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Enloquecidos y apasionados – Capí­tulo 3.

Como ya dije, este relato es 100% ficticio, pero podría ocurrir. Recomiendo que lo lean desde el primer capítulo, si no lo han hecho ya.

e-mail: tioguacho52@yahoo.com.ar

msn: tioguacho52@hotmail.com

Capítulo 3.

Admito que temí lo peor cuando vi a Roberto parado, esperando nuestro regreso, con los brazos cruzados y la mano derecha acariciando su barbilla. Descendí del auto, casi seguro de una acusación de abuso sexual a una menor de edad que, para colmo, era su niña. Finalmente, nos hizo señales a su hija y a mí para que nos acercásemos. Cuando estuvimos frente a él, nos detuvimos y nos dijo:

-¿A qué se debe esa palidez en tu cara, Carlos? ¿Demasiado helado, quizá? Bah, no me hagas caso: en todo caso, es una cuestión de envidia -rió y, enseguida, volvió a la seriedad-. Cambiando de tema, en principio había pensado en hablar con vos, amigo mío, a solas… pero, ahora que los veo juntos, tal vez, perderíamos mucho menos tiempo si vos, Mica, participás de esta conversación. Pero caminemos hasta un lugar donde los tres podamos sentarnos… o los cuatro, porque tu madre aparecerá en cualquier momento, y así debe ser. De todas maneras, voy adelantándoles el tema. Sucede que, dado que ustedes dos se llevan tan notoriamente bien (algo muy importante en este caso) y que vos -me dijo, señalándome- estás de vacaciones, podríamos ir ganando tiempo y que Micaela ya comience a vivir con vos… que esta tarde se vayan juntos, quiero decir.

-Sí -agregó Patricia, quien recién se nos había unido y caminaba a la izquierda de su hija, estando yo a la derecha de mi “nena”-: cuanto más pronto arreglemos este problema con Roberto, mejor… ¿estás de acuerdo, mi solcito? -preguntó, dirigiéndose, obviamente, a Micaela, acercándola a ella en una muestra de cariño.

-Sí, Mami, claro que estoy de acuerdo -respondió en un tono entre conforme y tristón, lo cual me hizo pensar la buena actriz que sería, si algún productor de cine, teatro o televisión la descubriera-… voy a extrañarlos, claro; pero los quiero mucho a los dos y no quiero que vivan peleándose por cualquier cosa; así que, como vos dijiste, Ma, cuanto antes arreglen esto, mejor.

Esta última frase me pareció completamente sincera, y era tan normal como lógico que así fuese.

Madre e hija entraron en la casa, luego de mi aprobación, ante esta idea. Es decir, la aprobación (independientemente de las ganas que mi amada adolescente y yo teníamos de estar juntos y a solas) ya estaba de antemano, desde el momento que le dije que sí a Roberto esa misma mañana.

-Sé que estamos abusando de tu generosidad pidiéndote que te lleves a Mica ya, pero… -se disculpó mi amigo, lo cual me hizo sentir un poco (sólo un poco) de remordimiento por lo hecho con mi hermosa ahijada a lo largo de ese día, y que seguiríamos haciendo, con mucha más tranquilidad en un futuro que nunca creí que fuera tan inmediato.

-Pero sos un reverendo boludo -respondí, en tono amistoso-… dejate de joder y reconcíliense de una vez, Pato y vos.

Mientras recogía mis pocas pertenencias esparcidas por la casa y el jardín, todo lo sucedido esa inolvidable jornada me pareció un sueño… el más hermoso, pero sueño al fin: de todo lo que había proyectado para ese día, sólo uno se había llevado a cabo según los “planes”: mi reencuentro con los Vargas, el apellido de Roberto, Micaela y Patricia, de casada, claro está.

Terminé de acomodar las cosas en el asiento trasero del Fiesta, dirigiéndome a la puerta que abría el baúl, cuando vi a los cinco (Mica, sus padres y sus abuelos) dirigiéndose hacia mi auto; los tres primeros cargaban valijas, bolsos o algún bulto suelto.

Aproximadamente a mitad de camino (yo vivía en uno de los tantos barrios de la Capital Federal), Micaela, acercándose mimosa y apoyando su cabeza sobre mi hombro, me dijo:

-¿Te diste cuenta, mi amor, de la suerte que tenemos al poder vivir juntos tan pronto? ¿No te parece un sueño? -suspiró, por fin.

-Casualmente, en eso pensaba poco antes de salir de la casa de tus abuelos, Cielo. Ahora, no quiero ser antirromántico ni que pienses que no me gusta estar en esta posición con vos, pero si hay algo que no deseo es que te pase algo; así que, por favor, sentate bien en tu asiento. Cuando lleguemos a casa, podremos hacernos todos los mimos que queramos, ¿sí?

