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Un Hogar Completo (X).. Rosa y el Cura

Para el fin de semana siguiente a la salida de Adelia de nuestra casa, aún no habíamos conseguido una segunda empleada, y el viernes el trabajo se acumulaba y mi criada mayor, Rosa, estaba que botaba el tapón.  A pesar de nuestras entrevistas, ninguna de las candidatas parecía llenar las condiciones necesarias para ayudar a Rosa con los quehaceres de la casa.  Así, ese sábado, cuando regresé de mis habituales 18 hoyos de vagabundería (porque soy tan malo para el golf, que ni siquiera puedo decir que juego), me encontré a Rosa y a toda la caballería haciendo limpieza de emergencia.

Estaban en ropa de trabajo, Rosa con un short holgado y remera de tirantitos, Mayra con un short de jean y camiseta de mangas; además de ellas, habían dos jovencitas subidas de pie y de espaldas en los muebles de la cocina, ambas vestidas idénticas, ambas rubias, una de cabello corto rizado y la otra igualmente rizado, pero de cabello por los hombros; ambas vestían cacheteros (shorts muy cortos que dejan ver el inicio de la nalga), ambas evidentemente adolescentes, y ambas poseedoras de piernas torneadas que culminaban en un apetitoso culo.

Al entrar y ver semejante desorden de gente pregunté que hacían, a lo cual Rosa respondió sencillamente que “como usted es un desgraciado que no le da la gana contratarme una asistente me tuve que traer a toda la familia”; para carcajada general, baste decir.  Así, las gemelas bajaron de los muebles de cocina y me las presentaron; ahí caí en cuenta de mi error, no eran gemelas, eran gemelos; digo, la de cabello largo si era una chica, que respondía al nombre de Raquel (cuando le daba la gana!!), el otro era Denis, que ya viéndolo de cara era parecido a su hermana, pero no mucho, de ademanes y gestos tanto o más femeninos que los de su hermana; obviamente gay el chico.  Ella estaba apenas a medio desarrollar, con sus catorce años recién cumplidos, pero con una expresión y dominio de la sensualidad de su cuerpo que solo una adulta muestra; y él igual, parecían esos chicos que no saben, pero que quieren que su vida sexual empiece ayer!!.

Los dejé trabajando y me fui al estudio a trabajar un poco y alejarme del escándalo que hacían esas mujeres; al rato llegaron las gemelas a hacer la limpieza, dejándome asombrado el parecido de gestos y cuerpo de ambos, aún tomando en cuenta la diferencia de género; el impacto subconsciente fue tal, que nunca volví ni siquiera a pensar que Denis no fuera una mujer, para mi siempre serían, a partir de ese día, las gemelas.

Ya tarde en el día, parecía que el huracán de limpieza había pasado, a las seis de la tarde decidí que el esfuerzo hecho por ellas había sido suficiente, así que salí de mi estudio, las mandé a ducharse y les propuse que, mientras ellas se arreglaban, yo iba cocinarles algo para la cena.  Recordé mis artes culinarias y les preparé una paella valenciana, la cual comimos con fruición, irrigándola con un buen vino; después de la cena y en la sobremesa pasamos a la sala de estar, donde decidimos tomarnos unos tragos, para los mayores, y unas cervezas ligeras para las gemelas, bajo la atenta mirada de Mayra.  Entre broma y broma, muchas de ellas subidas de tono, me di cuenta que las gemelas estaban al tanto o sospechaban fuertemente de las relaciones sexuales esporádicas que mantenía con su madre y con su abuela, lo cual hacía más mordaces las frases de doble sentido de las chicas, para risa de los demás.  En una que va y otra que viene, Rosa me dice, “Mario, yo le debo a usted el resto de mi anécdota en el convento, no?”.  “Si señora, me la debe, ¿por qué?, ¿me la va a contar ya mismo?”, “Pues si, la verdad es que si”, en eso Mayra dice… “Mamáaaa, respete que están los gemelos!!!” preocupada por las chicas…  “Nooo, si a usted se la conté cuando tenía trece años, además ellos saben que su abuela no es una santa, ¿verdad muchachos?” dice Rosy volviéndose a sus nietas.  “Ni santa ni mucho menos, si ya he visto el juguete que tiene en la mesa de noche, abuela…” dijo Raquel muerta de risa.  “Bueno, está bien, pero no se pase Ma” dijo la grandota de pechos imponentes, recostando la cabeza en mis regazos, como lo hiciera cuando su madre nos relató la primer parte de la anécdota; las gemelas se sentaron juntas en un sillón, a mi izquierda, fuera del campo de visión de su madre, y Rosa se sentó a mi derecha; así, y cruzando sus piernas empezó la segunda parte de su historia.

