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Paraí­so e infierno!, continuacion

Karina Otilia Mercader se hallaba recogiendo unas hojas secas en el jardín del coqueto chalet de los Roger, cuando arribó la patrona de la casa en su automóvil, procedente de la escuela a la que acababa de llevar a sus hijos. El ama había salido muy temprano en la mañana, antes que aquélla llegara al domicilio a cumplir con sus diarias tareas del servicio doméstico.

––Buen día Karina ––saludó, cortés la dueña de casa––. Hoy espero una jornada muy fatigosa en la puesta en orden de gran cantidad de cosas. Por suerte Rolando no va a estar en todo el día, ya que debe visitar algunas de sus obras que se hallan bastantes retiradas de aquí; lo espero hacia bien entrada la tarde. Los niños tampoco vendrán a almorzar, pues han de pasar derecho a sus clases de gimnasia; de todas formas se han llevado una buena provisión para comer en la hora del descanso; a esta edad comen como peones de campo.

––Tendrá que armarse de paciencia antes de iniciar cualquier puesta en orden ––replicó la empleada, con expresión enigmática y señalando hacia la casa con la cabeza––, pues antes que nada parece que deberá atender visitas. Hay una señora, muy bonita ella, que le está esperando desde hace más de media hora.

––¿Una visita?… ¿Una señora? Realmente no esperaba a nadie… ¿Quién puede ser en la mañana de un día de semana?… ¿Y sin anuncio previo? ¿Cómo es su nombre?

––En realidad no tuve la precaución de retenerlo; creo que lo pronunció demasiado por lo bajo. Pero lo que sí recuerdo es que dijo ser su amiga y que estaba dispuesta a esperar que Ud. regrese. Se puso de inmediato a mirar con especial interés todas las fotografías de la familia; estuvo largo rato tomando los retratos y, olfato femenino de mi parte, me parece que ponía ternura en su rostro.

––Bueno ––prosiguió Salomé––, ¡ahora sí que estoy intrigada! Espero que no se trate de alguna ex novia de mi marido con un pleito en ciernes; a lo mejor alguien que viene a echarle en cara una supuesta o real paternidad.

Karina se echó a reír más de la cuenta.

––¿Una ex novia de don Rolando? ¿Una escondida paternidad? ––dijo, con lágrimas de hilaridad en los ojos–– ¡Sí, tal vez se trate de algún reclamo de extra paternidad de D. Rolando!… Pero mi querida Salomé, ¿cree vd., por ventura, que su marido haya puesto sus ojos o sus manos en otra mujer que no haya sido Ud. misma?… ¡Por favor, no me haga reír más que va a hacer estallar mi diafragma!

––Agradezco la confianza que tienes en los antecedentes de mi marido y, por adición, en su fidelidad. Pero nunca una ha de estar segura en estas cosas. Yo te llevo varios años, Karina, y sé por qué te lo digo. Nunca más cierto es en los hombres aquello de que la ocasión hace al ladrón…

––Lo cual ha de valer también para nosotras, las mujeres.

Salomé se quedó algo pensativa ante la simplicidad y validez del aserto y luego penetró resuelta al interior de la vivienda. Al llegar a la sala del estar se quedó petrificada. Un pequeño paquete con unos repasadores que había adquirido de paso en el supermercado se deslizó de entre sus dedos y fue a parar al piso.

Parada junto al arquitrabe de la chimenea de leña, con un portarretrato entre sus manos en el que aparecía el rostro de la dueña de la morada, retratada unos cuantos años atrás, se hallaba su amiga de la adolescencia: Melisa Wanda Sotomayor. Había en su rostro una sonrisa, mezcla de nostalgia y alegría, y… estaba bellísima.

Salomé abrió desmesuradamente los ojos, la boca… y luego los brazos en toda su envergadura. Ambas corrieron, la una hacia la otra, y se confundieron en un apretadísimo abrazo. De inmediato rompieron a llorar y mucho tiempo pasaron contemplándose, suspirando, riendo, nuevamente lagrimeando, volviéndose a abrazar… y acariciándose sus cabellos, antes de que palabra alguna fuese parida al aire.

Finalmente la dueña de casa abrió el diálogo:

––¡Lisita!… ¡Cuánto tiempo que no nos veíamos! ¡Nunca creí que llegaría el día en que pudiera disfrutar nuevamente de tu presencia! La mucama me dijo al entrar que una hermosa señora me esperaba; pero jamás pasó por mi cabeza el que fueras tú. Estás… ¡bellísima!

––Sí… ¡Cuánto tiempo, Saly!…No falta mucho para que se cumplan tres lustros de nuestra separación. En realidad ésta parece ser la ley inexorable relativa a la conclusión del ciclo de estudios, el cual une y mantiene juntos a los compañeros del colegio secundario por mucho tiempo… Y en una época de la vida en que tanto valoramos la amistad… A ti también se te ve hermosa…

––Pero, cuéntame, ¿qué fue de tu vida cuando terminamos el secundario?… No te vi nunca más… y tampoco has dado señales de tu existencia. Mucho te busqué en los primeros tiempos pero me dijeron que junto a tus padres te habías trasladado a Europa. Quedé esperando por muchos días tus noticias y tu residencia… pero.

––En realidad mis padres fueron los que se mudaron a Europa, a España más precisamente. Yo, querida Salomé, inicié una suerte de vida trashumante. Viví en varios pueblos y ciudades. Luego estuve establecida durante bastante tiempo en Montreal en donde formé la más duradera de mis parejas. Ahora, cuando hubo arribado la hora de desmontarla, he resuelto regresar a estos lares. Como ves, no me fue difícil encontrarte… Yo sabía desde mucho tiempo atrás que habías contraído matrimonio; y, por lo que veo, tienes dos bellos chicos.

––Pues sí, hace varios años ya. Éste es Diego, de diez años y ésta es Carla de siete; aquí ves a mi marido, el ingeniero Rolando Elvio Roger.

