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Enloquecidos y apasionados – Capí­tulo 5.

Como ya dije, este relato es 100% ficticio, pero podría ocurrir. Recomiendo que lo lean desde el primer capítulo, si no lo han hecho ya.

e-mail: tiocarlos52@yahoo.com.ar

msn: tiocarlos52@hotmail.com

Pasaron los días y no volví a pensar demasiado en la extraña actitud de mis compadres/suegros… seguramente, este segundo apelativo no sería muy agradable para ellos, pero un hecho es un hecho y este caso no era ninguna excepción: Mica y yo nos amábamos y no estábamos dispuestos a renunciar a esa relación… por lo menos yo; aclaro esto porque, por su edad, mi amada nena hermosa podría haber cambiado de opinión en cualquier momento… eso pensaba, hasta que un día, volvía yo de una reunión de probable futuro trabajo, en la que mi nena hermosa se habría aburrido como un hongo; la encontré recostada de panza sobre “su” cama, escuchando el último disco compacto del grupo U2 en su equipo de música, y entré a saludarla con un beso. Vestía una remerita fucsia que cubría sólo hasta la mitad de su espalda y por delante, obviamente, no le cubría la panza. Abajo, tenía una coqueta bombachita, al tono, con rayas horizontales rosadas y vivos azules en cintura y piernas, con la inscripción “Hi Daddy” (”Hola Papi”) en la cola, en letras blancas. Me causó gracia, pese a que, después, se me ocurrió pensar que ésa podría haber sido una de las dos prendas íntimas que había usado el día de su primera experiencia sexual con un adulto… o quizá, no hubiese usado nada. La idea me puso un poco celoso, pero no se lo comenté y logré disimularlo. Entre sus manos sostenía un osito de peluche, contra el cual descansaba su mejilla izquierda. Un último detalle que, en estos días, había descubierto que me excitaba de una manera extraña, era que estaba descalza. Con esa escena increíblemente sensual ante mis ojos, sólo me limité a escuchar su saludo y la pregunta casi “obligatoria”, después del beso.

-Hola, Carlos, mi Amor… ¿cómo te fue? -interrogó, bajando un poco el volumen de la música.

-Bien… no llegamos a ninguna conclusión definitiva, hay unos detalles que habría que arreglar, pero, a pesar de eso, todo indica que es posible -expliqué, brevemente, deleitando mi vista con aquella chica que estaba estrenando su adolescencia con sus trece años tan bellos y la sensualidad que la Naturaleza le había dado. Luego, saliendo a medias de mi trance, pregunté-: ¿y por acá, alguna novedad?

-No… Julia vino, limpió, dejó una tarta para meter al horno esta noche, se quedó tres horas y se fue hace unos quince minutos. Ah, le di el dinero que me dejaste para ella -respondió, con un tono algo nervioso, como si quisiera decirme algo más, algo personal, y mi intuición no me falló-. Además… bueno, Cielo… no sé si estarás de acuerdo, pero lo pensé mucho y, cuando me venga la regla, lo primero que quiero es tener un hijo tuyo… quedar embarazada de vos.

No supe cómo reaccionar. Hoy me resultaría fácil decir que lo primero habría sido decirle que no, que estaba loca, que debía pensar en el futuro, que era muy chica, etcétera, etcétera, etcétera. Pero lo dicho: no supe qué hacer. Me limité a seguir mis impulsos. Me senté a su lado, en el angosto borde que quedaba en la cama de una plaza, tomé su carita de muñeca entre mis manos y la besé… nos besamos como nunca antes. Recordando ese momento, creo que una dosis especial de ternura fue lo que marcó la diferencia.

-¡Te amo, mi nena hermosa! -alcancé a decir, antes de acariciarle su brazo derecho, subiendo hasta el bretel de su remera, comenzando a bajárselo.