“Bueno….. en dónde me quedé…  ahh si, cuando Mariana y la hermana Soledad me iniciaron en el sexo lésbico…”

“Abuela!!!, que zorra!!!” dijo Raquel con sorna, “callate, que ya deseara yo que todas fuéramos así de zorras en la familia; déjala contar” dijo Denis con determinación.

“Si, eso, déjeme contar y no juzgue sin saber, mocosa atrevida…”

Bueno, el asunto es que conforme iban pasando las semanas yo iba cada vez más a chequeo médico por mi embarazo, con la hermana Soledad, que una vez si y otra también terminaba en sesiones de sexo deliciosas.  Igualmente fui haciendo migas con las otras novicias, así como con las monjas y con los dos curas, principalmente el padre Sebastián.

Una tarde de domingo, después de las misas que se ofrecían en el convento para los vecinos, me sentí un poco indispuesta, y decidí ir a la habitación de la hermana Soledad, con quien tenía más de dos semanas de no coger, y con la esperanza de pasar una tarde de sexo, más que Mariana, la pareja oficial de Soledad estaba en casa de su familia ese fin de semana.  Pues feliz de la vida me dirigí a la habitación, pero cuando estaba por entrar (las puertas no tenían seguro) escuche dos voces discutiendo, no acaloradamente, pero si discutiendo, en ellas reconocí a Soledad y al Padre Sebastián.

“….  además Padre, usted es el que se ha alejado de todas, parece que le dio otra vez la santulona…”  “pero Hermana, usted sabe bien que es pecado, que la iglesia no lo permite…”  dijo compungido el cura.  A lo que la novicia le respondió cortante “no me joda, nosotros nos debemos al señor, no a la iglesia, además las demás muchachas están muy enojadas, porque tienen necesidades y usted es el único por acá que les saciaba la sed de hombre”.

A estas alturas ya yo había abierto la puerta levemente y los podía observar conversar uno a la par del otro, sin mirarse, más bien viendo por la ventana  a lontananza.   Divertida, también vi la mano del Padre Sebastián tocarle descaradamente el culo a la novicia, mientras estaban en un silencio de su conversación.

“y además, Mariana no vería con buenos ojos si se da cuenta que cogimos, ella es muy celosa, y apenas me deja tener sexo con las otras, principalmente con Rosy, por lo que no creo que le guste saber que estoy teniendo sexo de nuevo con usted…”  “si, bueno, tiene razón, pero Soledad, me muero de ganas de cogérmela a usted!!”  suplicaba el cura, apretando más duro la nalga de la Gran Diosa del Sexo…

“Por cierto, ¿qué tal coge esa chica Rosy, la que está embarazada, que tiene como quince años no?”  preguntó Sebastián con morbo en el tono de voz, yo al sentirme aludida agudicé el oído, pues me interesaba mucho la opinión de ese ángel con cuerpo de tentación…  “Delicioso, en la cama es una fiera, se apunta a todo y lo hace muy bien todo…y si, es apenas mayor que yo, ¿porqué mejor no se la coge a ella?, de veras padre, ando con muchas ganas de sexo, y si sigue insistiendo voy a hacer una barbaridad que no quiero”.   Luego de otros treinta segundos de silencio, en el que Sebastián había cambiado de nalga, acercándose más a soledad, yo ya había tomado una decisión, y entré lo más silenciosamente posible a la habitación.

“Tengo una idea” dije yo alegremente, dándole tremendo susto a la pareja de religiosos…  “¿Por qué no cogen ustedes, mientras yo estoy en el cuarto?, y después yo le digo a Mariana que era yo la que cogía con el padre Sebastián, mientras usted nos miraba; así no va a haber problema si alguna de las chismosas de ahí afuera escucha el escándalo…”

La risa de ambos se hizo inmediata… “Rosy, es que cuando dicen coger, a usted el cerebro le funciona a mil, ¿verdad? Jaja” dijo mi amiga…  “Tiene razón, a mi me dá mucho morbo el asunto” dijo el Padre Sebastián, mientras se paraba de espaldas a Soledad, abrazándola mientras le tocaba lascivamente las tetas por encima del hábito.