––¡Ah, sí!… ¡Rolando Roger!… Lo he sentido nombrar mucho por los medios. No se habla de otra cosa que del discurso que ha pronunciado en la sala de conferencias del Hotel Parque. Creo que se ha ganado el alias de «Señor Transparencia».

Salomé sonrió, no sin cierto amargo orgullo. Melisa prosiguió:

––Tus chicos son muy lindos y al parecer muy vivaces. Creo que debes haber encontrado el gran sentido de la vida en la crianza de tus hijos que, después de todo, por más vueltas que le den, está en los tuétanos de toda mujer. Yo no he tenido la suerte de tener hijos…

––Pero has vivido en pareja ––replicó vivamente Salomé.

Y aproximándose al oído de su amiga y casi como un bisbiseo, agregó:

––¿Siempre… con hombres?…

––Así es, en efecto. Aunque debo reconocer que fueron varios… más de los que hubiera deseado. ¿Y tú, querida Salomé, siempre has pertenecido a tu marido? ¿Has estado con otros… hombres?

––Bueno… en realidad… antes de casarme… Pero dime: ¿por qué razón has tenido varias parejas? ¿Acaso ninguno logró satisfacer tus requerimientos?

Melisa entró en un cono de sugerente silencio en tanto que acompasadamente caminaba de aquí para allá. Simultáneamente efectuaba una serie de gestos y muecas demostrativos de que aquello tocaba una parte nerviosa de la cuestión.

––Para serte sincera, mi querida ex camarada de secundario, esto forma parte del intríngulis de mi vida. Después de aquellas… de aquellas… vivencias que tuvimos en nuestra extrema juventud, nada volvió a ser igual para mí. Por lo que veo, tú conseguiste casarte y presumo que estás haciendo una vida absolutamente normal. Eres señora casada, con el estatus que le corresponde a tal estado, esposa de un buen marido (que figura como político en el florilegio de los escasos reconocidos como honestos) y madre de un par de preciosas criaturas.

––¿Has… has… compartido cariños con otra mujer? ––reiteró, insistente, Salomé.

––No, para nada.

––Pues, yo tampoco ––remarcó rápidamente Salomé––. Por lo que veo sólo hombres han existido en nuestras vidas después de… aquellos momentos tan preciosos de nuestra juventud. Lo cual significa -en sentido estricto- que nuestra común fidelidad permanece indemne.

––Pero el hecho es que yo he tomado bastante gusto por los hombres; muchas veces pienso que me he vuelto excesivamente pasional. No estoy segura si lo que nos ocurrió aquella nefasta noche en Arroyo Manso no ha dejado su impronta sobre mí y en lugar de provocarme repugnancia la presencia de cualquier hombre, pues…

Salomé, al recordar la desgraciada circunstancia, se tomó la cabeza con ambas manos. Ella tampoco olvidaría jamás la noche de la violación y había escondido el secreto bajo bóveda de siete llaves. En realidad, después de largos años, era la primera vez que se hallaba comentando sobre el asunto; y precisamente con su compañera en la desgracia. Ambas estaban convencidas que sólo ellas y los tres malhechores eran los conocedores del hecho.

––Algo se ha desatado dentro de mí ––prosiguió Melisa–– a partir de aquella circunstancia que me ha convertido en una voraz buscadora de hombres. Pero no creas que se trata de ninfomanía; es un algo más profundo; quizá, una suerte de sed de venganza. A veces lo percibo, querida amiga, como algo malévolo, perverso.

Rápidamente cayó en la cuenta Salomé del especial humor que se había apropiado de su antigua amante. Recordó que en los últimos tiempos de su relación con ella hacía frecuentes referencias a la curiosa figura de la medialuna que viera estampada en el miembro del violador, y a la que consideraba como mancha de nacimiento. Restablecidos ya, en todo su esplendor, los lazos que, etéreos, enredan las almas amantes, le vino a quedar en claro que Melisa se hallaba en la inconsciente búsqueda de aquel órgano criminal que mancillara tan brutalmente su fresca carne de primavera.

––Creo, querida Lisa, que se hace necesario echar un saludable manto de olvido acerca de aquella noche. Considera que eres joven y muy buena moza, como lo fuiste siempre.

Y aproximándose a ella púsole sus manos sobre los hombros y con sugestivo y amoroso tono susurró:

––Mucho debe complacernos el que ambas hayamos seguido siéndonos fieles. Ni tú ni yo hemos conocido otras mujeres, con lo que nuestro amor de la juventud sigue siendo prístino. En cuanto a los hombres que pudieron haber pasado por nuestras vidas: ¡eso no tiene la menor importancia! Ni la tiene el que yo haya alumbrado hijos al mundo… Lo nuestro es como un universo paralelo, con sus propias leyes, con sus particulares consignas, con sus paradisíacas sutilezas. ¿Serás capaz de separar las cosas de tal manera, querida Lisa?

Por toda contestación Melisa, arrobada, pasó las palmas de sus manos por detrás de la cabeza de su antigua amante y buscó ansiosamente sus labios. Se besaron largamente como lo solían hacer en las noches de sus tempranos amores… ¡Ah, la mutua frescura de ambos labios de mujer!

Luego se sentaron. Previamente Salomé se asomó al amplio ventanal del estar para localizar a Karina, su mucama; pues de inmediato tomó conciencia de la necesidad de mantener en el más absoluto secreto la relación que la ligaba a su amiga del alma y nada sería más contraproducente que el hecho de que su empleada haya andado atisbando y pudiera haber observado la escena del beso. Se arrepintió rápidamente de no haber logrado dominarse y tomar los recaudos del caso. Por suerte Karina se hallaba trabajando en la esquina más alejada del enorme jardín, regando unas flores y mostrando una actitud de total despreocupación; no era, pues, pensable que escasos segundos antes pudiera haber estado en las proximidades de la escena. Al comprobar tal hecho Salomé suspiró aliviada.