Mica no tardó nada en incorporarse y, dando nuevos bríos al beso, colaboró para que su prenda superior volara al otro lado de la cama; así, con una inevitable separación de nuestras bocas y debido a las nuevas “reglas”, quedó con sus pechitos al aire, los cuales no tardé en besar, lamer alrededor de las areolas y succionar sus ya erectos pezones. Luego, se arrodilló sobre el lecho, permitiéndome quitarle la bombachita. Dado que mi nena tomaba sol en el balcón -con toda su bikini puesta, para evitar “escándalos vecinales”-, las marcas del traje de baño eran notables en las partes que cubría, pero en este caso particular, me llamaron especialmente la atención los cachetes de su cola, tan atractivos, firmes y redondos. Los apreté cariñosamente, llegando casi al pellizco. Suspiró de placer y se recostó sobre la cama terminando de quitarse su prenda íntima; al hacerlo, me dijo, como si fuera una disculpa, en voz muy baja:

-La tenía puesta porque hacía mucho calor y, como estaba Julia, creí mejor ponérmela, ¿sabés?

-Todo bien, amor, mi muñequita… no te preocupes: me gusta ver tu cuerpo expuesto, pero no pretendo que hagas papelones. Aparte, mucho más me gusta ver tu alma, y eso lo veo mirándote a los ojos. Y, por si eso fuera poco, no estabas hecha una monja, Dulce mía.

Mientras, ella se encargó de desvestirme. Era obvio que nos necesitábamos y que esa tarde en especial, nos habíamos extrañado mucho. Así lo demostró, la velocidad a la que quedé completamente desnudo, la pasión con la que volvimos a besarnos y con la que también nuestras manos acariciaron y, en algunos casos, hasta rasguñaron el cuerpo del otro. Luego, lo inevitable: comenzando con ella montada sobre mí, con mi pija que iba hasta lo más profundo de sus entrañas, en tanto mi vista se deleitaba mirando su cuerpo de casi niña y su rostro decididamente infantil, todo lo cual, como ya dije o insinué en más de una oportunidad, me excitaba más que la mejor mamada o cogida con la más puta de las mujeres con las que hubiese estado. Cada orgasmo suyo era un poema digno de ser grabado en una cinta de video… excepto por un detalle: no contaba con ese tipo de cámara; y, además, era algo demasiado nuestro, demasiado íntimo como para que quedara tan expuesto a miradas indiscretas, en caso de que cayera en manos que no fueran las nuestras.

Yo ya estaba por llegar cuando mi nena hermosa me pidió la posición del misionero. Yo, por mi parte, ya me había regocijado lo suficiente, no sólo mirándola, sino acariciándole sus hombros, tetitas, panza, caderas y aun su clítoris con mis dedos, como para negarme a su pedido. Ya en esa postura, la bombeé a fondo y con una rapidez a la que sólo había llegado con Micaela, y en muy poco tiempo, inundé su todavía estéril útero. Después y tras un largo beso en la boca, le rocé la punta de la nariz con mis labios, y caí, de costado, a su lado, al borde de su cama.

Seguí acariciándola, pero con mucha más suavidad, mientras ella paseaba su dedo índice por mi pecho, bajando hasta mis testículos y regresando al punto de partida.

-Gracias -me susurró, con algo muy similar a la vergüenza en su voz-… gracias por amarme así. Si esto es un agradecimiento a mi deseo de tener un hijo tuyo, te aseguro que yo te agradezco a vos por aceptarlo.

-Sí, claro que lo acepto, pero me gustaría saber cómo te las arreglarías para seguir estudiando, si tuvieras un bebé; ¿lo pensaste?

-Para decirte la verdad, no… no lo había pensado. Pe, pero vos dijiste que… tartamudeó, con algo de temor.

