Archivo por meses: mayo 2007

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Mi vecina Celia segunda parte

Mi vecina Celia, el segundo encuentro.
Hola soy su vecino Alan, esto pasó  tiempo después.

Con Celia nos encontrábamos seguido y nos seguíamos frecuentando pero no habíamos tenido relaciones otra vez, no por falta de ganas sino de tiempo.
Esa vez mi esposa se iba de convención por una semana pudiendo llevar a su familia, yo no pude ir ya que tenía una serie de entrevistas laborales programadas para esa semana, por lo que se fue con mi hijo y su mama.

La primer noche solo me asomaba a la ventana para ver si veía llegar a Celia y nunca lo logré. El día siguiente fui a la entrevista en la mañana y a otra por la tarde, en esta se encontraban en expo por lo que me invitaron a ver el stand de la empresa. Llegué al sitio y entré como parte de la empresa, después de un rato fui a dar una vuelta por los pasillos la verdad solo estaba viendo a las edecanes mas que poniendo atención a la expo, cuando de repente me encuentro un cuerpo conocido, unos jeans pegados a esas piernas largas y a ese culo respingón, con unas zapatillas de tacón alto, una blusa blanca con logotipos pequeños en el lado derecho y amarrada a la altura de las costillas lo cual dejaba ver una cintura diminuta, su cabello esta vez lacio con sus mechas características y esa cara hermosa sonriendo a cuanto estúpido se le pasaba enfrente.

“Hola, como estas flaquita?”

“Mi vida, que haces aquí?” me pregunto feliz y extrañada de verme. “Vienes con alguien?” Lógicamente refiriéndose a mí esposa. “No vengo solo, voy a entrar a una empresa que tiene un stand aquí y tu?” “Aquí trabajando hasta tarde.”

“No llegaste ayer a tu casa, verdad?” Le comenté.

“No, me estoy quedando en casa de una amiga y mi hijo está con mi mama, por que?”

“La verdad te estaba esperando, mi mujer se fue de convención por una semana y se llevó al niño.”

“En serio? Estas libre toda una semana?” Me comentó.

“Si y no me gusta dormir solo, que dices, paso por ti al rato?”

“Traes coche?” Me preguntó. “No me vine en taxi, dejé el coche en la casa”

“Llévate el mío y vienes por mi en la noche, te parece?” “Claro que si”.

Nos pusimos de acuerdo en la hora y el lugar para pasar por ella, yo me fui directo a mi casa y arreglé una pequeña cena. Ya entrada la noche, me preparé y fui por esa muñequita. Ya estaba afuera solo pude ver que traía un abrigo largo ya que hacia aire y se metió al coche. Nos saludamos con un beso largo lo cual dejaba verlo que venía mas tarde. Como era de madrugada ya no había trafico, Celia tenia su mano en mi pierna y la venia sobando delicadamente hasta que subió a mi miembro rápidamente logró una erección, sin decir nada se quitó el abrigo y me dejó ver que traía su uniforme de trabajo la blusita blanca y los jeans, puso sus lentes en el tablero y me desabrochó el pantalón sacándome la verga con destreza, se inclinó y se la metió en su boca, al principio solo jugueteaba con su lengua en la punta después la lamía como si estuviera comiendo helado, después la arropó con sus labios, toda hasta dentro, me hacia una garganta profunda de vez en cuando, yo hacia un esfuerzo por no cerrar los ojos ya que venía manejando me estaba dando mucho placer, después de un rato de este tratamiento, me vine, no dejo que se saliera una sola gota y además me la dejo reluciendo de limpia.

Unos minutos después llegamos a mi casa, yo había dejado estacionado su coche en su casa y me fui en el mío para no levantar sospechas, entramos rápidamente percatándome que ninguna ventana vecina se asomara. Ya adentro le ofrecí un poco de jamón serrano y quesos que acompañé con una copa de vino. Comenzamos a besarnos en la sala, mis manos desabrocharon su blusa y le safé el sostén, que par de tetas, redondas y sabrosas, coronadas en un par de pezones parados y que me gritaban “¡Cómeme, cómeme!” lo cual hice, con la lengua jugueteaba con las puntas y lamía las aureolas, con esto Celia se retorcía de placer. “Mmmhh que rico me las chupas, papito”. Con las manos las amasaba sin dejar de darles sobadas en su forma redonda. Ella rodeó con sus manos mi cabeza metiendo sus dedos entre mis cabellos, estaba excitadísima. Con la mano izquierda desabrocho el botón del jeans y bajo el cierre, le meto mano y llego hasta su sexo el cual estaba empapado. “Ay papito me pones bien cachonda, ve como estoy hasta moje mis jeans, ya te quiero sentir adentro.” Le bajo los jeans y descubro una tanguita blanca que ya estaba empapada de tratar de contener sus jugos la cual también le quito, acto seguido le comento. “Te voy a pagar el favor de hace rato en el coche flaquita”. Y me coloqué entre sus piernas y comencé a lengüetear su puchita depilada, tomé su clítoris que ya estaba en alto con los labios y lo pasaba entre los dientes, con la punta de la lengua también lo estimulaba, le abrí sus labios vaginales y metí la lengua Mmmhh estaba muy rica, lisita y escurriendo jugos, le hice este tratamiento por 10 minutos y me fui a su clítoris nuevamente, lo jugaba con la lengua ya en un movimiento mas rápido, Celia estaba a mil, “Papito me voy a correr, uff que rico me haces.” “Ya me vengo, me vengo aaaah, aaaah.” Celia arquea su cuerpo y comienza a temblar, yo con mi boca en su pucha recibo sus cálidos líquidos, me los trago todos y le limpio sus labios, me sube la cabeza con sus manos y nos damos un beso largo y apasionado.

Me levanto del sofá y la cargo hasta la recamara en el camino no separamos nuestros labios, llegando a la cama, le quito la blusa y el sostén, ella me desabotona la camisa y me quita el cinturón, me baja el pantalón y los boxers, me quito los zapatos y los calcetines y nos subimos a la cama, ella boca arriba me toma la verga con su mano derecha y me la empieza a masturbar, ya que esta tomando erección se recuesta completamente y me jala para darme otro beso, la punta de mi verga rozaba ya la entra de su pucha, y le digo “Hazme una rusa mi vida” sin decirme nada se acomoda, yo estoy hincado en la cama y ella se baja hasta que mi verga se pose en medio de sus tetas, ya acomodados, Celia toma sus tetas con sus manos, ella tiene uñas postizas largas y eso me excita mas, aprieta sus tetas aprisionando mi pistola en medio, yo hago el movimiento de mete saca y cada vez que “metía” Celia lamía la punta de mi verga, era una visión extraordinaria, después de 10 minutos así me acomodé en su puchita la cual ya estaba bien lubricada por lo que no fue nada difícil entrar hasta el fondo. “Aaaah, aaaah, así, así mi amor ya te extrañaba, cogeme rico como tu sabes”. Al oír esto solo bajé mis manos hasta sus nalgas y las tomé con fuerza yo empujaba como loco y en esta pose le entraba mas. “Aaaah, aaaah, mas, mas ya casi me vengo otra vez, no pares”. “Mamita que rica estas, ya te quería coger, aaaah, aaaah”.Celia se convulsionó, le había llegado otro orgasmo. “No te muevas por favor, deja que se me pase”. Me quede adentro por otros tres minutos mas, yo seguía bien parado, me salí de su puchita y me hinqué en la cama otra vez, voltee a Celia, comencé a lamerle el culo para lubricarlo, después de un rato de estarle metiendo primero un dedo y luego dos, acerqué la punta de mi verga a su hoyito y para sorpresa mía ella fue la que se empujó con esta acción entró la punta. “Aaayyy que rico mi amor culeame como la otra vez” con las manos en su cadera comencé a jalarla mas y mas dejándola descansar para que se distendieran los músculos del ano, al llegar a la mitad, le dije que se la quería meter de golpe, Celia accedió tomando una almohada entre los dientes, sabía que le iba a doler pero no le importó, yo me coloqué en posición de jalarla y ella paro mas el culo, su cara descansaba en la cama, de un solo golpe se la metí hasta el fondo, se oía un grito ahogado por almohadas y después me dijo “Ay cabrón me partes en dos pero que rico es tenerte adentro, ahora cogeme, cogeme fuertemente” “Eso es precisamente lo que te voy a hacer flaquita”. Sacaba toda la verga de su culito y se lo volvía a meter de un solo golpe. “Aaaahhhh, que rico culo tienes mi amor”. “Aaaah, aaaah, es tuyo mi vida cogeme siempre así, aaaah, aaaah.” Así se lo fui metiendo y sacando por unos 20 minutos mas. “Ya me vengo flaquita, aaaah, aaaah”. “No te salgas inúndame por dentro, aaayyy que rico, yo también me vengo”. Al decirme esto me doy cuenta que con su mano derecha se estuvo estimulando el clítoris, siento como su culito se contrae y me aprieta aún más, signo que viene otro orgasmo, dos minutos después dejo escapar mi leche en sus entrañas y siento otro temblor en su cuerpo. “Aaaah, aaaah, aaaah, que rico coges, mmmhh, aaaah.” Nos metimos a las cobijas y nos dispusimos a dormir, esta iba a ser una semana muy rica.

Después les contaré todo lo que hicimos en esa semana ya que todos los días dormíamos en mi casa, imagínense cogimos como conejos.
Escribanme, sobre todo amigas que quieran ser mis vecinas.
 

 

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Mi segundo relato

Hola, soy Carlos, y si mas lo recuerdo les conte la anecdota de mi y mi querida Monica, nuestro inicio, bueno he aqui otra de nuestras aventurillas… despues de esa experiencia seguimos viendonos de esa manera, aprovechando la auscencia de su madre, a veces era tanto nuestro deseo que dejaba que me la mamara en el baño de la escuela, nunca nos descubrieron, recuerdo que en navidad le regale a escondidas un juego de baby doll, liguero, tanga y medias blancas, aunque nunca lo usó, al menos no hasta… en las vacaciones de primavera los dos decidimos ir de viaje fuera de la ciudad a una cabaña que fue heredada por su padre, su madre le dio permiso para corresponder el hecho de que casi no pasa tiempo con el y a mi como premio por tener buen promedio (y por que mis padres querian estar solos) en auscencia de nuestros padres el aprovecho en tranformarse en ella y partimos, usaba una mini ajustada azul, una blusa blanca y sandalias de tacon, yo me deleitaba con esas piernas, queria llegar para comermela de una vez, al llegar y dejar todo el equipaje en donde debe me fui al baño por que no aguantaba las ganas de orinar, Monica prefirio cambiarse para nadar en el rio que estaba atras, al salir a acompañarla la vi con un hermoso bikini rojo con puntos blancos, recostada boca abajo en la cascada, me le acerque como pude y despacio le hice a un lado el hilito, ella me pregunto muy coquetamente que qué estaba haciendo y le dije lo que te gusta, y se la metí, se deslizaba como cuchillo en mantequilla, placenteramente, ella se acomodo en cuatro para disfrutar mas y la segui penetrando, cuando estaba apunto de correrme la saque para dispararselo en la boca, y así fue, nadamos un poco hasta la hora de la comida, ella sabe cocinar muy bien debo admitirlo, se puso su mini falda encima de su bikini, al mirarla me excitaba mucho, queria esa carne otra vez, ella me miraba como una recien casada, muy coquetona y feliz, despues de la comida fuimos a la sala a reposar, pero yo no aguantaba las ganas de poseerla y la tomé, la bese con amor y ella se dejó mentras le metia la mano debajo de la falda, Monica saco mi pene bien erecto y la pajeaba mientras nuestras lenguas jugeteaban, ella bajó a chuparmela, ahhhh que delicia decia, no pude aguantar y me corri en su boca, sin perder el tiempo la volvio a pajear para que se pusiera dura, s subio al sillon de rodillas y se la meti otra vez, estaba tan excitado que la penetre rapido, pero ella no se quejaba, queria mas y mas y yo la complacia a como podia, la abraze de la entrepierna y su pecho mientras ella se sujetaba en mi cuello y nos besabamos, hasta que me corri dentro de ella, estabamos muy cansados que nos dormimos ahi mismo, cuando despertamos ya eran mas de las 6, asi que ella quiso preparar algo especial para la cena, por lo que me mando al pueblo cercano a buscar algunas cosas, al regresar me arregle para la ocasion y ella maquillada usaba un vestido medio largo y zapatillas de tacon alto, todo blanco, cocinó un delicioso pollo al horno, me dio risa por que es lo mismo que comemos en navidad, despues de eso fuimos al balcon de arriba a tomar una copa de vino blanco que habia en la licorera, el tiempo pasaba y nosotros casi ebrios, hasta el momento de la verdad, me tire a la cama desnudo mientras que ella se fue a poner algo comodo, cuando la vi usaba el juego de lenceria que le habia regalado, me dijo que lo guardaba para una ocacion especial, esta ocasion, realmente era muy hermosa, parecia realmente nuestra luna de miel, se subio a la cama como fiera en celo, se sento encima de mi y me besó, le quite el baby doll, metia mi mano dentro de su tanga, le acariciaba su culo, y lamia sus tetas; tomo mi pija y se la metio a su boca, la chupaba como no lo hubiera hecho en mucho tiempo, me corri entro de su boca y me limpio todito sin dejar nada, se puso boca arriba y le quite la tanga, acomo de sus piernas a mis hombros y la penetre muy despacio para gozar aun mas, era una delicia, gemia del placer y miraba a mi chica, a mi mujer, su rostro lleno de placer me volvia loco, me recoste y deje que ella llevara la iniciativa, cabalgaba en mi como a un caballo mientras acercaba su rostro cerca del mio, le abria sus nalgas para hacerlo mas profundo, me levante mientras ella seguia brincoteando en mi falo y le besaba el cuello mientras le acariciaba el cabello como la mujer que era para mi, hasta que me corri dentro de ella, cai sobre mi espalda y ella sobre mi, me besaba y me sonreia como una recien casada, realmente feliz… muy feliz, me dijo quero ser tuya por siempre y le dije que siempre lo sera. y eso hasta el momento seguimos cumpliendolo, eso es todo lo que tengo que decir, Bye… Anonimo

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Chueca, por primera vez. (continuación)

– Lo siento Asier, pero no puedo.
– ¿Que no puedes? – Parecía tranquilo – ¿que no puedes qué? Antes si que querías, así que no eres un mirón, sino un calientapollas. – La sonrisa que esgrimió en ese instante me dio incluso miedo, pero se tranquilizó al momento -. Pues sí, me la has calentado, así que es a ella – mientras hablaba se bajaba los pantalones y pude ver el enorme bulto que apretaba bajos los boxers, que también se aprestaba a bajarse – y no a mi a quien tienes que decirle que no puedes. Venga, díselo – señalaba su polla que se encontraba parada frente a mi, extendida en sus más de veinte centímetros.
– Emm – no sabía que decir, no me esperaba eso, pero tenía que decir algo – Yo…- En el momento en que mi boca se abrió, él me cogió de la cabeza con su mano derecha y me la apretó contra su entrepierna, de forma que introdujo su pene en mi boca.
– Ves como si que podías, que mamón que estás hecho…
 
No dije nada. Realmente quería probar de nuevo aquella sensación, pero me encontraba inseguro, ¿y si alguien se enteraba? ¿Y si…? Pero ya todo eso daba igual, la resistencia había caido y el misil había ido a parar directamente en mi boca. Entonces, poco a poco, fui soltándome y empecé a mamar aquel enorme pollón. Lo metí y saqué sucesivas veces de mi boca, tratándo de introducirlo cada vez un poco más en esta, pero me era imposible, era demasiado grande. Entonces dirigí mis manos hacia él y acaricié sus testículos delicadamente, para después seguir haciéndolo con mi lengua. Tenía mucho pelo también ahí, pero daba igual, a decir verdad incluso me excitaba. Mi lengua lamía pelo y carne a partes iguales, mis manos fueron de nuevo hacia el pene, un volcán a punto de entrar en erupción. Mientras lamía los testículos, y le masturbaba, Asier mantenía sus manos en mi cabeza, invitándome a seguir, mientras decía, “¡sigue así, lo haces muy bien…!” Así, volví a centrarme en aquel volcán que tenía en su entrepierna, y lo lamía una y otra vez, lentamente unas veces, rápido otras, al tiempo que mis manos seguían masajeando la gigantesca masa de carne. Volví a metérmelo en la boca, intentando introducirlo por completo, sin poder hacerlo, sacándolo de nuevo para volver a comerlo de nuevo. Así seguía yo, mete-saca, mete-saca, una, dos, tres veces… y siguiendo. Entonces, un leve gemido me alertó, en un segundo mi boca era inundada por la lava del volcán. Una lava blanca, viscosa, pero bien rica, dulce. Yo relamí mis labios para que nada se me escapara y cesé de chupar aquel pene, elevando mi cabeza a la vez que chupaba aquel torso peludo que antes me había dado repelús, y ahora deseaba con todas mis fuerzas. Seguí subiendo, y al ponerme en pie, totalmente erguido, Asier me besó, compartiendo la lava ardiente de su volcán.
 
No hubo descanso, pues otro volcán esperaba, el mío. Asier desabrochó mi camisa por completo y comenzó a acariciar y chupar mi torso. Yo, mientras, sobaba y disfrutaba cuanto podía de aquella inacabable pelambrera que era su tronco. Mientras me excitaba tocando y lamiendo mi pecho, fue desábrochándome el pantalón, sin prisa pero sin pausa, me bajó mis Calvin Klein negros y pudo ver mi miembro completamente ardiendo y erecto a más no poder. No llegaba ni de lejos a las dimensiones del pene de Asier, pues el mío apenas roza los 15 centímetros, pero a aquel animal poco o nada pareció importarle. Se lanzó a por él, era su presa y no iba a dejarlo escapar, lo masturbo brusca y brevemente, para después llevarselo a la boca. No jugó demasiado, sino que se limitó a meterlo y sacarlo de su boca hasta que tras varias repeticiones de aquello, me vine por completo. Sin embargo, y al contrario de lo que yo hice, Asier no se puso en pie. Asier continuó investigando mis bajos, lamiendo mis cojones mientras tocaba mis nalgas y palpaba el orificio que era entrada del recto. Me dió la vuelta, y me quedé mirando a la puerta, él permanecía tras de mi, y tras lubricarme el ano con su lengua, se irguió y pude notar como su bulto tanteaba mis nalgas en busca de una entrada a mi interior. Me apoyé en la puerta, mientras él me cogió de los hombros con su mano derecha. Entonces, comenzó a guiar su misil contra mi ano, con la siniestra. Lentamente, introdujo la punta en el agujero, y después, como si de una explosión se tratara, empujó muy fuerte contra mi, no entró entero, pero me dolió como nunca, le sentí dentro de mi, y tras ese primer intento, vino otra sacudida, que me dejó incluso algo mareado. Ya estaba todo el volcán en mi interior. Entonces Asier me cogió de las caderas y me echó hacia detras, él se sentó en el retrete, y yo sobre él. Comenzó a botar como si de un caballo a galope se tratara, de forma que su miembro entraba y salía continuamente de mi ano. Yo gritaba y gemía, me dolía pero también me gustaba, me excitaba, me agradaba… Sentía como si me estuviesen rompiendo el ano, pero también sentía placer y excitación, estaba como en una nube, como drogado…
 
En medio de aquella excitación, algo más sucedió. Alguien golpeó la puerta.
 
– ¿Está ocupado? – Preguntó quien quiera que fuese desde el otro lado. “Claro que si”, pensé yo, “¿es que no oyes mis gritos?”.
– No, pasa. – Fue Asier quien respondió. “¿No?” Pensé yo, “¿como que no?” Pero estaba gozando como pocas veces, así que seguí espectante sin decir nada.
 
La puerta se abrió y ante nosotros pudimos ver a un chico de unos treinta años, morocho, como de Sudamérica, poco más alto que yo y algo regordete. Sin embargo, Asier y un servidor siguieron a lo suyo, yo botaba sobre su entrepierna, con mi culo cada vez más abierto y lubricado, gozando ahora si de toda la extensión y grosor de su pene. Además, Asier masajeaba mi polla con una de sus manos.
 
– Sírvete – dijo mi animal a aquel desconocido, y este se dió un par de pasos adelante.
 
Se puso frente a mi y me acarició pecho, cuello y cara, al tiempo que besó en esos mismos lugares. Al tiempo, se desabrochó la camisa y dirigió mis manos a sus pechos, que contrariamente a los de Asier, estaban flácidos y grasientos. Desabrochó su pantalón y pude ver que no llevaba nada debajó. Mis manos fueron a por su polla que ya se encontraba caliente y estirada. Mediría unos quince o dieciséis centímetros, pero era bien gorda. Entonces la toqué y masturbé un rato, pero Asier se incorporó y con eso mi cara se acercó al nuevo volcán. Así pues, me encontraba yo como nunca antes había pensado, pero ahora lo gozaba como si siempre lo hubiera deseado. Por delante, chupaba una gruesa banana morocha que se notaba bien caliente y a punto de reventar, y por detrás, un enorme volcán era introducido una vez tras otra en mi ya dilatado ano. Cada sacudida de Asier se traducía en una comida de banana por mi parte, así lo hicimos, una vez tras otra. Entonces Asier redució el ritmo, pero yo seguía chupando al nuevo invitado cada vez más rápido, entonces este dió un pequeño gemido, y Asier volvío a poner todo de su parte, más brutal que nunca. Y por fin, el éxtasis. Pude notar como mi ano se inundaba a la vez que mi cara se veía completamente manchada de una misma sustancia, blanca y viscosa, y dulce.
 
Cesamos la actividad y Asier habló tranquilamente con Pablo, que así se llamaba el morocho. Mientras, yo estaba extasiado, alucinado, exhausto y mareado. Me dolía el culo aún, pero nada pasaba, salía encantado. Me quedé un rato en el retrete, solo, cuando ellos se fueron, pensé un rato en como había dejado que me rompieran el esfínter hasta sangrar, un hetero como yo. Y fue que llegué a la conclusión de que era hetero, sí, pero heterosentimental, porque a partir de ahora, respecto al sexo, sería bisexual.
 
Y este es todo el relato, así que para cualquier comentario ya saben, alex47058@hotmail.

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Enloquecidos y apasionados – Capí­tulo 6.

Ya era el decimosegundo día de convivencia con Micaela y no teníamos novedades de sus padres; ni un llamado telefónico, ni un mísero correo electrónico. Personalmente, no esperaba un escrito detallado de cómo les había ido y los resultados de las conversaciones de Roberto y Patricia respecto de su futuro, juntos o separados. Sólo deseaba, por mi amada adolescente y por mí, recibir un mensaje que dijera: “Estamos bien, llegamos dentro de tantos días. Cariños, Mamá y Papá”. ¿Era tanto pedir?

  Por supuesto que el tema no era que quisiera deshacerme de mi novia: se me aflojaban las piernas cada vez que recordaba que, en algún momento, Mica debería regresar con sus padres… al menos, con uno de ellos. Sin embargo, era una realidad. No obstante, faltaban muy pocos días para terminar mis vacaciones y no me gustaba para nada la idea de dejar a mi nena sola en el departamento; después de todo, más allá de nuestra relación, el amor que le tenía y lo que hacíamos en nuestra intimidad, lo concreto era que tenía una menor a mi cargo. Por lo tanto, si algo malo le sucedía, debería dar la cara ante mis compadres. Así parezca demasiado duro y egoísta de mi parte, eso era lo que sentía en esos momentos.

  Además, aunque no me lo dijera, yo sabía que Micaela deseaba tener novedades de sus padres… por otra parte, era lo lógico. Ella ya me había confesado que había enviado dos correos -uno a Pato y el otro a Roberto- y, cada día, revisaba infructuosamente su casilla.

  Un par de días más tarde, alrededor de las nueve y media de la mañana, mientras yo terminaba de ducharme -de hecho, ya estaba por tomar la toalla para secarme- el sonido del teléfono, sacó a mi novia de otro de sus habituales remoloneos matutinos en nuestra cama. He aquí lo que escuché, del otro lado de la puerta cerrada:

  -Hola… ¡Papiii! ¡Cómo estás?… ¿Y Mamá? Carlos está duchán… okey… sí, te escucho: contame… ajá… ajá… Papá, no me jo… bueno, sí, te escucho, pero hablame en serio… pero, Pa, no puede ser; no me mientas así… ¡¿Pero cómo querés que reaccione, Papá?! ¡¿Qué querés que te diga?! No… ¡No!… ¡No!… ¡¡No te creo!!… ¡Basta!… ¡¡¡Basta, basta, bastaaa!!! -fue lo último que oí, con ella en el teléfono; inmediatamente, escuché sus pasos apurados y un llanto que creció y creció, hasta estallar.

  Enseguida, sin más que una toalla alrededor de la cintura y todavía medio mojado, salí del baño, encontrándome con un escenario lógico pero no deseado: mi nena hermosa tirada boca abajo sobre la cama, sacudiéndose con espasmos de llanto y, por otro lado, el auricular del teléfono enganchado, por milagro, en el respaldo de la silla que ella había ocupado hasta hacía instantes. Obviamente, ignoraba lo que su padre le había dicho, pero conocía a mi dulce adolescente lo suficiente para saber que no era de las que se ponían histéricas por cualquier pavada. Eso, más las interrupciones de las que Mica había sido víctima, ya me predispusieron mal para hablar, cuando agarré el tubo.

  -Hola -dije, serio y nervioso-, ¿Roberto?

  -Sí, ¿qué tal? ¿Todavía cuerdo, che? -intentó bromear-. Digo: la caprichosa de tu ahijada es capaz de volver loco a cualquiera.

  -No sé con vos, che -respondí, enojado-, pero coonmigo, se porta muy bien: es cariñosa, dulce, colabora en todo lo que puede… que es bastante… fijate,  a ver si no me la diste cambiada, porque mi Micaela no tiene nada que ver con la que vos me estás describiendo. La que tengo acá, está llorando desconsoladamente sobre la cama. ¿Qué le dijiste, pedazo de bestia?

  -¿Qué le dije? La verdad: en casa somos muy frontales y siempre vamos con la verdad, ante todo. Le dije que su madre está viviendo en San Francisco con otra mujer, desde que volvimos del crucero… claro que esa relación lleva meses; que ni loco iba a permitir que fuera a vivir con ella, porque, como te imaginarás, el divorcio es un hecho: sólo falta firmar unos papeles.

  -¿Y acabás de tirarle toda esa información por teléfono recién?

  -Sí, claro. ¿Qué pretendías: que me tomara un avión y me fuera hasta allá, sólo para contarle a mi hijita malcriada que su madre se convirtió en una puta promiscua, que le da igual hacerlo con cualquiera, hombre o mujer?

  -En primer lugar, tu hija no es ninguna malcriada… y aunque lo fuera -continué, antes de que pudiera interrumpirme por una pausa mía-, ustedes serían los responsables de su supuesta malcrianza. Por otra parte, no, claro que no pretendo que vengas expresamente a contarle nada; mucho menos, lo que acabás de decir de su madre, lo cual me parece una exageración total y una crueldad, porque cualquier cosa que haya ocurrido entre ustedes como pareja, debería quedar entre ustedes, no involucrarla a Mica. ¿No sabés el significado de la palabra “compasión”? ¿Y el de “tacto”? Sea lo que fuere lo que creas de Pato, nunca te olvides de que es su madre y, por lo tanto, la ama, mal que pueda pesarte. En cuanto a lo otro, ¿no podrías haberle dicho una mentirita piadosa? Por ejemplo, decirle: “Mirá, Mica, tu madre y yo estamos distanciados por el momento, pero estamos tratando de encontrarle una solución. Mientras tanto, vas a venir a vivir conmigo.”, porque supongo que ésa es tu idea, ¿no? Si vos no podés, comprendo: estás laburando y no tenés tiempo de viajar para acá; pero yo puedo hacerme un viaje relámpago, antes de terminar las vacaciones, y la acompaño…

  -Entonces, yo tenía razón: tu ahijada está volviéndote loco y querés deshacerte de ella cuanto antes. -dijo, con aire triunfal, mientras que mi novia, pasaba, callada, hacia “su” cuarto (mi estudio), donde, en silencio, levantó el auricular de aquel aparato para escuchar con todo derecho, la conversación que su Papá y yo manteníamos. Además, personalmente, creía que lo peor de la “tormenta” ya había pasado.

