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Paraíso e infierno

Melisa, cómodamente repantigada en el asiento del moderno microómnibus en que se desplazaba, contemplaba con su habitual arrobamiento el espectáculo del mundo exterior que, a través de la amplia ventanilla, parecía marchar apresuradamente hacia la retaguardia. Su amiga, Salomé Adelia Linares, en tanto, dormía profundamente a su lado sin parar mientes en el maravilloso paisaje serrano por el que discurrían.

A lo lejos, hacia el oeste, se destacaba nítidamente el azulino y más elevado perfil de las Sierras Grandes, cuyo ondulado borde superior parecía estar engullendo las porciones adyacentes de cielo. Contrariamente a lo que ocurría con el espacio aledaño al vehículo, aquellas majestuosas formaciones se mostraban inmóviles.

––Salomé se está perdiendo la magnífica visión de esta perspectiva de las sierras, reverdecidas por las tempranas lluvias de la temporada ––se decía––, pero al parecer tiene toda la cabeza ocupada por el sueño. Con el calor que hace está aprovechando la placidez que brinda la refrigeración del vehículo; yo no veo las horas de llegar a Arroyo Manso para darme un buen remojón en la piscina de la finca.

Melisa Wanda Sotomayor era una preciosa adolescente de dieciséis años y su amiga tenía unos meses más. Como ya ocurriera en los últimos tiempos, habían convenido en pasar unos días de vacaciones en un retirado y coqueto chalet de campo, que era propiedad de los progenitores de Salomé y que estaba implantado en un maravilloso paraje llamado Arroyo Manso, en lo mejor y más apartado de la serranía este cordobesa.

Ambas se conocían desde un par de años atrás y casi de inmediato surgió entre ellas una sin igual empatía que había dado lugar a una genuina amistad juvenil. Se querían mucho y casi no había empeño, diversión, empresa o encomienda que no realizasen juntas o, al menos, lo intentaran así. Cursaban el mismo año del colegio secundario; estudiaban juntas, tomaban el té juntas, practicaban deportes juntas, etc. Difícilmente se hallara dos hermanas con tal comunión de juicios y sentimientos; difícilmente, en medio de la extensa comunidad en que vivían, existirían dos jovencitas que sostuviesen una amistad de tan acendrada raigambre.

Ahora habían encontrado otra forma de encarar el placer de la mutua compañía, evadiendo el mundo que usualmente les rodea; y era el inmenso gusto que les prodigaba el hecho de hallarse y de permanecer solas por unos días en aquel hermoso chalet. En realidad habían estado allí con anterioridad en tres o cuatro ocasiones en las que habían permanecido, en cada caso, un par de días o hasta tres; entonces, dedicaron placenteramente el tiempo a leer, a ver vídeos, a cocinarse sus comidas, a efectuar largas caminatas por los cerros, a bañarse en el cercano arroyo o en la piscina de que disponía el amplio e impecable parque del chalet. Si bien en la vida cotidiana de la ciudad no desdeñaban asistir a las reuniones y bailes típicos de adolescentes, con sus multifacéticas luces monocromáticas y sus perturbadoras cargas de violentos decibeles, ambas habían llegado a la conclusión de que esta suerte de soledad compartida en aquel maravilloso paraje serrano, constituía realmente una subyugante y placentera disrupción del ajetreado mundo juvenil.

La propiedad en cuestión estaba implantada en un sitio algo alejado del área poblada, por lo que imperaba en ella un aura de intimidad, ostentando las deseadas cualidades de soledad y retiro. Pero, a la hora de proveerse, una simple caminata de varios minutos las podía poner en contacto con sus necesidades; por añadidura contaban con un par de bicicletas a las que usaban con gran frecuencia en estos menesteres y en sus paseos.

Ambas procedían de familias jóvenes e imbuidas de la tónica modernista y librepensadora; por ello hacían un dogma de la libertad de sus hijos y cada decisión de éstos daba pábulos a consideraciones y especulaciones de tipo parlamentario entre los miembros de la familia, pero en donde se buscaba preservar la decisión en sí como un derecho inalienable. De manera, pues, que el solo hecho de conocer los padres de Melisa que las chicas estarían en el chalet de campo de la familia Linares, era motivo suficiente para considerar que todo se hallaba perfectamente controlado. Por supuesto disponían del teléfono para las comunicaciones más elementales; pero ambas amigas habían declarado previamente que preferían gustar de la soledad del momento y del paraje y por ello pusieron serias cortapisas a las comunicaciones frecuentes con las familias. De manera que las llamadas debían resultar, en definitiva, esporádicas; o bien se utilizarían en casos de necesidad.

El ómnibus proseguía su recorrido y era notorio cómo su marcha se complicaba en la misma medida en que, al ingresar en una zona de topografía más abrupta, pululaban las sinuosidades del camino y crecía la pesadez de sus rampas y bajadas. La vegetación autóctona del accidentado terreno circundante se hacía muy tupida por momentos y, asimismo, era dable ver y sentir cómo el vehículo se desplazaba por la estrecha banda de una cornisa, dibujada entre la empinada ladera de la montaña lacerada por los constructores de la obra, de un lado, y las voraces fauces del peligroso barranco, del otro. «Salomé se pierde la maravilla de este paisaje y el regusto de la adrenalina de contemplar hacia el abismo», se dijo Melisa.

Finalmente fue arribada la hora de descender. Llegaron a un escondido paraje que circundaba al camino y en donde existía un viejo apeadero, un refugio con signos de abandono y casi oculto por un añoso árbol en plena banquina: se trataba, sin duda, de una parada escasamente utilizada. Cargando sus bolsos, ambas amigas comenzaron a caminar, eufóricas, por la alabeada senda que las llevaría hasta la propiedad.

––Cuando me hallo en esta circunstancia, al pie del ómnibus, y pienso en el recorrido que debemos realizar ––arrancó Salomé –– siempre me pregunto por qué no tomamos la precaución de disponer de nuestras bicicletas en alguna de estas casas próximas, de manera que las podamos utilizar para llegar al chalet.

––Oye, Saly, no creo que sea buena idea: la senda es muy sinuosa y empinada y para colmo siempre vamos transportando pesados bolsos y mochilas. Creo que en tal caso tendríamos la carga adicional de llevar la bicicleta a nuestro lado con lo que, seguramente, se convertiría en un ‘magnífico’ estorbo.

––Tienes razón, Lisa, resultaría muy pesado. No queda más camino, que hacer el camino a pie. Después de todo venimos aquí a pasear y las caminatas forman parte importante de nuestras diversiones. Pero la próxima vez podríamos descender en el parador que tiene el ómnibus en el poblado y que se halla muy próximo a lo de Teófilo; allí podemos tener en guarda nuestras bicicletas y llegarnos al chalet por el otro camino que es de mejor trazado, aunque bastante mas largo.

––¿Teófilo es el morochito bajito que se hallaba la vez pasada en el chalet, verdad? ––inquirió Melisa.