-Sí, ya sé lo que dije: que si quedaras embarazada, yo me haría cargo de vos y del bebé; que enfrentaría a tus padres y que, de alguna manera, saldríamos adelante. A eso te referías, ¿no? -pregunté, casi seguro de su respuesta, y ella asintió-. Bueno, quedate tranquila, mi Cielo: sigo pensando lo mismo. No estoy tratando de escaparme de mis responsabilidades para con vos -dije, y besé sus labios brevemente-. Sólo quiero que entiendas que tenemos toda la vida por delante y que podemos esperar para tener un hijo, algo que me encantaría y que, si supiera que vamos a seguir juntos de ahora en más, aceptaría sin pensarlo dos veces; porque seguirías estudiando, pese a ser mamá. Lo que quiero evitar, mi Vida, es que tus padres se encarguen de nuestro hijo… no porque sean ellos: no hay nada personal, pero lo que no quiero es que nuestro hijo se convierta en tu hermano, porque, conociendo como conozco a tus padres, opinarían que sos muy chica para hacerte cargo de un bebé; en cambio, conmigo, los dos nos encargaríamos de su educación, ¿entendés? ¿Ves la diferencia?

-Sí, entiendo y veo la diferencia. Y también veo que sos el hombre más maravilloso del mundo; otro tipo, me cogería sin importarle yo, mi probable embarazo, mi futuro y, por sobre todo, el bebé.

-Bueno -intervine, ruborizado hasta los talones-, pero lo importante es que, con tu idea, quitaste la última sombra de duda que tenía sobre tu amor por mí… a tu edad, las personas creemos estar enamoradas de Fulano o de Mengano, pero después, cambiamos de opinión con mucha facilidad. En cambio vos, con tu decisión, me demostrás que me amás con todo tu corazón. Yo sé que eso todavía puede pasar, porque… bueno, porque tenés trece años, pero muy dentro de mí, intuyo que tu amor por mí no es algo pasajero: que es algo que durará toda la vida.

-¿Sabés algo, mi Cielo? Siempre, aun de muy chiquita, sentí algo muy especial por ti… tal vez, fuera por no tener tíos, no lo sé. Cuando viniste a mi Comunión, hace tres años, sentí algo muy especial dentro de mí. Te quería de una manera especial… no como a mis papás, ni cerca, ni tampoco como a mis amigos: era algo parecido pero más fuerte, creo. El año pasado, mis amigas y algunas chicas mayores que conozco empezaron a hablar de sus novios y entonces me di cuenta que lo que sentía por vos era amor de novios… bueno, de pareja. Quise probar qué sucedía si dejaba que un chico mayor que yo me cogía; no te enojes, pero me gustó… me dolió un poco al principio pero me gustó. Sin embargo, no era lo mismo… lo mío por vos era más fuerte que lo que me daba Brian, el chico que te dije y que era mi novio. Por eso, decidí ver cómo era hacerlo con un hombre grande y elegí al papá de mi amiga. Coqueteé con él unos meses hasta que un día se dio la oportunidad y cogimos… fue muy suave, me trató muy bien, pero aun así, no era lo que yo deseaba; empecé a preguntarme si no sería lesbiana…

-Y fue entonces cuando probaste con tu amiga… ah, no: es verdad que aquello fue un accidente -me autocorregí enseguida.

-Sí, no fue algo que sucedió porque quisiéramos probar cómo era el sexo entre chicas, pero igual, no me disgustó. De todas formas, recién me di cuenta qué era lo que me unía a vos, cuando tocaste mi cuerpo en casa de mis abuelos… estaba casi segura que era eso, pero en ese momento exacto, supe que, si me aceptabas, sería tuya para siempre.

Diciendo esto, se me acercó más aún y, leyendo nuestras mentes y corazones, nos besamos, enloquecidos y apasionados. Luego, me puse de espaldas y ella se subió sobre mí, sin la intención de ser penetrada. Sencillamente, sentimos nuestros cuerpos el uno contra el otro: fue una sensación única e incomparable. Así, en esa posición, entre beso y beso, le dije a Mica que todo esto merecía un festejo.

-¿Qué mejor festejo que éste? -ronroneó, mirándome a los ojos y jugando con mi cabello, enrulándolo en sus dedos.

-Podríamos salir a mirar vidrieras, comprar alguna cosita que nos guste… aunque la “cosita” que más me gusta es un regalo tuyo y es mía para siempre -dije, haciendo un evidente juego de palabras que sólo reflejaba la verdad-. Luego, iríamos a cenar y, finalmente, si querés, ir a un hotel de “ésos” para pasar la noche. ¿Te parece, mi nena hermosa?