  -¡No seas necio, Roberto, por Dios! -exclamé, sin poder contenerme ante tal barbaridad-. No quiero deshacerme de nadie, y mucho menos, de Mica: sólo creo que su lugar está junto a su familia… en este caso, vos, su padre. Si por mi fuera, podría quedarse a vivir conmigo indefinidamente; pero repito: en mi opinión, debería estar junto a su familia. Te recuerdo que no tiene veintiún años… tiene trece. ¡Reaccioná, Roberto, por favor!

  -Si la vieras con su grupo de amigos acá, se diría que ya cumplió los veintidós… ¡o más! Por otra parte, Carlos, si viene a vivir conmigo, yo trabajo todo el día… no podría prestarle toda la atención que un padre debería darle a su hija que recién entra en la adolescencia; en especial, si se trata de una chica difícil como Micaela.

  -Otra vez, exagerando: primero, trabajás todo el día, sí, pero desde tu casa, así que no es como si fuera a estar sola todo el día; y segundo, Mica es un encanto: de difícil, no tiene nada. Y, por lo que puedo apreciar, el problema no es ella, sino vos… perdoname la franqueza. Si fuera tan difícil y malcriada como vos decís, ya habría “mostrado la hilacha”, en dos semanas de convivencia conmigo, ¿no te parece? Y te juro por la memoria de mis viejos, que no ha sido así, para nada… ni un poquito.

  -Hagamos una cosa, Carlitos: si lo que me dijiste que, si por vos fuera, podría quedarse a vivir con vos, fue en serio, que así sea, viejo. Lo hablo con mi abogado, con el juez de menores y hasta con Patricia, si es necesario. ¿Qué me decís? ¿O preferís pensarlo?

  -Ni medio segundo -aseguré, sinceramente; en ese momento, algo me hizo girar la cabeza hacia la puerta de mi estudio y vi salir a mi adorada adolescente, con la cara bañada en lágrimas que, de algún modo, me parecieron de emoción, más que de tristeza, lo cual corroboré, con un beso gigante en la mejilla y un abrazo en el cuello; éste duró hasta que, un poco después, corté la comunicación-. No necesito pensarlo para nada. Supongo que será con autorización como tutor de tu hija, ¿no? Si no, me vería muy limitado por si surgiera algún viaje al extranjero… ya sabés que, en mi profesión, esto es perfectamente factible; y, además, para inscribirla en un colegio.

  -Sí, claro, comprendo. No te preocupes: tengo un amigo que es piloto en United, así que en cuanto consiga todo para hacerlo legal, te lo mando con él. De todos modos, estaré enviándote e-mails… y a Mica también, por supuesto… no me chilles, como dicen los hispanoparlantes de por acá -dijo, y, al ver que no festejaba su humorada, volvió a la seriedad-. Bueno, macho: no te entretengo más. Dale un beso a Micaela de mi parte y confío en tu buen criterio para que le cuentes lo que creas prudente de esta conversación, ¿okey?

  -Sí, okey… lástima que no pensaste en ser “un poco” más prudente antes de hablar con tu hija; pero, bueno: lo hecho, hecho está. Espero tus noticias.

  -Bueno, Carlos… adiós.

  -Adiós. -me despedí secamente.

  Colgué el receptor y abracé a mi dulce nena, como nunca había abrazado a nadie. La sentí llorar su desamparo inédito contra mi pecho y, a mi vez, cerré mis ojos muy fuerte, como si, así, pudiera darle más seguridad a través de mis brazos y manos que sostenían a esa personita que tanto amaba. Sin razón, me sorprendí cuando dos lágrimas rodaron por mis mejillas Besé suave y tiernamente su mollera y luego, su frente; con este último, dije: “Éste es de tu Papá”.

  Ese sábado, después de una “abstinencia sexual” de demasiado tiempo, pero perfectamente comprensible y respetable, dado el estado anímico de mi dulce nena, se despertó mimosa. En una maniobra inesperada, se sentó en la cama y se quitó la única prenda que solía vestirla, desde que comenzamos a vivir juntos en mi departamento: una vieja remera mía que le quedaba un poco larga y, cuando estaba de pie, le tapaba las nalgas… no mucho más. Luego, se acostó otra vez y acarició mi pecho, bajando, hasta mis bolas. Después de un momento, volvió a su punto de partida y ahí reposó.

  -Perdón, Amor -susurró, apenada, tomando mi mano con la suya que había quedado libre-… perdón por estos días de tristeza, de pocas palabras, de falta de caricias…

  -Cielo, ¿vos estás loquita? -”recriminé”, mirándola a los ojos en la semioscuridad que brindaban las persianas cerradas de nuestro cuarto, con el sol que daba sobre ellas-. ¿Cómo vas a pedirme perdón por algo así? Si uno amara a su pareja solamente en las buenas, eso no sería amor. Sería una excusa muy pobre para pasarla bien, para divertirse y nada más. Pero cuando uno AMA, así, en mayúsculas y con todas las letras, se banca lo que sea… lo bueno y lo malo; y ¿sabés una cosa? No es ningún sacrificio: pensás en la persona que amás, en la mejor manera de consolarla y, si no podés, porque el tema que la tiene mal es demasiado grave o íntimo para un consuelo, lo que te queda es cuidarla… cuidarla mucho y contenerla. Eso es lo que yo traté de hacer con vos en estos días y lo que volvería hacer si (Dios no lo permita) se repitiera. Conclusión, mi nena hermosa -sonreí, casi con temor, pero al mismo tiempo, preparado para besarla toda entera (literalmente) y mimarla que, además, era una manera encubierta de mimarme a mí mismo-: por si no te has dado cuenta, yo te AMO muchísimo y más vale que vayas acostumbrándote a la idea, porque así va a ser siempre. Así que, como dicen por ahí, “habla ahora o calla para siempre”.

  Por toda respuesta, nos besamos enloquecidos y apasionados. De ahí a hacer el amor, fue un solo paso… medio, quizá. Pero reaccionó como nunca antes; escuchar sus jadeos y gemidos de placer con cada bombeo de mi verga en su cosita, era un auténtico concierto, comparable al de cualquier gran músico de renombre universal. Y, cuando llegó a su tercer orgasmo, me excitaron tanto sus grititos que vacié mi leche dentro de su útero casi al mismo tiempo que sus juguitos mojaron mi herramienta.

  Un rato más tarde, todavía abrazados y con esporádicos besos breves y suaves, me planteó un tema que había quedado pendiente aun antes de su “encontronazo” con Roberto.

  -Amor -dudó, no sabiendo cómo comenzar-… ¿te acordás de lo que te conté de Romina, nuestra vecina lesbiana?

  -Sí, claro que me acuerdo -respondí, sospechando qué era lo que iba a decirme-. ¿Por qué?

  -Porque no quiero que te enojes, pero me gustaría probar; no sé… ver cómo es.

  -Ver cómo es -repetí, jugando al “preocupado”-. ¿Y qué pasa si te gusta tanto que después sólo querés tener sexo con chicas? ¿Qué va a ser de mí, pobrecito yo?

  -¡No digas boludeces! -me dijo, simpáticamente sobradora.

  -¿Así que digo boludeces? -”reproché”, siguiéndole el juego, y comenzando a hacerle cosquillas en la panza, para luego subir hasta sus tetitas y ahí, darle tironcitos a sus pezones y, con mis uñas siempre cortas, rozarle las areolas, en tanto ella se desternillaba de risa… y, también, de gozo. ¡Ah, qué placer oírla así nuevamente!

  -Espera, espera que te estoy hablando en serio -aseguró, una vez que pudo dominar sus carcajadas.

  -Está bien, está bien -acordé, preparándome para conversar con la seriedad que mi dulce nena deseaba-… si no me equivoco, lo que vos querés es que yo te dé mi opinión, mi permiso o algo parecido, ¿no? -quise averiguar y ella asintió, medio vergonzosa-. Bueno, si es por eso, mi opinión es que, si tenés esa curiosidad, date el gusto y probá. De más está decir que mi permiso lo tenés… con una condición -agregué, disimulando una broma a medias, tras lo cual me miró, hecha un signo de interrogación-. Que, como no puedo volverme invisible para ir a ver lo que pasa entre ustedes, ni puedo volverme una mosca para espiarlas desde el techo o desde alguna pared, me cuentes todo lo que hagan con lujo de detalles.

  -Ah, mirá vos… ¡no sabía que tenía un novio tan morboso…! -sonrió, cómplice-. Bueno, si ésa es la condición, acepto. Pero solamente para que me dejes ir, ¿eh? -añadió, con una sonrisa que hablaba por sí sola.

  Volvimos a besarnos y acariciábamos nuestros cuerpos mutuamente. Mi mano, caprichosa y divertida, frotó su pancita y se me ocurrió decir:

  -¿Te imaginás cuando estés embarazada? O, mejor dicho, cuando estemos embarazados…

  -¡¿En serio, querés que tengamos un hijo?! -exclamó, eufórica-. ¡Ay, mi Vida… te amo!

  -Por supuesto -respondí, feliz de ver su endulzada sonrisa de oreja a oreja-; pero esto no debería sorprenderte, Mica, mi Cielo: cuando vos me dijiste que querías quedar embarazada de mí, mi única objeción fue que no quería que nuestro hijo se convirtiera en tu “hermano”, porque, seguramente y no por maldad, tus padres no iban a permitirte que te encargaras de su educación… por tu edad, ¿entendés? -intenté explicar, pero sólo se encogió de hombros y puso cara de “qué sé yo…”-. Pero ahora que vamos a estar juntos para siempre, vamos a poder llevar a cabo la segunda alternativa que te comenté en su momento, cuando te dije que, si se nos diera la oportunidad de vivir juntos, lo criaríamos, cumpliendo nuestros roles de madre y padre, como corresponde; ¿te acordás?

  -¡Sí, claro que me acuerdo! -exclamó, con rostro de infinita felicidad, luego, de lo cual, pegó un gritó que me hizo saltar y que habrá asustado a más de uno de nuestros vecinos más cercanos, pero no se lo reproché… ni siquiera se lo mencioné-. ¡¡¡Gracias, Roberto!!!
  Continuará
  Si alguna niña de la edad de Mica desea escribirme o, mejor aún, agregarme a su msn, será muy bienvenida. Puteadas y agresiones, ¡no, gracias!

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Un Hogar Completo (XVII).. Elvia, la madre de Gladys

En este capítulo me reencuentro en forma sorpresiva con una persona de mi pasado, para beneficio de todo el grupo.
El sábado en la mañana, apenas me desperté le pregunté a Gladys, mi amiga amante,  “¿Cómo es eso de que tu madre quiere conocerme?, ¿qué le has dicho?” pregunté, a lo que ella respondió dándome un golpe en el hombro “Ayyy… no seas tonto, ella simplemente quiere conocer la casa, y a vos, porque últimamente vengo a estudiar mucho acá.  Ella no sabe que cogemos, ¿crees que soy tonta?, yo se que ella es liberal y esas varas, pero no creo que le guste mucho que su hijita de trece años se acueste con un hombre de 40.  Solo conócela, porfa, sé simpático con ella, ella solo se preocupa por mi seguridad, no te preocupes, ¿si?”.  Ante ese razonamiento, solo respondí, mientras nos metíamos a la ducha… “Ok, ¿cuando viene la bruja esa!!?”… otro golpe en el hombro…  “no seas cabrón, es mi mamita linda, además es muy guapa, como mi hermana, no como yo que soy el patito feo de la familia”, dijo con un mohín.  La verdad es que no era cierto, de patito feo, esta mujer no tenía un pelo, es cierto que no era despampanante, pero si de buen ver, claro, su hermana mayor si era un mujerón, por consiguiente la madre también debía estar media guapa, al menos.  La besé tiernamente bajo la ducha y le dije “pues no me importa, para mi eres muy guapa y basta, no quiero escucharte decir eso nunca más… pero bueno, ¿cuando viene la madre que te parió?”.  “Necio…!!!  el viernes en la noche, después del trabajo de ella en el bufete, es abogada”.
Como buen representante del género masculino, para el viernes siguiente yo me había olvidado por completo de la tal madre de Gladys.  Así, cuando entré a mi casa como a las ocho de la noche, me encontré a una mujer desconocida hablando con Rosy de pie en la cocina, dándome la espalda; con traje sastre de abogada, pero aún así la falda dejaba ver un culo realmente apetitoso, un pelo largo lacio, bastante abundante y testigo de múltiples y caros tratamientos.  Anuncié mi llegada con un “buenas noches a todos..”, en voz alta; la sospechosa se dio vuelta y pude inspeccionarla mejor: de poco menos de mi edad, blanca, cara ovalada, ojos café claro, pechos ciertamente responsables (copa c), unas piernotas deliciosas, un traje un poco masculino para mi gusto, y una mirada súper conocida, igual de intensa que la de Gladys, su hija adolescente.  Pero ahí había algo más que una mirada intensa, y lo sentí de inmediato…  yo a esta mujer la conozco!!!, y se lo solté de una vez … “Yo a ti te conozco ¿no?…  mhmhmhmh”   pensativo, mientras la mujer me miraba más escrutadoramente, aún.  “Noooooo,  no puede ser, ¿Elvia?”.  Ella me miró por sobre sus lentes de abogada (similares a los de la hija), y su rostro se le iluminó  “Puta!!! No puedo creerlo, de veras el mundo es chico!!! Mario!!!”.  Nos acercamos el uno al otro y nos fundimos en un abrazo fraternal y cariñoso, de esos que solo compartes con alguien a quien realmente estimas y que tienes siglos de no verlo.  “Mae  Elvia…  que loco…  no puedo creerlo”.  Ella tenía una carcajada nerviosa de alegría y decía una y otra vez, “lo sé, lo sé, es una locura….  mírate que guapo te hiciste!!”.  Yo le dije, con toda la confianza del mundo: “vos no has cambiado, sos la misma rica, mamacita linda y deliciosa de siempre… jaja”.  Rosy nos interrogó con la mirada, yo le dije “Rosy, lo que pasa es que Elvia y yo estuvimos en el mismo colegio, y de adolescentes fuimos novios, ella fue mi primer novia, y yo fui su primer novio”, y volviéndome a mi vieja amiga la interrogué “bueno, y ¿qué coño haces en mi casa?, muñeca”.  Ella no paraba de sonreír, “Vos siempre con tu galantería extraña…  diay baboso, que venía a conocer la casa donde mi hija se mete a estudiar, y conocer al famoso don Mario del que tanto hablan mis hijas”.  Ahí me acordé de Gladys, y quedé en shock “Noooo mae, no me salgas ahora con que eres la madre de la rata de biblioteca que pasa metida en esta choza, y que responde al nombre de Gladys”.  Ella no paraba de reír, “pues si señor, yo mismo la parí, junto con la otra hermana”.  Yo seguía en shock, solo acerté a decirle, “ven conmigo arriba, hablamos mientras me ducho, que vengo del driver range y golpee como tres mil pelotas, pero sudé montones”; y mientras subía las escaleras con ella tras mío repetía una y otra vez “no puedo creerlo…no puedo creerlo”.
Mientras me duchaba hablamos de todo un poco, luego nos sentamos en la sala junto con Rosy, a quien invité a acompañarnos con un sutil gesto, la iba a necesitar;  fue un encuentro tan grato y lleno de anécdotas,  que quedamos de salir el día siguiente.  Al rato, antes de irse se puso seria y me dijo:  “Bueno Mario, a lo que vine…  perdona que me ponga seria, pero soy madre, después de todo”, “ok, dime tu” le respondí abiertamente.
Empezó por: “Yo se que Gladys y Marcela están seguras viniendo acá, vos no sos ni un delincuente ni nada por el estilo, de hecho Gladys ha mejorado sus notas aún más, la nerd esa”.  Mi respuesta fue “ok, ¿entonces que te preocupa?…  por favor, en confianza, dime lo que te preocupa”.  “Ahhh” suspiró, “bueno, la verdad sos vos el que me hace preocuparme, entre lo que me acuerdo de ti, y lo que me cuentan ellas, creo que corren peligro de hacer una barbaridad, principalmente la menor”, yo no dije nada, solo puse cara de “no te entiendo”; “Mario, no me la pongas difícil, por favor!!!; sabes a lo que me refiero; que empiecen a tener sexo por ahí y algún baboso me las deje embarazadas, no sabría que hacer si eso pasa”, dijo poniendo cara de desesperanza; se notaba que presentía que sus hijas ya no eran tan inocentes como hace poco creyó.
“Ok, vamos por partes, quieres?; en primer lugar, ¿qué tanto confías en ellas, digo en su juicio?”;  “Ahh no, 100%, la chiquitilla es muy seria y centrada, y la otra es muy tímida, pero prudente” dijo con orgullo.  “Ok, entonces te voy a contar toda la verdad…  sírvete un trago, y con respecto a lo que te voy a decir puedes comprobar todo con Rosy acá presente, que es tu amiga desde hace tiempo”.  Cuando volvió con un vaso lleno de whiskey  empecé:  “Ok, en primer lugar, yo soy hombre de tener varias amigas, a las que quiero mucho y me doy por ellas, con algunas de esas amigas suelo mantener relaciones sexuales; Gladys es una de ellas, y antes de que termine el año Marcela será otra.  Las estoy educando y enseñando en cuanto al sexo y la sexualidad, así que si tu preocupación es el bienestar de ellas, no te preocupes; si tu preocupación es que puedan quedar embarazadas, tampoco te preocupes; pero si tu preocupación es la virginidad de ellas, como si fueras una madre del siglo pasado, pues llegaste tarde, a Gladys nadie le va a devolver la virginidad, y difícilmente evites que eventualmente tenga sexo con Marcela; ¿Contenta?”.  
Su única respuesta fue “no se, no se…”,  siguió tomándose el trago, mientras encendíamos sendos cigarros, y no habló hasta que no terminamos el cigarrillo.  “Ok, ¿sabes qué?, tienes razón; sos un sátiro cabrón de mierda, pero siempre confié en ti y nunca me defraudaste.  Pero ahora te voy a confiar el bienestar de mis hijas.  Solo te pongo un par de condiciones; tú vas a cuidar de ellas como si fueran las niñas de tus ojos, no vas a ser indulgente con problemas de estudio, vagabundería o excesos, y nunca, bajo ninguna circunstancia las maltrates o abuses de ellas; ah y siempre tengo que saber dónde están, ¿ok?.  He dicho.  Si quieres tener a mis hijas de amantes, que así sea; pero por Dios que me tendrás que ayudar a educarlas como mujeres de bien.  ¿es un trato?” dijo poniéndose de pié y ofreciéndome su mano al estilo de los abogados; la cual estreché en señal de trato (uno de los mejores que he hecho en mi vida).
“Ahorita me voy, pero pasa por mí mañana a las ocho y vamos por unos tragos, pero solo hablemos de vos y yo, dejemos a las chicas por fuera, quiero conocerte de nuevo”, dijo mientras se dirigía a la puerta, llevándose a Rosy a cuestas, pues eran vecinas.
El día siguiente estaba remoloneando en la cama, cuando sentí un bulto de cómo 45 kilos brincando encima mío “Lo hiciste, lo hiciste, sos un sol Mario!!”, gritaba Gladys que había entrado a casa y ahora saltaba de felicidad sobre mi cama como si fuera una niña, de paso dejándome ver su tanga de hilo dental.  Se agachó y me besó, dijo “báñate boludo, ya está tu desayuno, te espero abajo”.  Quince minutos después estaba sentado escuchando los acontecimientos de la noche anterior.  En resumen, Elvia llegó, despertó a Gladys le dijo que lo sabía todo, que estaba de acuerdo, pero que si fallaba en el estudio o se metía en problemas, que la mandaba donde el tío Rafael a Guanacaste.  La chica aceptó las condiciones y se durmió como angelito.  Su alegría me había contagiado, así que la besé por montones, prometiéndole que iba a cuidar de ella, tal como lo prometí a su madre.  Luego de comentar detalles y bromear, decidimos tirarnos a la piscina.  
Ella llegó al borde de la piscina y se quitó el vestido largo y raro que usaba, dejándome ver de nuevo su delicioso cuerpo de mujercita, y se tiró en ropa interior al agua; yo por mi parte la dejé nadando en paz, cuando salió del agua vino directamente a mi, caminando como yegua en su primer celo, mientras yo estaba atontado de ver su chochito juvenil, bajo la transparente tela de la tanga; se puso de pié frente a mi, y me dijo, mientras se quitaba la tanga y el brassier empapados, “Me dijo mami que van a salir esta noche, así que voy a mandarte bien cogido y seco, para que no andes pensando boludeces con mi madre”, se agachó y me empezó a mamar la verga.  Estuvimos cogiendo por un rato, hasta que de verdad me dejó los huevos secos.  Al final, ya exhaustos me dice… “no te preocupes, mi mami ya está grande y si quiere coger contigo… allá ella, aunque…  no se, creo que no le gustan los hombres, pero como ella no me cuenta nada, pues no se”.
Con esa advertencia acerca de la dudosa sexualidad de mi exnovia de adolescencia llegué a su casa a las ocho en punto, sin esperanzas de tener nada más que una conversación amena.  Me abrió la puerta Marcela, la escultural quinceañera.  Adentro estaba Gladys también, y cosa rara, Elvia ya estaba lista con blusa celeste de escote que no solo hacía presentir la imponencia de sus senos, pero también hacía imposible el uso de un brassier, y pantalón de vestir, muy guapa realmente. Saludé y me despedí en el mismo acto, cuando cruzábamos la puerta de la calle escuchamos decir a las dos hijas… “mamá tienes permiso de quedarte toda la noche en la calle, si quieres! jajaja”, lo cual sonrojó profundamente a la seria abogada y madre soltera.
Fuimos a cenar, y sobre los mariscos nos acordábamos de los años mozos y de nuestras andadas, conforme pasaba el rato yo comprobaba cada vez más que los 23 años que tenía de no ver a esta mujer, hoy de 38, no le habían restado nada de sensualidad.  Me contó que se casó con un carpintero, pero que se había separado desde que nació Gladys, que era abogada menor en un bufete grande, y un montón de detalles.  Al rato le propuse ir a bailar, ella me respondió “No se, no me gusta esta música, me encantaría poder bailar aquella música que bailábamos de jóvenes, así bien apretaditos, ¿te acuerdas?”,  Inmediatamente salté y le propuse “Vamos, ya se donde podemos…”.  Y nos fuimos a un bar de antaño, que llaman, donde la rockola solo tiene música de los setentas y ochentas, empezamos a bailar con música de Claudio Baglioni y otros italianos romanticones, bien pegaditos. 
En mi defensa, y la verdad sea dicha,… ella fue la que empezó!!.  
Cuando bailábamos empezó a decirme… “¿te acuerdas Mario, de las tardes que pasábamos en tu casa?, ¿te acuerdas Mario de la vez que me desvirgaste?  Fue tan rico…  que hasta que se me moja el coño de recordarlo…” mientras se repegaba a mi al ritmo de “pequeño gran amor”.  Luego de bailar un rato, yo ya tenía el bate bien parado, y pidiendo guerra, la muy cabrona me dice “Uy Mario, estas todo parado, que rico, me mojas toda; vamos a sentarnos antes de que me cojas acá mismo, templado!!”.  Nos sentamos juntitos en la zona oscura del bar, y ella de una vez puso su mano “descuidadamente” sobre mi pinga, me dice “pero los mejores polvos fueron cuando sabíamos que tu hermana Lidia estaba en el closet, viéndonos por las rendijas, cómo nos templaba eso, le dimos cada espectáculo!!!, ¿te acuerdas?”, yo tragaba grueso solo de acordarme que esta boluda era un tren en la cama. “si, claro, de hecho Lidia vio cuando te desvirgué el culo, te acuerdas”  “Uyyyy si, que rico, ya me acuerdo…”, y se acercó y me besó, no tiernamente, sino con lujuria y deseo, con ganas de coger y ser cogida, me apretaba la verga con fiereza, provocando mayor erección, hasta que ya no pude más: “Elvia, mae, ya no puedo con estas ganas de culearte, vamos a mi casa, que necesito romperte la madre, riquíssima!!”, ella solo sonrió y me dijo, “te espero en el carro”, levantándose con las llaves de mi carro en la mano, mientras yo lidiaba como podía con la cuenta.
Cuando íbamos en el carro, ella se recostaba en el vidrio de su puerta, y levantándose la blusa me decía  “¿te acuerdas de estas?, ¿todavía te gustan? ¿aún las quieres, cabrón?”, mientras se tocaba las tetas en un estado de lascivia que no me permitía concentrarme en la carretera.  Cuando pude, me agarré la picha y le dije “¿y vos, te acuerdas de esta, so puta?!!!”, ella simplemente asintió, se inclinó y me abrió el cierre del pantalón y empezó a chupármela, mientras apenas íbamos por La Sabana, hacia el oeste de la ciudad.
Al llegar a casa, entró delante mío, quitándose la blusa en la sala, el pantalón en la escalera y la tanga mojada  en la puerta de la habitación (creo que Doña Ángela, mi segunda criada observó el srtip tease en ruta, pero no le di importancia). Elvia se tiró a la cama desnuda y con los zapatos de tacón alto y los aretes aún puestos, como actriz porno.  Se recostó en el respaldar, abriendo las piernas me enseñó su vagina casi totalmente depilada, con excepción de un dibujito de corazón hecho con pelitos recortados. “Venga cabrón, vos eras un bárbaro mamandome el mico (vagina), venga, que necesito una mamada urgente…!!!”  dijo en todo desesperado.  
Yo me quité la ropa con paciencia para hacerla desear más el momento, me subí a la cama, abrí la gaveta de los juguetes, saque varios de los consoladores y la crema anal, y ante su mirada de asombro y deseo, empecé suavemente a besarle las piernas y los muslos, por la cara interior; llegando a su vagina y pasando derecho hasta sus pechos deliciosos copa c.   Bajaba de nuevo a sus piernas pasando por su estómago pero saltando de nuevo la vagina, hasta que vi que ya no soportaba el deseo, posé mi lengua en sus labios exteriores y empecé a masajearlos por fuera y por dentro, de arriba abajo, con toda la lengua plana, no con la punta, como chupando un helado de cono, lentamente, pero con fuerza.  Por lo visto estaba al borde, porque en el momento en que posé mi lengua en su clítoris de dos centímetros de largo (delicioso, por cierto), cerró sus piernas sobre mi cabeza y, casi asfixiándome, tuvo su primer orgasmo:  “Yessss, animal….  que ricoooo,  me venía regando cabrón… no pares pásame la lengua por el panochito, dame lengua papacito… es que sos bárbaro, mae, dame lengüita…  siiiii, no pares…”, y yo no paré, aún cuando me soltó de su abrazo de piernas, continué, pero ahora introduciendo algunos cambios en el guión.  A esta cabrona la iba a dejar muerta, que el día siguiente le dolieran hasta los pelos del culo de la cogida que le iba a dar; y así fue.
Empecé a chuparle al clítoris con un poco más de fuerza y le introduje dos dedos en la vagina, yéndome directamente al cielo de la vagina, a su punto g, y empecé a mover los dedos presionándolo, como si la estuviera enganchando con mis dedos, cada entrada y salida la ponía más cachonda y templada;  ella ya estaba sudando y sus pezones estaban del tamaño de pequeños dedos, parecían a punto de reventar.  “Siii  huevón dame duro, métame los dedos cabrón dame duuuuroooo  eso es…  que rico, sos un bruto me vas a matar…  no pares no pares… chúpamela bestia…”.  
La verdad es que estaba poniendo todo mi esfuerzo en la mamada, así que al minuto o dos de estar en eso, y ante el cansancio obvio de mi brazo, decidí cambiar de tercio y, sin quitar mi boca de su clítoris, estiré la mano y tomé el primer consolador que se puso a mano, era uno un poco grueso (15 cm de largo y 4.5 de ancho), con una velocidad de vibración lenta, hecho ex profeso para ayudar a la masturbación femenina; así que con el artilugio de látex en la mano, se lo fui introduciendo en la vagina, “Oh dios… oho diosss , que bruto, ooohh diossssss  no paresss hijodeputa, me estas partiendo la madre…  sigue, que me viene cabrón, que me vieneeeee….  ahghgahgahghaghghg…  huevón, que ricooooooo  siiiiii” y tuvo su segundo orgasmo.  Yo subí a darle un beso y una mamada de tetas a ese par de monstruos delectables; en tan deliciosa labor estaba mientras ella me decía “uyyy siiii, mi tetas, bésame las tetas cabrón… cógeme ya, quiero que me culees, ¿qué esperas?”.  Yo levanté la cabeza y me alejé, tomando la crema de lubricación anal me puse un poco en el dedo corazón y le dije con calma “no te la voy a meter hasta no sacarte otro orgasmo, ¿alguna queja?”  y me puse inmediatamente a mamarla de nuevo.  “Nooo papacito, ninguna queja, pero yo quiero que me la metas, no se te olvide….  ayyyyy  que ricoooo, si…  si…  sigue así…”.  no habían pasado ni treinta segundos cuando empezó el masaje en su ano, con mi dedo corazón, empecé a hacer campo para lo que vendría después, mientras ella gemía y me decía que no parara.  
Dos o tres minutos después, su ano ya estaba dilatado lo suficiente, como para hacerle “el molinillo”.  Esta maniobra consiste en ponerse lubricante en la palma de las manos, juntar las manos, cada dedo con cada dedo, separar los dedos en dos pares, los índice y corazón juntos y los meñique y anular juntos, penetrar con los cuatro dedos de arriba la vagina, y con los cuatro de abajo el ano, y una vez adentro, empezar el movimiento, no metiendo y sacando las manos juntas, sino alternativamente la mano derecha y la izquierda como quien usa un molinillo para hacer chocolate.  Esta es una de las movidas más rudas que se le pueden hacer a una chavala, y solo la uso con hembras realmente calientes y putas en la cama.  Debido a que cuando Elvia y yo éramos novios adolescentes yo aún no me sabía el truco, pues nunca se lo había hecho yo; pero esta puta se lo había buscado con toda la alborotada que me pegó en el bar y en el carro, así que yo iba con toda la carga pesada.
Al sentir tantos dedos y sus dos huecos totalmente llenos la muy puta, abrió los ojos como asustada y me cuestionó “papacito… ¿que putas vas a hacerme?, cabrón, ayyyy que rico…  jueputa, me duele un poco en el culo, pero que rico se siente….¿qué vas a hacerme? dime…”,  y empezó el movimiento, es como el juego del trencito, que empieza despacito hasta que se vuelve frenético al final.  Cuando Elvia sintió los dedos entrar alternativamente como pistones de un motor empezó a gritar y a revolcarse como culebra decabezada.  “Ahhhh   hijodeputa   noooooo   que brutooooo  que bárbaro…  siiii  dame, dame por los dos ladoooos… siiii  hijodeputa, me vas a matar, me vas a matar” gritaba, mientras su cabello se empapaba del sudor que corría a mares por su frente, y su, ya mojada, vagina empezaba a emanar litros de líquido lubricante, haciendo más fácil y rápida la penetración.  
Ninguna mujer soporta más de dos minutos este asalto a sus sentidos sexuales; y Elvia no fue la excepción, en menos de un minuto empezó a tener un orgasmo tan brutal que yo sentía una fuerza sobrehumana tratando de cortarme los dedos en su vagina y en el culo, así de fuertes eran sus palpitaciones orgásmicas, se quedó callada, y se arqueó como poseída por los demonios de la lujuria levantándose sobre la punta de sus pies y sobre la nuca en una posición totalmente distorsionada, su cara estaba desencajada y solo atinaba de bufar como un toro, mientras le duraba largamente el orgasmo.   Al sacar mis manos de sus orificios, fue cayendo lentamente sobre su espalda, manteniendo las piernas abiertas y dejando salir un suspiro en el que se le fue media alma y que, de paso, liberó la tensión vaginal, haciendo que todo el líquido acumulado dentro de su vagina durante el orgasmo saliera como si fuera un chorrito de orina.  “hijueputa, mal parido, cara de picha, comemierda, casi me mataaaaasss….  que bruto!!!  que ricoooooo” fue lo único que acató a decir, cuando el alma le volvió al cuerpo, se levantó y me tiró salvajemente sobre la cama, y mientras me llenaba de besos me decía “que bruto mae que rico cabrón de mierda, casi me matas hijodeputa, venga para mamarle esa pinga, que usted no se me queda así papito, lo voy a escurrir todito”.
Empezó con la misma parsimonia y suavidad con que yo había empezado con ella hacía un rato; cuando llegó a pasarme la lengua por los cojones mi verga recuperó su erección de forma automática; ella la tomaba con una mano y la chupaba suavemente de un lado y del otro, de arriba abajo y de vuelta, sin metérsela de lleno, pero a mi no me importaba, estaba dándome una mamada tan magistral que ya me estaba sacando el líquido presemninal.  “Yaaaa…  métetela en la boca cabrona…  chúpala que siempre ha sido tuya…” le dije, poniendo mi mano en su cabeza para darle a entender que quería cogerle la boca.  Ella sonrió socarronamente y se la tragó de un golpe, se la llevó hasta su garganta y luego empezó a mamármela con deleite, levantaba su mirada y la posaba en mis ojos con esa mirada intensamente sexual que solo la había visto en su hija adolescente, mientras me la mamaba igual.  Cuando sentí que mi eyaculación era inminente la separé y acosté, abriendole las piernas hacia arriba para lograr una mayor penetración, me hinqué frente e ella, y poniendo mi verga en la entrada de la chorreante caverna del placer le dije “¿te acuerdas mi amor, lo que te gustaba esto?” y sin misericordia se la empujé hasta el fondo de un solo pichaso.  Tal vez porque la había dejado muy dilatada del ejercicio anterior, no se, pero entró con toda suavidad, y ella solo dijo “ssssssssssssssiiiiiiiiii, dame picha Marito soy tu puta, siempre lo fuiiii ayyhhh  que deliciaaaaaaaaa”.
Yo sabía que no iba a aguantar mucho rato en esa posición, por la excitación y también por el cansancio, así que saqué mi verga y tomándola de los tobillos le levanté más las piernas de tal forma que me quedara el culo de frente.  Ella, sabiendo su parte en el asunto, agarró una almohada y se la puso bajo el coxis, para mantener el hueco del culo de frente en todo momento.  Me miró y me habló en tono suplicante… “siiii, Mario, mi culo es tuyo, pártemelo, tengo años de no sentir más que mis dedos..  dame por el culo cabrón”.
Empecé a penetrarle lentamente, pero la resistencia fue poca, así que en menos de diez segundos ya estaba en el metesaca, que le estaba provocando gemidos incontrolables y balbuceos estúpidos que ni ella entendía, yo lo único que sabía es que estaba poniéndonos al borde del éxtasis.  En eso estaba cuando accidentalmente puse mi pie en el dildo que uso para hacer doble penetración, sin pensarlo dos veces lo agarré y, sacando la verga, lo puse en vibrador y se lo metí en la vagina, metiéndole mi pinga en el culo y empujando el dildo con mi pubis.  “Hijodeputa…  ¿que hacés? Animal….  uyy  que ricooo cabrón de mierda”, yo estaba al borde del orgasmo y empecé a acelerar el ritmo, o me regaba en diez segundos o me daba un patatús ahí mismo, y gracias a la intercesión divina el orgasmo me vino antes que el patatús…  “Me riegoo  Elvitaaa me riegooooo  te voy a llenar el culo de leche amor..!” y empecé a regar su culo de espesa y abundante leche, al mismo instante que ella dijo  “Siiii  dame la leche, dame la lechita, lléname el culo playo maricón de mierda…  Ahhghghgh  ahghghg   siiiiiiiiiii  ahaghghgahgahgh” gritó mientras se arqueaba de nuevo, clavándose tanto mi verga como el consolador hasta el fondo y teniendo el último y definitivo orgasmo.
Caímos agotados, y nos quedamos en silencio por un rato.  Luego se levantó y, con el semen y sus blancos y espesos jugos vaginales chorreándole por las piernas, bajó a la cocina por dos latas de Bavaria (cerveza), se sentó en la cama, me alcanzó las latas para que se las abriera (no vaya a ser que se quiebre una de sus perfectas uñas de abogada) y me espetó “Mae, nunca creí que fuera a tener sexo con un hombre de nuevo”; yo la miré más que sorprendido, al punto que casi me atraganto con la chela, “nooombre, según vos te voy a creer que no has tenido sexo desde que te separaste de tu marido, con lo rica que estas y lo templada (caliente) que sos, no embromes”.   Ella soltó la risa, y me soltó “noooo, ni que fuera monja; lo que pasa es que después de mi marido tuve muy mala suerte con los hombres, y desde hace como diez años solo lo hago con chavalas, tu sabes… soy lesbiana”.  
Yo no podía creer que la mujer con la que acababa de tener el polvo del año… fuera lesbiana; no bisexual, sino lesbiana!!!.   Seguro que puse cara de mucha sorpresa, porque la cabrona se echo a reir con muchas más ganas.  “¿no sabías?… que dicha, porque de seguro de haberlo sabido ni me hubieras hecho tiro…”, yo le respondí “cuál hacerte tiro, si prácticamente te me abalanzaste encima”.  Ella sonrió más calmadamente y me dijo, desde el fondo de su alma “Mario, vos fuiste el primero en mi vida, te comiste mis virginidades, te tengo un gran cariño, y recordándote me calenté demasiado, que quieres que te diga, si, desde que salí de casa solo iba rogándole al cielo que quisieras coger con esta vieja; y que yo pudiera disfrutar de nuevo el sexo con hombres”.  
“Pues, que dicha!!!”, le dije, y agregué “además, tienes solo 38 años, y un cuerpo de infarto, no sos ninguna vieja, no bromees así, sos muy bella”.  “Gracias Mario, vos sos un caballero hasta la tumba, pero míralo desde mi punto de vista: la única amante que te conozco es mi hija de trece años, y tu próxima amante va a ser mi otra hija de quince años, que tiene cuerpo de Miss Costa Rica; la comparación entre juventud y vejez es obvia”,  yo me eché a reír y solo le dije, “¿Sabes qué?, deja de hablar como abogada, sos una rica,  deliciosa y bellísima persona, y para mi eso es suficiente”.  Seguimos conversando, mientras tomábamos la birra, y cuando nos duchamos. 
Mientras nos estábamos vistiendo, vino a mi mente la solicitud de Gladys, su hija, en términos de que quería que le ayudara a escoger una compañera perfecta para iniciarse en el sexo lésbico; así que no la pensé mucho, la obvia respuesta era Elvia, su madre. 
“Mae, Elvia, te tengo una propuesta:  tengo una amiga joven, que es heterosexual, pero se muere de ganas de tener sexo lésbico, no por curiosidad, sino porque siente que si no tiene sexo con mujeres también, su sexualidad no va a estar completa.  Me pidió que la ayudara a conseguir una pareja perfecta, que le enseñara y la tratara con cariño, que la iniciara como es debido, ¿te interesa?”.  Ella se me quedó viendo con curiosidad y me dijo… “Tal vezzzz… no se, tengo pareja, y pocas veces le soy infiel, tu no cuentas como infidelidad porque sos hombre y algo así como mi yerno.  Pero por otro lado, aunque no me chiflen las vírgenes, esta muchacha suena interesante, podría ser… ¿es bonita?”, “siii, no es una deliciosa como tu hija Marcela, pero si es guapa, yo le doy un ok.  Oye, pero estoy hablando en serio, tienes que tomarlo en serio, yo estimo mucho a mi amiga, ¿te interesa o no?”.  “jejeje, siiiii  claro que me interesa, y no te preocupes, yo soy súper jugada con las novatas, va a ver esa chavala lo que es un verdadero polvo con una mujer”.  Yo le volví la espalda mientras me abotonaba la camisa y me miraba al espejo, y como quien no dice nada importante solo le mencioné “ok, pues, le voy a decir a Gladys que ya encontré la compañera perfecta para su iniciación lésbica”.   
Elvia estaba haciendo equilibrio en un pie, poniéndose el zapato del otro pie con la mano, así que la sorpresa la dejó textualmente sentada de culo en la alfombra.  “¿Queeeeeeeeee? ¿Gladys mi hijaaaaaaa? ¿Estas loco hijodeputa? ¿cómo se te ocurre proponerme semejante barbaridad? Eso es una estupidez, una aberración, ¿cómo se te ocurre que me voy a coger a mi propia hija?, mae, ahora si la volaste!!”.   Yo sabía que esto iba a ser por el camino difícil, pero era sin duda alguna la mejor solución; pero iba a tener que escuchar a Elvia hablando hasta por los codos, hasta que el asunto le penetrara en su racional mente de abogada, y se diera cuenta que era el mejor de los mundos posibles.  Y así fue, habló mientras nos vestíamos, habló mientras salíamos, habló mientras la llevaba hacia su casa, pero poco a poco su habladera se convirtió de ser un monólogo, conmigo de espectador; a una discusión consigo misma, bajando cada vez más la voz.  Hasta que al parquear frente a su casa, la besé y le dije; “Elvia, dejáte de mierdas, vos y yo sabemos que no solo es la mejor solución, sino que así es como va a pasar; alégrate más bien, que tu misma vas a hacer de tu hija una mujer sexualmente feliz; te llamo un día de estos y coordinamos el asunto, date un par de semanas”.  Ella se me quedó viendo como perdida por dos minutos, y luego se echó a reir nerviosamente: “Mario, tenés razón, sos un cabrón, pero tenés razón, dame solo un par de semanas para acostumbrarme a la idea:  Tienes razón es la oportunidad perfecta para ayudar a mi hija en su educación sexual, suena raro, es incesto!!!, pero si, va a ser una experiencia única para ambas.  Gracias por la noche, por la cogida y por esta oportunidad que me das.  Por cierto, no pienso volver a coger con hombres, estoy feliz con Gianina mi amante, pero de vez en cuando me encantaría que me invitaras a una noche como la de hoy… te quiero mucho boludo, chao.”, se bajó del carro.  Casi se cae de lo débil que estaba, seguro por la bronca que se traía no se había dado cuenta del estado de cansancio extremo en el que venía.
Cuando llegué a casa me encontré un mensaje en la contestadora, era Gladys, solo decía “Mario sos un bruto ¿qué le hiciste a mi madre?, ¿quién sabe que clase de cogida le pegaste?, está como muerta, cayó en cama y se durmió con todo y la ropa puesta.  Sos un bruto, esta me la pagas la otra semana, cabrón!!”.  Y yo me fui a dormir, porque estaba igualmente agotado.
La historia la seguiré en el siguiente capítulo, les parece?