––¿Ya estás establecida aquí? ––preguntó–– ¿Cuándo regresaste de Canadá?

––Hace escasamente una semana y me quedaré a vivir aquí. Tengo en el medio algunas rentas que me han dejado mis padres, los cuales murieron en España en un accidente de automóvil hace casi un año. Así que me he quedado huérfana, por decirlo de una manera llana.

––¡Caramba!… ¿Murieron en un accidente de tráfico?… Como sabes, yo adoraba a tus padres tanto como conocía que ellos me querían a mí… Mas, ¿cómo ocurrió tal hecho?

─Y… bueno, tú sabes. Mi querido padre siempre fue un tanto imprudente como automovilista; digamos que conducía «a lo argentino». Fue en una de las autopistas de acceso a Madrid y quedó involucrado en una muy violenta colisión múltiple en la que murieron varias personas. Él falleció instantáneamente y mi madre, unos días después en el nosocomio.

—¡Caramba!… ¡Qué fatalidad! Y tú, ¿cuándo decidiste regresar?

––Hace un mes atrás ––siguió Melisa–– tomé la decisión de abandonar Montreal y al estúpido que tenía a mi lado; así que sin decirle «agua va» me largué para estos lares no bien conseguí completar algunos trámites. Ahora estoy viviendo en la antigua casa de mis padres, que tú tan bien conoces.

––Te presentaré a mi marido como mi antigua amiga de la secundaria. Muchas veces le hablé de ti; así que haz de cuenta de que Rolo te conoce. En realidad me gustaría que te quedaras unos días en esta casa. ¡Es tan grande y me hallo tanto tiempo sola!…

––Hoy no ha de ser pues tengo varias cosas que hacer durante un par de días. ¿Cómo te llevas con tu marido?

––¡Qué quieres que te diga!… Es un hombre extraordinario, marido respetuoso, padre amante, jefe de familia cuidadoso; en fin, un espécimen no muy alejado de lo tradicional apetecible a cualquier mujer que se precie. Pero… bueno: es posible que el tiempo transcurrido en nuestro matrimonio haya dejado ya secuelas de rutina. Él cumple con sus ritos maritales con cierta parsimonia y no más allá de una tibia ambición pasional. Por ahora estamos conservando las posiciones; ni yo no le he sido infiel, ni creo que él se fije en otra pollera.

––¿Me… recuerdas a mí cuando estás haciendo el amor con él?

Salomé guardó un sugestivo silencio, se levantó del sillón en que se hallaba sentada y se dirigió, con solemne parsimonia, hasta el amplio ventanal.

––Karina tiene verdadera obsesión por las flores y el jardín ––esquivó––; muchas veces pienso que es en detrimento de la prolijidad en la atención del interior de la casa. Pero parece ser leal y buena con los chicos y también es algo susceptible, razón por la cual debo actuar con diplomacia para encargarle los distintos quehaceres.

––No has contestado mi pregunta. Si tu respuesta fuera negativa te diré, querida Salomé, que quedó establecida una asimetría entre nosotras; pues yo no he hecho sino pensar en ti, en tu piel, en tus cabellos, en tus caricias y en los inefables instantes que vivimos en los últimos años de nuestro bachillerato, especialmente las noches de Arroyo Manso.… No puedo escuchar aquel feeling sin que lágrimas de profunda nostalgia se despeguen de mis ojos.

Salomé seguía estática de pie frente al ventanal dando la espalda a su amiga. Los regueros del dulce recuerdo de la juventud corrían por sus mejillas. Luego se volvió a su amiga y con una triste sonrisa murmuró:

––Te he extrañado más de lo que considero lícito manifestar. Ésa es la cruda verdad. El varón que hay a mi lado no ha conseguido arrancar a mi cuerpo sino una débil proporción del placer que tú fuiste capaz de prodigarle. Me alegro mucho de volverte a ver pero… tu inesperada presencia no deja de provocarme una fuerte inquietud.

––¡Oh, Saly!… ¡Espolvoréala!… No tiene sentido tener miedo. En el esquema social en que nos desenvolvemos no hay mayores dudas acerca de la amistad de dos mujeres; verás tú: eso no se considera infidelidad. ¿Quién te dice que no podamos rehacer nuestra maravillosa relación por estos días conservando nuestras respectivas situaciones? Tú no tienes que abjurar de tu familia… ¡para nada! Y yo podré seguir con mis amantes… Todo lo que debemos hacer es adoptar una actitud adulta de no celarnos mutuamente por esas cosas. ¡Somos mujeres jóvenes, Salomé! Y es seguro que podremos aún explotar vetas de exquisito placer en las ricas minas, de que nuestra femineidad es portadora.

Tales palabras cubrieron con el dulce manto de la reminiscencia el espíritu de Salomé y, habiendo caído en terreno sumamente abonado, la convencieron definitivamente.

––Pese a todo, Lisita, será menester guardar muy bien las apariencias y tomar todos los recaudos y cuidados del caso para que no se filtre absolutamente nada. Habrás de comprender que las responsabilidades de la familia que tengo sobre las espaldas así lo exigen.

––Desde luego que sí. Tenemos varios lugares en donde podamos reunirnos a nuestro gusto al abrigo de cualquier indiscreta mirada: mi casa, por ejemplo, ya que vivo sola… A propósito: ¿Qué es del chalet de Arroyo Manso, ese verdadero paraíso de tu familia?

––Aún está allí. Mis padres lo siguen usando con frecuencia. Nosotros, es decir, mi propia familia, de vez en cuando pasamos algunas temporadas. Los chicos gozan sobremanera el paraje. La diferencia que podrás observar allí es que hemos introducido importantes reformas y, en la medida en que intuimos (como todo el mundo) que el grado de delincuencia se está escapando de madre en los últimos años, hemos incrementado de manera notable las condiciones de seguridad del predio.

––¿Y a tu marido le agrada el paraje?

