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Enloquecidos y apasionados – Capí­tulo 4.

Como ya dije, este relato es 100% ficticio, pero podría ocurrir. Recomiendo que lo lean desde el primer capítulo, si no lo han hecho ya.

e-mail: tiocarlos52@yahoo.com.ar

msn: tiocarlos52@hotmail.com

Cuando desperté, alrededor de las nueve de la mañana, estuve un rato quieto, pensando cuál sería el mejor sistema para levantarme sin despertar a mi adorada Micaela, acurrucada, desnuda y apenas tapada con la sábana hasta los tobillos; su brazo izquierdo estaba sobre mi pecho, como abrazándome, acostada sobre su lado derecho, pegada a mí. Tuve que contenerme para no comérmela a besos en ese mismo instante. Finalmente, con toda la suavidad de que era capaz, tomé su codo y su muñeca, los acomodé lo mejor que pude contra su propio cuerpo y me levanté, muy sigilosamente. Murmuró algo entre sueños, se acomodó y siguió durmiendo.

Desnudo, me fui al baño y tomé una ducha y, quince minutos más tarde, reaparecí en mi dormitorio. No pude evitar verla y admirarla en toda su deliciosa belleza. Yacía en la cama, de espaldas, abierta de brazos y piernas; me extrañó que, en esa postura, no estuviera roncando. Pero esa carita de ángel y su cuerpito todo, ahora sí, totalmente a mi vista y a mi dispocisión, me volvían loco.

-¡Ay, mi nena hermosa de trece años! -suspiré, en voz baja… inaudible-. ¡Cuánto te amo! ¡Y cuán difícil se plantea nuestro futuro, mi Cielo!

Aún envuelto en una toalla de la cintura hasta las rodillas, buscaba mis mocasines, cuando oí su voz.

-Buenos días, Papito… -me saludó, sensualmente soñolienta, para luego desperezarse, con alguno que otro bostezo.

-Buenos días, mi amor -respondí, con una amplia sonrisa, mostrándome auténticamente feliz-. Voy a vestirme y desayunamos juntos, ¿te parece?

-No -dijo ella, mimosa, lo cual, en cierta forma, me descolocó-. Primero, quiero que me des un besito; y, después, quisiera tomar la lechita… ya sabés -agregó, insinuante-. Yo prometo darte un juguito que sé que te gusta…

Me acerqué a ella, con el simple propósito de besarla: si bien había comprendido sus otras intenciones, de alguna manera, mi mente se negó a tomarlas en serio. Unimos nuestros labios y, en seguida, nuestras bocas comenzaron a chuparse y a saborearse con desesperación. Mis manos alcanzaron su rostro y, desde ahí, descendieron por su cuello y hombros hasta sus irresistibles tetitas, cuyas areolas también acaricié para, luego, pellizcarle los pezones con suma delicadeza; jugué con ellos hasta sentirlos duros como diamantes. Ella, a su vez, me quitó la toalla y empezó a tocar la punta de mi ya endurecida pija, cuyo prepucio corrió hasta que mi glande quedó al descubierto. Se relamió con lujuria, pero no se la metió en la boca aún, sino que tras darle un beso en la “rayita”, la lamió para lubricarla, según ella (ya bastante lubricada estaba, pese a lo cual su saliva vino muy bien), y alejó su carita unos centímetros para apreciarla en su verdadera magnitud. En ese momento, me acomodé de pie a su lado para facilitarle la tarea y para que ambos estuviésemos más cómodos. Enseguida, me miró a los ojos, con cara de niña traviesa y comenzó a pajearme, despacio… muy despacio, girando su manito de derecha a izquierda y viceversa, cada vez que iba y volvía hacia y desde mis huevos.

-¡Cómo me gusta jugar con tu pijota, Papuchín! -exclamó, con esa vocecita de nenita malcriada que me ponía a mil-. ¿De quién es esta pija grandotota, Papi?

-Tuya, mi amor… ¡toda tuya! -respondí, inundado por el placer-. Te la regalo… mi pijota es tu juguete, mi amor, putita mía… pajeame más, mi nenita puta… jugá con tu juguetito nuevo… aaahhhhhh… ¿te gusta, hijita puta?