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Un Hogar Completo (XVI).. Rosy sale del convento

Continúa la narración de cómo llegaron a mi casa Rosy y su familia, y de todos los deliciosos eventos involucrados alrededor del tema.
Hacía menos de una semana que se habían llevado a Rosaura, la chica de pelo de fuego, que ofició de segunda criada por un par de meses; y ya estábamos en la búsqueda de una substituta.  Cuando, un viernes en la noche llegué a casa después de pasar un día ajetreado, me encuentro con Rosy en mi casa; extrañamente ya eran pasadas las seis de la tarde, y ella siempre salía volando entre las 5 y las 5.30.  De entrada nomás me informó que me tenía dos noticias, una buena y otra mala.  La buena es que había encontrado una segunda empleada que, ella creía, nos iba a durar bastante; se llamaba Ángela, Doña Ángela, de 60 años, bajita, tetona y medio gordita, muy calmada y tranquila.  Era lo que Rosy describió como “Una vieja santulona, beata y mojigata; pero bien recomendada”.  Dicho nuevo miembro del personal estaría empezando a trabajar desde la semana siguiente. La mala noticia es que Rosy quería dejar la casa limpia y reluciente, así que se había robado a Raquel y a Gladys de sus clases, para que la ayudaran, y que el asunto no estaba cerca de terminar, que ellas esperaban tener todo reluciente para las 8 o 9 de la noche, así que salí por un trago al bar de un amigo acá al oeste de la ciudad. Como a las 8 pm, me llamaron al celular: “Mario, ya terminamos, quedó reluciente la casa, nos estamos muriendo de hambre, así que si no viene con comida mejor quédese a dormir en la calle jajaja; ahh por cierto, nos vamos a quedar a dormir acá hoy”  
Cuando llegué a casa, 45 minutos después, me las encontré en la mesa de la cocina, ya bañadas, esperando la cena, la cual atacaron vorazmente.  Yo me senté placidamente a tomarme otro trago frente al televisor en la sala y, mientras en NatGeo una águila se merendaba un conejito, las viejas hablaban hasta por los codos, yo solo podía escuchar frases como “no puede ser!!”, “Que bárbara mi abuela, ¿cómo se le ocurre?” y demás expresiones de asombro.  Al poco rato las vi desfilar hacia la sala, y me di cuenta que no usaban ropa de ellas, me imagino que porque no planeaban quedarse a dormir, la cosa es que Rosy venía con una remera que uso yo para dormir, que le queda como bata, dejando ver sus torneadas piernas de abuela cincuentona y sus pechitos aún respondones; Raquel andaba con una camiseta de tirantes que yo usaba cuando iba al gimnasio y que nunca había vuelto a ver, hasta esa noche, y que dejaba ver el nacimiento de sus nalgas y sus pechos de quinceañera y Gladys andaba con una de mis camisas blancas de vestir, con las mangas arrolladas y varios botones sueltos, permitiendo adivinar las formas de su bonito cuerpo de chiquilla de trece años; todas sin ropa interior y sin más que las camisas o camisetas; provocando un espectáculo de semidesnudez precioso.  
“Mario, venimos a acompañarlo”, dijo Raquel, sentándose con las piernas cruzadas, mostrándome brevemente un poco de los pelos de su adolescente vagina, que yo aún no conocía.  
“Si, es que les iba a contar una parte de mi vida y quería que usted la escuchara también; que usted me ha dicho que le encantan mis anecdotaza” Dijo Rosy mientras tomaba la botella y servía un trago para cada una de ellas, haciéndome el refill del mío.  “Excelente!!!”, así pasamos una noche divertida… dime…”  dije yo, mientas le hacía campo a Gladys en el sofá.
“Bueno, esto fue como tres años después de vivir en el convento, yo ya tenía 18 años y Mayra estaba por cumplir tres años….
A pesar de vivir relativamente bien en el convento, no quería que Mayra creciera en ese lugar, además de que yo quería hacer mi vida, ganar mi dinero, no se..  volar… ¿me entienden?.  Así que le pedí al padre Sebastián que me ayudara a salir de ahí y acomodarme un una buena casa, lo cual hizo con mucho gusto, y poca gana… jaja, porque se había acostumbrado a las tardes de sexo que a veces compartíamos.  Dos semanas después estábamos entrando mi hija y yo a casa de Don Laureano; finquero reconocido de Cartago, que vivía en la capital.  Su casa quedaba en un barrio bien, era de esas casas antiguas con patio central, oscuras pero de salones grandes.  En ella vivían el Señor, de cómo 60 años, alto y delgado, fibroso, campechano y simpaticón; su esposa, seria, pero no antipática, rellenita de cómo 45 años; su hijo mayor Laureano junior, de cómo 25 años, igual que su padre de delgado y alto; y Gerardina, conocida como “dinita”, de uno o dos años menos que yo; adicionalmente, otras dos criadas, hablantinas y dicharacheras.
A los pocos días de estar en mi trabajo, era, para mí claro, evidente que la llegada de una joven a la casa, y madre soltera para peores…
“¿Porqué para peores, Rosy?”, preguntó Gladys, mientras tomaba mi mano y, subrepticiamente, la ponía sobre uno de sus pechitos de niña.
“Ay mija, eso fue, déjame ver…..  en 1973,  cuando eso una madre soltera era poco menos que una prostituta, alguien con quien se podía tener sexo libremente, porque de fijo se sabía que no era señorita.  No es como ahora chiquillas, que todas pierden el virgo a los 13 y a nadie le importa.”  Dijo Rosy, explicándole a las muchachas.  “Bueno…” continuó la cincuentona… mientras subía sus piernas al sillón, mostrando descuidadamente sus bonitas piernas a los demás.
Desde los primeros días vi que el señor Laureano se ponía inquieto y muy atento en mi presencia, y su hijo se alborotaba todo; luego me daría cuenta de que ellos esperaban tener sexo conmigo desde que me contrataron.  Debido a esa inquietud y atenciones, decidí tratar de no estar nunca en presencia de su señora, para evitar disgustos de familia que pudieran terminar conmigo de patitas en la calle.  Además, luego de pensarlo por varios días llegué a dos concusiones, la primera era que esta era una excelente oportunidad para mejorar mi situación económica, y dos, que me moría de ganas de coger con don Laureano, tan alto y patricio, a pesar de sus modales de carretonero.  Así que en ese momento se decidió el tema, los Laureanos serían mi camino a una vida mejor, dejando de lado la pobreza e ignorancia a la que estaba predestinada para mi debido a mi condición de campesina y madre soltera.
Poco después de esa decisión se presentó la situación propicia para que Don Laureano me soltara los perros.  Cada cierto tiempo mandaba a su esposa de vacaciones, ya sea a la finca, o donde las familiares de ella, o lo que fuera.  Ese fin de semana, los hijos también se habían ido para Puntarenas (una playa cercana) de paseo; así que solo quedaba Don Laureano y las tres mucamas.  Como a las ocho de la noche, pasa por mi cuartito y, cerciorándose de que mi hija estuviera ya dormida, me dice el viejo verde… “Rosita, no quiere acompañarme a tomarme un traguito, para matar el frío y la soledad, no ve que hoy se fue todo mundo!”.  Para mis adentros yo me dije… “ya empezaste viejo sátiro… ni que fuera tonta me creo que por casualidad te quedaste solo”, pero solo le dije, agachando la cabeza sumisa “si, Don Laureano, ya voy a acompañarlo, con mucho gusto”.   Como ya era fuera de mis horas de trabajo, me quité el uniforme de mucama y me puse una enagua larga muy sencilla, y una blusita blanca igualmente sencilla (perfecta pinta de campirana tonta), además de sacarme el brassiere, que la verdad no necesitaba, porque desde que la niña dejó de mamar pecho, habían retomado su tamaño normal (32a+). 
Cuando llegué a la sala, ya sonaba un bolero de Los Panchos en el tocadiscos, y el señor estaba sentado en su sillón, bien acomodado; yo entré y sumisa le serví su traguito de Chirrite (aguardiente clandestino de alta graduación y totalmente transparente), se lo acerqué con la cara agachada, y el se puso de pié, me tomó con su mano de arriero, me levantó la cabeza y me dijo, el muy pervertido, “Pero niña, levante la cabeza, usted es preciosa, es un ángel, y los ángeles andan con la cabeza levantada, tome, sírvase un traguito y se sienta y conversamos”, con un gesto de sátiro, que hasta que se me moja la entrepierna todavía, solo de recordarlo.  “Si señor, lo que usted diga”, dije sentándome en el sofá y mostrándole mi sonrisa, de veras que yo era una preciosura en esa época, créanme.
El sesentón se sentó a mi lado y empezó a preguntar cosas mías.  Que mi vida, que lo de mi hija, y todas esas vainas, ¿no?; el asunto es que conforme yo hablaba él se me acercaba, hasta que me puso la mano en el muslo y poco a poco me subió la falda.  Yo estaba en una calentura increíble, y al señor  se le mostraba ya el bulto de su verga bien parada.  Cuando tocó piel yo le dije sorprendida “Don Laureano… Compórtese!!!”, más coqueteándole que en regaño, así que él se estuvo quieto un ratito, hasta que volvió al ataque, esta vez lo dejé llegar hasta mi entrepierna, apenas me tocó el calzón lo paré y le dije “Don Laureano, usted es un abusado, dígame.. ¿qué es lo que quiere?” dije más seria, pero no enojada.  Mi patrón puso cara de “sátiro a la salida del kinder”  y me dijo…  “ Ay Rosa, es que usted me tiene loco, y yo quiero montarla, pero ya!!, mire como me tiene…” dijo mientras tomaba mi mano y me la ponía sobre el pantalón, donde se podía sentir claramente su verga de unos 20 centímetros,  larga, pero no gruesa, por dicha.  “ay don Laureano, yo no soy una de esas, a mi me gusta usted, pero no soy una de esas”, le dije mientras le apretaba la verga, haciéndole saber que yo tenía tantas ganas de coger como él.  No se en qué momento se sacó la verga sin quitarse la ropa, me recostó y me abrió las piernas, y mientras trataba de sacarme el calzón a la brava, me le quité y me puse de pié.
Ante su cara de asombro le dije, jugándome el todo por el todo… “No, don Laureano, yo no soy una vaca que la monta cualquier toro; no me trate como si fuera una vaca, yo creí que usted era un caballero, ahora veo que no sabe tratar a las mujeres”, obviamente se enojó cuando le dije eso, pero antes de que descargara su furia le dije:  “vea, yo quiero acostarme con usted, más aún, usted nunca ha echado un polvo como el que le voy a echar yo, nadie le va a hacer sentir lo rico que yo puedo hacerlo sentir, y si no me cree, pregúntele al Padre Sebastián; pero así no, a mi me trata como una mujer, no como una vaca; y si insiste agarro mis petates y mañana mismo me voy!!!”, di media vuelta y me fui para mi cuarto.
Más tarde en la noche se escuchaban los gritos de la Nanda, una de las criadas, mientras el señor se la cogía salvajemente.  Eso me alegró montones, porque conmigo se quedó con las ganas.  Pues dicho y hecho, hice una maleta pequeña que dejé en el pasillo en la madrugada, a la par de mi puerta.  A las 6 de la mañana en punto estaba el señor tocándome la puerta… “Rosa,  quiero disculparme por lo de anoche, es que uno es un bruto de campo y pudo más las ganas que el cerebro”.  Yo me acerqué a el, le di un beso suavecito y dulce en le boca y le dije suavecito al oído…  “Hoy en la noche encierre a las otras criadas, y me espera, bien bañadito, a las ocho en punto igual que anoche, y va a ver que rico don Laureano; esta noche vas a echarte el mejor polvo de tu vida; pero será a mi modo”, “Bueno, como usted quiera chiquita…” respondió sumiso el señor…  y agregué mientras le daba la espalda… “ahhh.. por cierto, yo también soy de campo y no me porto como yegua, así que eso no es excusa; ahora déjeme trabajar porque sino el jefe me corre..jaja”.
Esa noche, lo escuché encerrar a mis compañeras, y decidí ponerme ropa parecida a la del día anterior, salí con el aceite mennen en la mano y le serví el trago, me senté de una vez en sus piernas y empezamos a hablar; conforme conversábamos me fue metiendo la mano bajo la enagua, mientras yo me acercaba a el y le daba besitos en el cuello y en la boca, sin parar de conversar; luego me puse de pié y lo levanté, y le dije…  “¿qué tal si nos aligeramos un poco la ropa?”, mientras le desabrochaba la camisa, une vez con el torso desnudo, lo empecé a acariciar y a besarle las tetillas, mientras el de pié levantaba la cabeza y empezaba a respirar duro.  Luego le saqué la faja y le bajé los pantalones y los calzoncillos,  acariciando su pene que ya miraba al cielo con su único ojo sediento de vagina.  “Recuéstese en el sofá y  abra las piernas”, le susurré al oído.  Una vez acostado pude ver no solo su verga en todo el esplendor, sino su cara de lujuria incontenible…  “¿No se va a quitar la ropa Rosy?”, dijo preocupado…  “No, tontito, todavía falta rato para eso…” y me agaché agarrándo su verga y empezando a darle besitos, mientras lo masturbaba lentamente…  “¿qué va a hacer muchacha!!?” preguntó más sorprendido… (recuerden que eran los principios de los setentas, casi nadie hacía el sexo oral); “tranquilo, esto le va a gustar”, dije metiéndome la verga en la boca y empezando la mamada de su vida… “ahahghagh   que riiiiiiiiicoo  chiquita, que rico hágamelo más…..” empezó a decir, mientras yo seguía subiendo y bajando la cabeza sobre esa pinga.  “Yo había escuchado de esto, pero nadie me lo había hecho nunca!!!, esta chirotísimo (buenísimo)”.  
¿qué quieren que les diga?, me lucí, le hice una mamada que hasta el padre Sebastián hubiera considerado buenísima.  Don Laureano se retorcía en el sillón, gemía suavecito diciendo… “muy bien güila, que bueno…  no pare, siga chupándome la pilinga, chupe rico mi chiquita…  uyyy  de veras que usted es una zorra de siete suelas… siga chupando…”, y yo seguía con toda mi habilidad, hasta que sentí que ya estaba a punto de eyacular.  Saqué de mi boca su precioso y veterano pene, y lo besé seductoramente, jugando con su lengua, mientras le agarraba el pene con la mano.  Luego me levanté y le dije… “Don Laureano, ahora va a ver usted el cuerpo que lo va a hacer feliz por el resto de su vida…” y empecé a desnudarme lentamente, me quité la blusa y luego la falda; a el se le veía en la cara las ganas incontenibles de agarrarme y violarme, pero se la aguantaba.  Yo por mi lado estaba deseando sentarme en esa verga, así que una vez que me desnudé me acerqué a él y me senté encima de su verga, me la puse en la entrada y le dije. “¿Listo señor?”.  “Siiiii dele zorrita, mátese sola…” y de golpe caí sobre su pene.  Les juro que estuve a punto de tener un orgasmo ahí mismo, sin siquiera moverme, esa pinga me llegó hasta las entrañas, y estaba tan falta de picha, que me sentí en la gloria; le puse las manos en el pecho y empecé a levantar y bajar mi cuerpo sobre la verga de mi patrón, mientras el me decía cosas como zorra, puta, jodida, y demás vainas a las que yo solo le respondía… “Te encanta verdad hijodeputa, te encanta cogerte una muchachita, sátiro, métamela sátiro hijodeputa”.  Al poco me saqué la verga, y lo quité de donde estaba, poniéndome de cuatro patas recostada al apoyabrazos del sillón, “siga papacito, métame ese vergón con ganas”;   él no se hizo esperar y empezó a empujar sin pausa, diciendo palabras soeces, mientras yo alcanzaba el aceite y me empezaba a poner poquito a poquito en el culo, metiéndome el dedito poco a poco; apenas toqué mi culo con el dedo aceitado sentí venir mi primer orgasmo en semanas; fue fuerte y repentino, que apenas me dejó continuar el polvo; yo me volví y se lo dije… “me riego viejo verde…  me riego por tu pinga, dame más,  no pare viejo sátiro!!!”.  Cuando don Laureano observó lo que estaba haciendo preguntó azorado…  “Rosita, ¿qué hace?… ¿para qué se toca el culo?”  yo no sabía si reirme o qué, pero este señor no sabía lo que era un verdadero buen polvo.  “tranquilo patrón, que le va a encantar, créame!!”.  Y seguí yo empujando mi cuerpo hacia atrás penetrándome sola ese trozo de carne.  Cuando ya me sentí lista la saqué un momento de mi vagina y abrí más las piernas para darle un mejor ángulo y le dije…  “Laureano, métamela en el culo, métala sin miedo…”.
Jaja… seguro se me olvidó decirle que lo hiciera despacito, porque el cabrón la empujó de un solo guamazo, hasta los huevos.  Casi me mata, pero yo tenía que aguantármela, mientras el patrón repetía como loco “uyyy que apretadito que está,  que apretadito que está,,  siii”, en un metesaca cada vez más frenético me provocó el orgasmo más fuerte de la noche, el viejo se movía como una máquina que entraba y salía de mi culo a velocidad enorme… “siiii  viejo sucio…  me regaste otra vez sátiro de porra…”.  Cuando apenas me estaba recuperando el viejo aceleró aún más anunciando su inminente orgasmo.  “ohhhh  me riego carajillla zorrraaaaaa… ahhhgahgahghghaghgh”, decía mientras me la clavó hasta el fondo y me  llenó el culo de esperma, caliente espeso y amarillento; él cayó reclinado sobre mi, jadeando como perro. 
Así estuvimos por un rato, no se, cinco minutos, ya con el aire recuperado nos levantamos, yo me fui para mi cuarto y él se fue para el de él.  Solo me dijo “gracias, nunca había hecho estas vainas tan ricas, gracias muchacha!”, yo solo le respondí con un beso en la mejilla y diciéndole al oído “cuando quiera lo repetimos…  usted me dice…!!”.
Y así fue, por las semanas siguiente por lo menos una vez por semana le daba su ración de vagina, no mucho, pero tampoco poquito, lo quería tener en el punto.  Luego de un año, ya la esposa sospechaba, así que lo paré en seco y le dije:  “vea mi viejo, yo a usté lo quiero, pero no voy a causarle un disgusto a la Señora, que tan bien me ha tratado.  Me voy de la casa, si usted quiere seguir conmigo, vamos a tener que hacer cambios serios en este asunto!!”.
No me lo van a creer, pero un mes después de esta conversación ya estaba yo acomodada en una casita humilde en Desamparados, si, humilde pero propia!!!, don Laureano me había regalado la casa, y seguía visitándome con frecuencia, también me daba dinero para poder sacar los estudios secundarios en un colegio nocturno, y para medio mantener a Mayrita, yo también hacía trabajos, que te digo, que limpiar acá, planchar ropa allá,  pero estaba más holgada que antes; y era libre de hacer lo que quisiera, solo tenía que atenderlo una vez por semana.  Con el tiempo su hijo Laureanito se casó por lo que hubo de incluirlo en el paquete, a sabiendas de su padre, también tenía sexo con Laureanito, el cual me ayudaba también en la crianza de Mayra.  
Pero eso no duró mucho, a los tres años mi patroncito se murió, lo mató una patada de un caballo, al muy bruto.  Con eso me quedé sin ingresos, porque Laureanito vendió todo en la ciudad y se fue para la finca con la Señora y con su esposa.  Solo me quedó la casa…  aunque de vez en cuando Gerardina, la hija menor pasaba por mi casa, y me ayudaba un poco, con plata del marido.  La pobre estaba tan mal atendida que me decidí a iniciarla en el sexo entre mujeres…  le encantaba, y lo hicimos por años, ella llegaba de “visita” y nos pegábamos unas cogidas de madre!!!;  hasta que con los años dejamos de vernos; hoy el marido es magistrado y probablemente ella no se acuerde de su primer amante jeje…  esa es toda la historia.
Para el momento del final de la historia, Gladys ya me estaba masturbando por encima del pantalón, mientras yo le acariciaba sus pechitos preadolescentes;  Raquel estaba probablemente al borde del orgasmo, y Rosa ni hablar, cada vez que rememora sus andanzas termina cogiendo con la primer pinga que le pongan por delante o masturbándose como loca.  Yo me levanté anunciando la hora de ir a dormir, lo cual complació mucho a Gladys, que esperaba tener su sesión de sexo antes de diez minutos.
Al levantarse  Raquel encaró a su abuela y le dijo vehementemente “Abuela, con respecto a lo que dijo hace un rato…yo todavía soy virgen!  Y tengo quince ya!”, a lo que la veterana le respondió en broma dándole una nalgada a su deliciosa nieta de cabellos de oro “bueno no joda, además, usted es virgen solo porque a Mario, acá presente, no le ha dado la gana comerse ese quesito todavía, cállese y vaya duerma…”  La regaño su abuela, haciéndola sonrojar hasta el último de sus cabellos.  Yo le hice un gesto a Raquel para que dejara pasar la “broma” de su abuela, aunque los cuatro que estábamos ahí sabíamos que ese virgo estaba predestinado a ser cosechado por un servidor, en el momento adecuado.  Momento que se acercaba aceleradamente.
Antes de ir cada uno a su habitación asignada, les informe:
“Chicas,…  dos cosas.  Uno, desde la otra semana voy a trabajar solo medio tiempo, así que pasaré más tiempo en casa, y mucho lo resolveré desde acá o con visitas de Rodrigo, mi administrador.  Y dos…  esta les va a gustar…  los técnicos que vinieron ayer instalaron un sistema de circuito cerrado en la casa, así que voy a poder ver desde mi habitación o desde el estudio todo lo que pasa en toda la casa”…   “Mario!!!  Que morboso!!!”, reclamó Rosy.  “No se preocupen, vamos y les muestro donde están los switches de apagar y encender la cámara, así que si están cogiendo en un cuarto y no desean ser vistas solo apagan la cámara y ya; pero si quieren que las vean solo las dejan encendidas”…  “Que bueeenoooo” dijo Raquel…  “esto va a estar divertido…”  dijo Gladys.
Ya en mi cama, y después de una deliciosa sesión de sexo con mi querida Gladys, encendí el CTV y pudimos ver tanto a Raquel como a Rosy masturbarse en memoria de la anécdota que Rosa nos había compartido.  Antes de dormir, se vuelve mi niña amante y me dice “Mario, he estado pensando mucho en esto… me gustaría probar el sexo con una mujer… ¿podrías ayudarme a escoger a la persona correcta?, es que quisiera que fuera especial, ¿si?”.  “Ok, mi pequeña, déjame pensarlo, ¿si?”  le dije tratando de no pensar en nada, debido al cansancio y el sueño que estaba por volcarme.  Así, ella se dio vuelta, apagó la lámpara de noche y solo dijo “bueno, cuando quieras; por cierto….  mi madre quiere conocerte!!!”.  Y déjeme decirles mis amigos, se me fue el sueño en un instante…jaja.  ciertamente lo último que esperaba era tener conocer a la madre de mi amante de apenas adolescente de trece añitos.  Aunque resultó una excelente idea después de todo.
La historia la seguiré en el siguiente capítulo, les parece?