-Okey -obedeció, con un dejo de resentimiento-. Que conste que lo hago porque mis papás me pidieron que no te hiciera renegar.

-Ah, mirá vos: ¿nada más que por eso? -pregunté, con picardía. Luego, volviendo a la seriedad, continué-. Deberías hacerlo por vos, mi nena hermosa: por tu seguridad y tu bien, no por darme el gusto… ni a tus padres ni a tus abuelos. Hacelo por vos.

-Lo sé -respondió, volviendo, de a poco, a sonreírme-. ¿Siempre vas a ser tan estricto conmigo… Papito? -consultó, con un irresistible tono sensual.

-Sí, siempre que sea necesario -le contesté, despeinándole su enloquecedora cabellera, a modo de cariño-… aunque quieras zafar de mis instrucciones; pero, te soy sincero: prefiero que no tengas que obedecerme, sino que tomemos decisiones en conjunto, como toda pareja debería hacer.

-¿Cómo puede ser que, siendo tan dulce, no te hayas casado ni tengas novia? -reflexionó, como hablando consigo misma, y me dieron ganas de detener el auto y comérmela a besos.

-No lo sé… son cosas que se dan o no se dan, hermosa. Por otra parte, me considero un hombre muy afortunado: estuve de novio con Alicia, mi ex, hasta hace dos meses; y ahora, estoy de novio con vos, a menos que digas lo contrario. Pero, ¡ojo! Esto no es algo que te digo jugando, como muchos adultos hacen con sus sobrinas, ahijadas o mismo con sus hijas: “¿Quién es la novia del tío?” -ejemplifiqué, ridiculizando mi voz-. Yo te amo, Mica, con amor de pareja, como vos me dijiste que me amabas a mí esta tarde, ¿te acordás?

-Sí, claro que me acuerdo… pero, ¿cómo vamos a hacer para estar juntos, cuando mis papás se reconcilien?

-Ésa, mi adorada nena hermosa, es la pregunta del millón. De más está decirte que no tengo idea… algo se nos ocurrirá: Dios aprieta pero no ahorca, dicen por ahí, ¿no? -dije, tratando de tranquilizarla y de autoconvencerme.

Cambiamos de tema y hablamos de “bueyes perdidos” el resto del camino, pero en cada oportunidad que se me presentaba, observaba -intentando disimularlo todo lo posible- sus piernas desnudas, entre infantiles y adolescentes; de vez en cuando, mi nena acariciaba sus muslos y eso me excitaba… ¡y ella lo sabía! Pero debía seguir conduciendo, sin quitar mi atención al tráfico bastante abundante que circulaba por la autopista.

Unos veinte minutos más tarde, estacionaba mi auto en la cochera perteneciente al edificio en el que se encontraba mi departamento.

Hubo miradas incrédulas, al verme acompañado de mi ahijada, pero no creo que nadie haya imaginado, siquiera, que esa bellísima adolescente y yo éramos pareja.

Después de una cena frugal -hacía demasiado calor para una comida abundante-, nos pusimos a arreglar las cosas de Micaela en el placard. Ella, cada vez con menos ropa (en rigor, sólo se había quitado las sandalias y su pantalón corto), estaba excitándome más y más, con el correr de los minutos. Se recostó un rato sobre la cama; estaba de costado y con las bombachitas muy bajas: ya las tenía por debajo de las caderas y su remerita no le cubría la panza. Me miraba con “inocente malicia”, cuando me dijo, con ese tono de nenita malcriada que me podía:

-Papi, mostrame tu pijota… quiero jugar un ratito; ¿puedo?

Sin decir palabra, me abrí la bragueta, me bajé el pantalón y el calzoncillo, y apreció mi instrumento, en estado de semierección, mientras ella, al ver mi buena predisposición, se sacó la remera. Sus pezones y mi miembro, endureciéndose a pasos agigantados, ya estaban al aire. Se acercó a mí, en cuatro patas, con movimientos felinos y lentos y maulló dos o tres veces antes de engullirse mi verga.

-Cogeme la boca, Papito -me pidió, sensual al máximo, vaciando momentáneamente su cavidad, para hablar-… me encanta tu gustito. Además, debo tomar mi lechita tibia para dormir bien toda la noche, como una buena niña.