––Parece que lo hubieras olfateado, querida Lisa, porque la verdad es que a los dos o tres días de hallarse allí, disfrutando de vacaciones, comienza a fastidiarse y no ve la hora de volver a la ciudad. Si bien una se siente reverdecer por eso del cambio de aire y por el relajamiento general que experimenta en la quietud de la serranía, a él no parece agradarle. Aunque es muy adicto a la vida campestre, su espíritu sólo goza en el aspecto trashumante. A decir verdad, cuando se halla en las sierras él sólo anhela ir de aquí para allá y dormir en una carpa; ver un paisaje distinto cada día.

––Tu marido está ganando rápidamente gran nombradía por el nivel de sus ideas y por la lucha político-social que está emprendiendo.

––Él es realmente una gran persona ––apuntó Salomé–– pero debo advertirte que lo que aparece como una acción nimbada de santidad en el nivel colectivo es una carga a veces muy difícil de soportar en el ambiente familiar. Muy otra cosa le apasiona, que no es precisamente el sexo. Su encendida preocupación por la corrupción de los dirigentes políticos raya en la obsesión; así por lo menos lo percibo como esposa. Tal pasión se ha aposentado de tal manera en sus cascos que prácticamente no existe actividad de la vida que no acabe por vincularla al latrocinio de los políticos. Es como una manía que le persigue a todos lados y siempre anda pensando en tribunales, jueces, cámaras, comisiones juzgadoras y hasta ejecuciones para poner coto a la corruptela que nos caracteriza… ¡Cómo si todos los encargados de proveer justicia fueran nenes de leche!

––¡Ahá!… ¡No en balde le dicen el «transparente». Tengo entendido que en la conferencia del Hotel Parque de hace unos días ha sentado una serie de bases para atacar la corrupción.

––Así es, está trabajando con un nutrido conjunto de importantes personalidades para el Grupo Transparencia que tendrá por objetivo dar las bases de un sistema simplificado de la función pública y muy controlable. Ellos están persuadidos de que si se puede enfocar la escrutadora mirada en pocos y responsables funcionarios y gobernantes, puede lograrse un gran avance en la honestidad general. Quieren, sobre todo, facilitar los trámites de las revocatorias para hacer valer el compromiso que asume todo funcionario al jurar por la constitución y sus deberes.

»Pero como ya te dije, esta manía le provee de un humor muy especial, bastante ácido y sobre todo perdurable; de tal manera que los restantes miembros de la familia, chicos incluidos, nos debemos cuidar de mencionar ciertas palabras clave que suelen actuar como detonadores… y para las que, luego de cometer la estupidez de pronunciarlas, ya no es posible detener la explosión. Por ejemplo, nunca debemos hacer referencia a una «partida presupuestaria agotada», ni a una «licitación privada», ni «concurso de precios»… ¡Y qué decir si se menciona la palabra «cohecho»! Si a alguien se le resbala algunas de estas expresiones o las que las sugieran, todo el entorno, sin excluir a la sufrida familia, deberá cargar con el fastidioso costo de una filípica de varias horas… quizá, de días.

»Claro que muchos años atrás él vivió su propia experiencia en la materia y hay que decir, en prez de su proverbial honestidad, que en sus manos estuvo el compartir el fruto de un cohecho, a lo que él se negó en redondo. Con ello al parecer incineró el negociado que varios habían preparado y que había menester de su aquiescencia para llevarlo a la práctica; de manera que fácil es imaginar que ha dejado un reguero de vituperios y muchos juanetes pisados. Pienso que por ese costado se ha fabricado muchos enemigos, a la mayoría de los cuales ni siquiera conoce. Incluso no dejó de tener ácidos críticos entre sus propios socios, que lo tildaron de incauto.

––No puede negarse, Salomé, que te ha tocado en suerte un tipo interesante de marido. Pienso que, por ese lado, no has de tener tiempo de aburrirte. Se trata, evidentemente, de un hombre que ha tomado estado público y… ¡con qué causa noble entre sus manos!

Salomé volvió a aproximarse al ventanal y pudo verificar que aún su empleada se hallaba abstraída en la atención del jardín. Luego, sin dirigir la mirada a Melisa, dijo:

––No dudo de lo que dices; la causa es noble, mas no exenta de un matiz utópico. Pero la verdad es que la veta pasional conyugal de mi Rolando se halla siempre presta a agotarse raudamente y es del caso pensar que la causa tenga mucho que ver. Por ello… he procurado una eficaz «complementación» recurriendo a los auxilios del arte y, en verdad, que me he asegurado no escasas satisfacciones.

––¿Complementación?… ¿A… qué te refieres?

––¡Ah, Lisita! Se trata de la utilización de los más sofisticados adelantos de la industriosa artesanía en materia del sexo… del sexo en solitario. Me estoy refiriendo al uso de consoladores y de sus más avanzadas versiones de vibradores íntimos.

Y haciendo un pícaro guiño a su amiga y desplegando y contrayendo alternativamente las tres falanges de su dedo índice, articulando así el consabido gesto para que la siguiese, Salomé la condujo a una suerte de bohardilla, atestada de bultos y trastos, en una de cuyas paredes se destacaba un pequeño placard. En el interior del mismo había un compartimiento personal, un volumen con puerta cerrada con llave (de esos que suelen denominarse «secrétaire») que la dueña de casa abrió luego de accionar su cerradura con una llave que tomó de entre los vericuetos de un escondrijo. Del interior del citado «secrétaire» extrajo una caja de plástico duro cuyas caras presentaban sofisticados matices artesanales, tomada al azar de las varias que contenía. Allí descubrió Melisa varios cuerpos en forma de barra que ostentaban un maravilloso parecido con el órgano viril masculino, ya sea por su conformación, ya por los detalles de sus superficies, ya por las coloraciones y tonalidades. Quedó sorprendida y no pudo sino mirar inquisitivamente a su amiga.