––¡Teófilo Nieto es un serrano amoroso! Es el encargado de atender todas las ñañas que aparecen en las instalaciones del predio; tú sabes: pequeñas reparaciones, desmalezados, cuidados del parque, limpieza y entretenimiento de la piscina… y esas cuestiones. Creo que tiene cosa de cuarenta y cinco años y vive en los aledaños del pueblo a la vera del camino de tierra del que recién te hablé; el cual pasa muy cerca del paraje Arroyo Manso. En realidad, es encantador utilizar esta senda que conecta directamente el apeadero con el chalet, porque es un verdadero atajo y, además, es muy bella; dice mi papi que sólo se puede transitar por aquí con un vehículo con tracción en las cuatro ruedas.

»¿Sabes?… Estoy tan entusiasmada con esta visita al paraje que tengo la idea de que nos quedemos una semana en lugar de los tres días que habíamos planeado… ¿Qué te parece?… Comida tenemos para rato y estamos en vacaciones.

––¡Regio! ––exclamó Melisa––; claro que tendremos que comunicarlo a casa; espero que mis papis no tengan objeciones, de lo contrario me voy a ver obligada a desplegar mis artes de convicción. Parece que el buen tiempo nos va a acompañar.

––Atención: ya sabes que por estos lugares y en este tiempo de verano una tormenta se arma en contados minutos y que suelen ser muy eléctricas. Mas aunque hubiese de llover, no te olvides del encanto maravilloso que eso tiene en las sierras. Podremos quedarnos contemplando la lluvia en los cerros a través del ventanal del solar, viendo cómo se plantan las líquidas varillas al trasluz.

––¡Ah, Salomé, Salomé!… No puedes evitar tus alusiones a Leopoldo Lugones. No en balde nos hicieron aprender de memoria en Literatura su famoso Salmo Pluvial. Al parecer, tú lo has asimilado a la perfección.

––¡Lo adoro! ––contestó Salomé–– y nada me sería tan grato como ver recrearse las condiciones y circunstancias que dieran lugar a la inspiración de don Leopoldo y poder recitar su hermoso poema, observando el temporal a través del solar de nuestra casa. Incluyo también la «calma» y aquél: en los profundos campos silbaba la perdiz.

—Claro… ¡Cuántas veces hemos oído el silbo de la perdiz, el chistido de la lechuza y el gañido del zorro!

Empero, aunque Salomé era muy afecta a los frutos del Parnaso, no por ello dejaba de ostentar un profundo sentido práctico. Por ser la mayor de ambas, la propietaria de la finca y por resultar de su mayor gusto, había tomado a su cargo la maestría culinaria del paseo; de manera que en los bultos que acarreaba había una buena proporción de alimentos enlatados, polvos de hornear, de tortas, de helados, etc. Claro está que todos eran productos tomados de los anaqueles del supermercado y en donde estaban contenidos, prefabricados, predesecados, precocinados, predigeridos, previtalizados, etc., todos aquellos polvos y conservas que proveen a los estómagos con la virtualidad de la vida moderna, caracterizada por su acelerada versión fast.

––Tengo ––apuntó Salomé, en tanto que ambas proseguían su parsimoniosa caminata–– una buena provisión de cajas de tortas y helados que, por el lado de la repostería, nos permitiría pasar un mes muy tranquilamente. Mamá me notició que hay gran cantidad de huevos en la heladera. Ahora, al llegar, no veo la hora de arrojarme a la pileta y pasar el resto de la jornada allí, pues la tarde está bastante calurosa. Luego cenaremos con las provisiones que traemos y las que encontremos. Mañana haremos nuestro primer paseo en bicicleta con una incursión por el poblado para comprar carne, pan y verduras frescas.

Después de casi media hora de marcha llegaron al chalet que se hallaba en condiciones impecables. Cada tres días aproximadamente, Teófilo Nieto dedicaba varias horas al mantenimiento de la casa, del jardín y de la pileta. El hombre moraba cerca de la ruta pavimentada, en el suburbio del poblado, pero sobre el camino secundario de firme natural.

Las mozas encontraron a Teófilo aquella tarde en plena tarea de limpieza del jardín y del pequeño parque y, para que no resultara perturbada la soledad durante la estadía en la finca, le hicieron saber que no se requerirían sus servicios hasta tanto ellas abandonaran el chalet, de lo que le darían debida cuenta a su turno. Teófilo aceptó a regañadientes la sugerencia de las chicas, pues era persona muy dedicada y no quería perder el control de sus cosas; pero no tuvo más remedio que aceptar calladamente la imposición, guardándose la miríada de pensamientos que pugnaron por salir en palabras de reconvención. Claro está: Teófilo Nieto, ya apartado en dos generaciones de las jovencitas, no era un hombre ni de ciudad ni moderno, y para nada acordaba con esas solitarias aventuras de las mozas, de las que ya tenía conocimiento.

Melisa Wanda Sotomayor y Salomé Adelia Linares depositaron los bultos que portaron casi en cualquier sitio, se vistieron con sus modernos y escuetos trajes de baño y partieron raudamente rumbo a la piscina que se hallaba presta a recibirlas. Se dieron varios chapuzones y gozaron las ingentes caricias del agua en aquella tarde de estío. No dejaba de formar parte de sus diversiones, ya desde tiempo atrás, una serie de juegos juveniles y cabriolas que implicaban normales contactos físicos. Aquel día de la inauguración del descanso, al llegarse a la oración y mientras marchaban por el parque rumbo a la casa, Salomé, que venía por detrás de su amiga, no pudo evitar el aplicar una serie de cariñosas palmadas a los bien formados glúteos de Melisa, lo cual fue recibido por ambas con alborozo y motivó, a su vez, la réplica de ésta mediante una suave caricia en el rostro de la primera.

Al día siguiente, las dos amigas decidieron posponer la compra de provisiones en el pueblo, para dedicar aquel primer día a un paseo de exploración por los cerros y quebradas aledaños.

Salieron, pues, muy temprano en la madrugada y después de varias horas de andar, de trepar cerros y mogotes, de cruzar estrechos desfiladeros, de vadear cristalinos cursos de agua, de descender por empinadas pendientes, se hallaron muy fatigadas y, habiendo divisado un fresco y verde prado, muy pequeño, que se extendía a la vera de un cimbreante arroyo, fueron a sentarse a la orilla de éste, muy dispuestas a tomarse un reparador descanso.

Extrajeron frutas y emparedados de los bolsos que portaban y se dieron de inmediato a la tarea de calmar su hambre.

––Es realmente maravilloso este paisaje ––apuntó Salomé––. Nada me parece tan relajante como el murmullo de las aguas de este arroyito; ¿no te ocurre lo mismo a ti?

––Verdaderamente que prodiga un goce sin igual: es como si oyera la dulce aria del silencio.

»A veces pienso, querida Salomé, en el sortilegio que implica este sino que nos es común a ambas de ir marchando a contracorriente de lo que se supone que deben hacer los jóvenes de nuestra edad. ¿No deberíamos estar en medio del ruido y del claroscuro psicodélico, rodeadas de una multitud de otros adolescentes como nosotros, zarandeando los huesos al compás de algún cavernoso ritmo?… Mi mami siempre reprocha mi escasa afición a la muchedumbre y, en tono festivo, me incrusta el sambenito de «troglodita», cosa que al parecer la divierte, pues termina a las risotadas.

