo del sacerdocio de su corazón, acababa por adquirir prodigiosa corporeidad en la deslumbrante figura de aquella diosa, arrodillada… y subyugada. Su etérea idealización tomaba ahora forma de carne; se entremezclaba con ella y comenzaba entonces a verter en su alma un destilado de emocionada alegría de vida.

     —¡Quién lo fuera a pensar!, amita… ¡Quién lo diría!… —jadeaba, susurrante, en medio de estertores.

     Y en tanto que permanecía con la cara echada al firmamento y con los ojos cerrados por la ensoñación, su confusa mente se negaba, por momentos, a dar crédito a la prodigiosa vivencia de la hora.

     Mas tampoco podía arrojar fuera de sí una fabulosa sensación de apoteosis: Ramón Luis Zamorano se vio contemplando el mundo desde la cúspide del Olimpo, como un eternal morador del sitial divino.

     Entretanto la bella estanciera pasó a los hechos y desprendiendo la hebilla del ancho cinturón que orlaba sus caderas, hizo deslizar hacia abajo, hasta sus rodillas, al sencillo Far West que vestía; lo propio hizo con su más íntima prenda y, arrodillándose sobre el lecho de pajas en que se encontraban y colocándose en posición de banco, ofreció al aire sus níveas y maravillosamente conformadas nalgas. Se hallaba más que húmeda por la tremenda excitación.

     —¡Ah, mi buen capataz!… ––exclamó, impaciente–– Hagamos el amor… Vamos… La hora ha sonado para ello…

     Ramón, que ya no alberga inhibición alguna sino que es todo instinto y pasión, para nada duda acerca de lo que debe hacer ante la increíble propuesta y, dando infinitas gracias al Cielo de haberse convertido en tan impensado y grato curador de males, comienza a penetrar a su ama con dulcísimos cuidados. Con el sensible domo de su dilatado apéndice hurga, tantea, palpa y escruta el vestíbulo del sexo de su ama, juego en el que se amalgaman los humores respectivos.

     ––¡Ahhh!… ¡ujjj!… ––suspira ella, que por su persistente abstinencia de los últimos tiempos se halla realmente famélica. Luego, para sus adentros––: Bueno Ramón, hasta aquí hemos llegado en la búsqueda del remedio a mis males. Creo que vamos por el buen camino porque hemos dado con la horma apropiada. Ahora es de esperar que su efecto sea todo lo saludable del caso. Vayamos, pues, Ramoncito, a la realización de la cura…

     ––¡Amémonos, caro Ramón!… ¡Amémonos hasta el infinito!… ¡Ahhh!… ––clama a continuación.

     Y al par de tal requerimiento menea las caderas e imprime a su pelvis un sostenido impulso de retroceso para devorar nuevos segmentos de aquella sustanciosa forma. Finalmente, ésta termina alojada íntegramente en la entraña de la bella en menos que canta un gallo…

     —¡Ay!, Ramoncito… ¡Qué delicia inescrutable!

     Ahora Marcia Paula se encuentra colmada como nunca lo había estado… con una plenitud sin precedentes. A tenor de la novedad de la experiencia y en virtud de las hipertrofiadas dimensiones fálicas que ella desde siempre parecía haber apetecido, se halla embargada de una voluptuosidad tal que le cosquillea en todo el cuerpo… Por momentos muestra tal avidez por colmar su dilatada entraña, que se adhiere feroz e impulsivamente al pubis de su capataz… Parece imaginar que las prominencias de las zonas de contacto de ambos pubis le retacean impensados complementos de goce.

     De repente, Marcia Paula se aquieta… El éxtasis que señorea ahora en ella se traduce en la cuasi absoluta inmovilidad de su cuerpo y en la reconcentrada atención de su mente.

     Cuando el joven capataz, impelido por la incontrovertible naturaleza, quiere recomenzar sus movimientos de vaivén, ella exclama exaltada:

     —¡No Ramón… Así no!… No te movás, por Dios… Podríamos terminar demasiado rápido… Y esto requiere tiempo… Acariciame, entretanto, el vientre y el busto.

     Después de desabrochar la blusa, pone Ramón los deliciosos pechos en las cuencas de sus manos. Percibe su suavidad de terciopelo y la plasticidad de su ubérrimo pender… Y, ora a través de ellos, ora tomándola de los hombros, comprime el cuerpo de su princesa contra el suyo, en tanto que ella, en sus escasos instantes de dinamismo, se menea armoniosamente en todas las direcciones del espacio; lo cual, con el entrechocar de las partes en el húmedo y aceitado entorno, provoca una suerte de subyugante cloqueo.