––Sabía de la existencia de estos aditamentos ––dijo–– pero en verdad que hasta la fecha no he hecho uso de ellos y nunca sospeché que a ti te interesarían. Además, algunos presentan dimensiones un tanto exageradas, ¿no te parece?

––Los que aquí ves, tomados al azar, ––aclaró Salomé –– ya no los uso; forman parte de mi algo dilatada colección. Su acción es meramente estática y, si bien queda bajo tu total monitoreo, a la fecha resultan obsoletos.

Y mientras iba diciendo destapó otra caja, esta vez convenientemente escogida.

––Mira ––prosiguió––, éste, en cambio, es un vibrador y ¡rotacional!… Puro jelly dice el prospecto (aunque conozco que su traducción del inglés es «jalea», no me preguntes cómo encaja esto en el material de que está hecho)… Pero mira, ¡es una verdadera maravilla!, Lisita. Actualmente es el encargado de complementar el llenado de la copa que el marido, con sus apuros y estrés, tan avaramente logra escanciar.

Melisa tomó aquel objeto entre sus manos, tentándolo y apretándolo con sus dedos en diferentes zonas. Uno de sus extremos ostentaba un glande perfecto en tanto que el otro se abultaba ostensiblemente en la representación de los testículos y presentaba un receptáculo en el que se alojaba una batería. Hizo un gesto de asombro.

––Realmente ––apuntó––, ¡parece tan natural!… Se diría que ofrece la suavidad, tersura y mansedumbre de superficie como si fuera real, pero se destaca por aparecer como dotado de un poco común grado de erección. Como te dije, yo… yo… nunca he experimentado una vivencia con este tipo de instrumento. Se me ocurre, por otra parte, que con eso de «jalea» han de pretender hacer referencias a su modo de actuar; quiero creer que se trata de una insinuante coartada publicitaria… Dime: ¿conoce tu marido el contenido de este espacio secreto?

––¡Ah, querida Lisa! Él tiene el suyo. Por una suerte de pacto tácito los dos mantenemos al margen toda curiosidad con relación a sus contenidos; ni él se ocupa de mi compartimiento ni yo inquiero por el suyo en su escritorio. Jamás visita este placard; ni siquiera la bohardilla.

––Bueno, al menos supongo que guardará barruntos de tus aficiones a estas prótesis; de todos modos duermes con él y se me hace que has de necesitar mucha intimidad para tu… «complementación».

––Cuando se está tanto tiempo sola, como es mi caso, para nada es difícil encontrarse con prolongados lapsos de intimidad. Por otra parte pienso que aunque lo barruntase o conociese, no habría de molestarse mayormente. Y para extremar mi dialéctica te diré que hasta habría de pensar que se alegrase y agradeciese a la existencia de tales métodos, que son capaces de librarle a él del natural desgaste que impone la diligencia de un buen amante. Ya te lo dije: no es ésta su especialidad.

––¡Eh, Saly!… Me parece que te estás extralimitando con tus consideraciones.

––En fin… yo sé por qué lo digo.

Cambiando la directriz de la conversación, apuntó Melisa:

––Veo, por otra parte, que al hallarte muy ducha como usuaria de estos artificios has de mantener buenos contactos con los proveedores. Aunque conozco que hay ventas en casas especializadas en el ramo, ¡qué quieres que te diga!: a mí me resultaría muy vergonzante presentarme a adquirir algunas de estas cosas. Debo jactarme que aún no he arribado a tal grado de desenvoltura.

––¡Nada más sencillo, mi amor! Hago mis elecciones y mis compras por Internet y me aseguro que la encomienda llegue a mis propias manos por vía directa. No necesito que nadie me esté explicando embarazosamente cómo funciona el artículo; las descripciones y detalles que se brindan en sus instructivos, al menos para mí, son más que suficientes y nunca he visto desbaratadas mis expectativas.

Y después de colocar las piezas en su caja, acomodando los diferentes elementos que constituían al conjunto, puso aquélla en un bolso de plástico con manijas y entregándoselo a Melisa, dijo en tono solemne:

––Toma, llévalo y pruébalo… después, me cuentas. Tiene pila nueva y en el interior de la caja verás un instructivo, el que te recomiendo que leas con detalle.

––Pero… pero… yo no…

––¡Oh, cállate!… ¡No me digas nada! No te lo estoy regalando; tan sólo te pido que lo experimentes. Después conversamos, ¿eh?

––Está bien ––susurró la visitante.

Volvieron al living-room donde prosiguieron recordando el feliz tramo de vida de la adolescencia.

––Quédate durante todo el día de hoy ––dijo Salomé––; te presentaré a Rolando a la hora de la cena, que es cuando recién regresará a casa. Entretanto tendremos todo el día para charlar y luego te presentaré a los chicos cuando vuelvan de la clase de gimnasia. Ahora prepararé una rica torta para el postre… como las de aquellos tiempos de Arroyo Manso, ¿recuerdas?

µ µ µ

Rolando Roger y sus hijos, Diego y Carla, tenían una afición común que los unía más allá de los condicionantes familiares: el anhelo trashumante, el afán de andar y andar: el camping. Prácticamente casi todos los fines de semana hacían sus incursiones por casi cualquier sitio o paraje de las sierras. El padre se había dotado de toda la implementación requerida para tales efectos, sin dejar de apreciar muy especialmente a los elementos más sofisticados que la moderna tecnología brinda en la materia.

Y, claro está, el primerísimo lugar lo ocupaba un flamante y poderoso vehículo 4 x 4, un Gran Cherokee, que era naturalmente considerado por el grupo como la niña bonita de toda la implementación y que les permitía acceder a los lugares más inconcebibles. Tenía incorporado un torno con cable de acero arrollado en su parte delantera, dispositivo con el cual se procuraban tracción adicional cuando la de las ruedas no era suficiente y que habían utilizado en no pocas ocasiones… ¡Nada era tan subyugante como poder acampar en el paraje más inhóspito que fuera dable encontrar!