––¿Y tú, qué le contestas?

––Que a mí me es dado escoger con escrúpulos mis amistades: mi consigna es pocas y buenas.

Salomé se sintió muy complacida por esta confesión y por toda respuesta acarició delicadamente la cabellera de su amiga. Ésta le retribuyó colocando su palma sobre el dorso de aquella mano y dándole suaves golpecitos con un dejo de exquisita ternura, al par que el rubor acudía a sus mejillas.

Poco después emprendieron el regreso al chalet, tratando de hablar lo menos posible, pues ya el cansancio de la caminata pedía a gritos el ahorro de energía. Sintieron gran necesidad de apoyarse mutuamente y es así que, al llegar a la casa, se hallaban fuerte y cariñosamente abrazadas.

Por la noche, después de cenar, ambas amigas se dispusieron a escuchar música, leer y conversar en el cómodo estar de la vivienda: una suerte de living-room en forma de L, de dimensiones más que generosas. Como era rutinario para ellas, lucían sus breves trajes de baño por toda prenda de vestir. En realidad mientras permanecían en el chalet o en sus alrededores siempre llevaban ese simple atuendo; de tal manera, en cualquier momento que lo desearan, sea en el día o en la noche, aprovechaban para darse un refrescante chapuzón.

Salomé puso música lenta y romántica; tenían infinidad de discos compactos de ese tipo de música y también de las de características hot. Se aproximó a la gran puerta vidriera del solar y se extasió en contemplar el aspecto etéreo que presentaba la iluminada y bien cuidada área del parque; luego se fue a sentar al lado de su amiga. Entonces apuntó:

––No caben dudas, querida Lisa, que la profunda amistad que hemos establecido y que hemos elogiado hoy a orillas del arroyo, ha determinado que no haya secretos entre nosotras. Casi sin temor a equivocaciones podríamos adivinar nuestros respectivos pensamientos cuando participamos de una vivencia o de una conversación. Sin embargo, corazón, hay algo de lo que todavía no hemos hablado, aunque lo siento larvado en todos nuestros juicios. ¡No sé por qué aún no nos lo hemos preguntado!… Dime: ¿ya has andado con algún hombre?

Melisa miró de hito en hito a su amiga, sonrió tenuemente y, con algo de embarazo, contestó:

––Puede decirse que sí. Hace algo más de un año atrás conocí a Javier, un chico de la escuela comercial. Tenía entonces dieciocho años. La cuestión no resultó feliz del todo… y pronto nos dejamos.

––¿Pero… llegaron a tener relaciones íntimas? ––insistió Salomé.

––Sí, claro. Eso es exactamente lo que quise decirte. Pero precisamente allí radicó el problema, pues nuestras relaciones eran sólo eso. Me pareció un chico muy inmaduro y acabó repugnándome que su única preocupación entre nosotros radicara precisamente en la relación sexual. En realidad adolecía, asimismo, de un vicio que repugna: era en extremo presuntuoso.

––¡Ah, entiendo, entiendo!: no te interesa el hombre sólo en cuanto macho ––retomó Salomé––. Pues, a mí me ocurrió algo parecido. Estuve noviando un tiempo con un amigo que conocí en un boliche bailable. No puede decirse que la experiencia fuera precisamente fascinante. Los hombres me parecen bastantes despreocupados en cuestiones de amor… una vez que se sienten satisfechos; digamos… una vez que han escupido sus humores.

––Tienes razón, pronto echan todo en santo olvido y se dedican a pensar en el partido de fútbol del domingo, a repasar la mejor conformación de su equipo en el próximo lance, a desesperarse por la falta de juicio del director técnico que no atiende a sus racionales conceptos, etc. No llegan a olfatear, siquiera, la fina sensibilidad que nos posee a las mujeres. Dicen que tales condiciones son normales en los adolescentes, los que al parecer tardan más en madurar que nosotras.

––No te lo creas así: yo diría que los hombres jamás maduran en el sentido que nosotras necesitamos… Siempre ocurrirá, Lisita, que nosotras seamos capaces de comprendernos mejor y de transponer con mejores títulos los confines de nuestras exquisiteces y apetencias, ¿no te parece? Después de todo siempre se ha reconocido que para una mujer no hay nada mejor que otra mujer.

Por toda contestación, Melisa, como ya lo había hecho en otras oportunidades, acarició el rubio cabello de su amiga, pero, al influjo de la cálida insinuación de sus palabras, puso esta vez gran ternura en ello. Y luego, bastante cohibida y con el rubor aflorando a su rostro, fingió retomar la lectura de la revista que previamente había dejado a un costado. Pero su pensamiento volaba por otros andariveles… y el juvenil corazón le golpeteaba rudamente el pecho.

Salomé se levantó y se dirigió al equipo de audio, colocó un disco compacto y al oír los primeros sones de la dulce melodía que comenzaba a fluir por los parlantes, entrecerró los ojos con gesto de adorable ensoñación y comenzó a danzar, a solas, muy tenuemente. Presto se oyó el suspirante, vago y cansino lamento de un saxofón que esbozaba el melancólico son de Sentimientos. Se aproximó a Melisa con ambos brazos extendidos hacia ella y, en tanto que con su cuerpo todo marcaba el grácil e insinuado ritmo, la invitó a bailar.

––Ven, querida Lisa ––bisbisó con un sugerente dejo––… Bailemos este maravilloso Feeling que nos brinda Fausto Papetti, desde los estrados mismos del Nirvana. Dejémonos arrastrar por el suave torbellino de esta dulce melodía.

Entonces ambas se tomaron de los hombros y comenzaron a bailar. Sintió Melisa que el corazón se le apuraba aún más. Una exótica y meliflua sensación, al hallarse en brazos de Salomé, le invadía ambiguamente todo el ser. En un principio se movieron con cierta soltura y en medio de risueñas expresiones. Mas, poco a poco, fueron amortiguando sus movimientos. Cada vez, insensiblemente, aproximaban sus cuerpos más y más, hasta que acabaron confundidas en un estrecho abrazo que mostraba, ya descarnadamente, los embriagadores signos del lazo pasional. Luego, cimbreando sus caderas y haciendo ondular sus cuerpos cuan largos eran de consuno, casi sin desplazarse del lugar donde estaban paradas, se dieron a un subyugante juego de contoneo que prestamente devino en una amalgama de caleidoscópica danza y deleitosa frotación. Cada una de ellas se sentía fuertemente aferrada al cuerpo de la otra y la danza no hacía sino insuflar un aura exquisita a la fervorosa escena.

Salomé, por encima del hombro de Melisa, aproximó su rostro a la oreja izquierda de su amiga y al fragor de una respiración cálida, húmeda y entrecortada, aplicó, juguetona y sibilante, su lengua al lóbulo. Melisa percibió como que un chispeante demonio penetraba a su interior, provocándole un voluptuoso escalofrío y, con la piel erizada, levantó sus hombros hundiendo su cabeza entre ellos. Luego, la versátil lengua intentó adentrarse por el embudo de la oreja e hizo que la receptora se soltara en un estrepitoso suspiro:

––¡Uy… Uy!… ¡Ahhh!… Uyyys!…

Y encontrándose sobrepujada por la cosquillosa sensación de su oreja, apoyó enérgicamente ésta contra el rostro de su amiga y comenzó a restregarla con el irresistible impulso de desalojar, por la misma vía, el torbellino de picazones que le había invadido las entrañas.