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Colmando el vací­o

LA BELLA ESTANCIERA

     Un buen día hubo mucho alboroto en la Estancia La Soya, el riquísimo predio del que el Sr. Aranda y Puig era dueño y señor. Como reguero de pólvora había corrido la voz entre la peonada, los capataces, el personal del servicio y los habitantes del barrio de la estancia, que la «patroncita» vendría a asentarse en el casco, en calidad de máxima autoridad. Los más, recordaban aún las facciones de la inquieta chiquilla que vieron partir unos cuantos años atrás, luego de la trágica muerte de su madre, y esperaban con verdaderas y aquerenciadas ansias aquel regreso.

     Cuando la vieron llegar, se encontraron con una imagen excelsa en la que se destacaba un rostro angelical y un cuerpo escultural; dos atributos que son susceptibles del máximo crédito en materia de belleza.

     Pero aun, al muy escaso tiempo de su actuación en el medio, vino a dejar totalmente en claro su otra agradable cualidad del Cielo: la gran virtud, escasa en mujeres ricas y hermosas, de la ausencia de afectación… el don de no aunar a aquellas tan felices dotes naturales, la común presuntuosidad que en tales personas suele aflorar por cada centímetro cuadrado de su piel y en cada una de sus actitudes y conductas. ¿Habría en ello, además de una cualidad personal, un inconsciente rechazo a las conductas de su madrastra y a las que, según todos los signos, su fallecida madre habría tratado de insuflarle?…

     Ella, Marcia Paula, así como quería a su terruño, amaba también a su gente; de hecho, la enorme afición a la tierra que le vio nacer implicaba su innata adhesión a todo lo viviente que la rodeara, con especial predilección por aquella gente sencilla y laboriosa. Admitía sus naturales virtudes y defectos y, a menos que se hallara mortalmente ofendida (lo que era raro), se cuidaba mucho de dar muestras de desdén.

     Era sumamente comunicativa, espontánea y simpática, mas tanto su temperamento como su conducta daban muestras de un alto grado de seguridad en sí misma. Trataba a todo el personal con singular cortesía, con la sonrisa siempre a flor de labios y con el respeto que, según su propio juicio, las personas se merecen.

     Todos los integrantes del cuerpo de servicio de la mansión se hallaban en grupo para saludarla, no bien hizo su ingreso por primera vez después de tantos años. De todas ellos tan sólo conocía a dos: Hortensia Paredes, una robusta mulata de unos cincuenta años en la que resaltaba el chispeante blanco del iris de sus ojos, en contraste con lo oscuro de su piel y el negro azabache de sus pupilas; oficiaba fundamentalmente de cocinera y era de conducta muy leal; le llamaban la negrita y se trataba de una de las más antiguas empleadas de la casa. Asimismo, conocía a Jaime Agenor Olavarría, el jardinero y encargado del mantenimiento del parquecito perimetral, hombre ya de cincuenta y cinco años. Las otras encargadas del servicio doméstico eran Luciana Fernández, permanente, y Tatiana Sosa, quien ayudaba en tiempo parcial y vivía en «las casas».

     Pero quien realmente se destacaba, era una inusual y agraciada criadita de nombre Adelita Nilda Flores a quien todo el mundo conocía por «la Adelita». Era una simpática y harto desenvuelta criatura quinceañera, bonita a más no poder, bien proporcionada y de manifiesto desarrollo, en particular de sus pechos, que habían tomado precoz e intrépida exuberancia en dimensiones y formas, lo que contribuía a conferir al conjunto de su estampa un refrescante aire tempranamente sensual.

     Desde un principio Marcia Paula fue considerada entre la gente del lugar como una suerte de monstruo sagrado. Tanto la peonada como los otros servidores de la estancia, la tenían en máxima estima y, con la veneración que su actitud garantizaba, la adoraban como a una diosa y se deshacían por atender sus requerimientos. Que, según la opinión imperante en el medio, a no dudarlo, la conjugación de belleza y simpatía en las cualidades de las personas, es una de las condiciones que son más estimadas por quienes las rodean. 

     Ramón Luis Zamorano era, a la sazón, el más sobresaliente de los capataces de la estancia por lo que había merecido la consideración de capataz general. Recio mozo de las pampas, de bien templado espíritu y de fornida estampa, no hacía más de cinco años que se hallaba entre aquella gente, como feliz éxito a la búsqueda que había llevado a cabo Segismundo Alba, administrador del establecimiento.

     Poco antes del arribo de Marcia Paula, el administrador había dejado la estancia por razones particulares y, momentáneamente, todo estaba a cargo del capataz Zamorano, a la espera del administrador definitivo, que no sería otro que la hija del dueño. Desde luego, Ramón no conocía a la chiquilla que, quince años antes de su ingreso, se había marchado con su padre y su madrastra a la ciudad.

     El capataz se había encargado personalmente de todos los preparativos y gestiones para dar digno alojamiento a su patrona, ya que la magnífica mansión del casco en que otrora residiera la familia de don Melitón, se hallaba desde largo tiempo atrás deshabitada y, por ende, pese a la limpieza y mantenimiento rutinarios, presentaba los signos propios de tal situación. Como siempre ocurría en él, puso la máxima diligencia en tales quehaceres. Contrató personal para efectuar las reparaciones del caso, hizo cambiar pisos por cerámicos de alta calidad, se sirvió de pintores y revestidores especializados; todo lo cual dejó aquello como una morada de paraíso, que no sería susceptible de envidiar a ninguna de las que en las grandes urbes existen.

     A cada instante escuchaba a los veteranos paisanos de la estancia mencionar la inusual belleza y gran bondad de la futura administradora. Su nombre se hallaba constantemente en boca de ellos y era de tal forma mentado que ponía en el magín de cualquier observador la idea de que aquella gente esperaba por un Mesías. A veces, el énfasis que mostraban se le ocurría un tanto exagerado, pero lo cierto es que, aunque él no sabía a qué atribuirlo, estaba interesadísimo en brindarle una excelente acogida… y, extrañamente, notaba que en la emergencia su corazón latía cada vez con mayor fuerza.

     Muy pronto llegó a comprender el por qué de la ocurrencia de tales anomalías: sencillamente, ¡se había enamorados de la idea de esa Mesías!… Y al verla por vez primera no pudo sino contemplarla con absoluta conturbación, al comprobar que la realidad superaba la imagen que de ella se había formado. Y tal fue el éxtasis que se apoderó de su alma, que terminó ipso facto perdidamente enamorado… ya no de la idea de su patrona.

     Al principio no hacía sino reírse de la pretenciosa intrepidez de su corazón; recordó con gracia que cuando era niño se había enamorado de su maestra de tercer grado… y haciendo girar la cabeza hacia uno y otro costado, con el acabado gesto de que una idea abstrusa la zangoloteaba, trataba de secarla de tal ilusión.

     Con el decurso de los primeros meses de la residencia de Marcia Paula en La Soya, la admiración que Ramón sentía por ella, lejos de menguarse por los vertederos que sus razones fabricaban, fue en significativo crescendo… Con prisa y sin pausa, iba tornándose en tan significativa obsesión, que terminó por asumir el absoluto señorío de él.

     Cada vez más, Ramón Zamorano, la amaba inmensamente. Con ese cojo amor macerado en el sacro silencio de su corazón, rumiado hasta el cansancio en sus noches en vela y absurdo y loco por su desmesura y por su imposibilidad social… Con ese lacerante amor que se halla marginado a la ciudadela de la fantasía del alma y que sólo se nutre, cada vez, de la inocua visión y huera admiración de la cosa amada, no animándose a imaginarla poseída.

     Nunca le dirigió la más mínima palabra para dar carácter explícito a tal sentimiento, pero Marcia Paula -mujer al fin y altamente dotada de ese particular instinto de lo femenino- comprendía muy bien el estado de enamoramiento del joven capataz, y se cuidaba de no incentivarlo, actuando con la prudencia que el caso requería. No obstante, su orgullo de mujer extraía gran gusto de la especial predisposición que Ramón manifestaba en servirla y, llevada de su intuición de que tales actitudes estaban del todo exentas de obsecuencia, había acabado por tomarle especial afición en su calidad de servidor. Casi constantemente, con acusada exclusividad, dirigía a él cualquier requerimiento. Hasta… le había hecho, en cierta medida, confidente de sus gustos y de sus sentimientos más superficiales, pues siendo este capataz el más valioso de los ayudantes de la buena marcha de la estancia, menudeaban entre ambos los contactos de trabajo, tanto oficinescos cuanto de campo. Muchas veces salían ambos, montados a caballo, a recorrer el predio para echar el vistazo que permitiera tomar decisiones oportunas y corregir fallas. Ella, definitivamente, prefería montar que recorrer la estancia en vehículos utilitarios. 

     Nadie conocía a ciencia cierta la vida sentimental que llevaba por aquel entonces la joven, aunque se sabía que era viuda, con la añadidura de bonita, rica y apetitosa; y se mentaba sobremanera, con ese especial tono y sabor que es típico de las chusmas, de que andaba en secretos amoríos.

     Eran especialmente del gozo de la peonada y de las chusmas de «las casa», las alusiones, generalmente fantasiosas, de la vida sentimental de la «niña», a la que todos también llamaban «la princesa», tal como lo hiciera con frecuencia en épocas de su niñez el finado Salvador Toranzo. Tales mentas constituían un plato especialmente delicioso…

     Lo cierto es que al poco tiempo de comenzar aquella nueva residencia en la estancia, Marcia Paula conoció en una ocasión a un industrial, el ingeniero electromecánico Alfonso Federico, quien era su ocasional vecino de mesa en una reunión social y con quien hizo buenas migas… Se enzarzaron en un baile romántico, lento y sensual. Y tomando en consideración que se hallaban muy achispados por haberse embarcado en el transporte del elixir de Baco, no tardó en seguirles una tan fuerte atracción física que dio con ambos en la cama en el departamento del industrial ingeniero Federico.

     A partir de ese momento fueron amantes que se reunían al menos una vez en la semana.

     Como era de suponer, tal circunstancia fue comidilla de la gente de la estancia y, como se dijo, se constituía en el plato delicioso de las malevolentes y festivas gargantas de la peonada, especialmente cuando se hallaban bebidos en los majestuosos asados que frecuentemente hacían. Cualquiera de ellos, con un poco de imaginación libidinosa, solía inventar historias que hacían al gusto de todos… Por supuesto en las circunstancias en que los oídos indiscretos se hallaban muy alejados… especialmente los del capataz Ramón. Pues todos habían llegado a la conclusión de que él se sentía sumamente molesto ante las alusiones a su patrona y que había devenido en campeón en la defensa de la honra de ella.

     Marcia Paula sobrellevaba su presunta actividad sentimental con gran prudencia y discreción, dejando los atisbos mínimos inevitables de su accionar. Los cuales eran precisamente las macilentas chispas encargadas de encender las poderosas hogueras de la siempre exacerbada imaginación de aquella gente, a la que no eran extrañas la jerarquía de la niña y sus muy deliciosas formas.

     Lo cierto es que la bella patrona mantenía las relaciones con su amante sin parar mientes en las habladurías. Por su parte, el joven industrial, como acaece con la mayoría de los integrantes de este gremio en particular, era muy proclive a todas las cuestiones inherentes al sexo. Su taller metalúrgico contaba con hasta un par de decenas de empleados y obreros y se hallaba emplazado en los suburbios de la población, en la parte más próxima a la estancia de Marcia Paula.

     En cada pequeña oficina, en cada rincón, en cada baño, en cada armario de herramientas, en cada cofre guardarropas y, en fin, hasta en los más recónditos lugares que fuera posible imaginar de aquel taller, se veía la ostentosa imagen de un fotogénico desnudo femenino, mostrando los esplendorosos y curvilíneos atributos de sus esculturales cuerpos, en confabulación con la publicidad de algún producto industrial, ora de la propia firma, ora de decenas de proveedores del ramo. Esos ampulosos fotogramas y floridos posters, colgados por doquier, daban claras muestras del proverbial y contradictorio hechizo al que parecía haber conducido la simbiosis entre las rosadas y voluptuosas carnes de las hembras fotografiadas y la dura, compacta y geométrica presentación de las piezas de acero al cromo, níquel, tungsteno y molibdeno de aquellos productos publicitados.

     Marcia Paula visitaba frecuentemente a su novio en su propio taller y, de hecho, era allí donde principalmente mantenían sus relaciones. De vez en cuando el industrial la veía en su propia estancia.

     Ella no dejó de extrañarse por el singular talante de la exótica ornamentación de los muros de aquellos locales, la cual había visto reiterada en otros establecimientos del mismo estilo. Asimismo le intrigaba esta especie de común denominador entre los miembros del ejercicio de la artesanía de los «fierros» y, especialmente, su proliferación en los talleres de reparación de neumáticos.

     Poco después Marcia Paula cayó en la cuenta que los escasos hilos conductores que suministraban la energía a su pareja con Alfonso, adolecían de pérdidas ponderables. Dado que la más grande preocupación vital de este amante era su propia actividad profesional y la de ella estaba en todo lo atinente a la estancia, cuya total responsabilidad le había resbalado el papá, es claro que se siguió entrambos una relación amorosa del tipo exclusivamente convencional, basada en la totalidad de sus fundamentos, en la actividad sexual. Después, cada cual partía hacia sus propios y particulares quehaceres: el joven hacia sus «fierros», ella hacia los bucólicos dominios pampeanos de su padre, en los que hallaba sus raíces y la razón de ser de su vida.

     Pero Marcia Paula pronto comprendió que aquello, si bien bastaba a su espíritu independiente -pues lo último que deseaba era un nuevo matrimonio-, no alcanzaba a conformar sus necesidades psico-biológicas. Pues con mucha frecuencia hallaba que no lograba la satisfacción adecuada a su condición de mujer, pese a que las manifestaciones, actitudes, técnicas y fantasías sexuales de su amante, eran lo suficientemente abundantes y variadas, como correspondía a la estirpe del gremio del que era parte integrante. Sencillamente que el instrumento fundamental de la expresión y materialización del amor masculino de que estaba dotado su amante, no alcanzaba a llenar una suerte de «vacío» que, cada vez más, notaba ella se estaba instalando en el interior de su cuerpo… Y cada vez le parecía más exiguo y falto de volumen… ¿Es que acaso aquella herramienta sería tan deficiente que no alcanzaba a satisfacerla?… ¿O, talvez, su ardiente temperamento estaría subiendo el tono?… Lo cierto es que el órgano viril del «fierrero» no conseguía, la mayoría de las veces, darle una sensación de plenitud física, y que ello creaba, por arrastre, el consiguiente vacío psicológico.

     Y más de una vez se hallaba reflexionando si efectivamente el defecto que hallaba en su relación debía ser atribuido a la escasa envergadura del órgano de su amante, o si, por el contrario, debía considerar que la raíz del problema se hallaba más bien en una suerte de «ensanchamiento» de sus propias entrañas. Notaba que algo extraño le estaba acaeciendo; que algo indefinido se estaba instalando en ella y que venía a desembocar en una inefable sensación de «amplitud», tanto en el orden físico como en el psicológico. Esporádicamente le asaltaba el recuerdo de la entumecida masa de carne en su vagina con que había sido «abotonada» en su única relación con el malhadado Sultán: aquella inolvidable y particular experiencia de sus años de moza. Después de todo, pensaba ahora cada vez más, se había tratado de una sensación gustosa. Estaba segura que el volumen de aquella masa doblaba a la de Alfonso.

     Sea como fuere, púsose a rememorar los instantes de amor vividos con su primer esposo y con algún que otro amante ocasional -que realmente los había tenido después de su viudez-, y trató de concentrar la atención de sus recuerdos en cualquier indicio que le permitiera discernir acerca de la forma, largo y diámetro del miembro sexual del amante de turno. Trayendo, pues, a su memoria las caricias que ella había prodigado, ora con sus manos, ora con su boca y sus labios, vino a caer en la cuenta que, poco más o menos, todos ellos eran de parecidas dimensiones, y que -definitivamente- el «vacío» que ella sentía, sólo podía ser atribuido a una suerte de expansión que se estaba operando en su conformación biológica y que, según era de presumir, constituía la causa de los anhelos que por aquel entonces iban tomando en su alma un crescendo arrasador. Una vez que esta sensación se hubo instalado en ella, sintió pánico y comenzó a pensar en visitar a alguien que pudiera ayudarla. Sólo que en primera instancia debía decidir si visitar a un clínico o a un psiquiatra. «No te apresures Marcia Paula -se dijo- esperemos ver qué resulta de todo esto»…

     Mas, sin saber cómo hacer para evitarlo, Marcia Paula Aranda y Puig soñaba frecuentemente con amantes de formas y figuras tan difusas que no podían ser individualizados, pero a los que les era atributo común el ser poseedores de falos colosales. En sus sueños ella observaba y admiraba a estos apéndices con un asombroso grado de materialidad y definición. Se veía colocada en el centro de la escena acariciando aquellos instrumentos, depositando, en cada caso, mil besos en su piel, palpando su acerada fibra, constatando golosamente sus dimensiones, y no alcanzándole la cavidad de su boca para prodigarles la húmeda succión.

     En alguna ocasión sintió cómo uno de esos grandes órganos se introducía profundamente en su seno, con tal grado de desconcertante realidad y con tan grande satisfacción de su cuerpo y de su alma, que tuvo la certidumbre de arribar a una explosión orgásmica… y que le hizo luego echar mil maldiciones al momento de despertarse, cuando hubo de comprobar la ilusión; además, se hallaba bañada en transpiración y su corazón le latía con desacostumbrada exaltación. Y le pareció que en fugacísima imagen del duermevela, se vio -en su niñez- en el suelo del potrero en que había caído en su despavorida huida, con el acariciante hocico del toro que la perseguía y, luego, con ambiguas sensaciones de perros montados sobre sus espaldas…

     Y en medio de tanto desasosiego y hesitaciones y después de despedir, sin más, en un momento de histeria, a su amante de los «fierros», largos períodos transcurrían en que le acometían horas de ahogados suspiros y de fervientes anhelos, sin que pudiera hallar sino parcos momentos de paz y de solaz… 

LA GRAN NOTICIA

     En una ocasión una cuadrilla de peones había decidido celebrar un acontecimiento con una cena de carne al asador (los típicos asados criollos de la región), para lo cual se reunieron en un alejado tinglado en cobertizo. Bastaba la más nimia causa para que algún hecho fuera considerado un «acontecimiento» digno de tales celebraciones, como era el caso; y jamás se dejaba escapar una semana sin que existiera tal dignidad.

     Ramón Zamorano, como capataz mayor de la estancia, se hallaba siempre invitado. Pese a su natural, algo contraído, no puede dudarse que gustaba de tales eventos, ya que en el aspecto gastronómico el asado era su plato favorito, y la subsiguiente -y generalmente báquica- guitarreada, de su mayor agrado.