     Ramón se halla agradablemente sorprendido del «vacío» de su princesa. No es la primera vez que tiene una relación con una amante y conoce muy bien los cuidados que debe tomar en cada una de esas circunstancias. En rigor nunca alcanzaba a llegar a una profundidad que le resultara satisfactoria, y cuando, poseído por el atavismo del instinto, se extralimitaba un tanto, originaba quejas y lamentos que le resultaban por demás desagradables. Por ello persistía en él cierta aprensión hacia la desmesura de su miembro, pese a las loas y alabanzas que tal situación le deparaba en medio del paisanaje… hasta que hubo arribado esta noche maravillosa.

     Entonces Ramón se sorprende gratamente… Su pubis logra con desacostumbrada rapidez entrar en fascinantes caricias con el de la princesa y su sutil entrechocar, nimbado de tibia humedad, suena como música celestial a sus oídos… ¡Nunca había logrado una inmersión tan franca y repentina!… ¡Nunca había dejado de percibir la contrapresión del tope de su avance y de oír el gemido de su ocasional amante!… ¡Por el contrario!: su adorada amita se complace ardorosamente.

     Si algo debe caracterizar a aquel bautismo de amor, es el hecho de su duración y de los prolongados lapsos en que ambos permanecen cuasi estáticos, según los imperiosos requerimientos de la patrona. Ésta se siente pletórica, tanto en el cuerpo cuanto en el alma… Hubiera deseado prolongar el momento por siempre jamás, al igual que el famélico huérfano que se halla de repente ante una bien nutrida mesa.

     ¡Al fin percibe que colma su maldito «vacío» interior!… ¡Finalmente encuentra la refrescante lluvia que alivia el fuego abrasador de sus entrañas! Hecha un mar de suspiros, celebra con un angelical y forzado lloro de deleite cada embate que aquel coloso, de vez en vez, generosamente le prodiga. Sin embargo, con cada arremetida, encarece de mil maneras a su dueño que no ingrese en el frenesí final. ¡Tanto es su deseo de prolongar aquel estado de inefable plenitud que, a buen seguro estaba, no habría de conseguir por ningún otro medio! Y es claro que el fidelísimo capataz atiende con especial énfasis a todos los deseos de su amada patroncita, y así reprime su actividad para sumirse ambos en la inescrutable voluptuosidad de la sublimación sexual.

     Posteriormente, rebasado el umbral de la contenida excitación, percibe Ramón que ya no le es posible evitar el advenimiento del goce supremo. Temeroso de la acogida que el final y el consiguiente flujo habrían de provocar en su princesa, pone tiernamente su boca muy próxima a la oreja de ella y, entre jadeos, murmura:

     ––¡Ay, amita!… que siento que se aproxima mi final… ¿Qué quiere Ud. que haga?

     ––¿Qué otra cosa podrías hacer sino lo que manda la ley?… Seguí las instancias de tu naturaleza y dejá de preocuparte por el derrame que has de provocar, que no otra cosa estoy esperando para la culminación de este bendito acto.

     Y comienza a menearse con inusitada vivacidad para acicatear al atribulado capataz a completar el juego. Señal que, en la circunstancia, no dada a lerdo ni perezoso, hace que él la tome fuertemente de los hombros y, apretujándola contra sí con suma energía, realice tres o cuatro furiosos embates, al final de los cuales se desagua al influjo de los irresistibles estertores del clímax.

     Ramón no puede sustraerse a las celestiales delicias que tal goce le procura, toda vez que, al par del regodeo físico del que es portador el orgasmo, se agrega la para él inefable sensación de donación de lo más íntimo de sí mismo, en los efluvios de su semilla. Sin duda interpreta que el depósito de aquellos amorosos humores en la entraña de su amada, viene a constituir la quintaesencia de la muestra del amor a la princesa.

     Marcia Paula, por su parte, siente, en medio de los violentos espasmos de aquel bracamarte inserto en su vientre, que su dilatado interior femenil resulta generosa y tibiamente irrigado, con lo que se redoblan los inenarrables deleites que aquella relación y aquel descubrimiento le habían venido a deparar.

     Poco después, Marcia Paula y el capataz yacían uno al lado del otro, embargados por un relajante hormigueo de músculos y espíritus. Mientras así aflojaban sus cuerpos y mentes, permaneciendo quedamente acostados de espalda sobre el henar, la princesa mantenía dulcemente tomado con su nívea mano el ahora flácido miembro de su capataz. «A partir de este momento -se dijo- poseo el mayor tesoro del mundo… O, mejor dicho, él me posee a mí».