Luego sintió que Salomé, con palabras cargadas de arrobamiento… en susurros de sílabas proyectadas con caldas brisas, le volcaba al oído:

––¿Te… agradan las cosquillitas?…

Sin responder palabra, Melisa acarició con sus manos la espalda de su amiga y asintió con rítmicos movimientos de su cabeza. Salomé prosiguió susurrando:

––¿Quieres que te diga algo?… ¡Te amo, Lisita!… ¡Te quiero mucho!…

Lisa, ante la exteriorización concreta del mensaje que ya para ambas era más que notorio, se apretó más al cuerpo de Salomé y, haciendo aflorar a sus labios el fresco zumo del amor, aplicó un húmedo beso en su cuello, recogiendo, de paso, el excitante y salobre gusto de la piel.

Un suave y delicioso clamor escapó ahora de la agitada garganta de su amiga.

Se estuvieron largos minutos rastrillándose sus cabezas por entre los rizos de las cabelleras; besándose y acariciándose sienes y mejillas. En un momento dado, de consuno, ambas desplazaron un tanto sus cabezas hacia atrás. Salomé rodeó con ambas manos las mejillas de su amiga y, luego de mirarse intensamente a los ojos, se bebieron mutuamente en un beso apasionado e interminable. Melisa, acariciando las nalgas de Salomé, la atrajo fuertemente hacia sí… Luego, sin separar sus labios, comenzaron a menear nuevamente sus caderas, incrementando el frenesí en el frotamiento de sus jóvenes cuerpos.

Mientras, el saxofón de Feeling, que se hallaba en modo de repetición, seguía sonando quejumbrosamente… Sus cuerpos ondulaban cual si estuviesen recubiertos por una misma piel… Y sus ágiles lenguas luchaban entre sí, transfiriéndose aquel zumo que sólo la potestad del amor tiene el sortilegio de convertir en deleitosa ambrosía.

Acto seguido, Salomé, que como mayor había asumido en cierta medida el liderazgo de aquella subyugante escena, despojó a su amiga del brevísimo corpiño del traje de baño e inmediatamente hizo lo propio con el suyo, con lo cual los dos pares de juveniles pechos quedaron frente a frente. Los apretaron entre sí apasionadamente e, incorporando la flamante vivencia al juego, comenzaron una nueva ronda de contoneo y frotación… ahora sobretodo pectoral.

A continuación, y en tanto que su amiga le besaba con fruición los senos, Melisa, jadeante de placer, musitó:

––¿Es cierto que tanto me quieres?… ¡Oh, Salomé!… ¡Yo también… yo también te amo!… ¡Me haces tan feliz!…

Ambas se recostaron sobre un amplio canapé que formaba parte del mobiliario del estar y luego de quitarse sus tangas, últimas prendas de sus trajes de baño, puso Salomé su rostro a la altura de los pechos de la amiga y, en medio de mil besos y sobas, comenzó a aplicar deliciosas succiones a los erectos pezones. Con intuitiva habilidad, en determinado momento, tomó sutilmente entre sus dientes a uno de ellos… Acarició la porción que se hallaba en el recinto de su boca con delicadas acciones de la punta de la lengua… Luego, con ella, lo empujó dulcemente como para desalojarlo hacia el exterior, al par que mantenía cierta y conveniente presión de sus dientes. Así, el deslizamiento del pezón contra el duro borde de los incisivos, se tradujo en una fricción tan específica, concentrada y sutil, que colmó a Lisa de un placer demencial. En otros momentos, en alternancia con el anterior juego, la amante boca le aplicaba sutilísimos mordiscos que irradiaban desde el juvenil pecho una arborescente y agridulce comezón a todo el ser.

Melisa, entonces en el súmmum de la excitación, tenía asida entre ambas manos la amada cabeza de su amiga y no cesaba de acariciar su pelo y de rastrillar sus sienes y occipucio con las uñas… Jadeaba, pronunciaba incongruencias y, cuando el singular mordisco amoroso superaba el umbral de lo tolerable, retiraba raudamente su pecho, escatimándolo a la por momentos flageladora boca… mas prestamente volvía a introducir su pezón en ella para que se reiniciara el estímulo. Era, pues, caricia tan intensa, que siempre parecía hallarse al filo de la navaja: Melisa experimentaba que la divisoria entre el placer y el dolor era aquí tan estrecha que resultaba crucial que su amiga tomara conciencia de la exacta presión que había de dar a los dientes… Pero descubría que Salomé ostentaba singular maestría en aquellos avatares.

––¡Ah, Salomé, Salomé, mi amor!… Eres una verdadera hechicera, pródiga de tales y tantas delicias.

Trocando papeles, encontró Salomé que Melisa no era tan avisada en lo concerniente a este poco flexible juego al tope de la excitación. Después de retirar, raudamente, su seno de la bisoña boca de su amante que apretaba más de la cuenta, dijo en tono sonriente:

––Está visto que para aprender a caminar el bebé ha de superar algunos porrazos… ¡Por Dios, Lisita, no tienes que arrancarme los pezones!… ¡Pobre, mi niña, parece una tigresa hambrienta!…

––Lo siento, Saly, tendré más cuidado…

Se entretuvieron durante un prolongado lapso en esta especial y excitante manipulación. Luego dedicaron largos y deleitosos minutos a la exploración de otras regiones de sus desnudos cuerpos y a la explotación de las más excitantes sensaciones que, a favor de la belleza y de la edad, esconde la femenina anatomía.

Salomé fue recorriendo con su boca el segmento del cuerpo de su amiga que media entre los pechos y el pubis. Al arribar a éste, notó que un remanente de juvenil pudor de Melisa le hacía mantener sus piernas unidas. Veía su sexo convertido en un punto al que convergían tres subyugantes líneas… Puso sus manos en las rodillas y en tanto que presionaba muy sutilmente hacia el exterior, musitó:

––Abre tus piernitas, corazón. No temas presentar a la voracidad de mis labios el más preciado fruto de tu femineidad.

Este candor iniciático de Melisa colmaba de dicha a Salomé.

––Ni te sueñas, amor, el mundo que se abre ante ti ––siguió.

Melisa apretó con sus manos la cabeza de su amiga y, no sin dejos de timidez, comenzó a obedecer. Salomé la introdujo así en la entrepierna y haciéndola actuar a guisa de cuña fue incentivando la apertura… Percibió que aquellas piernas temblaban un tanto… Finalmente al rozar con sus labios a los congéneres del sexo de su novel amante, sintió Salomé el tibio y húmedo aroma que de él fluía.