     Crepitaban, pues, en una parrilla de dimensiones exorbitantes -de cuya avanzada oxidación todos hacían caso omiso-, trozos de carne, inmensas espirales de chorizos y morcillas, costillas, bocados, achuras, matahambres y varias clases de aves. Todo el conjunto despedía una exótica mixtura de humo de leña con el clásico y apetitoso vaho del asado. Y mientras se estaba a la espera y se veía al afiebrado encargado del asado dar vueltas con su tridente de mango largo, ya un trozo de carne, ya una larga ristra de chorizos, ya otra de morcillas y restantes achuras, las ardorosas bocas besaban de continuo y con magno arrobamiento los picos de las damajuanas, que contenían, casi en paridad, buen tinto y excelente blanco. Ramón era la excepción en tales avances báquicos ya que, de suyo, tomaba alcohol en cantidades discretas.

     Ni que decir tiene que antes de llevar bocado alguno al inicio del tracto digestivo, muchos se hallaban ya entre San Juan y Mendoza y la algarabía general había aumentado notoriamente sus decibeles, como por mágico efecto de resonancia de los cariñosos besos a las damajuanas.

     Y así tenía lugar la comilona, bocado tras bocado, siempre olímpicamente lubricado para su buena conducción por el tubo esofágico y -como habitualmente se hacía alharaca- para su buena digestibilidad. Pero con el agotamiento de las cárnicas provisiones de la parrilla, las primeras damajuanas que se habían desecado abruptamente fueron rápidamente reabastecidas… Y la jarana estaba en su apoteosis, a punto tal que sus ecos y voces se oían en un radio de centenares de metros alrededor.

     Entonces uno de los integrantes del grupo, en avanzado estado de beodez y con una copa en alto, vociferó:

     ––¡Voto a Mandinga… que tengo que confesar que nuestro capataz, el compadre Ramón, tiene la «pistola» más descomunal que haya visto en toda mi vida!… Mis propios ojos lo han descubierto los otros días mientras meaba contra un árbol; y creo que si ese bicho toma viento a favor y se extiende cuan largo es, podría hacerle feroz competencia a una lampalagua.

     ––¡Huija…huija carajo! ––gritaron a coro–– ¡Viva la «pistola» del capataz Zamorano!… ¡Viva la «lampalagua» del capataz!…

     Rápidamente sonó un rasgueado de guitarra y un payador improvisó una copla:

     Compañero tenga mano

     y vaya con disimulo.

     Si anda cerca Zamorano

     le pueden romper el cu…ello. 

     El jolgorio que suscitó resonó con los decibeles de una noche de boliche juvenil.

     El capataz, que se hallaba asimismo algo achispado, no sabía a qué atenerse. La estupefacción por el cariz de los acontecimientos se diseñó en su rostro… Jamás hubiera admitido ser el centro de una reunión, y menos en semejante asunto. Pero, el caso es que en aquella ocasión un contradictorio sentimiento de vergüenza y de orgullo se apoderó de él. Uno de los cofrades gritó:

     ––¡Que la saque!… ¡Que la muestre!

     Y todos aullaron a coro:

     ––¡Que la muestre!… ¡Que la muestre!… ¡Que la muestre!…

     Y en tanto así gritaban y aplaudían la moción, Ramón, con el rostro pintado de carmín, negaba gestualmente con la cabeza, mas asentía con la sonrisa de sus labios.

     Pronto alguien trajo una tabla, una especie de batea para que el instrumento a analizar fuera colocado en ella. Llegado a esta instancia en que le exigían pasar a los hechos, el melindroso capataz comenzó a hacerse rogar.

     ––¡Vamos, Ramón, aquí no hay mujeres!… ¡Somos todos machos! ––prosiguieron en turba.

     ––¡Eso está de ver! ––se oyó, discordante, una voz aflautada y maricona, a la que nadie prestó atención.

     Y en medio de tanto tumulto e insistencias el juego acabó con éxito para los hambrientos ojos del conjunto. Cuando el órgano se halló sobre la tabla, prestamente extraído por unas misteriosas y -al parecer- bien entrenadas manos ajenas, no pudo llegar más allá de un estado de semi-erección, pues era evidente que el embrollo y la vergüenza de su poseedor, no autorizaban otra cosa. Y la observación de aquel instrumento no hizo sino refirmar rotundamente la afirmación del paisano que le había visto orinar.

     Los «hurras», las «huijas» y la gritería hilarante se generalizaron por doquier, estando a la vista que, pese a la beodez imperante, todos quedaron hondamente impresionados. Un gracioso se subió a la larga mesa de tablones y mirando en todas direcciones, gritó:

     ––¿Alguien se anima a competir?… Si así fuera, ¡que la saque!… ¡Viva la lampalagua del capataz!…

     Una risotada general, sobradamente acompañada con grandes tragos de tinto, saludó aquella inspirada sugerencia… Mas nadie osó tomar el reto.

     Luego siguieron los cantos y las coplas que se prolongaron hasta casi el amanecer.

     A partir de aquella especial interpretación de la diversión, tomóle a ésta la peonada tanto gusto, que el espíritu de la pertinente exhibición verguna estaba siempre presente y nunca faltaba quien en determinado momento exigiese repetir la escena. En varias ocasiones ocurrió así, en efecto, pero no siempre Ramón estaba dispuesto a seguir el juego… y al final, las más de las veces, buscaba excusas para no participar de la comilona que le proponían. 

     El caso es que la patrona de La Soya, por vía de la traviesa y osada Adelita, vino a enterarse que Ramón Luis Zamorano, su obediente capataz y silente admirador, gozaba de la loable fama masculina de estar dotado de un miembro viril de envergadura poco común.

     ––¿Sabe, amita? ––manifestó en la ocasión la criada––: dicen que el Ramón Zamorano tiene una enorme cachiporra capaz de asustar a cualquier mujer…

     Al principio se limitó a sonreír ante el atrevimiento de la niña y ya se disponía a efectuarle una severa reconvención, cuando sintió que una oleada de emoción le embargaba el alma. ¿Estarían sus oídos escuchando razones provenientes del mundo de los sueños? Lo cierto es que después de unos cuantos minutos, las palabras de Adelita vinieron a provocar en ella una eclosión de ansiosa curiosidad.

     —¿Qué decís, pequeña desvergonzada? —afirmó, sonriendo con ostensible fingimiento de severidad en el rostro—. ¿De dónde demonios sacaste esas historias?… ¿Cómo diablos te atrevés a referir semejante cosa?

     —¡Es cierto!, patroncita, ¡es cierto! —Respondió la poco candorosa criada––. ¡Tiene una «cosa» enorme! Es fama por toda la estancia…

     —¿Acaso vos le viste para estar tan segura?

     —No, yo no he visto nada… Pero sé lo que por ahí anda diciendo el paisanaje; recuerde que hay algunos que se lo cuentan a sus mujeres, y entonces…

     »Es más grande que la de los otros hombres… ¡y mucho más grande!

     Y aunando el ademán a la palabra, hizo la consabida mímica de abrir los brazos y colocar verticalmente las palmas de sus manos a buena distancia una de otra, al par que las agitaba sobre sus muñecas. Exclamó entonces alborotada:

     ––Pero sí he visto al Baldomero hacer este gesto mientras lloraba de la risa… Y como un ratito antes habían estado en silencio y concentrados en algo y de repente explotaron en pura vivas y hurras, estoy segura que habían estado midiendo la «cosa».

     —¿Ah, Baldomero?… ¡Ése es un botarate!…¿Y quién más anda difundiendo tales noticias?

     La princesa hacía esfuerzos por mostrarse indiferente pero no parecía desear abandonar el hilo de la conversación.

     —Mire patroncita: le dicen «vergajo», «ladrillo y pico», «manguera de bombero», «burro» y también… algo así como «lamba agua».

     —Querrás decir lampalagua, que no «lamba agua» —corrigió, medio muerta de risa, la patrona— ¡Lampalagua, Adelita!… ¡Lam-pa-la-gua!

     La dicharachera chiquilla se hizo la desentendida. Con gran desparpajo y no menos donaire, agregó:

     —Creo que no he entendido bien, pues no sé qué es eso de «lamba agua» o lampalagua, como dice Ud., niña Marcia. Pero lo cierto es que comentan que el Ramón se está que se cae del gusto cuando le dan esos nombres y esos títulos. Cuando la peonada se reúne en cualquier asado, choriziada o simplemente guitarreada, no hay otro tema, esté presente el Ramón o no. Al principio parece ser que se ponía colorado de vergüenza; pero después le gustó la mano.

     Marcia Paula sintió un flujo eléctrico que le recorrió la médula y mirando hacia el lejano horizonte, dijo con tono laxo:

     —¿Ah, sí?… ¿Estás segura de que las cosas son tal como decís?

     —¡Claro que sí!… Dicen, niña, que no pocas veces se la han hecho sacar afuera, y que no se oía otra cosa que los «ohes» de asombro, y que después pelaban el metro para medir, y que al final terminaban a los aplausos y a las hurras gritando: ¡viva la «lamba agua»! … ¡viva la «lamba agua»!

     —¡Lampalagua, Adelita, Lampalagua!… —replicó, riendo y ya engolosinada, la patrona—. No te hagás la inocente pues sabés muy bien que es el nombre de una boa… Pero me quedo sin entender eso de «ladrillo y pico»…

     Ahora la princesa comenzó a atar cabos. Recordó cómo le llamaban la atención las inexplicables algarabías que en aquellas reuniones de pronto tenían lugar, evidentemente incitadas por el espíritu del vino. Pero como eran de generación espontánea, no estando precedidas de ninguna canción, o canto, o recitado, era evidente que parecían originadas por algún hecho de competencia, o por la narración de graciosos cuentos, o algo por el estilo. Y ahora venía a enterarse claramente de qué se trataba.

     ––Decime Adelita: ¿quién te ha noticiado de todos estos antecedentes?… ¡Porque me imagino que vos no estarás concurriendo a los asados de la peonada; máxime si se descuelgan con una escena como la que has descrito!

     ––No, niña, yo no voy a esos asados. Pero la cuestión está en boca de todos; así que yo no le sabría decir quien fue el primero que me habló de ella. ¿Acaso no estaría Ud. medianamente enterada?…

     La princesa sonrió con cierta suficiencia, pero temiendo que el descaro de la niña pasase a desbordarse más allá del linde conveniente, fustigó:

     —¡Bueno, callate ya, pequeña desvergonzada!… Que no es propio de tu edad el estar metiendo las narices en esas cuestiones, ni andar evaluando magnitudes y mediciones.

     Y sin decir más despidió a la criada prosiguiendo su caminata por los alrededores del casco. De pronto se dirigió directamente a él y luego, al introducirse a la cocina, halló a la mulata Hortensia concentrada en la preparación del almuerzo. Marcia Paula se arrimó a la ventana con gesto de indolencia y, sin dejar de mirar afuera a la infinita y sempiterna llanura pampeana como si algo importante llamara su atención, dijo como al pasar:

     —Decime, negrita, ¿qué andás oyendo por ahí que dicen del Ramón? ¿Acaso es cierto que en los asados, choriziadas y guitarreadas lo toman a la chacota?

     Hortensia entendió de inmediato a qué se refería la pregunta y, llena de pudor, se hizo la desentendida; su grado de confianza con la patrona no aquilataba el sostener una conversación de tal tenor, según ella lo entendía. Así, pues, contestó:

     —¿Cómo dice, niña?… Yo no sabría decirle…

     —¿Acaso no estás enterada de eso que andan diciendo por ahí? ¿Creés que es propio de gente educada el estar haciendo ciertas demostraciones? ¿Qué me podés decir de lo que le hacen hacer al Ramón?

     ––¿Al… Ramón?… ¡No sé, niña, no sé!… ¡Le juro que no sé!…

     ––¡Vamos, vamos!… ¡No te me hagás la tonta! ¿Me vas a hacer tragar que vos no sabés nada de lo que anda en boca de todo el paisanaje? ¿Es cierto que al Ramón le hacen mostrar su… «cosa»? ¿Y que tan pronto como pelan el metro y miden, estalla la algarabía alrededor de esa… «cosa»?

     —Bueno, niña… Ud. sabe… Cuando la peonada se chupa… no se puede evitar…

     El embrollo de la mojigata Hortensia era más que evidente y sus chispeantes pupilas no hacían sino dirigirse al suelo y, de vez en vez, al soslayo, latiguear una mirada por su patrona.

     —¿Y quién es el mayor instigador de todas estas chanzas?

     —En realidad, niña… todos.

     Y luego, nuevamente mirando por la ventana con la vista puesta en lontananza, Marcia Paula agregó:

     —¿Y acaso habrá algo de verdad en la cuestión, o se trata de una simple patraña? ¿No será que los muchachos, mamados, ven dimensiones más con ojos de ilusión que de realidad?

     —¡No, patroncita, no!… ¡No es mentira!… —contestó incautamente la mulata y casi de inmediato se tapó el rostro con un repasador.

     —¡Aaajá!… —replicó vivamente la princesa, luego de hacerle pisar el palito.

     Hortensia bajó inmediatamente su rostro y ahora se lo tapó con ambas manos, mirando de vez en vez a la patrona a través de sus dedos entreabiertos. Luego musitó:

     —Yo misma, sin pensarlo y sin intención, pude comprobarlo. En uno de esos asados que ellos hacen me habían pedido que les preparara la ensalada; sólo debía cortar y lavar las verduras y ellos se encargarían de la sazón, al momento de comer. Les estaba llevando una gran fuente con todas las verduras. Ellos se hallaban en el tinglado grande que, como Ud. sabe, tiene varias pilas de ladrillos al frente y que defiende su mirada del interior. De pronto se me cruzó el perro entre las piernas y me hizo trastabillar. La fuente fue a parar al suelo.

     —¿Y qué dijeron cuando vieron su ensalada por el suelo? —razonó la princesa.

     —No se dieron cuenta, patroncita. Estaban cantando y gritando y era tal la algarabía del grupo que el ruido de la fuente al caer al suelo pasó desapercibido.

     —¿Y después que ocurrió?…

     —Y, me agaché a recoger la fuente y lo que ella contenía antes del desparramo, dispuesta a volver a la cocina para lavar nuevamente las verduras. Nadie se había dado cuenta de mi presencia, pues la pila de ladrillos me separaba del grupo y ninguno me había visto en el recorrido desde la cocina… De repente oí aumentarse la algarabía de todos ellos y, sorprendida, me asomé por un costado de la pila, casi al ras de las rodillas, que era la posición en que entonces estaba. Lo raro del caso es que se hallaban tan poseídos y, según creo, ya bastante entonados por el vino, como para que nadie se diese cuenta de que yo me hallaba ahí. Entonces… entonces…

     La morocha calló de repente…

     —¿Qué diablos fue lo que viste?… ¡Vamos… largá!

     —Le habían hecho sacar el «vergajo» a Ramón…

     —¿Aaajá?… ¿Y?…

     —¡Realmente, niña, que era cosa de Mandinga!… ¡Era algo enorme!… Después, sin que aún me hubieran descubierto, salí disparando del lugar…

     Al egresar de la cocina Marcia Paula dijo para sí: «¡Oh, morochita!… ¡Saliste disparando!… No me queda en claro por qué razón…» Y se sonrió largamente, con un extraño regusto.

     A partir de aquellos momentos, la bella heredera de la Estancia La Soya ya no pudo conciliar libremente el sueño. Durante noches y noches le acuciaban los restallantes latigazos del deseo. La representación de la lampalagua acudía a su mente con una sin igual crudeza y de inmediato pasaba a tomar la forma de un colosal miembro masculino. Era obvio que su mente se negaba a abordar la imagen del poseedor de ese instrumento. La figura de tal varón, más allá del fabuloso miembro de sus desvelos, se presentaba difusa, ambigua, como diluida entre densos vapores. Mas ella bien sabía de quien se trataba; sólo que las barreras defensivas psicológicas intentaban vedarle su visión, en la esperanza de que el deseo no pasara más adelante en la cristalización de su realidad. Pues en aquellas acuciosas escenas oníricas el depositario de la formidable herramienta no era otro que Ramón Luis Zamorano… su capataz de la estancia. Y era obvio que a ella le avergonzaba tal situación. Así es que siempre trataba con grandes esfuerzos de aventar tales visiones y sosegar su afiebrado anhelo.

     Pero no lograba mantener la calma por mucho tiempo, pues no podía dominar sus sueños y sus despertares a duermevela. Cada vez con mayor recurrencia le acometían las visiones… y cada vez que se abandonaba en la ensoñación de la posesión de aquel portentoso miembro, ocurría que la imagen portadora se iba aclarando: las difuminadas líneas se tornaban más nítidas, el contraste se iba haciendo más evidente, los matices iban apareciendo y, en suma, no podía evitarlo, acababa viendo con total claridad la figura de su capataz. Después… se entregaba sin reticencias a quien le prodigaba entonces un fenomenal acto de amor imaginario.

     Luego, dueña ya de su plena conciencia, debía soportar la atormentadora inhibición que implicaba el descubrirse ante su capataz y, en el extremo de sus anhelos, solicitarle los favores que tanto apetecía. ¿Cómo acometer tamaña empresa?… ¿Cómo hacerle saber al candoroso y solícito capataz semejante petición?… ¿No resultaría harto insólito que ella, la patrona, la niña de la estancia, la princesa de La Soya, terminara, a instancias de su pasional deseo, pidiendo los favores sexuales del capataz? Ella, después de su fracaso matrimonial, se había constituido en una mujer libre, casi se diría que era una feminista, y no podía admitir la idea de mezclar los tantos de «su autoridad».

     ¡Cuántas veces la dictadura del sexo vino a trastocar las debidas jerarquías, y a instalar a un ineficaz dictador en la marcha de los negocios! ¡Eso sí que ella no podía concebir!… Empero, allí lo tenía, al alcance de su mano. Sin duda que la mínima expresión de tales deseos a su capataz, haría que éste se rindiese a sus pies, satisfaciéndola en todo cuanto de él dependiera: no otra cosa podía suponerse -prefería pensar por momentos- a partir de la incondicional afición que le tenía.

     Después de todo él la amaba secretamente; esto era de obviedad total ante sus ojos y ante su intuición femenina. ¿Pero, y si luego sufría un inesperado abuso de confianza?… ¿Qué otra cosa puede esperarse de quien se transforma abruptamente, vía pasional, en dueño del dueño?… ¡Cuántas veces había oído de boca de empresarios y negociantes el sutil comentario de que la mejor forma de fundir sus empresas, de perder el fruto del aquilatado trabajo de mucho tiempo, es hacer el amor con la secretaria!… Risueñas palabras no exentas de veracidad. Pero, ¿acaso estaba ella autorizada, por los hechos y antecedentes que poseía, a tener tales pensamientos con relación a Ramón?… Nada… absolutamente nada, le podía inducir a la idea de que la lealtad del capataz sufriera mella alguna… cualquiera sea la circunstancia que le reuniera a ella.

     En otras ocasiones optaba por no creer que el mentado asunto dimensional era para tanto, pues sabía que la grey varonil tiene por costumbre magnificar tales hechos y celebrarlos ruidosamente, en especial luego de una buena comida con guitarra y en tanto que el espíritu de Baco la haya irrigado generosamente. Quizás la negrita Hortensia, a quien consideraba más bien como algo cándida, haya exagerado un tanto con aquello de «cosa de Mandinga»; no podía sino sonreír cuando recordaba que luego de ver «aquello» había salido disparando. Sin embargo, la desmesura de los ojos de Hortensia en el recuerdo de «aquello», revelaba la probabilidad de que había visto cosa descomunal. Al final, los dichos y declamaciones de las criadas no hicieron sino decantar una capa de meliflua certidumbre en su espíritu. Pero a partir de ahí se cuidó muy bien de consultar a sus otras empleadas y a cualquier otra persona sobre el asunto. 

     Días después, en ocasión de una de sus habituales recorridas por el predio, vino a encontrarse nuevamente con su criada Adelita.

     —¿Sabe, niña, —arrancó la moza— que ya me he enterado de lo que quiere decir eso del «ladrillo y pico»?

     A esta altura de los acontecimientos Marcia Paula ya había sospechado el significado de tal concepto. Pero, para asegurarse, quiso pasar adelante.

     —¿Ah, sí?… ¿Y se puede saber de qué se trata?

     —Mire patroncita… Se la hacen poner sobre la cara de un ladrillo, de esos que están en las pilas, y la miden comparándola con su largo; así que «ladrillo y pico» quiere decir que va más allá del largo de un ladrillo… Y… se la hacen sobar para que no esté perezosamente dormida sobre el ladrillo.

     —¡Bue!… —dijo entre dientes la patrona—. ¿Y para qué existirá el sistema métrico decimal?… En fin… Allá ellos con su unidad especial… Pero no dejó de rememorar (desde su época de estudiante de Arquitectura) que la longitud del ladrillo es de veintisiete centímetros.

     Ahora, decididamente, giró sus pensamientos volviendo al caso de Ramón Zamorano. En resumidas cuentas tuvo la confirmación de que en ese particular entorno de la jarana masculina, era costumbre el utilizar el largo de un ladrillo como unidad de medida para determinar la longitud del órgano viril. Y esto, sin que fuera dable establecer el origen de tan estrafalario patrón de contraste. Empero, saltaba a la vista, nada más claro para visualizar entre aquella sencilla gente la deseada unidad para el miembro masculino, que así vino a quedar indisolublemente ligado, en la mentalidad popular, al antiquísimo paralelepípedo elemental de la construcción… ¡Qué demonios de sistema métrico decimal ni qué ocho cuartos!

     Mas ella seguía pensando, después de tomar un ladrillo y de observar especiosa y glotonamente la dimensión de su largo, que en todos esos pareceres había una alta cuota de exageración, nutrida por la siempre exacerbada imaginación de la libido.

     Pero… ¿y si al final de cuentas el hecho del súper-desarrollo viril de Ramón fuera verídico, tal como lo estaba conjeturando?…¿Y si efectivamente el destino que promovió en ella la pasión que sentía, le enviaba al mismo tiempo la solución de su satisfacción? ¡Al alcance de la mano!… ¡Con sólo una insinuación de su parte!…

     Recordó una anécdota que había oído de un cuentista: un cierto paisano, en medio de una inmensa inundación, se hallaba sobre el techo de su rancho en tanto que el nivel del agua seguía subiendo. Como era muy piadoso se había encomendado a Dios para su salvación y confiaba manifiestamente en ella. Un bombero socorrista se aproximó al hombre con un bote a motor y le advirtió que se viniera con él. El paisano se negó en redondo arguyendo que Dios le salvaría. Poco después, con el agua ya a mitad de las pantorrillas, aparece un helicóptero de salvamento y le arroja una escala de cuerdas; tozudamente el lugareño se niega a subir por ella con el mismo argumento anterior. Finalmente termina ahogado y se va directamente al Cielo. Muy irritado contra el Señor que no lo había salvado se queja amargamente ante Él. «Pues has de saber, hombre necio, que te envié primero un bote y luego un helicóptero y no fuiste capaz de reconocer la señal», fue la respuesta de Dios…

     ¡Caramba!… ¿no estaría ella siendo ciega ante la señal?…

     Ya algo aflojada, comenzó a pensar seriamente que no debía importarle entregarse al amor de un capataz, porque sin lugar a dudas, según razonaba con simplicidad, la cuestión debía mirarse exactamente en sentido contrario: era ella, la niña, la patroncita, la dueña, la bella y rica heredera, la que había de requerir favores que el oro no paga. Y había de hacerlo en la persona de un individuo que ostenta la naturalidad y la sencillez propias de quien no ha mordido la manzana de la ambición, según se manifestaba para ella con total obviedad.

     Y de tanto ir y venir con tales y encontrados pensamientos y sentimientos, acabó por asumir que el mancomunar su pasión con la que seguramente le aportaría su capataz, no implicaba, en suma, una pérdida de decoro en lo que a ella se refería, por lo que terminó por imponerse su natural de fresca y espontánea humildad.

     Así, el deseo que asaz le incordiaba acabó por erosionar todo el resquemor que hasta el momento se había basado en la diferente jerarquía de ambos.

     Y asumió, definitivamente, que encontraría el modo y el ímpetu necesarios para comunicar a Ramón sus anhelos y requerir de él su amor. No sería tarea fácil. La relación que hasta entonces había desarrollado con su capataz se basaba casi exclusivamente en el trabajo que ambos desempeñaban y no era posible aherrojar el fantasma de la jerarquía que ella ostentaba frente a él. Debía encontrar la oportunidad para perforar el blindaje de tal fantasma, pero acabó confiando en su intuición femenina… y en la respuesta del capataz, de quien descontaba su gran enamoramiento.

     Lo que entonces realmente pasó a preocuparle era la peligrosa eventual difusión del hecho por todos los ámbitos de la estancia y por los alrededores. No debía ella calentar demasiado sus mientes para pensar que sus amoríos con Ramón, si ocasionalmente se hicieran conocidos, habrían de levantar gran polvareda.

     Y dado que debía descontar la prudencia de sus propios labios, sólo le quedaba por encontrar el medio por el cual el propio Ramón guardara el más absoluto silencio… ¿Sería confiable en tal sentido el capataz? En el común de los hombres ello no es fácil de imaginar.

     Cuando llegaba a este punto, conociendo la natural fanfarronería con que la mayoría de los pretendientes a superamantes masculinos, sueltan las amarras de la apología de su virilidad, sentía, por momentos, dudas que la boca de Ramón permaneciese callada.

     Además, supuesto que por tal senda no hubiese cuidados, sería menester erigir poderosas murallas para la defensa del secreto en medio de la comunidad, cosa que, según se lo dictaba su experiencia de vida, resultaría a la postre simplemente ineficaz. Después de todo, ¿no actuaría la señorita Hebe Berta en su relaciones con Sultán con la plena convicción de que ellas no eran conocidas de nadie?… Entonces se decía que debía poner fuera de órbita aquellas demenciales ideas de convertirse en amante de su capataz.

     Pero… ¿y si estuviera realmente frente a «la gran noticia»?… 

     TOCANDO EL CIELO

     Unos días después la princesa de la Estancia La Soya salió muy temprano a dar una recorrida por los alrededores. Si bien no deseaba pensar en ello, acariciaba la subyacente idea de encontrarse con su capataz. Y el sino le fue pródigo en contados minutos. Montado en su alazán, con su ancestral estampa majestuosa, le halló dando indicaciones a unos hombres.

     —Buen día, Ramón. ¿Cómo van las cosas por aquí? —inquirieron como al descuido los carnosos labios, forrados de apretada grana.

     —Y… mire, patroncita, que así se anda ––contestó él, desmontando de inmediato del caballo––. Estamos tratando de meter aquella hacienda por el brete para llevarla al potrero del sur.

     —¿Trajiste ayer el encargo que hicimos al gallego Don Pancho?

     —Sí, por supuesto. Por ese lado todo anda bien.

     —¡Ah, bien, bien, Ramón!… ¡Mi capataz cumple todo a la perfección!… ¡No sé que haríamos por acá sin vos!…

     Él se halló de improviso algo cohibido, tanto por esas palabras como por la insospechada presencia de su silenciosamente amada diosa en hora tan temprana. Siempre le ocurría lo mismo cada vez que ella se le dirigía, ya que entonces las furiosas huestes de la amorosa legión de su alma, con la mera presencia de aquella mujer idolatrada, entraban en ebullición; ¡cuánto más!, cuando le hablaba con aquel timbre angelical. Pero en esta ocasión lo estaba aún más, por haber adivinado un algo especial en el tono de su voz. Desde un principio captó, con obviedad, que no era precisamente aquél con que ella se dirigía comúnmente a él. Había percibido como un cierto afecto en sus palabras, lo que acabó por colmarle de embarazo e hizo ascender rubor a su rostro.