     Transcurridos varios minutos se pusieron de pie y, llevadas sus prendas de vestir a sus posiciones usuales y apoyados luego en el elevado antepecho de la ventana, estuviéronse largo rato contemplando la noche y la luna, sus únicos y mudos testigos. De pronto ella se refugió entre los brazos de su novísimo amante, y poniéndole su boca muy cerca del oído susurró:

     —Esto, Ramón, ha sido realmente maravilloso y es mi deseo que lo repitamos. Pero debo pedirte de corazón algo de la mayor importancia para que todo salga con bien. Vos debés cumplir una promesa que aquí, frente a tu amita, habrás de hacer y en virtud de la cual deberás jurar que por ninguna cosa del mundo habrás de quebrantar tal promesa.

     —Usted bien sabe, mi amita, que en mí tiene un amigo y servidor incondicional. Y así, lo que usted mande hacer, será hecho por mí, cualquiera sea el precio que deba pagar, siempre que no me falten las fuerzas necesarias para ello.

     —Como no escapará a tu juicio, se hace indispensable que esto que acaba de tener lugar aquí deba permanecer en el mayor de los secretos. Nada sería más pernicioso para nosotros y para la marcha de La Soya que ande en boca de todos; vos sabés cómo se solazaría la chusma si pudiera hincar el diente en tan tierna carne. Tendrá que ser «nuestro secreto»… al menos hasta que tengamos conciencia cierta de lo que sea conveniente hacer.

     »Simplemente te pido que me des tu palabra de criollo bien nacido, de que nunca, por ninguna causa, bajo pretexto alguno, habrás de contar a ningún oído lo que esta noche ha ocurrido aquí y lo que, Dios mediante, habremos de reiterar para nuestra suprema felicidad… ¿Lo prometés Ramón?

     —Amita de mi alma: usted sabe que yo no soy de palabra fácil sino más bien retraído. Esto ya de por sí debiera servirle de garantía de que esta boca quedará sellada por la pesada lápida del silencio.

     Y luego, arrodillándose frente a ella y tomando con sus brazos sus muslos, fue a depositar su cabeza entre ellos y con lágrimas en los ojos, agregó:

     ––Amita de mi corazón: sepa que aun desde antes que Ud. llegara a este lar, mi alma ya la había convertido en la suma de todo su amor. Nunca encontraré palabras para hacerle conocer el secreto sufrimiento que hasta esta bendita hora me había embargado… Y jamás han de pronunciar mis labios palabra alguna que pueda mancillar éste, nuestro íntimo secreto. Temería destrozar tanta belleza. Con enorme alegría lo vengo a reputar también como «nuestro secreto», y el que Ud. lo haya catalogado así me inunda de gozo… ¡Sépalo, amita!: que la maldición del infierno caiga sobre mí, si cometiera una indiscreción de tal suerte. La lealtad, fruto primogénito del amor que le tengo, no conoce límites.

     Mientras acariciaba los cabellos del definitivamente rendido capataz, la joven exclamó:

     —Gracias, Ramoncito… mil gracias. Así lo espero y quedo convencida de la sinceridad de tus sentimientos y de la fuerza de tu voluntad… Vení, ponete de pie y probemos nuevamente el dulce néctar del amor.

     Cuando el capataz se hubo incorporado, ella le abrazó con gran efusión y buscando con sus labios los de él, se fundieron ambos en un ardoroso y húmedo beso. Con ello y con la inestimable ayuda de la deliciosa caricia de Marcia Paula que le tentaba por sobre el pantalón el órgano masculino, volvió éste a ganar envergadura rápidamente. Pusieron ahora una lona que se hallaba en las inmediaciones sobre el mismo lecho de paja y, ya totalmente desinhibidos y vencido el último reducto del pudor que se interpusiera entre ellos, procedieron a despojarse de toda la ropa. Así, desnudos como el Cielo los arrojó al mundo, se dedicaron a los más especiosos juegos amorosos, para concluir con un segundo sacrificio de aquel rito de amor que, utilizando la misma postura que el anterior, hizo las delicias en las entrañas de la fogosa joven.

     Quedaba así Afrodita sumamente complacida…

     En esa maravillosa jornada ella había alcanzado el súmmum. Se había sumergido en la fuente de la felicidad. Había contemplado, embriagada, los dinteles de la gloria. Ella se había hallado… ¡tocando el Cielo!…

     A eso de las cuatro de la mañana, ya de regreso a su dormitorio, la dichosísima Marcia Paula se introdujo entre las sábanas de su lecho y se durmió con sabrosa profundidad. 

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