Dicho esto, volvió a “tragarse” mi barra que, a esta altura, ya estaba incandescente. Comencé a mover mis caderas de atrás hacia delante, en un vaivén que a mi nena parecía satisfacerle, pues no se quejó en ningún momento. Yo estaba en las nubes… había muerto y estaba junto a este ángel del placer quien, tras unos instantes, tomó mis nalgas con ambas manitos y comenzó a acelerar mi ritmo; una vez que lo hice, seguí incrementando mi velocidad sin su ayuda y, sabiendo que le gustaba beber mi espeso líquido, sólo le avisé que me vendría, a fin de que no estuviera desprevenida y pudiera tomárselo todo sin ahogarse. En efecto: así fue; le llené tanto la boca que, aun después de haber tragado una buena cantidad, todavía tenía suficiente para mostrarme su boca abierta embadurnada de mi semen. Verla así y, luego, sellar sus labios para terminar de tragar lo que ella no dudó en llamar su elixir, volvió a ponerme a mil.

-¿Querés probar mis juguitos, mi amor? -preguntó, echándose hacia atrás en la cama, levantando la cola y sacándose su molesta bombachita, la misma de esa tarde que, a esta altura, ya había humedecido dos veces… quizás, más.

Con ambos pies, rápido, se deshizo de su prenda íntima, abriendo las piernas todo lo que pudo invitándome, a hundir mi cabeza allí. Sin dudar ni medio segundo, caí sobre ella, con suavidad, claro está; cuando mi boca estaba por llegar a aquellos apetitosos labios vaginales, ella se apresuró para meter ambas manos sobre su vulva y tirar para los costados, a fin de abrirlos para mí.

-Mmmmmmm… ¡me gusta sentir tu aliento tibio sobre la piel! -susurró, lujuriosa-. A ver hasta dónde podés meterme esa lengua tuya… voy a abrir mi conchita para vos como nunca la abrí para nadie… ¡sólo para vos y para mí!

Besé esa grutita como si hubiese sido su boca: con la misma pasión y locura. Saqué la lengua y degusté ese sabor afodisíaco. Con un muy delicado mordisco, atrapé su clítoris y lo succioné. Ya habría tiempo para probar cuán profundo podía pernetrar mi lengua en su rajita. Mica se retorcía de gusto, jadeando, gimiendo y gritando de puro placer, que yo también sentía de sólo oírla y verla agitarse en la cama, de un lado para el otro. Cruzó sus pies sobre mi espalda, como para no dejarme escapar… ¡como si ésa hubiese sido mi intención en algún momento!, jajaja…

Cuando llegó a su primer orgasmo, fruto de mis caricias bucales sobe su botoncito de placer, la dejé recuperar su aliento.

-Ya sigo -le anuncié, con tono de deseo inocultable-… sé que sabés mucho de sexo, pero yo no sólo voy a enseñarte más cosas, sino que voy a tratar de que aprendas a gozarlo mucho, mucho más.

-Sí… ¡y ya me estoy dando cuenta de lo buen maestro que sos!

-¡Buenísimo! -exclamé, feliz-. Me encanta que disfrutes conmigo. Si vos no gozaras, yo tampoco lo haría… ¡no podría!

-Imaginé que dirías algo así. ¿Me esperas dos minutos más para recuperarme de mi brutal llegada de recién? ¡Quiero gozar de lo que venga a pleno! Porque hay más, ¿verdad? -preguntó, con esa mirada de niñita a quien están a punto de quitarle su golosina favorita.

-Por supuesto que hay más: todo lo que quieras… mientras el cuerpo me dé. -añadí, sonriendo, haciéndome el cansado.

-¡Ay, noooo! -”refunfuñó”, siguiéndome el juego-. ¿Cuántos kilos de viagra necesitarás?

-No sé… quizá, unos quince para comenzar; aunque, con este cuerpito espectacular que tenés y tu sensualidad que no debés de perder ni cuando dormís, se me ocurre, no hace falta nada más para ponerme a mil. Te amo, mi nena hermosa… -susurré esta última frase, acercando mi rostro al suyo, para besarla muy tierna y apasionadamente, disfrutando aquellos labios gruesos e insinuantes que pedían a gritos ser besados.

Enseguida después, recordé algo que me había preocupado desde mi primera vez con Micaela y le planteé mi duda sin más dilaciones.

-Hablando de todo un poco, mi Cielo: ¿cuándo fue la última vez que… bueno, que te vino? -le pregunté, algo avergonzado por el tema que estaba tocando con ella, desviando mis ojos hacia un punto indeterminado de la cama.

-¿La regla? -interrogó, desconcertada, hasta que enseguida cayó en la cuenta-. ¡Ah…! ¿Vos decís porque esta tarde hicimos el amor y no tenías condón? Noooo, si es por eso, no te preocupes: aún no me viene… nunca me ha venido; mi Mamá me llevó al médico hace unos días, en Miami, y dijo que es normal que chicas de mi edad comiencen algo tarde. También dijo que, si dentro de seis meses no me viene, que volviera a consultarlo; pero no es de cuidado.