Escasos minutos le demandó el encontrarse afiebrada en lo más sublime de la caricia. Con habilísima lengua… ágil, zigzagueante, centelleante, rítmica, percutiente, untuosa, áspera, perezosa, deseada… Por momentos, tibiamente flagelante…

Melisa percibió que los estímulos, en irrespetuosa vorágine, ascendían por su interior como el magma por la chimenea de un volcán… Hasta que estalló en un caleidoscopio de sensaciones. Se desató en ella el aquelarre de diez mil diablillos, aprisionados vaya a saberse dónde. Juguetonamente se dispersaron por todo su cuerpo en una danza de chispeantes y deleitosas cosquillas. Todas sus funciones se hallaban convulsionadas y dedicadas en exclusivo a atender los flujos de semejante batahola… Melisa Wanda Sotomayor nunca había sentido algo igual y, estaba segura, jamás podría olvidar este maravilloso momento de iniciación.

Luego trocaron papeles y también Salomé logró deleitarse al máximo con la pululación de sus propios geniecillos del placer; si bien debió dar oportunas instrucciones a su amiga, que mostraba algo menos de pericia en la materia.

El hecho es que finalmente ambas consiguieron extasiarse en las delicadas caricias que se ofrendan en esos especiales santuarios de la sensibilidad de la mujer y que transportan a la sublimidad.

De pronto Salomé se puso de pie y tomando de la mano a su amiga, susurró:

––Ven, me amor, acabo de tener una maravillosa idea.

Y acto seguido desplegó una colchoneta sobre la alfombra.

––Ahora nos acostaremos en sentido inverso ––prosiguió–– y nos prodigaremos el máximo gozo simultáneo.

Y siguiendo las directrices de Salomé, quedaron ambas acostadas lateralmente en sentido invertido, de tal suerte que sus bocas venían a enfrentar los respectivos sexos. Así, las cabezas muy adentradas en las abiertas y flexionadas piernas de la compañera y firmemente abrazadas con sus abdómenes aferrados el uno al otro, se dieron a la salaz tarea de concentrarse en la línguea caricia de sus juveniles clítoris.

Melisa sintió ahora que al enorme placer que le provocaba la estimulación de su amiga, se acoplaba de manera inescrutable su fortísima afición a prodigarla igual. De tal modo percibió que entró como en una suerte de resonancia o de retroalimentación, con el resultado de un evidente crescendo de los estímulos. Vio, o creyó ver, que el clítoris de Salomé se había proyectado hacia delante en una descomunal erección, en la que se demarcaba significativamente el cono inferior, del cráter de la montaña; se dio en lengüetear la base con firmeza en una trayectoria en forma de U intercalando con gran frecuencia una serie de golpeteos o martilleos en la cima. Todo lo cual era repetición a calco de lo que sentía que efectuaba su más aventajada amiga.

Cuando hubieron arribado a la cúspide de tan voluptuoso proceso, ambas estallaron en un orgasmo casi simultáneo que les deparó largos minutos de inusual placer… Suspiraron… Jadearon… Lloriquearon… Amaron…

Así, la exquisita poesía de Safo se había reencarnado en ellas…

Cuando se hallaron satisfechas, bastante entrada ya la noche, se dirigieron a la piscina, ansiosas de refrescar tanto calor; luego se acostaron de espaldas sobre el verde prado contemplando al renegrido y enjaezado firmamento.

––Nunca creí ––susurró Melisa–– que de tal forma pudiera tocar el cielo con las manos. Me has electrizado toda y has dejado mi alma impregnada de felicidad. Hoy he despertado a la vida en la maravillosa sensación de arrasar el mundo con una hoguera de alegría.

––Es decir: nada que ver con aquella experiencia de tu Javier de antaño ––replicó, sonriente, la amiga––. También tú me has hecho conocer lo que es vivir la máxima delicia. Te has convertido en excelente maestra en este tan sutil arte de la delectación femenina. Te quiero mucho y es mi esperanza que podamos mutuamente disfrutar de tal arte para siempre.

Salomé, se levantó un tanto, giró su cuerpo y se colocó casi sobre su amiga, por un costado. Y tomándole la cara entre sus manos y dando muestras de ternura infinita, comenzó a besarle frente, sienes y mejillas y remató con un especioso beso en los labios. Luego volvió a recostarse de espalda. Contemplando la bóveda del firmamento tachonada de estrellas, Melisa murmuró:

––¡Qué paz y tranquilidad se respira en este maravilloso y apartado paraje de Arroyo Manso, mi querida Salomé! Verdaderamente que me inunda la sensación de haber perdido el tiempo en las varias ocasiones en que estuvimos solas aquí, sin habérsenos ocurrido el realizar tan estimulantes juegos. Esperemos, en efecto, que lo podamos repetir muy a menudo.

––¡Oh, no te preocupes por ello! ––repuso Salomé––; siempre encontraremos en nuestro medio de la ciudad algún rinconcito en donde podamos explayarnos a solas y a nuestras anchas. Recuerda que muchas veces mis padres se van por varios días y yo quedo sola a cargo de la casa; simplemente en tales circunstancias no tienes más que venir a acompañar a tu amiga…

Luego, vencidas por el sueño, se dirigieron al chalet, se acostaron y se durmieron profundamente.

En los siguientes días, tal como si se tratase de una beatífica luna de miel, casi no existía instante en que estas singulares amigas no se prodigaran las más sentidas muestras de cariño y por las noches reiteraban sus pasionales caricias, frotamientos y estimulaciones, recibiendo de ello grandísimo gusto.

µ µ µ

Mas no todo habría de ser rosas en el jardín de las jóvenes amigas. Una noche, casi al final del tiempo que habían asignado a su estancia en el chalet, se hallaban ambas entregadas con gran frenesí a sus amatorios ejercicios, desnudas sobre la preciosa colchoneta que habían tendido en la alfombra del estar, cuando oyeron apagados y misteriosos ruidos que provenían del exterior y que penetraban, desde el parque, por la amplia puerta vidriera del solar. Tuvieron la sensación de una extraña mezcla de murmullos y sonidos de pisadas, notoriamente envueltos en un inquietante manto de sigilo.

La puerta solera que daba al parque se hallaba tan sólo entornada, pues ambas amigas se preocupaban muy especialmente de no coartar su contacto con la naturaleza, por lo que puertas y ventanas permanecían usualmente abiertas. Ambas quedaron muy sorprendidas y de repente pasó por sus mentes la extraña y fea sensación del miedo. Jamás se habían dado la menor fracción de tiempo para efectuar una presunción en tal sentido. Se miraron intensamente y, como respondiendo de consuno a una orden interior, suspendieron toda actividad y se pusieron a contemplar con aprensión hacia la puerta. Por primera vez captaron la fragilidad de su situación, lo que apareció nítidamente ante sus ojos como la contrapartida de la intimidad y soledad que tanto habían buscado.

Luego de unos instantes de expectación, Salomé puso el índice sobre sus labios en gesto de silencio y permanecieron aún, por unos insufribles segundos más, muy atentas.

Ante la evidencia de nuevas y sutiles pisadas, finalmente Salomé se incorporó, se colocó una bata sobre los hombros y se dispuso a salir a otear el exterior. Entretanto Melisa permanecía con la boca abierta con muestras de hallarse muy asustada.

––Existen muchos zorros en el yuyal; permanentemente estás oyendo sus gañidos ––dijo Salomé con el evidente propósito de tranquilizar a su amiga––. Si vemos que algo malo ocurre llamaremos a Teófilo por el teléfono; él con su moto puede hallarse aquí en cosa de quince minutos.