Después de Su Majestad, el 4 x 4, embargaba la consideración de estos aficionados a huestes tártaras toda la parafernalia típica del hobby: carpas, catres, colchonetas, bolsas de dormir, faroles, herramientas varias, elementos de cocina, cañas de pescar, armas para la caza, y un largo etcétera.

Padre e hijos eran tan entusiastas de esta actividad, que difícilmente desperdiciaran oportunidad de ponerla en práctica. La excepción a tal afición era la propia Salomé que estaba muy lejos de participar de aquellas salidas: ella prefería la comodidad de una buena cama, dentro de un confortable dormitorio, que a su vez formara parte de una bien arquitecturada casa moderna; nada de carpas, catres, sol y viento… y nada de convertir a la Naturaleza toda, en testigo de las funciones biológicas de eliminación.

Empero —como corresponde a seres racionales— tan antitéticas predisposiciones se habían zanjado sabiamente: sencillamente Salomé no participaba de tales excursiones, mas no planteaba objeciones a que el resto de la familia hiciese su gusto. De ordinario, los viajeros se ausentaban al menos durante tres días, en el decurso de los cuales Salomé quedaba sola en su chalet. Hasta el momento, había aprovechado la ocasión para visitar a sus padres o a alguna amiga, pero muy otra cosa habría de ocurrir a partir del momento del reencuentro con su antigua compañera del secundario.

Así, diez días después de aquel reencuentro, ambas amigas realizaron los aprestos necesarios para lograr reunirse en la mayor intimidad, en casa de Melisa. En el ínterin se habían comunicado casi permanentemente por el teléfono, pero omitiendo por ambas partes hacer referencias a la cuestión de la prótesis que Melisa recibiera de su amiga. Y Salomé aprovechó aquel fin de semana largo en que su marido y los chicos realizaran una de sus acostumbradas salidas de camping.

El reencuentro fue patético… apoteósico… tachonado de aureoladas reminiscencias… impregnado de infinita ternura… nimbado de suprema felicidad… turgente de romántica poesía… ¡La inspiradora Safo en su plenitud!

Dedicaron la primera parte de la noche a escuchar música, a leer poesías, a dar rienda suelta a la alegría; todo ello en medio de las más cálidas manifestaciones de afición y de cariño.

La princesa está triste… ¿Qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro,
está mudo el teclado de su clave sonoro,
y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor.
Con relevante unción declamatoria, Melisa recitó los imborrables versos de Rubén Darío. Luego, mirando con ardorosa intensidad a su amante, prosiguió:

Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro,
y a veces lloro sin querer.

––¿Y qué ocurrió con la tristeza de la princesa? ––interrogó, en medio del arrobamiento, Salomé.

«Calla, calla, princesa ––dice el hada madrina––;
en caballo con alas hacia acá se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,
a encenderte los labios con un beso de amor».

Y plasmando el último verso a la acción, ambas amantes se confundieron en un ardiente beso de amor, cuyo fuego suponían ellas mitigar con el fresco elixir del manantial de sus bocas…

Luego se quitaron las vestimentas y entonces, subyugadas, se contemplaron largamente. Sus cuerpos, sutilísimos instrumentos de la rapsodia de su adoración, ya no eran aquellos gráciles retoños primaverales de la época de sus estudios secundarios. Aquilatados, depurados, experimentados, fogueados, acrisolados por las otras prácticas inherentes al sexo y hallándose en la flor de la madurez, amalgamaban ahora esa insuperable consumación de la belleza con la inextricable habilidad adquirida para extraer la máxima cuota de delectación.

Con el salto de sus años de rapazas a los de hembras adultas, sus formas se habían modificado, tornándose infinitamente más dulces. Sus pechos se habían entumecido y redondeado, conservando su atrayente conformación orogénica. Sus muslos habían engrosado un tanto, mas permanecían maravillosamente tersos y torneados. Sus cinturas aparecían afinadas y sus caderas netamente insinuadas. Sus nalgas habían adquirido una voluptuosa proyección, sin atreverse, en lo más mínimo, a posar su mirada al suelo.

En el transcurso de sus juegos y manipulaciones descubrieron un terreno abonado a lujuriantes nuevas experiencias; se adentraron en frescos e insospechados estímulos; se revelaron exóticas sensaciones; paladearon exquisitos sabores; percibieron inefables vivencias; sucumbieron al abandono del éxtasis supremo.

Ambas se hallaban hechizadas en el tráfago de la irresistible pasión que las poseía. Desde largos años atrás ninguna de ellas había podido sentir tan inmensa felicidad como la que saborearon en el transcurso del par de días de aquel exquisito reencuentro.

Durante todos los instantes de esta acción amorosa, la obligada referencia a la experiencia de Melisa con el vibrador rotacional pasó a un segundo plano… ¡Era tanta la concentración que requería el largamente ambicionado reencuentro!

Mas al momento de la relajación final, Salomé, que se salía de madre por el requerimiento de la cuestión, trajo el tema:

––Y… ¿qué tienes para decirme de la prótesis que te presté? ¿La has probado?

––Sin duda ––respondió Melisa––. Su aplicación es… interesante.

––¿Sólo eso? ¿Acaso no te ha satisfecho del todo? No pareces estar muy entusiasmada.

––Sobradamente… Mas tú bien sabes que yo soy de «llegada rápida» y reiterativa. Pero, claro está, a mí me erotiza en grado superlativo las caricias en la piel de todo el cuerpo y por ende no puedo evitar una sensación de carencia con la mera actuación de ese pequeño y placentero monstruo.

––¡Ah… ahí está la cuestión! ––Exclamó, alborozada, Salomé––. Por vías separadas venimos a dar al mismo punto.

Melisa quedó sorprendida ante la expresión de Salomé: se había hallado embarazada por la contestación a dar a su amiga pues no sabía qué palabras utilizar para encomiar aquel instrumento, sin defraudar al notorio entusiasmo de ella y sin traicionar a su verdadero sentir. Con gran curiosidad preguntó:

––¿A qué te refieres?