-¡Pufffffffffff! -suspiré, aliviado-. Eso sí que me tenía preocupado… bah, si estabas embarazada, ya estaba hecho y, de alguna manera, se lo explicaría a tus padres, haciéndome cargo de vos y de nuestro bebé; pero, sin dudas, esto me saca un gran peso de encima.

-¡¿De veras hubieras hecho eso por mí?! -me preguntó, asombrada.

-¡Por supuesto! -afirmé, con firme convicción-. ¿Te cabe alguna duda? Además, no lo habría hecho sólo por vos, sino, por los tres: por vos, por el bebé y por mí.

-Espero que nunca te preguntes por qué te amo, pero si alguna vez lo hacés, acordate de esta respuesta tuya y lo sabrás.

Dicho esto, tomó la iniciativa de unir nuestras bocas en el primer beso en el que también mordió mis labios, sin lastimarme, desde luego. Sentí sus manos acariciando mi espalda y, de pronto, ciego de amor, pasión y lujuria, la penetré, con toda la tranquilidad del mundo; después de todo, estaba bien lubricada, ya hacía tiempo que había dejado de ser virgen y, por fin pero no menos importante, sabía que mi verga entraba perfectamente en su cuevita. En dos embestidas, mis testículos tocaron sus nalguitas y mi pubis rozaba aquel clítoris que, minutos antes, había tenido en mi boca.

-¡Ay, Papiiiii! -gritaba ella de placer-. ¡Dame máaaaaassssssss! ¡Quiero máaaaaaaaaassssssss pijaaaaaaaaaaaa! Ay… tomá mi conchita, Papitoooooooooo… mmmmmmmmmmm… ¡qué rico la metés! Aaaaaaahhhhh, aaaaaggggggggghhhhhh… aaaaaggggghhhhh… correte adentro de mi cuquita, amooooor… síiiiiiiiiii… asíiiiii… quiero ser tu putita… tuya y de nadie mássssssssssssss… aaaayyyyyyyy… aaaahhhhh… haceme mierda la conchaaaa… aaaaagggggghhhhhhhhhh…

Yo no sabía si mi nena era consciente de todo lo que estaba diciendo, pero muy probablemente, lo estuviera. Después de todo, yo también solía decir obscenidades mientras cogía con otras chicas. En el momento, no se me ocurrió pensarlo, pero después de unas horas, lo meditaría en cama y llegaría a la conclusión de que había sido tal mi excitación de “comerme” ese bomboncito a quien amaba con todo mi corazón, y escucharla diciendo cosas que jamás creí que podrían salir de su garganta, que quedé mudo… mudo de sorpresa y calentura. Todo el morbo que me causó su vocabulario y la situación en sí, hizo que comenzara a bombear más rápido, hasta que la llené de leche; sabía -por su respiración agitada y por sus gemidos- que estaba por llegar a otro de los incontables orgasmos que había tenido esa noche, por lo que continué con mi ritmo feroz del mete y saca, intentando que mi pubis rozara lo más posible contra su clítoris; ella seguía jadeando y gimiendo, pero yo necesitaba asegurarme de estimular ese botoncito, porque no me habría gustado nada que Mica, ese trocito de ternura, fingiera el orgasmo para mantener mi “ego machista” feliz. Entonces, sin sacarle mi herramienta, en una maniobra que ya había practicado con otras chicas, me puse de espaldas y, sosteniéndola de la cintura, la acomodé montada sobre mí; así, erguida de rodillas, bajando y subiendo, teniendo ella todo el control de la situación, masajeé sus tetitas y, enseguida, bajé a su pubis, a su bellísimo clítoris, muy crecido y lo froté con mi pulgar derecho hasta que gritó y sentí sus flujos sobre mi verga, ya casi laxo. Ver su rostro así fue algo increíblemente emocionante: su cabello todo revuelto y el flequillo pegado, hacia un costado, sobre su sudorosa frente… y esa mirada, inocente y sensual a la vez, estaban matándome de amor y placer. De repente, entrecerró los ojos, como advirtiéndome su intención, y se dejó caer, con suavidad, sobre mi pecho. Nos abrazamos y, exhaustos, en esa posición, nos quedamos dormidos.

Continuará

Si alguna niña de la edad de Mica desea escribirme o, mejor aún, agregarme a su msn, será muy bienvenida. Puteadas y agresiones, ¡no, gracias!

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