Luego traspuso resueltamente la puerta que daba al parque. Melisa intentó recuperar la calma; se sentó sobre la colchoneta abrazando sus piernas flexionadas arrimadas a su tronco; hizo descansar la barbilla en sus rodillas manteniendo la hipnotizada mirada en la puerta vidriera y, luego de transcurridos varios minutos, comenzó a impacientarse seriamente ante la tardanza de Salomé. Entonces, ya muy nerviosa, no lo pensó más y se dirigió directamente al teléfono. Por suerte el número de Teófilo Nieto se hallaba bien a la vista… Mas al llevar el auricular a su oído hizo la triste y definitoria comprobación de que no tenía tono. «¡Oh, han cortado la línea!», se dijo, ya presa del horror.

Pretendió buscar la bata para cubrir su cuerpo desnudo e ir en la demanda de Salomé. Pensó en blandir el atizador de la chimenea como arma.

Pero todo quedó en el proyecto de un infinitésimo de tiempo pues, de repente, como por arte de birlibirloque, tres individuos se presentaron en la vidriera del solar… ¡Tres fantasmales estampas!… Fue todo tan rápido que Melisa ni siquiera pudo percatarse de la entrada de aquel grupo… Sencillamente, estaban allí, en el interior del living, como proyectados de improviso por una oculta cámara, como una aparición milagrosa… Tres muchachones; uno de ellos se destacaba por su recia contextura. Por toda indumentaria llevaban sendos shorts, calzaban inmaculadas zapatillas blancas y, lo más espantoso, cubrían sus cabezas con una grotesca y terrorífica máscara enteriza, típicas de las comedias antiguas. La del gigantón era la careta de un gorila de expresión sorprendida; otro llevaba la representación de un dragón de fiera catadura con la boca abierta y llameante, y el tercero representaba el rostro de un Charles Chaplin, desencajado por una desaforada y payasesca risa.

Lanzaron al unísono una horrible carcajada de malévolo triunfo con lo que llevaron al paroxismo el espanto en la desvalida niña, a fuer de lo patético del cuadro total.

Con la velocidad del rayo se dirigieron a Melisa que, aún desnuda y aturdida en grado superlativo, lanzó un grito estentóreo. Pero el miedo no la paralizó; por el contrario comenzó a correr con gran vivacidad hacia el pasillo que comunicaba con la parte privada de la casa, previendo que aquél podría convertirse en su vía de escape. Empero, uno de los indeseables visitantes, el más corpulento, le salió al paso y, en un abrir y cerrar de ojos y antes de que pudiera arribar a la puerta que daba al pasillo, la aprisionó entre sus brazos poniéndola de espaldas contra el robusto torso y levantándola del piso cual si se hubiera tratado de una bolsa de plumas.

Melisa se vio así impedida de accionar brazos y manos y quedó suspendida con sus piernas en el aire. Gritando a todo pulmón, comenzó a retorcerse como un ofidio escaldado tomado del cuello y, única posibilidad de agresión en su defensa, empezó en medio de desordenados pataleos a propinar a su captor fuertes talonazos en casi cualquier parte de sus extremidades inferiores. El fornido muchachón, que la había echado al aire con pasmosa facilidad, daba ingentes voces de alborozo ante los estériles esfuerzos de la niña por desasirse de su prisión y saludaba con una fiera carcajada cada golpe de talón que recibía.

Sin embargo, en contados segundos, afloraron a la perturbada mente de ella atisbos de racionalidad; y poniendo entonces la planta de su pie izquierdo sobre el correspondiente muslo del individuo, sobreelevó bastante su pelvis despegándola del cuerpo de aquél. A continuación, proporcionando un fuerte impulso hacia atrás a su pierna derecha y luego de flexionar al máximo la rodilla, fue a aplicar un formidable talonazo sobre la ingle del individuo, dándole, con gran ventura, de lleno en los testículos. De inmediato el gigantón, como fulminado por una descarga, soltó su presa, lanzó un espantoso aullido y se desplomó; cayó de vientre al piso tomándose la sensible región pubiana con ambas manos y, en medio de estentóreos quejidos, comenzó a contorsionarse y a rolar de aquí para allá con su trasero en grotesca proyección hacia el cielo.

––¡Vengan a tener a esta hija de perra!… ¡Ay, ay!… ––clamaba el urso de la máscara del gorila asombrado.

La providencialmente liberada Melisa se abalanzó entonces sobre el pasillo con la intención de ganar el baño y encerrarse en su interior; pero prestamente los restantes compinches del trío cayeron sobre ella cuando se hallaba ya próxima a satisfacer su intención: apenas había conseguido abrir la puerta del local de la esperanza. No sin trabajo la silenciaron colocando una amplia cinta emplástica sobre su boca, ligaron sus muñecas y sus tobillos con varias vueltas de la misma cinta y, tomándola entre sus manos, la transportaron de nuevo al estar, depositándola boca abajo sobre el mullido y extenso canapé.

Entretanto el otro se había recuperado ya y se dirigió donde estaba el grupo. No obstante caminaba aún con las piernas arqueadas y el tronco tirado hacia delante, con lo que su perfil presentaba la risible imagen de mostrar a su trasero como el vértice de un ángulo obtuso.

Arrastraron a Melisa de panza sobre el canapé hasta el borde de uno de sus extremos e hicieron bajar sus rodillas al piso, con lo que vino a quedar así en posición de arrodillada. Maliciando ya cuál sería el fin de aquellas manipulaciones, la moza se obstinaba en mantener erguido su torso, pero la empujaron fuertemente de la espalda y la obligaron a recostar su abdomen y pecho sobre el canapé. Uno de los matones llevó sus aunadas manos por encima de su cabeza y las fijó a las patas del lado opuesto del canapé, utilizando un trozo de venda; Melisa, que no dejaba de quejarse en la medida en que le era posible hacerlo, sintió así que había perdido toda movilidad en brazos y manos; y ya no le cupieron dudas del final que le esperaba. Uno de los vejadores, después de huronear por el cuarto de baño, trajo un pote de crema para manos, de consistencia aceitosa, la cual vertieron especiosamente en la comisura de sus nalgas refregando la zona muy a su sabor.

En el colmo de la desesperación, Melisa Wanda Sotomayor, clamaba con huecas voces internas, movía espasmódicamente su cabeza y, en medio de lacerantes gimoteos, iba diciendo: !no!… ¡no!; como última instancia, parecía implorar alguna consideración a los insensibles malhechores.

Después, percibió que le liberaban los tobillos pero que, inmediatamente, eran tomadas sus pantorrillas con férreas manos por dos de aquellos individuos con lo que no le permitieron movimiento alguno; luego, colocándose los violentos uno a cada lado, le obligaron a abrir las piernas en tanto que las mantenían férreamente atenazadas.

Con todo lo cual la puesta a punto de la inminente violación a Melisa había quedado concluida. El montaje estaba perfeccionado: sus brazos y manos se hallaban firmemente inmovilizados, ella se veía en posición de arrodillada al borde del canapé, sus piernas formando una obligada abertura e imposibilitadas de todo movimiento y sus nalgas, asaz lubricadas, ofrecían la más clara exposición para la consumación del hecho… Y ya tenía certeza absoluta de que sería sodomizada.