––¡Pues, está claro como el agua clara!… Nos servirá a ambas como maravilloso complemento… en realidad, el complemento que está ausente entre nosotras.

––¡Ah!… Entiendo.

––Oye, Lisita, no nos privaremos de usar como mejor venga a cuento los modelos que tengo allá en la gaveta sin que hayamos de dejar de lado ninguna de nuestras caricias, pero estoy segura que habremos de conseguir una buena estimulación adicional… Particularmente, estoy pensando en una prótesis vibratoria y rotacional… a dos voluptuosos y «glandiosos» extremos… Veremos.

––¡Ah… ah! ––Melisa lucía una iluminada sonrisa en el rostro.

––Sí, sí… Algo que nos permitirá acariciar a sabor nuestras tersas pieles y tener al mismo tiempo la sensación de estar ligadas por nuestras entrañas. Ya vislumbro que habremos de obtener el súmmum.

––¡Ah… ah! ––volvió a consentir Melisa.

––Ahora, descansemos.

µ µ µ

Aquel maravilloso reencuentro se prolongó por espacio de varias semanas con las características de una verdadera luna de miel: todo volvía a ser énfasis y novedad y las amigas se reunían casi todos los fines de semana y, aun, cualquier otro día, si ello venía a cuento.

Y en una de esas reuniones, realizada ahora en el chalet de los Roger aprovechando las ya consabidas ausencias del padre y de los hijos, Salomé mostró a su amiga una ornamentada caja de plástico, muy alargada, que presentaba aún los vestigios de una flamante recepción.

––He aquí ––dijo–– este portentoso «cetro de dos extremos».

Y puso ante los ojos de Melisa una prótesis fálica de alrededor de cuarenta centímetros de largo provista en sus extremos de dos bien configurados glandes. Ambos se mostraban diferentes: el uno era puntiagudo y asimétrico y de diámetro, en su base, algo superior al del resto de cuerpo adyacente; el otro era romo y casi como una prolongación del resto. El grosor de la pieza era variable y presentaba un ensanchamiento hacia el centro. Abrió Melisa desmesuradamente sus bellos ojos.

––No hay que leer prospecto alguno en relación con este adminículo ––musitó, entusiasmada, Salomé––. Es uno de esos casos en que la función surge prístina de la propia forma. Va una parte para cada una; y como sus dos mitades son de diferente conformación, podremos alternar su utilización para adecuar la que más nos vaya en gusto… Pero su extraordinaria similitud con la realidad no es todo…

––La similitud ––interrumpió Melisa–– aparecería impoluta ante los sorprendidos ojos si este «cetro» se dividiera por la mitad. De la forma en que es dable verle y alejando la vista de cualquier momento pasional, yo diría que su «bicefalismo» más bien tira a monstruosidad, querida Salomé.

Salomé, blandiendo por el centro aquel objeto cual si se tratara de una amazona haciendo tremolar su lanza, manifestó llena de alborozo:

––¡Oh, sí!, mi amor: ¡un maravilloso monstruo para los momentos de pasión! Que no será menester de él para otra cosa… Mas he aquí lo que antes quería decirte: mira.

Y manipulando una muy disimulada palanquilla que en la parte central había bajo la sutil cubierta de látex, dio al conjunto una curvatura que semejaba una U cuyas ramas podían separarse casi a voluntad. A partir de esta conformación lo doblaba en diferentes regiones y, cada vez, la extraña prótesis retornaba, casi de inmediato aunque con viscoso movimiento, a su posición curvada de origen.

––¿Te diste cuenta? ––remató la enfervorizada manipuladora del «cetro»––. Dentro de ciertos límites puede adoptar la forma que se le asigne y a partir de ahí, como dicen, «tiene memoria». El material de que está constituido se deforma ante las presiones exteriores pero, cual si se tratase de cosa viva, retorna a su posición inicial. Además, la curvatura original que desees en un determinado momento puedes obtenerla sobre la marcha, pues el acceso a la palanquilla de comando, aun en los momentos de mayor actividad, es inmediato y simplemente al tacto. Finalmente, puedes anular la acción de la palanca y dejar que el instrumento se adapte como le venga en gana a él y a nosotras. Es cuestión de probar, Lisita, y de acostumbrarse a la ínter-actuación. ¿Te imaginas la cantera inagotable de insospechados estímulos que tal combinación representa?

Melisa permanecía absorta ante tales demostraciones y no escapaba al juicio de su amiga, para gran alegría suya, que demostraba en sus dilatadas pupilas un singular regusto. Engolosinada, Salomé prosiguió, mientras pasaba lánguidamente su mano a lo largo del inefable «cetro»:

––Y observa aun las voluptuosas ondulaciones de su superficie. ¿No te llevan a imaginar lo deleitoso de la caricia que, en gran medida, nos estaremos comunicando entre nosotras, de interior a interior?

––Oye ––recordó Melisa––, dijiste que sería vibratorio y rotacional; a lo que veo éste no es el caso.

––Así es. Hice tal consulta al proveedor, pero me contestaron que aún no habían conseguido su implementación y, fundamentalmente, que para la función que debe cumplir no parecería ser conveniente o práctico dotarlo de tal manera. Y ponte a pensar un poco… y verás que tienen razón. Éste es instrumento que ha de estar estrictamente supeditado a la voluntad de los movimientos del usuario y dado las naturales respuestas que seguramente proporciona, es claro que aquellas funciones extra no constituirían sino inútil recargo.

»Vayamos ahora, primor, a cenar algo…

Poco después, en la propia alcoba matrimonial de Salomé, ambas amantes se refocilaban con sus ternuras y caricias. Habían tenido a buen cuidado de iniciar con los juegos y estimulaciones más sutiles, de tal forma de ir asegurando el incitante crescendo; el cual, demás está decirlo, debía culminar con la utilización del ya lubricado «cetro». Llegado el momento, Salomé dijo:

—Bien, tesoro, hemos arribado a la hora de la verdad, al momento de pasar a la acción más importante que hasta ahora hayamos emprendido. Será menester no desanimarse por los esperables desajustes de todo inicio. Pronto, muy pronto, habremos de tener más que satisfactorias respuestas de esta pieza maravillosa.