-¡Claroooooo! -exclamó, eufórica; pero enseguida se volvió reflexiva-. ¿Cómo podré entrar en uno de esos hoteles?

-En este país, todo se resuelve con dinero o con conocidos. En este caso, probaré con un conocido, dueño de un hotel alojamiento. Si eso no resulta, iremos a otro con un fajo de billetes.

-Espera, espera, espera -dijo ella, con voz y carita de pseudopreocupación, simulando un enojo… o intentándolo-… ¿cómo es que conocés al dueño de un hotel de ésos?

-Bueno, belleza -respondí, mientras ella quitaba su cuerpo de encima del mío, comenzando a levantarse y yo apoyaba los pies en el suelo para ponerme de pie-, ¿qué soy yo? Quiero decir, ¿cuál es mi profesión?

-Pues, arquitecto; bastaría que cualquiera entrase a esta habitación… ahora no, ¡por Dios! -dijo, desde la puerta, haciendo un ademán de cubrise el cuerpo con sus brazos, lo cual, afortunadamente, nunca llegó a hacer-, para darse cuenta.

-¡Exacto! -enfaticé-. Y, como arquitecto que soy, estoy a cargo de la construcción de edificios como éste, casas, centros comerciales, etcétera. Y, entre esos “etcéteras” están los hoteles y moteles de todo tipo, incluyendo esos hoteles… ahora decime, ¿qué tiene de raro que conozca al dueño que, después de todo, es el que me contrató? -terminé, con una sonrisa… ¿de qué otra manera podría culminar una conversación con esa muñeca?

-Okey, tenés razón… pero, desde ahora, quiero ser la única chica y mujer en tu vida, ¿eh? Digo, porque ya te veo llevando a otras a esa clase de hoteles.

-Andá, andá a vestirte, así salimos, y dejá de estar imaginándote cosas raras, ¿sí? -dije, detrás de ella, dándole una suave palmada en su cola aún desnuda, como toda ella y, claro, como yo.

Unos treinta minutos después, ambos nos habíamos dado una rápida ducha -por separado- apenas para quitarnos el olor a sexo y refrescarnos. Ella se vestía en nuestro dormitorio y yo, en el baño. Me ponía un poco de perfume en partes específicas de mi cara, luego de peinarme, cuando Mica me llamó por mi nombre, desde la habitación. ¡Qué diferente y bello sonaba mi nombre en sus labios!

-Sí, Cie… lo -dije, casi tartamudeando al verla, sin poder dejar de observarla de arriba abajo, una y otra vez-… ¡Guauuuu, Micaela! ¡¡Estás hermosa!!

Y, sin duda, lo estaba, con un conjunto negro de top y falda. La parte superior se sostenía con tiras angostas que no le habrían permitido usar un corpiño con breteles. La parte inferior era una minifalda que le llegaba un poco más arriba de medio muslo. Según su posición, estas dos partes no llegaban a unirse, dejando una angosta franja de su terso vientre al aire. Complementaba esta ropa un par de sandalias negras, con muy poco taco, como a mí me gustan, aun en chicas mayores y en mujeres. Subiendo mi mirada, vi que se había maquillado un poco, con algo de rubor en las mejillas y brillo en los labios. Su cuello estaba adornado, como si hiciera falta, con una gargantilla de plata, con un dije que simulaba una perla muy pequeña, incrustada en una base del mismo material de la gargantilla.

-¿Te gusto? -preguntó, mimosa y coqueta. Yo sólo pude asentir. De repente, cambió su actitud, levantando su top, primero y luego su minifalda, mostrándome sus pechitos y la conchita completamente expuestos-. ¿Ves? La elegancia no tiene porqué hacer que deje de ser tu putita.

-Vamos -dije extendiéndole mi mano para ir hacia la puerta principal del departamento-… vamos, antes de que me arrepienta de esta invitación.