En esos momentos el tercer individuo, el que ostentaba la máscara de Charles Chaplin, se colocó frente a su rostro y bajándose el short le mostró su órgano sexual al par que le decía con dificultosa y ronca voz:

––Mira, nena, esto es lo que a ti te hace falta, que no estarte restregando y tortillando con otra muñeca y desperdiciando todo el gusto que esto te puede dar. Esto es lo que te conviene, preciosa.

Lisa vio aquel miembro viril en cuyo extremo se destacaba una suerte de mancha de nacimiento a guisa de medialuna que cubría las dos terceras partes del glande; era de color marrón con tornasolados toques de púrpura. Luego, en un gesto de repugnancia, la niña dio vuelta el rostro hacia el lado del respaldar del canapé para escapar a la mirada de lo que aquel malvado le ofrecía.

Cuando el desnaturalizado individuo se colocó por detrás de ella, ya presto a consumar su acción, Melisa redobló sus esfuerzos llevando toda su agitación y movilidad a la única parte en la que aún le era posible alguna defensa, es decir, su pelvis. Meneando su cadera endemoniadamente para todos lados procuraba, por tal medio, entorpecer la intención del violador. Mas al cabo de unos minutos terminó por fatigarse y entonces, al hacerse sus movimientos lentos y cansinos, el lascivo sujeto apretó firmemente aquella movediza cadera contra el filo del canapé… Colocó su maculado glande en el portal del esfínter y luego, sin mayores miramientos aunque con exceso de lubricación, se introdujo raudamente en el recto de la castigada adolescente.

Melisa sintió la estocada tal como si una barra incandescente le incinerara la tierna y dormida entraña. Sufrió el lacerante fuego de la brutal distensión y en la vicisitud sólo atinó a emitir apagados gemidos… Percibió cómo el repugnante individuo se recostó sobre su espalda cubriéndola con su cuerpo. Oyó luego de unos instantes muy cerca de sus oídos el jadear de su respiración y cómo, al momento del orgasmo, emitía una serie de terroríficos gruñidos de gozo que eran como el acabado exponente de su bestialidad…

Y presto supo la joven lo que venía a significar el infierno de tal vejación.

Contrariamente a lo que supuso desde un principio, fue violada por uno solo de esos malhechores. Luego volvieron a liarle los tobillos, la sacaron del canapé y la dejaron en un costado del amplio room. Pese al seco ardor que le afligía toda la zona por donde la había penetrado el violador, pronto se olvidó de sí misma para traer a su pensamiento la suerte de su amante amiga, a la que no había visto para nada desde el comienzo de todo ese martirio. Mas pronto se hubo de tranquilizar un tanto en este aspecto, pues dos de los individuos salieron a una seña del tercero —que no era otro que el de la careta de Charles Chaplin, el violador de Melisa— y un par de minutos después regresaron trayendo entre sus manos al maniatado cuerpo de su amiga, la cual se revolvía con ímpetu harto feroz.

––Esta fierecilla es peor que la otra ––dijo el grandulón-gorila––. Tiene bastante más fuerza; me parece que es el macho de la parejita. A cuidarse de que no patee las bolas como la pequeña: ¡me ha producido un dolor que me llega hasta las quijadas! Pero no ha de ser tal que me impida lavarle el útero a esta otra.

––Acuéstenla sobre la mesa e inmovilicen sus manos.

Salomé ya traía una cinta en la boca y maniatados sus tobillos y sus manos. La recostaron de espaldas sobre la mesa, llevaron su pelvis a uno de sus bordes, le ataron las manos por encima de su cabeza a las patas del borde opuesto y, luego de liberarle los tobillos, dos de los individuos le sujetaron férreamente cada una de las piernas y se las abrieron dejando su sexo en franca exposición. El tercero —el de la máscara-dragón— se colocó entre ambas piernas y se dedicó a violarla sin mayores problemas. Finalmente cambiaron de roles y ahora le tocó al gigantón el turno de satisfacer su perverso instinto.

Lisa pudo observar, pues, que sólo dos de aquellos individuos violaron a Salomé. El tercero, bien lo sabía, era quien la había vejado a ella.

Después de consumados estos hechos y habiendo al parecer quedado satisfechos todos los malhechores, éstos colocaron a las mujeres juntas aunque bien maniatadas. Luego se fueron a buscar provisiones a la pletórica heladera y poniéndose fuera de la visión de las niñas se despojaron de sus máscaras y se pusieron a comer de todo lo que allí había y a tomar cerveza. Y mientras así reparaban sus energías, uno de ellos, el violador de Melisa, tomando un periódico, manifestó:

––Dicen que este patilludo gobernador de La Rioja le va a ganar la interna al que ostenta el aparato del partido y que se va a transformar en el próximo presidente. Con el desastre a que nos está llevando el actual y con las promesas que este ‘chilludo’ se encarga de hacer, poca es la esperanza de ‘levantar el oso’ que tenemos.

––¡Déjate de política! ––espetó otro––. Mas bien pensemos en repetir la función, ya que me he quedado con ganas. Le hagamos cambiar los papeles a las muñecas.

––Por mí, no hay más que hacer aquí ––terció el grandulón––. Creo que lo mejor será retirarnos. Estas chicas han gritado mucho antes que pudiéramos acallarlas y aunque nos hallamos en un lugar muy retirado… nunca se sabe.

––A vos, porque seguramente aún te duelen las bolas ––replicó el anterior.

––Nos iremos ya ––ordenó el violador de Melisa––. Vayan saliendo que yo ya voy.

Una vez que quedó sólo, este personaje (con su singular capucha nuevamente en su lugar), sin decir otra palabra, se dirigió a las mujeres; quitó la cinta que liaba las muñecas de Melisa y volvió a unir a éstas pero con notoria flojedad, con la evidente intención de que con algo de trabajo se habrían de saber liberar. Para esos momentos ellos ya se hallarían muy lejos del lugar. Habían vertido muy pocas palabras durante todo el tiempo que dedicaron al martirio de las niñas; tan sólo las escasas alusiones mientras comían. Las adolescentes debieron agradecer el que hayan abandonado la propuesta de aquel que deseaba una reiteración del suplicio.

Salieron del chalet y, algo después, oyeron que arrancaban dos motocicletas y que se alejaban raudamente de la zona.

Después de no pocos esfuerzos, Melisa, que era la más recompuesta de ambas, pese a las restringidas maniobras que con sus manos podía realizar a favor de la liberalidad de su victimario sexual, logró quitar las ligaduras de las muñecas de su amiga. Cuando esto fue conseguido, un cuarto de hora después, ambas pudieron finalmente liberarse del todo y abrazándose, en medio del abatimiento que los duros momentos les habían deparado, rompieron a llorar desconsoladamente. Luego fueron a higienizarse y a vestirse. Con renovada repugnancia alejaron de sí los vestigios seminales que los depravados individuos se habían regodeado en verter en sus juveniles cuerpos. Limpiaron, asimismo, los encharcamientos que se observaban en distintos lugares de piso y muebles.