Esto despertó el deseo de la novicia, quien arqueándose y levantando sus brazos, dejó sus senos a disposición del deseoso cura.  Al ver esto yo me acerqué y le di un delicioso beso a la joven, empezando a desabotonarle el hábito, poco a poco, con toda la lujuria que pude.

Una vez desnuda Soledad, tomó al cura de la mano y lo llevó a su cama, procediendo a desnudarlo, con igual lascivia que la que yo le aplicara a ella.  Yo por mi lado, me quité la bata que siempre usaba, y quedando en pelotas me senté en la esquina de la cama que daba a la pared, tratando de no estorbar, pero observando atentamente el asunto; mientras empezaba a tocarme mis pezones, que estaban enormes debido a mi avanzado estado de embarazo.

El padre Sebastián estaba de espaldas a Soledad, quien en posición de perrito le ofrecía su trasero  al hombre que, sin pensarlo dos veces procedió a pasar la lengua por las nalgas, el culo y la vagina de esa novicia, que movía su trasero como si la estuvieran penetrando, mientras daba gemidos ahogados de placer.  “mhmhmh   siii… hágamelo padrecito, chúpeme toda soy suya…  hoy soy suya…  hágame lo que quiera padre”,  mientras el cura sacaba su lengua y la pasaba por todas las partes de la retaguardia de la chica.

“Venga, dése vuelta”, le dijo Sebastián al momento que tomaba a la novicia por la cintura y la acostaba de espaldas, abriendo sus piernas de una forma inverosímil, dejándome ver esa vagina que tantas veces yo misma había disfrutado, y que no me cansaría de disfrutar.  Sin mucho miramiento, el sacerdote empezó a chupar el clítoris de la chica, con un deseo que solo lo dan los meses de abstinencia (rodeado de mujeres dispuestas, peor aún), como queriendo comerse el botoncito de la vagina de la novicia, que no paraba de gritar: “chupe padre, chupe, que hace tiempo me faltaba un hombre, deme sin compasión padrecito deme lengua…” mientras ella misma se estrujaba sus hermosos pechitos y pellizcaba sus pezones con dulzura.  Mientras observaba esto, yo también me di cuenta de que tenía meses de no disfrutar de una buena verga…

La interrupción al relato vino de la voz más obvia: Denis!!  “¿Qué tán grande abuela, que tan grande tenía la pinga el cura ese?”…  “Callate maricón, déjala que cuente..!!” le respondió su hermana gemela.

“pues si, era grandecita, unos 18 centímetros, y gruesa, eso si, gruesa como un desodorante”  contestó la narradora.

El caso es que yo estaba templadísisma observando la mamada de campeonato que le daban a la Diosa del Sexo, y sin poder detenerme, me acerqué y metí mi mano debajo del cuerpo del cura, sintiendo semejante pinga entre mis manos, que estaba dura como poste de luz y con líquido cubriéndole la cabeza…  de veras este hombre necesitaba una hembra, y con urgencia!!!…  “Ay, Rosita, si, sóbemela rico” dijo Sebastián levantando la cabeza de la entrepierna de Soledad.

Tal vez por urgencia sexual, o por cansancio de la posición, pero el caso es que Sebastián aceleró la mamada y con dos dedos penetró la vagina de la monja, la cual empezó a bufar como toro enojado, sintiendo el orgasmo que le llenaba el cuerpo, levantándose sobre sus talones como queriendo meterle la vagina en la cara a este pobre hombre destinado a satisfacer a la mujer más sexual del planeta.  “siiii…  cabrón, maricón de mierda, me vengoooo..  acaaaabo…  deme mássss  mássss siiiiii  auhghghghgh….” gritó la novicia en el paroxismo de su placer, cayendo pesadamente de espaldas cuando su orgasmo acabó.

“uy padre, usted mama como hembra, que rico…!!!!” dijo Soledad.  En ese instante el cura se levanto sobre sus rodillas dejando su miembro de frente a la monja, la cual tenía intenciones de proceder a chuparle la verga al cura; sin embargo Sebastián no le permitió tal placer, porque se lanzó sobre ella, y poniendo la verga en su estrecha cueva procedió a empujársela de un golpe…  “venga puta, venga que ahora va a sentir lo que es rico, no esas mamaditas de mierda que se dan entre ustedes, tortilleras de mierda; pinga es lo que necesitas…  siéntala hermana sienta la pinga de su sacerdote” dijo el cura en el colmo del éxtasis al lograr penetrar esa vagina que hace meses lo tenía en penitencia.