Tal cual se lo prometí, fuimos a un centro comercial, donde le compré algo de ropa que, desde luego, en su mayoría, ella eligió. Digo “en su mayoría” porque Mica misma me pidió que escogiera alguna de sus prendas. Francamente, admito que me sentí extraño, pero me fascinó.

De ahí, nos dirigimos a uno de los mejores y más nuevos restaurantes de la Capital Federal. Yo ya había oído hablar de él, pero era la primera vez que comería ahí, y me alegré de compartir mi primera vez con mi novia… con quien ahora estaba convencido de que sería mi amor para el resto de mi vida. ¿Cómo? No lo sabía, pero estaba seguro de que nada ni nadie podría separarnos; y ésa también fue una primera vez, porque nunca antes había sentido algo tan fuerte por una mujer… ni siquiera por Alicia -como recordarán, mi última ex-, con quien ya habíamos comenzado a hacer planes para irnos a vivir juntos.

Terminamos de cenar y pusimos rumbo al Gran Buenos Aires. Llegamos al hotel de mi ex cliente y conocido alrededor de las once de la noche; me bajé solo del auto que había dejado fuera del predio, a fin de que Alberto -el hombre en cuestión- no viera a Mica antes de tiempo.

Luego de los “saludos protocolares” del tiempo que hacía que no nos veíamos y esas cosas, fui directamente al grano. Me dijo que, en principio, estaba en contra de recibir chicas menores de edad en su establecimiento; que sabía que siempre alguna se le colaba, pero era parte de las reglas del juego en ese negocio. En concreto, me dijo que si yo no lo involucraba en el supuesto y bastante remoto caso de que la policía se diera una vuelta para ver si todo estaba en orden, él no se oponía… por ser yo, claro, según su afirmación. Me dio la llave de una de sus mejores habitaciones -de acuerdo con lo que me dijo y pudimos comprobar luego-, le pagué la noche y, pidiéndome que no le dijera el nombre ni la edad de la menor (cuanto menos supiera, mejor para él, me aseguró), regresamos, él a su despacho y yo al auto. En mi corto trayecto, me dio la sensación de que lo había defraudado. Honestamente, no me importó.

Habiendo estacionado el Fiesta en la cochera correspondiente y ya en el cuarto, vimos que, en efecto, era un lujo, lleno de espejos, tanto en las paredes como en el techo; no bien entramos, Mica, caminando frente a mí, con un gracioso “¡Upsss!”, levantó la parte trasera de su faldita, mostrándome su colita, acaso recordándome que no llevaba ropa interior. ¡Como para olvidarlo, con tan bello cuerpo esperándome debajo de tan poca tela!

Nos desnudamos mutuamente, espiando, de vez en cuando, nuestras siluetas en los espejos.

Sentado al pie de la cama, la invité a ubicarse frente a mí, montando mis piernas. Ella aceptó a medias, porque se subió, pero algo más arriba, introduciéndose mi pija en su conchita ya encharcada. Mis manos recorrieron todo su cuerpo, regocijándose, mientras ambos gozábamos.

-Quiero metértela como si fuera la última vez, como si mañana no existiera -le dije, en un tono casi cruel-… quiero que me sientas adentro como nunca lo has hecho, inundarte tu cosita de nena puta con mi leche tibia.

-Síiiiiiiiiii… dámela entera, pero antes que te corras, necesito sentir tu pijota… cada vena de ella en mi conchita que hoy volví a depilarme sólo para vos, Papiiiiiiiiiiiii…

Esas palabras me enardecieron y la besé por enésima vez, desde nuestra llegada al hotel, clavándosela con más fuerza que nunca. Parecía que mis bolas se apretaban entre mis nalgas y las suyas. Enseguida, se acostó de espaldas sobre la cama, invitándome a una encantadora maniobra que alcancé a ver por el rabillo del ojo reflejada en uno de los espejos que nos multiplicaban hasta el infinito. Aceleré mi mete y saca, y ella gemía y gritaba de placer. Ambos llegamos al orgasmo al mismo tiempo. Mis oídos, pegados a sus labios, percibieron un “¡Te amo, Carlos!”, inaudible de cualquier otro modo.