Pasaron casi todo el resto de la noche en vela pues el miedo se había enraizado de ellas.

Salomé comentó que al salir al jardín a investigar el origen del extraño ruido que habían escuchado, de improviso la asieron desde atrás y le taparon la boca y la inmovilizaron. Luego la encerraron con llave en un pequeño cuarto de baño que se halla en el departamento de servicio, externo al chalet. Allí la fueron luego a buscar para traerla al living-room en que se hallaba Lisa. Ésta, por su parte, le refirió todas las vicisitudes que tuvo que pasar y cómo tan brutalmente la sometieron por el ano, no escatimando lamentaciones por el gran ardor que allí sentía.

––Será menester ––dijo en determinado momento Salomé –– no comentar para nada lo ocurrido con la visita de estos perversos encapuchados; mucho menos a nuestros padres pues nunca más transigirían en que nos reunamos solas en el chalet. También será del caso, querida Lisita, tomar precauciones para que esto no vuelva a ocurrir.

––Cortaron el teléfono, mi amor. Yo intenté comunicarme con Teófilo unos segundos antes de que penetraran al living-room… ¿Sabes, Salomé,? es evidente que nos han estado observando, talvez desde nuestra llegada aquí; no en balde hicieron algunas referencias a nuestras… relaciones de amor. Tiemblo ahora de sólo pensar que nosotras nos entregábamos a bellas ternuras con la firme convicción de que nos hallábamos en un edén, al abrigo de cualquier mirada indiscreta… y que realmente no era así. ¿Cómo, pues, habremos de pensar en tener nuevas reuniones en este lugar? ¿No será mejor remitirse ahora a buscar sitios más seguros en nuestra propia ciudad?… Verdaderamente que lo de esta noche ha metido miedo en mi alma acerca de nuestra integridad en este paraje maravilloso. ¿Cómo recuperar la sensación de seguridad? ¿No deberíamos pensar que procedimos con demasiada temeridad al quedarnos solas en el chalet?

––Quizás tengas razón: va a ser muy difícil superar el escollo de la desconfianza que se ha incrustado en nosotras. Es una verdadera lástima, pues aquí todo se presenta tan… hermoso, tan sublime, tan lleno de naturaleza y de soledad. Pero es cuestión de no desesperar. Nos procuraremos un par de buenos perros para que guarden el predio y tomaremos otras precauciones.

––¿Por ejemplo tener armas aquí?

––Sí, por supuesto… Eso es exactamente lo que quise decir. Y también será menester no dejar la casa tan abierta.

––¿Sabes acaso manejar armas?

––Tendremos que aprender a usarlas, pues…

Melisa hizo un gesto indefinido que parecía indicar que no estaba muy de acuerdo. Salomé prosiguió:

––Aunque muy traumática la prueba hay que reconocer que estos desgraciados a mí no me han tratado con gran brutalidad al violarme; pero la verdad es que tal cosa nunca podré olvidar.

––Yo en cambio no he tenido la misma suerte. Mucho dolor me ha dejado el infeliz de la máscara de Charles Chaplin en las asentaderas ––bramó Melisa en un rapto de furor––. Lo que jamás olvidaré es la mancha que vi en el extremo del pene de ese malhechor; una suerte de medialuna muy amarronada y con tintes de púrpura… ¡Juro que si alguna vez en la vida se llega a poner a mi alcance se lo he de arrancar a cuchilladas!… También llevo muy metido en mis oídos el odioso bramido que el placer le arrancó del pecho, que tal parecía una bestia.

Luego ambas se quedaron calladas por largos instantes hasta que Salomé se puso nuevamente a reflexionar:

––¿Sabes una cosa, Lisita? Dentro de todo, estos muchachones no nos han provocado el tipo de daño que es dable esperar de gente de esa calaña; pudo habernos ido peor: no nos han robado nada; no nos han golpeado más allá del trato rudo que ostentaron frente a nuestras naturales resistencias; tu forzador tuvo la gentileza de aflojarte las ataduras… hasta diría que cuidaron un tanto su léxico. Se limitaron a violarnos sexualmente.

––En cierta medida es así ––repuso Melisa–– pero el gorila me trató de hija de perra cuando conseguí aplicarle un flor de talonazo en los testículos. Vieras tú: cayó como un árbol talado y luego comenzó a revolcarse por el piso. Lástima grande que yo no tenía humor para celebrar semejante hazaña. Pero está visto que le sirvió de experiencia para cuando trató de reducirte a ti; parecía tener serias aprensiones al respecto y tan sólo pensaba en cuidar sus testículos.

Melisa se quedó brevemente pensativa y luego agregó:

––Además, Salomé, se me ocurre que no se trata de gente humilde… ¡Qué va!… ¡Estos son hijos de ricos! Llegaron evidentemente en motocicletas y casi sin ser oídos, lo cual significa que en el último trecho de su recorrido hasta este chalet debieron traer sus vehículos con los motores detenidos. Por otra parte, cuando partieron, noté que se trata de ese tipo de máquinas muy silenciosas y presiento que son de las más caras. ¡Oh, sí!… Algo me dice que son niños de familias acomodadas… ¡Juro que si en el resto de los días de mi vida llego a encontrar a esa medialuna del glande de ese maldito, le haré pagar muy cara la usurpación de mi intestino!

––Está bien ––siguió Salomé ––. Creo que llevaste la peor parte. A mí me violaron dos: el dragón y el gorila; pero ambos lo hicieron por la vía vaginal y aunque, ¡maldito el consentimiento que pudiera haberles dado!, no por ello dejó de ser vía más natural… hasta con el peligro de que me sobrevenga un embarazo.

Al día siguiente, en la tarde, ambas amigas llegaron en bicicleta hasta la morada de Teófilo para anunciarle que se retirarían del chalet.

––Nosotras nos vamos, don Teófilo ––dijo Salomé ––, así que mañana puede ir al chalet para proseguir su mantenimiento.

––¿Están Uds. bien niñas? ––dijo el hombre––. Anoche, casi en la madrugada, vi pasar por el camino a tres individuos que se transportaban en dos motocicletas grandes, de esas de motor potente y que hacen poco ruido. Por supuesto no podría reconocerlos porque los vi a bulto. Como venían por el mismo camino que pasa muy cerca del chalet y precisamente desde esa dirección, pensé que a lo mejor Uds. también los habrían visto.

––No, no ––mintió Salomé –– Nosotras no sabemos ni vimos nada; es probable que hayan estado practicando marcha en todo terreno con sus vehículos. Esta vía suele ser usada con cierta frecuencia para tales deportes.

––¿A semejante hora? ––inquirió el ayudante.

––Bueno, tal vez hayan sufrido algún retraso por vaya a saberse cuál motivo. En fin… ¡para qué seguir conjeturando cosas!

Luego, Salomé remató:

––Entonces, don Teófilo, nos vamos a tomar el colectivo de regreso. Así que puede volver a hacerse cargo de la casa. ¡Ah, y muy importante! Consígase alguien que repare la línea telefónica, pues el chalet se halla incomunicado.

Y sin esperar respuesta del servicial serrano que seguramente embrollaría la trama, ambas se alejaron prestamente del lugar.

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