-Síiii… me gusta mucho, mucho, mucho, Papito. Y también me gusta cuando escupe esa leche tibiecita y espesa. ¿Puedo chuparte la pija grandota que tenés, Papi? Porfiiii…

-¡Claro que podés mi putita! Me volvés loco cuando me lamés la poronga… aaaahhhh… así, mi putita… así… -gemí, al sentir los mojados masajes de su lengua, recorriendo mi tronco, dejando una estela de saliva en mi piel, como si estuviera untando miel sobre un pedazo de pan.

-¿Así, Papi? -interrogó, sólo para calentarme aún más, deteniéndose lo suficiente para hablar con su mejor imitación de una nenita inocente, menor de lo que ya era, pero sin dejar de pasar su manito por mi pene-. ¡Cómo me gusta esta salchicha! ¿Puedo comérmela? ¡Porfi, Papi, porfiii!… -siguió con su juego, como si yo pudiera negarme a semejante pedido.

-Sólo si prometés ser una niñita muy, pero muy buena y obediente y comerte todo lo que yo te dé… mi salchicha y la leche.

-Claro que sí, Papucho… te lo prometo, te lo prometo; pero decime, ¿te gusta cómo te pajeo?

-¡Me encanta, mi nena putita… me encanta! Seguí así, mi amorcito, y muy pronto vas a poder metértela en la boca para comerla y tomar toda la lechita que voy a darte.

-¡¿De verdad?! ¡¡Gracias, Pa!! ¿Te pajeo más rápido, así llegás más prontito? -preguntó, y sin esperar respuesta, aceleró el ritmo, mirándome con esa carita de “yo no fui”, directo a los ojos.

-Sí, mi vida… aaaahhhhh… así… uuyyyyy… ¡más rápido… más, máaaaasss! -le pedí, entre suspiros y gemidos, sabiendo que, en cuanto accediera, la llenaría de semen.

En cuanto empezó a tomar más velocidad, le advertí con un simple “¡Ahí voy!” que el momento había llegado. Con la maestría a la que, de a poco, estaba acostumbándome, se metió mi verga en la boca, cerró sus carnosos labios alrededor de mi pedazo y, moviendo su cara hacia mi pubis, logró estirar mi “pellejito”, como ella lo llamaba, para atrás por última vez, antes de echar todo mi líquido blanquecino en su boquita, y fue tragándolo con un gozo que se hizo notorio en todo su rostro. Luego, limpió mi verga hasta dejarla como si nada hubiese ocurrido… incluso, se tomó el “trabajo” de enfundar nuevamente mi glande dentro del prepucio. A esta altura, mi poronga estaba “desinflándose”. Debía descansar y tomar fuerzas para nuevas acciones en un futuro no demasiado lejano.

Mica y yo volvimos a mirarnos a los ojos; esta vez, con ternura y nos dimos un beso dulce, de lengua -por supuesto- y muy largo. Sólo alcancé a probar un dejo del sabor de mi leche, ya que la muy golosa se la había bebido toda. En realidad, no me importó demasiado: era su premio. Yo sabía que no pasaría mucho tiempo antes de que yo tuviese el mío… ya lo saboreaba en mi recuerdo y era delicioso. Nos separamos con un simple y por demás sincero “Te amo” y, sin decir más, comenzamos a vestirnos.

Yo siempre me he vestido con gran rapidez. No por nada: simple costumbre; de modo que, cuando yo terminé, salí de mi habitación y me di vuelta para preguntarle algo a mi dulce ardorosa adolescente… allí estaba: apenas vestida con una remerita azul sin mangas y bombacha para chicas de su edad -nada de tanga, hilo dental ni prenda provocativa alguna-, blanca, con vivos azules en los elásticos de la cintura y de las piernas. ¡Me pareció estupenda! Contrariamente a lo que le sucede a la mayoría de los varones y a algunas lesbianas, claro, me fascinan las chicas de 13, por ejemplo, vestidas con ropa acorde a su edad, sin disfrazarse de mujeres adultas, con portaligas, medias de nylon negras o, para el caso, de cualquier otro color que, de todas formas, no me agradan ni en féminas mayores de edad.

-¡Estás hermosa, mi amor! -exclamé, espontáneamente.

-Gracias, mi vida… vos también estás buenazo. Me pongo el pantaloncito y ya estoy con vos.

-De acuerdo, Cielo. Iba a preguntarte qué vas a desayunar.

-Nada especial: café con leche, si tenés… si no, té, y algunas tostadas con manteca y mermelada. ¿Puede ser?