La penetración se hizó más rápida, y más fuerte…   Soledad no podía ni gemir del placer y la sensación de sentir esa gorda verga en su chochito…  “mhmhmmh  sdiii mhmhm  sdiiii”  era lo poco que podía decir.  Máxime que yo decidí darles una mano y en ese momento me recosté paralela al cura para mamarle las tetitas tan deliciosas que portaba la novicia puta.

Cinco minutos duraron en semejante mete y saca, cuando decidieron darse la vuelta, para que ella cabalgara la verga de su confesor.  Colocándose sobre el miembro, Soledad simplemente cerró los ojos y se dejo caer de golpe, para luego empezar a saltar como desaforada por un par de minutos, luego de cansarse se recostó sobre el pecho de él dejando que fuera la verga la que hiciera el trabajo, mientras ella estaba de rodillas recostada sobre el velludo y joven sacerdote.   Ante esta posición, mi participación era mínima, pero yo quería jugar, quería ser parte del orgasmo maravilloso que estos iban a tener…  Así que posicionandome detrás de ellos procedí a mojarme dos dedos con saliva y a penetrar a Sole por el culo, siguiendo los mismos movimientos de alberga del cura.

“Ayyyy puta cabrona…  me matas…  siii  a métame los dedos en el culo métamelos… puta de mierda…”  gritó la bellísima mujer.

Otra interupción al relato… “Es que a dos puyas no hay toro bravo, mi mama” dijo con voz cortada Mayra, recostada en mis regazos, pero visiblemente excitada por el relato de su madre…

“Si tienes razón, si sabremos nosotras.. jajaja”  respondió Rosy, mirando a sus nietos que con cara de deseo y templazón no perdían detalle del relato; que inmediatamente continuó…

El asunto es que Sebastián sintió la inminencia de la eyaculación y nos la hizo saber… “me vengo muchachas… me vengooo….”, ante ello Soledad saltó inmediatamente, pues ya con una embarazada bastaba, y amablemente me permitió que fuera yo la que le sacara la leche al cura con una masturbada final…  fueron tales los chorros de semen, que me cayó en la boca y en el pelo, y ni que decir de la espalda de Soledad, toda churreteada de semen, que ya empezaba a bajar por su espalda, amenazando con caer a las sábanas por la rajita del culo de la monja.  Yo, como la encargada de labores de limpieza, decidí que lo mejor era evitar que eso sucediera y procedí a chuparle el semen de la espalda de mi amiga, aprovechando para estirar el brazo y agarrarle las tetas.

Soledad se agachó y besó tiernamente a su cura, y volviéndose hacia mi, me dijo con toda la ternura del mundo “Gracias Rosy, me regalaste una regada deliciosa…” y me estampó un beso lleno de ternura y lascivia, que no ayudaba en nada a que se me bajara la calentura.  Luego nos separamos y cada uno quedó en silencio por un momento.  Yo, creyendo que había cumplido con el deber prometido, me levanté de la cama y empecé a despedirme… “bueno, yo los dejo enton…” “Noooo, para donde vas mi reina, si tu sigues barrigona!!!” me gritó Soledad agarrándome de la mano y trayéndome de vuelta al lecho del placer.

“¿Me ayuda padre, a darle las gracias a esta zorra alcahueta?” dijo Soledad, acostándome ente ellos dos, mientras yo feliz del giro de la situación abrí las piernas lo más que pude, para que alguno de ellos se apiadara de mí y me diera una buena comida de coño.

Esta vez fue Soledad, quien retomó a sus raíces lesbianas y procedió a mamarme con desespero…  “si hermanita chupeme el chunche, venga dele lengua mamita, que es suyo, cuando quiera es suyo…  métame los deditos que ya estoy super mojada”.  Ella, ni lerda ni tonta, empezó con dos dedos, luego con tres, en un metesaca fabuloso que me tenía al borde de un orgasmo tan ansiado como fuerte…

El padre Sebastián, excitado por la situación, se puso de rodillas, y poniendo una mano en la pared para que me quedara más cómodo el asunto (recuerden que estaba por dar a luz), posó su pene flácido en mis labios, que lo atraparon inmediatamente haciéndome recordar inmediatamente el placer de mamar pinga, tal y como lo había hecho múltiples veces con mi hermano Gerardo, y con el negro Eusebio, amén de otros muchos más en mi pueblo.