Y poniéndose de espaldas en la cama replegó al máximo sus piernas, tomó al resbaladizo «cetro» por su mitad y aproximándolo a los ojos de Melisa lo sacudió amorosamente con delicadas muestras de respeto.

—Comenzaré yo con el extremo «cabezón» —agregó.

Dicho lo cual se insertó la mitad correspondiente, haciendo que emergiera la otra parte como si del esculpido mango de un estoque clavado en la carne se tratara.

Observando el extrañísimo cuadro andrógino que presentaba su amante, Melisa murmuró:

—Querida, parece que has hendido el corazón con una subyugante daga de amor. El conjunto se ve como un maravilloso monumento priápico.

—¡Oh, Lisita!… ¡Déjate de metáforas y ven encima de mí!… Es realmente glamorosa la sensación que me provoca… Ven sobre mí… Haz tu parte.

Y así dieron inicio a la última etapa de su acción amatoria. Dotaron a la prótesis de la curvatura apropiada para contemplar la convergencia de sus canales vaginales, pues ellas no deseaban otra cosa que estar frente a frente. Así, luego de penetrarse ambas con el «cetro», pudieron mantenerse muy aferradas durante un prolongado período de tiempo, entrelazando entre sí piernas y brazos; pudieron contemplarse a los ojos, acariciarse el pelo, besarse en los labios, ora con laxa terneza, ora con fogosa fruición, frotar sus palmas en las espaldas y glúteos de la amada, rastrillar con sus uñas los cascos de sus cabezas por entre los sedosos cabellos…

Y el «cetro» obraba sus maravillas, más allá de las que ellas se habían prefigurado. Profundamente insertado en las entrañas de ambas, no dejaba de procurarles infinito deleite al influjo del voluptuoso y resbaladizo frotamiento de sus pubis. Entonces la potenciación de la caricia interior, con sus multiformes disposiciones relativas y sus sorpresivas e incognoscibles reacciones de cada momento, hacía las delicias de las amantes mujeres. Muy pronto la intuición hizo que acompasaran adecuadamente cada meneo de sus pelvis y cada presión de sus pubis, de modo tal de obtener el máximo rendimiento de los estímulos. Así, cuando la una subía, la otra bajaba; si la una se desplazaba hacia un costado, la otra lo hacía hacia el opuesto y cuando una de ellas insinuaba un giro, la otra emprendía el contrario… Y en todos los casos percibían de qué manera se acomodaba aquella maravillosa pieza a la conformación a que era obligada; y luego recibían grandísimo gusto cuando sentían actuar la «memoria» del material del «cetro», intentando, en cada ocasión, recuperar su posición original. Y en verdad que ambas amantes habían conseguido un verdadero plus en cuestiones de amor sáfico… Aquella sin igual vivencia difícilmente podría ser superada.

Para sus psicologías, el bicefálico «cetro» no era sino una exquisita porción de sus cuerpos, capaz de emitir y receptar una pléyade de sensaciones gozosas.

Después de reiterados tanteos y acomodos consiguieron sincronizar un movimiento que atendía con adecuada frecuencia a rozar sus clítoris. Ello convirtió al movimiento en cuestión, en la fase final del acto amatorio, pues motivó las hercúleas potencias de los estímulos finales… Ya no había lugar a otras opciones.

Así, férreamente abrazadas y unidas sus bocas en un inacabable beso de amor, sólo sus pelvis vibraban con la intensidad y frecuencia adecuadas para asegurar el sin igual crescendo… Se hallaron bajo el dominio de un demoníaco automatismo con sonoras exclamaciones de ayes profundos y miríadas de jadeos… Pronto estalló Melisa en un clímax enloquecedor, que fue correspondido casi de inmediato por el de su amante ex compañera…

Luego, entre cortas y reparadoras relajaciones, se gozaron en una retahíla de gustosos -aunque cada vez menos intensos- orgasmos posteriores.

A la hora de la relajación final se hallaron fuertemente estrechadas en un simbiótico vis a vis.

Y en tanto que acariciaba los revueltos cabellos de su amada, Salomé musitó:

––Esto es lo más próximo a la apoteosis que es posible conocer, querida Lisa. Nunca he sido tan feliz… y presiento que a ti te debe ocurrir algo similar.

––Así es, mi amor ––respondió tenuemente Melisa, que tenía su rostro apoyado en los afectuosos pechos de Salomé––. Ahora descansemos y no desarmemos esta inembargable posición de amor.

Y manteniendo el mentado «cetro» como nexo físico y comunicador interno, ellas le provocaban algún que otro gustoso movimiento a través de un lánguido meneo de caderas, el cual iba resultando cada vez más menguado en la medida en que el manto del sueño iba velando sus ojos. Finalmente acabaron por dormirse profundamente en medio de la mayor felicidad y con la profunda convicción de haber encontrado «el complemento perfecto» a su amor.

Por la mañana, a primera hora, Melisa se dio a la tarea de limpiar el «cetro» y de acomodarlo ordenada y primorosamente en su caja de fantasía; antes de cerrar la tapa contempló unos momentos su contenido y, sin levantar la vista, murmuró:

––Verdaderamente, de haber sido dotada esta inusual pieza de movimientos artificiales nos hubiera privado del enorme placer que, mediante nuestras propias inducciones, nos ha prodigado. Tenían razón los que dijeron que eran inconvenientes tales movimientos; ellos no se constituirían sino en inútil recargo: el excesivo endulzamiento acaba por relajar… Mientras contemplo esta maravillosa adquisición no puedo sino pensar que se ha convertido en parte de nosotras.

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