     Marcia Paula estuvo muy atenta a las minuciosas explicaciones de la actividad que se estaba desarrollando, las que salían a borbotones por la boca del capataz y, como era asimismo muy diestra en los quehaceres que atañen a las tareas rurales, fue siguiendo los diferentes aspectos de tan convencional charla. En aprestos de esta guisa pasaron aproximadamente unos treinta minutos, en que las tensiones del capataz se relajaron y al cabo de los cuales, ella, dando un giro a la conversación, apuntó:

     —Oíme, Ramón: los otros días, al hacer una recorrida por el linde este del campo principal, me di con un par de maquinarias viejas y unos cuantos trastos más que parecen estar oxidándose sin que nadie se ocupe de sacarlos de la vista. No me agrada que se hallen allí a la espera de no sé qué cosa… Esos mini-cementerios de trastos viejos, uno por aquí, otro por allá, dan una pésima impresión de abandono. El óxido que los recubre, el semi-enterramiento de sus partes y la vegetación que termina abrazándoles por todos lados, no es precisamente una imagen edificante… He visto varios de esos islotes en los campos, pero aquél del linde este se halla muy en nuestras narices…

     ––Se trata, amita, de un viejo tractor International, una rastra de discos que ya no sirve y unos cuantos fierros más. Ya voy a mandar que los saquen de allí.

     ––¿El tractor se puede utilizar?

     ––No lo creo… hay que radiarlo. Lo mejor es llevarlo al desguase a Villa del Buey.

     ––Bueno, por ahora, lo llevaremos al depósito viejo hasta tanto dispongamos su radiación juntamente con otras maquinarias inservibles que hay allí.

     ––¿Dónde dijo que lo quiere llevar?

     ––Al antiguo granero… al depósito viejo, pues.

     —¡Pero… patroncita!… ¿Al… al… depósito abandonado?… ¿Al que se halla próximo al taller principal?

     ––¡Sí, sí, a ese mismo!… ¿O, como la mayoría del paisanaje, también vos creés que allí existe la luz mala?

     ––¡No, no!… ¡Claro que no! Yo sé que Ud. le tiene mucha afición al lugar, pero… se halla muy alejado y a contramano de la salida del campo. ¿Por qué no lo cargamos en la chata y lo transportamos directamente a la población?; en realidad se hallan a unos pocos metros de la ruta pavimentada.

     ––Porque te acabo de decir que quiero formar un lote con otras maquinarias viejas y mandarlas a retirar… ¿para qué proceder uno por uno?… ¿Por qué no te llegás a la oficina, a eso de las diez? Allí conversaremos sobre el asunto.

     ––Yo tenía previsto supervisar algunas operaciones que me llevarían toda la mañana, pero se trata de algo que puedo derivar en otro capataz. Si Ud. ordena, patrona, yo estoy a su disposición… ¿Querría acaso advertirme acerca de algo más, así me da tiempo a que vaya pensando en la cuestión?

     ––Bueno, no seás tan ansioso ––agregó ella, esbozando una enigmática sonrisa––. Te espero en la oficina; chau.

     Y la patrona de La Soya prosiguió su marcha.

     «Creo que la ocasión se presenta como anillo al dedo -se repetía continuamente-; redondita como hecha al torno… Es cuestión de extremar los cuidados para no desperdiciarla. El granero viejo vendrá a las mil maravillas.»

     Poco después Ramón entraba en su despacho.

     En la actualidad el granero viejo era usado como un depósito donde iban a parar máquinas, trastos, dispositivos e implementos radiados, a la espera de su alejamiento definitivo y, debido a que una fama siniestra sobre él se había extendido entre aquella sencilla gente, no era visitado por nadie… a excepción de la patrona que en los últimos tiempos se había aficionado a tal lugar. Solía permanecer allí largas horas contemplando, en sus momentos de desazón y melancolía, los maravillosos atardeceres de aquellas pampas. Desde allí también podía observarse la vaguada que reptaba en el otro campo, allende el alambrado sur. La princesa había mandado colocar llave a tal depósito, que sólo ella utilizaba; asimismo había hecho reponer el antiguo circuito eléctrico, caído en desuso: simplemente un foco y un tomacorriente.

     No era fuera de lo común el que Marcia Paula y su capataz sostuvieran conversaciones de trabajo en la propia oficina de ella, en la administración; la buena marcha de los negocios de la estancia así lo requería. Ramón llegó, pues, aquella mañana a la susodicha oficina con su acostumbrada puntualidad. A una gentil indicación de ella se sentó en un cómodo canapé.

     —Usted dirá, niña…

     ––Tengo café a punto en la cafetera eléctrica. ¿Querés un pocillo?

     ––Está bien, niñita; no soy muy aficionado a tal bebida. Siempre prefiero el cimarrón. Pero no voy a despreciar el pocillo que me ofrece… Muchas gracias.

     ––Yo ya he tomado mis buenos «amargos»; a esta hora se impone a mi paladar un café dulce.

     Luego de servir ambos cafés, ella tomó su pocillo y, poniéndose de pie y mirando a los ojos a su capataz, preguntó:

     ––¿A qué hora te podrás desocupar esta tarde, después de la jornada?

     ––Bueno, Ud. sabe que yo tengo mucho que hacer hasta muy entrada la oración.

     ––Pues entonces esta tarde iremos al depósito y elegiremos el sitio en que se podrá colocar al International. Me gustaría, además, que por ahora tomaras nota del conjunto de chatarra que hay allí, con miras a venderla. Sabrás que yo tengo la única llave del lugar y que me hice allí un pequeño sitio desde donde gusto contemplar la pampa… Además… además… quisiera conversar con vos un cierto asunto.

     ––¿Tiene algún reclamo que hacerme, amita?

     —No, Ramón, Se trata de un asunto… algo especial. Y no está relacionado directamente con la marcha de La Soya.

     Se contuvo un tanto, secretamente aconsejada por la prudencia con la que debía revestir a sus palabras. Se le hacía complicado hallar la punta del hilo que condujera a desovillar la madeja; después de todo debía insertar el escalpelo en una región que, aunque la presumía favorable, no por ello dejaría de contener significativos matices ignotos… Se puso a mirar por el amplio ventanal que daba a la inmensidad de la pampa. En tanto el capataz, sentado sobre el filo mismo del canapé, ardía de ansiedad.

     —Como esas especiales cuestiones —prosiguió ella con tono misterioso— se han de restringir a vos y a mí, es del caso no enterar de esto a nadie, por lo que tendrás que andarte con sumo sigilo. Quiero decir, habrá que llegar allá sin que nos vean.

     ––¡Sí, claro, niña!… ¡Sí, claro! ––contestó, perplejo, como un autómata.

     Marcia Paula miró al cielo a través del ventanal. El sol ya lucía esplendoroso y ni una sombra de nube empañaba el firmamento. Dirigiendo su índice hacia él, dijo:

     ––Bueno, pasame a buscar con la camioneta a eso de las ocho. Llevate una buena linterna porque la luz que hay en el depósito no es la suficiente; hay rincones y escondrijos por todos lados. Aunque esta noche es de luna llena y no apunta a la existencia de nubosidad en el cielo.

     ––¿Sabe qué querría advertirle?… Mire que no será fácil conseguir ayudantes para que colaboren en transportar el International hasta el viejo granero. El común de la gente tiene mucho miedo de llegarse por ese lugar…

     ––No te hagás ningún problema por eso. No hay interés ni necesidad de ayudantes… Lo lingás a la camioneta y lo llevás a tracción; los neumáticos están suficientemente inflados, según pude observarlo; a lo mejor convenga agregarle aire, así que usá el compresor portátil, en caso necesario. Luego allá lo colocamos donde convenga.

     ––Así puede ser, patroncita. Lo voy a hacer traer esta tarde y luego lo llevamos arrastrándolo con la camioneta… y hoy mismo dejamos resuelto el problema que le preocupa.

     ––No, no… esta noche no puede ser… No habrá suficiente luminosidad como para hacer una operación de ese tipo; en la penumbra del interior puede resultar compleja… Simplemente elegiremos el lugar y después, a luz de día, lo transportaremos. Si hacés traer al tractor esta tarde, pues dejalo acá junto al depósito del casco; después lo llevaremos… quizá mañana mismo.

     ––¿Y qué hacemos con los otros «fierros».

     ––Que los venga a buscar el chatarrero de Villa del Buey y que se los lleve a todos.

     Después de despedirse y mientras caminaba por uno de los callejones que rodeaban al edificio principal, le temblaron las rodillas al capataz y se le soliviantó el corazón. Estuvo a punto de caer desvanecido al tomar consciencia de que se le disparaba una exótica y gustosa circunstancia. Jamás se le hubiera ocurrido la idea de que su adorada e inalcanzable diosa podría lanzarle una petición de tal naturaleza, toda cargada de misterio y signada por una especie de sutil clandestinidad: ¡nada menos que una cita en un lugar sospechado de maldito, en un horario inverosímil y con pautas de inusual sigilo!

     No sería el caso, ello era harto evidente, para conversar sobre las cotidianas tareas rurales. Estaba de por medio la directiva de la ubicación del International, claro… ¡pero olía a tan artificial!… ¡Ah!… ¡la noche de plenilunio!… ¿A qué vino la mención de la noche de plenilunio?… Luego: lo fundamental no podría sino tratarse de algo relacionado con la intimidad de la princesa y que estaba en sus humildes manos el dilucidar. ¿Cómo admitir que no se hallaba soñando?… Dio alas festivas a la volátil imaginación. ¿Qué querría exactamente de él? ¿No será que?… Después de tantas noches de anodinos suspiros… Después de tantos besos y caricias imaginarios, cuyo arcano sólo él y Dios compartían… Después de haber soñado mil veces con la posesión de aquel amado cuerpo torneado con exquisitez maravillosa por algún celestial artesano… ¡Ah, cruel imaginación!… ¡Divina loca de la cofradía de la mente!… Total que se pasó el tiempo de espera caminando sobre algodones.

     Con el arribo de la noche y con el corazón en la boca, se fue llegando sigilosamente Ramón conduciendo la camioneta al viejo depósito. A su lado, la princesa peroraba a troche y moche y no dejaba de admirar su siempre bienamada pampa. Con el inicio de la noche se vio surgir a Selene como espléndido y magnificado disco plateado; y ya la visión que prodigaba al campo su argentino manto, era de claridad meridiana.

     Al llegar al viejo granero, Marcia Paula abrió la puerta y ambos entraron. Luego de encender la luz que sólo afectaba a un sector mínimo del depósito, se dirigieron hacia el umbrío y accidentado interior al halo de una poderosa linterna.

     ––Aquí es el lugar para depositar al International ––dijo ella––; sólo se deberá preparar un corto callejón, poniendo todos estos trastos a un costado, para poder acceder con la chata arrastrando al tractor. Aquí, pues, lo dejaremos hasta que realicemos un pequeño inventario de todo lo que es menester desalojar.

     ––Me parece muy bien; es el sitio ideal.

     Luego Ramón lanzó el haz de luz en varias direcciones como para tomar somera conciencia de las máquinas, piezas y cosas, que mostraba aquel sombrío ambiente. De repente, se detuvo como ensimismado en un viejo y destemplado tractor. Se dirigió al él, arrobado, y comenzó a iluminarlo por todos los costados.

     ––¡Oh, amita! ¡Qué maravilla!… Este es un tractor Pampa que se fabricó en el país, en la ciudad de Córdoba, allá por la década del cincuenta. Mi padre, muy joven en esos tiempos, trabajó en la fábrica que lo producía que, según creo, se llamaba por entonces IAME. También se hicieron motos Puma en varias series que adquirieron gran prestigio como un medio de transporte barato y popular. Mi padre siempre mentaba la notoria característica del tractor Pampa, ya que contaba con un solo cilindro en un motor de dos tiempos; según él, era un gusto sentirlo andar «regulando»… Esta joya es mucho más digna de mostrarse en un Museo de la Industria que acabar con sus restos desguasados en una humillante chacarita de Villa del Buey.

     Marcia Paula detectó la sentimental nostalgia, casi por motivos personales, que embargó a Ramón.

     ––Podés quedarte con él y hacer una pulimentada pieza de museo. Incluso buscale un espacio para exponerlo en el taller principal, si te apetece.

     ––¡Gracias, patrona, me ocuparé de esta magnífica máquina! Hasta creo que podría ponerlo en funcionamiento…

     ––Vení… te voy a mostrar el atalaya desde donde se contempla el horizonte de la pampa… Es ése mi lugar favorito.

     Luego de subir por una ancha y rudimentaria escalera de madera, se ubicaron en un entrepiso muy alto de gruesos tablones en cuyo entorno se filtraban tristemente los últimos vestigios de luz del ya lejano foco. Desde allí, a través de una ventana, podía observarse la inmensidad de la noche que la luna, a pinceladas llenas, teñía de plateada lumbre. Dicha abertura también dejaba entrar un importante halo que, sumado a los procedentes del foco, se encargaban de prodigar una suficiente iluminación. Éste era precisamente el sitio y atalaya de los ensueños y anhelos de una Marcia Paula solitaria, poética y nostálgica.

     Largos minutos de embrollado silencio transcurrieron desde que ambos allí se hubiesen aposentado. Mientras la bella Marcia Paula permanecía estática frente a la ventana observando el firmamento, completamente bañada por la luz de Diana, el harto cohibido Ramón miraba en otra dirección, y de vez en cuando giraba su cabeza para contemplar con el rabillo del ojo la actitud del instante de su adorada ama… Después, al observar que su figura permanecía quieta, volvía a alejar la mirada. Así, pintada de luna, no hacía sino verla en el pináculo de su hermosura y esplendor, imagen que, a fuer de real, se hallaba potenciada por la fecunda realimentación de su inconfesado amor.

     ––Nada hay tan maravilloso ––proclamó ella–– como el escenario que ofrece la pampa en circunstancias como éstas… ¿Alcanzás a oír el gañido de los zorros?… Suena entre salvaje y espeluznante… ¡Y qué vamos a decir si le agregás el lúgubre chistido de la lechuza!… En fin, que ésta es una pincelada de la tierra que embarga el alma y otorga voluptuosa belleza a la vida…

     Ramón, hombre práctico y poco dado a lucubraciones estéticas, asentía mirando al piso. Entendía, y para nada andaba descaminado, que todas esas expresiones eran tan sólo el desarrollo previo a la verdadera cuestión por la que ambos se hallaban en tal circunstancia. Mas la iniciativa por el desenlace de aquella trama estaba indudablemente a cargo de la dueña de su alma, puesto que era ella quien había propiciado la coyuntura. Pero ya pocas dudas le quedaban que habrían de surgir hechos maravillosos y extremadamente gustosos de aquel tan particular suceso.

     —¿Sabés, Ramón, ––prosiguió ella–– que aquí suelo venir muy a menudo para pensar, distraer mi espíritu… y también para contar mis cuitas a la luna?…

     Y entonces, dirigiendo una profunda mirada en dirección a Ramón, agregó con un tono algo dramático:

     ––Y ahora es un momento en que estoy necesitando ayuda… Una ayuda muy especial…

     —¿Quiere Ud. contárselo a la luna, amita?… ¿O quizás cree que yo también, humildemente, puedo ayudar en algo? ¿Será por eso que me tiene a mí, igualmente, junto con la luna?

     —Y… según presumo, vos podés darme tu ayuda.

     El capataz sintió que habían entrado en la materia noble de la intimidad de su ama y que él era parte integrante de todo aquello… De lo contrario…

     —Usted sabe, patroncita, que yo estoy para servirle —replicó, e inundado repentinamente por un vértigo de confianza, agregó—: aunque eso me cueste la vida…

     Dicho esto último con tan grande sentimiento, con tal suspirante tonalidad, que vino a transmitir, sin más, la quintaesencia de la manifestación del enorme amor que en su alma imperaba. Y esto acabó por constituir, ante los ojos de Marcia Paula, la prueba confesa de la gran afición que el capataz le profesaba. Lo cual muy bien asimiló y motivó que catapultara su ánimo para proseguir adelante.

     —¡Ay, Ramón!… Yo agradezco al Cielo el contar con tan profunda lealtad de tu parte. Pero lo cierto es que no hallo consuelo en la aflicción que me embarga…

     Sumamente menguado ya el último vestigio de los anteriores reparos, comenzó a suspirar, presa de tierna melancolía, y luego, reclinando su cabeza contra su torso hasta hundir el mentón en los ubérrimos pechos, pareció caer en sutiles sollozos. Prosiguió:

     —Siento, Ramón, un enorme «vacío» en mi interior… Un vacío que al parecer nada puede llenar… Es como un abismo cuyo fondo se pierde en las brumas, opacas a toda mirada; como una senda cuya ignota prolongación se interna en las tinieblas de la noche; como un revuelto lago de montaña en cuya entraña ninguna sonda toca fondo… Es tan incontrolado como el anhelo de llegar al horizonte cuando se cabalga en medio de nuestra inmensa pampa…

     —Pero niña, ¡Santo Dios!… ¿Cómo puede usted sufrir de esa suerte con todo lo que este mundo ha puesto a sus pies?

     —¡Ay, Ramón!… Que si el mundo y el destino te surten de todo cuanto es posible gozar en la tierra a partir de los bienes que te cabe en suerte poseer, no es menos cierto que, por otro lado, se encargan de engendrarte ciertos deseos y pasiones que esos bienes no pueden colmar.

     A esta altura de la conversación, Ramón barruntaba ya su sentido, pero prefirió seguir la estereotipia del juego, que se había tornado harto fascinante.

     —¿Usted se refiere, niña, a aquellas cosas que dicen que no compra el dinero?

     —Exactamente es así… Mirá, Ramón, lo importante es en primer lugar tener los deseos acordes con la capacidad de satisfacerlos. Por más rico que seas, nadie podrá engastar una estrella en una de tus joyas para que la luzcás en la fiesta.

     —¿No será cuestión, amita, de meter esos deseos en un brete ajustado para que se queden quietos y marchen siempre por donde deben ir? Al final, siempre que haya algo qué hacer, un poco de carne para echar al asador, un poco de yerba para tomar unos cimarrones y una buena china que le rasque a uno la espalda… ¿qué más hay que querer?

     —Esas son sencillas y sabias razones de quien no ha mordido la ponzoñosa manzana del andar mundano —dijo la princesa, más bien como para sí.

     —¿Y quién le ha dicho, mi patroncita, que la manzana está envenenada? ––Luego, en tono de apropiada chanza––: En realidad es una de las frutas más ricas que existen en el mundo y yo no me harto de comerlas.

     Aun dentro de la tristeza que parecía demostrar, la joven no pudo sustraerse a una sonrisa por la simplicidad de su capataz. Mas ya se hallaba convencida que las emociones suscitadas en él iban adelantando a las palabras, que sólo atinaban a guardar algo de su formalidad. La patrona prefirió obviar toda explicación ulterior de su alusión al Paraíso, y ambos cayeron nuevamente en un profundo y revelador silencio. A la hora de ponerle fin, dijo Ramón:

     —Mucho me esfuerzo, mi niña, en imaginarme de qué forma podría yo contribuir para resolver ese problema de «vacío» que tan a mal traer me la tiene; y que yo creo, según mis pocas luces alcanzan a ver, es más propio de visitar a un médico, o a alguno de esos que dicen que curan el alma y que le llaman analistas. Quizá le convenga ir a lo de la Ña Flora para que le ayude con algún yuyito, o algún conjuro de esos que ella sabe cómo preparar.

     —No, Ramón, lo mío no es tanto mal de amores… Y el vacío interior lo es tanto del alma como del cuerpo; pero ambos están ligados de tal forma que yo tengo para mí que resuelto este último quedará automáticamente conjurado el primero… Y es allí precisamente donde intervenís vos… si es que estás dispuesto a ayudar a tu patrona.

     Y ahora, por imperio de la circunstancia y del tenor de la conversación, había puesto una gruesa pincelada de miel en la voz. Los acontecimientos comenzaban a precipitarse y Ramón ya estaba en lo cierto de que la fama de su viril dotación había entrado en los oídos de su patrona. Y… ¡cosa absurda e inimaginable!: ella, principio y fin de sus sueños truncos, el objeto de todos sus desvelos; ella, la inconmovible e inalcanzable diosa de su corazón, se hallaba exactamente en la ruta del encuentro.

     —Le repito, niña, que estoy enteramente a su servicio y con toda la predisposición necesaria para ayudarla… Pero sigo sin entender… A menos que…

     El juego era subyugante para ambos y el capataz, con sus últimas palabras, aparentó como que una fulminante centella viniera a hacerle caer en la cuenta del verdadero significado de todo aquello. El simple atisbo de la continuidad de lo que estaba ocurriendo, con esa extraña e insinuante mezcla de miedo y de gusto a lo prohibido o grande, hizo que una dulce corriente eléctrica le atravesara el cuerpo erizando sus cabellos… En su pecho el corazón tocaba a rebato… Y ya con un jadeante murmullo continuó:

     —¡Oh, niña!… creo entender a qué «vacío» se refiere usted… ¿Me quiere decir que?…

     Ni pudo, ni quiso proseguir su más que confuso discurrir, pues ella apoyó suavemente sus pulposos pechos sobre el de él, e incontinenti depositó cariñosamente la diminuta y nívea mano en su abultado pubis, al par que con ojos entrecerrados le ordenó con un bisbiseo:

     —¡Mostrámelo!…

     —¡Niña!… ¡Niña querida!… ¡Jesús!… —contestó el acoquinado capataz, en el grado supremo del atontamiento; aún le costaba hacer descender a su ídolo al terreno de lo humano—. Yo… ¡yo no sé!… ¡yo no sé!… ¡No debería!…

     Ella ya había reconocido, a través de la elemental palpación, que aquel tibio promontorio guardaba mucho volumen, aun cuando desdibujado por efecto de la ropa. Recostó su cara sobre el pecho de Ramón, cuya barbilla comenzó a acariciar los cabellos de su corona y cuyo olfato empezaba a embriagarse del perfumado e incitante aroma. Luego levantó ella su cabeza y, sin dejar de pasar sutilmente su mano por la región pubiana, con frescos y húmedos labios, aplicó un voluptuoso chupón en el fornido cuello del joven. Notó entonces cómo el palpitante cuerpo bajo el dominio de su mano aumentaba raudamente de volumen.

     El capataz, lleno de ansia, tomó con ambas manos la cabeza de la princesa y en tanto que besaba mil veces su corona y sus cabellos, susurraba:

     ––Niñita… Niñita… ¿Cómo es que mis sueños?…

     Marcia Paula intuía cabalmente el significado de esa inquisición y comprendió que necesitaba al fin vencer los últimos vestigios del candor del capataz.

     —¡Vamos!, ¡vamos, hombre!… ¡Dejate de remilgos!… ¡Mostrámelo de una vez! —repitió con enfáticos e impacientes susurros, incrementando el frenesí de su caricia.

     ––¡Niña… yo… yo… yo!

     La princesa sabía a la perfección que sólo la idealización del amor, en las personas del tipo de su capataz, formado desde niño en la campaña con una concepción cuasi victoriana, era el motivo de sus resistencias al paso del amor físico. Sabía que la había colocado en un pedestal de mármol, el que a ella le había brindado grandes satisfacciones… al principio. Ahora se veía en la molesta coyuntura de descender de dicho podio, ante los pundonorosos ojos de él.

     Incrementó el besuqueo en el cuello y en la barbilla de Ramón.

     ––Vamos… Ramoncito ––le deslizó al oído con tiernísimo susurro––. Yo sé que vos me querés… Entonces, entonces… ¿qué estás esperando para mostrarme «eso»?

     ––Bueno, niñita… ya voy… ya voy…

     Acto seguido y tomando una firme resolución, ella se separó un tanto. Ambos empezaron de consuno a maniobrar sobre el pantalón de Ramón y tal era el nerviosismo que experimentaban que no hacían sino meter mano alocadamente aquí y allá. Así, sus primeros impulsos, superpuestos, inconexos, cuajados de excitación y en parte confrontados, introdujeron el subsiguiente desorden en sus acciones, y no había forma de lograr poner el miembro al exterior. La confusión que les embargaba, y en gran medida el dificultoso manipuleo que la dimensión del órgano viril exigía, sumados a lo recóndito de su ubicación entre las ropas, hicieron perder la paciencia a la ya convulsionada princesa. Atribuyendo tanto escollo al remanente embarazo de su capataz, que parecía no hacer sino estorbar la maniobra, decidió tomar el toro por las astas.

     —¡Quedate quieto, Caray! —clamó—. ¡Desabrochá el cinto de este bendito pantalón, bajá ese dichoso cierre relámpago y dejame hacer a mí!…

     Y una vez que el alelado capataz obedeció, Marcia Paula, de un brioso tirón, arrasó con toda aquella ropa hacia abajo dejándole desnudo entre cintura y tobillos y pudo finalmente, de una manera impoluta, echar al aire el apetecido instrumento. Éste, ya desde largo desinhibido y aquilatado e incentivado por la vigorosa presión que la sabia caricia preliminar le insuflara, había entrado en veloz estado de erección. Libre ya de la contención que las prendas le significaban, saltó al podio, pues, como impelido por un resorte y se presentó ante los ojos de la angurrienta princesa, en todo su señorío y con una fibrosa inclinación en pendiente hacia el cielo.

     …Y entonces advirtió que aquel órgano era verdaderamente majestuoso. En su extremo presentaba un capullo rezumante y de subido tono rosa con tintes violáceos… Se diría que estaba como enrabiado… Y la primera imagen que se apersonó a su mente fue la del espanto que tomó a la negrita Hortensia, en ocasión de avistarlo inopinadamente.

     El hecho es que cuando hubo aposentado su mirada con mayor interés en semejante glande quedó pasmada de estupefacción… y de complacencia: ¡se le ocurrió que era extraordinariamente bello!… No afectaba precisamente las comunes formas hemisféricas o troncocónicas, sino que constituía una sutil combinación de ambas y con una voluptuosa asimetría entre sus ejes vertical y horizontal, pues se le veía más distendido en el sentido de su ancho. Pero, fundamentalmente, ¡era enorme! y ocupaba una inusual proporción del miembro total. Se trataba dicho glande de un primer cuerpo, a partir de su arranque, que inducía a la forma esférica —algo achatada, como se vio— pero luego prolongado en una suerte de domo que afectaba una conformación alargada, pareciendo querer expresar una elongación a propósito para «embocar». La transición entre ambas superficies era sutil y elegante y su piel se veía de una tersura extrema. Lo que más impresionó a Marcia Paula era precisamente su forma, su volumen y su armonía, en todo el conjunto de aquel munificente «descubrimiento».

     Tragó saliva…

     —¡Uy… uy! —susurró, muy por lo bajo, en el paroxismo de la voluptuosidad—. ¡Qué maravillosa criatura!… ¡Qué descubrimiento colosal!… ¡Uyuyuyyy!…

     Marcia Paula no podía dar crédito a lo que sus ojos le mostraban, y en un arrebato de inmensa alegría pensó que todos sus problemas resultarían definitivamente aventados con la posesión de aquel robusto apéndice viril. Inmediatamente vino a su mente la tan particular unidad de medida referida al ladrillo, y sin detenerse ahora en consideraciones de precisión, pudo corroborar la veracidad del aserto. Una sutil reflexión se filtró por sus meninges:

     ––Jamás me hubiera enterado de la existencia de tan rico tesoro bajo mis propias narices a no ser por la chismosa Adelita. ¡Qué importante es tener el radar en funcionamiento aun en el campo de las fruslerías! Lamento los retos que la pobre niña se ligó a causa de su desenvoltura. Al final de cuentas, nada hay tan importante como la capacidad de uno de separar la paja del trigo. Pero… verdaderamente digo que en medio de la más abrasadora sed, ignoraba el fresco manantial subterráneo que se hallaba precisamente debajo de mis pies…

     Casi de inmediato se vio impelida a posar delicadamente sus manos sobre aquel miembro, al que empezó a prodigar tantas especiosas caricias como su singular regodeo le incitara. Se abandonó a la deleitosa tarea… Recordó sus últimos y anhelantes sueños.

     Acanaló la palma de su mano y comenzó a recorrerlo por su parte inferior en un ir y volver desde el vigoroso empotramiento hasta la impresionante y roma capucha extrema… En cada arribo a la base no olvidaba sopesar el saco testicular relamiéndose con su textura de armiño.… Y todo lo emprendió con asaz parsimonia y sensualismo…

     Luego comenzó a multiplicar con ambas manos la tibia frotación, ora cubriendo de mil modos la longitud de aquel órgano, ora empuñándolo en distintos sectores… Con ello fue tomando gustosa conciencia de las propiedades que habría de esperar de tan impensado instrumento: dilatada longitud, hechizante grosor, férrea rigidez y, según era de desear en grado superlativo, proporcionada potencia viril…

     Mientras, su pensamiento se revolvía en la conclusión de que el Cielo le había enviado mágicamente aquel aditamento… ¡La fresca agua bajo la sedienta lengua!… «He aquí -dijo para sí- el instrumento que ha de proveer alivio a mis anhelos… He aquí la viril fuerza curativa que la naturaleza pone a mi disposición»… Forzó un conocido refrán latino: «He aquí: mi ‘vir’ medicatrix naturæ.»