El semen que aún salía por su pene era como miel del cielo para mi, que estaba tan necesitada de hombre que no me acordaba ya de esos placeres.  Así, mientras ese pene monstruoso crecía en mi boca, Soledad arreciaba sus ataques a mi vagina, sacando su mano y mojando mi culito con mis propios jugos…  ya yo sabía lo que pretendía, y sacándome el tesoro que tenía en mi boca solo dije “dele sin miedo hermanita, que hasta el culo tengo dilatado ya, de las ganas que me ando…”.  ella, simplemente procedió a hacerme lo que entre nosotras llamábamos “la Tijera”, que consistía en meter verticalmente el dedo chiquito y el anular en el culo, el índice y el corazón en la vagina, y con el pulgar tratar de masajear el clítoris; es la muerte lenta… les cuento.  Bueno, el asunto es que al sentir semejante movida de dedos por todos mis agujeros, me di cuenta que si estaba llena, tenía la boca llena, el culo y la vagina ocupados, era la mujer más feliz del mundo.  Con esto en mente aceleré el ritmo de mamada, y sintiendo la mano de la monja en mis agujeros, me asaltó un orgasmo deliciosamente aterrador…   Sentí que se me venía el chiquito, que el mundo me daba vueltas, me maree y solo escuchaba mi propia vos como a la distancia clamando por clemencia…  “ahhh  siiiii… yaaaaaaaaaaa,  siiiiiiiiiiii  aughghghgh”.

No se a ciencia cierta si me desmayé o nó, sin embargo, cuando volví a tomar conciencia de los eventos los clérigos habían cambiado de lugar, Soledad me daba tiernos besos a mis tetas inmensas y a mis pezones hinchados, mientras que el cura se hincaba entre mis piernas, con su verga en la mano, blandiéndola como violador y listo para penetrarme con ese regalo divino que me hipnotizaba con su único ojo.

“Métala padre, ustedes me van a matar hoy, métala sin piedad, que necesito picha como nunca en mi vida, deme padrecito…” rogaba yo en el límite de mi excitación.

“ya que me la pides putita, aquí la tienes….!!!”  dijo Sebastián en el momento de insertarme semejante monstruo en mi vagina, que por demás estaba seriamente estrecha por falta de verga.  No se me había ocurrido, lo que podía hacerme semejante pinga, estaba muy templada para pensar, pero al sentirla adentro, sentí como si me metieran un hierro caliente, me quemaba, y no había forma de acomodarme, porque ya tocaba todas las paredes de mi vagina, así que resignada al tremendo dolor, esperé que el movimiento me ayudara a empezar a disfrutar.  Se los digo, nunca me han gustado las pingas muy grandes, la maltratan a una y se siente igual de rico; pero ese día lo que yo necesitaba era esa pingota, y la necesitaba ya.

Los gemidos de ambos no se hicieron esperar, el metesaca del padre Sebastián no dejaban oír mis propios gritos…  me estaban matando de placer, y para colmo soledad estaba dándome una mamada de tetas como nunca en mi vida.  No pensaba solo sentía, estaba atontada de los golpes de semejante bruto, que para colmos, no se contentaba con tenerla adentro, sino que la sacaba completamente, y la volvía a meter igualmente de golpe.

“¿Me das el culo? Puta de mierda!!”  preguntó el sacerdote; sacando la pinga y poniendo el cíclope en la entrada de mi culito.  Se los juro, no lo pensé, de haberlo pensado me hubiera levantado y me hubiera largado.  Era virgen del culo, y estaba por ponérselo a la pinga más grande que había visto en mi vida.  Soledad, sabiendo por experiencia lo que se me venía me dio la almohada y me dijo, “tome para que muerda y se la aguante amor… porque esto es en serio”.  En ese momento Sebastián empezó a empujara, rítmicamente, como si ya me estuviera cogiendo, pero poco a poco, cada vez que empujaba, la lograba meter un milímetro más que la anterior, y así poco a poco hasta que cuando ya logró meter el glande yo estaba por perder la conciencia, pero nada más me dijo, “ya entró la parte gruesa, el resto es más simple”, y empezó el típico movimiento de cogida…  Lo admito, me dolió en puta, no soportaba un segundo más, pero igualmente me encantó, y desde ese día siempre me ha gustado que me den por el culo; pero en ese momento no era yo, sino mi cuerpo el que reaccionaba solo, al placer que estaba recibiendo. Ocho minutos duró el suplicio del placer, hasta que Soledad decidió ayudar, y poniendo su mano sobre mi vagina, me penetró con no se cuántos dedos, mientras la palma de su mano frotaba mi ya hinchadísimo clítoris.