-Claro, Mica… lo que vos quieras. ¿No vas a ducharte primero?

-Si vas a empezar como mis papás (los de verdad), no voy a quererte más. -me dijo, con pucheros fingidos que me parecieron adorables.

-No… al menos en esto, no voy a imponerte nada; claro que, si no te bañás en dos o tres días, voy a empezar a “sospechar” que sos una mugrienta -sonreí, mientras, a unos seis metros de donde ella aún estaba, ya había llegado a la “sección cocina” de mi diminuto departamento y ponía el agua para mi té y su café.

-No te preocupes, amor: después de desayunar, me doy una ducha -me aseguró, acercándose, ya completamente vestida, incluyendo las sandalias del día anterior.

-A propósito de lo que pude ver entre ayer y hoy, quiero pedirte un favor… pero sólo si querés: aprovechando tu ducha, ¿me darías el gusto de depilarte la conchita? Sé que la tuya tiene nada más que una pelusita, pero me encantan las conchitas sin nada de pelo.

-Sí, claro que voy a darte ese gusto; pero, ¿qué tiene que ver la ducha con eso? -me preguntó, un poco desconcertada.

-En realidad, nada; pero sí podrías aprovechar a depilarte antes para que, después, con el agua, se te vayan todos los pelitos que puedan quedar pegados. -sugerí, con toda naturalidad.

-Lo que vos querés es que mi cuquita quede como la de una bebé, ¿verdad? -consultó, para asegurarse hasta qué punto deseaba que se rasurase y del morbo que eso me provocaría.

-Sí, es lo que me gusta, como ya te expliqué; y, aunque no lo creas, serás la primera chica en complacerme totalmente: muchas se recortaban para que no le sobresalieran cuando usaban bikini; pero cuando se desnudaban, tenía que entrar con un machete -exageré, y mi amada adolescente rió con todas sus ganas.

-Te amo, mi Cielo. -me dijo, cuando dejó de carcajear.

-Y yo a vos; pero es verdad. Después, otra decía que sólo podía cortarse el vello al ras, pero no depilarse, porque le irritaba la piel. Por supuesto, era mucho mejor que nada, pero no era lo que yo buscaba. Y la última me dijo que sí, pero se dejó un triángulo sobre la rajita. Yo no quise discutir por esa insignificancia; pero, en definitiva, nadie me dio el gusto.

-No te preocupes, Amor: yo sí, lo prometo. Quedará tan pelona como la tenía yo hasta los diez años… sin un solo pelito. Pero, ¿me ayudarás a depilarme? -interrogó, sugestiva.

-Será un verdadero placer, mi vida. ¿Es la primera vez que vas a hacerlo?

-Sí… totalmente, sí. Como no tengo mucha cantidad, por mi edad, supongo, hasta ahora, sólo me lo había recortado, como tus ex, para que no salieran del bikini… pero también me excita la idea de tenerla toda depiladita. Las he visto en sitios de internet y me han gustado. Es más: una amiga mía, de mi edad, lo hizo y me pidió que se la tocara para ver si estaba suave y bien depilada… ¡mmmmm, qué sensación, Papi! En cuanto se la toqué, sentí algo muy especial y me hubiese quedado horas tocándola, metiendo mis dedos entre sus labios vaginales; pero luego, desistí: no quería que pensara que era lesbiana, ¿comprendes?

-Sí, claro; pero ella sabía que ya no eras virgen y que lo habías hecho con hombres, ¿no? -pregunté, y Mica asintió-. Bueno, siendo así, a lo sumo, habría podido pensar que eras bisexual. Quizá, ella misma lo es, o estuviera averiguando si lo era. Estas cosas, a tu edad, son muy comunes, mi amor; y en chicas mayores, también.

-Sí, lo sé… pero decime, ¿hay algún otro gusto en el que pueda complacerte?

-De hecho, sí, lo hay: que no uses ropa interior… ni corpiño, ni bombacha. A menos que te incomode.

-No, nada de eso; es más, ya lo he hecho… lo hago con mucha frecuencia, cuando salgo con mi grupo de amigos. Así que, si eso te agrada, lo haré para vos también. Es muy divertido cuando me pongo faldas, especialmente, si son minis.

-¿Tenés muchas? Minifaldas, quiero decir… -interrogué, ya imaginándomela con ese tipo de prenda.