     Ahora le aproximó sus labios… y comenzó a besarlo con fruición, reproduciendo, con ojos entrecerrados, sus muestras de indecible deleite.

     Se detuvo unos instantes, fascinada, a contemplarlo todo nuevamente… Y luego reinició la caricia de vaivén. Por momentos, suspendía el movimiento y aplicaba al instrumento un cadencioso y ligero impulso hacia arriba y hacia abajo, como tentándole su peso; luego, al percibirlo asaz denso y al observar su elástica oscilación, fruto del ansia y de la juvenil rigidez que ostentaba, se solazaba con el subsiguiente flujo de renovado gusto.

     Acto seguido pasó lisa y llanamente a la etapa de la caricia húmeda y cuando se sintió impelida a chupar aquel magnum et formosum caput, comprobó que no cabía en su boca; sencillamente era demasiado extenso y debía abordarlo por partes… Notó cómo gruesas y untuosas lágrimas de ansia de posesión brotaban por su natural vertedero.

     El macho que había en Ramón se licuaba de gozo, mas el enamorado sentir de su exquisita alma ingresaba en los dominios mismos del Empíreo.

     Su adorada princesa, su más acabado ideal de amor, el numen supremo del sacerdocio de su corazón, acababa por adquirir prodigiosa corporeidad en la deslumbrante figura de aquella diosa, arrodillada… y subyugada. Su etérea idealización tomaba ahora forma de carne; se entremezclaba con ella y comenzaba entonces a verter en su alma un destilado de emocionada alegría de vida.

     —¡Quién lo fuera a pensar!, amita… ¡Quién lo diría!… —jadeaba, susurrante, en medio de estertores.

     Y en tanto que permanecía con la cara echada al firmamento y con los ojos cerrados por la ensoñación, su confusa mente se negaba, por momentos, a dar crédito a la prodigiosa vivencia de la hora.

     Mas tampoco podía arrojar fuera de sí una fabulosa sensación de apoteosis: Ramón Luis Zamorano se vio contemplando el mundo desde la cúspide del Olimpo, como un eternal morador del sitial divino.

     Entretanto la bella estanciera pasó a los hechos y desprendiendo la hebilla del ancho cinturón que orlaba sus caderas, hizo deslizar hacia abajo, hasta sus rodillas, al sencillo Far West que vestía; lo propio hizo con su más íntima prenda y, arrodillándose sobre el lecho de pajas en que se encontraban y colocándose en posición de banco, ofreció al aire sus níveas y maravillosamente conformadas nalgas. Se hallaba más que húmeda por la tremenda excitación.

     —¡Ah, mi buen capataz!… ––exclamó, impaciente–– Hagamos el amor… Vamos… La hora ha sonado para ello…

     Ramón, que ya no alberga inhibición alguna sino que es todo instinto y pasión, para nada duda acerca de lo que debe hacer ante la increíble propuesta y, dando infinitas gracias al Cielo de haberse convertido en tan impensado y grato curador de males, comienza a penetrar a su ama con dulcísimos cuidados. Con el sensible domo de su dilatado apéndice hurga, tantea, palpa y escruta el vestíbulo del sexo de su ama, juego en el que se amalgaman los humores respectivos.

     ––¡Ahhh!… ¡ujjj!… ––suspira ella, que por su persistente abstinencia de los últimos tiempos se halla realmente famélica. Luego, para sus adentros––: Bueno Ramón, hasta aquí hemos llegado en la búsqueda del remedio a mis males. Creo que vamos por el buen camino porque hemos dado con la horma apropiada. Ahora es de esperar que su efecto sea todo lo saludable del caso. Vayamos, pues, Ramoncito, a la realización de la cura…

     ––¡Amémonos, caro Ramón!… ¡Amémonos hasta el infinito!… ¡Ahhh!… ––clama a continuación.

     Y al par de tal requerimiento menea las caderas e imprime a su pelvis un sostenido impulso de retroceso para devorar nuevos segmentos de aquella sustanciosa forma. Finalmente, ésta termina alojada íntegramente en la entraña de la bella en menos que canta un gallo…

     —¡Ay!, Ramoncito… ¡Qué delicia inescrutable!

     Ahora Marcia Paula se encuentra colmada como nunca lo había estado… con una plenitud sin precedentes. A tenor de la novedad de la experiencia y en virtud de las hipertrofiadas dimensiones fálicas que ella desde siempre parecía haber apetecido, se halla embargada de una voluptuosidad tal que le cosquillea en todo el cuerpo… Por momentos muestra tal avidez por colmar su dilatada entraña, que se adhiere feroz e impulsivamente al pubis de su capataz… Parece imaginar que las prominencias de las zonas de contacto de ambos pubis le retacean impensados complementos de goce.

     De repente, Marcia Paula se aquieta… El éxtasis que señorea ahora en ella se traduce en la cuasi absoluta inmovilidad de su cuerpo y en la reconcentrada atención de su mente.

     Cuando el joven capataz, impelido por la incontrovertible naturaleza, quiere recomenzar sus movimientos de vaivén, ella exclama exaltada:

     —¡No Ramón… Así no!… No te movás, por Dios… Podríamos terminar demasiado rápido… Y esto requiere tiempo… Acariciame, entretanto, el vientre y el busto.

     Después de desabrochar la blusa, pone Ramón los deliciosos pechos en las cuencas de sus manos. Percibe su suavidad de terciopelo y la plasticidad de su ubérrimo pender… Y, ora a través de ellos, ora tomándola de los hombros, comprime el cuerpo de su princesa contra el suyo, en tanto que ella, en sus escasos instantes de dinamismo, se menea armoniosamente en todas las direcciones del espacio; lo cual, con el entrechocar de las partes en el húmedo y aceitado entorno, provoca una suerte de subyugante cloqueo.

     Ramón se halla agradablemente sorprendido del «vacío» de su princesa. No es la primera vez que tiene una relación con una amante y conoce muy bien los cuidados que debe tomar en cada una de esas circunstancias. En rigor nunca alcanzaba a llegar a una profundidad que le resultara satisfactoria, y cuando, poseído por el atavismo del instinto, se extralimitaba un tanto, originaba quejas y lamentos que le resultaban por demás desagradables. Por ello persistía en él cierta aprensión hacia la desmesura de su miembro, pese a las loas y alabanzas que tal situación le deparaba en medio del paisanaje… hasta que hubo arribado esta noche maravillosa.

     Entonces Ramón se sorprende gratamente… Su pubis logra con desacostumbrada rapidez entrar en fascinantes caricias con el de la princesa y su sutil entrechocar, nimbado de tibia humedad, suena como música celestial a sus oídos… ¡Nunca había logrado una inmersión tan franca y repentina!… ¡Nunca había dejado de percibir la contrapresión del tope de su avance y de oír el gemido de su ocasional amante!… ¡Por el contrario!: su adorada amita se complace ardorosamente.

     Si algo debe caracterizar a aquel bautismo de amor, es el hecho de su duración y de los prolongados lapsos en que ambos permanecen cuasi estáticos, según los imperiosos requerimientos de la patrona. Ésta se siente pletórica, tanto en el cuerpo cuanto en el alma… Hubiera deseado prolongar el momento por siempre jamás, al igual que el famélico huérfano que se halla de repente ante una bien nutrida mesa.

     ¡Al fin percibe que colma su maldito «vacío» interior!… ¡Finalmente encuentra la refrescante lluvia que alivia el fuego abrasador de sus entrañas! Hecha un mar de suspiros, celebra con un angelical y forzado lloro de deleite cada embate que aquel coloso, de vez en vez, generosamente le prodiga. Sin embargo, con cada arremetida, encarece de mil maneras a su dueño que no ingrese en el frenesí final. ¡Tanto es su deseo de prolongar aquel estado de inefable plenitud que, a buen seguro estaba, no habría de conseguir por ningún otro medio! Y es claro que el fidelísimo capataz atiende con especial énfasis a todos los deseos de su amada patroncita, y así reprime su actividad para sumirse ambos en la inescrutable voluptuosidad de la sublimación sexual.

     Posteriormente, rebasado el umbral de la contenida excitación, percibe Ramón que ya no le es posible evitar el advenimiento del goce supremo. Temeroso de la acogida que el final y el consiguiente flujo habrían de provocar en su princesa, pone tiernamente su boca muy próxima a la oreja de ella y, entre jadeos, murmura:

     ––¡Ay, amita!… que siento que se aproxima mi final… ¿Qué quiere Ud. que haga?

     ––¿Qué otra cosa podrías hacer sino lo que manda la ley?… Seguí las instancias de tu naturaleza y dejá de preocuparte por el derrame que has de provocar, que no otra cosa estoy esperando para la culminación de este bendito acto.

     Y comienza a menearse con inusitada vivacidad para acicatear al atribulado capataz a completar el juego. Señal que, en la circunstancia, no dada a lerdo ni perezoso, hace que él la tome fuertemente de los hombros y, apretujándola contra sí con suma energía, realice tres o cuatro furiosos embates, al final de los cuales se desagua al influjo de los irresistibles estertores del clímax.

     Ramón no puede sustraerse a las celestiales delicias que tal goce le procura, toda vez que, al par del regodeo físico del que es portador el orgasmo, se agrega la para él inefable sensación de donación de lo más íntimo de sí mismo, en los efluvios de su semilla. Sin duda interpreta que el depósito de aquellos amorosos humores en la entraña de su amada, viene a constituir la quintaesencia de la muestra del amor a la princesa.

     Marcia Paula, por su parte, siente, en medio de los violentos espasmos de aquel bracamarte inserto en su vientre, que su dilatado interior femenil resulta generosa y tibiamente irrigado, con lo que se redoblan los inenarrables deleites que aquella relación y aquel descubrimiento le habían venido a deparar.

     Poco después, Marcia Paula y el capataz yacían uno al lado del otro, embargados por un relajante hormigueo de músculos y espíritus. Mientras así aflojaban sus cuerpos y mentes, permaneciendo quedamente acostados de espalda sobre el henar, la princesa mantenía dulcemente tomado con su nívea mano el ahora flácido miembro de su capataz. «A partir de este momento -se dijo- poseo el mayor tesoro del mundo… O, mejor dicho, él me posee a mí».

     Transcurridos varios minutos se pusieron de pie y, llevadas sus prendas de vestir a sus posiciones usuales y apoyados luego en el elevado antepecho de la ventana, estuviéronse largo rato contemplando la noche y la luna, sus únicos y mudos testigos. De pronto ella se refugió entre los brazos de su novísimo amante, y poniéndole su boca muy cerca del oído susurró:

     —Esto, Ramón, ha sido realmente maravilloso y es mi deseo que lo repitamos. Pero debo pedirte de corazón algo de la mayor importancia para que todo salga con bien. Vos debés cumplir una promesa que aquí, frente a tu amita, habrás de hacer y en virtud de la cual deberás jurar que por ninguna cosa del mundo habrás de quebrantar tal promesa.

     —Usted bien sabe, mi amita, que en mí tiene un amigo y servidor incondicional. Y así, lo que usted mande hacer, será hecho por mí, cualquiera sea el precio que deba pagar, siempre que no me falten las fuerzas necesarias para ello.

     —Como no escapará a tu juicio, se hace indispensable que esto que acaba de tener lugar aquí deba permanecer en el mayor de los secretos. Nada sería más pernicioso para nosotros y para la marcha de La Soya que ande en boca de todos; vos sabés cómo se solazaría la chusma si pudiera hincar el diente en tan tierna carne. Tendrá que ser «nuestro secreto»… al menos hasta que tengamos conciencia cierta de lo que sea conveniente hacer.

     »Simplemente te pido que me des tu palabra de criollo bien nacido, de que nunca, por ninguna causa, bajo pretexto alguno, habrás de contar a ningún oído lo que esta noche ha ocurrido aquí y lo que, Dios mediante, habremos de reiterar para nuestra suprema felicidad… ¿Lo prometés Ramón?

     —Amita de mi alma: usted sabe que yo no soy de palabra fácil sino más bien retraído. Esto ya de por sí debiera servirle de garantía de que esta boca quedará sellada por la pesada lápida del silencio.

     Y luego, arrodillándose frente a ella y tomando con sus brazos sus muslos, fue a depositar su cabeza entre ellos y con lágrimas en los ojos, agregó:

     ––Amita de mi corazón: sepa que aun desde antes que Ud. llegara a este lar, mi alma ya la había convertido en la suma de todo su amor. Nunca encontraré palabras para hacerle conocer el secreto sufrimiento que hasta esta bendita hora me había embargado… Y jamás han de pronunciar mis labios palabra alguna que pueda mancillar éste, nuestro íntimo secreto. Temería destrozar tanta belleza. Con enorme alegría lo vengo a reputar también como «nuestro secreto», y el que Ud. lo haya catalogado así me inunda de gozo… ¡Sépalo, amita!: que la maldición del infierno caiga sobre mí, si cometiera una indiscreción de tal suerte. La lealtad, fruto primogénito del amor que le tengo, no conoce límites.

     Mientras acariciaba los cabellos del definitivamente rendido capataz, la joven exclamó:

     —Gracias, Ramoncito… mil gracias. Así lo espero y quedo convencida de la sinceridad de tus sentimientos y de la fuerza de tu voluntad… Vení, ponete de pie y probemos nuevamente el dulce néctar del amor.

     Cuando el capataz se hubo incorporado, ella le abrazó con gran efusión y buscando con sus labios los de él, se fundieron ambos en un ardoroso y húmedo beso. Con ello y con la inestimable ayuda de la deliciosa caricia de Marcia Paula que le tentaba por sobre el pantalón el órgano masculino, volvió éste a ganar envergadura rápidamente. Pusieron ahora una lona que se hallaba en las inmediaciones sobre el mismo lecho de paja y, ya totalmente desinhibidos y vencido el último reducto del pudor que se interpusiera entre ellos, procedieron a despojarse de toda la ropa. Así, desnudos como el Cielo los arrojó al mundo, se dedicaron a los más especiosos juegos amorosos, para concluir con un segundo sacrificio de aquel rito de amor que, utilizando la misma postura que el anterior, hizo las delicias en las entrañas de la fogosa joven.

     Quedaba así Afrodita sumamente complacida…

     En esa maravillosa jornada ella había alcanzado el súmmum. Se había sumergido en la fuente de la felicidad. Había contemplado, embriagada, los dinteles de la gloria. Ella se había hallado… ¡tocando el Cielo!…

     A eso de las cuatro de la mañana, ya de regreso a su dormitorio, la dichosísima Marcia Paula se introdujo entre las sábanas de su lecho y se durmió con sabrosa profundidad. 

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Mi Nancy

acutron_1@hotmail.com
FRANCHESCO

Que tal, estoy seguro que una experiencia así no se olvida y se las voy a
relatar, pues fue algo que marco mi vida. Si alguien quiere contactarme para
pasar una sesión igual estoy a sus ordenes, también para esperar sus
comentarios, mi correo es acutron_1 de hotmail.com.

Bueno resulta que un día, llego a mi casa una muchachita para pedir trabajo,
nos la enviaba mi prima desde Chiapas, ya que mi esposa le había comentado
que necesitaba a alguien para que la ayudara en los quehaceres de la casa.

Esta jovencita se llama Nancy, tenia 15 años, menudita de 1.58, con un
cuerpecito muy bien formado, de tez blanca, una tetas maravillosas, de
tamaño excelente, no tenia mucha nalga, pero eso si una cintura muy pequeña
y caminaba con mucho garbo, siempre caminaba erguida y tenia su cabello muy
largo, hasta la cintura.

Pero bueno no los cansare con mas pormenores, pues esta niña esta trabajando
con nosotros hasta ahora, pero resulta que después de un poco mas de dos
años, en los que ella ya estaba acostumbrada a ir con nosotros a todos
lados, se veía feliz, había ido a su pueblo varias veces, pero regresaba muy
pronto, pues no le gustaba estar allá.
Un día como a la media noche, ella se metió a bañar y sin prender la luz
estaba en la cocina, mi esposa que estaba tomando medicamentos, bajo por un
poco de agua y de repente vio pasar una sombre, ella pego un grito y baje de
inmediato, prendí la luz y lo que mire fue a mi esposa con las manos en la
boca y a Nancy envuelta en una toalla en la cintura, su cabello totalmente
mojado y una camiseta cortita que dejaba ver su ombligo y no tenia sostén,
por lo que pude ver sus pezones que parecían querer salir de ese pedazo de
tela.

–Que paso? — pregunte yo

Las dos estaban asustadas, pues a Nancy le dio mucha pena la reacción de mi
esposa

–Esta Nancy que me ha pegado un gran susto

–Perdoneme Sra. es que como ya es tarde no quise prender la luz, pero por
favor perdóneme nunca lo volveré a hacer.

–Bueno bueno, a dormir, ya paso el susto y tu Nancy ya te daré un castigo
por andar a obscuras y despierta tan tarde

Subimos a la recamara apapache a mi esposa y después de tomar su medicamento
a la media hora estaba totalmente dormida.

Nancy toco la puerta preguntando si necesitábamos algo, solo le dije que me
sirviera una copa de cogñac y que ahorita bajaba.

Estaba yo en trusa y con mi camiseta de dormir. para esas alturas Nancy era
mi sueño, mi fantasía sexual, pues estaba divina, me fascinaba su cabello y
sus tetitas exquisitas, pero todo era mas que eso un sueño, además era tan
jovencita que no me animaba mas que a soñar.

Bueno, pues baje como a la 12 de la noche a tomarme mi copa y sin ningún
pensamiento para con esa jovencita.

–A ver Nancy que castigo te voy a poner, has asustado a la Sra, mucho y no
te va a perdonar.

–Por favor Sr. dígale que me perdone, jamas lo volveré a hacer.

Estaba preocupada y con la mano en la boca me miraba con mucha pena, sus
ojitos me miraban asustados.

–Bueno bueno, pues ya veremos que le digo a la Sra, para que te perdone,
pero mientras tanto te voy a castigar.

–Me va a pegar?

–Claro que no Nancy, como crees, cuando me has visto pegarle a alguien.

–Es que mi papa cuando se enojaba me pegaba.

–Pero yo no soy tu papa y mucho menos un golpeador.

Para ese momento Nanacy seguía con su playera, la toalla en su cintura y
secándose el cabello, la vista que tenia era magnifica, su ombligo en tan
estrecha cintura me hizo hacer viscos, y esos pezonsitos que me hacían
sentirme lujurioso y caliente por eso se me ocurrió que……

–>Muy bien Nancy ya se cual va a se tu castigo y será ahora mismo.

Lamiendome los bigotes pense en solo sentir un poco su cuerpo pegado al mío
y mas nada, pero las cosas se salen de control y sucede lo que tiene que
ser. Por eso…..

–Tu castigo será bailar conmigo 5 canciones.

Poniendo manos a la obra la tome de la mano y la lleve hasta mi estudio,
prendí el estereo con música suave y cerrando la puerta con llave, la tome
de la cintura y empezamos a bailar.

–Pero Sr, yo no se bailar muy bien

–No te preocupes yo te voy a enseñar.

La apreté un poco contra mi cuerpo, pude sentir sus senos en mi pecho, y la
apreté un poco mas. Para el inicio de la segunda canción mi verga ya estaba
reaccionando, pues el roce de nuestros cuerpos, yo mismo hacia que fuera
cachondo. mi razón ya no era la que actuaba, era solo el puro instinto
animal de macho dominador. Por eso me bajaba un poco y me subía pegándome
mas a ella, mi verga ya estaba bien templada, por eso cuando subía y roce su
pubis, pudo sentir totalmente mi dureza.

Ella abrió mucho sus ojitos y me dijo

–Pero Sr, que es eso?

–Nada mi Nancy, nada

–Pero es que esta muy duro, que es?

Ella sabia perfectamente lo que era, pero abriendo sus ojos como platos
miraba hacia abajo, viendo perfectamente como mi verga abultaba bajo mi
trusa.

–Tienes que cumplir tu castigo, de manera tal que a callar y sigue
bailando. Además no me digas que tu novio nunca te ha tocado.

–Claro que no, una vez me metió la mano abajo de la blusa pero lo corrí,
pues no me pidió permiso.

Ella a cada rato se ajustaba la toalla que tenia en la cintura. Por lo que
de un tirón se la quite y quedo solo con su playera y unos calzoncitos muy
coquetos.

Ella se repego mas a mi para que no la viera, pero al oído le dije,

–No te preocupes, esto solo es para que cumplas con tu castigo mas cómoda.

La apretaba mas hacia mi, mis movimientos cada vez eran mas elocuentes, mis
manos acariciaban su espalda y sus nalguitas duras y ricas. al oído le decía
que me gustaba mucho, desde que llego a la casa, que la quería y que nunca
la dejaría ir.
Ella con sus grandes ojos solo se repego mas a mi y cerraba sus ojitos,, eso
me dio ánimos para darle un beso suave en los labios. Al ver que no se
molestaba, fui un poco mas a fondo, pero no mucho.

Volví a besarla pero con un poco mas de entusiasmo, abrió su boquita y
suavemente le metí la lengua, en ese momento ella levanto mas su rostro para
permitir que el beso fuera mas intenso. por lo cual nuestra lenguas ya se
estaban buscando con frenesí. mis manos con toda mi experiencia, estaban
recorriendo su espalda, sus hombros, sus caderas y le apretaba sus
nalguitas.
Ya estando tan caliente, me fui arrodillando para besarle sus pezones, le
acariciaba sus muslos y le rozaba su pubis con mi mano, ella se retorcía y
dejaba salir unas mujiditos de placer. Eso me animo totalmente, al tener su
panocha casi enfrente de mi boca, le quite su playera, la cual dejo libre su
par de tetitas exquisitas y pude ver sus pezones como chupón de bebe y muy
duritos, era tan maravilloso ese espectáculo, pues no todas las mujeres
tienen el pezón tan desarrollado, entonces le empece a besar, sus pezones se
los lamía y chupeteaba, me pare poniéndome a su espalda y con mis manos
recorría sus abdomen, sus muslos y mis dedos traviesos tocaban su panocha
sobre su prenda intima, la besaba por todos lados, en la espalda en sus
hombros, en su cuello, en los lóbulos de su oreja, en sus ojos, su nariz, en
todo su cuerpo la besaba suavemente y con delicadeza, mi experiencia me
hacia saber que tenia que darle el mayor placer para que ella cediera a mis
intenciones de poseerla. Ella se retorcía entre mis brazos y se empezaba a
mover pegándome su culito a mi verga que estaba como burro en primavera.

Mis dedos entraron tímidamente en su vagina, la cual ya estaba lubricada y
con deseo de acción. jugué con sus labios vaginales y empecé a darle placer,
pues masajeba su clítoris, que lo sentía como estaba excitado y paradito,
lentamente empecé a hincarme a su espalda y al mismo tiempo y con lentitud
le bajaba sus calzoncitos. Le besaba sus nalguitas con olor a jabon
perfumado,, le di la vuelta y quede enfrente de su panochita, la cual empezó
a sentir mi lengua, ella instintivamente abrió un poco mas sus piernas,
quería sentir mas placer. Por eso mi boca empezó a dárselo a plenitud, ella
al sentir mi lengua entrar en su vagina empezó a retorcerse de placer con
quejidos y grititos.

–MMM ooohhh que rico, por favor mas, deme  mas, quiero seguir bailando con
usted.

Después de unos quince minutos de chuparle su clítoris y de acariciar con
mis manos todo su cuerpo tuvo su primer orgasmo y abundante, era la primera
vez que sentía un orgasmo

–OOOOHHHH, que rico, deme mas, quiero sentir su cosota, quiero MAAAA
S.
–MMMM mi Nancy, mi bella Nancy, todo a su tiempo, tengo que lograr que te
conviertas en adicta a mis caricias a mi, tienes que sentir tanto, que me
pedirás que te lo de todo el tiempo y todos los días.

Después de su orgasmo, la levante entre mis brazos y la lleve a su cama, la
recosté con mucha delicadeza y con ese maravilloso espectaCULO de su
cuerpecito virginal y su cabello que cubría gran parte de la sabana blanca,
tuve la mejor visión de mi vida, mi verga me pedía a gritos lo suyo. Por eso
le abrí las piernas, para ver por primera vez en plenitud su panochita, mis
ojo se abrieron como platos, pues estaba delante de ella, con sus piernas
muy abiertas, lo cual me dejaba ver una panochita, nada común y mucho menos
corriente, pues la tenia chiquita, era una mujercita diferente, totalmente
diferente y ahí la tenia yo para mi.

Empecé a lamerle toda su panocha, mi lengua iba desde su culito hasta lo
alto de sus labios vaginales. era tanto mi placer que ya no podía aguantar
mas. me quite rápidamente mi trusa y mi playera, por primera vez ella veía
una verga bien parada y con sus ojos me hacia saber que le gustaba lo que
estaba viendo.
Me hinque entre sus piernas y sin dejar de acariciar sus chichitas, con un
una mano, con la otra agarre mi verga y se la pasaba por toda su rajita,
llegaba hasta su culito y le daba ligeros empujones, así una y otra vez,
para que sintiera lo que recibiría, para que empezara a sentir mi hombría.

–Por favor Sr. ya métamela TODA, ya no aguanto, lo quiero adentro de mi.

Ya no pude aguantar y con tan bella suplica, obedecí y dirigiendo mi verga
le metí la cabeza, yo sentía un placer anticipado, un placer multiplicado,
pues estaba yo con una jovencita exquisita, virgen, totalmente apretadita y
con una panocha chiquita, que delicia. sentí como la cabeza de mi verga
sentía la dificultad para entrar, sentía desde ese momento como me apretaba
la cabeza.
Ella se movía acompasadamente y se daba empujones, pues necesitaba tener la
verga hasta adentro.

–Mi divina Nancy, esto te va a doler un poco, pero aguanta, el dolor pasa
pronto y llega solo el placer, se que te gustara y me pedirás mas.

Por eso de un solo empellón, le deje ir toda la verga, tenia ya la necesidad
imperiosa de sentir como me ahorcaría la verga con tan apretada y chiquita
panocha

–uuuuggggggg aaahhhhhh, me duele un poco, pero que rico.

Me quede quieto para que ella se acostumbrara a ese invasor que la estaba
desflorando, pero que le daba mas que placer. La besaba en los labios y
nuestras lenguas se buscaban afanosamente, se entrelazaban con placer.

–Aguanta mi Nancy, aguanta esto apenas empieza y te prometo que te
fascinara.

Después de un minutos ella se empezó a mover.
Supe que el dolor había cedido y que ahora como siempre pasa, cuando se hace
con suavidad, cariño y experiencia solo quedaba el placer.
Los jovenzuelos toman una ricura así sin tiento, sin saber que eso es un
bocato di cardenale, sin cuidado, sin saber que el placer es agigantado
cuando se hace con suavidad y sin prisa. Ellos solo quieren desaguar sus
instintos de placer y sin darlo, por eso……

Empecé a moverme en círculos, empecé con el mete y saca, en cada empellón le
dejaba ir la verga hasta el fondo, podía sentir claramente como tocaba fondo
mi verga, era una muñequita deliciosa, era un manjar, que había nacido para
mi, En cada movimiento podía ver claramente como entraba y salía mi verga de
tan encantador agujero. Estaba tan aparetadita y tan rica, que no quería
moverme, pues sabia que como me estaba ahorcando la verga con su panocha
nueva, y sabia que eso me haría tener un orgasmo muy pronto.
La volví a besar en su boquita, ella abriendo la suya me recibía con
entusiasmo,
Le saque la verga y bajándome le empece a chupar otra vez su clítoris, tenia
que ayudarla para que tuviera otro orgasmo antes del mío.