“Siii  puta, me pagas con la misma moneda babosaaaa…” le gritaba yo en el momento en que sabía se acercaba mi orgasmo.  “Me vengooo me riego, puta panzona, venga para llenarle el culo de leche   tomeee”  dijo el padre Sebastián acelerando sus movimientos en el momento previo a la eyaculación, los cuales apresuraron mi propio orgasmo; así, cuando sentí el chorro de leche caliente llenándome los intestinos, me vine en un desesperado orgasmo.  Solo recuerdo que grite, grité como si me estuvieran matando, grité de dicha, grité de placer, grité de dolor; luego todo fue oscuridad, me había desmayado.

“Me desperté el día siguiente en la cama de Soledad, molida y con crema antiséptica en el culo, porque el playo de Sebastián me lo había roto”.

Con esa frase terminó el relato de Rosa, quien se quedó mirándonos en silencio, mientras todos la veíamos igualmente callados, hasta que Denis soltó la pregunta que le atormentaba y le iba a atormentar por varios meses más  “Abuela, y… duele mucho que le partan el culo a uno?”.  Todos nos reimos a más no poder, a excepción de Mayra que le costaba aceptar que su hijo Denis fuera realmente su hija Denise.  Luego de las bromas gay que le llovieron al chico, Rosa lo miró con la ternura que toda abuela tiene en su corazón, y le dijo:  “Si mijo, te va a doler mucho, pero el dolor pasará y lo disfrutarás mucho, porque ese día te sentirás mujer para el resto de tu existencia”, y le dio un beso en la frente a su amanerado nieto.  “Pero vámonos que es tarde…  Mario, ni sueñe en que nos quedemos porque mañana hay que ir a un bautizo en el culo del mundo de Sarapiquí, y son como tres horas en bus; así que aligere, que tiene que irnos a dejar a casa”.

De camino iba pensando en lo extrañamente deliciosa que era esa familia que la vida había puesto en mi puerta, y me preguntaba si cabía la posibilidad de añadir a la nieta a las actividades sexuales que ya compartía con su madre y su abuela.  Al despedirse Rosa espera a que todos bajen del carro y se dirijan a la entrada de su humilde vivienda,  se vuelve y me dice: “Dos cosas Mario: Una, llamó una muchacha en la tarde, que quiere el trabajo, parece buena, le dije que esté en la casa el lunes a las 6 am, para que usted la entreviste”, “Rosa, yo no me levanto hasta las siete” dije mirándola con seriedad.  “Si ya se, gran vago, pero si la tonta esa llega a las seis en punto, tal vez si sea la que ocupamos….  Y dos, ya para que se vaya a casa y se masturbe en paz… Ya vi los ojos que te hizo mi nieta, solo quiero que sepas que prefiero cien veces que sea usted el que se coma ese virgo antes que un patinetero vagabundo y drogadicto o peor, un empleado publico de la ANEP; así que llegado el momento se la voy a servir en bandeja, para que me la cuide y le enseñe, recuerde que apenas tiene catorce, y que hace un año apenas jugaba con muñecas.  Ahora jálese, que tengo que irme a dormir”.

Ni qué decir, que esa noche me masturbé como adolescente varias veces, sin saber si pensaba en Rosa, su hija, sus nietas o la historia deliciosa de su vida de puta.  Ahhh… y seguro que esa misma noche las cuatro estarían masturbándose igual.

La historia la seguiré en el siguiente capítulo, les parece?

Saludos, si quieren me pueden escribir a Cotico: tico6013@yahoo.com

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Un comentario en “Un Hogar Completo (X).. Rosa y el Cura

  1. pana muy bueno el relato me encanta la historia el problema que tengo es q no lo encuentro completo noc si hubiera una manera de q me pases al correo o algo hasmelo saber

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