-En casa, sí, muchas. Aquí sólo traje algunas; ya te imaginarás quién me ayudó a empacar. -me dijo, con un gesto de “¡qué vamos a hacerle!” en los labios apretados.

-Bueno… no importa: tus padres no van a sorprenderse de que tu padrino te “malcríe” un poco y te compre algunas minifaldas más, ¿no es cierto? -interrogué, guiñándole un ojo, gesto que ella imitó.

Alrededor de una hora más tarde, Mica me preguntó si necesitaba el baño -el único que había en mi hogar- porque ella iba a ducharse. Creo que sólo le gané de mano al mencionarle que, primero y si no había cambiado de idea, la ayudaría a depilarse la cuquita.

Entramos juntos en el pequeño recinto, donde, sin complejo alguno, se desvistió por completo y se sentó, abierta de piernas, en el bidé, abriendo un poco la lluvia para mojarse la vulva. Hecho esto, tras cerrar la llave del agua, se recostó con la nuca contra la pared y me miró.

-Soy toda tuya… -me dijo, sonriéndome con una frescura y un amor tan puro, que fue imposible resitirme a agacharme para que pudiésemos besarnos… de todos modos, ¿quién podría haber sido tan tonto para resistirse a semejante invitación? Sí, ya sé: por no mencionar a los “moralistas” de siempre, yo mismo me habría resistido apenas veinticuatro horas antes.

Tomé una pequeña tijera que utilizaba para recortarme el bigote, cuando me lo dejaba -no era el caso, en esa época- y, con sumo cuidado, corté sus suaves vellitos (¡realmente eran pequeños!) al ras de su inquietantemente suave piel. Luego, tomé la espuma envasada y me puse un poco sobre las yemas de mis dedos índice, corazón y anular y procedí a esparcirla sobre su pubis. Acto seguido, tomé una maquinita de afeitar descartable y se la ofrecí.

-¿Querés hacerlo vos, mi Cielo?

-No… prefiero que me sigas mimando. -me respondió, acariciándome con su voz y su mirada.

Con la mayor delicadeza, rocé su zona pélvica, arrastrando la crema y aquella pelusa con los suaves filos del aparato manual que sostenía entre mis dedos. Superada la parte más “peligrosa” -todo alrededor de su clítoris-, ya tomé más confianza con mi tarea, si bien aún era consciente de la necesidad de mantener la misma suavidad y, desde luego, el pulso firme. A los pocos minutos, creí haber terminado, por lo cual encendí la luz -salvo raras excepciones, los baños suelen no ser la parte más luminosa de una casa o departamento-, a fin de comprobar si mis ojos no estaban engañándome. A simple vista, me pareció que había culminado exitosamente mi misión.

Después de enjuagarla y secarla, instintivamente, pasé mis dedos por esa zona erógena para dar mi veredicto final. Si he de ser sincero, sentí como si tocara la piel de un bebé -o de una bebé… jejeje-, tras lo cual vino el “shock” eléctrico. La levanté, como quien lleva una novia a traspasar el umbral, así, desnuda como estaba y la deposité en mi cama. Ella se abrió de piernas, sabiendo, sin lugar a ninguna duda, lo que estábamos a punto de hacer. A punto tal estaba segura que, antes de que yo comenzara a quitarme la ropa, ella ya se frotaaba su “cosita”, como también le gustaba denominarla, y me dijo:

-Quiero que goces con mis juguitos, mi Amor… y ya van a empezar a salir, te lo aseguro: tu bebita está cada vez más calientita, Papucho… aaahhhh, mmmmmmmm… ¿vas a bebértelos?

Por toda respuesta, habiéndome desvestido por completo, la tomé de las pantorrillas y la llevé hasta el borde de la cama, dejando sus pies sobre la moqueta que tenía en mi dormitorio y en casi todo el resto de mi departamento. Me puse en cuclillas y, agachándome un poco más, mis labios besaron su recién depilada conchita; se había vuelto a humedecer pero, esta vez, no era agua… eran sus juguitos que, dadas las circunstancias y sus propios masajes, ya salían. Lamí, chupé y hasta mordí ese “terrenito” de placer, haciéndola tener un orgasmo.

-Metémela, Papi… quiero ser tuya otra vez -me rogó, continuando-; quiero que acabes dentro de mí, sentir tu pija y tu leche en mis entrañas.