-¡Yo también te amo, mi chiquita, mi nena hermosa!… -susurré, sin moverme.

Después de un rato de silencio total, mirándonos a los ojos y dándonos piquitos, me sorprendió con uno de sus comentarios.

-¿Sabías que tenés una vecinita lesbiana?

-No, pero no me sorprende: debe de haber más de una lesbiana en el edificio, mi Amor… o, al menos, no sería extraño.

-Sí, pero yo te dije una vecinita -remarcó, pasando el dedo índice por mi frente, con mucha delicadeza-; la que yo digo tiene mi edad… la del segundo piso “C”.

-¿En serio? ¿Y vos cómo te enteraste de todo esto? -pregunté, en tono cómplice, habiéndoseme despertado la curiosidad.

-La vi con otra chica, besándose en la boca, diciéndole que se acercaba su primer aniversario juntas… que qué quería de regalo. Lucy, la otra, le dijo que estar con ella le alcanzaba, pero Romina le ofreció hacer un trío con otra chica… nada de varones. Lucy aceptó, pero le dijo que la otra debía ser de la edad de ellas.

-Y Lucy, ¿también tiene tu edad?

-Sí, más o menos… no estoy muy segura, pero parece. Y, ¿sabés? Me gustaría ser esa otra chica… la tercera. ¡Por favor, no creas que dejé de amarte y que quiero cambiarte por una chica! Sólo quiero saber cómo es estar con otra chica… una sola vez.

-¿Y si te gusta mucho? -interrogué, auténticamente interesado.

-Bueno, no séeee; pero igual te seguiría amando. Creo que no sería como estar con otro hombre, ¿no?

-Supongo que no -me sorprendí respondiendo-. Pero, ¿y si realmente te dieras cuenta de que lo que te gusta es estar con mujeres y nada de hombres?

-No creo que suceda nunca: te amo y te necesito demasiado, Cielo. Pero, si así fuera, lo descubriría tarde o temprano… es decir, no por dejar de hacer ese trío, puede no cruzarse otra oportunidad en mi futuro, ¿no crees?

Tuve que darle la razón, aunque aún no en palabras. Sé que lo que diré a continuación contradice bastante lo expresado más arriba, pero así de confundido estaba en esos momentos. Tal como se nos presentaba el panorama, por más que ambos deseáramos estar juntos para siempre, se me hacía altamente improbable que nuestro sueño pudiera cumplirse. Entonces, en esos días de libertad y convivencia que tendríamos, lo justo era que le diera ese permiso de probar con chicas, para que, al regresar con sus padres, tuviera un espectro más amplio de sus posibilidades y preferencias sexuales.

-Okey, de acuerdo. Si lográs convencer a Romina de que sos la chica ideal para el regalo de aniversario de Lucy, no voy a oponerme. Pero, mientras tanto, serás toda mía. -le sonreí, en tanto ella, con movimientos de gatita mimosa, bajaba para tomar mi pija entre sus manos, relamiéndose, preparada para engullirla y mamarla, previa sesión de paja que tanto nos gustaba observar… sí, así es: tanto a ella como a mí nos fascinaba ver mientras mi verga era acariciada por sus manitos, a veces, hasta que echaba toda mi leche en su boca o sobre distintas partes de su cuerpo… y ahora, más todavía mirándola en los distintos espejos a nuestra disposición.

-¿Te cabe alguna duda que seré toda tuya? -ronroneó, comenzando a pajearme con una mano y acariciarme las bolas con la otra-. Antes, durante y después…

Continuará

Si alguna niña de la edad de Mica desea escribirme o, mejor aún, agregarme a su msn, será muy bienvenida. Puteadas y agresiones, ¡no, gracias!

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2 comentarios en “Enloquecidos y apasionados – Capí­tulo 5.

  1. Lindo cuento… sino fuera porque es “fantasia”, hasta darían ganas de vivirlo.. jajajaja. Un abrazo

  2. Muy buen relato va fantacia.. Te felicito m a echo calentar bastante.. Ahora a esperar la otra parte…

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