Me volví a parar y mi verga quedo enfrente de su cara, ella con timidez, la
miraba, tomándole su mano, se la puse encima de mi verga para que la
sintiera, la apretó con amor, y ya sin miedo, le dio un beso y se la metió a
la boca, me lastimaba con sus dientes, pues no sabia como hacerlo,
diciéndole como se hacia, poniéndole como muestra con uno de sus dedos, que
le chupaba, ella empezó a chuparme la cabeza, empecé a sentir que mi verga
quería explotar, sentí que era mejor venirme en su boca, pues hacerlo en sus
entrañas, seria muy peligroso, podía dejarla embarazada y eso por muchas
cosas no me lo podía permitir, pues no solo por el problema que tendría con
mi esposa, si no mas aun, por saber que después de un parto, esa panochita
ya no estaría tan apretada, ya no me daría el mismo placer.

–Mi divina Nancy, –con lujuria le preguntaba– cuando tuviste tu ultima
regla?

Ella chupandome la verga,, con ese juguete nuevo que tenia en la boca, solo
also sus ojitos y sin despegar sus labios de mi verga, la besaba diciéndome.

–Hace tres días que deje de reglar. MMMMM, que rico, y que cosota tiene Sr.

Ella volvió a tragarse toda mi verga y me la chupaba con entusiasmo. Pero lo
que me dijo fue música para mis oídos, por eso tomándola de la mano la
levante.

–Mi Nancy mi bella Nancy, espera, estoy a punto de regalarte mi leche, pero
no en tu boquita, sentirás aun más rico de lo que has sentido hasta ahorita.

Con su bella sonrisa me dejo ver sus dientes aceptando lo que yo quisiera.
No podía perderme ese placer de venirme dentro de su panocha tan apretada,
tan virginal, no era lo mismo para mi verga y, para mis sentidos venirme en
su boca, por eso la estreche entre mis brazos y la empecé a besar, me baje
para darle una lamida, una super chupada a su clítoris, cuando sentí que
estaba a punto de explotar nuevamente pare.

–Por favor no se detenga, por favooorrr

Acomodándonos en la cama, me puse entre sus piernas y de un solo golpe le
deje ir toda la verga, ella me rodeo con sus piernas la cintura, permitiendo
que mi verga entrara hasta el tope, sentía la gloria y la estupenda panocha
apretada, ella empezó a moverse como podía, como la deje a punto de su
orgasmo, no tarde en sentir que se vendría nuevamente y empecé un mete y
saca con entusiasmo y con mucho placer, lo que me estaba haciendo sentir con
esa panochita, nunca lo había sentido, pues estaba apretándome con su
panocha toda la verga y eso me daba un placer indescriptible, que no lo
puedo narrar con palabras, al mismo tiempo tras furiosos movimientos,
tuvimos un orgasmo al mismo tiempo, esto era la gloria, pues mi Nancy es de
las pocas mujeres que tienen contracciones vaginales, por eso cuando nos
venimos, pude sentir como su panocha me apretaba, me succionaba la verga y
metiéndole la verga hasta el fondo me quede quieto, no había necesidad de
moverme, su vagina me chupaba con sus contracciones la verga ,de manera
exquisita y única, ahí me quede con los ojos muy abiertos, como encandilado,
después de toda una vida de obscuridad.

Me quede recostado sobre ella, besándola y sintiendo con mucho placer como
su paredes vaginales me seguían chupando y sacando toda mi leche, fue un
orgasmo abundante, muy largo, sentía morir de placer y pasión.
Después de un rato ella me agarraba la verga con pena.

–Mi bella Nancy, después de que un hombre y una mujer llegan hasta donde
hemos llegado nosotros, ya no existe la pena, puedes hacer cualquier cosa
sin sentir pena ni nada.

Ella con placer, con picardía y confianza tomo mi verga y me la masajeba,
besándome el pecho empezó a bajar por mi abdomen, besándome, hasta llegar a
mi verga otra vez y metiéndosela en la boca empezó a chuparla. Esto hizo que
después de 20 minutos de descanso y sus pretensiones, la verga se me
templara nuevamente.

–Que rico es chuparle su cosota Sr, me gusta mucho y si usted quiere,
quiero sentir mas de lo mismo, me encanto.

–Toma lo que quieras mi Nancy, esta verga a partir de hoy es tuya, has con
ella lo que quieras.

Con confianza, se sentó encima de mi ensartándose de un solo empellón toda
la verga y se movía con entusiasmo,

Parando sus movimientos y tomándola de la cintura, me le quede viendo

–Mi Nancy, ahora te voy a dar mas placer pero por tu ojito de atrás.

–COMO?, pero se puede?, eso me va a doler mucho, esta muy grandote para que
esto entre ahí.

–No te preocupes, entra y perfectamente, claro que te dolerá, pero sentirás
lo mismo, dolor y luego puro placer.

La puse en cuatro patitas y ensalivando su culito me acomode para desflorar
tan bello rincón.

Su olor a sexo era tan fuerte que estaba yo nuevamente como burro en
primavera, con la verga bien tiesa y a punto. pero al mal paso hay que darle
prisa, y como eso seria doloroso para ella, de un solo golpe y sin avisarle,
teniendo bien lubricada la verga y su culito, se la metí hasta el fondo.
—-HHAAAYYYY, UUUGGGG, POR FAVOOOOR, no mas, me duele mucho, así no me
gusta.

Deteniéndome para que se acostumbrara a tener mi verga en su culito deje de
moverme, ella se dejo caer boca a bajo en la cama y yo con ella, no le saque
la verga, después de un minuto empecé a moverme, me apretaba la verga, no
tanto como su panocha, pero sentía lo ajustado de su culito. pero ella
insistía en que lo sacara, no le gustaba lo que sentía. Pero bueno como ya
me había dado el gusto de desquintar su culito, pare

–Esta bien mi Nancy, tranquila, no voy a hacer nada que no te guste,
lentamente, muy, pero muy lentamente le empecé a sacar la verga de ese
agujero. ella solo se quejaba.
A besos le pedí perdón, le dije que hacerlo por ahí también se podía, pero
que si no le gustaba, ya no lo intentaría.

Después de una larga sesión de caricias, ternura y besos, ella se puso
cachonda nuevamente y solita se ensarto montada en mi, sentía con cada uno
de sus movimientos como mi verga llegaba hasta el fondo, la penetración era
total, no le quedaba nada afuera, mis bolas chocaban con su culito
adolorido, pero ella estaba en los suyo. después de unos momentos yo
aguantaba mi orgasmo y ella explotaba nuevamente.

–OOOOOHHH que delicia, que rico, quiero tener su pitote adentro siempre,
AAAAAHHHHH, podía sentir perfectamente como sus contracciones vaginales
empezaban a chupar mi verga, volteándola la puse en la cama y la ensarte
nuevamente, hasta el tope, hasta que mis huevos chocaron con sus nalgas y
así estuve por un buen rato, dandole duro toda la verga, ella nuevamente
tenso su cuerpo y se venia otra vez, acelerando mis movimientos con un mete
y saca riquisimo explote en otro orgasmo abundante y fabuloso, riquisimo.

–AAAAAHHHH mi Nancy, OOOOOHHHH, que divina eres mi Nancy, que sabrosisima
eres

Y ahí nos quedamos abrasados sin sacarle la verga, pues aun no terminaba de
chuparme la verga con su exquisita panocha.
Después de un orgasmo mas mío y varios de ella estaba yo seco, mi edad no me
permitía reponerme tan pronto.

–Mi Nancy, mi bella y divina Nancy, te quiero mucho y después de esto te
voy a tener como princecita, te voy a dar todo lo que me pidas.

–Sr. esto para mi siempre era algo malo, mis padres me dijeron siempre que
los hombres eran malos, mi mama me dijo que debería de tener siempre miedo
de los hombres pues lastimaban mucho al meter su cosota en una. pero ahora
se que solo lo decía porque mi papa no fue con ella como usted conmigo, y
también para no quedar panzona.
— No te preocupes mi Nancy, jamas quedaras panzona, pues siempre lo vamos a
hacer siete días antes de tu regla y siete días después de tu regla, pero
prométeme que no lo va a hacer con nadie mas, pues hay que mantenerte así de
sabrosa y apretadita, no quiero que pierdas esa cualidad.

–Hay Sr, ya no me quiero ir de aquí y menos ahora, esto me a gustado tanto
que le diré a mis papas que no me puedo ir, ellos me están diciendo que ya
me regrese, pero no me iré de acá, yo también siento que lo quiero mucho.

Dándole un beso le puse su camisón, la arrope, le di un gran beso de
despedida en su boquita y me fui a dormir. con un brillo nuevo en mis ojos.

Mi Nancy me dio mucho placer a partir de ese día. después de tres meses,
cuando ella y yo estabamos en lo nuestro me confeso que había hecho lo mismo
con su novio, pero que el se vino muy rápidamente y no le permitió sentir
nada. Me dijo que jamas lo iba a hacer con nadie mas, solo conmigo. Después
de reprocharle su actitud, pues a lo mejor la habían embarazado, me dijo que
no me preocupara que se había puesto condón el fulanito, Me quede tranquilo,
pues solo mi leche había inundado tan exquisita panocha.

Ahora tenemos una vida feliz todos, ella siempre va con nosotros a todos
lados, a partir de ese día, le dije a mi esposa que le comprara ropa a
Nancy, que por nuestras visitas ella tenia que estar siempre bien vestida, y
mi Nancy, mi bella Nancy, de premio siempre me da y toma lo que mas le
gusta.

Espero sus comentarios para contarles cuando llego Odilia, su primita, que
era un año mayor que ella, pero nueva de pies a cabeza, muy nueva de la
cintura para abajo.
Mi msn y correo es acutron_1 @ hotmail com

De ustedes afectisimo Franchesco

 

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Con un perrito callejero

Hola, me llamo Karina y realmente me gusta la zoofilia, soy una adicta. Soy alta y delgadita, tengo 20 años y vivo en Lima Perú.

Les cuento que estaba muy caliente por esos días, por que no pude follar con ningún perrito en aproximadamente por 1 mes, así que estaba buscando la oportunidad de quedarme sola en mi casa para follar con mi perrito Rufo, pero lo malo es que se lo llevaron al campo por un tiempo y yo me quede solita sin su compañía. Me masturbaba como loca casi todas las noches, salía con mis amigos, me acostaba con ellos, pero no era igual. Quería sentir la pija de un perro en mi vagina, quería sentirme una perrita de nuevo, me sentía como una perrita en celo sin ningún perrito para que me complaciera.

Bueno, un dia, mis padres salieron a una fiesta a las afueras de lima que duraría por lo menos un día  y yo me quede sola en la casa. Salí a la calle para divertirme y dejar de pensar en el sexo, me bañé en agua helada y vi que mi rajita estaba toda roja y mojada, necesitaba un perro con urgencia, traté de no pensar en eso, me vestí y me fui a pasear a un parque cercano a mi barrio me acerqué a una fuente de sodas y me compré un sándwich de jamón, salí a la calle y seguí paseando por el parque mientras veía como jugaban los niños, en eso un perrito bonito se  me acercó  moviéndome la colita   atraído por mi sándwich, era de buen tamaño, gordito y de raza labrador, y parecía no tener dueño así que le di un pedacito de pan, el perrito empezó a comer, entonces yo ya mas confiada empecé a acariciarle la cabeza, el perrito se hizo mas dócil  y cariñoso conmigo, la calentura me mataba mientras lo acariciaba, y se me ocurrió llevarlo a mi casa para poder hacerle cositas, ya que estaba solita, no había nada de que preocuparme, y era un perrito muy mono, así que empecé a darle pedacitos de mi sándwich e hice que me siguiera asta mi casa, y cuando llegamos a la entrada yo le abrí la puerta pero el perrito no quería entrar y yo le mostré mas comida y le decía entra amor, adentro te daré mas comida, entonces el perrito entró todo desconfiado, mmm yo sentía que explotaba por dentro, me lo quería comer ahí mismo, pero el perro estaba nervioso y quería irse, pero no lo deje me le puse en frente y cerré la puerta antes de que saliera, fui corriendo a la cocina y le traje lechita, se la puse en un plato y el empezó a tomársela, yo me fui a cerrar todas las ventanas y puertas,  me quite los zapatos y el blue Jean y me saque el calzón, vi que mi toallita estaba mojada, y que decir de mi rajita toda roja, empecé a masturbarme y me acerque al perrito que ya estaba acabando su lechita, le empecé a acariciar la cabeza y la espalda mientras con la otra mano me frotaba el clítoris y me metía los dedos a la vagina gimiendo y diciéndole al perrito que lo amaba y que quería ser su perrita y lo feliz que seria de tenerlo dentro mío, el perrito se acabo la leche, y me miro mas confiado, yo empecé a acariciarle la cabeza, mientras me masajeaba la panocha; entonces le mostré mi mano toda mojada por mis jugos, y el perro empezó a lamérmela interesado.  Yo me senté en el piso con las piernas abiertas y le mostré mi rajita toda mojada “quieres comerla? Es tuya mi rey, hazme lo que quieras” le dije y el perro empezó a acercarse a mi rajita y empezó a lamérmela, mmmm que ricooo, sentía como su lengua se frotaba en mis labios mayores “así mi rey” le decía mientras  me abría la rajita con los dedos y su lengua se paseó por la entrada de mi vagina y empezó a lamerme el clítoris, yo estaba toda caliente con la cara roja, diciéndole “no pares perrito… quiero ser tu perra”, me subí el polito asta el cuello, me desabroche el sostén y empecé a acariciarme los pezones  mientras el perro me lamía toda la rajita, empecé a gemir y le decía  “no pares mi rey así… sigue asíii”, sentía como su rasposa lengua me lamía el clítoris, empecé a gemir con fuerza “asiiii…” le decía, asta que sentí que sus dientes me mordían los labios vaginales, me hizo doler y me asuste, así que le aparte el hocico de mi rajita, me acerque a su pene y vi  que había crecido mucho y su puntita se le salía del forro, acerque mi cara con cuidado y empecé a lamérsela y chupársela, y con mis manos le arremangué su forrito y el perro se quiso salir pero no lo deje lo sujete con mi mano de las patas, le empecé a lamer el pene y me lo tragué de una sola, empecé a chupársela con fuerza, el perro empezó a moverse como si estuviera follando, yo sentía como su pene empezaba a crecer en mi boca, “mmmm que rico” y empezó a soltar unos pequeños chorritos de semen, que caliente y rico que estaba, yo quería sacarle todo pero quería también que me montara así que deje de chupársela, pero parecía que el perrito quería que continuara así que se la lamí y le dije “no quieres follarme? Soy toda tuya…”, me senté, mientras el perrito me veía jadeando con la lengua afuera, entonces me puse como perrita, de cuatro patas  y quebré mi cintura todo lo que pude  entonces el perro que estaba tan caliente como yo y ni bien vió mi rajita se monto encima mío “siiii… follame mi rey, hazme tuya, tu perraaa…” le dije, pero pesaba mucho y tuve que pegar mis hombros y mi cara al piso, el perro intento metérmela con fuerza pero no le atinaba, y yo me masturbaba como loca sintiendo la punta de  su pene golpear toda mi colita asta que me la atino por el culito y yo me asuste, pero la sacó nuevamente, entonces le agarre la pija y lo guié asta la entrada de mi vagina, mientras le decía “métemela con fuerza mi rey métesela a tu perrita asta el fondo” entonces el perro me la metió con toda fuerza y de una sola, yo grite, sentía como mi vagina que había estado un buen tiempo sin ser penetrada, se rellenaba con un gran trozo del pene de mi amante canino, “mmm asiii…” empecé a gritar como puta mientras el perro me la metía mas y mas, grite como si fuera la primera ves que lo hacia, y el perro bombeaba con fuerza, de atrás para adelante, como loco, y yo empecé a acariciarme los cenos, y me frotaba los pezones contra la áspera alfombra. “damelo todo.. asiii solo como tu sabes mi señor asiii…” gritaba, mientras sentia como su pene crecía y se frotaba dentro de mi vagina, entonces el perrito empezó a aumentar su velocidad yo empecé a sacudirme a su vaivén mientras sentía como su pene crecía y crecía, mi vagina estaba tan llena y se sentía delicioso “aaaaa…. asíiii asi  siiii mi reeyy” le decia mientras un orgasmo llegaba, y cuando llego, grite… grite como perra en celo mientras mi cuerpo convulsionaba poseído por el placer, me sacudí como loca mientras salían chorros de mi panocha, y el perro se movía loco de placer, en eso sentí su enorme bola en la entrada de mi vagina luchando por entrar, gemí de placer, “métemela… métemela toda” le dije, y sentí como su bola empezó a entrar, el perro empezó a aumentar su fuerza, y me la metió toda, yo grite mientras las lagrimas salían de mis ojos, y sentía como mi vagina se llenaba por completo y el placer llegaba en oleadas gigantescas, empecé a convulsionar como loca mientras le gemía toda cansada “dame mas… dame mas mi nene destrózame hazme tuyaaaa…”, y sentí como mi vagina empezaba a tener contracciones mientras el perro bombeaba como loco, grite con toda mi fuerza, que orgasmo tan grande, sentía que mi cuerpo se quemaba, que mi clítoris estallaba, y el perro seguía bombeando como locomotora que nunca pararía, mientras yo me sacudía exhausta y los orgasmos venían uno tras otro, asta que no pude mas, sentí que el aire me faltaba, pero los orgasmos continuaban le grite, “paraaa… para por favor… no puedo mas, me mueroo..” , pero ni yo me escuche, estaba tan cansada que las palabras no me salían de la boca y sentí como el perro se aceleraba, mi vagina quería explotar, era delicioso pero extremo, grité como puta pidiendo clemencia, sentía que tanto placer me mataría, y el perro bombeaba sin compasión cada vez mas rápido, entonces empezó a eyacular, sentí como su caliente semen me inundaba las entrañas, gritee… con todas las fuerzas que me quedaban, mientras que un orgasmo maravilloso me quitaba todas las fuerzas, y el perro se volteó hacia atrás y yo quede ahí apenas consiente tan cansada que solo podía respirar, guié mi mano a mi clítoris y ni bien lo toqué este estallo en un nuevo orgasmo que me hizo convulsionar y gritar de nuevo.

Ya no podía ni respirar, estaba muerta, toda exhausta ahí con el perrito unido a mi, me eché y traté de dormir un rato para recuperar el aliento, pero el perro me jaló como queriendo desabotonarse, yo lo ayude jalando tambien, pero nada, solo consiguió causarme dolor,  creo que a el tambien le dolió, asi que se echó como pudo, y yo me le acerqué y empecé a acariciarle la cabeza “me destrozaste  perrito” le dije “me hiciste toda tuya, tu perrita”

Pasaron creo unos 8 minutos donde me recuperé un poco, y yo sentia que el pene de mi señor ya se había desinflado un poco asi  que se lo agarré con las manos y lo saque de mi vagina, ammm cuanta leche salió de mi interior toda mezclada con mis jugos, yo acerque mi cara al piso y me la bebí toda, pero el perro se acerco tambien como diciendome “yo tambien quiero” y me empezó a lamer la boca, mmm que rico, empecé a acariciarme el clítoris y lo empapé con su semen, se lo mostré y el perrito me empezó a lamer, yo grité y me corrí una vez mas, pero la vagina me dolia, asi que traté de pararme, pero no pude. Sentía mis piernas como gelatina, pero me agarré de las paredes y me pude parar, busqué una toalla y me la puse de falda. Entonces le di comida a mi campeón y me fui a bañar. En la ducha me ví la vagina y vi lo grande que estaba, traté de masturbarme pero me dolia asi que solo me dediqué a bañarme. Cuando terminé salí aun adolorida a buscar al perrito, lo llame le dí un besito en su trompita y le dije “gracias mi rey” y le abrí la puerta de mi casa, el perro salió y se fue sin siquiera voltear. Bueno que mas da, me hizo feliz y se fué.

Después traje un trapeador y limpié los restos de semen del piso. Y pasadas 3 horas llegaron mis padres felices de tener una hija tan linda como yo, sin imaginarse lo golfa que soy jajajja.

 Bueno amigos espero que les haya gustado mi relatiko, y este es mi mail lokarina_979@hotmail.com, escribanme pues y que les vaya mis zoofilicos amigos. Un beso su amiga karina

 

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Mi vecina Erica

Hola soy su vecino Alan y esto me paso después de mi encuentro con Celia mi vecina:
Como ya les había platicado antes vivo en una colonia de varias cerradas, en la parte de atrás de mi casa hay otra cerrada y las casa dan unas con otras por la parte de atrás. Cierto día estaba yo preparándome para bañarme y me desvestí en el cuarto de atrás que es de mi hijo ya que nos bañamos juntos por que el tiene un año solamente. No me doy cuenta que la ventana y cortina están abiertas y me desnudo de lo mas normal, percatándome que alguien chifla el mentado Fuuii Fuuii chuleando a alguien, hasta que me asomo por la ventana y me doy cuenta que es a mi al que le están chiflando, en la ventana de enfrente pero al lado izquierdo está asomada una chava de unos 30 años mas o menos, bastante guapita y me dice “hola, que haces?” “Me voy a bañar, no gustas?” Le contesté. “La verdad si se me antoja y mucho pero voy de salida, claro que si me dices tu nombre y el número de tu casa yo paso después”.

Le digo el número de mi casa y le comento que venga en las mañanas ya que en las tardes llega mi esposa. “OK ya quedamos, por cierto me llamo Erica”. “Yo soy Alan”
Días después, yo sin saber nada de Erica me disponía a meterme al Internet cuando llaman a mi puerta. Al abrirla me encuentro con una chica de cabellos rubios chinos alborotados ya saben como Ely Guerra en uno de sus videos, de tez blanca con unos lentes de sol enormes que terminaban en una nariz respingada y unos labios muy delgados pero muy besables,  traía una blusa blanca con rayas grises con los primeros dos botones desabrochados los cuales descansaban en unos senos redondos y grandes que coronaban en unos pezones parados y duros, lo cual me dejaban ver que no traía brassiere, una cintura pequeña, lo se porque la blusa estaba fajada dentro de los jeans, unos jeans blancos pegados que no dejaban a la imaginación un par de nalgas redondas y sabrosas sino que las confirmaban.

Al ver a esta mujer no pude hacer nada mas que babear y preguntarle “Si, te puedo ayudar?”

“Hola, soy Erica, no me reconoces?

“Pásale, la verdad no te reconocí con esos lentes”

“Te dije que pasaría uno de estos días y aquí estoy”

“Pues no puedo estar mas complacido, te ofrezco algo de beber?”

Rápidamente sirvo un par de tragos y le doy el suyo, “Mmmhh que rico y con la sed que traigo, oye vas a pensar que soy una descarada al presentarme así pero es que me gustas mucho, y siempre que puedo te veo como te desnudas para meterte a bañar”

“Y por que no habías hablado antes?”

“Tal vez por pena y hasta ahora me decidí”

“Entonces ya que me has visto desnudo no creo que esto te moleste”. La acerqué a mi de un jalón y le planté un beso en la boca que duró como 5 minutos, todo el tiempo que duró el beso nuestras lenguas juguetearon entre si y en la boca del otro, nuestras manos también hicieron lo suyo, las mías posadas en sus tetas, sobándolas, masajeándolas por encima de su blusa la cual comencé a desabotonar para confirmar lo que había pensado al principio, no traía sostén, tome sus pezones con mis dedos y comencé a pellizcarlos delicadamente haciendo  que se pararan mas, sus manos frotaban mi miembro por encima del pantalón logrando una erección en muy pocos segundos, hábilmente bajó el cierre y desabrocho el botón del pantalón sacando a flote un miembro ávido de caricias, lo comenzó a jugar con sus manos y tomó la punta con sus dedos jugando con ella y acariciándola, después posó su mano derecha abajo del glande y comenzó a subir y bajar moviendo su mano de adentro hacia fuera al mismo tiempo. “Mmmhh, que rica la tienes papacito, me la quiero comer” Antes que yo pudiera decir algo  se bajó y puso la punta de su lengua en la punta de mi pistola comenzando a lamerla como un helado, esto me prendió muchísimo ya que soy fanático del sexo oral, después se metió el falo a la boca comenzando a mamar como nunca me la habían mamado, mi verga entraba y salía de esos labios tan ricos una y otra vez, verla trabajando era de lo mejor, para no quedarme atrás, abrí sus jeans y descubrí una tanguita de hilo dental también blanca metida en sus rajas, como pude baje el jeans hasta la mitad de sus muslos y solo hice a un lado la tanga, comencé a meterle dos dedos en su puchita la cual ya estaba empapada por sus jugos, aprovechando también la posición comencé a hacer lo propio con su culito, le mojé la entrada y con el pulgar masajeaba el músculo para que después no costara tanto trabajo, Erica solo pujaba y sacaba los mmhhs mas cachondos que hubiera escuchado antes, se separó de mi verga y me bajó el pantalón hasta los tobillos de un solo jalón, con sus manos jugueteaba con mis huevos, los acariciaba con mucho cuidado, esto terminó de excitarme y le dije: “Ay mamita, me voy a venir”. “Dame toda tu leche que me la voy a tragar toda”.

Al decirme esto solo bastaron unos 10 segundos y mi verga sacó leche como desesperada, Erica diestramente no dejo caer una sola gota, no solo tragándose lo que le había arrojado sino limpiando cada rincón de mi pistola, la dejo como recién lavada, pero no se despego de ella sino que siguió mamándola para que no perdiera su erección se bajó del sillón y se arrodilló enfrente de mi, después de 5 minutos, ya recuperado de tremenda venida, la tomé de los brazos y la levanté la desnudé completamente, tenía un cuerpo de ensueño, le quité la tanga y yo me desnudé también, ya sentado en el sillón ella se subió abriendo sus piernas y la acomodé en mi verga, la senté de un solo golpe, Erica grito de placer: “Aaayyy que bruto, que rico me sentaste, cógeme así fuerte” Yo obediente la subía y bajaba fuertemente, mientras nuestras bocas se fundían en tremendos besos que nos quitaban la respiración, de vez en vez y cada vez mas seguido Erica se quitaba del beso para gritar: “Aaaah, aaaah, mas dame mas, que rico, no pares.” En una de esas gritó mas fuerte y me tomó del cuello para impulsarse mas fuerte dando solo cuatro empeñones violentos terminando en una venida tan rica y cálida, por lo que seguí con lo mío, yo estaba a mil y como ya me había venido una vez esta me iba a tardar, por lo que la levanté y coloqué de rodillas en el sillón, dándome la espalda y sus manos recargadas en la pared, que vista tenía un culito rosadito esperándome, por lo que no hice mas larga la espera y me fui en contra de el, mi verga estaba bien lubricada con sus jugos y por la venida de ella se le escurrieron jugos a la entrada del culo por lo que no iba a tener problema, me coloqué atrás de ella y sin dejarle tiempo de nada la penetré por su culito de un solo golpe, Erica bramaba de dolor y placer conjugados, sus uñas casi se entierran en la pared, “Ay cabrón me partiste la madre riquísimo, dame mas”. Yo, le di mas, en cada empujón mi verga se enterraba hasta el fondo, la sacaba hasta la punta y se la volvía a meter toda de un solo golpe, no paré hasta que vi que Erica no se podía sostener en sus piernas, sin sacársela de su hoyito, la acomodé en el descansa brazos del sofá, parecía muñeca de trapo sus manos y cabeza colgaban del otro lado del sillón mientras que su culito ensartado se respingó mas al colocarla así por lo que me dio mas margen de metérsela más, al sentir como entraba mas Erica dijo. “Me vas a matar de lo lindo cabrón, mátame así, pero tu muévete yo ya no puedo, cogeme como nunca papito”. A lo que se la volví a sacar toda y de un solo golpe se la metí mas adentro, Erica se paró con las manos recargadas del descansa brazos indicando dolor pero inmediatamente calló otra vez, “no pares, cogeme.”

Así seguí unos 20minutos más hasta que sentí como me iba a venir nuevamente. “Me vengo mamita aaaah” descargándole toda mi leche otra vez pero ahora en su culito, como ya no le cabía nada mas, mi leche se le escurría haciendo hilos al salir. Me salí de ella y me coloqué al lado, 10 minutos después Erica se incorporó y se acostó encima de mí.

Quedamos de vernos mas seguido, se vistió después que recuperó fuerzas y nos despedimos con un beso largo y cachondo.
Escríbanme al mail vecinomaximus30@yahoo.com.mx sobre todo chicas que quieran ser mis vecinas.

 

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