Desde luego, no me hice rogar: el deseo era mutuo y no había motivo alguno que nos detuviera, de modo que fui introduciéndosela sin prisa y sin pausa. Con cada embestida, iba más profundo y rápido. Mis dedos jugaban con sus areolas, apenas rozándole los pezones, pero aún no quería tocarlos… me moría de ganas, pero deseaba que ella me pidiera que se los pellizcara y tirase de ellos con cada pellizco. Así, soportó la “tortura” durante unos minutos… ¡qué sé yo cuántos! Sólo recuerdo que me asombró su aguante, antes de gritar:

-¡Ya, Papi! Apretalas, tironealas, mordelas, chupalas, ¡pero hacé algo antes que me vuelvas loca!

Por supuesto, obedecí y cumplí cada uno de sus pedidos, cautelosa y minuciosamente, logrando que ambos sintiésemos mucho placer con esto. Tan así fue que me vine dentro de ella mucho más pronto de lo que lo hacía y sus juguitos me mojaron la verga justo antes de mi “monstruoso” orgasmo.

Media hora después, Mica se levantó, avisándome que iba a ducharse, pero que, si necesitaba el baño, sólo entrase sin golpear: la puerta estaría entreabierta. Yo, por mi parte, le dije algo que me había quedado “colgando” desde que me había levantado.

-Cielo, hay un “pequeño detalle” que debemos tener en cuenta -le comenté, mientras, envuelta en un toallón, secaba su cabello frente al espejo del baño. Me miró, como interrogándome, por lo que continué-: esta tarde, alrededor de las dos, vendrá Julia, la empleada que me hace los quehaceres del depto y no me gustaría que se diera cuenta de que dormimos en la misma cama… sospecharía, ¿entendés?

-Sí, claro… o se daría cuenta de que sos un padrino muy “afectuoso” que, aparte, me “cuida” en todo momento -ironizó, sonriendo. Luego, se puso seria-. ¿Entonces, qué se supone que haremos?

-No te preocupes, Amor: de eso quería hablarte. En mi estudio, donde tengo mi mesa de trabajo, hay una cama y pensé que ésa podría ser tu habitación “oficial”. Por supuesto, seguiremos compartiendo mi dormitorio y nuestra cama; pero, ante los ojos del mundo, habrá que disimular. Además, como no tengo lugar en el placard de esa pieza (está todo lleno de reglas, escuadras, proyectos… unos rollos de papel muy grandes, etcétera), será lógico que guardes tu ropa en mi cuarto.

-Comprendo -dijo, tras apagar su secador de pelo-; pero podría hacer la cama allí, poner mis peluches y hacer que se vea como el dormitorio de tu ahijadita, una niña inocente y buena, incapaz de romper un plato -sonrió, con cierta alegre “malicia”-. Después y sólo para que tu empleada crea que dormí allí, podríamos darnos un revolcón sobre la cama, en medio de los peluches… apuesto lo que no tengo a que te causaría más morbo hacerme el amor ahí que sobre tu cama de adulto.

La idea me gustó… muchísimo -¿para qué negarlo?-, pero, en ese momento, no quise seguir mis instintos: debía salir a comprar verdura, carne, fruta, etcétera y, si seguíamos en cama, no podría hacer nada más.

Esa misma tarde, llamó Roberto: estaban en el Aeropuerto Internacional de Ezeiza, Buenos Aires. Unas horas más tarde, abordarían el vuelo a Miami y, ahí, planeaban partir en un crucero, con fecha indeterminada, en el cual recorrerían gran parte del Caribe. Calculaban tardar unos diez días. Si bien -como ya dije- conocía al matrimonio desde nuestra infancia y éramos muy amigos, hubo algo en su actitud que no acabó de convencerme: ¿habían conseguido los pasajes en menos de veinticuatro horas? Y, suponiendo que ya los tuvieran -lo cual no descarté-, ¿qué habría pasado si yo, por razones que no venían al caso, les hubiese dicho que no podía cuidar de Micaela, mientras ellos arreglaban sus problemas de pareja? Desde luego, no mencioné mis dudas a mi adorada novia, pero, conociéndola como la conocía -no tenía ni un pelo de tonta-, me pregunté cuánto tiempo tardaría en llegar a mi misma conclusión.

Continuará

Si alguna niña de la edad de Mica desea escribirme o, mejor aún, agregarme a su msn, será muy bienvenida. Puteadas y agresiones, ¡no, gracias!

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